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Full text of "Historia general de el reyno de Chile, Flandes indiano"

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f 



I 



HISTORIA GENERAL 



DE EL 



REYNO DE CHILE 



HISTORIA GENERAL 



DE EL 



REYNO DE CHILE 



FLANDKS INDIANO 



rOR EL 



E. F. DZEaO DE ROSALES, 

DB LA. compañía yXá JESÚS: 



)«•> VF( Fs V. i'ii«>vrN« ial i»i; La v. i*U"\'iN«'rA T'F • hilk, aliff'aumr i)i:l sant-^' 0FrK:ni 

i'F F\ iN'vrr^rrííiv v natfral ]>f mai>kii) 

DEDICADA AL 

REY DE ESPAÑA D. CARLOS II 

N. S. 



¡•í-nLir\]. \. .\\(iT\T»\ I t'iM:.' Rprn V i«k i. \ vida i>::i. \i T'»ir t pk t-n \ e^tfn'sx nottíma 

benjamín VIOUfíA MAOKENNA. 



TOMO III. 



V \íJ\\i";.M"S() 
IMPRENTA DEL MERCURIO 

1878. 



LIBRO VII. 



DEL GOBIERNO DE FERNANDEZ DE CÓRDOVA 



AL DE 



LAZO DE LA VEGA 



♦■•'» 



LIBRO SÉPTIMO, 



-♦♦♦•♦^ 



HISTORIA GENERAL DEL REYNO DE CHILE 



Y NUEVA ESTREMADURA. 



xv-^ •».>%■%,■<..•>,■ 



En que se trata cómo el Gobernador Don Luis Fernan- 
dez de Córdova y Arce comenzó a hacer la guerra a los 
indios y les convidó con la paz, y habiéndosela venido a 
dar ciento diez caciques los envió disgustados; y cómo su 
Magestad del Rey Felipe Cuarto, el Grande, habiendo sido 
informado que se perdia tiempo en vano en la guerra 
defensiva y paz de los indios chilenos, mandó se les hicie- 
se guerra ofensiva a sangre y fuego, y que los apresados 
en la guerra fuesen esclavos. Cómo se les publicó a los 
indios la guerra y todos querían la paz y la vinieron a dar 
y no se les admitió si no se desnaturalizaban de sus tier- 
ras, por lo cual volvió la guerra con variedad de sucesos, 
buenos y nialos, de entrambas partes. Refiérense las me- 
morables batallas de don Luis de Córdova y Arce y do 
don Francisco Lazo de la Vega, hasta las pazes generales 
del marques de Baldes. 



\ 



CAPITULO I. 



Haze la guerra el Gobernador y no admite la paz de los 
caciques porque no dejan sus tierras. Publica la guerra 
ofensiva y la esclavitud por orden de su Magestad, y los 
sucesos de las armas. 



Año de 1625 — Recíbese ¡>or gobernador Don Luis en la Concepción. — Socorre el egercito mui a gaisto. — Agasajo 
y socorro a los indios. — Embia a coger lengua a las tierras del enemigo — Hazen buena suerte. — Da 
libertad a un cacicjuc y a unos indios cmbiaiios por mensageros para que den la paz. — Baja a Santiago y 
deja las armas a Don Fernando de Cea. — Entra el Maestro de campo a Elicura y haze poco por ser sentido. — 
iSale el Sargento mayor a moloca y es sentido y da en Utanlebo. — Entran los de la costa y de Elicura con 
una junta. — Encuéntrase con ellos el Capitán Morales y i>elea. — Victoria insigne <lel Capitán Morales. — 
Perdió solo un buen soUlado, Diego de A raya. — Celebró el Gobtnuulor fiestas en Santiago a la buena nueva. 
— Manda su Magestad al (íobemador Don Luis Fernandez de Córdova que vuelva a hazcr la guerra. — Que 
se vuelva a renovar la códula de esclavitud. — Manda el Key que haga consulta sobre la esclavitud y la 
guerra. — Son todos de parecer que se haga la guerra y se publique la esclavitud; y i)ublíca8e. — Házelo 
publicar en las fronteras. — Socorro do 184 soldados. — Previene lo necesario i)ara la guerra y ¡)uebla a 
Talcamavida. — Reconoce el Maestro de campo Don Femando de Cea su firmeza y recil>e gran contento. — 
Avisa el Maestro de campo al (íobemador do las embajadas de paz. — Hecha consulta, réspede el (Goberna- 
dor que vengan todos los caciques a la Ckincepcion a darle la paz. — Mensage de Anganamcm dando la paz. — 
Da aviso de cómo quieren entrar ladrones a hurtar. — Que lo mismo hazia él antes (lara desacrcilitar a los 
caciques. — Que procure coger a los ladrones y ahorcarlos. — Sale verdad el aviso. Entran a hurtar caballos 
y quítaselos el Maestro de campo Bernardo de Amaza. — Entran como amigos a feriar y rescatar cautivos. — 
Dice mal de las pazes el cacique Curapil, que salió de cautiverio. — Lleva mal el Maestro de campo Don 
Femando de Cea que se contradigan las pazes. — Insta al Gobernador en que no oiga a los que dicen mal de 
ollas, sino que las reciba. — Junta a consejo el Gobernador para determinar si aguarda a los caciques o les 
hará la guerra. Son toiios de parecer que se les aguarde ocho dias. — Vinieron ciento diez caciques mas 
principales a dar la paz. — Parlamento de los caciques ante el Gobema<lor — Dijoles el Gobi mailor que les 
admitia la paz con tal que se vengan a nuestras tierras; y si no, no. — Suplican sobre esta pesada condición 
los caciques: que el R«y les concede sus tierras. — Dicenlo que no dude de su firmeza, y que si quiere pueble 
en sus tierras. — Despidelos el Gobernador con que dejen sus tierras o tomen las armas y amuelen las lanzas. 



A veintiocho de mayo de mil y seiscien- 
tos y veinticinco llegó al puerto de la 
Concepción el gobernador don Luis Fer- 
nandez de Córdova y Arce, enviado del 
marques de Guadalcázar, su tio, de cuya 
nobleza por ser tan conocida y de casa 
tan ilustre estoi escusado de tratar aqui, 
por haber tanto escrito de su novilisiina 
estirpe. Vino con un copioso socorro de 
plata y ropa, con que el reino se alegró 
en cstremo, y luego que fué recibido del 



cabildo y rejimiento de aquella ciudad, 
con el aplauso que a tan gran persona se 
debía, trató de las materias de gobierno y 
procuró adquirir las noticias necesarias 
para su buena cspedicion, ocupándose en 
lo politico por ser imbierno y no dar las 
Ihivias y las crecientes de los rios paso 
para lo miHUir. Halló vaca la plaza de 
correjidor de la Concepción y proveyóla 
en la persona de Don Francisco de Buen- 
daño, caballero de mucha nobleza y de 



HISTORIA DE CHILE. 



loables costumbres. Informóse de su ante- 
cesor y de las personas mas prácticas de la 
guerra y del estado en que estaba, pesaroso 
de que el tiempo con sus lluvias le impidiese 
la entrada a las tierras del enemigo y el ha- 
cer ostentación de sus bríos y valentia. Y 
mientras se hacia tiempo de reconocer las 
fuerzas del enemigo, su modo de hacer la 
guerra y los sitios donde se fortalecia, trató 
de dar vistíi a los tercios, reconocer los 
fuertes de los españoles y de socorrer al 
ejército. 

Subió a este efecto con todos los capi- 
tanes reformados de su compañia por el 
mes de agosto a los tercios y halló a toda 
la milicia pobrisima y desnuda y asi mis- 
mo descontenta por los malos socorros 
pasados. Mas él los socorrió de su mano 
mui a gusto y con abundancia, con que 
quedaron contentísimos y diciendo que no 
habia habido tal gobernador: que el solda- 
do en vistiéndole y matándole la hambre 
está contento y cobra grande amor a su 
jeneral, que aun a. Dios le decia Jacob 
que le tendría por su Dios si le diere de 
comer y de vestir. A su venida le salie- 
ron a recibir los caciques y toquis jenera- 
les de todas las reducciones amigas, ofre- 
ciéndole sus camaricos y dones ordinarios 
de los frutos de la tierra, a los * cuales 
agasajó y habló con mucho amor, y des- 
pués de hablarles, oido sus propuestas y 
despachado sus demandas, mandó al fator 
que socorriese a los caciques y capitanes 
de los indios con socorro abentajado, y 
a los indios soldados con el ordinario de 
capotillos, sombreros, añil, cuchillos y 
otras cosas de su estimación. Hizo mues- 
tra jeneral de ios soldados españoles y 
halló que tenia el ejército mil y trescien- 
tas y noventa y cuatro plazas efectivas, 
porque muchos habian borrado sus plazas 
y se habia disminuido el número de los 
soldados. Y reconociendo que los pocos 



soldados que habia estaban repartidos en 
muchas compañías, reformó siete en el 
tercio de Arauco y de Yumbel por ahorrar 
a su Magestad de los sueldos aventajados 
de los oficiales, reduciendo todas las que 
habia en el reino a solas veintidós. 

Habiéndose huido poco antes a la tie- 
rra de guerra cuatro yanaconas, se deter- 
minó a enviar a cojer lengua, receloso de 
que no viniesen con alguna junta, como 
suelen los huidos, y luciesen algún daño 
en las rancherias de los amigos o en los 
potreros; y para esto envió al capitán 
Juan de Morales, lengua de los amigos de 
Arauco, con cuatrocientos araucanos y 
treinta españoles para su resguardo a tie- 
rra de Elicura, donde se acojian, como en 
la sauceda, los indios retirados, y cojió hasta 
treinta piezas de toda edad, y mató a ca- 
torce enemigos que se le opusieron. Y 
asi mismo cojió sesenta caballos y algún 
ganado y se retiró sin recibir daño, con 
que los españoles y los indios amigos vi- 
nieron victoriosos y contentos con la presa. 

Supo de los cautivos como el enemigo 
con los rigores del imbiemo estaba enco- 
jido y descuidado, pero que no se olvida- 
ba de las armas para sustentar la guerra 
y ver si con los despojos de ella podia ha- 
cer rescates y redimir sus prendas. Y co- 
mo entendiese estoy que en las provincias 
de la Imperial estaban algunas señoras 
cautivas vecinas de las ciudades perdidas^ 
celoso de su remedio y de que estos natu- 
rales saliesen de su ceguedad y obstina- 
ción, envió por la costa un cacique de Cal- 
coimo y a otros dos indios de cuenta que 
estaban presos, libres a sus tierras, para 
que publicasen y diesen a entender a los 
indios de guerra la piedad del rei, y que 
les dijesen de su parte que tratasen de su 
sosiego y se dejasen de guerrear, pues les 
estaba bien, con que tendrian fácil. entrada 
para rescatar ellos sus cautivos y nosotros 



10. 



DIBOO DE ROSALES. 



m> »« 



los nuestros, y que bastase la sangi-e ver- 
tida de entrambas partes, que de andar 
las armas no so escusaban muchas muertes 
y desdichas que causa el furor de la gue- 
n'a, justificando con esto su causa y con- 
yidando a los indios con la paz y con los 
medios suaves que su Majestad repetida- 
mente mandaba, a que no respondieron. 

Después de estas dilijencias dejó en- 
cargada la guerra al maestro de campo 
del reino don Fernando de Cea, a quien 
hizo su antecesor maestro de campo a lo 
illtimo de su gobierno y le conservó Don 
Luis de Córdova en el puesto conociendo 
la importancia de su persona para 61. Y 
bajó de lijera a los fines de noviembre a 
la ciudad de Santiago a recibirse de pre- 
sidente, por haber tenido muchas cartas 
de la Real Audiencia que le llamaban. Con 
su ausencia el maestro do campo procuró 
amedrentar al enemigo haciendo entra- 
das en los valles de Elicura, porque veni- 
do que fuese el gobernador a la guerra, 
si quisiese entrar en lo interior de ella 
(como era su intento, por ver que no tenia 
respuesta de sus mensajes) hallase casti- 
gado a los naturales de estos valles y avier- 
to el camino para lo mas interior de la 
tierra. Salió con todo su tercio y con 
quinientos amigos araucanos, y siendo sen- 
tido se hubo do volver porque todos se 
echaron al monte, contentándose con ha- 
berles quemado muchos ranchos y muérto- 
les tres indios. 

El sarjento mayor^^flft^Alonso^de Figue- 
roa,. que gobernaba el tercio de Yumbel, 
habiendo salido a Puren con el mismo de- 
signio, fué también sentido de las centine- 
las que Anganamon tenia a lo largo; pero 
aunque fueron sentidos, dieron los amigos 
en lltanlebo y cojieron cinco piezas en 
im bosque donde toda la jente se habia 
escondido, y degollaron un cacique que no 
se quiso dar sino pelear hasta morir. Co- 



jiéronse algunos caballos y ganados, con 
que se volvieron. 

Los caciques naturales de toda la costa 
y los de Elicura que con ella vecinan, vien- 
do que los españoles daban en maloquear- 
los y en picar alli mas que en parte algu 
na, como lastimados hicieron junta de to- 
da su jente y determinaron de entrar en 
nuestras tierras y maloquear en Arauco 
las reducciones de nuestros indios amigos. 
Salieron doscientos y treinta caballos a 
esto a primeros de enero de 1G2G y por 
cabeza de ellos Guenumal, cacique natural 
de Elicura, pero no pudieron hacer lance 
porque fueron sentidos de las centinelas. 
En esta sazón el capitán Juan de Moi*ales, 
que salia con cuatrocientos araucanos y 
cuarenta españoles a maloquear a Elicura, 
topó el rastro y viendo ser mucho siguió 
lagüella hasta Quiapo, donde encontró con 
todo el cuerpo de la junta y determinóse 
a acometerla mediante los buenos solda- 
dos que llevaba y la ocasión lo pedia; y 
animando a su jente, que era hombre de 
mucho corazón y de grandes brios, se los 
puso mayores a todos y les acometió con 
tan grande furor que los hizo huir a los 
primeros encuentros y meter en un monte. 
Cerróles por todas partes las salidas del 
monte y cojicndolos como en red, mató 
ciento y cincuenta indios, aprisionó cua- 
renta y tres, y cojió mas de trescientos 
caballos ensillados y enfrenados, con los 
que el enemigo traía de remuda, sin per- 
der mas de un soldado que le mataron, 
llamado Diego de Araya, que era mui va- 
liente 3' temido entre los indios, y sintió 
mucho el capitán Morales esta pérdida, 
que un buen soldado se debe estimar mas 
que una victoria. Fué mui señalada esta 
y causó muchas lagrimas en tierra del ene- 
migo por haber quedado muertos y cauti- 
vos cerca de doscientos indios, los mas va- 
lerosos y guerreros de aquellas provincias, 



HISTORIA DE CHILE. 



II 



y de mucho gusto para el tercio de Arau- 
co por haber domado con ella la altivez de 
aquel enemigo. 

Tubo el gobernador esta nueva en San- 
tiago y celebróla aquella ciudad con mu- 
chas fiestas y regocijos, dando al goberna- 
dor muchos parabienes. Corrieron toros, 
jugaron cañas, representáronse comedias 
y hubo otros festejos con que la nobleza 
y la plebe dieron al gobernador muestras 
del grande gusto que habian recibido con 
los buenos sucesos y principios de su go- 
bierno y de lo mucho que se prometían 
en lo'de adelante. Y con liberalidad (como 
lo suele hacer aquella nobilísima ciudad de 
Santiago) le ofreció su ihistre cabildo una 
buena cantidad de caballos, que pasaron 
de mil, para que llevase a la guerra y los 
repartiese entre los soldados. Y demás de 
eso hizo buena provisión de cuerda y de 
lo demás que liabia menester la milicia, 
y trató de dar vuelta a las fronteras a 
disponer la entrada a las tierras del ene- 
migo a molestarle en ellas antes que él 
entrase en las nuestras, como lo intentaban 
los de Elicura lastimados del golpe pa- 
sado. 

Luego que entró a gobernar don Luis 
Fernandez de Córdova y Arce, a los seis 
meses y al principio del año de 1626 le 
vino carta de su tio el Virrey, su fecha a 
3 de setiembre del año de 625, en que le 
avisa como su Magestad, habiendo oido los 
informes que de Chile le habian ido de 
como estos indios aunque mas les habian 
convidado con la paz y reteuídose los 
españoles en la raya, sin entrarles a hacer 
guerra, no cesaban de liacer entradas y 
infestar nuestras tierras, ni querían los 
medios de paz, y si algunos los admitían 
era de cumplimiento, con ánimo finjido y 
con dos corazones y no duraban en la fe 
y en la paz prometida mas de cuanto les 
em de comodidad y provecho, y que con 



la misma facilidad que la daban la que- 
brantaban, tomando las armas contra 
los españoles por causas lijeras y por el 
interés del pillaje, a que eran tan inclina- 
dos, sin guardar fe, justicia, palabra ni 
conciertos en sus tratos de paz, como jente 
bárbara; y que cuando la admitian se 
; estaban en sus tierras haciendo a dos 
manos, y asi que mandaba su Magestad 
que se les volviese a hacer la guerm ofen- 
siva como antes y se diesen por esclavos 
los indios que se cojiesen en las malocas y 
batallas, y que se guardase en esta razón 
y orden la que se tubo por la cédula que 
publicó el Doctor Luis Merlo de la Fuente, 
gobernador que fué de este reino, cuya 
disposición vino remitída al mismo mar- 
ques de Guadalcázar como a persona que 
tenia desde el Peni mas presente la cosa, 
y asi mismo mandó que para el modo y 
nueva forma con que se habia de asentar 
esta esclavitud y hacer la guerra ofensiva, 
hiciese junta de todas las personas de mas 
espeiiencia, ciencia y conciencia que hu- 
biere en el reino, y habiendo tomado los 
pareceres de todos, lo firmasen de sus 
nombres y se los enviase pam conforme a 
ello disponer lo mas conveniente; y para 
justificar esta causa y asegurar la concien- 
cia de su Magestad y la suya, hizo luego 
un largo acuerdo sobre esta razón, en el 
cual, hallándose muchos relijiosos graves y 
todas las personas de mas letras y espe- 
riencia, pareció convenir que la guerra se 
hiciese ofensiva y con otros términos y 
calidades que hasta allí y que la esclavitud 
se puUicase, y se pusiese en ejecución lo 
que el Rei mandaba y lo que el virrei 
ordenaba, y en cuya conformidad mandó 
luego publicarla, animando a todos los 
vecinos y caballeros de la ciudad de San- 
tiago vistiesen todos las armas y se anima- 
sen y dispusiesen a seguirle a la gueiTa, y 
en esta conformidad v nueva orden envió 



12 



DIEGO DE ROSALES. 



un tanto de la carta a las fronteras y a todo 
el ejército para que en forma de bando se 
diese a saber y a entender a toda la mili- 
cia como su Magestad mandaba abrir la 
guerra y que fuese ofensiva, y que los 
indios que se cojiesen en la guerra en ade- 
lante fuesen esclavos, y esto se ejecutase 
mientras su Magestad no disponia otra 
cosa. 

Subió a la guerra el gobernador y llegó 
a primero de marzo a la Concepción y 
recibió luego un socorro que le vino del 
Perú de ciento y ochenta y cuatro solda- 
dos, cuyos capitanes fueron Pedro Bueno 
Castillejo y Don Andrés de los Infantes, 
caballero del hábito de Santiago, que los 
trajo a su cargo. Recibió también veinte 
mil pesos en reales y cincuenta botijas de 
pólvora, entre tanto que el situado llegaba. 
Reforzó los tercios con esta jente y fuese 
dilatando su entrada porque la distribución 
de esta poca plata y las aguas del invierno 
que entraron luego no dieron lugar a mas. 
Despachó el gobernador embajadores por 
todas partes a las tierras de el enemigo 
haciéndoles saber a los indios la voluntad 
y mandato espreso de el Rei de que se les 
hiciese la guerra y fuesen esclavos si den- 
tro de dos meses no arrimasen las armas 
y diesen la paz. Llevaron estos mensajes 
indios principales que estaban cautivos y 
presos, y con ser en su favor estas dilijen- 
cias, y los mensajes que se les enviaron tan 
pios y tan humanos, no enviaron respuesta, 
sino fué de las primeras provincias y esta 
fué enderesada a que les diesen los pri- 
sioneros y piezas cautivas que les habian 
cojido en suertes atrasadas. Pero después 
vinieron los principales de toda la tierra 
a tratar las paces, que como no pueden 
tan presto convenir, se tardaron mas de 
los dos meses, y apresurándose el gober- 
nador mandó prevenir lo necesario para la 
guerra y solicitó el cuidado en las fronte- 



ras en poner postas y cortar los caminos. 
Y pareciéndole que era necesario atajar 
el de Talcamavida y poner alli un fuerte, 
ordenó al sarjento mayor le poblase, el 
cual se levantó con título de Santa Juana 
de Guadalcázar, a contemplación de la 
virreina, que se llamaba Doña Juana. 

Con la buena suerte que se refirió que 
tuvo el capitán Morales en Quiapo, matan- 
do y cautivando tantos indios, temblaron 
las provincias que hai dcbde la cordillera 
a la costa, y por rescatar los caciques y 
indios de cuenta que alli se cautivaron y 
deseosos ya de dejar las armas y dar la 
paz y vivir con la quietud y favores que 
su Magestad les habia prometido aquellos 
aflos desde que vino el Padre Luis de Val- 
divia a solicitar las paces y lo que el 
gobernador los habia enviado a prometer 
con los embajadores que les despachó, 
enviaron embajadores a tratar de paz con 
muchas muestras de voluntad y deseos de 
quietarse de una vez, que según se supo 
de personas fidedignas que en aquel tiempo 
se hallaron cautivas en tierra de guerra, 
todos mui conformes querían la paz sin 
doblez ni traición. Y no quedó por ellos 
el darla y el sosegarse la tierra y dar fin a 
la guerra, sino por nosotros, como se verá. 

Llegaron los embajadores al tercio de 
Arauco y dieron su embajada al maes- 
tro de campo jeneral del reino Don Fer- 
nando de Cea y estuvieron con él algunos 
dias tratando del asiento de ellas con 
tantas veras, que el maestro de campo 
estaba gozosísimo de ver que toda la tierra 
pedia paz, y los mayores caciques y los 
indios mas rebeldes y mas cosarios la 
abrazaban con grandes muestras de firme- 
za y pedian licencia para venir a darla al 
gobernador. 

Dio aviso el maestro de campo al go- 
bernador de todo esto y su sefloria dio li- 
cencia para que los que quisiesen venir a 



HISTORIA DE CHILE. 



13 



dar la paz, que entrasen seguros y con 
salvo conducto, porque aviendo hecho con- 
sejo para responder a los embajadores, to- 
dos fueron de parecer que se les respon- 
diese que viniesen todas las cabezas, toquis 
y caciques de las provincias a la Concep- 
ción para que en su presencia tratasen los 
conciertos de las paces con las condiciones 
que para el servicio de S. M. y bien del 
reino conviniese, y para ello les puso tér- 
mino de los dias en que habian de venir, 
a que replicaron, los embajadores que no 
les diesen tan breve término ni se admi- 
rasen ni tubiesen a falta del buen trato el 
que tardasen algún tiempo mas, porque 
los indios no están juntos ni se convocan 
como los españoles al sonido de una trom- 
peta o de una campana, porque viven en 
provincias distantes y se convocan con 
mensajeros y se juntan convidándolos a 
beber chicha, y todo esto y el conciliar 
todas las voluntade^s, donde no hai una 
cabeza, pide tiempo: con que viendo la ra- 
zón se le alargó el maestro de campo y 
los despidió mui gustosos y agasajados. 

Envió Anganamon un mensajero al 
maestro de campo diciéndole como él es- 
taba desengañado de ver cuan poco me- 
draba por la guerra y que hasta alli ha- 
bia procurado estorbar la paz que todos 
los caciques habian dado al rei y al Padre 
Valdivia, y que por el enojo de no haber- 
le dado sus mujeres habia hecho las en- 
tradas que habia hecho con algunos pocos 
que habia podido acaudillar; pero que ya 
de todo estaba arrepentido y deseoso de 
ser amigo, y que sabría ser tan buen ami- 
go como habia sabido ser enemigo; que 
por hallarse viejo y enfermo no iba en 
persona a verle y a dar la obediencia al 
gobernador; pero que si le daba licencia y 
le admitía la paz, iría en su nombre a dar- 
la su grande amigo y compañero en la 
guerra Quenpuante, jeneral de las armas. 



por cuya mano aceptaría todos los con- 
ciertos y lo que se efectuase en esta razón. 
Avisó también en esta sazón al maestro de 
campo, de secreto, cómo algunos indios 
inquietos de la ciénega de Puren, jente 
bandolera, querían entrar a hurtar caba- 
llos y llevarse, si pudiesen, alguna cabeza 
de español para estorbar las paces, y que 
viviese con cuidado y hiciese guardar los 
caminos para cojerlos, y entendiese que 
este aviso secreto uacia del amor que tenia 
a los españoles y del deseo de las paces 
y para que conociese cómo su trato era 
verdadero, pues le avisaba de los secretos 
y continuaría en darle avisos de todo cuan- 
to se ofreciese, y que no por cuatro o seis 
ladrones que quisiesen entrar a hurtar ca- 
ballos despreciase la voluntad con que él 
y todos los caciques lo daban la paz, ni 
entendiese que nacia de ellos sino de la 
mala inclinación de algunos ladrones; que 
a él le habia sucedido lo mismo, que con 
los bandoleros que acaudillaba hacia sus 
entradas sin dar parte a los caciques y 
antes guardándose y recatándose de ellos, 
y que cuando él estaba ofendido por sus 
mujeres procuraba poner con sus entradas 
mácula en la fidelidad y buen corazón de 
los caciques, para que los españoles no 
creyesen que querían paces de verdad, y 
que Icr mismo harán ahora otros y no por 
eso se deben alterar los españoles y tener- 
los a todos por traidores, sino procurar 
cojer a los ladrones y ahorcarlos y acabar 
esta mala semilla, que por eso les envia 
este aviso. 

Conocióse el buen corazón de Angana- 
mon y la fidelidad con que dio este aviso, 
porque dentro de seis dias se conoció su 
verdad, porque vinieron al estado de Arau- 
co algunos indios bandoleros y se llevaron 
hasta veinte caballos que pacian en la 
campaña, y como el maestro de campo 
Don Fernando de Cea estaba con cuidado 



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DIKOO DE ROSALES. 



por el aviso que le liabia dado Angana- 
raon de su venida, despachó al maestro de 
campo de el tercio, Bernardo de Amasa, a 
que les cojiese el paso, y hízolo tan a tiem- 
po que les quitó los caballos y puso en 
huida a los indios, que como habian remu- 
dado caballos lijeros se escaparon de sus 
manos por pies. 

Con estos mensajes iban y venían los 
indios a nuestros fuertes a feriar v contra- 
tar como amigos y se hacian algunos res- 
cates de cautivos de una y otm pai-te, y 
por haber entendido el gobernador que los 
soldados feriaban con los indios cosas de 
yerro y caballos, ordenó al capitán del 
fuerte de Lebo, Diego Fernandez de Cues- 
tas, que no consintiese que áe les diesen 
cosas que nos pudiesen dañar y rejistrase 
^lo que llevaban, encargando lo mismo a 
todos los capitanes de los fuertes. Resca- 
tóse en este tiempo el cacique Curapil, 
que estaba cautivo en tierra de guerra des- 
de el tiempo del gobernador Don Lope, y 
dijo que las paces de los de la tierra de 
adentro no eran verdaderas y que no ha- 
bian de tener firmeza, y mandó el gober- 
nador tomar su dicho; pero se entendió 
que hablaba como apasionado y que su 
dicho era de lo que antes que viniesen a 
tratar de paces solian platicar o de la va- 
riedad de pareceres que siempre hai en 
semejantes casos, como entre nosotros, que 
unos quieren que haya gueri^a y otros de- 
sean la paz, y los indios amigos hacen lo 
mismo, y por sus intereses quisieran siem- 
pre tener guerra con los de la tienda aden- 
tro y dicen mal de ellos. 

El maesti'o de campo Don Fernando de 
Cea, que sabia bien el fundamento de es- 
tas paces y cuan de voluntad las deseaban 
los caciques, como persona que tantos años 
habia militado y tratado a los indios, per- 
día el pie de ver las desconfianzas de el 
gobernador y de algimos, y que por el di- 



cho de un indio falso quisiesen poner es- 
torbo a una cosa tan de el servicio de Dios 
y de el rei, y sustentaba la paz y que era 
buena y se debía aílmitir y no poner en 
ella dolo ni duda, porque esta paz no era 
de ahora ni la daban solo en este tiempo, 
que desde que el Padre Valdivia se la 
ofreció, la admitieron y estubieron perse- 
verantes en ella, y solo algunos ladrones 
la habian perturbado, y el principal de 
ellos y la cabeza, que era Anganamon, es- 
taba ya arrepentido y se ofrecía de paz, y 
así instaba y escribía al gobeniador que 
no diese oídos a cosa en contmrio, que 
pues se nos entraban por nuestras puertas 
las recibiese, que esto era lo que S. M. 
tanto habia deseado y procurado con la 
guerra defensiva y ahora se cojía el fruto 
de aquella sementera. 

Como Torpellanca habia puesto mal al 
gobernador con los indios de guerra con 
las cosas que le habia dicho de su falso 
trato, que después se vio que lo habia sido 
su informe, y con lo que otros hablaban 
sobre las traiciones de los indios y su in- 
consecuencia, se halló vai'io el gobernador 
y deseoso sobre si los esperaría mas o no, 
y juntando a consejo, en que se halló el 
Ilustrísímo Don Frai Luis Gerónimo de 
Ore, obispo de la Imperial y la Concepción, 
el maestro de campo jeneral Don Fernan- 
do de Cea, los jueces, oficíales reales de 
la real caja y los vecinos y capitanes mas 
principales que se hallaban en la Concep- 
ción, les propuso el gobernador como 
tenia dispuesto que el sárjente mayor 
hiciese una entrada con el tercio de Yum- 
bel, que habia de ser de mucha considera- 
ción, y que la habia detenido por nuevo 
plazo que el enemigo pedía para resolver 
la paz, y mas largo término para darles 
lugar a venir a darla a la Concepción, y que 
se habia pasado el que se le habia dado, y 
que habian venido mensajeros pidiendo 



HISTORIA DE CHILE. 



15 



nuevos términos y se recelaba que era 
fraude, y que se iban armando o pidiendo 
tiempo para cojcr sus sementeras y hacer 
prevenciones a los daños que recelaban, 
pai'a los cuales tenia vedado que no se les 
diesen a los que venían a rescates de las 
casas vedadas que nos pudiemn ser daño- 
sas, y que seria bien abreviar en hacerles 
la guerra que su Magestad mandaba, por- 
que ellos no se previniesen con alguna 
traición; pero que también le jmrecia 
que se les debia esperar algo y recibir sus 
paces, como también lo mandaba su Ma- 
gestad y era justo, aunque no pareciesen 
tan buenas, y que le diesen sus pareceres 
por escrito cada uno para determinar en 
negocio tan grave lo que mas conviniese 
al servicio de Dios y de el rci. 

Hubo varios pareceres y vinieron todos 
a conformare y fueron de parecer que se 
les esperase ocho dias mas, que eran los 
que los mensajeros pedian, y que si dentro 
de ellos no viniesen a los dichos conciertos, 
se diese por ninguno lo tratado, y asi lo 
firmaron todos de sus nombres, dando sus 
pareceres aparte. No fueron menester 
mas plazos, porque los indios estaban de- 
seosos de venir a ver al gobernador, y jun- 
táronse a gran priesa cuando llegaron sus 
embajadores con el nuevo plazo, y vinie- 
ron al estado de Arauco todos los caciques, 
toquis y indios mas principales de la tierra 
de guerra, que por todos fueron ciento 
diez, y de los mas ancianos y de mayor 
estimación bajaron sesenta a la Concep- 
ción; y habiéndolos recibido el gobernador 
con mucho agasajo y con jeneral regocijo 
de todji la ciudad, por ver tantos caciques 
antes tan rebeldes entrarse por nuestras 
puoftas a ofrecer la paz, propusieron de- 
lante del consejo y de mucha jente que se 
halló presente, las razones siguientes, to- 
mando uno la mano y hablando en nombre 
de los demás: 



"Nosotros ba cerca de ochenta años que 
somos fronterizos a la gueri'a que siempre 
nos han hecho los españoles y no hemos 
sacado de ella mas de consumirnos y me- 
noscabarnos, porque nuestros hijos y mu- 
jeres, deudos con nuestros antepasados, 
han sido por ella degollados y cautivos, y 
los que viven la tierra adentro viven gozo- 
sos y con quietud, gozando libremente de 
sus mujeres y hijos, sin sobresalto ninguno, 
y de los despojos que la guerra les da y 
les ha dado, están ricos, prósperos y se- 
guros en sus casas y tieiTas, y nosotros 
al fin gastados y disminuidos, y por ser 
pobres les hemos procurado comprar con 
algunas pagas que con grande trabajo 
hemos adquirido algunos españoles para 
rescatar con ellos nuestros parientes y 
hijos cautivos. Y sin mirar ni considerar 
que les guardamos la vida y que como en 
frontera recibimos los golpes que ellos 
habian de recibir, nos los han negado con 
decir que son nuestras pagas tenues y mui 
pocas para lo que sus cautivos valen, en- 
viándonos de sus tierras tan desconsolados 
como arrepentidos. Por lo cual y princi- 
palmente porque hemos caido en la cuen- 
ta de cuan bien nos está el vivir quietos 
y en paz con los españoles, te la venimos 
a dar con buena voluntad y propósito 
firme de no faltar a ella. Que esta volun- 
tad no es de ahora solo, sino desde que 
el rei nos envió a convidar con ella 
con el Padre Valdivia, haciéndonos tantas 
mercedes y proponiéndonos tantas conve- 
niencias para nuestro bien y quietud. Y 
desde entonces no ha faltado en nosotros 
la misma voluntad: que los disturbios que 
ha liabido estos años atrás han sido por 
algunos indios forasteros y hidroncíllos que 
se juntaban con Anganamon a vivir como 
bandoleros del pillaje, y siempre enviamos 
a decir a los gobernadores que los quieta- 
sen o castigasen, que con eso quedaría toda 



16 



DIEGO DE ROSALES. 



la tierra en paz, que entre nosotros ni 
usamos castigo ni los caciques tenemos 
vara de justicia para castigar a los mal- 
hechores, y si lo quisiéramos hacer, habia 
de ser moviendo guerra y metiéndola en 
casa y consumiéndonos con guerras civiles. 
Pero ya Anganamon y los demás que 
habia mal contentos se han quietado y 
viene aqui Qucmpuante en su nombre a 
dar la paz, por estar él ya viejo y enfermo. 
Aqui está toda la tierra, gobernador, ren- 
dida a tus plantas: baste ya la sangre ver- 
tida, basten los desasosiegos, las muertes, 
los incendios y los robos: que en todo este 
tiempo, con el sobresalto de la guerra, ni 
bebiamos con gusto, ni dormiamos con so- 
siego; nuestra habitación era en los montes, 
entre las fieras y las aves, al frió, al sol y 
al rigor de las aguas, mojados siempre y 
empapados en ellas tanto que los vestidos 
y las camas se nos podrían con las aguas. 
Y al cantar el gallo nos inquietaba y al la- 
dmr un perro nos sobresaltaba, pensando 
que ya venia el español sobre nosotros. 
No era esta vida, sino muerte continuada, 
y todo esto lo sufriamos por no vernos 
sufriendo a los encomenderos y por gozar 
de nuestra libertad y de nuestras tierras; 
pero ya que el rei todo eso nos concede y 
nos libra de tanto sobresalto, muertes y 
trabajos, queremos la paz que nos envia 
de buena voluntad y la ofrecemos con la 
misma, y toda nuestra jente, para con sus 
armas y personas ir a hacer la guerra a cua- 
lesquiera otros que la contradijeren. Y 
pues tanto han deseado los gobernadores 
al capitán Marcos Chavari, que está cau- 
tivo en la tierra adentro, nosotros le trae- 
remos o por rescate o por armas, que 
todas nuestras fuerzas y nuestras hacien- 
das las emplearemos en servir a su Ma- 
gostad y en lo que se nos ordenare." 

Este fué el razonamiento de los caci- 
ques, y bien mostraron en estas razones co- 



mo hacia tiempo que hablan dado la paz y 
que conocian cuan bien les estaba y que 
la abrazaban de corazón. Y el gobernador 
se la admitió, pero díjoles que no habia 
de ser quedándose en sus tierras sino vi- 
niéndose a las nuestras, a lo cual le re- 
plicaron suplicándole que se sirviese de 
mirar que su Magostad les habia prometi- 
do que los conservaría en sus tierras, y 
que se las daba, aunque ellos las tenian 
heredadas de sus antepasados y defendidas 
a fuerza de armas. Y digeron que el in- 
mutar ahora en eso seria causar a todos 
grande turbación y dar motivo de que 
digesen los demás caciques y los de la tie- 
rra adentro que no se les guardaría a 
ellos la palabra real de dejarlos en sus 
tierrras, pues no se nos guardaba a nosotros, 
y seria grande oprobio nuestro que se di- 
gese que nos desterraban de nuestras tierras 
por dar la paz, cuando se nos habia de Iiacer 
algún agasajo, y gozando los amigos que 
estaban de paz en las fronteras de sus 
tierras, vendrían ellos a ser de peor con- 
dición por dar la paz y a verse pordiosean- 
do en tierras agenas, donde siempre el 
forastero se mira con desprecio y si le 
prestan un* palmo de tierra la hade pagar 
y al mejor tiempo se la quitan. Que se 
sirviese su sefloría de no ponerles tan pe- 
sado yugo, sino de usar con ellos de la 
clemencia que usaba con los demás ami- 
gos, y de no alterar en lo que hasta aqui 
se les habia prometido y les habia movido 
a venirle a dar la paz con tanto gusto. Y 
no dude, digeron, señor, en la firmeza de 
nuestra palabra, que en guardarla no 
habrá roca mas firme ni peñasco mas in- 
mobible, y antes dejará el sol de dar vuel- 
ta a los cielos, alumbrando la redondez de 
la tierra (que son modos de hablar suyos), 
las fuentes de dar aguas y los campos yer- 
vas, que dejemos de ser constantes. Y si 
con todo eso no te aseguras, pon un fuerte 



HISTORIA DE CHILE. 



17 



de españoles en nuestras tierras, que con 
ellos uniremos nuestras armas y sugetare- 
mos con ellas a todos los que de la tierra 
adentro resistieren la paz. 

Volvióles a decir el gobernador que no 
habian de estar de paz donde ellos quisie- 
sen, sino donde él gustase, a fin de que 
estando reducidos a nuestras tierras serian 
mas estables que en las suyas y el rei mas 
servido de ellos, y de lo contrario se temia 
que se habian de dejar llevar de su anti- 
guo natural y costumbre. Y que esto ha- 
bian de hacer si querian paz hasta que 
andando el tiempo se diese otro remedio. 
No vinieron los caciques en ello porque 
no les pareció dejar sus tierras y cargar 



con sus hijos y mugeres a vivir en las es- 
trañas, ni admitir pazes que no fuesen con- 
forme se las habian prometido de parte 
del Rei desde los principios que se trataron 
las pazcs. Y volvieron a replicar sobre ello, 
y pareciéndole al gobernador que esta re- 
solución de los indios y repugnancia en 
dejar sus tierras no era verdadera obe- 
diencia y que daban indicio de mal cora- 
zón, les dijo que se fuesen a sus tierras 
y afilasen las lanzas, que no quena sus 
pazes, y que de invierno y de verano los 
habia de buscar en sus tierras y echarles 
de ellas a fuerza de armas, pues no lo que- 
rian por la paz. 



CAPITULO IL 



Del sentimiento que tuvieron los españoles y personas gra- 
ves de ver que no se les admitiese la paz a los caciques; 
lo que ellos lo sintieron y lloraron con toda la tierra de 
guerra.- Como algunos quisieron tomar las armas y los 
caciques no lo consintieron, diciendo que comenzase la 
guerra por los españoles y no por ellos. 

De el gran sentimiento que los españoles liizieron de ver desechas las pazes. Lloraban muchos. — Quien mas lo 
sentia fueron Don Femando de Cea y Alvaro Nuflez, que tanto habian trabajado en las pazes. — £1 sentimiento 
y Ingrimas de los caciques. — Las quejas y sentimientos, y que no se quejan del Rey sino de sus ministros. 

— Hacen sus sentimientos y amenazas. — La falta que hizo f n esta ocasión el Padre Luis de Valdivia. — £1 
sentimiento que tubo en Espafia cuando supo lo que pasaba y como quiso volver. — Van los caciques a dar 
BU queja al Maestro de campo. — Quéjanse del Gobernador. — Disculpa el Maestro de campo al Gobernador. 

— Pidenle un testimonio de haber venido a dar la paz. — Hubo gran tristeza en sus tierras por no admitir el 
Gobernador las pazes. — Los valientes y mal contentos dicen mal del trato de los espafioles. — Provocan a 
todos a tomar las armas. — Piden que salgan las cabezas de los gobernadores para beber en ellas. — Razona- 
miento del cacique Liempichun, señor de Puren. — Escusa al Gobernador, y reprende su inconstancia y poca 
fe. — Manda que ninguno tome las armas, sino que esperen a que los españoles rompan la guerra. — Firmeza 
de amistad de Liempichun. — Todas estas diligencias so malograron. Una maloca que hizo el Sargento mayor. 



Cuanto babia sido universal el contento 
en todos los españoles de ver tantos caci- 
ques entrársenos por nuestras puertas a 
dar la paz, tanto fué el sentimiento y tan 
general en todos de ver que el gobernador 
los despidiese con tan mal espediente y les 
digcse que afilasen las lanzas, cuando sin 
afilarlas nos babian dado tanta pesadum- 
bre y turbado tanto la tien*a, y todos se 
prometian malos sucesos, adivinando en lo 
que babia de parar y juzgando por castigo 
de Dios el no querer que haya paces en 
este reino, pues cuando estaban ya tan 
asentadas y tan generalmente recibidas de 
todos los indios, nosotros, que las debia- 
mos solicitar y abi-azar, las despreciába- 
mos por una cosa que importaba tan poco, 
como era venirse o no a nuestras tierras 



cuando ellos ofrecían y pedian que poblá- 
semos en ellas, con que se ganaba tien-a y 
se adelantaban las armas de S. M. y se 
cumplia con lo que en tantas ordenes te- 
nia mandado de que se le diesen a los in- 
dios sus tieiTas y se les dejase en ellas, 
estándonos nosotros en las que habiamos 
ganado. Quien mas lo sentia fué el maes- 
tro de c^mpo general Don Fernando de 
Cea, que tanto babia trabajado en estas 
paces y deligenciado la uniformidad de las 
voluntades de tantos caciques y indios sol- 
dados, y el maestro de campo Alvaro Nu- 
ñez de Pineda, que aunque era tan gran 
soldado y tan peleador con el enemigo, 
como veia que por la guerra no se ganaba 
un palmo de tieiTa y que no era sino una 
fatiga en bíílde para el fin que se prct^n- 



HlSTuKIA DE CHILE. 



19 



r» ^ 



(lia, qnc era pacificar y Conquistar estos 
indios, y que en sesenta años de afanes, 
muertes y gastos, no se liabia conseguido 
nada, era siempre de parecer que se deja- 
se la guerra y se procui-ase reducir y ganar 
a estos indios por medios suaves y de paz, 
desagraviándolos y guardándoles la pala- 
bra real; y cuando vio el fruto de lo mu- 
cho que liabia trabajado en estas paces, en 
tantos caciques como habian venido a dar- 
la, y que cuando se liabia de coger y en- 
cerrar en las trojes, una tempestad le des- 
granaba y le malograba, con ser hombre 
tan duro para la guerra, se enteniecia y 
lloraba Wendo malograda la paz y temien- 
do los males que nos habian de venir por 
despreciarla. 

Y no es mai-avilla que hombres de tan- 
ta razón y conocimiento sintiesen y llora- 
sen, sin poder reprimir las lágrimas de sus 
ojos, el ver derribar en el suelo tan sazo- 
nados y deseados frutos por quien los de- 
bía coger y guardar; pero lo que mas ad- 
mira es que los indios, siendo de tan poca 
capacidad, tan fieros y tan duros de natu- 
ral, se enterneciesen tanto en esta ocasión 
que se deshacian en lagrimas y se las ha- 
cian derramar a cuantos veian aquellas 
venerables canas de los caciques y señores 
de la tieiTa llorar como unas criaturas y 
rociarlas con las lágrimas que les corrían 
hilo a hilo, diciendo: "Ah! que los espa- 
ñoles son los que no quieren la paz! y luego 
dicen que los indios somos los malos y que 
no la queremos! Ellos son causa de tantas 
muertes y derramamiento de sangre, y di- 
cen que vienen a procurar nuestro bien y 
nuestm quietud! Cuándo la hemos tenido 
desde que entraron en nuestras tiendas? y 
cuándo, antes que ellos viniesen a ellas, 
tuvimos nosotros guerra? No quieren sino 
nuestra muerte y nuestra perdición. Bue- 
no es su rei y bien lo manda; no nos que- 
jamos de 61 ni con él tendremos guerra, 



sino con sus ministros, y pues lo quieren, 
en hora buena, que aqui les hartaremos de 
guerra y les haremos tanta que les peso 
de haberla querido. Ya de nuestra parte 
hemos hecho lo que debiamos a leales va- 
sallos del Rei, sugetándonos a sus manda- 
tos, y no podemos dejar de llorar el per- 
der el trabajo que nos ha costado conciliar 
tantas voluntades, el gusto que tenia mos 
de vernos ya de paz, seguros de sobresal- 
tos, abi'azados de nuestras mugeres y hijos, 
bebiendo nuestra chicha a placer y gozan- 
do del trabajo de nuestras sementeras. 
Mas, que los españoles lo quieren, sea asi, 
y trocaremos el beber nuestra cTiicha con 
beber su sangre, y en lugar de nuestros 
vasos entrarán sus calaberas: no estaraos 
tan faltos de gente que diésemos la paz 
por necesidad; no están tan encojidos nues- 
tros brazos ni tan flacos que nos falten las 
f uei"zas. Nuestro bien procurábamos y en 
su bien haciamos, y pues no le quieren, no 
se quejen de el mal que les viniere." 

Estas y otras muchas cosas decian los 
caciques y los toquis, parte enteniecidos, 
sentidos en parte y en parte llevados de su 
natural altivez y soberbia, que con gran- 
deza de ánimo hacen tan buen rostro a los 
trabajos y a los peligros como a los des- 
cansos y a las seguridades. 

Desgraciados fueron los indios y des- 
gracia fué de este reino que se hubiese 
vuelto a España el Padre Luis de Valdivia 
y que no se hubiese hallado en esta oca- 
sión al lado del gobernador, que con la 
mano que tenia de S. M., con su autoridad 
y celo, hubiera, sin duda, correjido una 
determinación tan arrojada y mediado un 
arrojo que tan dañoso fué a todo el reino, 
como se verá, y el gusto de ver el logizo 
de sus trabajos y el deseo cumplido del 
piadoso celo de S. M., prevenido con tan- 
tas ordenes y zanjado con tantos funda- 
mentos, le obligara a poner todo esfuerzo 



20 



DIEGO DE ROSALES. 



para que se hubiesen admitido las paces 
y héchose muchos agasajos a los caciques, 
como juzgaban todos que se les debían ha- 
cer, quedando hechos una noche de tris- 
teza. Pero cuando supo en España la 
venida de estos caciques y que toda la tie- 
nda daba la paz, viendo que los medios 
para conseguirla que S. M. le habia man- 
dado poner habían ya surtido efecto y que 
una cosa tan grave no se consigue tan a 
prisa como algunos querían y como él va- 
rias veces decía, sino que el tiempo es el 
que sazona los fnitos, quiso volver, y siem- 
pre estuvo con esos deseos hasta que se 
los estorbó la muerte. Y desde allá acom- 
pañaba con lagrimas a los españoles que 
habían mentido el ver perdida tan buena 
ocasión y lloraban después los males y tra- 
bajos que les sobrevinieron, las desgracias 
que tuvo el gobernador en su gobierno y 
a los caciques que lloraban su ausencia y 
el no haberles querido admitir la paz el 
gobeniador, sino desechádolos diciéndolcs 
que amolasen las lanzas. 

Salieron los caciques, con el sentimiento 
que se ha dicho, de la presencia del gober- 
nador y fuéronse a la casa del maestro de 
campo Don Fernando de Cea y dígéronle: 
"Cómo, maestro de campo, no se confirma 
el trato que tubiste con nosotros? Hai, por 
ventura, dos reyes? Si tú nos admitiste la 
paz y nos convidaste a ella en nombre del 
Reí, cómo el gobeniador no la quiere re- 
cibir? No ves que no podemos dejar nues- 
tras tiendas ni obligar a nuestros vasallos a 
que dejen las suyas cuando nosotros qui- 
siéramos? No basta que en las nuestras 
pidamos población y demos las tierras que 
quisieren a los españoles? No basta que 
les ofrezcamos nuestras haciendas, nues- 
tras personas y nuestros soldados para lia- 
cer la guerra a los de adelante que no 
quisieren la paz? Tú, que eres tan antiguo 
en este reino y sabes lo que nos ha costa- 



do llegar a este punto y lo que han deseado 
todos los gobernadores, maestros de campo 
y capitanes, y las diligencias que han hecho 
los padres en nombre de el Reí, dime, en 
qué se funda este gobernador, que tan des- 
caminado va y obra tan sin razón, cuando 
el reí se ha fundado en ella y en que las 
tierras son nuestras, nos las deja para que 
gocemos de ella?" 

El maestro de campo, viendo su senti- 
miento y lagrimas con que le hablaban, les 
dijo que el gobernador no tenia la ciilpa 
sino algimos de su consejo que decían que 
ellos no venían con buen corazón, pues no 
aceptaban las condiciones que se les impo- 
nían, y asi que tubíesen paciencia. 

Replicaron los caciques: "Danos una 
carta sellada y firmada de tu mano para 
disculpamos en qualquiera tiempo con los 
que gobernaren la tierra y darles a enten- 

• 

der el buen corazón con que hemos venido 
a dar la paz y nuestra 'fidelidad, para que 
nos sirva en todo tiempo de testimonio y 
no nos hagan mal." A esto les respondió 
el maestro de campo que no les podía dar 
el papel y el testimonio que le pedían por- 
que le podría costar la cabeza. A que 
dijeron: "Pues no nos le quieres dar niel 
gobernador admitir las paces, no os que- 
geis del daño que os hiciéremos:" con que 
se fueron tristes a sus tierras. 

Llegados que fueron a ellas, aunque les 
tenían muchas fiestas para el recibimiento 
y para celebrar los gustos de las pazes, se 
les aguaron a todos y se convirtieron las 
fiestas en sentimientos; y aunque nunca 
los pesares les quitan las ganas del comer 
ni menos las de el beber, bebieron larga- 
mente, aunque no con los bailes y regoci- 
jos que acostumbran, sino platicando entre 
sí del mal viage que habían hecho, del mal 
espediente del gobernador, de la respuesta 
que les habia dado, que tan clavada lleva- 
ban en el alma. No sonaban los tambo- 



HISTORIA DE CHILB. 



21 



riles y las flautas de sus regocijos, sino 
que luego comenzaron a resonar sus corne- 
tas de guerra y los apercebiraientos al 
arma. 

Los mal contentos y que rehusaban dar 
la paz, decian: Bien dijimos nosotros que 
las pazes de los españoles era una mentira 
disimulada y una ficción couv máscara y 
que no querían mas que cojernos debajo de 
sus armas para servirse de nosotros de dia 
y de noche y quitarnos la libertad. Todo su 
fin es sacar oro, enriquecer a nuestra cos- 
ta, hacer palacios, sementeras y grangerias 
con nuestro sudor, y hacerse ricos y pode- 
rosos a costa de nuestra sangre. Qué pres- 
to se quitó el gobernador la mascara y 
dio a conocer su intento y que no quería 
mas paz que nuestra esclavitud, ni hallaba 
otras conveniencias en ella mas que sacar- 
nos de nuestras tierras y llevarnos a las 
suyas para echarnos luego el j'ugo de la 
servidumln'e en que tienen oprimidos a 
los que son sus amigos 1 Viva la patria y 
viva la libertad! mueran los que contra 
ella hablaren o hicieren, y mueran los es- 
pañoles enemigos de nuestra quietud y 
sosiego. No hai que afilar las lanzas, que 
hechas están a matar españoles, ni es ne- 
cesario amolar los toquis, que bien saben 
cortar cabezas de gobernadores. Buenas 
puntas tienen nuestras flechas, sin que sus 
petos acerados los hayan podido embotar. 
Lo que necesitan es de sangre, que los to- 
quis y las flechas y las lanzas están se- 
dientas de ella, como ha dias que no la 
beben con esta suspensión de armas; y los 
valientes guerreros están deseosos de be- 
ber en las cabezas de los gobernadores y 
de los capitanes: salgan las cabezas do Val- 
divia y de Loyola, irritemos el apetito y 
U saña bebiendo en ellas. Vengan las her- 
niosas españolas y las damas deliq^das a 
moler y hacernos chicha y carguen sobre 
sus espaldas las tinajas de nuestro gusto- 

HIST. DE OHIL. — T. lU. 



SO licor; aren y caben nuestras sementeras 
los hinchados y graves españoles y sepan 
que tenemos poder para eximirnos de ser- 
virles y dominio para hacerlos nuestros 
esclavos. Muera unajenteestraña quepor 
no caber en sus tierras viene a echarnos a 
nosotros de las nuestras, y echémoslos del 
haz de la tierra, pues es una jente tan ma- 
la que ni la tierra los consiente, pues de 
varias tierras los envian desterrados a 
esta. 

Con esta y otras muchas razones iban 
los indios soldados y los que se picaban 
desplayando su enojo y soberbia y conmo- 
viéndose a hacer la guerra a los demás. 

Mas el prudente Liempichum, señor 
de las tierras de Puren, levantándose en 
pie hizo silencio y dijo a todos: "No es 
bien, valerosos soldados, consultar las de- 
terminaciones con el enojo, ni resolver las 
cosas de importancia con aceleración. Es- 
peremos a ver si las cosas se mejoran y 
aguardemos a ver si el gobernador toma 
mejor consejo, que a él le sucede lo que a 
vosotros: que nosotros tenemos por malos 
a los españoles y no son ellos los malos 
sino nosotros; y como entre nosotros hai 
buenos y hai malos, asi los hai entre ellos. 
Muchos años ha que deseamos dar la paz 
los caciques, los toquis y cabezas de per- 
sonas de gobierno, y la jente moza, los 
presumidos de valiente, los que viven del 
pillage y de los hurtos, no han querido y 
lo han estorbado. Y lo mismo hai entre 
las españoles, que hai de buenos y hai de 
malos; y si los capitanes, los padres, los 
maestros de campo y pei'sonas graves quie- 
ren que haya paz, los soldados presumidos 
de vahentesy los chapetones que no saben 
lo que es la guerra, y en viéndose en el 
aprieto o los matan o huyen, dicen que 
no hai tal cosa como la guerra por el pi- 
llage y piden guerra. No me admiro de 
que el gobernador no haya querido la paz 



22 



DIEOO DE K0SALEi4. 



que le ofreciamos, pues luibía muclios que 
le tlecian (¡iie eramos unos traidores, iu- 
constaiites, varios y sin palabra ni lei; y 
aunque los caciques procuramos ser cons- 
tantes y tener lei y firmeza en nuestros 
tratos, la jen te moza y poco sugeta a nues- 
tros mandatos nos desacredita con su in- 
constancia y poca fe, y su delito nos man- 
cha a todos, y no es mucho que los espa- 
ílolcs digan que todos somos asi, cuando 
ven muchos tan mal inclinados al hurto y 
al robo y tan sin lei ni razón contradecir 
al bien común y estorbar lo que los caci- 
ques y los padres de la patria tratan para 
su bien: no nos ceguemos, que nosotros te- 
nemos nuestro merecido por no tener ca- 
beza ni reconocer los mozos sujeción a los 
ancianos ni obediencia a los caciques. El 
gobernador es bueno y le envia el rei a 
componer la tierra, y no dudo sino quo lo 
hará y que mudanl de parecer y admitirá 
nuestras pazes y nuestros ruegos: no sea- 
mos apresurados ni rompamos la paz; co- 
miencen los españoles a hacer la guerra y 
no se diga que comenzamos nosotros y ten- 
gan ocaísion de confirmarse en su sospecha 
y creer que era asi lo que les decian, que 
todos nuestros pasos eran fraude y que 
luego habiamos de toiñar las armas. Que- 
de por ellos y no por nosotros para justi- 
ficar mejor nuestm causa, que el brazo nos 
queda sano y la lanza entera para jugarla 
cuando convenga." 

Esto dijo este prudente cacique y le 
aprobaron todos, y asi ninguno tomó las 
armas ni hizo entradas a las tierras de es- 
pañoles, esperando a que se mejorasen los 
consejos y determinaciones del goberna- 
dor. Y hizo una gran fineza este caciíjue. 



que fué demás de no consentir que indio 
ninguno de Puren tomase las armas contra 
los españoles ni que hiciese entra^ 
sus tierras, sabiendo que el gobf } 
entmba a Repocura y pudiendo 
su gente a ])elear, no lo quiso 
sino que a un alojamiento, tres legu 
Puren, envió al gobernador un h 
dos sobrinos que le fuesen a ver 
parte y decirle como él no iba ei 
sona ])or ser viiyo y achacoso y (¡ 
da aquella tierra y provincia de 
estaba a su obediencia y de paz, deí 
su amistad, y que allí tenia quinienta 
zas a punto para servirle con ellas } 
dir a donde les mandase; que alli ha) 
nido muchos dias al capitán Marcoib 
vari, sirviéndole y regalándole, y le 
dicho tantos bienes de su señoria 
aunque no habia comunicado jamas coií 
gobernador ninguno, le habia cobrado gran- 
de afición y deseaba ser amigo de los es- 
pañoles. Y que viniese por alli a la pri- 
mavera (que ya era invierno para hacer la 
guerra) y comunicaria con él muchas co- 
sas de importancia y veria la firmeza de su 
amistad v la constancia de su fe; y cuando 
esperaba que sus finezas tendrían buena 
correspondencia, entró el sarjento mayor 
Juan Fernandez a hacer una maloca, que 
le sucedió tan mal, como se dirá en el ca- 
pitulo siguiente, y se perturbó todo, y las 
diligencias de estos caciques y sus deseos 
de la paz se malograron, con gran senti- 
miento suyo y mayor nuestro por las des- 
gracias que después sucedieron, que si no 
fueron castigos del cielo fueron avisos y 
enseñanzas para los venideros. 



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CAPÍTULO IIL 



Trata el Gobernador Don Luis de hacer la guerra ofensiva. 
Hace por sí y sus capitanes algunas entradas con varios 
sucesos, y dizen los indios que están de paz no quieren 
tomar las armas los de Puren y ofrecen sus soldados. 



Trata (le liacer la guerra el Gobernador. — Refoima a Don Fernamlo de Cea por ser de contraria opinión. — Elige 
por Maestro de campo a Don Gaspar de Soto, y sus buenas partes. — Hace una maloca y embia al Capitán 
Morales a Elicura. — Hacen suerte y vienen los indios sin armas a decir que están de paz que les den sus 
mugeres. — Hace una buena suerte Cristo val de Osorio. — Trata de salir con todo el egercito en el rigor del 
invierno y repúgnanlo todos. — Pugna la entrada el Maestro de campo Don Pedro l*aez y no obstante se 
determina — Sale a Biobio y envió a llamar al Maestro de campo con su tercio. — Entra en Repocura y embia 
a correr al Capitán Domingo de la Parra. — Coge un cacique y examínalo. — Entra el' Maestro de campo 
Don Gaspar de Soto a correr a Repocura. — No pudo pasar el rio de Tabón. — Hace el Gobernador una buena 
suerte con su gente. — Envíale Liempicliun a «lar la paz con t<»do Puren y no hacer hostiliilad los indios. — 
Queda vanaglorioso el Gobernador y pareciéndole que no había indios que se lo atreviesen. — Y no pelearon 
los caciques por conservar la paz y no comenzar ellos la guerra. — La vana conñanza y el desprecio del enemigo 
con las ^'ictoria8 son causa* de desgracia. — Despacha al Perú a Don Andreti de las Infantas. — Sale a una 
jomada con la gente de Arauco. — Cogen un cacique. — Cogen trece piezas. — Coge el Maestro de campo Don 
Gaspar de Soto ciento y treinta piezas. — Acometen de emlK>8cada los indios. — Derriba el enemigo a los 
trompetas y al Maestro de campo. — Lanzean al Capitán Alfonso de Villanueva. — Mata el enemigo a Juan 
Piernas. — Júntanse algimos arcabuceros y matan treinta y cinco indios y derrotan los demás — Hecho 
valeroso de una india. 



Con los fervores con que el gobernador 
clon Luis Fernandez de Córdova, como 
caballero tan alentado, entró de hacer 
la guerra y demostrar sus bríos con el 
enemigo, trató luego de hacer en persona 
una campeada y de enviar mientras la dis- 
ponía una maloca para hacer camino y fa- 
tigar al enemigo menudeando las entradas. 
Para esto reformó de el puesto de maes- 
tro de campo general a don Fernando de 
Cea, por ser tan defensor de las pazes y 
tan en abono de los indios, y por juzgar, 
aunque era tan valiente, tan acometedor 
en la ocasión y tan venturoso en las bata- 
llas, no siendo de su opinión no asentiría a 



sus determinaciones. Y assi elijió por 
maestro de campo general uno que pu- 
diese llenar tan gran vacio, que fué a don 
Gaspar de Soto, que demás a ver sido tres 
veces alférez, dos veces capitán, coiTcji- 
dor, capitán a guerra en Itata, sargento 
mayor del reino y haber en todos estos 
cargos dado grande satisfacción de su per* 
sona, y en las batallas y peleas que se ha^ 
bia hallado había mostrado siempre un 
ánimo invencible, una determinación va- 
liente y un corage digno de sus gmndes 
obligaciones, matando indios y haciendo 
hechos hazañosos que le merecieron gran- 
de nombre. Y ardouaba todas estas bue* 



24 



DIEGO DE ROSALES. 



lias cualidades con la mucha de su nobleza, 
por ser caballero conocido y hijo de algo y 
hijo de don Gerónimo de Soto, tesorero je- 
neral de la santa cruzada en el reino de Mé- 
jico, caballero de ilustre sangre. Y como a 
estos títulos se allegaba el estar casado con 
dona Mana de Córdova, señora de grandes 
prendas y virtud y hija por parte de 
padre y madre de novilisimos"" conquista- ' 
dores del Peni y de este reino: todo esto, 
con su mucha prudencia y buena dispo- 
sición militar, le granjeó el aplauso común 
y la voluntad del gobernador para esco- 
gerle tan a su gusto como le pudiera de- 
sear para sus intentos de hacer la guerra 
al enemigo sin perdonar a trabajo ni dejarle 
descansar, y asi le ordenó que luego hiciese 
una entrada por la costa, como lo hizo en 
Elicura y en lo de Utablame, enviando al 
capitán Juan de Morales, soldado valiente 
y de buena disposición, a que con los 
amigos que regia, y al sarjento Espinal con 
sesenta arcabuceros buenos, diese en estas 
partes un Santiago, y andubieron tan 
buenos y tan liberales en correr, que dan- 
do el repente a una parcialidad, cogieron 
veintiséis piezas, ochenta caballos, doscien- 
ta.s olxjas de Castilla, cuatro de la tierra • 
y algunas vacas, con que volvieron gozo- 
sos otra vez a Arauco. 

Saliéronles los moradores de Elicura y 
un cacique sin armas a pedir a sus muge- 
res, diciéndole que ellos estaban de paz y 
la liabian dado al gobernador, y en todas 
sus tierras so liabia mandado por los caci- 
ques que ninguno tomase armas contra los 
españoles ni hiciese guerra, y que asi lo 
liabian observado ellos y que con la paz 
vivian seguros, contentos y descuidados: 
que no era razón que les llevasen sus mu- 
geres y hijos, que se los volviesen; pero 
como ya el gobernador había mandado 
romper la paz, no les volvieron pieza nin- 
guna. 



Asegundóse la suerte enviando el maes- 
tro de campo a don Cristóval Osorio, ca- 
pitán de a caballos lanzas» soldado de 
mucho nombre, de muchas obligaciones y 
afamado en la guerra, el cual, saliendo a 
Llolleo con mayor fuerza, acollaró cuaren- 
ta piezas, algunas de ellas mujeres de ca- 
ciques principales, y degolló cuatro indios 
y cojió sesenta caballos. Dio la vuelta con 
paso presuroso por lograr la buena suerte 
que habia hecho. 

Con estos buenos sucesos trató el gober- 
nador de hacer la campeada que habia in- 
tentado, entrando en persona con todo el 
ejército a las entrañas de la guerra, que 
sus muchos alientos y visarria no le su- 
frían estivr ocioso ni dejar de obrar por sí 
haciendo daño al enemigo. Y aunque el 
intento era animoso, todos se lo repugna- 
ron por ser ya entrado el invierno, propo- 
niéndole que el mes de junio y al fin de 
él cuando lo intentaba era el rigor del in- 
vierno en esta tierra en que los ríos ve- 
nían por las nubes y las nubes descarga- 
ban ríos de agua. Y con proponerle las 
grandes dificultades que habia en llebar 
por tan agrios caminos un ejército entero, 
lio le ¡ludieron obligar a que desistiese de 
ello, y a veintiuno de junio salió el tercio 
de Yumbel, y aunque algunos iban con 
gusto por el interés de las piezas y por ver 
que ya eran esclavas las que en la guerra 
cojian, lo contradijo con mayor esfuerzo 
el maestro de campo don Pedro Paez Cas- 
tillejo con razones eficaces y fuertes, fun- 
dado en costosas esperiencias y en las 
que tenia de entradas tales, con los em- 
barazos de todo un ejército en medio del 
invierno, espuestos a peligro y perdición 
de muchos soldados y caballos, y que solo 
estas entradas en tiempo semejante eran 
para caballos lijeros. 

Pero como en tales ocasiones la deter- 
minación suele ser mas acertada y el ven- 



HISTORIA DE CHILE. 



25 



cer las dificultades consiste en hacerlas 
rostro, puso el sujo a la dificultad y rom- 
piendo por todas se determinó a entrar, no 
obstante las propuestas que le hacian.que 
los alientos son buenos y de alabanza en 
el que gobierna por ponerlos a todos con 
sus brios, pero es bien templar el fervor 
con el consejo, porque en esta ocasión, 
aunque le salió bien, aventuró todo el reino 
y se espuso a muchos azares. 

Salió a Biobio a oclio de julio y escri- 
bió al maestro de campo que saliese a jun- 
tarse con él al Nacimiento, donde hizo 
alto y reseña de la gente que Uebaba y se 
halló con seiscientos españoles y setecien- 
tos indios amigos, y mas trescientos yana- 
conas que tomaban armas, y con cuatro 
mil caballos de silla y carga. 

Salió de aquel puesto a la provincia de 
Repocura, que significa Camino de piedra 
y es tierra dura de conquistar. Dejó a 
Puren a la mano derecha, y en tierras que 
llaman de Coipu acordó de echar una 
cuadrilla de buenos caballos a correr la 
ranchería con el capitán Domingo de la 
Parra, soldado de opinión y valiente; y 
habiendo salido estos corredores toparon 
con dos indios, el uno cacique y de quien 
toda aquella tierra hacia mucha cuenta 
por ser centinela de todas aquellas fron- 
teras, y el otro era soldado, que por ser 
indio mas suelto pudo escapar por pies. 

Preso este cacique, dijo en sus exáme- 
nes que la suerte era dudosa y que sin 
duda ninguna se erraría y no se haria 
cosa de consideración en aquella tierra, 
porque el indio que se habia escapado ha- 
bia de tocar armas en todas partes y dar 
aviso, y todos se habian de echar luego 
al monte; y aunque el gobernador le apre- 
tó en los exámenes, jamas desistió de lo 
que una vez dijo, porque lo ordinario es 
en habiendo aviso guardarse todos en lo 
mas oculto de los montes. 



El gobernador, como hombre empeñado 
ya y discurriendo bien, como sucedió, que 
podria ser que el indio con el miedo se 
metiese en un monte o no llegase tan 
aprisa como nuestra caballería, envió 
luego de lijera al maestro de campo Don 
Gaspar Soto a correr a Repocura. Salió 
al rendir la prima con buena orden, que 
era persona de grande disposición, llevando 
consigo las compañias de los capitanes Don 
Andrés de las Infantas, capitán de a ca- 
ballo, la de Pedro Ramirez de Zava- 
la, soldado de fama, y Don Alonso de Mo- 
lina, de mucha opinión y gallardía, y con 
ramas de otras compañias y trescientos 
amigos empezó a correr la tierra, repar- 
tiendo en el rio de Tabón las cuadrillas, 
tomando por sí la que le pareció de me- 
jores caballos, y corriendo la tierra dio el 
maestro de campo en vacio, pprque siendo 
forzoso pasar el río de Tabón le hallaron 
por las lluvias y avenidas tan crecido que 
era imposible el vadearle y se hubieron de 
volver los soldados maldiciendo la salida 
en tiempo tan riguroso y que los ríos no 
daban vado a sus buenos deseos de mos- 
trar sus brios. 

Quedó el gobernador con el resto del 
egórcito en Coipu, y echando la jcnte a 
correr por diferentes partes donde no ha- 
bia ríos que impidiesen el paso, fuéle la 
suerte tan favorable que se cojieron sesen- 
ta piezas y un cacique mui principal, tres 
mil cabezas de ganado obejuno de Castilla, 
treinta obejas de la tierra, doscientos ca- 
ballos y cuarenta vacas, y dio con esto 
mui ufano la vuelta sin perder hombre ni 
caballo, que fué cosa bien singular y para 
notar, pues cuando todo el reino esperaba 
o tcmia alguna desgracia o desdicha gran- 
de por ser el tiempo tan ríguroso, salió 
con victoria, ayudándole Dios por las mu- 
chas plegarias que se hicieron en todas 
las iglesias y conventos, y al retirarse fué 



26 



DIEGO DE ROSALES. 



cuando le envió el Ccacique Liempicliun, 
scíior de Purcn, su hijo y sus dos sobrinos, 
diciéndole como él y todo Puren estaban 
de paz a su obediencia y mandado, y que 
alli tenia quinientos indios de lanza a su 
disposición; que él no queria guerra sino 
paz, y hasta este tiempo se estuvieron los 
indios sin moverse ni hacer hostilidad por 
su mamlado, esperando que los españoles 
les recibiesen la i)az y no queriendo ellos 
comenzar abrir la f^ucrra, que es mui de 
notar que se vea el deseco que tuvieron de 
las pazcs. 

Habiendo hecho el gobernador estas en- 
tradas con buenos sucesos y sin oposición 
de los indios, porque observaron el man- 
dato de los caciques fielmente de que no 
tomasen las armas ni hiciesen guerra a los 
espaíloles, para obligarlos con eso a admi- 
tirlos la paz y para justificar su causa y que 
hiciese manifiesto como ellos no abrían la 
guerra ni probocaban a ella sino los espa- 
ñoles, que quizas si se hubiesen puesto en 
defensa, y sin quizas, do otra manera les 
hubiera sucedido: quedo el gobernador 
mui ufano y vanaglorioso, entendiendo 
que jamas en su gobierno habia de haber 
desgracias y juzgando que los indios no 
eran tan guerreros como se decia ni el 
león tan bravo como le i)intan, pues 
no habia visto indio que se le atreviese 
con lanza a ponérsele delante ni que 
pelease, teniendo a cobardia y falta de 
fuerzas el no haber sidido a pelear, ha- 
biendo «ido obediencia a sus caciques y 
deseos de la paz. Y es mucho de temer 
en la guerra la soberbia y demasiada con- 
fianza que las victorias suelen traer, por- 
que a los guerreros cuando son vencedores 
les parece que tienen a la fortuna asida 
de el cabello y que siempre han de pisar 
sobre la rueda, no debiendo todas veces 
dejarse llevar de la demasiada confianza, 
que al mas sabio le mata por presumido 



y al mas confiado le deri'iba por incauto, 
y en prudencia militar de ninguna cosa se 
debe fiar menos que de los buenos sucesos, 
porque siempre la víspera de los males es 
el dia de los bienes, y la altivez que causan 
las victorias y el desi)recio del enemigo que 
ocasionan, son causa de los sucesos adver- 
sos y de las impensadas desgracias, como 
lo fueron en las que adelante sucedieron. 

Luego que llegó el gobernador a la 
Conc(ípcion prosiguió en mandar apretar 
al enemigo por la parte de la cordillera, 
y ordenó al sargento mayor que saliese con 
su tercio y con toda la fuerza de indios 
amigos que pudiese llevar a tierra de los 
Coyunies, y habiendo salido a esta facción, 
le fué el tiempo tan riguroso de agua, frió 
y vientos, que por solas quince piezas y 
algún ganado que cojió perdió seiscientos 
y treinta caballos que se le cansaron y 
ahogaron, y se vio en tanto riesgo con la 
hambre, frío y cansancio que su jente 
pasó, que a no dar la vuelta a los veinte 
y tres dias que tardó en su viaje, pereciera 
indudablemente toda la que llevaba, y si 
el enemigo le hubiera salido a algún paso 
sabe Dios como lo pasara. 

Acabó el gobernador el invierno con los 
despachos que hizo para el Perú, a dónde 
envió al capitán Don Andrés de las In- 
fantas, compatriota suyo, a dar aviso al 
virrey de lo que iba haciendo en servicio 
de su Magestad, y muchas personas escri- 
bieron al virrey dándole cuenta de los 
buenos efectos que habia causado la veni- 
da de su sobrino a gobernar este reino y 
las victorias que habia tenido, asegurán- 
dole cuan brioso caballero era y cuan a 
proj)ósito para este gobierno, a fin de que 
su Magestad le confirmase en él, y sin 
lisonja lo podian escribir, porque el caba- 
llero era de grande ánimo, de buena dis- 
posición en la guerra y de mucho trabajo 
y diligente para ella. 



HISTORIA DE CHILE. 



27 



Envió a pedir gente a su tio, armas y 
socon'o para los soldados, y como las 
aguas aflojasen y hubiese acabado con los 
despachos, viendo que era tiempo de ha- 
cer la guerra, hizo apercebimiento de sus 
capitanes y salió a los diez de octubre al 
estado de Arauco. Habló alli a la milicia 
y a todos los indios amigos, que de ver cuan 
dispuesto y ágil se mostraba se holgaron 
mucho y le cobraron gi*ande amor, porque 
estos indios estiman mucho a un goberna- 
dor que es deh'gente, valiente e inclinado 
a la guerra. Hallóse con cuatrocientos y 
ochenta españoles, ochocientos indios ami- 
gos y doscientos yanaconas que podian 
pelear, y partió con los dos campos, a 
veinticinco del mes dicho, a dormir a Mi- 
llarapue, que significa Camino de oro. En 
Molvilla llamó a consejo y se determinó 
la jornada y sus efectos, y habiéndose 
acordado y resuelto que habia de ser la 
entrada a Pillolcura, cuatro leguas de la 
Imperial, se guardó el secreto que impor- 
ta mucho en estas ocasiones y marchó de 
ti*asnochada con todo el silencio posible: 
pasóse el rio de Paicabi con el agua a los 
pechos por no perder tiempo, que en la 
guerra por un punto se pierde mucho. 
Desde este rio se fué trasnocliando hasta 
el embocadero que llaman de Juan x\gus- 
tin, donde mandó tomar los pasos de Tu- 
capel para la costa y espiar hasta la mar 
por ver si sus espias podian dar con algu- 
no del enemigo y tomar lengua, y como lo 
imaginó le sucedió, porque las espias que a 
esto salieron cogieron un cacique que ve- 
nia con otros indios a reconocer los cami- 
nos. Dijo este cacique en su examen que 
los demás que venian con él habían 
echado a huir y que tocarian arma en toda 
la tierra, y asi que no haria efecto en su 
entrada.. Y con todo, resuelto el goberna- 
dor con su buena fortuna mandó que se 
liicieso la corrcria, y tomó primero conse- 



jo del capital Juan Suaso para el modo, 
por hombre de mucha espcriencia, y como 
respondiese animándolo a ello y dando el 
modo, volvió a examinar a la espia con 
tormentos y amenazas, y acordó que en las 
Peñuelas, dos leguas de alli, habría gen- 
te de Repocura que habria bajado por ma- 
risco al mar, que si quería cogerla se diese 
prisa a ello, porque sino no cogeria nada. 
Fué tanta la que se dio, juzgando podia ser 
posible que los indios espias que se habian 
escapado no hubiesen dado aviso, que él 
mismo subió a caballo y sin esperar a ca- 
pitán ni alma viviente hizo oficio de ayu- 
dante en apercevir, y echó al capitán 
Juan de Morales con doscientos amigos a 
la ocasión y cogió trece piezas. 

Con esta lengua y buen principio orde- 
nó las cuadrillas y apartó él mismo la gen- 
te que habia de enviar; ordenó al maestro 
de campo que en persona con los capita- 
nes de a caballo don Andrés de Hermosi- 
lla y Alfonso de Villanueva Soberal, sol- 
dado de mucho valor, prudencia y ciencia 
militar, que después fué gobernador de 
Valdivia, corriese a Pillolcura v a todos 
sus altos, y al capitán Gregorio Sánchez 
Osorio, que era práctico en esta guerra, 
ordenó que con una cuadrilla de gente es- 
cogida y de obligaciones corriese a Tirua, 
que se dejaba a una mano, quedándose el 
gobernador con una compania y con la del 
capitán don Cristóval Osorio y con el 
resto do las demás alojado en el mismo 
rio de Tirua a la parte del norte. Dieron 
los corredores del maestro de campo la 
rienda a los caballos con recato, v lesayu- 
dó tanto la fortuna que cogieron ciento y 
treinta piezas en Pillolcura, cogieron mu- 
cho ganado que hallaron, saquearon las 
casas de todas sus alhajas, aprovechándo- 
se los amigos de ellas, y les pegó fuego a 
todas. Al revolver con la presa, tomaron 
las armas los naturales de los valles en 



28 



DIEGO DE ROSALES. 



número de doscientos, y como eran seño- 
res de los caminos, supieron cuales eran 
mas a su propósito para pelear y salir al 
atajo. Tomaron la delantera al maestro de 
campo y se emboscaron en un paso aca- 
nalado y estrecho con intento de acome- 
ter a la parte donde iban las indias presas 
y ganarlas a punta de lanzas o morir por 
ellas. El maestro de campo llevaba de 
manguardia cien amigos y detras de ellos 
cuatro soldados buenos arcabuceros; il)an 
estos por descubridores y luego vonian los 
trompetas y su persona con algunos solda- 
dos de obligación, y tras ellos las piezas 
cautivas en el batallón con buena guardia. 
Al pasar nuestra jente dieron los indios 
enemigos, saliendo de emboscada, por la 
parte por donde iba el maestro de campo 
bien descuidado de que aHi hubiese cela- 
da, y acometieron todos a un tiempo y de 
repente: derribaron de la primera embes- 
tida a los trompetas de los caballos y 
apretando a los españoles derribaron al 
maestro de campo de la silla, y a no pe- 
lear como tan valiente caballero con una 
espada ancha, y a no socorrerle el ca- 
pitán Fernando de Guzman y otros bue- 
nos soldados, se le llevan los indios ene- 
migos vivo o le matan. Apretaron también 
al capitán Alfonso de Villanueva, dándole 
muchas lanzadas, que peleó valerosamente, 
y le llevaron la celada, que la traia su page 
de armas, que como el arma fué tan re- 
pentina e impensada no se la pudo poner. 
Hicieron rostro junto a este capitán 
Basco Sánchez de Quiroga, que peleó va- 
lerosísimamente,don Gaspar Verdugo, que 
se mostró mui animoso y esforzado, los alfé- 
rez don Juan do Avaro y don Luis de Li- 



11o, Bartolomé Diaz Matamoros, Jacinto 
de Ilermosilla, criados estos dos de el go- 
bernador; y a no hallarse todos estos sol- 
dados cerca de la persona del maestro de 
campo y de el capitán Alfonso de Villa- 
nueva, no se duda sino que fuera mas el 
daño. Mataron al sargento Juan Piernas y 
hirieron al alférez Juan López en la gar- 
ganta junto a ól, que como era el camino 
angosto no le pudieron socorrer y los ene- 
migos tuvieron lugar para cortarle la ca- 
beza y llevársela para cantar victoria. Era 
el paso tan angosto y entrincado que no se 
podian socorrer unos a otros ni juntarse 
la arcabuceria, hasta que habiendo pelea- 
do un cuarto de hora las delanteras pu- 
dieron irse juntando algunos arcabuceros^ 
los cuales apretando al enemigo mataron 
treinta y cinco indios y los hicieron huir 
al monte. Con esto marchó el maestro de 
campo con doblado cuidado hasta llegar a 
donde estaba el gobernador, que le recibió 
con mucho aplauso por la buena suerte y 
por haber salido tan bien de la pelea. El 
cíipitan Gregorio Sánchez, que habia ido 
a maloquear a Tirua, cojió solo una india 
que siendo antes cautiva de los esi)añole8* 
anduvo tan valerosa que les quemó el cuar- 
tel y se huyó de la prisión. Estaban avisa- 
dos aquellos indios y asi no hallaron mas 
aun(iue hicieron muchas diUgencias. Reco- 
noció el gobernador y ojeó la tierra para 
su tiempo y dio la vuelta hasta Paicabi, 
donde se alojó aguardando asi a los caci- 
ques de Elicura que querían dar la paz; 
visitó el fuerte de Lebo y metióle leña, 
siendo él el primero en cargarla para dar 
ejemplo a los demás, y hecha esta facción 
se metió en Arauco. 



CAPITULO lY. 



Húyense a tierras del enemigo el hijo de Pelantaro y su 
sobrino, ya cristianos, y cogidos les quitan las cabezas. 
Hacen los de Chiloé una maloca a Valdivia y piérdese 
el navio con trescientos indios y veinticinco españoles. 
Sale de cautiverio el Capitán Marcos Chavari y da razón 
del enemigo. 



Publica la tasa conñrmada por el Rey. — Maiida suspender la tasa a petición de la ciudad. — Trata de liuirse al 
enemigo el hijo de Pelantaro y de Unabilu. — Eran ya cristianos que confesaban y comulgaban a menudo, — 
El Padre Valdivia los habia enseñado a leer y escribir y rezar el rosario y el oficio de Nuestra Señora. — Lláma- 
los la patria y húyense. — Estánse un mes emboscados para divertir a los que les fuesen a buscar. — Cogen 
los pasos de Biobio y fué de importancia su prisión. — Ponen sus cabezas en tres palos. — Tratan los 
caciques de Repocura de irse La tierra adentro. — Contradicelo Lientur y dice que defiendan sus tierras. — 
Que no hagan caso de las valentías de los esf^añoles. — Que el Gobernador amazará los brios en peleando 
con él. — Aprueban todos su parecer y determinan pelear con el Gobernailor. — Sale a aquellas horas 
con estar enfermo. — Camina en una noche once leguas y llega a YumboL — Retirase el enemigo y vuelve 
a la Concepción. — Entran dos socorros de gente dt.l Perú. — Envia a Don Pedro Paez a Chiloé y que 
maloquee en Valdivia. — Pérdida de casi trescientos indios de Chiloé y muchos españoles en una tormenta. — 
Sale de cautiverio el Capitán Marcos Chavari con dos señoras. — La estimación que los indios hacian de 
Chavari por ser tan gran, soldado y saber tan bien su lengua. — Relación del Capitán Marcos Chavari al 
Gobernador. — Que los in«lios, aunque barbaros, son amigos de la verdad y buen trato, y por el que él hizo 
le guardaron la vida. — Que por faltarles a la palabra se han levanta<lo siempre y por el mal tratamiento — 
Que los ciento diez caciques que vinieron a dar la paz traian buen ánimo y él se le puso. — Que se perdió una 
buena ocasión para poner de paz a Chile y no han querido comenzar ellos la guerra. — Que ya Lientur y otros 
tratan de pelear con el Gobernador. — Que los enemigos pasaban grande hambre y no habian sembrado por 
las malocas, y que él se of recia a guiar a las que se hicieren. 



Bajó el gobernador a la Concepción para 
la espedicion de algunas cosas, en la cual 
hizo publicar la tasa que su Magestad con- 
firmó para que no hubiese servicio perso- 
nal y ordenó que los vecinos feudatarios 
residiesen en sus encomiendas con pena 
de perdimiento de ellas, cuja tasa mandó 
otra vez de nuevo que se suspendiese y 
que cesase la ejecución por petición que 
aquella ciudad metió, alegando su menos- 
cabo, hasta que su Magestad proveyese 
otra cosa. 



En este tiempo el hijo de Pelantaro y 
su sobrino, hijo del cacique Unabilu, lla- 
mados el uno Don Felipe y el otro Don 
Lope, de quienes dijimos arriba que se 
habian bautizado y casado con indias 
principales de la Concepción, vivian junto 
a ella en una ranchería que pretendieron 
que fuese ciudad de indios cristianos y que 
a ella se agregasen otros muchos. Y el 
Padre Luis de Valdivia habia puesto mu- 
cho cuidado en la enseñanza de estos dos 
hijos de caciques tan principales, asi por 



30 



DIEGO DE ROSALES. 



el celo de aprovediarles en el conocimien- 
to de nuestra relijion cristiana y guarda 
de su Ici, como por haberlos encíirgado 
tanto Pclantaro que los enseñase y cuida- 
se de ellos como de liijos propios, ense- 
nándoles todas las cosas cristianas, y el 
padre lo hizo con tanto cuidado que se 
dieron mucho a la virtud, confesando y co- 
mulgando mui amcnudo, y los tenia ense- 
bados y industriados a rezar su rosario y 
a leer y escribir y que rezasen las , horas 
de nuestra señora. 

Y después que el Padre Valdivia se 
fué a España quedaron a cargo de los 
padres de la Compañia, continuando su 
buen modo de vivir, sirviendo en el colejio 
y ayudando a las misas, hasta que este 
año, en el gobierno de Don Luis Fernan- 
dez de Córdova, se juntaron con un mula- 
to casado en la Concepción y trataron 
entre los tres de irse al enemigo, porque 
como vieron que volvia otra vez la gue- 
rra y que se habia de cerrar la puerta 
con eso para volver otra vez a su tierra, 
aunque ya eran cristianos mui ladinos y 
españolados y tan devotos 'al parecer, el 
interior afecto a la patria y a los suyos les 
tiró, y después de haberlo andado trazando 
cerca de un año, se huyeron al enemigo y 
a sus tierras naturales con las dos mujeres 
y se emboscaron en un monte, dos leguas 
de la Concepción, donde estuvieron un 
mes entero discurriendo bien que en 
echándolos menos los habian de'ir a buscar 
por todos los caminos y seguirlos, y que 
en perdiendo la esperanza de hallarlos y 
cuando ya estuviesen los españoles en per- 
suacion de que habian ganado sus tierras, 
saldrian y hallarian los caminos libres de 
los que los buscasen, y asi salieron con 
buen matalotage al cabo de un mes y pa- 
saron con seguridad el rio de Bio-Bio, que 
era el mayor riesgo; pero quiso nuestra 
ventura y su dcsgi'acia que los indios do 



Talcamavida hubiesen salido a una maloca 
de la otra banda de Bio-Bio y que cojiesen 
rastro de jente y siguiéndolos dieron con 
ellos y los prendieron. Fué esta prisión 
de mucha imi>ortancia y de grande gusto 
para todos, porque habian puesto mucho 
cuidado con su huida por ser indios tan 
prácticos y criados entre los españoles, 
que habian guiado a malocas y si acaudi- 
llaban jente en su tierra nos podian hacer 
muclios daños. Mandóles cortar las cabe- 
zas el gobernador y ponerlas en tres palos, 
para ejemplo de los demás indios, en los 
altos do la Concepción do donde se 
huyeron. 

Los caciques y capitanes de la provin- 
cia do Repocura, viendo que estaban como 
piedra en el camino, que todos topan en 
ella, trataron de quitarse de él y entrai-se 
la tierra adentro, y para esto hicieron un 
conclave do todos los caciques y propusie- 
ron: como ya los españoles habian comen- 
zado a abrir la guerra y no les habian 
querido admitir la paz y que ellos estaban 
en el paso donde era fuerza que dieran 
los primeros golpes, y a poco los habian 
de acabar, y asi que seria bien para su 
conservación incorporarse con los de la 
tierra adentro y juntando las armas de- 
fenderse y poder hacer mal a los que se 
le intentasen. Levantóse a esto el valien- 
te Lien tur, el que en tiempo del gober- 
nador Don Cristóval de la Cerda de amigo 
se hizo enemigo con toda su ranchcria y 
después nos hizo el daño que está referido, 
y dijo: que no con venia retirarse sino ha- 
cer frente y poner el pecho al trabajo y 
hacer oposición a los españoles; pues que- 
rían gueri'a, hartarles de ella; que no 
quisieran ellos mas que sentir cobardia en 
los indios y vanagloriarse de que los hacian 
volver pies atrás, y que ya que no nos 
habian podido llevar a sus tierras, nos ha- 
bian aventado a las agenas, donde como 



HISTORIA DE CHILE. 



31 



huespedes y estraños seamos maltratados 
y peor acogidos; aqui hemos de hacer pie, 
dijo Lientur, y clavando la lanza en tierra 
la puso por termino y raya de donde nin- 
guno liabia de pasar, ordenándoles que 
cogiesen temprano sus cebadas y se pusie- 
sen en campaña para esperar al goberna- 
dor y pelear con él sin dejarlo pasar de 
aUi, diciéndoles que no hiciesen caso de 
su valentia y arrogancia, que ya conocia a 
los españoles y se habia criado con ellos 
y que cuando vienen do Lima vienen mui 
arrogantes y echando valentías contra los 
indios y en viéndolos pelear dicen: no en- 
tendíamos que eran tan valientes, y nos 
cobran miedo. Este gobernador es mozo y 
todo fervor y llamaradas; no se ha visto 
hasta ahora con nosotros ni le hemos he- 
cho oposición ninguna, antes le hemos 
rogado con la paz y dejado que nos haga 
guerra y que comience a abrirla, probará 
nuestras manos y darémosle algunos gol- 
pes y luego le veréis como deshace la rueda 
del Pabon, y que si la fortuna les fuese 
contraría entonces podrían retirarse, pero 
que por un golpe solo, sin haber hecho re- 
sistencia ni probado las manos con los espa- 
ñoles, no era bien mostrar cobardia y volver 
pie ati'as. 

A todos les pareció bien el consejo de 
Lientur, y en lugar de tratar de la retimda, 
trazaron de prevenir las armas y de echar 
centinela a lo largo para en teniendo aviso 
de que viniese el gobernador pelear con él 
y que supiese con quien las habia y que 
les sobraban alientos a los indios para dar 
mucho en que entender a los suyos. 

Entró el año de 1627 y a los dos dias 
de Enero llegó nueva del capitán del fuer- 
te de San Cristóval, que lo era Francisco 
Hernández Matamala, soldado de mucho 
cuidado y vijilancia, diciendo que estando 
nuestras centinelas velando sobre los pasos 
del rio de la Laja habia dado una tropa 



de cuarenta indios de a caballo sobre ella 
y pasado el rio de esta parte y demostrán- 
dose otra de hasta sesenta, y que querien- 
do los centinelas reconocer bien si eran 
enemigos, los apretaron tanto que los hi- 
cieron retirar al fuerte. Llegó este aviso 
al gobernador Don Luis de noche a la 
Concepción y con estar convaleciente de 
una indisposición que habia tenido grave 
y sangrado muchas veces, se levantó a 
aquellas horas y dentro de media hora ya 
estaba a caballo y caminando al arma y 
marchó toda una noche. Adicionaron la sa- 
lida algunos perezosos que no quisieran 
dejar sus comodidades ni que los sacase 
de ellas tan aprisa, condenándola a preci- 
pitación, y fué injusta esta condenación, 
porque en semejantes ocasiones la preste- 
za y la diligencia es madre de la buena ven- 
tura, y en uno que gobierna la diligencia 
y la audacia hace a los soldados prestos y 
animosos al ejemplo de su general, y su 
intento fué salir con el sargento mayor y 
su tercio en alcance del enemigo para 
alentar a los soldados con su presencia; 
pero aunque caminó en aquella noche en 
ocho horas once leguas, no le pudo alcan- 
zar, porque ya habia salido con el tercio 
en busca del enemigo y no le pudo alcan- 
zar, porque siendo sentido de las postas 
se retiró a sus tierras cofa solo un caballo 
que cojió, aunque otros dicen que con mas, 
en que no hubo cosa cierta. Admiróse el 
sargento mayor de ver al gobernador y 
que hubiese venido al socorro con tanta 
ligereza, y por estar enfermo le rogó que 
se volviese a la Concepción, mas no fué 
posible que lo hiciese, sino que quiso asis- 
tir con sus capitanes al resguardo de las 
sementeras de su Magestad, hasta que la 
enfermedad le apretó mas y le obligó a 
volverse a la Concepción a mimr por su 
salud para trabajar después mas en la 
guerra. 



82 



DIEGO DE ROSALES. 



Favorecíanle a este caballero en este 
tiempo los buenos sucesos y poníanle en 
la cumbre para declinar después: que esto 
tienen todas las felicidades, que en llegan- 
do a lo alto de la rueda, como siempre va 
dando vueltas, vuelven a bajar. A los sie- 
te de enero le llegó el contador Don Pe- 
dro Arias de Molina al fuerte de la Con- 
cepción con el real situado; recibió con él 
cincuenta soldados y por capitán de ellos 
a don Pedro de Avalos, y dentro de bre- 
ves dias otra leva con el capitán Don 
Francisco de Mogollón, primo del marques 
de Montora y práctico en esta guerra, que 
después fué maestro de campo por el rei 
en Lima. Socorrió luego a Chiloé con ro- 
pa y gente por la poca que aquella pro- 
vincia tenia para su conservación, y con 
ella al general Don Pedro Paez Castillejo 
por cabo de aquella provincia, con orden 
que dicen tuvo también del virrei de que 
entrase con toda la fuerza que pudiese en 
el puerto de Valdivia y maloquease toda 
aquella tierra y la atemorizase para que 
diesen aquellos valles la obediencia y ayu- 
da a su Magostad para la ciudad que in- 
tentaba poblar en aquel puerto y para es- 
torbar al ingles que no se apoderase de él, 
como lo intentó después. Y por el infor- 
tunio que a Don Pedro Paez le sucedió, 
que fué mui grande, se discantó después 
que esta jornada se habia fundado, mas en 
codicia de coger piezas y hacerse de escla- 
vos, que no en conveniencias de estorbar 
al ingles la entrada, que esa se habia de 
estorbar poblando y no maloqueando. Fi- 
nalmente, él vino en un navio con tres- 
cientos indios do Chiloé y muchos espa- 
ñoles a maloquear a Valdivia, y siendo 
sentido no hizo nada y de retirada tuvie- 
ron una tormenta tan glande que dio el 
navio a las peñas y se hizo pedazos, aho- 
gándose casi todos los trescientos indios y 
veinticinco españoles, y los pocos que sa- 



lieron a las peñas tan maltratados que 
milagrosamente llegaron a Chiloé, donde 
fué grandisimo el llanto por la muerte de 
tanta gente y por la ruina de aquella pro- 
vincia. 

Removió el gobernador el puesto de 
maestro de campo por dárselo al maestro 
de campo Alonso de Miranda Salón, per- 
sona cuerda y de buen gobierno en la re- 
pública, y puso por sí^rgento mayor a Juan 
Fernandez Rebolledo, por su buen nom- 
bre, y dio compañias de a caballo a Don 
Francisco .Sotelo y a Don Fmncisco Mogo- 
llón, por honrarlos con estos puestos antes 
que se volviesen a Lima. 

Trajeron por este tiempo unos indios 
del enemigo al capitán Marcos Chavari y 
a su hermana Doña Isabel Chavari y a otra 
señora llamada Doña Juana Sepeda, cosa 
que mucho desearon los Gobernadores y 
habian encargado los virreyes, solicitando 
su rescate. Por haber sido el capitán Mar- 
cos Chavari uno de los grandes y azañosos 
capitanes que tuvo este reino y que hfzo 
famosos hechos en el alzamiento general, 
hasta que le cautivaron en la Villarica, y 
por ser hombre de tanto nombre y tan 
grande lenguaraz en la lengua de estos in- 
dios, le trataron en el cautiverio con mu- 
cho respeto y estimación. Fueron parte 
para el rescate las muchas diligencias y las 
muchas pagas que el gobernador Don Luis 
dio a tres caciques que se ofrecieron a 
traerle hurtado y escondido de lo inte- 
rior de la guerra, porque como los indios 
le querían tanto, no querían darle por 
ningún precio; y asi se tomó esa traza de 
que otros fronterízos le hurtasen, como lo 
hicieron por el interés de las pagas, los 
cuales le trageron al fuerte de el Naci- 
miento a escondidas, al cabo de veintiséis 
años de cautiverio, de donde salió ya \iejo 
y lleno de canas, quebrantado de los tra- 
bajos y con algunos achaques, pero en su 



HISTORIA DE CHILE. 



33 



persona mostraba sus bríos y grande valor, 
y en su talle, que era alto y bien dispues- 
to, daba a entender haber sido formidable 
al enemigo. Tuvo el gobernador y todo el 
egercito grande gusto con su vista y él le 
tuvo mayor por verse después de tantos 
trabajos con los suyos y en tierra de cris- 
tianos. 

Quiso el gobernador saber del todo lo 
que pasaba en tierra del enemigo y el mo- 
do que podria tener de hacer la guerra, 
como de persona de tanta verdad, espe- 
riencia militar y que acababa de salir de 
entre ellos y tenia tan penetrados sus pen- 
samientos y designios, y el capitán Marcos 
Chavari, que era hombre de mucho peso y 
de gran razón, la dio de todo, diciendo: 

"Señor: estos indios, aunque son bar- 
baros, son mui amigos de la verdad y 
de que se la guardemos en los tratos, y 
por haberla conocido en mí he tenido tan- 
ta cabida entre ellos, y aunque su mayor 
blasón es matar a un capitán que recono- 
cen que es valiente y hazañoso y beber 
su chicha en su cabeza, y algunos preten- 
dieron hacer lo mismo con la mia a los 
principios por haberles muerto tantos in- 
dios, con todo eso, todos, los mas, me de- 
fendieron, por quererme hacer esa Hsonja 
de decir que yo era hombre que siempre 
los habia tratado con verdad, y (lue antes 
era de mas estima el haber muerto a mu- 
chos, pues habia sido en la guerra y no 
con malos tratos. Y la causa de haberse 
estos levantado tantas veces, como yo lo he 
\'isto y ellos siempre han referido, ha, sido 
por no haberles guardado la palabra en lo 
que les prometían en nombre de su Mages- 
tad y por malos tratamientos. Ahora, cuan- 
do vinieron los ciento diez caciques a dar la 
paz, es cierto, y yo lo supe mui bien, que 
todos vinieron con mui buen ánimo y deseo 
de perseverar en nuestra amistad; y en 
ese tiempo estuve yo en Puren y tuve a 



Liempichun, señor de aquella tierra, y a 
todos los caciques, mui sasonados y aficio- 
nados a la paz y a peraeverar en ella; y 
entonces me digeron que ya se habia aca- 
bado la guerra y que ellos propios me 
traerian a la Concepción en asentándose 
las pases, y que por decirles yo que se les 
guardaria todo lo que el rei les habia pro- 
metido, lo creian y querian venir a dar la 
paz, como vinieron. No se ajustó el reci- 
bírsela, y no sé por qué se perdió la me- 
jor ocasión que ha tenido Chile de conse- 
guir sus deseos, de ver acabada esta gue- 
rra; lo que sé es que el sentimiento y las 
lagrimas de los caciques fué grande, y que 
no quisieron ellos mover guerra, sino es- 
perar a que se la hiciesen los españoles o 
que se mejorasen las determinaciones y los 
advirtiesen; pero como ya les han hecho 
algimas malocas, tratan de defenderse y 
de probar la mano, y están determinados 
de pelear con vuesa señoría para ver co- 
mo les va. Los que andan mas orgullo- 
sos y fomentan la guerra, son hasta ocho- 
cientos indios, los mas forasteros y serra- 
nos, y el que los rije y capitanea es el 
cacique Lientur, que de buen amigo nues- 
tro, por mal agasajado se ha hecho 
valiente enemigo, y que lo que ahora 
trataban era de que en entrando el gober- 
nador sobre sus tierras, habían ellos de 
dar sobre las nuestras por saber que que- 
daban desamparadas y sin fuerzas, y que 
les seria fácil el saquearlas y robar toda 
la hacienda de los españoles, y que al 
presente pasaban grandisima hambre, por- 
que por temor de las entradas que el go- 
bernador les habia hecho aquel invierno, 
no habian sembrado, sino que todo su 
cuidado habia sido guarecerse en los mon- 
tes y que para cualquiera entrada que su 
señoria quisiese hacer estaba él muí pron- 
to y dispuesto; que aunque viejo, cano y 
frió, conservaba el ardor juvenil y le podia 



34 



DIKÜO DE KOSAI.E?^. 



servir niuclio por saber todos sus rincones, 
guaridas, caminos y determinaciones." 

ülgóse muclio el gobeniador de haberle 
oido y todos los que se liallaron presen- 
tes, y agradecióle los buenos alientos que 



mostraba en tan crecida edad, indicios do 
los que liabia tenido en su juventud, y 
aceptó su ofrecimiento para llevarle consi- 
go a la jornada que intentaba, que dirá el 
capitulo siguiente. 



CAPÍTULO V. 



Sale el Gobernador con los tercios y hace suerte; los de 
Puren se le ofrecen de paz y no los admite. Hace en lo 
de Quempuante buena suerte, y manda que hierren los 
indios esclavos que se cogieren en la guerra. 



Sale el (íobemador con loa tercios a buscar el enemigo. -^ Hace una buena suerte el fciargento mayor en Virtjuen» 
— Corre el Gobernador a Repocura. — Envían segando mensago los de Puren al Gobernador ofreciéndose jwr 
amigos y que les vaya a ver para regalarle. — Responde el Gobernador agradecido y escusando la iila. — 
Buena suerte de los nuestros en las tierras de Quempuante. — Húyeuse los guias y avisan a Quempuante. 
Sale Quempuante en seguimiento de los españoles con doscientos indios y mátanlc ocho. — Elecciones que 
hizo el Gobernador. — Manda que se maniliesten y se hierren los esclavos. — Manda que no se saquen del 
Keino. 



Quericnclo el gobernador Don Luis emu- 
lar los hechos de sus antepasados y dar 
nuevo lustre a la esclarecida fama de sus 
progenitores, intentó hacer una jornada 
con los dos tercios a las tierras de el ene- 
migo y presentarle la batalla, si, como de- 
cia el capitán Marcos Cha vari, estaba tan 
deseoso de probar con él las manos. Para 
esto ordenó al maestro de campo que vi- 
niese a juntarse con él a cierto parage 
señalado con todo su tercio y con los in- 
dios amigos araucanos. Alojóse en el va- 
lle de Angol, donde hizo reseña de la gente 
que llevaba y hallóse con seiscientos es- 
pañoles, quinientos amigos, doscientos y 
oclicnta yanaconas, todos con armas, y 
cuatro mil caballos de siUa y carga, y arrojó 
hasta setecientos caballos con el sargen- 
to mayor al valle de Virquen, una legua 
de la Imperial, donde cogieron doscientas 
veinte piezas, degollaron treinta y dos in- 
dios, prendieron tres caciques principales, 



m 

mataron y trageron muchos ganados y ca- 
ballos, quemaron los altos y bajos del va- 
lle y se retiraron sin pérdida ninguna al 
sitio de Curalaba, donde se encontraron 
con el gobernador por haber concertado el 
juntarse en aquel parage. 

Resolvió luego ir a Repocura, y co- 
mo victorioso corrió en persona la tierra. 
Halló el valle como la otra vez, opulento 
de ganados y comida, que si el egercito 
quisiera alojar alli muchos dias, tenia bien 
que comer abasto. Saquearon los indios los 
ranchos y luego les pegaron fuego con 
todas las comidas y recojieron todos los 
ganados; y los indios, que estaban en los 
montes escondidos y a la vista de tantos 
daños, ardian en saña y aun dicen que 
algunos de sentimiento se ahorcaron de los 
arboles, viendo sus haciendas y casas per- 
didas y abrasadas. Prendióse un hijo de 
Paillaman, cacique y toqui del valle, y se 
cogieron algunas piezas, y también se vi- 



36 



DIEGO DE ROSALES. 



nieron a los nuestros algunos cautivos, que 
digeron como estaba la tierra en silencio 
y descuidada. 

Los caciques de Puren le enviaron se- 
gundo niensage al gobernador, demás de el 
que la otra vez le habian enviado, dicién- 
dole que le agradecian que no hubiese en- 
trado de guerra en sus tierras y que ellos 
estaban de paz y dispuestos a servirle con 
toda su gente para cualquiera facción, y 
que estimarian que se llegase a su tierra 
para servirle con sus cortos dones y que 
conociese su voluntad. Y no es poco que 
los de Puren estuviesen tan firmes y de- 
seosos de la paz cuando habian sido siem- 
pre los mas rebeldes. 

Respondióles el gobernador, como sol- 
dado, que él venia marchando con su eger- 
' cito y no se podia divertir a otra parte; 
pero que agradecia sus ofrecimientos y 
daba por recibidos sus regalos, y no iba 
allA por no molestarlos; que los soldados 
eran belicosos y poco contenidos y quizas 
les harían daño en sus sembrados o en 
otras cosas, y que como venian victoriosos y 
engolosinados harian algunos desmanes que 
después de hechos no los podría remediar 
o se veria obligado a hacer severos cas- 
tigos. 

Vino siempre el gobernador haciendo 
daño al enemigo, hasta que llegó al rio lla- 
mado Burén, donde trazó una emboscada 
en que se quedó el maestro de campo, y 
de los enemigos que venian tras su rastro 
se cogieron en la emboscada once y se ma- 
taron tres y un toqui general llamado 
Llanganao. 

Consumióse con esto el verano, per- 
diendose en las entradas hasta setecientos 
caballos, porque en sola esta, de cansados 
y hurtados, dejó cuatrocientos, y se retiró 
con sola su compañia a imbernar a la Con- 
cepción, donde recibió muchos parabienes 
de las buenas suertes que todavia le iba 



levantando la fortuna y prosperando sus 
acciones, como se vio en una maloca que 
mandó hacer a la costa al maestro de cam- 
po, el cual envió por mayo al cai)itan Juan 
de Morales con los amigos, cuyo capitán 
era, y al teniente Espinar con cuarenta 
soldados de a caballo, los quales fueron a 
lo de Quempuante, señor de Elicura, indio 
mui valiente y de mucha opinión. Cogie- 
ron veinte piezas y entre ellas a dos hijos 
y dos mugeres de este cacique, y huyéron- 
se dos indios que los españoles llevaban 
por guias, que eran de los indios que en 
otras malocas se habian cautivado, y aun- 
que los llevaban atados dieron traza de 
desatarse y huirse, los quales dieron aviso 
a Quempuante como los españoles iban 
muertos de frió, mojados y sin poder ju- 
gar las armas; que no perdiese ocasión tan 
oportuna como la que se le ofrecía para 
quitarles la presa y matarlos a todos. 

Salió luego Quemj)uante, como león que 
le han quitado la muger y los hijos, con 
doscientas lanzas a un mal paso, y acome- 
tiendo a los españoles por la retaguardia, 
cuando pensó alcanzar alguna gi'an victo- 
ria, le sucedió mal, porque le mataron ocho 
indios y con sus cabezas la cantaron los 
nuestros y él tuvo mas que lamentar. 

Contento el gobernador con estas bue- 
nas suertes, hizo mercedes y dio la vara 
de corregidor de Santiago al general Don 
Luis de las Cuevas, persona de muchos 
méritos por su noble sangre y muchos ser- 
vicios propios y de sus antepasados que 
han ennoblecido este rehio; a Alonso Cid 
hizo capitán de a caballos; a Doñ'íorjjé de 
Rivera, caballero del hábito de Santijigo, 
hijo del gobernador Alonso de Rivera, que 
imitándole machas obligaciones heredadas 
y el afición de su padre a la guerra, servia 
una bandera, le hizo capitán de infantería. 
Y asi hizo otras elecciones en personas de 
méritos y servicios; y porque algunos sol- 



HISTORIA DE CHILE. 



37 



dados de poca conciencia, con certificacio- 
nes supuestas, vendian algunos indios y 
indias por esclavos sin ser cogidos en la 
guerra, y otros sin orden se adelantaron a 
herrar a los que lo eran, para ponerla en 
todo mandó echar bando con cajas y trom- 
petas, asi en las fronteras de guerra como 
en las de paz, ordenando que dentro de 
tres meses que fuesen cogidas las piezas es- 
clavas en la guerra, las manifestasen y he- 
rrasen y de ellas y sus edades se hiciese 
asiento en el libro de gobierno. 

Y porque embarcaban los esclavos para 
el Perú, puso pena de quinientos pesos, y 
de los esclavos perdidos a los que los sa- 



casen del reino. Y asimismo puso pena a 
los barberos y oficiales de esta arte, que 
los herrasen sin ser esclavos, de cuatro 
años de destierro a Chiloé y cien pesos: con 
que obió los fraudes y quitó los inconve- 
nientes, porque aun a los niños pequeños 
que se cogian en la guerra y que no eran 
esclavos por la cédula de S. M., los herra- 
ban aun después del bando; pero, llegan- 
do a noticia del gobernador, castigó a los 
que lo hacian, y a un criado suyo, porque 
herró a un muchacho que no tenia edad 
de esclavitud, se le quitó en pena y le dio 
a un convento, que sirviese, que fué a la 
Compañia (1). 



(1) KaestroB codiciosos antepasados, que eran crueleb sin imajinarlo, marcaban con un fierro candente a sus 
esclavos en las mejillas, en la frente o los hombros, como lo hacian con el ganado. Esta horrible práctica duró en 
Chile hasta mediados del siglo pasado. Se encuentran de esa época muchas escrituras en el Archivo Jeneral, en 
las cuales se estampan al márjen las marcas del esclavo vendido o comprado, las cuales tenian tanta variedad como 
las foarcas de cada hacienda para señalar las vacas i los potros. 



♦'•«♦ 



HIBT. Dfi CHIL.— T. lU. 



CAPÍTULO VI. 



Como se dificultó mucho y se ventiló si podian herrarse 
estos indios, y se resolvió que aunque fuesen verdade- 
ramente esclavos no se podian herrar, y asi se prohibió 
por bando que no se herrasen. 



Hubo mucha variedad de piarecercs en la juBtüicacion de la guerra, iK)rqne los indios dieron la paz y cesaba el 
orden del Rey de hacer la guerra, que fué condicional. — I»s indios dieron In paz y cesaron de liacer la 
guerra, con que se cumplió la condición. — Que no se les admitió la paz porque no dejaban sus tierras man- 
dando el Rey que les dejasen en ellas. — Que manda el Rey que no se ciimplan sus ordenes si son contrarias 
a su voluntad y nervicio. — Que la guerra se ha de hacer por necesidad, no por voluntad.— Que se hizo contra 
la voluntad de Dios y del Rey. — Que hai circunstancias que pedian cesase la guerra. — Que dio su justifica- 
ción que dudar por ser contra todas leyes. — Que si el Roy supiera que daban la paz, no mandara que les 
hiciesen guerra. — Que aunque la guerra sea justa y los indios esclavos, no pueden ser horrados. — Que no se 
ha de seguir ejemplares errados ni a los que erraron en herrar a los indios. — Razones en que so fundaron 
para herrar a los indios. — Vistas las verdaderas, se prohibió por Do*i Francisco Lazo y la Real Audiencia. - 
ÍjO mucho que obró el parecer <lel Padre Juan de Alvis, religioso y docto. — Es contra totlo derecho afear el 
rostro, hecho a semejanza do Dios. — Prohiben las leyes echar hierro en el rostro por ser a imagen de Dios. — 
1j& frente es para señal de siervos de Dios, no de esclavos. — Aunque se yerre a otras naciones no se puede 
herrar a los indios. — Que aunque sean esclavos no so yerren. — Que el Rey solo y no otro puede mandar 
herrar. — >Si esta cédula se hubiera visto que es ley, no se hubieran herrado. — Que si se vio y no se guardó 
están obligados a restitución de los dafios y agravios. — Decreto de el Concilio Limense para los cont^uistado- 
rcs. — Que del>en restituir los dafios. — La Real Audiencia prohibió el horrar. — Que los indios querían herrar 
con rigor a ios españoles en venganza. 



Grande varieclad de pareceres hubo so- 
bre la justificación de este bando del go- 
bernador Don Luis Fernandez de Córdova 
y sobre su ejecución en materia tan grave, 
como fue el herrar a los indios, porque aun 
en la justificación de la esclavitud y de la 
guerra que les publicó y comenzó a hacer, 
se liallaron muchas dificultades y muy gra- 
ves, porgue aunque la publicó y la hizo 
por orden que le vino de S. M., fué por 
haberle informado que los indios no ad- 
mitían la paz ni los medios de la guerra 
defensiva y que se perdia tiempo, y no 
fné tan bien informado, que se vio tan 
manifiestamente que requeridos los índtos 
(por mandar S. M. en la cédula de escla- 



vitud que se les requiriese primero, que 
cesasen de la guerra y se les diese dos 
meses de término), vinieron ciento diez 
caciques en nombre de todos los demás do 
la tierra a dar la paz: con que cesaba el 
orden último de S. M. de hacer la guerra, 
pues siempre era condicional y en caso de 
que los indios, requeridos, no diesen la 
paz ni cesasen de la guerra. Y no solo la 
dieron, sino que, aun despedidos, se hicie- 
ron de concierto de cesar y no comenzar 
a abrir la guerra, sino dejar que comenza- 
sen los españoles para justificar su causa. 
Y fué público y notorio que no comenza- 
ron, y también Jo fué que Liempichun y 
los de Puren le enviaron al gobernador a 



HISTORIA DE CHILE. 



39 



SU hijo, sobrinos y otros mcnsageros, dos 
veces, a vista de todo el ejercito que ha- 
bía ido a maloquear a Repocura: que alli 
tenían quinientos indios con que servirle j 
que ellos estaban de paz y la querían, 
siendo los indios mas belicosos y los mas 
rebeldes y que mas lian dado en que en- 
tender a los españoles en esta guerra y 
muerto a dos gobernadores, y porque no se 
salian de sus tierras y se venían a las nues- 
tras no se les admitió a ellos ni a los otros 
la paz, siendo asi que por tantas cédulas tie- 
ne S. M. ordenado que se les admita siem- 
pre que la dieren, y en todas las que espi- 
dió para los medios de la guerra defensiva, 
fué una el que les dejasen en sus tierras y 
no les obligasen a venir a las nuestras, a 
fin de que se consiguiese el que estuviesen 
de paz. Y si esto ordenó para una guerra 
defensiva, mejor lo querría para una paz 
universal como era la que vinieron a dar. 
Y asi no hallaban ks personas doctas y 
entendidas cómo se pudiese justificar el no 
haberles admitido la paz y el hacerles gue- 
rra, pues demás de ser contra la voluntad 
y espresas cédulas de S. M., la misma leí 
de la caridad y la conveniencia del bien 
del reino lo dictaba; ni escusaba el recibir 
la paz el haber tenido orden nuevo para 
hacer la guerra, porque ya se sabe que 
S. M. tiene ordenado y prevenido eso por 
muchas y mui prudentes cédulas, en que 
dice que si se hallaren inconvenientes, o 
faltaren los motivos, o se conociese que es 
mejor y mayor servicio suyo el suspender 
y no ejecutar alguna cédula suya, que la 
suspendan los virreyes y los gobernadores 
y audiencias. Y por mejor servido se diera 
S. M. y mas conforme a su voluntad se 
hubiera obrado si, viendo a ciento diez 
caciques dar la paz, se les hubiera admi- 
tido y dejado de egecutar la cédula de ha- 
cerles la guen-a. Demás de que en ella 
misina Venia el pió mandato de S. M. de 



admitírsela, pues dice que se les requiera 
y dé término de dos meses para que cesen 
de guerrear y den la paz, y que sí pasados 
no cesasen, se les haga la guerra. Luego, 
si a los dos meses vinieron a dar la paz y 
por muchos meses cesaron de hacer la gue- 
rra, no hai razón para no admitirles la paz 
y ni causa para hacerles la guerra. 

Y allégase a esto lo que dice San Agus- 
tín y lo trae el padre Molina de Cayetano, 
que el hacer guerra no ha de ser por vo- 
luntad sino por necesidad: BcUore iion est 
vohmtatiSy sed necessitatis, y sí la necesi- 
dad, el motivo y el fin de la guerra es la 
paz y el sugetar los rebeldes, cesó aquí el 
motivo, y ya se habia conseguido el fin, 
pues todos daban la paz y se sugetaban 
hasta los mas rebeldes, y asi no se hacía 
guerra por necesidad sino por voluntad y 
contra la voluntad de Dios y del reí: de el 
reí, por haberlo prohibido tantas veces y 
mandado que si requeridos aceptasen la 
paz, se les recibiese, y de Dios, porque es- 
presamente manda lo mismo en el Deute- 
ronomío en el capituló veinte, donde dice: 
Ofrecerás primero la paz y requerirás con 
ella, y sí la recibieren serán libres y sal- 
vos: Offeres pi'inium pasen et si reccperit 
cuntvs populas salvaviíur. Sobre cuyo lu- 
gar notó admirablemente Driedo que la 
guerra ha de cesar de hacerse siempre que 
la leí de la caridad lo pidiere, ya por la 
circunstancia del lugar, de el tiempo, de 
las pereonas u otras que suelen concurrir, 
y aqui concurrían muchas circunstancias: 
de estar los indios en sus tierras naturales, 
de no querer S. M. privarles de ellas, de 
ser el tiempo en que se había de coger el 
fruto de tantas diligencias como S. M. 
había puesto por traerlos a la paz, y que 
cuando el fnito llegó a sazón no era tiem- 
po de apedrearle ni echarle egercitos que 
le pisasen, sino que con cuidado y aseo le 
cogiesen. Y en las circunstancias de las 



40 



DIRQO DE HOSALES. 



personas se podia discurrir mucho, por ser 
miserables, incapaces, flacos, sin inteligen- 
cia de nuestras leyes y ciegos en el cono- 
cimiento de lo natural, todo lo cual obliga 
a usar con ellos de caridad y obligarlos y 
atraer mas con el amor que con el rigor. 

Y siendo contra la lei natural, contra 
la lei de la caridad y contra las leyes de 
tantas cédulas, no haberles admitido la paz 
y el haberles hecho la guerra, dio, como 
digc, mucho que dudar la justificación de 
ella y por consiguiente la legitimidad de 
esta esclavitud, pues no se legitimó con 
decir: "El rei lo manda," porque el rei lo 
mandó con sus circunstancias de que les 
requiriesen, y si requeridos aceptasen la 
paz, no hubiese guerra ni esclavitud, y el 
rei lo mandó juzgando e informado de que 
persistian en su rebelión y dureza, y no lo 
mandara si los viera humildes y rendidos, 
y mandado, no quiere que se egecuten los 
mandatos que se oponen a sus intentos, 
que vanan las circunstancias y que se tro- 
caron los motivos. 

Pero demos caso que la guerra esté muy 
justificada y que sea mui justo el hacerlos 
esclavos a estos indios y que se les hace 
mucho bien en eso, porque al que se pue- 
de quitar la vida se le hace mucho favor 
en conservársela y que sea esclavo según 
las leyes que desto tratan: con todo eso, 
es injusto herrar a los indios y contra todo 
derecho natural, divino y positivo, y si se 
herraron fué, sin duda, por yerro y por no 
haber advertido en él y salvo la intención, 
aunque no puedo salvar el hecho, por ser 
contra todo derecho, el cual es bien que se 
sepa, porque suelen venir gobernadores 
mas soldados que letrados, mas gogollos y 
llevados de el celo que mirados y endere- 
zados de la ciencia, y viendo la valentía y 
resistencia de estos indios no se contentan 
con hacerles guerra y darlos por esclavos, 
sino que los quieren herrar y se quieren 



regir por el egemplar del gobernador Mer- 
lo de la Fuente, que fué hombre docto y 
gran letrado, por el de nuestro goberna- 
dor Don Luis Fernandez de Córdova, que 
fué gran soldado y mui bien intencionado; 
y Merlo con sus letras y virtud y Don 
Luis con sus soldadezca y buena intención, 
erraron gravemente en mandar echar ye- 
rro a los indios. Y los egemplares no se 
han de seguir cuando se sabe que son ma- 
los y errados, sino los buenos y acertados, 
como lo fué el del gobernador Don Fran- 
cisco Lazo de la Vega, que le sucedió, que 
acertadamente prohibió el herrar los in- 
dios: que hasta entonces duró el en-or en 
echarles yerros y el disputarse sobre esta 
materia. 

Porque el gobernador don Luis Fernan- 
dez de Córdova, el marques de Guadalcá- 
zar, virrei del Peni, y el conde de Chin- 
chón, qu€ después le sucedió, dccian: "su 
Magostad manda hacer la guerra ofensiva 
a los indios de Chile, y por cédula del año 
de seiscientos y ocho mandó que se hicie- 
sen esclavos los cogidos en esa guerra de edad 
de diez afios; luego si los pueden hacer es- 
clavos y también les pueden herrar para ser 
conocidos, como se yerra un caballo y un 
carnero y como se yerran los moros y ber- 
beriscos; pero luego que vio el conde de 
Chinchón las razones y las leyes que lo 
prohibian, mudó de parecer y escribió al 
gobernador don Francisco Lazo de la Vega 
y a la real audiencia de Chile que lo mi- 
rasen bien y viesen un parecer mui docto 
que sobre esta materia hizo y se le pre- 
sentó el padre Juan de Alviz, de la Com- 
paüia de Jesús, calificador y comisario del 
Santo, Oficio, provincial que fué de este 
reino, lector de teologia y de muchas le- 
tras y virtud, el cual trabajó con grande 
celo en esta causa hasta que la vio con- 
sultada y determinada por la real audien- 
cia de este reino, la cual dio sentencia 



HISTORIA DE CHILE. 



41 



de que no se podiq.ii herrar justamente 
los indios. Y asi lo prohibió por público 
bando el gobernador don Francisco Lazo 
y después acá no se han herrado. 

Y lo que a ello movió fué el ser con- 
tra el derecho natural, que habiéndole 
hecho Dios al hombre a su imagen y se- 
mejanza y siendo la cara la principal se- 
mejanza y donde consiste la hermosura, 
por lo cual somos semejantes a la hermo- 
sura de Dios, era contra derecho, natural 
y divino afear la hermosura y semejanza 
de Dios. Y fundado en eso dice una lei: 
Defendemos, qxie no lo fagan, pues Dios 
tanto lo quiso fionrar e ennoblecer facién- 
dolo a su imagen. Y~la glosa dice que es 
prohibido por derecho común el herrar en 
el rostro, dando la misma causa por ser el 
rostro del hombre formado a la semejanza 
de la hermosura de Dios: infade que ad 
sinubita dineni pulchritudimis celestis for- 
mata est. Y por eso lo prohibió el empe- 
rador Justiniano, y aunque parece que ya 
que se le perdona la muerte al esclavo y 
se le conmuta en la esclavitud, se le podia 
por pena herrar en el rostro, no es permi- 
tido ni por pena, porque la misma lei lo 
prohibe y manda que no se dé semejante 
pena a ninguno, diciendo: Algunas maneras 
son de penas, que las non deben dar a 
ningún home por yerro que aya fecho, assi, 
como señalar a alguno en la cara, nin 
dándole otra numera de pena en ella, que 
quede señalado, Y el título de esta lei 
es que a ninguno se le ha de poner se- 
ñal en la frente, porque no se debe afear 
el rostro del hombre, que es forma- 
do a semejanza de Dios, lo cual sigue Bal- 
do diciendo que la señal de la pena nunca 
se ha de poner en el rostro ni en la frente, 
la cual debe ser reservada para poner en 
ella la señal de la Cruz o la señal que dijo 
aquel ángel que vio San Juan que dete- 
nia a los cuatro angeles que traian poder 



de Dios para castigar en el mar y en la 
tierra, a los cuales dijo: tened, no casti- 
guéis a nadie hasta que señalemos a los 
siervos de nuestro Dios y Señor en sus 
frentes. Y señal de siervos de Dios en las 
frentes, señal era de mucha honra y esti- 
mación y digna de rostros hechos a su 
imagen y semejanza; y asi para eso se 
deben reservar y no afearse con la señal y 
yerro de afrenta e ignominia de esclavos. 
Y aunque esta se ha echado a los mo- 
ros y a otras naciones, herrándolas en el 
rostro, y de ahí quisieron hacer argumen- 
to para echarles yerro en el rostro a es- 
tos indios aunque sean a imagen de Dios, 
para que sean conocidos los esclavos entre 
los demás indios y si se huyeren se pue- 
dan coger y conocer, es prohibido por 
lei especial el herrar a los indios asi por 
derecho eclesiástico como por cédula real 
del año de 1532 que refiere Bolaños, im- 
presa con las de las Indias en el tomo cuarto. 
Y sin esa, citan Devia y Bolaños otra ce- 
dula de la reina Doña Isabel que está im- 
presa en el mismo tomo y en su vigor y ob- 
servancia, cuyas palabras quitan toda duda 
por la claridad con que lo prohiben, y son 
las siguen tes: Por la presente mandamos 
y defendemos que ahora y de aqui ade- 
lante persona ni personas de cualquiera es- 
tado, preminencia o dignidad que sean, no 
sean osados de herrar los indios por escla- 
vos aunque verdaderamente lo sean, sin nues- 
tra licencia y mandato. De donde clara- 
mente se saca que ni gobernador ni virrei 
puede mandar herrar los indios, pues dice 
que ninguna persona de cualquiera estado, 
preminencia o dignidad que sea, sea osado 
a herrar los indios sin su licencia y man- 
dato, y esto aunque verdaderamente sean 
esclavos. Luego, no habiendo licencia ni 
mandato espreso de su Magestad, aunque 
le haya para que sean esclavos y aunque 
verdaderamente lo sean, no pueden ser 



42 



DIEGO DE ROSALES. 



licrrados los indios ni liacer consecuencia 
para lierrarlos de que otras naciones se 
yerran, pues en esta estii espresaniente pro- 
hibido, y demás de eso pone graves penas 
a los que lo hicieren diciendo: Y el giie 
lo contrario hicitre haya perdido y pierda 
todos sus biems y sean aplicados en esta 
manera, etc. 

Esta cédula tiene fuerza de lei y es un 
mandato tan espreso que no tiene escusa 
ni interpretación en contrario, y juzgo que 
si esta cédula se hubiera visto en Cliile no 
se hubieran hecho yerros ni echado yerros 
a los indios, y que se procedió con el uso 
común de herrar a otras naciones sin ad- 
vertir la singular proliibicion que habia en 
esta. Y si lo supieron y no lo hicieron y 
pudieron ver esta leT y no la observaron, 
hicieron a los indios una gran injusticia y 
un agravio, que están obligados a su sa- 
tisfacción y restitución, coiuo en caso se- 
mejante, hablando de los agravios que los 
primeros conquistadores les hicieron a los 
indios, lo resuelve el ilustrísimo y reve- 
rendísimo seftor Don Gerónimo de Loaisa, 
arzobispo de la ciudad de los Reyes, con 
consulta de los prelados de las órdenes y 
otros uuichos teólogos y juristas: que en 
la primera resolución, liablando de los con- 
quistadores, dice asi: Primeramente, todos 
los canquistiulores son obligados a restituir 
todo el daño de robos y muertes que se hi- 



cieron en todas las conquistas que hasta 
agora se luin heclw a donde ellos se halla- 
ron, que pudieron ver la ordoi e instrucción 
de su Magestcul y entender lo que en ella 
mandaba, a la cual dcbinn mirar, y 'porque 
la guardaron no se pueden escu.sar de res- 
tituir todo el daño en solido cada uno de 
los capitanes, oficiales y compcistadorejf, 
etc. ])e donde se colige que faltando a las 
ordenes de su Magestad, que pone forma 
en las conquistas, en la guerra y en las 
esclavitudes, faltando a ella, los agravios 
que hacen, las muertes, los robos, las es- 
clavitudes y los yerros, son yerros que no 
se pueden soldar sin satisfacción de las 
partes agraviadas, y yerros que conocidos 
se deben corregir, como lo hizo esta Real 
audiencia de Chile, que mandó con prohi- 
bición real que no se herrasen en adelante 
estos indios aunque fuesen esclavos, asi 
por ser tan justo como por no irritarlos 
mas y ocasionar con eso a que ellos tam- 
bién herrasen en el rostro a los españoles 
y españolas que tenian cautivos, como ya 
trataban de hacerlo, no con punta de agu- 
ja y con la delicadeza que acá los herra- 
mos, porque no saben de eso, sino con el 
rigor de una herradura de caballo, abra- 
sando, plantándosela en el rostro; y si pro- 
sigue el herrarlos lo hubieran hecho, como 
lo platicaban, vengando un rigor con otro 
mayor. 



-♦«•♦♦- 



CAPITULO VI r. 



Hacen el Maestro de campo y el Sargento mayor diferen- 
tes entradas a tierras del enemigo; tienen con él algunas 
refriegas, con varios sucesos, unos buenos y otros malos. 

Bnena maloca del Sargento mayor. — Ofrécense por de paz otra vez los indios de Puren. — Maloca del Maestro 
de campo. — Hace el Gobernador Maestro de campo a Don Alonso de Figueroa. — Trata de despoblar la isla 
de la Mocha. — Déjanlos en sus tierras por parecer de los doctos y pios. — Trata de poblar a YumbeL — Hace 
una maloca el Maestro de campo y coge algunas piezas. — Sígnensele malos sucessos, y las piezas son causa 
de ellos. — Haze resefia de la gente sin sueldo por nueva de piratas. — Dexa la población por acudir a 
fortificar la Concepción. — Haz3 una gran suerte en la Imperial el Sargento mayor Juan Fernandez. — Logróla 
maL — Vienen en su seguimiento los de la Imperial. — Avísale uno que vino de el enemigo como le lia de 
acometer aquella noche. — Fortificóse y dispuso bien todas las cosas. — Acométele el enemigo al cuarto de la 
modorra. — Echassc al monte un capitán visoflo con los soldados. — Pelea valientemente el Capitán Alonso 
Cid con diez soldados, — Usa el Sargento mayor de una buena traza para sacar de el monte los soldados, que 
fué cantar victoria. — Levantan en las picas al Sargento mayor. — Los que mató el enemigo y la presa que 
hizo. — Cantó victoria el enemigo con las cabezas de los españoles. — No consiente lientur que vuelvan a 
acometer y reprehende su codicia. — Haze el Maestro de campo una maloca. — Celebra Lientur la victoria y 
pide gente. — Levanta Lientur a los de Puren. — Echan de la Imperial mil lanzas a la frente de los retirados. 
— Señalan por generales a Lientur, Queupuante y Pailaguala. — Dividen los indios su gobierno en tres partea 
y fronteras de guerra. — Maloquea Lientur en Quinel y coge doce piezas. — Da el Sargento mayor alcance a 
veinte indios y mata los tres, y quita a todos los caballos. — Vino un rezago de el socorro, y embia a gobernar 
a Chiloé a Don Francisco de Avendafio. 



Gastó el gobernador Don Luis Fernan- 
dez de Córdova el invierno en la Concep- 
ción socorriendo a los soldados y dispo- 
niendo lo necesario para la guerra del 
verano siguiente, y asi como apuntó envió 
al sargento mayor a tierras de Paillaguen 
a coger lengua y dar cuidado al enemigo, 
y saliendo con su tercio cojió setenta pie- 
zas y algunos caballos y ganados que halló, 
y pasó a cuchillo a algunos indios que se 
pusieron a resistencia. No se meneó un 
indio de Puren con haber llegado* tan cer- 
ca de sus tieiTas la maloca; antes habló un 
indio de una loma al sargento mayor Juan 
Fernandez Rebolledo y le dio el parabién 
de su buena suerte, diciendo que los de 
Puren eran amigos y lo querían ser del rei, 



y que esto le mostrarían en cualquiera 
ocasión, obedeciendo a cuanto les manda- 
sen y dando gente armada al gobernador 
y para cualquiera parte que se la pidiesen. 
Y esto fué a vista de un campo entero, 
en que no se puede poner duda, para que 
se vea la voluntad que tuvieron los in- 
dios de estar de paz, pues los mas rebeldes 
y mas feroces estuvieron tanto tiempo 
perseverando en ofrecei'sc de paz y sin 
hacemos guerra, antes convidando con 
sus indios para seguir a los españoles para 
cualquiera facción. 

Apretó también el maestro de campo 
por la costa a Elicura y dióse tan buena 
maña que saqueó los altos y los bajos de 
aquella provincia y cautivó seis indios y 



44 



DIEGO DB ROSALES. 



veintisiete mugeres, sin ocho indios sóida 
dos que mató. Supo de estos cautivos co- 
mo los moradores de Repocura con la am- 
bre andaban buscando raices y mariscos 
de la mar para comer, por el grande daño 
que el gobernador les hizo en su comida y 
hacienda. 

Hizo el gobernador nriaestro de campo 
a Don Alonso de Figueroa por sus muchos 
méritos, valor, esperiencia y buen consejo 
y por tratarse de parientes, y trató con 
su consejo de despoblar la isla de la Mo- 
cha, donde están hasta trescientos indios 
con sus familias, por parecerle que los 
naturales de aquella isla daban armas y 
lanzas a los de tierra firme con quienes 
tenia la guerra. Y aunque al pasar por 
alli los navios se mostraban amigos y les 
feriaban cosas de comer, les tenian por 
neutrales, y lo mismo hacen con los piratas 
cuando llegan a su puerto, que les dan co- 
midas y ferian con ellos lo que tienen. 
Ventilóse varias veces esta despoblación 
y las personas pias la contradigeron con 
grande esfuerzo, diciendo que no era justo 
ni conforme a la voluntad de su Mages- 
tad desnaturalizarlos de sus tierras y po- 
nerlos en perpetua scrvidumdre; y que 
siendo libres era un genero de cautiverio 
el entregarlos al servicio personal, que se 
debia quitar en los demás. Otros eran de 
parecer que era mejor sacarlos y que tra- 
bajasen en las minas y en las facciones de 
guerra, donde tendría el rei mas utilidad 
de ellos y menos enemigos, pues aunque 
no eran declarados, eran sospechosos. Ven- 
ció la opinión pia y el parecer de los hom- 
bres doctos y desinteresados y dejaron 
estar a estos miserables indios en el estado 
en que hasta alli hablan estado y en sus 
tierras. Ojalá se hubiera tratado de enviar 
quien los doctrinase y convirtiese a nues- 
tra santa fe, que por estar en isla, apar- 
tados de tierra firme, no han podido ir a 



predicarles Jos relijiosos, sino de paso, 
cuando pasan los navios, y se están en su 
infidelidad hasta hoi; pero muestran tener 
buenos naturales y afición a las cosas de 
nuestra relijion católica. 

Deseó el gobernador pasar el tercio de 
San Felipe al puesto de Yumbel por ha- 
cer alli plaza de armas para hacer la gue- 
rra como antes se hacia, y aconsejáronle 
sus capitanes que lo suspendiera hasta ver 
si venia confirmado del gobierno, que en- 
tonces le podia hacer de su mano y dejar- 
le en perfección, porque si venia otro y 
decía que no era a su gusto, le habia de 
mudar. Y alentábale las esperanzas de la 
confirmación del gobierno el favor que te- 
nia en el virrei y los buenos sucesos que en 
la guerra habia tenido. Y en este tiempo 
tuvo un buen suceso el maestro de campo 
don Alonso de Figueroa, que corriendo la 
playa de la costa hasta Tirua, imajinando 
que hallaría alH jente cojiendo marisco, 
cautivó diez indios principales y dos indios 
de cuenta que prometían buenas suertes 
si la fortuna quisiera y no diese la vuelta. 
Que hasta aqui fueron los sucesos favo- 
rables a este gobernador, siguiéndose feliz- 
mente los unos a los otros; pero como 
no consiste la felicidad de las armas en 
comenzar bien y assimismo de todas las 
demás cosas, sino en acabar bien, por- 
que los fines coronan las obras y la pal- 
ma no se da a quien comienza a pelear, 
sino a quien acaba victorioso, no consis- 
tió su fortuna en los prósperos principios 
que tuvo, sino en los adversos fines con que 
acabó, y aunque los principios merecen sü 
loa y deben ser engrandecidos por ser 
muéstrale su gran valor y ánimo, pero fal- 
tóles el complemento, que fué el buen fin. 
Hablábasse mucho entre los soldados, que 
siempre son agoreros y anuncian los males, 
que estas entradas tan a menudo y la co- 
dicia de las piezas esclavas y el interés de 



HISTORIA DE CHILE. 



45 



ellas, avia de ser causa de algún notable 
suceso. Y todos los hombres entendidos 
y desapasionados han dicho siempre que 
esta esclavitud y estas malocas y el desor- 
den de ellas por captivar esclavos que ven- 
der, ha de ser la perdición de esta guerra 
y de este Reino, porque cada dia se va 
aumentando la sedienta codicia de los es- 
pañoles y los ánimos de los indios se van 
endureciendo mas cada dia, y la esperien- 
cia de los sucesos lo confírinará ser assi. 

Para la consultada población que desea- 
ba hacer en Yumbel el gobernador, pasó 
muestra general a los treinta y uno de oc- 
tubre a toda la gente que avia sin sueldo 
dentro de su jurisdicción con fin de ase- 
gurar aquella ciudad y su puerto, por 
nueva duplicada que tuvo de el gobernador 
de Buenos Aires de que el holandés pasa- 
ba por el estrecho a infestar estas costas; 
y hallándose con doscientos hombres con 
armas, sin las que aquel pueblo tenia de 
guarnición, previno al Probeedor general 
sacasse bueyes de Itata y Maule para aca- 
rrear maderas para la población. Asegu- 
raba esta determinación que ciertos caci- 
ques habian dado la paz por la parte de la 
cordillera y una buena suerte que avia 
hecho en los enemigos serranos con quie- 
nes tenian guerras civiles; mas suspendióse 
todo por una nueva que tuvo de que se 
avian visto cinco navios de enemigos holan- 
deses, con que ubo de dexar la población 
y ocuparse en fortificar la ciudad de la 
Concepción y su puerto, aunque después no 
ubo navios. 

Salió el sargento mayor Juan Fernan- 
dez Rebolledo con ordenes de el goberna- 
dor a tierras de la Imperial a maloquear 
y coger piezas. Sacó consigo setecientos 
hombres de pelea, los trescientos españo- 
les y los demás indios; y a dos jornadas 
cogió dos espias de el enemigo, y con ellas 
y otro indio de guia de los esclavos anti- 



guos se prometia una buena suerte. Passó 
el rio de Tabón y dexó su infanteria en sitio 
a propósito para su retirada, en un quartel 
bien fortificado a cargo de el capitán Die- 
go Sarmiento Troncoso. Arrojó cuatro cua- 
drillas a correr la tierra, y con estar avisa- 
da hizieron una gran suerte y cogieron dos- 
cientas y sesenta piezas, y entre ellas cua- 
tro españolas captivas y una mestiza; tres 
caciques principales y un toqui; quinientas 
bacas y muchos despoxos de llancas, que 
son sus diamantes, y mucha plata labrada 
que se halló de la que abian robado en la 
pérdida de la ciudad de la Imperial, hasta 
donde llegó una quadrilla^ y se admiró ver 
las calles, que antes estaban tan aliñadas, 
hechas un bosque y habitación de fieras; 
que de las casas que en otro tiempo eran 
palacios, solo se vian algunos paredones 
cubiertos de yerba y matorrales. Quemó 
mas de cuatrocientos ranchos, con grande 
cantidad de comida, y se retiró con sola 
la pérdida de tres hombres que halló me- 
nos cuando se recojió. Durmió aquella no- 
che legua y media de donde maloqueó, con 
mucha vigilancia y con las armas ea las 
manos, y por la mañana marchó, y si 
como hizo y dispuso la maloca, como tan 
buen soldado y vigilante, prosigue en con- 
servarla, ubiera ganado grande fama; pero 
como la gi^acia de el saber nadar es guar- 
dar la ropa y la victoria no se canta has- 
ta el fin, se le fué de las manos la ventura 
y perdió por un descuido lo que habia 
ganado con tantos desvelos. Y si la noche 
siguiente vela como la pasada, no le quita 
el enemigo la pressa ni le mata tanta gen- 
te como le mató por hallarle durmiendo. 
Los indios de la Imperial, viendo que les 
trahia sus mugeres y hijos, se juntaron hasta 
setecientos, acaudillados de dos famosos ca- 
pitanes, Lientur el uno y Leuquen el otro, 
y le siguieron determinados de restaurar 
el daño o morir, y con intento de dar en 



4G 



DIEQO DE ROSALES. 



el quartcl de los españoles antes de ama- 
necer y qiiando los españoles cansados es- 
tubiessen mas cargados de el sueño. El 
Sargento Mayor no pudo alcanzar aquel 
dia al puesto donde avia dexado la infan- 
tería por traher un capitán muy enfermo 
y avcr marchado poco a poco, y aloxóse en 
un quartel que hizo algo dilatado, dispo- 
niendo las postas y la vigilancia en todo 
con\o buen soldado. Y aquel dia se le vino 
al camino un soldado fugitivo que le vino 
a pedir misericordia, el qual le dixo que 
viviessc con cuidado, porque el enemigo 
le venia siguiendo con mucha caballería, 
y que sin duda le avia de acometer aque- 
lla noche al cuarto de la segunda, porque 
venia determinado a hazerlo como lo avia 
tratado. Y confiado el Sargento Mayor en 
su buena estrella, le dixo: ** Venga en hora 
buena, que aqui nos hallará;" y aunque 
puso todo el cuy dado que debia en forti- 
ficarse, como los soldados estaban rendi- 
dos de el cansancio y faltos de sueño de 
aver velado la noche antes, se echaron a 
dormir, excepto las postas, las rondas y los 
batidores, que estos acudieron a su obli- 
gación, pero el enemigo, al cuarto de la 
modorra, reconoció el aloxamiento, y ha- 
llando a los españoles en silencio, hizo 
Lien tur un razonamiento a sus soldados 
infundiéndoles ánimo sobre el corage 
que trahian por la pérdida de sus muge- 
res y hixos, y díxoles que aquella era la 
hora mas aproposito, por coger a los es- 
pañoles dormidos con el cansancio y desve- 
lo de las noches pasadas, y repartiendo 
la gente por los cuatro costados, dio a un 
tiempo, llebándose por delante las postas, 
rondíis y batidores con el tropel y furia 
con que embistió. 

Tocaron arma las postas, y el Sargento 
Mayor salió a la estacada de la frente, que 
por ser flaca la rompieron los indios: con 
él salieron algunos reformados de obliga- 



ción, y los demás, por ser gente recien ve- 
nida de el Peni, se echaron al monte, si- 
guiendo a un capitán visoño y mozo que 
en lugar de salir a pelear se metió en él. 
Acudió al otro costado el capitán Alonso 
Cid, soldado viexo y animoso, con el su te- 
niente Juan de Zamoia y otros diez sol- 
dados de brio. Resistieron estos valerosa- 
mente la belicosa soberbia de el enemigo, 
hasta que fué alzado este capitán dos ve- 
zes sobre las picas y dexádole por muerto 
de nueve heridas que le dieron. Desarmá- 
ronle y dexárónle desnudo, y mataron 
junto a él a su teniente y a otros tres sol- 
dados. El Sargento Mayor fué llebado de 
los enemigos peleando y resistiendo su 
tropel hasta cerca del monte, llamando a 
los soldados, que unos estaban durmiendo 
y otros en el monte, tan cargados do 
miedo como los otros de sueño. Y viendo 
que no salian a su llamado, usó de una 
buena estratagema, que fué cantar victo- 
ria y decir: ¡victoria, españoles, victorial 
¡que huye el enemigo! y a esta fingida 
victoria salieron los soldados de el monto 
y hecho un cuerpo con ellos, fué llebando 
los indios por delante, peleando todos, ya 
puestos en el empeño con valor y salien- 
do todos heridos y el Sargento Mayor, que 
peleó con extremada vizarria y valor, le- 
vantándole los enemigos en las picas y 
dándole tantas lanzadas que fué tenido por 
muerto, pero ayudáronle valerosamente 
cuatro yanaconas suyos, que nunca dexa- 
ron su lado y le libraron, y assimismo 
otros hombres de obligación que perecie- 
Y£>n junto a él. 

La segunda tropa de enemigos, que dio 
a donde la presa estaba, toda la arrancó 
de quaxo y se la llebó, y solo quedaron 
seis piezas que por ser para poco no se 
fueron con las demás. Murió alli el capi- 
tán de los indios Leuquen y con él mu- 
chos de sus soldados. La tropa que dio en 



HISTORIA DE CHILE. 



47 



las bacas y en los indios amigos que es- 
taban en su guardia, no andubo perezosa, 
porque de prima instancia mató cuatro 
indios amigos y captivo a su capitán lla- 
mado Juan Alonso. Duró la pelea hora y 
media, hasta que vino la mañana, y ha- 
lláronse muertos veinte y ocho españoles 
y hasta ochenta enemigos, sin los muchos 
heridos que de entrambas partes ubo. Lle- 
bóse el enemigo, demás de las piezas, mu- 
cho despoxo de armas y ropa y caballos, 
y a no embarazarse en el despoxo y en 
librar sus piezas, ubieran muerto muchos 
mas de los nuestros. Cortó el enemigo to- 
das las cabezas do los españoles muertos 
y cantó victoria a la vista del campo es- 
pañol, puestos en un cerrillo, disparando 
un arcabuzaso y Uanlftndo a pelear a los 
nuestros. Y como quisiessen los indios vol- 
ver a dar otra acometida, los abandonó 
Lientur diziéndoles que eran unos cobar- 
des y codiciosos, que por la codicia de el 
despoxo avian perdido aquella noche la 
mexor ocasión que pudieran desear, pues 
los avia metido en el quartel de los espa- 
ñoles quando estaban durmiendo y pu- 
diéndolos aver muerto a todos no lo avian 
hecho, y aora que estaban despiertos y 
con las armas en las manos los querían 
acometer para su destrucción. "No lo con- 
sentiré, dixo, por quanto ay; que no me 
está bien a mi presunción, ni es bien po 
nerme a riesgo de perder la gloria de la 
victoria alcanzada:" con que, volviendo la 
rienda al caballo, se volvió con la presa 
para sus tierras, y el Sargento Mayor con 
buen orden para las suyas, todos tristes 
por aver perdido la buena suerte ya ga- 
nada y los soldados y despoxo que les Uc- 
bó el enemigo. 

Llegó la nueva al Gobernador, que es- 
taba en la Concepción, teñida en sangre, 
que de oiría recivió gran pena, juntamente 
con todo el Revno. Mandó luego a su 



Maestro de campo que saliessc con todo 
su tercio hacia Relomo y corricsse la tie- 
rra, para dar a entender al enemigo que 
no le faltaban fuerzas ni ánimo para opo- 
nérsele. Corrió sin recevir daño y saqueó 
la comarca y traxo treinta piezas; pero el 
cacique Lientur, luego que volvió victorio- 
so de la suerte que tubo con el Sargento 
Mayor Juan Fernandez, celebró con las 
cabezas de los españoles una gran borra- 
chera y las repartió por todas las provin- 
cias guerreras, provocándolas a pelear y 
y pidiéndolas gente para salir a la vengan- 
za contra los españoles. Y en esta ocasión 
hizo cargo a los caciques de Puren de 
que estando a las puertas de la guerra y 
teniendo tan buenos soldados, dcxaban 
passar la tierra adentro a los españoles y 
trataban de pazes con ellos en daño de las 
provincias, y amenazándoles que los haria 
la guerra como a estraños si otra vez los 
dexaban entrar y no daban gente contra 
los españoles. Que se dexassen de paz, 
pues no se la querían admitir los españo- 
les, y pusiessen centinelas en los caminos 
y hiziessen frente a los altos, y para obli- 
garles a tomar las armas les presentó al- 
gunas cabezas. Dieron los de Puren sus 
excusas de que tenían presentes los males 
que los españoles les avian hecho en el 
tiempo en que abian sustentado la guerra 
y que con ella no avian medrado nada, 
sino consumirse y acabarse, y que ya que 
se vian pocos, querían conservarse y no 
acabarse de arruinar de todo punto. Y que 
si querían que hiziessen la guerra como 
fronterizos, se vinicssen a unir con ellos a 
la frontera los de Quecheregua y otros que 
por no hazer frente se avian metido la 
tierra adentro de la Imperial, y viendo 
los de la Lnperial que esta petición era 
justa, echaron de sus tierras mil lanzas y 
mas de indios fronterizos que huyendo de 
la guerra se avian ido a sus tierras, y és- 



48 



DIEGO DE ROSALES. 



tos con los de Puren se unieron, y Lien- 
tur se halló con gente con que liazer la 
guerra para oponerse al Gobernador si 
salicsse* a la venganza y para infestar 
nuestras tierras j estancias, y le laurearon 
y levantaron de común aplauso por gene- 
ral de las armas y caudillo de la guerra 
que intentaba liazer. Y de común acuerdo 
repartieron los cargos de la milicia y sus 
fronteras en tres partes: a la parte de la 
cordillera pusieron al general Lientur; a 
Queupuante, gran soldado y capitán de 
mucho valor, que era señor de la costa, a la 
parte de la mar con toda la gente de Ili- 
cura, Tirua, Repocura y Relomo, y a Pai- 
laguala, capitán general de Puren, en el 
medio de toda la tierra y en el centro de 
ella: cuyas tres frentes son como tres puntas 
de un esquadron armado que nos las tienen 
puesfcis a los ojos y a los pechos, y abra- 
zan toda la tierrn fronteriza y la defien- 
den, y a estas frentes y caminos llaman 
Utanmapu, y cada parcialidad defiende 
su camino, y en ocasiones de aprietos 
grandes se juntan todos, y este modo de 
gobierno han tenido para defender sus 



tierras y infestar las nuestras, y los go- 
bernadores y los españoles que no saben 
sus usos y modo de gobierno lo han igno- 
rado. 

Salió de este parlamento Lientur muy 
animado, y para coger lengua y saber lo 
que intentaban hazer los españoles dio con 
doscientos caballos ligeros en Quinel y 
saqueó lo poco que en aquella reducción 
de amigos halló, que fueron doze piezas. 
Salió el Sargento Mayor Juan Fernandez 
en su seguimiento y dándoles alcance a 
veinte, que los demás avian sido mas di- 
ligentes en retirarse, les mató tres y les 
quitó la parte de la presa que Rebaban y 
sus caballos, porque por escaparse los de- 
xaron y se echaron al monte, que es su 
sagrado y refugio. Vino a los diez y siete 
de Diciembre un rezago de el situado de 
ciento y treinta mil pesos en plata y ropa, 
con que socorrió el Gobernador las mayo- 
res necesidades, y tmbió el ordinario soco- 
rro a la provincia de Chiloé y a que la 
gobernasse al Maestro de campo don Fran- 
cisco de Avendaño, por quexas que ubo 
de aquella tierra de su antecesor. 



CAPÍTULO VIII. 



Suceden algunas desgracias con el enemigo. Abrasa Lientur 
y saquea con mil indios el fuerte de el Nacimiento; 
defiéndense valerosamente los soldados en un cubo y 
mátanle doscientos indios, y pídenle en su tierra las 
muertes. Viene a Chillan y llévasse muchos captivos y 
ganados, y mata después cuatro centinelas. 

Afio de 1628. — Sucede una desgracia. — Coge el enemigo 400 caballos, 10 piezas y mata un cacique. — Sale el 
Gíobemador y no los alcanza. — Embia el Sargento mayor delante veinte corredores. — Acometen al enemigo 
sin ord«n y mueren seis. — Tienen sin razón por desgraciado a Juan Feí-naodez. — Quiere el Gobernador salir 
a campaña; resístenlo todos. — Aviso de el Capitán Juan Alonso, que se huyó de el captiverio. — Viene aviso 
al Gobernador de que el enemigo da en el Nacimiento. — Abrasa Lientur el fuerte de el Nacimiento y acomete 
con dos mil indios. — Defiéndelos Nuestra Señora de Boroa. — Defiéndense los soldados en un cubo y matan 
mas de doscientos indios. — Saquean la Fatoria y todo el fuerte y retíranse por ver tantos muertos. — Matan 
a un fugitivo español, Francisco Martin. — Va el Gobernador al socorro y honra mucho a los soldados del 
Nacimiento. — Piden las muertes a Lientur. — Haze Lientur un parlamento en que anima a todos. — 
Confedera Lientur consigo las provincias amigas. — Avisa Tarpellanca del dia en que se quieren alzar los 
amigos. — Averigua el Gobernador ser verdad. — No los castiga instimulado de su conciencia porque tubieron 
causa, sino a siete. — La cansa del alzamiento es el demasiado trabaxo y el no remediarlo el Gobernador — 
Entra Lientur en Chillan. — Manda que ninguno beba vino. — Haze una gran suerte y retírase por los baños. 
— Sale el Gobernador y yerra el camino por donde iban los indios. — Sigúelos el Capitán Juan Suazo y no los 
alcanza. — Vuelve el Gobernador a sosegar los amigos y promete aliviarlos y hazerles justicia. — Tiene el 
Gobernador aviso que viene Lientur con cuatro mil indios. — Quiere el Gobernador salir a pelear con Lientur. 
— Aconséxanle que conserve lo ganado y defienda las fronteras, y pide oraciones para el buen suceso. — 
Házense rogativas y penitencias para quitar pecados. — Deshaze Dios la junta en AngoL — Pasa Lientur con 
doscientos caballos el rio. — Sabe que le aguarda el Gobernador y vuélvese. — Sale a una arma el Gobernador 
y no alcanza al enemigo. — Embóscase en Angol y no vienen los indios. 



Soa las desgracias como las venturas, 
que suelen andar hermanadas y seguir las 
unas a las otras, y a la pasada del Sar- 
gento Mayor se siguió otra, y fué que a 
ios principios de el año de 1628 acometió 
el enemigo a los potreros de el Rey, pa- 
reciéndole que quitando a los españoles los 
caballas los dejaba sin pies, y se Uebó mas 
de cuatrocientos caballos de Lavapic y de 
Quinel en algunas entradas que hizo; aco- 
llaró en Quinel diez piezas y mató un ca- 
cique, en ocasión que el Gobernador lle- 



gaba con su compañia a la estancia de el 
Rey al reparo de las sementeras. Corrió 
el arma en persona ansioso de pelear, y no 
pudiendo dar a los enemigos alcanze por 
la gran ventaxa que le llebaban y tener 
afligidos los capitanes sus caballos, se de- 
tubo y los dexó. Ordenó al Sargento Ma- 
yor, que estaba con su tercio tres leguas 
mas cerca de ellos, que los siguiesse, y 
embió el Sargento Mayor veinte corredo- 
res con un teniente llamado Pedro Pablo, 
con orden de que si los topaba los eijtre- 



50 



DIEGO DE ROSALES. 



tubiessc mientras él llcg«iba y le embiasse 
a avisar. El Teniente les dio vista y ha- 
llando que sus soldados tenían fatigados 
sus caballos y que el suyo estaba con so- 
brados halientos, dexó otro en su lugar y 
fué a dar la nueva. Mientras él fué, pare- 
ciéndole al caudillo que dexó en su lugar que 
ya los caballos avian descansado, acome- 
tió de hecho al enemigo, juzgando que ha- 
zia en esto alguna grande hazafta; mas, 
como los indios vieron que eran pocos, re- 
volvieron sobre ellos, pensando llebárselos 
todos, y degollaron seis buenos soldados y 
alancearon otros dos, que se escaparon con 
los demás mal heridos. 

El Sargento Mayor Juan Fernandez, 
quando llegó y vio el daño, no supo qué 
hazerse a una tan barbara determinación 
y a un desorden tan grande. Y no se pue- 
de negar sino que el Sargento Mayor Juan 
Fernandez era buen soldado y tenia bue- 
nas disposiciones, y algunas destas desgra- 
cias le dieron nombre de desgraciado, y 
quando no son por culpa de el que gobier- 
na las desgracias, no es justo cargárselas 
ni darle tal nombre, pero el vulgo y la en- 
vidia obran sin razón ni discui'so. 

Quiso el Gobernador entrar a lo interior 
de la gueiTa y castigar la soberbia de el 
enemigo, y entrando en consexo le digeron 
todos que no llebasse las fuerzas a campa- 
ba porque un captivo que se vino, que fué 
el Capitán Juan Alonso, hombre práctico 
y lengua y capitán de los indios de Arau- 
co, dixo que estaba Lien tur determinado 
de venir con toda su gente a destruir la 
Concepción y las estancias en saliendo el 
Gobernador a campaña, porque sabia que 
quedaban sin fuerzas ni reparo. Y con es- 
te aviso suspendió el Gobernador el viage 
y recogió las comidas que estaban de sa- 
zón, y obedeció a su consexo, hasta que a 
los seis de febrero fué al Nacimiento, por- 
que llegó riueva cierta cómo este dia al 



amanecer avia Lientuí* asaltado el fuerte 
de el Nacimiento y que si no le socorría 
luego le hallaría arrasado por el suelo, 
porque le dexaba ardiendo y cercado do 
muchos enemigos. 

Affirmóse este indio en esto v fué ver- 
dad, porque aquel dia le embistió Lientur 
con dos mil indios y le pegó fuego por 
tantas partes que obligó al capitán Pablo 
de Junco, que le gobernaba, a retirai-se 
con sus soldados a un cubo, donde se gua- 
reció y peleó tan valerosamente desde el 
cuarto del alba hasta las nueve de el dia, 
que de vencido fué vencedor, faborecién- 
dole el Alba de la Virgen Í5antissima y su 
santa imagen de Nuestra Señora de Boroa, 
que entonces tenian en aquel fuerte los 
soldados por su muro y defensa y a quien 
se encomendaron en tan gi-ande aprieto, 
como fué ver arder todo el fuerte y al 
enemigo enseñoreado de él, y todos los 
soldados atribuyeron con razón el aversc 
librado de dos mil leones ambrientos y fu- 
riosos y de las llamas de el fuego a esta 
milagrosa imagen, en que tubo mucha par- 
te su buena diligencia, porque desde el 
cubo se defendieron con tan gran tesón 
que mataron mas do doscientos indios, sin 
que les pudiessen ganar el cubo ni abra- 
sársele por mas diligencias que hizieron, 
dándoles varios asaltos, haziendo cabás 
por debaxo y arroxándole fuegos arroxa- 
dizos, que por ser de paxa, como todo lo 
demás de el fuerte, se tubo a milagro. 

Robó el enemigo toda la Fatoria y las 
casas de el cnpitan y soldados, y encarni- 
zado Lientur no quería apartarse de allí 
ni dexar de dar assaltos, hasta que un ca- 
pitanexo le dixo que mirasse que estaban 
tendidos por el suelo mas de doscientos 
indios muertos; que se retirasse si no que- 
ría verlos perecer a todos. Retiróse con 
esto y llebáronse dos piezas de bronce, que 
con la prisa y el repente no las pudo re- 



HISTORIA DE CHILE. 



51 



tirar el capitán al cubo, y las echaron en 
una honda laguna y hasta hoy no han pa- 
recido. 

Vino guiando esta junta un mal espa- 
ñol fugitivo que avia años que se avia 
huido al enemigo y vivia entre los barba- 
ros como uno de ellos, a quien conocieron 
los espaüoles de el fuerte y le digcron que 
era un descomulgado y que Dios le avia 
de castigar por sus maldades y ellos le 
avian de dar su merecido, y apuntóle 
uno tan bien que le mató, y después, quan- 
do llegó el Gobernador al socorro, le ha- 
llaron tendido en aquella campaña entre 
mas de doscieptos y veinte y cinco cuer- 
pos muertos que contaron. Llamábase este 
desdichado y condenado christiano Fran- 
cisco Martin, que no merecia que su nom- 
bre ni se supiesse en el mundo; mas, para 
escarmiento de algunos que sin temor de 
Dios se van a vivir entre infieles, es 
bien que se sepa para que vean en lo que 
vienen a parar los que dexan a Dios y a 
su Rey. 

Quando llegó el Gobernador, aunque 
se dio mucha prisa, que era un fuego para 
estas diligencias, ya el enemigo se avia 
retirado, y halló al valiente capitán y a 
sus valerosos soldados con muchos halien- 
tos y reducidos a veinte pies de tierra, y 
a su alférez Baltazar Gutiérrez y a diez 
soldados heridos, y ninguno menos. Dióles 
muchos parabienes por la victoria, y a un 
caballero llamado Don Pedro Moscoso, 
que se señaló entre todos, natural de Ri- 
badeo, en Galicia, le hizo muchos fabores 
y le dio liha alabarda de sargento. Libró- 
les a los soldados dos mil pesos de ropa 
de las caxas reales para vestirlos, por 
averies dexado el enemigo a todos desnu- 
dos. Reedificó el fuerte, poniéndole por 
nombre la Resurrección, que por aver es- 
tado perdido y resucitar como de muerte 
a vida, le vino bien el nombre. Súpose 



después que avian ido muchos indios he- 
ridos y que avian muerto allá en sus tie- 
rraSy donde ubo grandissimo llanto. 

Hizo Lien tur una gran borrachera para 
consolar a las viudas y a los padres y ma- 
dres de los muertos, que todos le echaban 
la culpa y le pedian sus difuntos y que 
les pagassc sus muertes, haziéndole cargo 
de que él los avia puesto en tan grande 
empeño y a tan manifiesto riesgo; mas él, 
puesto en medio con su lanza en la mano, 
les hizo un elocuente parlamento, conso- 
lándolos a todos, diziéndoles que no se ad- 
mirassen de que los soldados muriessen en 
la gueiTa, que para eso iban a ella, y que 
como le recevian con gusto quando volvia 
victorioso le avian de recebir conformes 
quando tubiesse alguna pérdida; que la 
guerra era un juego, y el que juega se ha 
de pei^suadir a que no ha de ganar siem- 
pre sino que ha de aver de todo, de pér- 
dida y de ganancia, y que si en esta oca- 
sión avia perdido, por eso le avia quedado 
el brazo sano y la lanza entera para vol- 
ver a ganar; que como los vientos cada 
hora se mudan y tras la tempestad viene 
la bonanza, assi se mudan las cosas de la 
guen*a, y tras esta desgracia esperaba te- 
ner muy buenos sucesos, porque con las 
veinte cabezas que avia quitado al Sargen- 
to Mayor tenia convocadas las parcialida- 
des de Talcamavida, Gualqui y Rere, re- 
ducciones amigas de los españoles, y avian 
ya recevido su flecha ensangrentada y em- 
biádole otra partida, que era señal de con- 
federación, y con eso les quitaría a los 
españoles sus mayores fuerzas y los haría 
guerra con los proprios suyos. Con que se 
animassen todos y le diessen gente de nue- 
vo para defender la patria, animándose a 
dar la vida y morir, si fuere necesario, por 
tan gloriosa empresa, como lo avian hecho 
^us antepasados, que nunca pidieron paga 
por las muertes, sino que con la chicha se 



52 



DIEGO DE ROSALES. 



contentaban y se consolaban. Y assi lo lii- 
zicron en esta ocasión, que no bai desdiclia 
que no passcn los indios con la cliiclia, co- 
mo dice Arcila. 

Fue este parlamento y el trato con los 
indios amigos verdadero, porque con la 
rota de el Sargento Mayor embió este bár- 
baro a las provincias amigas, ocultamente, 
algunas cabezas de españoles y flechas en- 
sangrentadas en su sangre y convocó las 
cabezas y caciques, y la una cabeza de un 
español se halló en la Concepción en ma- 
nos de un cacique de Gualqui, que la re- 
civió en señal de confederación, y si Dios 
no descubriera esta traición, ubiera llega- 
do este alzamiento hasta Maule. 

De vuelta de este viaje, supo el Gober- 
nador de un cacique llamado Tarpellanca 
como la tierra estaba alzada y convocados 
los amigos, y no esperaban mas de al vier- 
nes venidero, que era a los diez y ocho de 
Febrero, para declararse, porque ya tenian 
repartidos los nudos y aquel dia los aca- 
baban de desatar y avian de soltar su fu- 
ria; que no saliese a la guerra, como inten- 
taba salir, domingo a los veinte de el 
mismo mes, porque de salir y no reme- 
diarlo, ponia en contingencia el Reyno y 
le pcrdcria su Magestad. Aviso fué este 
de mucha fidelidad de este cacique, y con 
61 inquirió el Gobernador la certidumbre 
de el rebelión de los indios amigos y las 
causas, y hallando que era cierto, conven- 
ció a muchos caciques de su infidelidad o 
levedad de ánimo y usó de benignidad con 
ellos, porque instimulado de la conciencia 
reconoció que tenian razón, y en sus con- 
fesiones y descargos dixeron que la causa 
por que se rebelaban era porque su Seño- 
ría no procedia con ellos con dirección y 
justicia, pues en lugar de mirar por ellos 
y por sus vasallos, solamente faborecia a 
los vecinos y encomenderos, consintiendo 
que los maltratassen y oprimiessen en el 



trabaxo, y si le daban algunas quexas di- 
simulaba con ellos, no guardando justicia 
a los indios, y que ya que no tenian quién 
les hiziesse justicia, ellos se la querían ha- 
zer y mirar por el cuerpo de su república; 
que no debian consentir que la servidum- 
bre personal pasasse de la raya de lo jus- 
to, echando mas carga de la que era razón 
a sus vasallos, y su Señoría estaba obliga- 
do a estorvarlo, y pues requerido no lo ha- 
zia, no se admirasse de que ellos lo hizies- 
sen aunque fuesse a fuerza de armas, pues 
no tenian otro remedio. Y como ya ubica- 
sen algunos, de temor de verse descubiertos, 
ídose al monte con sus familias y mue- 
bles, para escarmiento de los demás castigó 
a siete y puso en unos palos sus cabezas. 
En este tiempo que el Gobernador es- 
taba ocupado en el castigo de los rebela- 
dos, le tocó arma Lientur por Chillan, a 
donde llegó con trescientos caballos con 
ayuda de los pegüenches y puelches, que 
por la cordillera le dieron paso, y le guió 
un indio que se avia criado en Chillan y 
sabia las entradas de la ciudad y el secre- 
to de las estancias. Hizo Lientur un razo- 
namiento a los suyos antes de correr la 
tierra, animándolos con la esperanza de los 
despojos, y ordenó que ninguno, aunque 
hallasse vino en las estancias y bodegas, 
bebiesse una gota, por no ponerse a peli- 
gro de perder el juicio y. la buena ocasión 
que tenian de aprovecharse y hazer mal a 
sus enemigos. Discreta prevención de un 
bárbaro. Con esto acometió a las estan- 
cias y robó quantas alaxas avia en ellas, 
gran multitud de ganados, las bacas de 
Alvaro Nuñez, y apresó mucha gente su- 
ya que estaba ocupada en la matanza de 
bacas, y hecho este daño se retiró por 
los baños, por un paso áspero y nunca 
andado de la cordillera, y salió a la tierra 
de los pegüenches sin aver perdido cosa 
ninguna. 



y 



HISTORIA DE CHILE. 



53 



Partió el Gobernador al arma luego al 
otro dia que tubo el aviso con su compañía, 
y fué de parecer tomarle el rastro junto a 
la misma ciudad de Chillan y seguirle; 
pero los mas prácticos fueron de parecer 
que se avia de salir a ataxarlos al paso 
de la Laxa, que era el forzoso por donde 
ayian de pasar, y por seguir este parecer 
erró el Gobernador los indios, que si les 
sigue el rastro da con ellos y les quita la 
presa; mas, muchas vezes permite Dios que 
se yerre por sus ocultos secretos. Visto 
pues ser ya irremediable el daño, despa- 
chó al Capitán Juan Suazo con trescien- 
tos caballos ligeros en su seguimiento, y 
fué también en vano su salida, porque 
salió ya tarde, y cansando los caballos sin 
fruto se ubo de volver. Retiróse el Gober- 
nador bien pesaroso a sosegar el tumulto 
de el alzamiento, y sosegado usó de el 
tiempo conforme los accidentes lo pedian. 
Mandó juntar todos los caciques y capita- 
nes de indios y hízoles un estudiado razo- 
namiento, acordándoles todos sus antiguos 
resabios y movimientos, encargándolos la 
fidelidad y que susteutassen la pa-z prome- 
tida, porque si no lo pagarían sus cabezas. 
Sosegáronse con esto los indios y con pro- 
meterles que los alibiaria de el trabaxo 
y que castigaría a qualquiera que les hi- 
ziesse algún agravio: que para tener quie- 
tos los amigos, np ay otro medio que guar- 
darlos justicia, porque en no haziéndosela, 
ellos se la hazen y se van al derecho na- 
tural de reprimir y repeler con fuerza 
la violencia. 

Tubo el Gobernador nueva de que el 
enemigo volvia con cuatro mil indios so- 
bre las reducciones de los amigos de San 
Christóval y Talcamavida a fin de Uebárse- 
las de quaxo porque no avian venido en 
el trato de alzamiento, sino perseverado 
fieles en nuestra amistad, y trató de salir 
a pelear con ellos. Mas, el obispo y el ca- 



mST. DE CHIL. — T. lU. 



bildo de la Concepción le escribieron su- 
pHcándole que atendiesse a conservar lo ga- 
nado y aguardasse a ver donde rebentaba 
aquella junta, poniéndose en las fronteras 
a estorbarle el paso para que no entrasse 
el enemigo a infestar nuestras tierras. Y 
aunque sus deseos eran de salirle a buscar 
y pelear con él, reprímió sus ardores y 
pidió al Obispo y a las Religiones que hi- 
ziessen rogativas para que Dios le alum- 
brasse en sus acciones y que reprimiesse 
la furia de la junta de Lientur, que por 
horas se esperaba. Clamó el Obispo a Dios 
y los predicadores al pueblo predicando que 
no era Lientur quien nos castigaba, sino 
la mano de Dios que le regia, que él era 
el azote y el instrumento que Dios tomaba; 
que cesassen los pecados y cesaría Dios de 
el castigo; que los tercios estabsCn llenos 
de malas mugeres, los indios oprímidos, 
los agravios que se les hazian clamaban al 
cielo, los delitos no tenian castigo, los 
escándalos no se remediaban, los hurtos 
eran apadrínados y los pecados aplaudidos 
y convertidos en costumbres y que éstos 
eran los mayores enemigos; que se pcleas- 
se contra ellos, que Dios desbarataría a los 
otros. Y assi sucedió, que mediante el 
hazer penitencia y rogativas a Dios, su 
Divina Magestad dio trazas como aviendo 
llegado toda la junta en su vigor hasta los 
llanos de Angol, se dividiessen las cabezas 
que la regian y sobre competencias y va- 
rios parezeres se disgustassen, con que se 
volvieron a sus tierras y se deshizo la 
junta, y solos doscientos caballos pasaron 
el rio de la Laxa con Lientur, y avisando 
nuestras expías como pasaba a Biobio, 
salió el Gobernador con deseos de pelear 
y de cogerlos dentro de nuestras tierras, 
y se emboscó en parage donde no se po- 
dian escapar los indios; mas, el enemigo 
tomó lengua y revolvió con ligereza a sus 

tierras temiendo el peligro. 

4 



54 



blEQO í)£ KOSALE^. 



lloclla esta facción, se partió el Gober- 
nador pam la Estancia de el Rey a hacer 
resguardio a las sementeras, y apenas se 
apeó de el caballo qnanda le tocaron ar- 
ma trescientos indios enemigos que dieron 
en la estancia de el comisario Contreras 
y se llebaron dos indios y la saquearon, es- 
capándose los demás por pies. Subió lue- 
go a aiballo y salió con su compañia de 
capitanes en seguimiento de el enemigo, 
y no le dio alcanze, porque estos indios son 
como el alcon, que en dando una punta 
pai*a liazer la presa, dan luego otra para 
escaparse con ella. Juntó alguna gente de 
el tercio y de las estancias y salió de 



trasnochada a emboscarse en las viúas de 
Angol y hazer alli frente para ver si el 
enemigo le buscaba y quería pelear. Y 
porque los indios enemigos solian venir a 
las viñas de Angol a coger uba, se embos- 
có para cogerlos a ellos, pero no vinieron 
en aquellos dias, con que se volvió. Dorraia 
todo el tiempo destas armas y trasnocha- 
das como qualquiera pobre soldado sobre 
una adarga arrimado a la lanza y la silla 
de su caballo por almohada, que todo lo 
sufría su mucho brío y su grande ánimo, 
posponiendo el regalo y la cama a la vigi- 
lancia y al cuidado. 



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CAPITULO IX. 



Haze el Sargento mayor Juan Fernandez una buena suerte 
en los pegüenches, porque dieron paso a Lientur. Tienen 

. los de Arauco una victoria contra Queupuante y viene 
en venganza a Colcura y haze gran destrozo. 



Manda el Gobernador que se castígne con una maloca a los pegilenches. — Haza una bnena snerte el Sargento 
mayor Juan Fernandez. — Vuélvese luego porque no se vayan los soldados por las pampas de Buenos Aires. 
— Maloca en Arauco: cogen piezas, pelean y salen victoriosos. — Vaxa el Gobernador a Santiago y pide al 
Cabildo socorro de gente y vituallas. — Procura el Maestro de csmpo ganar a Queupuante. — Hazo una 
maloca a sus tierras, ya que no quiere \)ot bien. — Pelean los nuestros y alcanzan victoria. — Haze Queu- 
puante gran <lestrozo en Colcura. — Tiene el Gobernador nueva de sucesor, y orden que en la Concepción 
csi)ere al bolandcs. — Servicios y calidad de Don Diego Flores de León. — Hizo mercedes, dio licencias y 
borró plazas. — Viene Lientur y Ja gente de Puren con una junta y huyesele un espaftoL — Avisa de los 
intentos de el enemigo y repáralos el Gobernador. — Mata Lientur cuatro centinelas y retirase. 



Sentido el Gobernador de que los pe- 
güenches, que son los indios que habitan 
en medio de la cordillera, ubiessen dado 
paso a Lientur para venir a maloquear a 
Chillan por las espaldas, aunque algunos 
dezian que los puelches les avian dado pa- 
so, pero no fué assi, que los puelclies es 
otra nación que habita, no en la cordille- 
ra, sino de la otra banda, en los llanos 
que van a Córdova y Buenos Ayres y es 
nación que habla diferente lengua, y viste 
pellones, y no viene a guerrear acá a nues- 
tras tieiras, sino que los pegüenches fue- 
ron los que le dieron paso y le vinieron 
acompasando; y assi, para castigarlos, em- 
bió al Sargento Mayor Juan Fernandez y 
al capitán Domingo de la Parra, que go- 
bernaba los amigos. 

Subió el Sargento Mayor aquellas ce- 
rranias con harto trabaxo y cansancio de ca- 
ballos por ser tan ásperas, y tuvo tan buena 
cuenta que cogió ciento y treinta piezas, 



quitóles treinta caballos y colgó de los ar- 
boles los indios que pudo aver a las ma- 
nos, con pérdida de solo un soldado que 
le mataron peleando en un paso. Y aun- 
que embió al Capitán Domingo de la Pa- 
rra adelante para proseguir el viage y pa- 
sar a los puelches, como volviesse a 
dezirle que ya desde aquellos altos se des- 
cubrían las llanuras y pampas que van a 
Buenos Ayres, receloso de que no se le 
huyessen por alli algunos soldados y por- 
que no supiessen el camino para salir de 
Chile y huir de los trabaxos de la guerm, 
volvió luego la rienda y se vino a su ter- 
cio de San Felipe con toda la presa. 

Los indios de Arauco con algunos es- 
pañoles hizieron al mismo tiempo otra en- 
trada por la costa, embiados de el Maestro 
de campo Don Alonso de Figueroa, y 
connendo a Relomo cogieron treinta pie- 
zas y cien caballos, y púdoles costar bien 
caro, porque se juntó una gran multitud 



56 



DIEGO DE ROSALES. 



de aquellos valles para quitarles la presa, 
y peleando con fiereza y valor por reco- 
brar sus raugeres y hijos, fué Dios servido 
que los nuestros les apretassen de suerte 
que saliessen vencedores en la batalla, ma- 
tándoles cinco indios; y cogiendo luego la 
cabeza de uno de ellos y poniéndola en la 
punta de una lanza, cantaron victoria 
nuestros amigos, con que desmayó el or- 
gullo de el enemigo y se volvió triste y las- 
timado a sus tierras. 

Retiróse el Gobernador a la Concepción 
a imbernar, y a muchos no les pareció bien 
por ver que el enemigo menudeaba tanto 
las entradas en imbierno y en verano y 
que los amigos andaban mal contentos, y 
para sazonar a estos y reprimir la auda- 
cia de los otros, estubiera mexor en la fron- 
tera, y en razón militar este era el mejor 
consexo, pero dexóse Uebar del que le die- 
ron otros que aspiraban al ocio y al des- 
canso y fuésse a la Concepción y de alli 
vaxó a Santiago, juzgando por importan- 
te su ida para prevenir caballos, vituallas 
y gente, que como se haga con la prisa 
que el Gobeniador don Luis lo hizo, es 
cosa conveniente y de utilidad para los 
tercios. Hizo el Gobernador un discreto 
razonamiento al Cabildo de Santiago, re- 
presentándole la falta que tenia de gente, 
de caballos y bastimentos, el orgullo de el 
enemigo y las victorias que avia tenido, 
y que pues aquella nobilissima ciudad avia 
socorrido siempre la guerra y sustentádo- 
la con gente y vituallas, mostrándose tan 
servidores de su Magestad, hiziessen en 
ocasión de tanto aprieto ostentación de su 
bizan-ia y liberalidad. Diéronle ochocien- 
tos caballos, dos mil fanegas de trigo y 
otros pertrechos de bacas y cuerda, y ofre- 
ciéronse de su voluntad muchos criollos y 
personas de lucimiento a seguirle a la gue- 
rra, y como era un fuego y tan presto en 
acudir a ella, luego salió de Santiago y a 



los onze do Setiembre estubo en la Con- 
cepción. 

Mientras estubo en Santiago el Gober- 
nador, mandó hazer el Maestro de campo 
Don Alonso de Figueroa, que quedó con 
el gobierno de las armas, algunas entradas 
por la costa para tener cuydadoso al ene- 
migo, y por ganar a Queupuante y ver si 
le podia traher a nuestra amistad, le em- 
bió algunos monsages, dando libertad a 
indios prisioneros que le fuessen a hablar 
de su parte, y nunca quiso reducirse, an- 
tes era el que a todos movia para hazer 
la guerra y el que velaba de continuo en 
los caminos. Y para cogerle por armas, ya 
que no le podia atraher por bien, despa- 
chó trescientos indios y ochenta españoles a 
sus tierras, los quales no pudieron dar con 
él por el grande cuy dado con que vivia: 
cogieron treinta piezas, ochenta caballos, 
y mataron nueve indios, y retiráronse con 
tan recio tiempo, que de la calamidad y 
frios se les murieron cuatro indias capti- 
vas, y los soldados vinieron tan impacien- 
tes con los frios y las aguas sobre tanta 
desnudez, que daban a la ira mala las ma- 
locas y dezian impacientes en los fogones 
que la codicia de las piezas avia de perder 
el Rey no: que los que ño pillan vienen 
desesperados, y los que cogen piezas di- 
zen bien de las malocas, donde se verifica 
que cada uno cuenta de la feria como le 
va en ella. 

Entrada la primavera hizo Queupuante 
una entrada a nuestras tierras por vengar 
las que avian hecho los españoles a las 
suyas, y con trescientos indios dio en el 
fuerte y reducción de Colcura al cuarto 
de la segunda, cogiéndolos durmiendo y 
descuidado de su venida, donde estaba 
Don Juan Serón por capitán con vein- 
te y ocho españoles, y se entró dentro de 
la reducción y mató al cacique Curapil y 
a su hermano, que era un valiente indio, 



HISTORIA DE CHILE. 



57 



y ambos a dos fidelissimos amigos de los 
españoles^ j les llebaron las cabezas: qui- 
taron también la vida a otros nueve y cap- 
tivaron sesenta piezas, mugeres de los in- 
dios amigos: con que dexaron aquella re- 
ducción saqueada y destruida. Quando se 
le tocó el arma al Capitán que estaba en 
un fuerte aparte, ya Queupuante aria he- 
cho la presa y vuéltose a su tierra, y aun- 
que el Maestro de campo salió a cortarle 
el paso hasta Mariguano, no pudo dar con 
el enemigo. Por esta impensada entrada 
«alió al Estado de Arauco el Gobernador 
a ocho de Noviembre con su compañia, y 
pasando por Colcura consoló y animó a 
los pocos amigos que avian quedado y 
alentó la milicia con su presencia y ani- 
mosas exhortaciones, esforzándolos para la 
guerra y sosegando el descontento que 
tenia de la tardanza de el situado. 

Bien pensó este caballero tener confir- 
mación de su gobierno de su Magestad para 
hacer en otra forma la guerra; mas, con el 
navio de el situado, que llegó a fines de 
aquel mes de Noviembre, le vino nueva 
como le sucedía don Francisco Lazo de la 
Vega por nombramiento de sH Magestad, 
con que pararon sus intentos, aunque no 
sus cuidados y solicitud en cuidar de la 
guerra y de todo lo que fué de el servicio 
de su Magestad mientras llegó el sucesor. 
Embióle el Virrey el situado de doscientos 
y doze mil ducados de Castilla y orden 
que asistiesse en la Concepción por las 
nuevas que tenia de holandeses, lo qual 
cumplió solicitando las fortificaciones de 
la marina y distribuyendo el situado a los 
soldados, que estaban bien necesitados de 
él. Viniéronle en el navio de el situado 
treinta soldados a cargo del Maestro de 
Campo Don Gerónimo Flores de León, 
caballero de buenas partes, de prudencia 
y discreción, heredero de las muchas obli- 
gaciones de su padre el Maestro de Cam- 



po Don Diego Flores de León, caballero 
de reconocida nobleza y que sirvió en este 
Reyno con grande nombre y hazañosos 
hechos en la guerra desde pobre soldado 
hasta alcanzar por sus servicios los mexo- 
res puestos de la guerra, sin valerse de 
el fabor, aunque le pudo tener muy gran- 
de por ser su nobleza tan conocida y des- 
cendiente de los Reyes de Francia por via 
de varón, y de los Reyes de León por par- 
te de muger, al qual, conociendo su noble- 
za y por honrar los servicios que en otras 
partes y en este Reyno avia hecho, le hizo 
Sargento Mayor de el Reyno Alonso de 
Rivera, el qual le dejó en su lugar yendo 
a recebir a Alonso Garcia Ramón, que le 
volvió a reelegir por sargento mayor de el 
Reyno, en cuyo puesto tuvo muchas vic- 
torias con el enemigo, sin desgracia ningu- 
na, y sacó treinta y dos personas españo- 
las de captiverio, sustentando y vistiendo 
a muchas de ellas con su hacienda, después 
de lo qual fué elegido por Maestro de 
Campo general de el Reyno. Y entre los 
hechos hazañosos que hizo, que fuera lar- 
go el referirlos, fué uno que por librar a 
un soldado, cargaron tantos indios y tan- 
tas lanzadas sobre él, que le quitaron la 
adarga, y conociéndola en otra batalla en 
poder de uno de los que gobernaban el 
campo contrario, le acometió y se la quitó, 
matándole, que fué causa de que los nues- 
tros alcanzassen la victoria, y por estos y 
otros muchos servicios le honró su Mages- 
tad con un habito de Santiago y con una 
encomienda de indios de mil y quinientos 
ducados de renta. 

Vino después de breves dias otra leva 
de sesenta soldados con el capitán Casti- 
llejo, y con esta gente socorrió el goberna- 
dor al tercio de Arauco y a Chiloé, y alentó 
aquella provincia con armas, municiones y 
gente, y fué haciendo probehimientos en 
beneméritos de la milicia y abrió la mano 



58 



DIEGO DE ROSALES. 



para sus criados y pai'a algunos aveiiios 
por ganar con beneficios las voluntades. 
Hizo a los caciques de Arauco un mzoua- 
miento, alentándolos al servicio del Rey y 
agradeciéndoles la nnicha fidelidad que en 
ellos avia esperimentado. Fué dando licen- 
cias 3' borrando plazas con tanto exceso, 
que a eso se atribuyó la ruina que después 
vino por el tercio de Yunibel, y eso y el 
aver hecho tantos capitanes de un dia se 
le notó mucho. 

En este tiempo le llegó nueva de que 
venia marchando una gruesa junta de Pu- 
ren y que los nuestros le avian quitado, en 
los aloxamientos que venia haziendo, se- 
senta caballos. Dio orden el Gobernador 
al Sargento Mayor que salicsse al encuen- 
tro desta junta y diesse traza de pelear con 
el enemigo para que affloxasse su orgullo y 
atrebimiento. Vínose a nosotros de entre 
la junta un soldado llamado Ortega y dixo 
cómo Lien tur trahia dos intentos: de dar 
con cuatrocientos caballos en Arauco y con 
quinientos en el fuerte de San Rosendo, 
que estaba flaco de gente, y que para di- 
vertir al Sargento Mayor y hazer a salvo 
su efi^ecto, le avia él en persona de hazer 
rostro con un trozo de caballería y hazer 



que las demás quadrillas hiziessen su fac- 
ción en las partes sefialaílas. Probeyó a 
todas ellas el gobernador con presteza y 
quien saliesse a opoiíerse al enemigo, en- 
cargando al Maestro de Campo don Alon- 
so de Figueroa el cuydado y defensa del 
fuerte de Arauco y al sargento Moscoso 
que con veinte mosqueteros viniesse en un 
barco por el rio de Biobio y se pusiesse a 
la vista de el fuerte de San Rosendo pam 
defenderle, y al Sargento Mayor que sa- 
liesse a pelear con Lien tur, el qual, avien- 
do visto que el español dicho avia hecho 
ausencia de su egercito y que los españo- 
les por su aviso estarían con cuydado, por 
no desanimar las tropas que trahia y por 
darlas alguna presa que llebar, dio con 
cien caballos en las centinelas de Longona- 
val y degolló las cuatro de seis que eran 
por hallarlas dormidas, y las dos se esca- 
paron por pies, y retiróse. El Sargento 
Mayor, que avia salido a buscarle con filos 
de pelear con él, visto que se retiraba por 
montañas y parte áspera y que no le po- 
día seguir con todo su campo, se volvió a 
su tercio pesaroso de no averie hallado y 
cori'ido de que le hubiesse muerto las cen- 
tinelas y se volviesse riyendo y sin castigo. 



CAPÍTULO X. 



Entra el Gobernador Don Luis en Puren con poco effecto; 
viene en su seguimiento Lientur y degüella diez y seis 
centinelas. Matan en Arauco siete a una quadrilla suya 
y hazen otras buenas suertes en lo de Queupuante. Vuel- 
ve Lientur a Chillan, búscale Juan Fernandez y déjale 
burlado. Mata en Chillan al Corregidor y a ocho solda- 
dos, captiva muchos indios y lleva ganados. 



Alio de 1G29. — £1 Capitán Juan de Morales dize al Gobernador lo que sienten de él loi enemigos. — Manda qne 
salgan los dos campos en busca de el enemigo. — Hazen brevemente el viage loe dos campos y poco efecto. — 
Parlamento de Lientur a sus soldados. — Corre Lientur la tierra y mata diez y seis centinelas. — Buena suerte 
de loe de Arauco. — Victoria de el Teniente Bartholomé de Bustos. — Sale el Maestro de campo Don Alonso 
de Figueíoa en busca de Queupuante. — Buena estratagema y buena suerte* — Vanse algunos al enemigo de 
los descontentos y vuelven de noche a hazer suerte. — Cogen las centinelas seis indios. Confiesan Ja conju- 
ración y ahórcanlos. — Sale el Sargento mayor en busca de Lientur y cógele los caminos. — Déjale burlado 
Lientur y da en Chillan. — Sale el Corregidor de Chillan con solos siete y mátalos a todos Lientur. — Llegan 
luego los soldados de Chillan y pelean con Lientur y mata a muchos. — Haze grande suerte en la gente y 
ganados y vuelve victorioso. — Sale el Sargento mayor en busca de Lientur y déxale burlado. — Trahe Lientur 
desatinado al Sargento mayor con tantos lanzes; y los indios amigos están descontentos con tantas desgra- 
cias. — Va el Gobernador a reparar a Chillan, — Valiente hecho de dos indios por librarse de la prisión.-— 
Buen suceso de el Maestro de campo. 



Violentado estaba el Gobernador en la 
Concepción, que deseaba mas entrar en 
campaña y ver el rostro al enemigo y pe- 
lear con 61, que nunca se le avian cumpli- 
do sus deseos, que estai-se encentado en la 
ciudad. Y avivóle los deseos lo que le dixo 
el Capitán Juan de Morales, que con la 
esperiencia que tenia de la altivez de los 
indios, aviéndole preguntado qué dezian 
de él, le respondió que dezian los indios 
que aunque le tenian por valiente y que 
entraba y salia en imbierno rompiendo di- 
ficultades, pero que dezian que les temia o 
no tenia fuerzas bastantes, pues nunca 



avia peleado con ellos, y al tiempo de e^ 
verano, quando avia de salir a probar las 
manos, las tenia metidas en el seno. 

Respuesta fué esta que le dio harta pena 
por la mucha presunción que tenia y sus 
muclios deseos de mostrar su valor, y ya 
que él no pudo salir a campaña, ordenó 
que los dos campos saliessen y pisassen las 
tierras del enemigo, y si le hallassen pe- 
leassen con él; mas, aunque salieron, fué 
apresurado el viage y breve la vuelta, sin 
mas daño que aver cogido siete jíiezas y 
quemado algunos ranchos, debiendo aver 
estado mas tiempo para hallar ocasión de 



60 



DIEGO DE ROSALES. 



pelear, porque Lientur estaba en Repo- 
cura aguardando cerca de Puren, donde 
llegaron, y como vio que los espatloles so 
retiraban con tan poca presa, hizo un dis- 
curso, como soldado práctico y que sabia 
el modo de los españoles, y dixo a sus in- 
dios: "Esta gente se retira temprano y a 
pricssa, y en llegando cerca de sus cuarte- 
les los tercios se dividen y embian los ca- 
ballos a los potreros a descansar; los indios 
amigos de los españoles se van a beber la 
chicha que les tienen prevenida sus muge- 
res; los soldados se echan a dormir y des- 
cansar, arrimadas las armas; unos se van 
a las estancias y otros se entretienen en 
juegos, y assi ahora es el mexor tiempo de 
darles un repente y hazer suerte en ellos, 
pues ellos no la han sabido hazer en nues- 
tras tierras." 

Como lo dixo assi lo executó, y pasan- 
do la Laxa dexó tres emboscadas por si el 
Sargento Mayor le seguia, y corriendo la 
tierra y destruyendo los sembrados de los 
indios amigos encontró con veinte indios 
de centinela y mató a los diez y seis y los 
cuatro se escaparon, y Uebándose las ca- 
bezas de los muertos se retiró vanaglorio- 
so de aver hecho tan buena suerte en las 
centinelas, y repartiendo por todas las 
provincias las cabezas se hizo nombrado y 
convocó gente con ellas para nuevas em- 
presas. Mexor les sucedió a los de Arauco, 
que avicndo entrado en sus tierras al mis- 
mo tiempo una quadrílla de la gente de 
Lientur a hurtar caballos a los potreros, 
salieron a ellos y les quitaron cuarenta 
caballos que llebaban y mataron a siete 
indios, y a muchos de ellos les quitaron 
las armas y el matalotage. 

Y embiando inmediatamente el Maes- 
tro de campo al Teniente Bartolomé de 
Bustos con cien arcabuceros y cuatrocien- 
tos indios amigos a maloquear a tiendas de 
Claroa, se dio tan buena maña, que con 



tocarse arma en la tierra cogió diez y seis 
mugeres y tres indios parientes del caci- 
que de el valle, y en la refriega que con 
el enemigo tuvo (que luego que se tocó 
arma salió a la defensa de sus tierras) se 
ubo tan valientemente que mató a doze 
indios, y cantando victoria con sus cabe- 
zas se retiró sin pérdida ninguna. 

Fué el Maestro de campo Don Alonso 
de Figueroa apretando mas la guerra de 
Claroa y salió en persona deseoso de pren- 
der a Queupuante, llevando, demás de los 
araucanos, cuarenta lanzas que se le avian 
venido de paz de tierra de el enemigo y 
buenas guias, y por avérsele huido una se 
retiró al fuerte de Lebo; pero usó en la 
retirada de una buena estratagema: fingió 
volverse y dexó una buena quadrilla em- 
boscada a cargo de el Capitán Juan de 
Vega, con orden de que si en los tres dias 
siguientes no caia ninguno en la embosca- 
da, pasasse a las tierras de Queupuante y 
le procurasse coger y maloquear. Puso el 
orden en execucion, y hallando la tierra 
descuydada saqueó y quemó mucha ran- 
cheria, captivo sesenta piezas, cogió treinta 
ovexas de la tierra, mató seis indios y 
prendió otros seis de la guardia de Queu- 
puante, y este cacique se escapó a uña de 
caballo por harta ventura. 

Los indios descontentos de Gualqui y 
Talcamavida, que avian trazado el levan- 
tamiento pasado, tubicron siempre en su 
corazón el mal intento, y assi se huyeron 
algunos con sus familias a las tierras de el 
enemigo, trazando de llebarse a sus amos 
captivos, y otros, por ser descubiertos, no 
pudieron executar el mal intento y fueron 
castigados. De los fugitivos que se fueron, 
dieron en venir algunos de noche a nues- 
tras tierras, como perros que las conocían, 
a llebarse a sus amas captivas, con ayuda 
de los demás yanaconas, con quienes se 
avian convocado y tenian hecho el trato. 



HISTORIA DE CHILE. 



61 






Passaron con tal industria y ardid, que a 
donde el uno ponia el pie alli le ponían 
todos los demás por no señalar rastros; 
pero las centinelas, que escarmentadas de 
los descuidos pasados vivian con cuidado, 
cogieron seis y se los trageron al Sargento 
Mayor, y tomándoles la confesión digeron 
el trato que con los yanaconas tenian he- 
cho y cómo estaba Lientur con doscientos 
caballos de la otra banda de el rio para su 
resguardo de ellos y que pasarla a infes- 
tar las estancias circunvecinas o al tercio. 
Mandó el Sargento Mayor, tomada la con- 
fesión, ahorcar a los seis indios fugitivos 
para escarmiento de los demás, y luego, 

sin dilación, (1) 

El Sargento Mayor, con este aviso, sa- 
h'ó a buscar a Lientur a la frente y le hizo 
coger todos los pasos, de tal suerte, que a 
volver por qualquiera de ellos no se podia 
escapar; mas, andubo tan astuto y tan gran 
soldado, que desmintiendo su camino to- 
mó el de la ciudad de Chillan y dexó bur- 
lado al Sargento Mayor, que cansado de 
esperar se volvió a su tercio a los nueve de 
Abril, y a los diez tocó arma Lientur de 
improbiso en la ciudad de Chillan, y sa- 
liendo a ella el Capitán Gregorio Sánchez 
Osorio, corregidor de la dicha ciudad, an- 
duvo tan visoño y tan desordenado, que 
pudiendo salir con ochenta hombres de a 
caballo, gente toda de obligación que tenia 
en la ciudad prontos para qualquiera fac- 
ción, salió con solos siete, sin esperar a los 
demás, y corrió el arma cuatro leguas, sin 
rienda ni considera:5Íon, y llegando a un 
mal paso pagó su demasiada presunción, 
matándole a él y a todos los que con él 
iban^ entre los quales iba también un hixo 
suyo, gallardo mozo, que fué lástima que 



tan buenos halientos los empleassen, padre 
y hixo, tan indiscretamente. Quando llegó 
la demás gente j vio al corregidor muerto 
y a todos los que le acompañaban tendi- 
dos a su lado, desmayó a la primera vista; 
pero, volviéndose a recobrar, acometieron 
al enemigo con grande valor y buen orden. 
Opúsoseles Lientur a la resistencia en el 
mal paso que tenia ganado, y apeándose los 
españoles para echarle de él, andubo la for- 
tuna en fabor de este bárbaro y gran sol- 
dado, que a todos los que se le opusieron, 
con ser capitanes y hombres de gran valor, 
los degolló. Llebóse las cabezas de los 
muertos, sus caballos ensillados y enfrena- 
dos, sus armas y vestidos y algunas pie- 
zas que maloqueó en Coyanco, con muchos 
ganados, y cargado de despoxos y victorio- 
so se retiró por otro camino que llaman la 
Silla de Belluga, que es por la sierra ne- 
vada, sin perder mas de dos indios humil- 
des que los nuestros le mataron en la re- 
friega (2). 

Volvieron a tocar arma al Sargento Ma- 
yor, avisándole cómo Lientur avia hecho 
gran destrozo en Chillan y iba cargado con 
grande presa, y Siilió desatinado de ver 
que este astuto soldado y valiente enemigo 
le tocasse tantas armas y le burlasse siem- 
pre, sin poderle ver la cara ni pelear con 
él, y le siguió hasta el Salto de la Laxa, 
donde le esperó en vano, porque aunque 
por alli era el i>aso común de la retirada, 
el sagaz Lientur tomó otro y le engañó, y 
cansado y pesaroso se retiró, fatigados los 
caballos y aburrida la gente, porque en 
esta espera tubo tanta hambre que se co- 
mían los soldados las adargas y otras cosas 
inmundas, y con un soldado menos que 
otro le mató. Trahia desatinado y confuso 



(1) Rotura del orijinal. 

(2) En otra parte el autor ha denominado Sierra de Belluga a la que en este pasage llama, no sabemos por 
qué, SUla de BeUnga. £b la montafia, cabecera del Biobio, que hoi llaman loa jeógrafos Sierra Velluda. 



62 



DIEGO DE ROSALES. 



este enemigo al Sargento Mayoi', porque se 
le tjntraba por muchas partes y le hazia 
graneles daños, opinándole de desgraciado, 
y nunca le podia dar vista ni pelear con 
él, porque con gi'ande astucia y destreza 
le daba el golpe y le liuia el cuerpo, ha- 
ziendo como el buen esgrimidor. Y los 
indios amigos con estas desgmcias y gol- 
pes (que los mas daban sobre ellos) anda- 
ban descontentos y vacilando, porque co- 
mo Lientur les metia la gueiTa dentro de 
casa, les abria las puertas para que dexas- 
sen la paz y se descontentassen de la amis- 
tad de los españoles, que no eran bastan- 
tes a- defenderlos ni a defendei'se a sí 
mismos. Deseaban con esto la venida del 
nuevo Gobernador, pareciéndoles que con 
las nuevas disposiciones se mexomrian las 
cosas de la guerra que tan de caida esta- 
ban. 

Para reparar el pueblo perdido de Chi- 
llan y fortificarle por si volvia el enemi- 
go, salió el Gobernador luego que tubo 
nueva de este desastre con sus cai)itanes y 
algunos caballeros vecinos de la Concep- 
ción. Visitó y consoló las viudas mugeres 
de los muertos y dio orden que se reparas- 
se lo mas flaco de aquella ciudad y ocurries- 
se gente a olla para su defensa: dexó alli 
por Capitán y Corregidor a Diego Ve- 
negas, por voto de el Cabildo y de todos 
sus capitanes, por ser soldado de tanta 
fama, prudencia y esperiencia, y asistió a 
la defensa de la ciudad con doscientos 
hombres de armas que se juntaron con 61. 
Eran estos golpes para el Reyno de harto 
dolor, pero como eran accidentes de 
guen*a se consolaban con la voluntad 
de Dios, reciviendo como de su mano estos 
regalos, y conociendo que eran castigos de 
pecados procuraban aplacarle. 

Porque se vea la valen tia'y determina- 
ción de estos indios, diré lo que hizieron 
dos que estaban captivos y en prisión en 



el fuerte de Talcamavida. A estos los 
avian pedido los in dios amigos para ma- 
tarlos a su usanza en una borrachera por 
ser grandes cosarios, los quales se avian 
huido al enemigo de nuestras tierras y en- 
tibando a huitar los cogieron, y como los 
avian de ahorcar, pidieron los indios ami- 
gos que se los diessen a ellos para matar- 
los y animar a sus soldados con sus cabe- 
zas. Y mientras se llegaba el tiempo de la 
boiTachera, estaban en el cepo y imagina- 
ron una traza para mostrar su valor y 
librarse de la prisión. Fingiéronse enfer- 
mos y pidieron licencia a la guardia para 
salir a una necesidad corporal, con desig- 
nio de matar a las postas que saliessen de 
guardia con ellos y saltar por la muralla 
y huirse. Salió el uno, y embistiendo con él 
un soldado que llebaba una alabarda, se 
la quitó y cerró con los dos, y si no se 
dan tan buena maña los mata, aunque el 
uno le dio una buena cuchillada en un bra- 
zo. El otro indio que estaba en el cepo se 
safó de él, y llegando a donde estaban las 
armas, tomó un mosquete y le dio con el 
mocho a la posta tan fiero golpe a dos 
manos que le echó los sesos fuera porque 
tubiesse mas seso y viesse con mas vigi- 
lancia, y salvando la muralla se escapó y 
se fué a su tierra. Y aunque el capitán y 
los soldados salieron al ruido y hizieron 
sus deligencias, no le pudieron coger, y el 
otro a tizonazos salió por entre las picas 
de la primera estacada; pero en la segim- 
da se embarazó, como iba herido malamen- 
te en el brazo, y le cogieron. Para que las 
postas vean el cuydado que deben tener 
para guardar unos indios que son en las 
trazas giúegos y romanos en el valor. 

Hizo el Maestro de campo una maloca 
a tierras de Tirua y Relomo a fin de co- 
ger piezas y molestar al enemigo, y tubo 
de bueno y de malo, porque cogió al To- 
qui general de aquella tierra y setenta y 



HISTORIA DE CHILE. 



63 



cinco piezas, y mató nueve enemigos en 
una quadrilla que peleó. Retiróse con mu- 
chas lluvias y tiempo muy tempestuoso, y 
perdió en la retirada ochenta caballos que 
de cansados se quedaron, y a siete indios 



amigos que el enemigo le mató: que donde 
ay ganancias en la guerra es fuerza que 
también aya pérdidas, pero la mayor fué 
la que tubo el Sargento Mayor sin ganan- 
cia ninguna, que dirá el capitulo siguiente. 



CAPITULO XI. 



Tiene Lientur una batalla con el Sargento Mayor Juan 
Fernandez: mata y captiva muchos españoles. Refiérese el 
captiverio del Capitán Don Francisco Pineda Bascuñan 
y una victoria que tubo de Lientur el Sargento Mayor. 



Viene Lientar con mil indios y desecha las centinelas, y coge lengua y embóscase. — Mátale Monge tres corredores 
y sale de su emboscada. — Batalla sangrienta de Lientur con el Sargento mayor Juan Fernandez. — Vióse 
el Sargento mayor dos veces cogido. — Muertes y daños que hizo áentnr. — Cantan victoria los indios. — 
Haze otros muchos daftos maloqueando la tierra. — Estubieron para alzarse los yanaconas y matar a sus 
amos. — Captiverio de el Capitán Don Francisco de Pineda y Bascufian. — Disimula quien es. — Conócenle 
los yanaconas y pidenle para matarle. — Dizen que Alvaro su padre mató muchos indios y que muera su 
hixo. — Luego que le conoce su amo procura librarlo. — Llega Lientur y piden todos que muera, y dizenle 
quien es. — Deñéndele Lientur y alaba al indio que le cogió de dichoso. — Dízeles a todos que si no llevan 
aquel captivo no tendrá lustre su victoria. — Alaba la piedad de Alvaro Nufiez para con los captivos. — 
Manda que no le maten a su hixo })ara que sepa que son agradecidos. — Tratóle su amo con mucho agasaxo 
y humanidad. — Llevábanle a baptizar los hixos y a que los enseñase a rezar. — Exemplo para usar de 
misericordia y piedad con los captivos. — Da aviso y el pésame el Gobernador a Alvaro Nufiez. — Piérdese 
un navio con to<la la gente. — Sale a campafta con la gente de Santiago y de la comarca. — Vienen doscientos 
enemigos y embia al Sargento mayor a pelear con ellos. — Estratagema del Sargento mayor para sacarlos de 
un lugar fuerte: íinge que huye. — Pelea y alcanza una gran victoria. — Viénese de el captiverio el Alférez 
Silvano y favorécenle dos indios. — Salen de captiverio Don Francisco Bascufian y Diego Centeno. — Viene 
Don Francisco Lazo y vase Don Luis Fernandez de Córdova. — Buenas propriedades de Don Luis Fernandez 
de Córdova. 



Estando el Sargento Mayor Juan Fer- 
nandez con nueva de junta, por aviso que 
tenia de que Lientur entraba a infestar las 
estancias, avisó a todos que estubiessen 
con cuidado. Llegó Lientur desmintiendo 
las centinelas y pasó con la obscuridad de 
la noche, a 14 de Mayo de 1629, a vista 
de algunas estancias, sin querer tocar mas 
de una por no ser sentido, donde tomó 
lengua y supo lo que avia, con cuyo aviso 
se entró en nuestras tierras con una ex- 
perta guia, tomando al Sargento Mayor 
las espaldas, y se emboscó una legua de 
el tercio de Yumbel, en parte donde los 
españoles salian a bazer escolta de paxa 



para aderezar la vivienda de los soldados, 
y aviendo salido las mandó retirar por 
aviso que tubo de que el enemigo estaba 
emboscado. Y saliendo el Capitán Monge 
con veinte indios amigos, dio con las cen- 
tinelas de el enemigo y mató tres, y los 
demás se retiraron para la emboscada de 
Lientur, el qual salió con gran furia de 
la emboscada con mil caballos y cerrando 
con los indios amigos los fué degollando 
y retirando hasta donde estaba el Sargen- 
to Mayor, que venia con su gente españo- 
la en busca de Lientur para pelear con 
él, que lo deseaba mucho por no averie 
podido coger nunca cara a cara. Y cum- 



i 



HISTORIA DE CHILE. 



65 



plióle tan bien sus deseos el valeroso Lien- 
tur, que luego se fué para él como un 
león: trabóse una reñida batalla, j el tiem- 
po ayudó poco a los españoles para dispa- 
rar, porque Uobia mucho, con que en bre- 
ve se mezclaron unos con otros, y como 
los indios eran tantos j los españoles tan 
pocos, aunque pelearon valientemente, los 
trageron a mal traher, j el Sargento Ma- 
yor, animando a todos j peleando con 
grande esfuerzo, se vio en gran peligro de 
la vida y le tubieron dos vezes assido y 
se lo llebaban captivo; mas, socorrióle el 
Alférez Basco Sánchez, soldado de grande 
ánimo, y le libró de los enemigos sacando 
tres heridas. Duró la batalla hora y media 
y en ella degolló el enemigo sesenta espa- 
ñoles y entre ellos capitanes y oficiales: 
captivaron a treinta siete, sin otros muchos 
yanaconas y indios amigos que aprisiona- 
ron. Cogieron grande despoxo de caballos, 
armas de acero, espadas anchas y arcabu- 
ces, y como señores de la campaña y vic- 
toriosos, quitaron cuanto avia y desnu- 
daron los muertos, cortando la cabeza a 
Pedro Gamboa por averse mostmdo tan va- 
liente, que solo él se defendió mucho tiem- 
po de sesenta indios, matando a cinco y 
hiriendo a muchos con sola la espada, y 
a imitación de Sebastian Izquierdo, que 
hizo otro-tanto y sacó treinta y siete he- 
ridas en todo su cuerpo, y dexándole des- 
nudo y por muerto, volvió después en sí, y 
con la cabeza de este Gamboa cantaron 



victoria levantándola en una pica, hazien- 
do mofa de los españoles que avian queda- 
do y retirádose a paso largo (l). 

No fué solo este daño el que hizo Lien- 
tur, sino que viendo que no avia quien se le 
opusiesse, esparció su gente a correr todas 
las estancias, donde captivo muchas pie- 
zas y mató muchos niños inocentes por no 
cargarlos, saqueando las casas y robando 
muchos ganados, y lo peor fué que los 
indios yanaconas con esta victoria de Lien- 
tur estubieron ya para matar a los espa- 
ñoles de las estancias y Uebarse captivas 
a las españolas sus señoras, para tener por 
sus captivas y mugcres a sus amas. Mas, 
por averse retirado tan a prisa Lientur por 
gozar tanta presa como llebaba, no les 
pudo ayudar y no pusieron en execucion 
su mal intento, y también porque el Go- 
bernador, avisado de el desgraciado suceso, 
vino luego con sus capitanes y hizo frente. 
Mandó enterrar los cuerpos muertos, y 
por rumores de que Lientur revolvia, tubo 
toda la gente junta y en arma, hasta que 
se supo como avia llegado a su tierra 
y celebrado la victoria con grandes fiestas 
y borracheras, matando en ellas a algunos 
de los españoles y indios amigos que Uebó 
captivos para alegrar y animar a su gente 
y untar con su sangre las puntas de sus 
flechas y sus lanzas: que esta gente es 
cruel con los captivos y tienen por una 
de sus mayores fiestas el matar un espa- 
ñol en sus borracheras, y cantar victo- 



(1) Fué ésta la famosa batalla de las Cangrejeras, librada por los espafioles en el estero de aquel nombre, a 
una legua de . Yumbel, cuyo desastre se debió a la precipitación y mal orden de la marcha, habiendo salido el 
tercio del fuerte en cuadrillas i unas en pos de otras, y la infantería atrás. 

Derrotados los primeros jinetes por el animoso Lientur, que tenia mas de mil caballos en el vado del estero, se 
retiró la caballería a una loma rasa que dominaba el vado a esperar los infantes, i cuando éstos Uegaron los 
embistió Lientur echando pié a tierra i con dos alas de cabaUería, que los envolvió como un ovillo. 

Venia a cargo de la infantería el capitán don Francisco Bascufian, que ha contado menudamente esta derrota 
i sus causas en su desaliñado i pedantesco pero curíoso Cautiverio ftlvz^ desde el capítulo III adelante. Como 
siempre, él da por causa del fracaso la errada disposición de su jefe, que no le permitió cargar oportunamente, 
como se lo habia enseft^do su valiente padre Alvaro Nufiez. De los ochenta infantes escapó udo que otro i entre 
éstos el mismo Bascufian herído en la muñeca i aturdido de ,un macanazo en la cabeza, por cuyo motivo salvó la 
vida, pero quedó prisionero. 



66 



DI £00 DE UOSALES. 



ria con su cabeza y comerle el comzon. 
Pero aunque este bárbaro Lientur era 
tan cruel y tan deiraniador de sangi-o 
christiana, se mostró noble y piadoso con 
el mexor captivo y de mas importancia que 
llebaban: este fue el Capitán Don Fran- 
cisco de Pineda y Bascufian, hijo de el 
Maestro de campo Alvaro Nufiez de Pi- 
neda y heredero de sus grandes obligacio- 
nes y valor, el qual desde sus primeros 
años siguió los pasos de su padre en la 
gueiTa y por sus senecios llegó a tener 
todos los puestos mas honrosos de la gue- 
rra, hasta ser Maestro de campo geneml 
y en tiempo de los mayores aprietos en 
que se vio este Reyno de un alzamiento 
general que sucedió después, el afio de 
1655, donde mostró su ánimo y valor en 
entrar por medio de todo el enemigo re- 
belde a retirar el fuerte de Boroa, opo- 
niéndose al parecer de casi todo el Reyno, 
que lo juzgaba por un imposible, y hizo 
después muy grandes facciones en castigo 
de los rebeldes y bien de el Reyno, guar- 
dándole Dios para esto del peligro en que 
se vio luego que le captivaron, porque 
aunque al principio se procuró encubrir y 
fingirae un soldado ordinario, que el que 
le captivo no sabia quién em, aunque le 
llebaba con grande aprecio por averie vis- 
to pelear con grande valentía y en la 
vanguardia acaudillando gente y resis- 
tiendo al enemigo con esfuerzo, pero lue- 
go que llegaron al primer alojamiento, 
donde mataron algunos de los españo- 
les que llebaban captivos, pidieron a gi-an- 
des vozes unos yanaconas que conocieron 
al Capitán Don Fmncisco de Pineda y Bas- 
cuñan que le matassen, diziendo: **Mue- 
ra, muem éste, que es el mexor español 
que hemos cogido, que era capitán vivo 
de una compañía y peleó mas que todos, y 
es hijo de Alvaro, el que nos ha hecho tan- 
tos daños, muertes y prisiones, y alcanza- 



do tantas victorias con su nombre de Al- 
varo; hagamos nosotros famosos nuestros 
nombres con esta victoria y con la muerte 
de su hixo; beberemos su sangre en ven- 
ganza de la que nos ha derramado." Cercá- 
ronle todos con sus lanzas para executar ol 
golpe, y él, viendo que ya se llegaba su ho- 
ra, sin perder el ánimo ni desmudarse trató 
interiormente de pedir a Dios perdón de 
sus pecados y fabor para aquel ti*ance. 
El amo, que le tenia atadas las manos 
ati'as y no le avia conocido, volviendo el 
rostro a él le dixo: "Pues cómo te encubris- 
te y no me dixiste quién eras, que a saber- 
lo yo te hubiera escondido y no hubiera sa- 
cado en público donde todos te viessen, que 
era cierto que en viéndote avian de pedir 
a vozes tu cabeza?" Y compadeciéndose do 
él y por la vanagloria de llebar captivo de 
tanto nombre por sí y por el de su padre, 
le procuraba librar y detener el tropel do 
la gente que se iba juntando para ma- 
tarle. 

Llegó a las vozes Lientur, que aun no 
se avia apeado disponiendo el aloxamiento 
y repartiendo las postas, y entró en medio 
con su lanza, armado de punta en blanco, 
en un hermoso caballo que avia quitado a 
los españoles, y preguntó: qué es esto, sol- 
dados? qué vozes son las que tenéis? Digé- 
ronle cómo entre los captivos españoles 
traiiian alli uno que era capitán vivo 
de infanteria y avia peleado mui bien, y 
ei-a hixo de Alvaro Nuñez, y que no habia 
otro mexor con quieu ensangrentar sus 
lanzas y hazer fiesta para celebrar la victo- 
ria. Y quando todos esperaban que Lien- 
tur le dicsse la sentencia, mirándole con 
agrado le dixo en la lengua: Mogeaimi^ 
que quiere dezir "vivii'as," y volviéndose al 
indio que le captivo, le dixo: "Tú has da- 
do el lustre a esta mi victoria y tú solo te 
puedes tener por mas dithoso que todos 
nosotros con tal prisionero y con él te 



HISTOUIA DE CHILE. 



67 



puedes blasonar de que has hecho mas que 
todos;" y habkndo con los demás que pe- 
dían su muerte^ les dixo: ''Si no llebamos 
este Capitán a nuestras tierras, que ha de 
lucir nuestra victoria, qué importa que 
llcbemos chusma de soldados, que esos no 
nos han de dar crédito ni lucimiento, y 
nuestras mugeres quando salgan a ver la 
presa, si no ven que llebamos peraonas de 
importancia, qué nos han de decir? sino 
que somos unos gallinas y que no heiíios 
hecho nada en coi]:er soldadillos? Demás 

•O 

de que por hijo de Alvaro le debemos dar 
la vida, porque yo conocí mucho a Alvaro 
y le traté, y con él vine muchas vezes a 
las malocas quando era amigo de los es- 
pañoles, y le via pelear como un Héctor y 
que en las batallas era sangi-icnto y furio- 
so como tan gran soldado, pero salido do 
alli era muy piadoso y compasivo, y a los 
indios captivos los trataba con mucho amor 
y agrado y nunca le vi matar a ningimo a 
sangre fría, que no es de valientes matar al 
rendido, ni el hombre cruel es valiente. 
Y assi no tratéis de matar a este Capitán, 
que no es valentía matarle atado y rendi- 
do. Sepa Alvaro que le agradecemos la 
piedad que usó con nosotros, y conozca su 
hijo que le pagamos el bien que nos hizo su 
padi*e, y que aunque barbaros sabemos ser 
agradecidos." Y diziendo esto, le mandó de- 
satar las manos y Uebar con toda humani- 
dad y cortesia, esperando que habría por él 



algún rescate de importancia, con lo qual 
su amo le miró con otros ojos y luego lo 
buscó un capotillo con que se cubríese y 
un sombrero para las Ilubias, y le llebó a 
su tierra, a la Imperial, donde le tubo con 
grande agasaxo, no como captivo sino co- 
mo libre, haziéndole muchas honras y ha- 
ziendo ostentación en todas partes de su 
captivo, acreditándose de valiente por aver- 
ie cogido. Veníanle todos a ver, y las in- 
dias le trahian sus hixos a que se los bap- 
tisasse, y a los hijos de su amo los enseñaba 
a rezar, y otros muchos venían a que les en- 
senasse: que como avian sido cristianos an- 
tiguamente, conservaban el baptizar sus hi- 
jos y el enseñarlos a rezar, y como no 
avia sacerdote bai>tizaban los españoles 
captivos. De su captiverio hizo un curioso 
libro, porque fueron muchas cosas las que 
en él le sucedieron de gusto; si salo a luz 
se podrán ver en él. Que en este caso me 
he alargado para que se vea que aunque 
barbaros saben ser humanos y agi'adeci- 
dos, y que el hazer bien nunca se pier- 
de, ni el ser humano con los rendidos 
y misericordioso con los captivos, pues la 
misericordia que usaba con ellos el Maes- 
tro de Campo Alvaro Nuñez de Pineda, 
se la pagó Dios en que hallasse su hijo, 
viéndose captivo, quien usase de misericor- 
dia y humanidad con él. Sucedió esta ba- 
talla en las Cangregeras (1). 

Escribió el Gobernador al Maestro de 



(1) Evidentomente Rosales conoció el libro manuscrito de Basciifian, porque ac^nel refiere los incidentes do su 
cantÍTidad i rescate de su vida en la misma forma que el capitán espafiol. 

Dice este iiltimo que quien le conoció fué un indiczuelo ladino, es decir, españolizado, que habia venido como 
guia de Lientur: "quien (dice Bascuñan, páj. 22) ll<*gó al sitio i lugar donde me tcnian de8poja<lo de las armas i 
ropUla del vestido, diciendo en altas voces: ''muera, muera luego este capitán, sin remisión alguna, porque es 
hijo de Alvaro Maltincampo (que así llamaban a mi ¡ladre). que tiene nuestras tierras destruidas i a nosotros 
aniquilados i abati<los; no hai que «guardar con él, pues nuestra suerte i buena fortuna nos le ha traido a las 
manos. I a estas razones i alaridos se agregaron otros muclios no menos enfurecidos i rabiosos, apoyando las voces 
i depravadas intenciones de los primeros, que levantando en alto las lanzas i macanas intentaron descargar sobro 
mi muchos golpes i quitarme la >'ida;" hasta que llegó Lientur i lo salvó empleando un largo razonamiento que 
copia Bascufian i que en el fondo es el mismo que trae Rosales. 

Agregaremos a(jui, para mejor intelijencia de estos pasajes, que el autor llama capUtii vivo a Bascnflan, no 
porque quedara con vida, sino porque así denominaban a los capitanes en actual svrvicio, en o¡)osici.^u a los 
reformados, que eran innumerables. 



í38 



DIEGO DE BOSALES. 



Campo Alvaro Nuüez dándole el pésame 
del captivcrio de su hixo y mostrando el 
sentimiento que tenia, y hizo muchas dili- 
gencias para rescatarle, lo qual después 
de medio año se consiguió. Previno lo me- 
xor que pudo las cosas por si volvia el ene- 
migo, y hallábasse confuso de ver que le 
hizicssc tantos lanzes y affligido por el sen- 
timiento de el Reyno por estas desgracias 
y por los recelos de que los indios amigos 
con estos malos sucesos no se levantasen. 
Y con valor se daba por desentendido de 
los dichos que en semexantes ocasiones 
con el sentimiento dice la plebe y aun los 
que se ven en puestos preheminentes, con- 
siderando que si se vieran en el suyo hi- 
zieran lo mismo y algo menos. Acrecentó- 
se a estas desgracias otra, y fué que el 
navio que habia venido de Chiloé y pasaba 
a Santiago para de alli, en tomando carga, 
ir a dar aviso al Peni destas desdichas, se 
perdió a tres de junio en el Cabo de limos, 
catorce leguas de la Concepción. Llebaba 
dentro setenta y siete almas, mucha ropa 
de la tierra y tablazón, y como fué de no- 
clie la perdida, no escaparon sino dos per- 
sonas que dieron aviso de su desgracia. 

Retiróse el Gobernador a invernar a la 
Concepción y desde alli cmbió al Capitán 
Don Antonio de Espinoza, soldado anti- 
guo y de muchas obligaciones y servicios 
en la guerra, con titulo de comisario gene- 
ral, a la ciudad de Santiago a conducir 
gente, con ánimo de salir a la primavera 
a la guerra en el Ínterin que llegaba el 
nuevo Gobernador. Púsose en campaña 
con brevedad, llevando consigo todos los 
capitanes y las personas que de Santiago y 
otras partes pudo juntar, y a los ocho de 
Octubre se aparecieron doscientos indios 
enemigos bien armados y en buenos caba- 
llos y aviendo pasado el rio de la Laxa 
se pusieron a vista de el gobernador. Fué 
de parezer que se siguiessen hasta sus tie- 



rras en caso que no ubiesse mas de los que 
se mostraban^ y determinando en consexo 
que se quedasse el Gobernador, y el Sar- 
gento Mayor Juan Fernandez los siguie- 
sse con la caballería, se puso en effecto, y 
dándoles el Sargento Mayor vista a los 
enemigos sobre el rio Claro, se hizieron 
fuertes sobre el rio en un sitio muy pan- 
tanoso, y el Sargento Mayor, para sacarlos 
de alli y darles el Santiago a su salvo, tra- 
tó de fingir que se retiraba un poco atrás, 
fundado en que los indios, juzgando que 
huia, saldrían luego de aquel mal sitio, co- 
mo salieron sobre él los indios, con tanto 
Ímpetu, que algunos de los soldados espa- 
ñoles, que no supieron que era ardid de 
guerra la fuga fingida del Sargento Mayor, 
huian ya muy de veras, y si el Capitán 
Francisco de Navas no revuelve sobre ellos 
y los detiene, ay una gran rota: mas, él 
con grande valor los ataxó y animó a pe- 
lear, y embistiendo al enemigo le desvara- 
taron y mataron setenta y cuatro indios, y 
los demás, viéndose perdidos, se arroxaron 
al Biobio para pasar a nado, dexando los 
caballos, que fueron mas de ciento y seten- 
ta, y el gobernador recivió mucho conten- 
to y premió las espias por los avisos que 
dieron tan a tiempo. Diéronse en todas 
partes muchas gracias a Nuestro Señor 
porque quando mas amenazaban peligros 
y desgracias consoló a los suyos con este 
buen suceso. 

Con esta buena suerte tubo ocasión de 
huirse de tierras de el enemigo el Alférez 
Juan Silvano, que estaba captivo, y encon- 
trándole en el camino dos indios enemigos 
que andaban en sus contratos, aunque le 
pudieron matar fueron con él tan huma- 
nos que antes le subieron a las ancas de 
un caballo y le Uebaron cerca de el fuerte 
de el Nacimiento, y alli le digeron que se 
f uesse a los suyos, donde llegó desfalleci- 
do de hambre. Y a este mismo tiempo se 



HISTORIA DE CHILE, 



69 



rescataron el Capitán don Francisco de 
Pineda y Bascuñan y un soldado llamado 
Diego Centeno, que le acompañó siempre, 
y por los dos se dieron tres caciques y 
muchas pagas que dio el Gobernador: que 
todo se debia a un General como su padre 
Alvaro Nuñez. 

Pasáronsele en este gobierno cuatro 
años y medio con variedad de fortu- 
nas, las quales se sosegaron con la ve- 
nida del sucesor Don Francisco Lazo de 
laJVega y Alvarado, que llegó al puerto 
de la Concepción a los veinte y dos de 
Diciembre deste año de 1629. Fué Don 
Luis Fernandez de Córdova de alentado 
ánimo, miiy diligente y sufrido en la gue- 
rra, muy amigo de religiosos y de conver- 
sar con ellos; tubo sus emulaciones y des- 
gracias, que la gueira trabe de todo, y 
aunque tubo buenos sucesos, pesaba mas 
el dolor de las desgracias que aliviaba el 
gusto de las venturas, y como el bien no 
86 tiene por tal si no es entero y sin mez- 
cla de males, no era tan aplaudido el bien 
como llorado el mal. Su intención fué 
buena y sus deseos, juntamente con las 
disposiciones, y no debe mas un general 
que disponer bien, que los sucesos están 
en las manos de Dios y no en las suyas, y 
El los da como es servido. Volvióse al 
Perú tomada la residencia, y sintieron mu- 
chos, que generalmente le amaban, su au- 
sencia, porque era cortes, afable, discreto, 
dadivoso y clemente, y tenia otras pro- 



priedades muy buenas que demás de su mu- 
cha calidad le hazian muy estimable. Y por 
sertanleido y amigo de historias, deseó 
mucho ver escrita la historia general deste 
Reyno, porque juzgó que seria muy gusto- 
sa por aver sucedido tanta variedad de 
cosas y ser estos indios tan valientes y 
no averíos podido sugetar el poder espa- 
ñol ni los brios y valentía de tan grandes 
y tan experimentados capitanes generales 
como ha tenido este Reyno. Y a ese fin, 
con gastos suyos y con su diligencia, juntó 
muchos y muy curiosos papeles que, co- 
mo dige en el capitulo treinta, estubieron 
arrinconados cuarenta años, hasta que este 
los desembolví y de las relaciones mas 
veridicas compuse esta historia, ayudado 
de otros papeles y de las noticias que he 
adquirido en los años que ha que estoy en 
este Reyno, que pasan de cuarenta y tres, 
en que he andado toda la tierra de gue- 
rra y llegado hasta Osorno por tierra, y 
pasado a Chiloé por mar, y trasmontado 
la cordillera nevada dos vezes por diferen- 
tes partes, sin que aya cosa que no aya 
visto y notado, assistiendo en los exercitos, 
en las ciudades, en las misiones y doctri- 
nas. Y assi, si bien hasta aqui he escrito 
muchas cosas por noticia de papeles y re- 
laciones, escogiendo siempre las veridicas 
y mas ajustadas, en adelante escribiré lo 
que he visto y tocado con las manos y las 
noticias que con mi propria diligencia he 
adqumdo. 



mST. DE CHIL.— T. IIL 



CAPITULO xir. 



Viene a gobernar el Reyno de Chile el famoso Don Fran- 
cisco Lazo de la Vega. Haze en España y en Lima grandes 
prevenciones de guerra y trahe cuatrocientos soldados. 
Batalla del Maestro de campo en Piculue. Pone terror a 
los purenes el Gobernador y pelea en los Robles estan- 
do de purga y alcanza una famosa victoria del valeroso 
Lientur. 



Año de 1630. — Recevimionto y nobleza do ol Gobernador. — Capí bañes de la leva do 400 soldatlos que traxo. — 
Armas. — Avísanlo a Lima do las desgracias do Chile. — Causaron en Lima gran ¡Kina tantas pérdidas y 
mayor cuidado en el Gobernador. — Viene una junta do tres mil indios. — MalOT^uean doscientos solos y 
qu^danse los demás emboscados en Piculue. — Salo el Maestro de campo con 9 compafiias on su segiiimiento* 
— Mótenlo en la junta, que acomet j con gran furia. — Defídndcnse los españoles en u*i esquadron y ol enemigo 
hasÍB que huye. — Sigucide, (luo no debieran, y revuelve el enemigo y desvarátalos. — Mata mucha gente e 
enemigo y <lerrota a los españoles. — Despojos que lleva el enemigo. — Captivos es|)añoles — Echanse algunos 
al monte, y el tomor de uno que no salió en ocho días. — Caso gracioso do un alférez que se echó al monte y 
fingió que el enemigo le habia desnudado. — Salo luego con el vestido que entonces llevaba. Niégale su padre 
l)or hijo. — Pelea valientemente el Maestro de campo Don Alonso de Figueroa. — Sale el Gobernador Dou 
Francisco Lazo a la venganza do Puron. — Haze mucho daño al enemigo y retirase. — Dispone las ooeas de 
la guerra. — Tieno nuova de que Butapichon viene a probar con él las manos. — Entra el enemigo y coge en 
Coyanco sesenta piezas. — Sigúele el Gobernador y dale Catillanca nuova de el enemigo. — Alóxasse junto al 
enemigo, sin saber de él, que estaba emboscado. — Batalla do los Robles: acomete el enemigo, mata y hiere y 
quita el capoton do el (Gobernador. — Pelea vali^^ntemente el Gobernador y su oomi^añia. — Matan doscientos 
y ochenta indios y alcanza gran victoria. — Sigue al enemigo y viénonsele 50 captivos a los nuestros. — 
Alábase Butapichon de haber quitado el capoten al Gobernador. — Dize que le ha muerto y embian indios a 
saberlo. 



Aviciido llegado al Puerto de la Con- 
cepción a veinte y dos de Diciembre de 
mil y seiscientos y treinta aflos el Gober- 
nador Don Francisco Lazo de la Vega, fué 
recevido do todo el Cabildo de la ciudad 
con increíble contento, por lo mucho que 
la fama se avia adelantado a publicar sus 
grandes prendas y cstrcmado valor, y lo 
mucho y bien que avia servido en la gue- 
rra de Flandes, con que a todos se les 
avivaron his esperanzas de lo muclio que 
avia de obrar en este Flandes segundo de 
Chile, y sin segundo eií las Indias. Fué 



Don Francisco Lazo de la Vega caballero 
del orden de Santiago, del Consexo de su 
Magostad y guerra en los Estados de Flan- 
des, donde sirvió veinte años continuos, 
desdo alférez hasta capitán de caballos, 
con la satisfacción que se puede entender 
de quien heredó tan noble sangre de los 
Ijazo de la Vega, descendiente de aquel 
valeroso caballero que mató al sobervio 
Moro que por desprecio llcbaba la Ave 
Maria en la cola del cabiülo. Y como tan 
soldado, luego que su Míígestad le eligió 
para Gobeniador y Capitán General de 



HISTORIA DE CHILE. 



71 



este Reyno de Chile, y para su reparo en 
tiempos tan calamitosos, se previno de ar- 
mas y traxo de España tresctentos arcabu- 
zes y doscientos mosquetes vizcaínos, dos- 
cientas picas y doscientos coseletes de 
azero, que nunca se vieron en Chile tantas 
armas juntas. Negoció cédulas muy apre- 
tadas para que el Conde de Chinchón, 
que vino a ser Virrey juntamente con él, 
le diesse gente y le assistiesse con particu- 
lar cuydado, encargándole mucho su Ma- 
gostad sus asistencias por la esperanza que 
tenia de que avia de obrar lo mucho que 
después hizo en su servicio y en bien del 
Reyno de Chile. Luego que llegó a Lima 
solicitó el levar gente y atraher soldados 
para la guerra, y ayudóle mucho el hallar 
allí al General Don Diego González Mon- 
tero, procurador general del Keyno de 
Chile y particular del excrcito, que des- 
pués fué Gobernador y Capitán General, 
el qual con su mucha experiencia e inte- 
ligencia de negocios le enteió de todas las 
cosas de Chile y le informó de lo que ne- 
cesitaba prevenir en el Perú, con que co- 
menzó a hazcr leva, tomando para sí una 
compania en que alistó a ciento y sesenta 
y seis soldados, la flor de aquella nobilisi- 
ma ciudad, que todos en competencia por 
venir en compaüia de tan valeroso capitán 
assentaban la plaza en ella, de que fué Al- 
férez Don Rodrigo Gómez de Roxas, y le 
dio la compania dentro de dos meses, y 
la vandera a su Sargento Don Miguel de 
la Lastra y Cárcamo, que después fué 
del habito de Santiago y contador. Juez 
y Oficial Real de la Ciudad de la Concep- 
ción, aviendo servido en la gueiTa y ocu- 
pado los mexores puestos, honrándolos 
con su nobleza y calificados servicios, y 
sirviendo él de contador con mucha lega- 
lidad y christiandad. Los demás capitanes 
fueron Don Audi-cs de Bai*aona y Encimi- 
Ua, el Sargento Mayor Juan de el Casti- 



llo Salazar, Juan Verdugo Pasillas, Don 
Martin de Landa y Zabaleta y Francisco 
Solarte, los quales capitanes trageron cua- 
tiwíentos, toda gente lucida y bien arma- 
da, que cuando pasó muestra con ellos el 
Gobernador en la Concepción causaron 
gi'ande gusto y admiración, jwrque no avia 
enti*ado en Chile por el Peni trojia de 
gente tan grande, tan lustrosa de armas 
de azero y tan escogida. Sin las armas 
que traxo de España, compró en Lima 
cuatrocientas armas, la mitad mosquetes 
y la mitad arcabuzes, mucha pólvora, plo- 
mo y picas, que todo costó noventa mil 
pesos. 

Estando haziendo estas prevenciones en 
Lima, recivió cartas de la Real Audiencia 
de Chile y Cabildo de Santiago, en que se 
le daba cuenta de la continuación de los 
adversos sucesos y quan importante era 
que viniesse presto para su reparo, porque 
estaba a pique de perderse este Reyno 
por aver entrado Lientur y Butapichon y 
aver destruido las estancias de el contor- 
no de la Concepción, quemándolas y lle- 
bándose la gente de ellas, asi españoles 
como indios, y que saliendo el tercio de 
San Felipe de Austria, peleó con él Lien- 
tur y le desvárate y mató y captivo no- 
venta y seis españoles con tres capitanes, 
uno de a caballos y dos de infantería, y 
cantidad de indios amigos,' en elparagede 
las Cangi-egeras, y que aviendo entrado a 
la Imperial el Sargento Mayor Juan Fer- 
nandez Rebolledo y cogido trescientas 
piezas, le quitó el enemigo la presa y le 
mató veinte y ocho españoles, y después 
entró el enemigo en la ciudad de Chillan 
y mató al Corregidor con muchos soldados 
y maloqueó todas las estancias, cai)tivando 
indios y destruyendo los ganados; que en 
Colcurase llebaron la mitad de su reduc- 
ción y mataron al cacique de ella con otros 
indios; que se llebaron un poti'ero entero 



72 



DIEGO DE ROSALES. 



de setecientos caballos y mataron los po- 
trerizos; que se perdió un navio por ir a 
moloquear a Valdivia, y se ahogaron mas 
de trescientos indios y veinte y cinco espa- 
ñoles: todo lo qual causó en Lima grande 
sentimiento y alboroto y en el nuevo Go- 
bernador mayores cuidados, y solicitud en 
prevenir gente, armas y pertrechos, y lo 
que mas le dio que pensar fué escribirle 
que los indios amigos, que son el nervio 
de Ja guerra en estas desgracias, estaban 
mal contentos y con el un pie en nuestras 
tierras y el otro en las de el enemigo y 
algunos con los dos pies, por averse huido 
de nuestras reducciones con sus familias 
al enemigo. Embió de todo esto relación 
al Consexo y de las diligencias que avia 
hecho en Lima, y cómo por las prevencio- 
nes que avia hecho y por la necesidad de 
ellas, avia gastado onze meses en aquella 
ciudad, privándose todo ese tiempo de el 
gobierno por servir mas a su Magestad, 

Luego que llegó a la Concepción previno 
bastimentos para la milicia, porque aunque 
desde Lima avia escrito con ese cuydado, 
no se avia executado nada. Repartió los 
soldados en el tercio de Yumbel y de Arau- 
co, donde embió al Sargento Mayor Car- 
mona, que era gran soldado y muy enten- 
dido en hazer esquadrones, con su compa- 
ftia y ciento y treinta soldados, de los 
quales murieron luego muchos con el 
mismo Sargento Mayor Carmena, estando 
haziendo un esquadron, sin darle lugar el 
enemigo a formarle ni a valerse de su 
ciencia, que para pelear con estos indios 
aprovecha poco. Y fué el caso que un 
mes después que llegó al Reyno el Gober- 
nador don Francisco Lazo, hizo una gran- 
de junta Queupuante, general do la Costa, 
y convocó a Butapichon, gran soldado y 
general de la parte de la cordillera, y 
entro los dos juntaron tres raíl y cuatro- 
cientos soldadoS; los dos mil de a caballo 



y los demás infantes, y marchando con 
gran silencio se emboscaron en Piculue, 
tres leguas de Arauco, y desde allí em- 
biaron a correr doscientos caballos a las 
rancherias de Longolongo y Penguerengua 
a fín de que saliessen los españoles tras 
ellos viendo que eran pocos y de cogerlos 
en la emboscada, y sucedióles como lo 
trazaron, porque aviendo los doscientos 
indios maloqueado las reducciones dichas 
de los amigos y hecho en ellas grandes da- 
ños, se retiraron muy poco a poco, espe- 
rando a que los españoles saliessen en su 
seguimiento. 

Fué un indio amigo de estas reduccio- 
nes a dar aviso al Maestro de campo Don 
Alonso de Figueroa cómo el enemigo en 
numero de doscientos caballos avia malo- 
queado las rancherias de los amigos y se 
iba retirando. Salió al instante el Maestro 
de Campo en su seguimiento con nueve 
compañias, tres de a caballo y seis de in- 
fantería, y llegando a dar vista a los dos- 
cientos indios, los fueron siguiendo y ellos 
huyendo a buen paso hasta meter a los 
españoles en la demboscada, donde reco- 
nociendo el Maestro de Campo la muche- 
dumbre de indios que iban saliendo de la 
montaña para acometerle, aunque no avia 
llegado toda la gente, viendo que era for- 
zoso pelear con los pocos que avian llega- 
do con él, hizo un esquadron de hasta 
doscientos infantes y ciento y treinta do 
a caballo con la prisa que pudo, y esperó 
al enemigo, que como fieros leones que sa- 
lían de la montaña le acometieron con 
gran furia y vocería, tocando sus trompe- 
tas y pensando despedazarlos a todos. Y 
como los españoles le diessen una buena 
rociada de arcabucería y mosquetería, se 
metieron por las valas, tendiéndose unos 
en tierra y otros saltando, sin que les hi- 
zíessen daño ninguno. Solo a un capitán 
que venia delante le acertó una vala en la 



HISTORIA DE CHILE. 



73 



frente y le derribó luego en tierra, y el 
enemigo astuto, viendo a los españoles tan 
fortalecidos y que tenian una barranca 
por costado y no los podian cercar para 
sacarlos de aquel puesto, hi^o que huia y 
los españoles, que ne debieran, pareciéndo- 
les que huian de veras y que ya tenian la 
victoria por suya, dexan el costado de la 
barranca y siguen a los indios, los quales 
al punto revolvieron sobre ellos y derrota- 
ron, matando y hiriendo con gran fiereza, a 
los españoles, los quales se fueron retiran- 
do hasta donde estaba el Sargento Mayor 
Carmona formando otro esquadron para 
faborecerlos y el Maestro de Campo de el 
tercio, Don Antonio de Avendaño, y ce- 
rrando con gran violencia el enemigo con 
unos y con otros, desvárate los esquadro- 
nes con muerte del Maestro de Campo 
Don Antonio de Avendaño, el Sargen- 
to Mayor Carmona, seis capitanes, sie- 
te alféreces, tres sargentos, y por todos 
cuarenta y tres con muertos y captivos, y 
entre ellos al Capitán Juan de Morales, 
que lo era de los indios amigos, gran sol- 
dado y que avia tenido grandes victorias. 
Y aviendo peleado valientemente y defen- 
dídose de muchos indios, le tiró uno como 
garrocha la lanza y se la clavó en los pe- 
chos de el caballo, y como le impidiesse a 
moverse, se vaxó un poco para sacarle la 
lanza, y le dieron por la parte que descu- 
brió de las armas al inclinarse tal lanzada, 
que le traspasaron de banda a banda. 

Mataron siete indios amigos y cogieron 
muchos caballos con grande numero de ar- 
mas y despoxos, desnudando a todos los 
muertos y Uebándose dos cabezas, con que 
cantaron victoria. Y entre los captivos lle- 
baron al teniente Juan Ruiz Cabeza de 



Bacca, alférez Juan Alonso, alférez Am- 
brosio de Espinoza, y mataran y captiva- 
ran muchos mas si no se echaran al mon- 
te muchos luego que el enemigo deshizo 
los esquadrones. Del enemigo murieron 
solos cuatro, y uno de ellos era uii indio 
que venia en un buen caballo y peleó valen- 
tissimamente y con un pie menos. Entre los 
españoles que se echaron al monte, se es- 
tubo uno ocho dias en él, juzgando que 
todos los españoles avian muerto y que el 
enemigo estaba todavia señoreándose de 
la campaña y buscándole los soldados y 
dándole voces para saber donde estaba; 
pareciéndole que el enemigo decia a los 
captivos que le llamassen para captivarle 
también a él, se metia mas adentro, hasta 
que al cabo de ocho dias salió del monte 
caminando de noche y llegó al tercio de 
Arauco, donde le daban vaya por el mie- 
do que avia mostrado, y no menos se la 
dieron a otro alférez, que aviéndose echa- 
do al monte sin pelear, escondió su ves- 
tido y fué desnudo al tercio de Arauco, 
fingiendo que en la pelea le avian capti- 
vado y desnudado los indios, y que por su 
buena maña y industria se avia huido y 
dexado burlado al indio que le llcbaba 
preso. Creyéronlo todos y alabaron su 
valentía, pero fué tan poco entendido que 
el dia siguiente salió vestido con el mismo 
vestido con que salió a la pelea y que avia 
dicho que los indios se le avian quitado, 
con que, cogido en la mentira, era escarnio 
de todos. Y aviendo savido su padre en 
Sevilla, que era hombre noble, la vileza de 
su hixo de averse echado al monte y fin- 
gido que avia peleado y le avian captiva- 
do, y volviendo a su tierra, no lo quiso rece- 
vir en su casa ni conocer por hixo. (1) 



(1) £1 padre Rosales se encontró personalmente en esta batalla i escapó milagrositmente con la vida. Murió 
también en este sangriento combate el famoso capitán i agrimensor Jines de Lillo, que hacia 26 afios ¿habia men- 
surado todas las estancias de Chile (1604). 



74 



DIEGO DE ROSALES. 



Aiuluvo en esta ocasión el Maestro do 
Campo Don Alonso do Figueroa valeroso, 
animando y esforzando a todos, y pelean- 
do en un famoso caballo que le sacó con 
muclias heridas, y él con una que le pasó 
un muslo. Y ubiéranle muerto los indios a 
no ir tan bien armado y a no llebar la mi- 
ra a cogerle con el caballo por codicia de 
verle tan revuelto y tan hermoso. Reco- 
gió la gente lo mexor que pudo y retiróse 
al quartcl a curar los heridos, y avisó al 
Gobernador de el mal suceso, que sintió 
mucho la pérdida de tan buenos soldados 
y trató luego de salir a campaña a castigar 
la altivez de el enemigo; y juntando sus 
fuerzas, llegó con un lucido exercito a Pu- 
ren, causando tanto terror al enemigo, que 
viendo tanta gente y tanto lustre de armas 
no so atrevia acometerle; y porque los in- 
dios dezian que ya no avia españoles y se 
atrevian a intentar quanto querían y sallan 
con ello, hizo ostentación y alarde de toda 
su gente, derramándola por toda la tierra 
a maloquear, abrasar los ranchos y las se- 
menteras y a degollar cuanto ganado te- 
nian. Coxieron a un cacique viexo, padre 
de un indio muy valiente, llamado Guala- 
can, y a otros tres indios. Y en la ciénega 
de Purcn, aunque no salieron a pelear, ha- 
blaron algunos indios pidiendo el padre de 
Gualacan y como no se le dieron echaron 
muchos retos, diziendo que ellos sabrían 
desquitai^sso y quitársele a fuerza de ar- 
mas, que gozasen de su buena suerte, que 
otro dia les favorecería a ellos la fortuna. 

Retiróse el Gobernador al tercio de San 
Felipe a disponer las cosas de la guerra, 
que halló tan caídas, los soldados sin dis- 
ciplina militar, los puestos caldos, la inte- 
ligencia de todo postrada, las armas mal- 
tratadas, que no servian sino de embarazo. 
Y estando en estas ocupaciones tubo nue- 
va como Butapichon y los indios de Puren 
venian a probar la mano con él y ver si 



era tan valiente como la fama publicaba; 
porque la altivez destos indios es tanta 
que a todos desprecian y ninguno les ¡m- 
rece que es tan valiente como ellos. Fué- 
ssc el Gobernador reforzando con esta 
nueva y alegróse de tener ocasión de ver- 
se con el enemigo en campaña y cara a 
cam, que por su grande ánimo y valentia 
hazia poco caso de los indios y no ju7ga- 
ban que eran tan valientes, tan osados y 
tan prestos en executar como en esta oca- 
sión experimentó, y después de ella dezia 
que no habia nación tan belicosa y tan vi- 
zan*a en el pelear como la chilena. Mandó 
al Sargento Mayor que tubiessen centine- 
las a lo largo para salirle al encuentro en 
sabiendo que llegaba el enemigo. 

Pero aunque mas cuydado pusieron las 
centinelas, entró el enemigo sin ser senti- 
do y maloqueó en Coyanco y hizo mucho 
daño, y se llebaba mas de sesenta piezas. 
Llegó la nueva al Gobernador a las onze 
del dia, a los trcze de Mayo, estando en la 
cama purgado, y al punto se levantó sin 
hazer caso de la enfermedad ni de la pur- 
ga, y recogiendo la gente del tercio y la 
demás que pudo, salió dentro de una hora 
que tubo el aviso, marchando en orden 
con cuatrocientos españoles y ochenta in- 
dios amigos; y porque no se le escapassc 
el enemigo, subió a ancas la infantería, lie- 
bando él, el primero, un infante a ancas de 
su caballo; y assi marchó ocho leguas sin 
parar. Y el dia siguiente, quando marcha- 
ban mas dudosos de poder encontrar con 
el enemigo, les salió al camino un indio 
amigo, valiente, llamado Castillanca, y Ic 
dixo cómo avia topado el rastro de el ene- 
migo y que estaba cerca. Siguióle hasta 
las cuatro de la tarde, y pasó el campo a 
vista de el enemigo sin que los españoles 
le viessen, viéndolos él muy bien, porque 
estaba emboscado donde podia ver y no 
ser visto. 



HISTORIA DE CHILE. 



75 




Alojóse cerca el Gobernador por ir ya 
los caballos rendidos de no comer y llebar 
sobre sí dos hombres con sus armas. Y . 
cansado de el camino y apretado de una 
calcntui'a ardiente, se echó el Gobernador 
j^do sobro una darga a tomar algún ali- 
El enemigo, que estaba a la vista y 
» del aloxamieuto de los españoles, 
iscado con cuatrocientos caballos en 
esto que llaman de los Robles, salió 
ran furor y presteza quando los espa- 
acabaron de apeai'se y quitar los 
s a los caballos, y dióles tan repenti- 
furiosa embestida por la retaguardia, 
(esvara tó el campo espafiol y mató y 
a muchos de la primera embestida, 
ido hasta el aloxamieuto de el Gober- 
y quitándole un capoton con el ha- 
e Santiago. La retaguardia española 
la entrado en el aloxamieuto, y como 
ió el enemigo sin reparo de estacada, 
varató luego y no peleó casi 'nada, 
es la compañía de el Capitán Pedro 
rdova, que andubo valeroso y resistió 
^.0 pudo el Ímpetu de el enemigo. Sa- 
lid taego el Gobernador con la compañia 
de los capitanes, que pelearon esforzada- 
mente, y acometiéndoles una quadrilla de 
indios por el costado y otra por la reta- 
guardia, se trabó una sangrienta batalla, 
peleando el Gobernador como un San Jor- 
ge y los capitanes como unos cesares, y ma- 
taron en la pelea, que fué bien porfiada, 
doscientos y ochenta indios de los mas be- 
licosos de la tierra de guerra. Y si la in- 
fantería se ubiora ayudado, ubiera sido 
mayor la' victoria y la mortandad de in- 
dios y menos los españoles muertos, por- 
que por averee ayudado tan poco la infan- 
tería, estubo mucha captiva y entre ellos 
el Capitán Juan Berdugo y otros hombres 
de obligaciones, porque el que las tiene 
pelea en ocasiones tales, y si los demás le 
dexan, como es solo, pereze. Murieron en 



todo veinte españoles y entre ellos un fa- 
moso Capitán llamado Juan Pérez, por 
averie muerto el caballo, y quedaron he- 
ridos mas íte cuarenta, y si no es por la 
caballería degüellan a todos los infantes. 

Siguió el Gobernador con gran corago 
a los indios que escaparon de su furor, y 
por acercarse la noche y estar muchos he- 
ridos se volvió a su quartel, a donde se le 
vinieron aquella noche diez y siete capti- 
vos de los que llebaba el enemigo, y el dia 
siguiente hasta cincuenta, y el Capitán 
Alfon^Q_deJ?illanueva en la pelea quitó a 
los indios un capitán que se llebaban ya 
captivo y con cuatro lanzadas. Fué el dia 
siguiente el Gobernador con toda la caba- 
llería en seguimiento de el enemigo, y como 
iba tan destrozado se retiró cada lobo por 
su senda y no pudo dar con 6\y con que se 
volvió al quartel y de allial tercio de San 
Felipe, dando a Nuestro Señor muchas 
gracias por la victoria, y todo el Rey no se 
la dio y recibió grande contentamiento de 
el buen suceso, pronostictindose otros mu- 
chos buenos, y prometiéndoselos del valor 
y valentia de su Gobernador. 

El enemigo, como se llebó el capoton 
con el habito, aunque en la batalla no co- 
noció al Gobernador, como vio que avia 
muerto a muchos españoles, tubo por cierto 
que entre ellos avia muerto al Goberna- 
dor, y para disculpar la pérdida de tanta 
gente, Butapichon los consoló a todos con 
dezir que todo era poco quanto avia per- 
dido, respeto de aver muerto un Goberna- 
dor y averie quitado el capoton con el ha- 
bito, y le mostraba y trahia de unas partes 
en oti'as por triunfo de su victoria y para 
consuelo de su péi*dida. Y pareciéndoles a 
algunos que se vanagloriaba de la muerte 
que no avia hecho, para certificarse de la 
verdad embiaron unos indios con achaque 
de que iban a tratar de rescates para que 
se informasseu de si el Gobernador era 



76 



DIEGO DE ROSALES. 



muerto, y hallándole vivo volvieron a su 
tierra a dar la nueva y a deshazer la rue- 
da a Butapichon y quitarle la vanagloria. 
Y ubo gnindc llanto en la tieira de el ene- 
migo, porque, como digeron estos mensage- 



ros, murieron muchos indios de cuenta, y 
de los que salieron heridos fueron murien- 
do muchos por el camino y allá en su 
tierra, y otros quedaron sin brazos y val- 
dados. 



^ ■ mem* 



CAPÍTULO XIII. 



Recívesse de Presidente Don Francisco Lazo; saca de San- 
tiago doscientos soldados y viene a la frontera por nueva 
de una junta de siete mil indios. Haze prevenciones; 
empeña a los amigos, que estaban neutrales, y coge lengua 
cierta de la Junta. 



Vaja Don fVancÍBCo Laao a Santiago a recevirse de Presidente. — Leba compaftias. — Sobre apcrcevir los vecinos 
tiene diferencias con loa Oidores. — Compónense las diferencias por nueva que vino de una junta de siete 
mil indios. — Ofrécense todos a ir a la guerra viendo la necesidad. — Saca el Gobernador para la guerra 200 
soldados de Santiago. — Da el bastón de Maestro de campo a Don Femando de Cea. — Hazen diligencia por 
fraber de una conjuración. — Catumalo y los indios de Arauco se oonfederan con los enemigos. — Descubre 
Cofiueman, el alma de la conjuración, que era condicional. — Trata de agasaxar a los amigos y de empeñarlos, 
— Embia a coger lengua. — Visita a los soldados y hállalos moliendo entre dos piedras, desnudos, el trigo. — 
Manda hazer molinos y que les lleven harina. — Hizo suerte la gente que fué a la maloca. — Los ami- 
gos hazen empeños, y con ver al Gobernador tan valiente están resueltos a pelear y ser firmes. — Entra 
el enemigo a hurtar caballos. — Sale tras él Catumalo, quítale la pressa, mata a dos y trahe uno. — Da 
aviso el indio de todo. — Año de 1631. — Sale el Teniente Muela a coger lengua y trahe dos indios. — Da un 
indio aviso de la junta y de sus intentos. — Piden al Gobernador el indio los araucanos para nuitarle a su 
usanza. — Házenle que cuente los valientes de la junta y entierro palitos en un oyó. — Córtanle la cabeza, 
fláoanle el corazón y echan su cuerpo en el camino por donde viene la junta. 



Como entrii el imbierno con las acos- 
tumbradas lluvias^ metiendo por medio el 
montante, determinó vaxar a la ciudad de 
Santiago a recevirse por Presidente de la 
Real Audiencia, y aviendo dado las orde- 
nes necesarias para el repartimiento de 
el Real situado j dexado encargados los 
tercios al Maestro de campo j Sargento 
Mayor, y encargada la vigilancia, se partió 
a primero de Julio para aquella ciudad. 
Después de recerido, entró en consulta 
con la Real Audiencia y el Cabildo para 
comunicar el estado de el Reyno y el or- 
gullo de el enemigo, las cortas fuerzas de 



el exercito, pues con aver trahido cuatro- 
cientos hombres no se hallaba con mas de 
mil y doscientos hombres y entre ellos 
mas de quinientos impedidos, a quienes de 
buena gana borraría la plaza porque no 
ganassen el sueldo sin fruto. Arboláronse 
dos banderas para hazer gente de infante- 
ría y un estandarte para levar soldados de 
a caballo, cuyo capitán fué Don Thomas 
de Ovalle Rodríguez y Manzano, y de las 
de infantería el Capitán Don Alonso de la 
Cerda y Capitán Don Francisco Vene- 
gas (1). Apercivió con consulta de la ciu- 
dad algunos caballeros y a otra gente ociosa, 



(1) Del capitán don Tomas de Ovalle, hijo de don Francisco Rodríguez del Manzano i Ovalle, que trajo un 
gran refuerzo de lanzas en 1600 desde Lisboa, i biznieto por su madre del piloto-almirante Juan Bautista Pastene, 
proceden todos los Ovalles que existen en Chile, porque su hermano mayor i único fué el padre historiador don 
Alonso de OvaUe. Don Tomas era mui joven en 1829 i muríó gloríosamente en acciones de guerra aftos mas tarde. 
— Don Alonso de la Cerda era natural de Baena, sobrino del oidor don Cristóval, de que tenemos dado cuenta. 



78 



DIEGO DE ROSALES. 



que siempre es dañosa a la república. Hizo 
algunos reparos la Real Audiencia sobre 
el sacar la gente de la ciudad de Santia- 
go, que por aver servido tanto en la gue- 
rra a su Magestad y hecho tantos gastos 
en esta guerra, negoció cédula para que 
se sacasen sus vecinos con apremio a la 
guerra. Y ubo varias inteligencias de ce- 
dulas y topes sobre el caso, procurando 
andar siempre juntos los oidores por el 
recelo de alguna violencia, y para obrar 
con cuerpo de Audiencia siempre que la 
necesidad lo pidiessc, y todo se compuso 
con una carta que traxo el capitán Don 
Fernando de Bustamante de el Sargento 
Mayor con aviso de que se avian venido 
dos indios de los que el enemigo llebó por 
Mayo de Coyanco, los quales daban nue- 
va de que estaban haziendo llamamiento 
general de toda la tierra Queupuante, 
Butapichon y Lientur, con intento de en- 
trar el verano con siete mil indios a llebar- 
se los tercios y concluir de una vez con 
los españoles, y avisando que los tercios 
estaban faltos de armas, caballos, gente, 
cesaron las differencias y oposiciones sobre 
el sacar o no los vecinos, porque viendo la 
giave necesidad que avia de socorrer con 
gente a un aprieto tan grande y que ame- 
nazaba a todo el Reyno, todos se offrecie- 
rou a ir a la guerra y los que lo podian 
cstorvar vinieron en ello. 

Dispúsose que dos caballeros de el Ca- 
bildo nombrassen las personas que podian 
ir a la guerra con menos incomodidad de 
la ciudad, y atendiendo a la necesidad 
presente y a no dexar la ciudad desman- 
telada, nombraron cincuenta, y por causas 
que después se representaron dcxó veinte, 
y aunque el numero fué corto, como los 
vecinos son ricos y ostentativos, llcban 
consigo mucha gente que sustentan a su 
costa, y con esa y ciento y cincuenta sol- 
dados que levaron las tres compañias, 



entraron aquel año de Santiago mas de 
doscientos soldados en la guerra. Y el 
Gobernador, aviendo llegado a la Concep- 
ción, pasó luego a Arauco, llebado de el 
mayor cuydado que se le offreció en todo su 
gobierno: dio el bastón de Maestro de cam- 
po general de el Reyno a Don Fernando 
de Cea, que ya lo avia sido, como queda 
dicho en los capitules pasados ' y hecha 
mención de su valentía y ventura en la 
guerra, que le obligó a Don Fmncisco La- 
zo a sacarle de la paz y a valerse de él 
para la guerra que le amenazaba de siete 
mil indios que se iban juntando, y la ma- 
yor fué el aver entendido que los amigos 
de Arauco estaban confederados con el 
enemigo, llizicron el Gobernador y Don 
Fernando de Cea las diligencias debi- 
das por certificarse de el caso, y ya con 
dádivas y ya con el vino que los alegra, 
calienta y haze descubrir los secretos, vi- 
nieron a averiguar que el mayor amigo, 
el indio mas valiente, el mas practico en 
la guerra y de mayor importancia para los 
españoles, que se llamaba Catumalo, rico 
y poderoso, que tenia unas diez y ocho 
mugeres, que en eso ponen estos indios su 
riqueza y su estimación, con otros muchos 
que le obedecian, estaban confederados 
secretamente con Queupuante y Butapi- 
chon, enemigos, y tenian trazado de que 
en llegando ellos con la junta de siete mil 
indios a pelear con los españoles, se harían 
todos a una y los acabarian. Dióles mu- 
cho cuydado el t^ner los enemigos dentro 
de casa, y averiguada mexor la conjura- 
ción, supieron de algunos indios confiden- 
tes, principalmente de un valiente y fiel 
amigo llamado Coñueman de Toupen, eu 
Lavapió, el qual se descubrió al Padre Pe- 
dro de Torrellas, misionero de la Compa- 
ñía de Jesús, y que trabaxaba gloriosa- 
mente en la conversión de aquellos indios, 
a quien dixo Coñueman y luego lo volvió 



HISTORIA DE CHILE. 



79 



a referir delante de el Gobernador, que 
em verdad que Catumalo y otros estaban 
confederados con el enemigo, pero que 61 
sabia el alma de la cosa porque se la avian 
comunicado como a capitán de su gente, 
y que la confederación era condicional, 
que si a los españoles les iba mal con 
aquella junta y quedaban vencidos, se ha- 
rían ellos de parte de el enemigo, porque 
si se vian sin el amparo de los espaüolos 
no podrían resistir a tanta fuerza, y para 
conservar las vidas y sus familias les avia 
de ser forzoso arrimarse al vencedor, pero 
que si los españoles salian vencedores y 
resistían con valor al enemigo, nunca se 
volverían contm ellos. Y la verdad era que 
avia muchos indios disgustados y mal con- 
tentos por los trabaxos y ocupaciones con- 
tinuas en que los traian fatigados los es- 
pañoles y que ese sentimiento les criaba 
tan malos pensamientos. 

Oido esto, el Gobernador y el Maestro 
de campo determinaron de acariciar y 
desagraviar a los indios y de empeñarlos 
con el enemigo, para affixarlos en nuestra 
amistad, y les pareció que no era justo 
proceder a castigo, sino procurar vencer 
al enemigo y echar por delante a los ami- 
gos y procurarlos conservar, poixjue sin 
ellos no se puede hazer la guerra, y para 
que se empeflassen con el enemigo y se 
supiesse de la junta que estaba, dias avia, 
en silencio, embió el Gobernador trescien- 
tos indios amigos al valle de Ilicura a co- 
ger lengua con cincuenta españoles a car- 
go del capitán Felipe Rangel, capitán de 
los indios amigos y gran soldado, y mien- 
tras tenia lengua se ocupaba en reconocer 
los pasos de la Albarrada, que es una cié- 
nega muy pantanosa que ciñe como mura- 
lla fuerte el Estado de Arauco, y otro 
pantano que cerca a los indios amigos de 
Lavapié. Visitó el fuerte de Lebo, que está 
de Arauco ocho leguas hacia la tierra de 



el enemigo: liallóle caído y maltratado, y 
mandóle reedificar de tapias y cubrir de 
texa, y desterró las empalizadas y paxa 
de que se cubría, y lo mismo hizo en los 
fuertes de Colcura y de San Pedro. Re- 
paró el castillo de Arauco y hizo galeras 
a los soldados, y entrando a ver sus ran- 
chos y aloxamientos, halló a algunos sol- 
dados moliendo el trigo que les daban de 
ración, porque no les Ueban harina ni avia 
donde moler el trigo. Y assi los pobres 
soldados, para aver de comer un bocado 
de pan, le comian con el sudor de su ros- 
tro, remudándose los caniaradas por dias, 
y moliendo cada uno el dia que le tocaba 
la ración suya y de los otros entre dos 
piedras a mano, desnudos de medio cuer- 
po arriba, por ser tan grande el trabaxo y 
el sudor que con la fuerza de moler a ma- 
no hazian, que no podian consentir ropa 
encima. Compadecióse grandemente de ver 
que soldados de el Rey tan honrados 
y tan trabaxados en la guerra no tubies- 
sen un bocado de pan que comer que no 
les costasse su sudor, y que si comian el 
trigo cocido, les causaba graves enferme- 
dades, porque comiéndole mal cocido y 
con la priesa de los soldados, les inchaba 
el vientre. Puso grande calor y eficacia 
para que se hiziessen molinos y se les Uc- 
bassen a los soldados harina, con que les 
hizo grande bien y se lo agradecieron in- 
finito, porque con su cuidado en esta par- 
te desterró las piedras de moler que tan 
molidos tenian a los soldados. 

Volvió la gente que fué a coger lengua 
y tragerou veinte y una piezas de indios y 
indias y cincuenta y un caballos; hallaron 
las caserías do Queupuante solas porque 
él avia dias que estaba la tierra adentro 
convocando la junta, según lo declararon 
dos mugeres y cuatro hixas que le cogie- 
ron, y que ya venia; pero que como era 
tan grande y compuesta de tantas parcia- 



80 



DIEGO DE ROSALES. 



lidades, se retardaba su marcha. Los ami- 
gos lo hizieron mexor que el Gobernador 
pensaba de ellos y hizieron grande empe- 
ño con el enemigo, y algunos que avian 
declarado contra las cabezas digeron que 
los indios estaban parte disgustados por 
verse trabaxados y parte temerosos por 
ver las pocas fuerzas que tenian los espa- 
ñoles y los malos sucesos que avian tenido 
los años pasados, y que como avian visto 
al Gobernador tan halentado y valiente y 
que avia trahido tanta gente y tan lucida, 
estaban contentos y avian desechado el 
temor al enemigo y el recelo de verse su- 
getos a su poder: que de los dos, mexor se 
hallaban con los españoles, y a mas no 
poder se querían confederar con los ene- 
migos si venciessen, pero que avian de ha- 
zcr todo su esfuerzo por vencerle, tenien- 
do el ayuda de un Gobernador tan soldado 
y valiente. 

Mucho quietó los ánimos de todos este 
buen suceso y el saber el buen corazón de 
los indios, y el Gobernador cobró nuevos 
halientos, y su ocupación era tener las ar- 
mas bien dispuestas, los soldados discipli- 
nados, los caballos en parte segura y a 
punto, porque con los avisos continuos que 
avia no se puso duda en lo que sucedió. 
Vispera de pascua de Navidad llegó el ene- 
migo hasta la ranchería de Catumalo, que 
dista un cuarto de legua de el quartel de 
Arauco, y se llebó algunos caballos y el 
que tenia atado Catumalo a la puerta; 
echóle menos al alba, y mas valiente que 
soldado, con algunos que le siguieron a la 
desliada partió en el alcance de el enemi- 
go. Cogióle el rastro y le siguieron hasta 
treinta indios amigos. Llegó el arma al 
quartel, y el Gobernador, reprehendiendo 
el desorden, fué con su compañía hasta la 
Albarrada haziéndoles resguardio, donde 
tubo aviso que los enemigos avian sido 
cinco ladrpncillos y que les avia dado al- 



cance Catumalo y les avia quitado la pre- 
sa, muerto a dos y que trahia vivo uno. 
Embióle el Gobernador cincuenta arcabu- 
ceros y dio la vuelta al quartel, y Catu- 
malo traxo a la noche dos cabezas y el 
indio vivo, el qual declaró cómo la junta 
venia ya marchando y que les avian em- 
biado a hurtar caballos y a saber si el 
Gobernador estaba en Arauco y qué pre- 
venciones hazia. Volvió a tener silencio la 
junta porque venia despacio, y ubo pare- 
ceres de que no vendría, porque hasta res- 
catar Queupuante sus mugeres y hixos 
juzgaban que no haría guerra; otros, que 
tendría noticia de que el Gobernador es- 
taba en el Estado y torciendo el camino 
daría en las fronteras de Yumbel y dexa- 
ría las de Arauco : que no dio poco cuyda- 
do al Gobernador, que si enderezan allá 
quando toda la gente avia concurrido a 
Arauco, hallan la tierra sola y indefensa 
y la destruyen como señores de el campo. 
Volvió a embiar a cuatro de Enero de 
1631 al Teniente Estevan Prado dé Mue- 
la con veinte españoles y doscientos ami- 
gos, con orden de que en cogiendo lengua 
se volviessen desde qualquier parage que 
la cogiessen, y si no la hallaban malo- 
queassen a Ilicura para cogerla. A tres 
dias de despachados volvieron con dos in- 
dios .que cogieron cerca de Ilicura, que 
eran corredores de la junta, y de tres se 
les huyó imo en Lebo, aviéndole cogido 
con los otros dos. Averíguóse que los ami- 
gos le avian dado mano para que se hu- 
yesse, que debió de encontrar con algún 
pariente y le faboreció. Uno de los cogi- 
dos, que era indio mayor y práctico, exa- 
minado dixo que la junta quedaba tres 
leguas de Ilicura y dentro de cuatro da- 
ría en Arauco; que él se avia adelantado 
a reconocer los caminos al abrigo de ella 
con poca gente, juzgando que los amigos 
estarían muertos con la nueva cierta que 



HISTORIA DE CHILE. 



81 



tenían de que venian, porque no era junta 
ordinaria ni de poca gente, sino de siete 
mil indios, que avia casi un año que se 
juntaban a costa de mucha chicha y car- 
neros de la tierra que avian gastado los 
generales de la junta, Butapichon, Queu- 
puante y Lientur. Preguntáronle si sabian 
esos generales que el Gobernador. estaba 
en Arauco con tantos capitanes y españo- 
les y tantos indios amigos, y si sabiéndolo 
revolverían, a que respondió que antes, 
por saber que estaba alli el Gobernador, 
seria mas cierta su venida y que no du- 
dassen de que avian de morir todos los 
españoles, porque no podia tener el Go- 
bernador fuerzas para resistir a las que 
Tenían y a tan grandes generales y tan 
valientes, y que Queupuante venia jura- 
mentado de no volver hasta recobrar sus 
mugeres y Uebar a los españoles y españo- 
las para que le sírviessen de esclavos, y 
todos venian prevenidos con sogas para 
amarrar españoles para Uebar a sus tierras 
y para dexar a los de poca importancia 
amarrados a las estacan de el malar. Que 
no era menos que esta la arrogancia y so 
berbía con que venian estos barbaros. 

Aviendo dado este indio razón de todo, 
como mostraba ser valiente en su modo de 
hablar y su arrogancia, se le pidieron al 



Gobernador los indios de Arauco que avian 
sido indiciados pam matarle a su usanza 
y mostrar su lealtad, ensangrentando*, sus 
toquis y sus lanzas en su sangre para ani- 
marse a pelear. Diósele el Gobernador y 
juntáronse mas de seiscientos indios con 
sus lanzas y indias y viexas, con tan gran 
concurso que cubriau la campaña a ver 
aquella gran fiesta, que no la ay para ellos 
mayor que ensangrentarse en la sangre de 
un indio y matarle con sus acostumbradas 
ceremonias. Metiéronle en medio de la 
junta atado y hiziéronle que hiziesse un 
oyó y en él fuesse echando palitos y nom- 
brando a cada uno los valientes de la jun- 
ta que venia y los enterrasse en el oyó en 
señal 'de que ellos los avian de enterrar y 
matar a todos, y luego le dieron con una 
porra en la cabeza y se la cortaron y pu- 
sieron en un palo, y sacándole el corazón 
le repartieron a pedazitos entre todos pa- 
ra que se le comiessen, y untaron con su 
sangre los toquis y las lanzas, animándose 
con eso a pelear y echando el miedo fuera 
batían con los pies fuertemente la tierra, 
que la hazian temblar, y arrastrando el 
cuerpo de el miserable házia el camino por 
donde avia de entrar la junta, le dexaron 
alli para que se le comiessen los perros y 
las aves. . 



■ I f te o fci ■•■ 



CAPÍTULO XIV. 



De la insigne victoria de Don Francisco Lazo de cinco mil 
indios de Arauco. Los que mató y los prisioneros que 
hizo. 



Embia el Gobernador a llamar al Sargento mayor con en gente. — Haze reeefía y hállase con 800 espafioles y 700 
amigos. — Confiesan y comulgan, y ofrecen el suceso al amparo de la Virgen y un rico manto. — Vuélvese 
Lientur con dos mil indios por algunos agüeros. — Haze burla de Lientur Butapichon por s<is agiteros. — 
Alóxase la junta cerca de Arauco, en Pitaco, y reconoce de noche Butapichon. — Son de parecer Queupuante 
y los mas que den el asalto de noche. — Repúgnalo Butapichon y tiénelo po? poca honra. - Fue misericordia 
de Dios que no diesscn de noche. — Visita las postas y los batidores el Gol)cmador. — Dispone aquella noche 
todas las cosas para la pelea. — Muéstrase el enemi¿^o y sale el Gobernador en busca suya. — Pelea R-tngel 
con una quadrilla, mata seis y trahe dos vivos, y siente el Gobernador el desorden. — Examinan loe indios y 
dizen que la caballería enemiga se muestra para sacar a los españoles. — Ck^mpetencia de los capitanes por la 
manguardia. — El Capitán Don Thomas de Ovalle pleitea la manguardia valeroso y sale con ella. — Disponen 
los dos exercitos lo necesarío ])ara acometerse. — Acométense los dos cgercitos4^ una. — Revuelve la caballería 
española. — Detiénelos el Gobernado* / házelos acometer segunda vez. — Derrotan al enemigo y cantan 
victoria. — Muertes, captiverios y despojos. — Importó el estar e' Gobernador en ^a retaguardia que tomó de 
industria. — Siguen el alcance con concierto. — Repariiolon \ declaración de loe prisioneros. — £1 gozo que 
hubo entre los e8X)añoles y el llanto de los indios. — Arcabucean un indio gran cosario que se cogió. 



Con la declaración de el indio que los 
amigos quitaron la cabeza, einbió el Go- 
bernador a mandar al Sargento Mayor de 
el Reyno que se viniessc al Estado de 
Arauco con cuati'O compañias de a caballo 
y algunos infantes, y que la demás gente 
quedasse en guardia de aquelhis fronteras, 
con vigilancia por lo que pudiesse suceder. 
Despachó también por cien indios de los 
amigos de Talcamavida, y puso en cobro 
los potreros, y hizo venir a todas las indias 
y chusmas de las reducciones de los ami- 
gos al abrigo de el quartel con dos fines, 
como prudente general: el uno, de abri- 
garlas y defenderlas de el enemigo, y el 
otro, de tenerlas junto a sí para quitar 
algún mal pensamiento y la ocasión de él 
a los amigos, porque no se hiziessen de 
parte de el enemigo ni tubicssen sus fami- 



lias en parte donde se la^ pudiesen Uebar. 
Llegó el Sarjento Mayor Juan Fernandez 
a Arauco a onze del mes con los amigos y 
españoles, y el Gobernador hizo reseña 
general y se halló con ochocientos españo- 
les, todos bien armados y con azeros de 
pelear y con setecientos indios amigos, y 
animándolos con un cuerdo razonamiento, 
les dio las ordenes que se avian de guar- 
dar, y la última que todos se confesassen 
y armassen con los Santos Sacramentos, y 
por todo el Reyno mandó hazer muchos 
sacrificios y oraciones para tener a Dios 
propicio. 

El resto de este dia se ocupó en confe- 
siones y el siguiente en comuniones gene- 
rales, que se hallaron en esta ocasión ocho 
clérigos y religiosos en Arauco. Y enco- 
mendó muy de veras, para alcanzar victo- 



HISTORIA DE CHILE. 



83 



ria, aquel suceso a la Santísuna Virgen, 
ofreciendo un rico manto, que dio después 
a una devota imagen que los Padres de la 
Compañia tenian en su iglesia: la alcanzó, 
que acciones tan pias le merecieron tan 
señalada victoria como tubo de siete mil 
indios con solo mil y trescientos de su 
parte: verdad es que en el camino se 
volvió Lientur con dos mil indios por di- 
ferencias que tubo con los otros dos gene- 
rales y por algunas abusiones con que, co- 
mo tan gmnde agorero, temió la desgracia 
que le sucedió, porque le siguieron algu- 
nos dias grasnando algunos buitres y galli- 
nazos, que son aves que se juntan y pareze 
que güelen los cuerpos muertos, aun antes 
de morir según ellos imaginan, y vio pasar 
algunas zorras por entre el exercito y 
otras señales y agüeros de que ellos liazen 
mucho caso, particularmente en estas oca- 
> siones de guerra, para emprenderlas o de- 
xarlas. Levantóse en el campo un gran 
rumor y dividióse todo él en diversidad de 
opiniones sobre si se proseguiria o no la 
jornada, y no pudieron convenirse en esta 
diferencia de pareceres; y assi siguiendo 
dos mil indios la parte de Lientur, se vol- 
vió con ellos a sus tierras, juzgando que las 
señales que avian visto eran muy funestas 
y pronósticos ciertos de desgracias que no 
podian parar sino en grandes males. 

Riyóse Butapichon de esta que juzgó 
vegcz o demasiado temor sin fundamento, 
porque dixo que las verdaderas señales de 
vencer no eran otras que la buena dispo- 
sición de los generales y la gallarda re- 
solución de los soldados, acompañada con 
la destreza de las manos. Y assi, aunque 
vio que Lientur le avia faltado y vuóltose 
con toda su gente, y que por sor tan gran 
soldado le debia ecliar menos, no desmayó 
ni dexó de proseguir su jornada, parccién- 
dole que el solo con Queupuante bastaban 
para acabar con los españoles. Marchó 



házia Arauco y plantó su gente en Peta- 
co, medio cuarto de legua de el castillo de 
Arauco, y él fue de noche con una qua- 
drilla a reconozer lo que hazian los espa- 
ñoles y a ver si hallaba lengua o caballos 
para la campaña. Persuadíanle Queupuan- 
te y los mas experimentados soldados que 
diesse el assalto con toda la gente de no- 
che, porque los españoles estarían dur- 
miendo y descuidados, y las mexores suer- 
tes que avian hecho avian sido en tales 
ocasiones, que primero que despiertan y 
toman las armas y se ponen en orden, ya 
están muertos y desvaratados, y la confu- 
sión los turba y la oscuridad de la noche 
no les dexa hazer puntería con sus arca- 
buzes. Pero haziendo el bárbaro punto y 
reputación del caso, respondió a todos 
diziendo: "Que no quería que se digesse 
que Butapichon avia embestido como co- 
mo cobarde, de noche y estando su ene- 
migo descuidado; que él quería aguardar 
al dia y que se viessen las caras y no se 
matassen unos a otros con la obscuridad 
de la noche; que quería esperar la luz del 
dia para que el sol fuesse testigo de su 
gran valor, y que la presa la tenia segura, 
y quería dar de dia para escoger los me- 
xores españoles para criados y mexores se- 
ñoras y indias para mugeres, y la chusma 
de poca importancia dexarla atada a las 
estacas del malar." Y fué gran misericordia 
de Dios que no se moviesse este bárbaro 
a embestir de noche, porque a juicio de 
todos, si embiste de noche, pone a pi- 
que de perderse Arauco y todo el Rey- 
no, porque su fuerza era grande, la confu- 
sión de la noche muy a proposito para 
ellos, y que los españoles no sabian 
aquella noche que estaba ya sobre ellos, 
y aunque las postas y los oficiales estaban 
en vela, los soldados dormian. Y el Go- 
bernado)', por averse tocado arma a las 
ocho de la noche, salió en persona con bien 



k . 



84 



DIEGO DE BOSALES. 



pocos soldados y con mucho riesgo a reco- 
nocer las postas, centinelas y batidores, 
que aunque tenia buenos y vigilantes mi- 
nistros, como tan gran soldado lo queria 
ver todo por sus ojos y no fiarse de dili- 
gencias agenas. 

Volvió el Gobernador al castillo, visitó 
la muralla, y recogido a su aloxamiento 
tubo junta de guerra, dio orden a los ayu- 
dantes que todos tubiessen sus caballos 
ensillados y enfrenados y estubiessen ar- 
mados los soldados en sus banderas y los 
capitanes de los amigos con su gente a 
punto de pelea; y al amanecer se tocó arma 
viva en el quartel, y se mostró el enemigo 
distante de él dos o tres cuadras, a la vis- 
ta de los centinelas, y el Gobernador fué 
echando la gente ftiera de el quartel para 
marchar en busca de el enemigo, despa- 
chando por delante los indios amigos con 
sus capitanes españoles y siguiendo la ca- 
ballería y infantería española. El Capitán 
Felipe Ranger, que iba delante con un tro- 
zo de indios amigos y era hombre alenta- 
do y de arroxo, viendo desmandada una 
tropa de enemigos no se pudo contener sin 
cerrar con ellos y trabar escaramuza y en 
un instante les mató seis indios y vino con 
dos vivos al Gobernador, el qual sintió 
gravemente que sin orden ubiesse acome- 
tido y le quiso cortar la cabeza; pero como 
le digeron todos que era tan gran soldado 
y que semexantes atrebimientos en tales 
ocasiones se deben disimular y mas avién- 
dolo hecho tan bien que habia trahido len- 
gua, se desenojó y le honró alabando su 
valentía. Examináronse brevemente los in- 
dios y digeron que la caballería de el 
enemigo era la que se mostraba alli cerca 
para sacar fuera de el quartel el campo 
español y los demás quedaban cerca para 
embestir luego que saliesse el Gobernador, 
y que la noche antes avia dado vuelta a la 
estacada Butapichon y visto el Goberna<lor 



rondar las postas y vatidores, y que Queu- 
puante y otros avian sido de parezer 
que cerrassen de noche y diessen en los 
amigos y su chusma que estaba fuera de 
la estacada y Butapichon lo avia repugna- 
do haziendo presunción de dar de dia. 

Ordenó el Gobernador la marcha con 
las compañias de infantería española, que 
gobernaban los capitanes Don Ambrosio 
de el Pulgar y Don Martin de Zabaleta, 
y las de a caballo que regian los capita- 
nes Pedro Muñoz, Don Juan de Adaro, 
Pedro de Córdova y Don Thomas de Ova- 
lie. Y en la retaguardia iba el Goberna- 
dor con su lucida compañía de capitanes 
reformados, que con el resplandor de las 
armas y lo lucido de sus personas, deslum- 
hraban al bárbaro arrogante que quedó 
pasmado aunque no acobardado de ver tan- 
ta vizarria, y con la vana confianza que 
trahia de hazerlos a todos despoxo de su 
arrogancia, mas se le encendía el deseo al 
ardor de tantas luces. Pretendió cada uno 
de los capitanes vivos, avivando mas sus 
halientos, ser el prímero en las demostra- 
ciones de su valor y Uebar la manguardia, 
y aviéndolo alcanzado de el Gobernador 
uno a quien no le tocaba, salió gallardo al 
opuesto el capitán Don Thomas de Ovalle, 
por tocarle a él aquel dia. Y representan- 
do al Gobernador sus ardores, su derecho, 
el honor de su compañía y el duelo y 
honrado sentimiento de sus soldados, y 
que ni él ni ellos estimaban las vidas, ni las 
querían sino para ponerlas al mayor ries- 
go en servicio de su Rey, gozoso el Go- 
bernador de ver tan honrada competen- 
cia, ordenó que tomasse su puesto, en que 
lució conforme a sus obligaciones, matando 
y destrozando indios como un Héctor. 
Marcharon, y llegando a Petaco a vista 
de el enemigo, mandó el Gobernador a 
trescientos indios de lanza, porque como 
estaban tan amilanados no pusíessen la mira 



HISTORIA DE CHILE. 



85 



en escaparse a caballo, sino que cada uno 
peleasse hasta morir, poniendo entre estos 
indios arcabuzeria y mosquetería que los 
abrigasse, con lo qual dio orden al Maes- 
tro de campo y al Sargento Mayor que 
diessen el Santiago. Hizo también lo mis- 
mo el enemigo y mandó Butapichon y 
Queupuante que se apeassen gran parte 
de su caballería, y con la restante caballe- 
ría guarneció los costados de su infantería. 
Dispuesto ya de una y otra parte lo nece- 
sarío para la batalla, los generales de 
una y otra parte, animando a su gente, 
dieron señal para la batalla mandando 
tocar las caxas y trompetas, y apelli- 
dando los christianos a Santiago y los 
barbaros al Pillan, se trabó la batalla 
con tanto Ímpetu de el enemigo que hizo 
Tolver las espaldas a nuestra gente de a 
caballo, metiéndose por las balas y por las 
picas. Mas halló las espaldas bien guarda- 
das con la infantería y con el Gobernador 
y su compañía de capitanes que estaban 
bien armados de todas armas, y mas de 
honradas las obligaciones en la retaguar- 
dia, y viendo el Gobernador que la caba- 
llería iba retirándose a espaldas vueltas 
los detubo con la espada en la mano y 
poniéndose delante de ellos les dixo en 
voz alta: ¿A dónde está, españoles, la re- 
pntacion de su Magestad? Y el valor espa- 
ñol para cuándo es? Ea! valientes soldados! 
o raorír o vencer! y sin que fuesse necesa- 
ria ^tra diligencia, dieron los españoles la 
segunda acometida con tanto esfuerzo, que 
aviéndose entreverado las picas de unos y 
de otros y metídose los enemigos debajo de 
los caballos con espantoso arroxo, los apre- 
taron la infantería española por la frente 
con espesa arcabucería y la caballería a 
los costados unida y reforzada, de suerte 
que los liizieron huir, matando y hiriendo 
indios con gran valor, derrotándolos de 
unas partes en otras, metiéndose en las 

HIST. DE CHIL. — ^T. ni. 



montañas y maleza para guardar las vidas 
de el furor español. Cantó victoria el 
campo español y fué de las mas insignes 
que ha tenido este Reyno, porque con 
ella comenzó a levantar cabeza y a reso- 
llar de tantas desgracias pasadas, y se ma- 
taron en ella mil y cuatrocientos, y se sa- 
caron de el monte ciento y setenta y tres 
vivos, los mas caciques principales, que los 
cercó el Capitán Parra y los fué sacando 
sin que se escapasse ninguno. Cogiéronse 
mil y quinientos caballos ensillados y en- 
frenados, todas sus armas, ropa y otros 
despoxos con que quedaron los indios 
amigos bien pertrechados. 

Importó mucho el averse puesto de in- 
dustria el Gobernador en la retaguardia, 
assi porque tubo nueva que por ella avian 
de acometerle dos mil indios como para 
detener a los amigos que no huyessen como 
lo suelen hazer, y valió el estar alli para 
esforzar a los españoles quando al prí- 
mer Ímpetu de los enemigos volvieron 
las espaldas, porque animados con sus pa- 
labras y avergonzados con su vista, vol- 
vieron a acometer con el valor y esfuerzo 
dicho. Y al tiempo que el enemigo huyó, 
le fué siguiendo, sin consentir que se de- 
sordenasse ninguno, porque comoavia tan- 
ta multitud de indios, receló y con razón 
alguna emboscada, y tubo por mexor que 
se mataran cien indios menos que no dexar 
blanco a algún mal suceso. Siguiéronlos 
hasta los pantanos de la Albarrada, donde 
se mataron muchos porque se empanta- 
naban, y por darse prisa a pasar aquellos 
malos pasos pasaban unos sobre otros, de- 
xando caballos y armas por huir y echai-se 
al monte con mas desembarazo. 

Murió de nuestra parte solamente un 
indio amigo, que le mató uno de los nues- 
tros por desgracia, juzgando que era ene- 
migo. Con los prisioneros, como fueron 

tantos y entre ellos ubo indios de mucha 

6 



8G 



DIEGO DE ROSALES. 



importancia, se rescataron muchos cliris- 
tianos captivos: los demás repartió en los 
tercios, fuertes y en la ciudad do la Con- 
cepción, para que sirviessen en las obras 
de el Rey, y a Lima embió sesenta para 
que remassen en las galeras. Declararon 
estos prisioneros que el intento con que ve- 
nia la junta era acabar con los españoles, 
y que generalmente tenian assentado este 
trato con toda la tierra, y apoderados de 
todo el Reyno, entregar los puertos a los 
holandeses y otros cosarios, con designio de 
que su Magestad no pudiesse recuperarlos, 
porque los holandeses les avian prometido 
de librarlos de la opresión de los españo- 
les y disponer el sacar oro de las minas 
de modo que ellos no trabaxassen, porque 
traherian negros de Angola para todas las 
ocupaciones de trabaxo y ellos se estarían 
en sus tierras comiendo y bebiendo y des- 
cansando, y esto les avia hecho grande ar- 
menia a los indios, y esto le movió al Go- 
bernador Don Francisco Lazo a solicitar 
con su Magestad y con el Virrey que se 
anticipasse la población de Valdivia, por 
su grande importancia para sugetar estos 
indios y por ser el puerto mexor de esta 
costa y a donde tenian i)uesta la mira 
todas las naciones enemigas do la corona 
de España. 

Fué indecible el contonto que ubo en 
todo el lleyno por la nueva de tan gran 
victoria, en que estubo todo su reparo. 



Ilizicronsse fiestas en acción de gracias y 
procesiones, y en la Concepción estubo el 
Señor descubierto ocho dias antes, y el 
último del octavíirio sucedió la buena 
suerte. Recivieron en Arauco y en la Con- 
cepción al Gobernador con Te Dcum 
Lníulamm, y aclamándole por restaurador 
de la patria y dándole muchos pambiencs; 
y al contrarío en la tierra de el enemigo 
todo fue llantos, lágrimas y suspiros: las 
mugeres por los maridos, los padres por los 
hijos y los hijos por los padres, y grande 
sentimiento por los muchos que llegaron 
heridos y por la pérdida de tantos caba- 
llos y hazienda, con que el enemigo no 
hizo juntas ni alzó cabeza en muchos años. 
Entre los indios que sacó el capitán Do- 
mingo de la Parra de el monte, aprisionó 
un gran cosario cacique, que era en Lon- 
go-Longo amigo nuestro antes, el qual se 
llamaba Culamanque, que significa Tres 
condores, ave muy voraz, Y este indio lo 
fué mucho de carne humana, porque sien- 
do amigo se huyó a los enemigos y como 
señor de los caminos y de la tierra hizo 
grandes daños y muclias muertes, y assi, 
})ara que pagasse sus delitos y sirviesse a 
otros de escarmiento, luego que le cogie- 
ron le arcabucearon. Fué esta memorable 
batalla a treze de enero de 1631, y luego 
a los veinte y siete del mismo mes salió a 
hazer una campeada de que dirá el capi- 
tulo siguiente. (1) 



(1) TeBÜlo, como uno do los Jefes del cjórcito ilc I^azo do la Voga, roñero con intoresantefl pormenores esta 
gran l)atalla, la mayor i la mas feliz do la conquista, en (juo se halló presente. 8u relación (pájs. .30 i 40) coincide 
en todo con la de Rosales, ((ue fuó también testigo. Córdoba i Kigtieroa i Olivares lian seguido a Tesilla 

\jo (|ue se |x»ne en claro, leyendo estas relaciones, es que los indios, cuyo número esos cronistas hacen subir s 
ftietü mil (de los cuales cinco mil montados en excelentes caballos), se sintieron oojidos de un súbito pánico s 
consecuencia do haber sido heridos sus jcuerales i caudillos Hutapichon i Queupuantc. Tesillo acusa a iHitos do 
cobardes, esi>ecialmente al primero *'qne era grueso i i>08ado," pero (pie montado en un magnilico cabaUo huyó do 
lijera i temprano. 

Según Tesilhs los nmcrtos fueron ochocientos doce, i los cautivos (quinientos ochenta: total, 1392. Ningún 
herido. — Tesillo, conforme en todo con Rosales, alirma c^ue en esta matanza solo muri<) un indio amigo; pero 
Olivares i Córdoba hablan de dos españoles i cuatro indios amigos muertos (C^órdoba, páj. 225 — Odvaros, 381). 

C()rdoba dice que en su niñez habló muchas veces con un capitán viejo <pie vivía en Chillan i se habia encon- 
trado en la All>arrada. 



CAPÍTULO XV. 



Como entró en Puren y por maloquear sin orden quitó las 
piezas a los soldados. Vaxa a Santiago y tiene algunos 
topes por defender su jurisdicción. 



Entra el Gobernador a campear a Puren, — Despacha el Gobernador una viexa con un mcnsage a los indios para 
qne den la paz. — Va el Sargento mayor a Cnlacura. — Adelántase y sospechan los capitanes y soldados que 
quiere hazer solo la maloca x>or llcbarsc los provechos. — Maloquean los soldados sin orden del Sargento 
mayor con el do sus capitanes. — Quítales el Gobernador las piezas por el desorden. — Offrcce las piezas a los 
do guerra para que den la paz. — Embia Procurador del exercito a la Corte, y negocia para si un gobierno 
y nada para el exercito de la gente que deseaba. — Llegó el situado y repartióle con cuidado. — Procuró que 
los soldados no jugassen el socorro y que se vistiessen bien. — Manda estropear a uno porque jugó los aforros 
de los calzones. — Redifica los fuertes do tapias y texa contra el fuego. — Rediíica la estancia de el Rey. — 
Haze casas reales para los gobernadores. — Destieira a un vecino Fuenzalida y házese aborrecer. — La noble- 
za de Santiago mas se lleba de cortesias que de rigores. — Defiende la Audiencia a los vecinos de Santiag*» 
para que no los saquen a la guerra. — Captiverio de Guilipangui y sus zelos. — Húyesse a Puren. — Anima a 
los suyos para hacer una entrada por Doña María de Córdova. — Da traza que desmientan el camino por 
detras de 1.a cordillera. — Marchan con la codicia y despóanseles los caballos. — Vuélvense y dexan para otro 
año el viage. — Dan el Virrey y la Audiencia de Lima sentencia en fabor del Gobernador. — Haze ol Golier- 
nador volver a Silva «le Buenos A3rros con las cartas de la Audiencia. — Da doscientos azotes a un escríbano. 
— Declara Su Magestad que el Gobernador ha de juzgar quando ay necesidad de sacar los vecinos para 
la guerra* 



No le pareció al Gobernador Don Fran- 
cisco Lazo dexar descansar al enemigo ni 
él descansó en la Concepción, porque lue- 
go se partió para el tercio de Yumbel a 
disponer una campeada y entrar talando 
las sementeras y abrasando la tierra. Vi- 
sitó los fuertes sugetos a Yumbel, y de- 
xáudolos bien fortificados salió a veinte y 
siete del mismo año, aviendo embiado pri- 
mero a Puren a un famoso indio llamado 
Chanqueo, muy valiente y astuto, a que 
cogiessc lengua en la ciénega de Puren, 
donde cogió doze indios y mató otros doze 
con veinte amigos que Ucbó. Siguió el via- 
ge y desde el parage de Guillinmabida 
echó toda la caballería, assi españoles co- 
mo indios amigos, a cargo de el Sargento 



Mayor del Reyno Juan Fernandez Rebo- 
lledo, y la gente de el tercio de Arauco, 
que vino a juntarse con el Gobernador en 
Niñingo, a cargo de el Maestro de campo 
Don Fernandrf de Cea, y entraron por di- 
fibrentes partes de maloca en Puren; pero 
como una entrada destas de Gobernador 
y los dos campos suena tanto, ya estaba el 
enemigo sobre aviso y por todas partes 
liazian humos, que es señal de que vienen 
los españoles, y todos se echaron al monte 
y escondieron con tiempo sus ganados, con 
que no hallaron en que hazer presa; pero 
hízoscles el mayor daño que se pudo, abra- 
sájidolcs todas las casas y talándoles las 
sementeras, sin que se mostrasse indio nin- 
guno ni se atrebiesen a parecer de miedo, 



88 



DIEGO DE ROSALES. 



porque temblaban de la fama del Gober- 
nador, que como les mató tanta gente en 
Amuco y la flor de los indios de guerra, 
no avia quien se la liiziesse. 

Entre las piezas que cogió Chanqueo, 
traxo una india viexa, a la qual despachó 
el Gobernador a los indios enemigos con 
un mensage en que los convidó con la paz, 
y que a los que quisiessen reducirse a la 
obediencia de su Magestad y a la Feo ca- 
tholica les volvería sus padres, hermanos 
y parientes; que entendiessen que la gue- 
rra que les hazia no era por el interés de 
las piezcos, que no hazia caso de ellas, sino 
por castigar su rebeldia y las muertes que 
avian hecho de tantos españoles, y que de 
no hazerlo les avia de hazer la guerra tan 
apretada que se avian de rendir mal que 
de grado o perecer de hambre 

Determinó el Gobernador pasar adelan- 
te hasta llegar a la Imperial y ordenó que 
el Sargento Mayor saliesse con toda la 
caballería y los indios amigos a Culacura, 
diez leguas de la Imperial házia la cordille- 
ra, donde sabia que avia mucha gente ene- 
miga y los bravos de la guerra. Salió el 
Sargento Mayor Juan Fernandez en exe- 
cucion de su orden y el Gobernador pro- 
siguió la marcha con toda la infantería 
hasta el rio de Coipu, donde avia de aguar- 
dar la resulta de la maloca y el que la 
llebaba a su cargo, y resolvió adelantarse 
con los indios amigos hasta el rio de la 
Imperial con ánimo de coger lengua, y po- 
niéndolo en execucion ordenó al capitán 
mas antiguo de los españoles, a quien le 
tocaba gobernar en su ausencia, fuesse 
marchando a buen passo hasta llegar al 
mismo rio, donde aguardaría para dispo- 
ner el eflfecto de la correduría conforme 
la lengua que se cogiesse. Adelantóse con 
este pretesto y sucesivamente dieron los 
capitanes y todo el vulgo de los soldados 
a maquinar contra el Sargento Mayor, dis- 



curriendo que era malicia suya el adelan- 
tarse con los amigos y que el assumpto 
que llebaba era de hazer la maloca solo 
con ellos para Uebarse el provecho y pi- 
llage de toda la presa. 

Ellos imaginaban lo que era posible y 
lo que les avia enseñado la experiencia en 
otras ocasiones, y temian en esta se les 
desvaneciesse lo que por su industria les 
pudiera tocar, con cuya sospecha los ca- 
pitanes, mas arriscados que obedientes y 
mas codiciosos que soldados, hallándose 
cerca de el río de la Imperial, donde es- 
taba el Sargento Mayor, se desordenaron 
confusamente para pasar de la otra parto. 
Oyó el Sargento Mayor el mido y la con- 
fusión y trató de remediar el desorden y 
de detenerlos, ya con rigor, ya con sua- 
vidad; pero a gente desordenada es difí- 
cil reducirla, y viéndolos precipitados y 
que no los podia detener los dexó obrar 
en su desmán. Passaron el rio y corríeron 
de la otra parte los españoles y captiva- 
ron ciento y cincuenta personas, y fuera 
mucho mexor el sucesso si se ubiera guar- 
dado orden y llebado los amigos por guias, 
Y deste sucesso se originaron grandes con- 
tenciones entre el Sargento Mayor y los 
capitanes y ée retiraron a Coipu, donde 
los aguardaba el Gobernador, y tubieron 
lanzes apretados sobre acreditar cada uno 
su acción, y pareció al Gobernador conve- 
niente procesar contra los capitanes por la 
inobediencia, y quitó a los soldados todas 
las piezas por el desorden, aunque los ca- 
pitanes, oido su descargo, saUeron absuel- 
tos de la culpa; y llamóse esta la maloca 
del desorden, y si le ubo fué en los capi- 
tanes, que los soldados no lo debian pagar, 
y después reconoció el Gobernador que 
avia caido en el lazo de la codicia de las 
piezas en que muchos se enredan y trató 
de componerse en lo secreto con los due- 
ños por no llebar ese cargo a la otra vida. 



HISTORIA DE CHILE. 



89 



Este aucesso, aunque pudo ser mexor, 
no fué malo ni digno de despreciar, ni su 
desorden para dexar de referirle para es- 
carmiento, que a vezes enseña tanto un 
yerro como amaestra un acierto, Declará- 
basse la fortuna en fabor de las armas es- 
pañolas y deseaba el Gobernador no dar 
ensanchas al tiempo en aquella conquista, 
porque no sabia dexar tiempo ocioso al 
servicio de su Magestad. Y aviéndoles 
ofrecido, por medio de la india arriba di- 
cha y de otros mensages, a los indios de 
guerra el hazerles buen pasage y volverles 
sus mugeres y hixos si se venian de paz, 
obró mucho, porque con estas diligencias y 
la liberalidad que con ellos usó se vinieron 
muchos a nuestras tierras a vivir de paz. 

Volvió el Gobernador de esta maloca a 
la Concepción y determinó hazer despa- 
cho a su Magestad dándole aviso del es- 
tado de aquella guerra, informando con 
desengaño el fin de ella, advirtiendo que 
la guerra era fantástica por no tener cuer- 
po este enemigo y que era de calidad que 
se podia acabar en dos años dando assis- 
tencia y la gente necesaria, y no dándola 
se perpetuaría por muchos siglos. Nombró 
para esta embaxada el exercito por Pro- 
curador general a Don Francisco de Aven- 
daño, señalándole una gruesa cantidad de 
ayuda de costa a cuenta de los sueldos de 
los mismos soldados, ayudando a este in- 
tento las ciudades de el Reyno: con que 
passó a España y dio memoriales sobre la 
materia a su Magestad, ajustándose con 
las instrucciones que Uebaba; pero el efiec- 
to fué tener soldados en estampa y para 
sí el gobierno de el Tucuman: con que los 
soldados quedaron clamando por ver que 
a costa suya negociasse para sí el gobier- 
no y para ellos nada: no debió de estaren 
su mano, que claro está que procuraría 
cumplir con sus obligaciones y con su con- 
ciencia. 



Abiendo pasado el mes de Abril en es- 
tas disposiciones, llegó en el de Mayo el 
Real situado y ocupóse en su espedicion 
con gran desvelo y assistencia para que 
los soldados fuessen bien socorrídos y 
quedassen contentos y vestidos con luci- 
miento, en que se desveló y puso grande 
eficacia, condoliéndose de verlos como so- 
lian andar descalzos de pie y pierna, rotos 
y mal vestidos; tan descaecidos en el trage 
que no parccian españoles, cuyo defecto 
se atríbuia a las tablas de juego, donde 
perdian la ropa que se les daba para ves- 
tirse, y a otros desaguaderos y empeños 
que tenían con ellos sus proprios oficiales, 
sobre que se publicaron bandos rigurosissi- 
mos, dando solamente permiso a que se 
jugase el dinero y no la ropa, y prohibien- 
do que no se sacassen pagas ningunas de 
empeños de soldados en los pagamentos, 
sino que se le entregasse todo el socorro 
al soldado en tabla y mano como está 
mandado por placartes Reales. Y dio or- 
den que los capitanes y oficiales de guerra 
pusiessen por memoría los géneros que se 
le daban a cada soldado de socorro para 
pedirles cuenta de ellos en la muestra de 
vestidos, y esta cuenta nunca la fiaba el 
Gobernador Don Francisco Lazo de los 
mismos oficiales de guerra, sino de su 
mismo cuydado, y castigaba con severidad 
a quien no le daba buena cuenta, sin ad- 
mitir disculpa, procurando obiar los daños 
de el juego, que parece predomina mas en 
este exercito que en otra parte de el mun- 
do, siendo alli mas nocivo por las circuns- 
tancias que le hazen dañoso y perjudi- 
cial; y aunque fué rigor el hazer estropear 
a un soldado que avia jugado los aíForros de 
los calzones con que le avian socorrido, fué 
de importancia para poner freno a la de- 
masía de los demás en malbaratar los soco- 
rros sin atención al lucimiento de sus perso- 
nas por dar gusto a las manos y cebo al 



90 



DIKGO DK K08ALKS. 



apetito del juego. Con que en adelante se 
vistió y lució la soldadesca y no se via sol- 
dado descalzo ni mal vestido, acción que fué 
muy aplaudida, porque assi para la esti- 
mación de el soldado como para el respeto 
de el enemigo, es de grande importancia 
que ande bien vestido: que el soldado luci- 
do honradamente se engrio, y bien tratado 
obra con honra, y al desnudo le desprecia 
el enemigo y se le atrcbe como a domin- 
guejo y como a espantajo de güerta, que 
al principio le temen las aves y luego se 
sientan sobre él. 

Otra cosa hizo que fué de grande im- 
portancia y de vigilante soldado: que des- 
pués de aver hecho vestir y reparar la 
desnudez de los soldados, hizo reparar la 
de los fuertes, que vestidos y cubiertos de 
palos y de paxa eran cada dia desprecio 
d^el enemigo, amenazándolos y entregán- 
dolos a las voraces llamas de el fuego, y 
ocasión a los soldados de muchas pérdidas, 
porque a leve descuido se pegaban fuego, 
con pérdida de sus alaxas, armas y vesti- 
dos. Y assi mandó hazer de tapias y cubrir 
de texa los fuertes, vistiéndolos de firme 
defensa contra los continuos sobresaltos 
de el fuego, por quitar esa gloria al ene- 
migo y las contingencias de los descui- 
dos de los soldados y inadvertencias de los 
tabaqueros, que son causa de muchos in- 
cendios; y particularmente puso mas co- 
nato en el fuerte de la estancia del Rey 
por ser ordinaria vivienda de gobernadores 
soldados, que procuran hazer allí frente al 
enemigo, y ser presidio de españoles, que 
padecia la misma nota de imperfecto; que 
los demás se fortaleciesse. Hizo casa para 
gobernadores y fuerte para soldados, de 
tapias y cubierta de texa. Y en la Con- 
cepción liizo también casas reales páralos 
gobernadores, aviándose contentado los an- 
tiguos con aver vivido entre unas paredes 
caídas, con notable desautoridad de lo que 



representa la persona de el gobernadoi*. 
Esta fábrica la dispuso con admirable per- 
fección y providencia, acabándola en dos 
años, sin gasto de la hazienda real ni la 
de el situado, y aplicándoles vacantes de 
encomiendas y pensiones de ellas, con que 
se halló el Rey con fuertes para la resis- 
tencia de el enemigo sin costo de su ha- 
zienda, y los gobernadores con casas en 
que vivir dignas de sus representaciones. 
Son estas acciones de mucho aplauso i>or 
ser en bien de la República, y si to- 
dos los gobernadores procuraran adelan- 
tar las ciudades, crecieran con utilidad 
de los moradores y dexaran his memorias 
que dexó este gran gobernador y republi- 
cano. 

Vaxó a la ciudad de Santiago el invier- 
no, porque los gobernadores hallan conve- 
niencias en baxar, assi de el bien público 
como proprias. Fué recevido de el Cabildo 
a veintinueve de Junio y de toda la ciudad 
con grande ostentación y aparato, y el 
Cabildo eclesiástico no hizo menores de- 
mostraciones, reciviéndole su prelado Don 
Francisco Salcedo vestido de pontifical a 
la puerta de la iglesia y con mucha mu- 
sica y villanzicos heclios en alabanza de la 
memorable victoria de Arauco: cantaron 
el Te Deum iMiuhnuis y le llamaban res- 
taurador de la patria. A pocos dias llega- 
do, para entablar respeto y hazer obedecer 
los bandos, mandó prendera los que avian 
sido ti'ansgresores de los que el año antes 
avia echado, mandando que le siguiesen a 
la guerra los vecinos, señalando el Cabildo 
cincuenta pei'sonas, de las quales por con- 
descender con los ruegos quitó veinte, y aun 
con todo eso faltaron de los señalados, 
valiéndose del amparo de la Real Audien- 
cia y de ima cédula real de el año de 
1612 que la ciudad de Santiago tiene ga- 
nada para que los gobernadores no saquen 
a la gueri'a a los vecinos si no es en gra- 



HISTORIA DE CHILE. 



91 



ve necesidad, j caía sobre aTci'sc visto en 
gmndissima, ponjiie el apercebimiciito avia 
sido el año antes con las noticias de la 
gitindc junta que se esperaba y de la mas 
memomble batalla que ha habido, que fué 
la de Arauco. 

Entre los que prendió fué uno Don An- 
tonio de Escobcir, que por noble y empa- 
rentado hizo grande sentimiento y recurrió 
a la Real Audiencia en su defensa; y su 
tio el Capitán Francisco de Fuenzalida hi- 
zo piernas y habló con sentimiento en el 
caso; y quando ya se componían las dife- 
rencias y se templaba el Gobernador, man- 
dándole soltar con fianzas, no quisieron 
sino llevar el negocio por via de justicia y 
recurrir a la Real Audiencia para que de- 
clarassc sobre el caso de si podia el Go- 
bernador o no llebar los vecinos a la gue- 
n*a, por lo qual pasando adelante los 
disgustos que causan las competencias de 
jurisdicción, desterró el Gobernador al 
Capitán Fmncisco de Fuenzalida al fuerte 
de Lebo, con sentimiento de toda la ciudad 
por ser persona muy estimada en la Repú- 
blica por su prudencia, valor y nobleza, 
con qAie se hizo temer y aun aborrecer, 
que siempre sigue al temor el aborreci- 
miento; y ajuicio de discretos no se han 
de valer los fijobernadores de la fuerza v 
el poder, sino hazerse respetar con el amor 
y agasaxo, y mas quando los pueblos que 
gobiernan son de ánimos gallardos ygenero- 
sos, como lo es la ciudad de Santiago, que 
sus vecinos como nobles han hecho gene- 
rosas ostentaciones de su vizarria, sirviendo 
voluntariamente en la guerra y siguiendo 
a los gobemadores quando los han obligado 
con cortesías y no abasallado con apre- 
mios,y gastando generosamente sus hazien- 
das en regalarlos y servirlos, y en osten- 
taciones a la guerra, Uebando a su costa 
muchos cam«aradas que sirvan al Rey, ca- 
ballos, repostería y yanaconas, que todos 



son lanzas para las ocasiones de rencuen- 
tros con el enemigo. 

Ilizieron muchos empeños los Oidores en 
defensa de los vecinos, teniendo por me- 
xor su causa por razones superiores que 
con sus muclias letras tenían, y le digeron 
que no saliesse de la prisión por orden de 
el Gobicnio, que la Sala de Justicia lo 
echaría fuera, y que ademas do que a él 
le estaría bien, le hazia al común, porque 
se entablaría que los gobernadores no echa- 
ssen mano de los vecinos de Santiago en 
ningún tiempo en cumplimiento de la Real 
Cédula, y por la importancia de que no 
se desabrigasse la ciudad de Santiago de 
la gente y vecinos para las contingencias 
que pudieran suceder de algún alzamiento 
o entradas de enemigos: quQ el año antes 
tubo la ciudad de Santiago una nueva 
muy viva de que venían a maloquear a 
Rancagua a la estancia de doña María de 
Córdova los indios enemigos, desmintiendo 
caminos y dexándose caer por la cordille- 
ra a su estancia, y para semexantes casos 
y alzamientos que cada dia intentan los in- 
dios es necesario no dexar desamparada la 
ciudad: quefiiéassi, que el mismo que tra- 
hia la junta me contó el caso después que 
dio la paz y me díxo cómo él avía sido pri- 
sionero de el Maestro de Campo Don Gas- 
par de Soto, el qual le embió a su estancia 
con otros muchos indios que avía cogido en 
las malocas para que allí sírviessen. Y 
avíéndole dado muger, tubo no sé qué sos- 
pechas de otro indio que se la inquietaba, y 
escondiéndose en un bosque se puso a ace- 
char a la muger a donde solía ii-se a bañar, 
y hiendo que iba en su busca el galán, 
acometió a él y le dio de puñaladas y se 
huyó otra vez a su tierra, que em Puren. 
Fué en ella bien recebido, y por ser noble y 
tocarle de derecho ser cacique le entrega- 
ron el gobierno y se hizo muy conocido 
por su valor y por su nombre, que era Gui- 



92 



DIEGO DE ROSALES. 



lipangui, que significa Uña de león. Este 
Giiilipangui convocó a los suyos de Puren 
y a otros sus Convecinos, y contándoles sus 
historias y captiverio, les dixo la mucha 
riqueza que avia en la estancia del Maes- 
tro de Campo Don Gaspar de Soto y 
como tenia una muger mui hermosa a quien 
él deseaba tener por muger. Que se ani- 
massen a hacer una entrada, que todos 
quedarían ricos, porque demás de esa es- 
tancia avia por alli otras y estaba cerca 
de Santiago y podrían hazer un hecho 
azañoso; y que la traza que avian de 
tener para llegar a la estancia sin ser sen- 
tidos de los españoles y amigos que ay en 
el comedio, en el distríto de cien leguas 
que ay de Puren a Rancagua, era desmen- 
tir todo este camino pasando la cordillera 
y caminando esas cien leguas por detras 
de ellas, y en llegando enfrente de Ran- 
cagua dexarse caer la cordillera abaxo, que 
al pie de ella estaba la estancia. Notable 
ánimo de indios, rara osadia y rodeo, que 
si no es quien le ha andado, como yo y 
bien pocos, le sabrán ponderar. Salió Gui- 
lipangui con los indios mas valientes de 
Puren y de otras provincias en demanda 
de su señora doña María de Córdova y 
con la codicia de los despoxos que espera- 
ban de su riqueza; y la ventura fué que 
como pasaron tantas cordilleras y tan ás- 
peros y largos caminos, se les despearon 
los caballos quando avian de volver a pasar 
la cordillera para baxar a Rancagua, que 
si baxan hazen grandisimo destrozo, por- 
que cogian la gente descuidada y les da- 
ban por las espaldas y por camino jamas 
andado ni imaginado, Y aunque el Guili- 
panguí los animaba que en llegando a 
Rancagua tendrían hartos caballos que 
remudar, no los pudo hacer pasar adelante 
y solo determinaron dexar alli algunos c^- 
ballos en los puelches para volver a otro 
año y hazer la entrada con aquellos caba- 



llos que alli hallassen descansados, que 
después se desvaneció; pero este amago 
dio mucho cuydado a Santiago, y pruden- 
temente defendian el desabrigarse de la 
gente que podia defender la ciudad y sus 
partidos, y los Oidores favorecían esta 
causa, y aunque hallaron mucho hombre en 
Don Francisco Lazo, fueron muy enteros 
y la defendieron entonces cou las razones 
que les hazian fuerza. Pero después, Ue- 
bada la causa al Virrey y Audiencia de 
Lima, vino declarado por su Excelencia y 
por la Real Audiencia de la ciudad de los 
Reyes en favor de el Gobernador, revocan- 
do lo actuado por la de Santiago. Y avien - 
do despachado sobre estos disgustos al 
Capitán Silva con cartas para el Consexo 
por Tierra, embió el Gobernador tras él un 
Ayudante con soldados, y con titulo de 
que era soldado y que no avia borrado la 
plaza, aunque avia muchos años que no 
acudia a la guerra, le tragaron de Buenos 
Aires y le embió a servir al castillo de 
Arauco, sobre que ubo varios pareceres y 
muchos sentimientos que fueran largos de 
referír y aprovechan poco, y destos disgus- 
tos le tocó gran parte a un escríbano, 
hombre honrado y tenido de todos por le- 
gal, que arrebatadamente y con rigor de 
justicia le hizo dar doscientos azotes, las- 
timando con ellos a toda la ciudad por ser 
persona que estaba bien acreditada. Des- 
tos disgustos de las cabezas tomaba el vul- 
go novelero ocasión de murmuraciones y 
novedades, dividiéndose en parezeres, los 
quales en estos tiempos han cesado por 
aver confirmado su Magestad la declara- 
ción de el Conde de Chinchón, Virrey de 
el Perú, en que declara tocarle al Gober- • 
nador y Capitán General el conocimiento 
de la necesidad y la declaración de ella 
para sacar para la guerra los vecinos de la 
ciudad de Santiago, que fué el batallón de 
este pleito. 



CAPITULO XYI. 



La muerte de un gran cosario enemigo, Queupuante; el cui- 
dado con que vivia porque no le cogiessen, y la traza que 
di$ una de sus mugeres para poderle coger. 



Sagacidad y cuidado de Queapoante para que no le cogiessen los españoles. — El gran consexo de este indio. — 
Huyesele una muger a Queupuante al Estado de Arauco. — I>ize el cuidado con que vive para que no le 
cojan. — Piden a la muger que les dé la traza para cogerle. — Dásela y dize que no ay otra sino ésta. — Da la 
traza dónde y cómo le han de coger. — Salen doze indios afamados; caminan por los montes al lugar señala- 
do. — Pelea Queupuante con valor. — Dizenle que se dé, que no le quieren matar, y pelea con mas valentía. 
— Ásele y dale Clentaro un machetazo en la cabeza, y quitándole el machete le da él uno en la cara. — 
Mátale Loncodeu y córtale la cabeza. — Contienda sobre la muerte de Queupuante. — Eligen nuevo General 
los de Ilicura en una gran borrachera. — Dan sobre ellos los nuestros, matan al general y cogen 50 piezas. — 
Pénese en la plaza de Santiago en un palo la cabeza de Queupuante y házese fíesta. — No se rinden los de 
Ilicura por mas que los apura Don Femando de Cea. — Viénense algunos de paz por sus mugeres, y es nece- 
sario vivir con cuidado con ellos. 



Este año de treinta y uno tubo el Maes- 
tro de campo Don Fernando de Cea un 
gran sucesso, gozando de su fortuna el Es- 
tado de Arauco en correrías y malocas, y 
entre otras hizo una muv a la medida de 
el deseo que el Gobernador tenia, de co- 
ger al mayor cosario que tenia la tierra 
del enemigo y residía en Ilicura, que era 
el bárbaro Queupuante, uno de los gene- 
rales de toda la tierra de guerra, que fué el 
indio de mayor consexo, mas sagaz y ma- 
yor soldado que se tiene noticia aver ávi- 
do en esta guerra de Chile, el qual vivia 
con tal cuidado que aunque intentaron di- 
versas vezes cogerle y en orden a eso hi- 
zieron grandissimas diligencias, se les des- 
vanecían siempre, porque tenia diversos 
ranchos y los mudaba a menudo, y tenia 
en cada uno cuatro puertas para poderse 
escapar, y siempre arrimado a un monte 
que le servia de muro y de sagrado para 



ponerse en huida. Y este indio no sembra- 
ba ni cuidaba de eso, sino de guardar y 
reconocer los caminos, y toda la tierra le 
tributaba de sus sementeras para que es- 
tubiesse desembarazado para acudir a la 
guerra y a la defensa de la patria. Era 
sobremanera valeroso y de parezer tan 
acertado que por su industria tubo el ene- 
migo grandes victorias, y si quando vino 
la junta grande el año pasado de siete mil 
indios a Arauco, siguen su parezer, ubieran 
hecho grande estrago y quizá no ubíera 
logrado el Gobernador Don Francisco La- 
zo tan grande ocasión ni ganado la in- 
mortal memoria que por esta victoria al- 
canzó, porque su parezer avía sido que 
dicssen de noche en el quartel ¡y se em- 
bistiesse a la chusma de los indios amigos 
que estaban a su abrigo, y que el Gober- 
nador saldría a su defensa con el tercio, y 
con la obscuridad de la noche y la confusión 



^ 



94 



DIKGU DK 1Í0.SALK8. 



(le las armas, les seria fácil abrasar el 
qiiartcl y inczclado.s unos con otros alean 
zar una gi*an victoria, porque no pudicnclo 
los cspailolcs con la obscuridad hazer pun- 
tería con sus arcabuzes, los cogian como 
desarmados y los cai)tivarian a todos. 

A este gran general, que por fuer/a de 
armas ni por malocas avian cogido tantas 
diligencias, dio la traza para cogerle una 
muger suya, como otra Dalida para pren- 
der a Sansón. Avíase huido una muger, de 
muchas que tenia, por algunos sentimien- 
tos domésticos, y venido al Estado de 
Arauco, donde tenia parientes; y tratando 
con ella de las diligenciíus que se avian he- 
cho para coger a su marido, dixo la india: 
''no os canseií*, que por mas que hagáis es 
imposible cogerle, porque aunque tiene mu- 
chos ranchos no tiene ninguno determina- 
do donde vivir, y vive con tan gran cuidado 
que oy come en uno y mañana en otro, y 
en ninguno duerme, porque una* noche 
duerme según nuestra usanza con una mu- 
ger en un monte y aquella le tiene de co- 
mer en su rancho, y otra noclie se va a 
dormir con otra a otra parto y montaña 
diferente, sin que ninguna de las otras mu- 
geres sepa a donde va, y amaneciendo co- 
ge su lanza y va a reconozer los caminos 
y viene a comer un vocado, y sin parar 
mas en su casa vuelve al mismo exercicio 
como vigilante general, sin tener otra ocu- 
pación ni cuidado." 

Los españoles y los indios mas valien- 
tes de Arauco, que la estaban oyendo, ad- 
mirados de su vigilancia y astucia de 
Queupuantc, digeron a la india que ella 
sola les podia dar la traza como cogerle, y 
que pues se avia venido a vivir con ellos 
y les avia dado el corazón, les descri- 
biesse el secreto y el modo para poderle 
coger. A que respondió la india: *'yo os da- 
ró la traza, y si la executais le cogeréis sin 
duda, y si salís de lo que os digere, bien 



podéis desafuziaros do dar con él, porque 
su ciiydado, su desvelo y su astucia es tal, 
que ninguno i>odrá dar con el, por no te- 
ner lugar conocido ni cierto donde le pue- 
den hallai*; pero yo os daré la traza y os 
señalaré un lugar cierto donde viene todos 
los dias, que es un chorrillo que está en 
frente de sus ranchos. Aqui, después de 
aver reconocido desde que amanezo todos 
los caminos con su lanza arrastrando, viene 
a las diez de el dia cansado y sudando, y 
para descansar y refrescarse clava la lan- 
za, quítasse las camisetas y vilñassé, y lue- 
go va a comer un vocado a un rancho 
y vuelve a salir al punto. Donde le avcis 
de ecliar una emboscada, es en este cho- 
rrillo y arroyuelo y aguardarle hasta las 
diez de el dia, que esa es la hora infalible 
y ese es el lugar cierto, y para esto no 
aveis de ir muchos, porque no seáis sentidos 
ni hagáis ruido, sino pocos y buenos." 

De grande gusto fué para el Maestro 
de campo Don Fernando de Cea y para 
los indios araucanos esta relación de la 
india y la traza que dio para coger a 
este astuto bárbaro, y quadróles tanto, 
que luego la pusieron en exeeucion del 
modo que ella lo trazó. Escogieron para 
esto doze indios, los mas animosos y va- 
lientes de todo Arauco, donde no avia 
ninguno que se tubiesse por menos, sien- 
do los principales Lonco Deu, indio muy 
valiente y determinado, hijo de el Goberna- 
dor de las armas de Arauco, Catumalo, 
muy hijo en el valor de tan valeroso pa- 
dre. El otro fué Clentaro, de grande esta- 
tura, de valiente lanza y de animoso co- 
razón y industria en la guerra; el otro 
Ilelmuta, gran cosai'io, de su propria tie- 
rra Ilicura, cuchillo do sus proprios pa- 
rientes y azote de su nación; y no nombro 
a los denuis j)or evitar molestia, que todos 
eran ci'iados en una misma leonera y cada 
uno no queria reconocer ventaxa en el 



HISTORIA DE CHILE. 



95 



otix). Fueron con gran silencio caminando a 
pie de noche y por entre las espesuras de los 
montes, porque no pudiesscn los enemigos 
sentirlos, y el mayor rastreador de todos, 
Queupuante, dar con sus huellas, y llegan- 
do al arroyuelo señalado se emboscaron y 
le estubieron esperando con grande vigi- 
lancia y atención, quando a las diez de 
el dia ven que viene enderesando para el 
chorrillo, hecho un Argos, mirando a to- 
das pai*tes, arrastmudo su lanza, y que en 
llegando la clava, y quitándosse las cami- 
setas, se comienza a vañar. Y al punto sa- 
len los doce pares, no de Francia, sino de 
A rauco, y cercándole como los cazadores 
a la fiera para que no se les huya, le aco- 
metieron con grande esfuerzo. Bien cono- 
cian que no era valentia pelear tantos con 
uno, pero experimentaron que para un 
Queupuante eran menester todos, porque 
al punto que los vio salir del monte co- 
gió su lanza y se defendió tan valerosa- 
mente que los puso en cuy dado. No in- 
tentaban al principio matarle, sino cogerle 
vivo y Uebarle por triunfo de su victoria, 
esperando que por él se reducirian muchos 
a la paz, y persuadíanle a que se diesse, 
diziéndole que ya no le era posible esca- 
par y que a persona tan grande y tan va- 
lerosa no querían matarla sino Uebarle 
consigo, para tenerle por compañero en 
armas y no como prisionero. Mas él, nom- 
bróndase con vizarria y gi'andeza de cora- 
zón, decia: ''Yo soy Queupuante, que a 
ninguno he rendido mi lanza," y jugándo- 
la con destreza, daba a todos bien en que 
entender, hasta que ganándosela el afama- 
do y valeroso Cien taro se estrechó con él 
y le dio un gi*an machetazo en la cabeza, 
y sobre quererle sugetar por tenerle asido 
le quitó Queupuante el machete con que 
le avia herido, y lebantándole le dio tal 
machetazo a. Clentaro en la cara, que le 
derribó medio carrillo, con que dexándole 



medio aturdido se libró de él. Pero no pu- 
do librarse del valei-oso Loncodeu, cuyo 
nombre significa Cabeza de i*aton, y mexor 
diera llamarse Cabeza de león, que ce- 
rrando con él como un león, le dio tal 
lanzada, que por ella salió presurosa el 
alma, y cortándole con presteza la cabeza, 
se retiraron por no ser sentidos y se 
la tmgeron al Maestro de campo, que re- 
civió grandissimo gusto y alabó la buena 
determinación de tan valientes capitanes, 
entre los quales ubo giande competencia 
sobre quien se avia de llevar el lauro de 
la victoria, porque Clentaro le pretendia 
por aver sido el primero que le ganó la 
lanza que le llegó a assir y le dio una 
gran cuchillada en la cabeza, y en tes- 
timonio de su valor sacó él una de su ma- 
no en el carrillo, cuya señal le quedó hon- 
damente impresa para executoria de su 
valentia. Mas Loncodeu alegaba pam tes- 
timonio de su muerte que con su lanza 
le avia sacado el alma, y como mas prin- 
cipal y por hixo del gobernador de las 
armas, Catumalo, se llcbó la palma y los 
parabienes de todos. 

Al paso que los araucanos se alegiviron 
y hizieron fiestas a la buena suerte, los 
de Ilicura hizieron llantos a la muerte de 
su general, y quando los araucanos juzga- 
ban que faltándoles su general, su cabeza 
y su defensa avian de dar la paz, fué muy 
al contmrio, porque antes hizieron un gran- 
de llamamiento y una solenmc borrachera 
para elegir nuevo general y vengar la 
muerte del diff'unto. Tubo aviso Don Fer- 
nando de Cea en Arauco desta solemnidad 
y quiso aguársela con trescientos amigos 
y cien españoles que con lenguas reforza- 
das de el dia de la elección dieron sobre 
ellos i)ai'a que conociessen lo adverso de 
su fortuna y lo feliz de la de el contrario. 
Y cogieron cincuenta captivos, muchos 
despoxos de armas y caballos, y la mayor 



96 



DIEGO DE ROSALES. 



suerte fué que mataron al nuevo general 
electo^ que se llamaba Loncomilla, que 
significa Cabeza de oro, que como la esta- 
tua de Nabucodonosor cayó en tierra por 
tener los pies de barro. 

Grandes dos sucesos o uno continuado 
que puso pabor al enemigo y causó gran- 
des regocixos en todo el Reyno, y para 
que Don Francisco Lazo pusiesse a sus 
pies la cabeza de este bárbaro Queupuan- 
te, como pusieron sus antepasados la ca- 
beza de el moro soberbio, se la embió el 
Maestro de campo a la ciudad de Santia- 
go, donde al presente está con la relación 
de las victorias, porque se dieron muchas 
gracias a Nuestro Señor, y con repique 
de campanas, luminarias y achones, se 
celebró la fiesta, y la cabeza de Queu- 
puantc se puso en la plaza de Santiago 
en un palo para triunfo de tan gran victo- 
ria, en cuyo suceso y traza para cogerle 
me he esplayado algo, por averie visto 
impreso con elegancia por el Maestro de 
campo Santiago de Tesillo, pero muy di- 
fiorentemente; y como yo estube tanto tiem- 
po en Arauco supe de cierto la traza que 
dio su muger para que le cogiessen, que 
fué a quien se dieron las gracias y para- 
bienes de la victoria, que lo que el poder 
no avia alcanzado lo consiguió la industria; 
y como los filisteos no pudieron vencer a 
Sansón por armas y al cabo lo consiguie- 
ron valiéndose del arbitrio de su muger 
que les descubrió el secreto de su fortale- 
za, assi les sucedió a los araucanos con 
Queupuante y su muger. (1) 



Nada de esto bastó para sugetar la re- 
beldia de los indios de Ilicura, que por la 
defensa de la patria tenaz y porfiadamen- 
te guerreaban, juzgando por felicidad mo- 
rir todos en su defensa. De ninguna nación 
del mundo se lee tan fiera obstinación, 
que sin duda excede a todas, y no pueden 
compararse con ellos ni los griegos ni ro- 
manos, a quienes tanto celebran las bis 
torias. Y ninguno se persuadirá que estos 
dos sucesos cayeron sobre averie cogido y 
muerto al enemigo seiscientas personas 
este imbiemo, porque el diestro Maestro de 
campo Don Femando de Cea, una malo- 
ca venida y otra ida, no los dexaba des- 
cansar, sin que por esto se reconociesse en 
ellos flaqueza. Algunos dieron la paz por 
gozar libres sus familias captivas, forza- 
dos de el amor a los hixos y mugeres, y 
se quedaron entre los amigos, y a estos 
llamamos Veliches, y son los que hazen 
la guerra mas sangrienta a los de su pro- 
pria sangre cuando se reducen de cora- 
razon. Y no tiene duda, sino que es muy 
essencial la unión de estos veliches con los 
amigos, pero es mas peligrosa por poco 
segura, que siempre se les ha de estar mi- 
rando al semblante de el rostro, ya que 
no se les pueden penetrar los corazones, 
porque como amigos por fuerza o recon- 
ciliados son siempre enemigos encubiertos, 
aunque no es lo general, que de estos han 
salido algunos grandes jEtmigos y han he- 
cho por los españoles notables empeños 
contra los de su propria nación. 

Este año le llegó una cédula al Gober- 



(1) Efectivamente, TesiUo cnenta de muí distinta manera este suceso, porque refiere (páj. 53) que Cea envió 
una división de trescientos hombres contra Queupuante, que rodearon su casa a media noche i sostuvieron una 
reñida bataUa con el indio i sus parciales, hasta que al amanecer lo estrechó Longo (Longodeu), hijo de Catimalo 
(Caiumalo), i con un alfanje le hizo una herida en la cabeza ''que fué bastante ventana para que saliese el alma." 

Tesillo era capitán de Lazo de la Vega i cuenta todo esto como contemporáneo. Pero mas digno de fe es el 
testimonio de Rosales, no solo por sus respetos, sino por haber sido testigo presencial, como que él nombra los 
guerreros que fueron a la sorpresa del jeneral indio, las heridas que sacaron, etc., i todo como si lo hubiese visto. 

I es así, sin embargo, en medio de contradicciones tan palmarias, como se escribe la historia por sus mismos 
actores I 



HISTORIA DE CHILE. 



97 



nador Don Francisco Lazo de su Magos- 
tad, expedida el año antes de 1630, en 
que le manda que exorte al Obispo de la 
Concepción, Don Gerónimo de Ore, para 
que se enmiende en la facilidad que tiene 
de ordenar de sacerdotes a hombres in 
capaces, inicuos, sin letras, facinerosos y de 
vil nacimiento. Y sobre lo mismo escribe 
también al Virrey para que se ponga re- 
medio, porque el buen Obispo, aunque 
era un santo y de loable vida, ya por la ne- 
cesidad que tenia de sacerdotes, ya por 
la bondad de su natural, ordenaba sin dis- 
tinción de personas, y ordenó a muchos 



indignos de el sacerdocio, que movió a las 
personas zelosas a dar cuenta a su Mages- 
tad para que le fucsse a la mano y repri- 
micsse tanta facilidad con su exortacion, 
que es severo mandato. Pero llegó tarde, 
que ya avia muerto quando llegó esta ce- 
dula, y assi, dexándole en su descanso, pa- 
semos a los sucesos de la guerra, que no 
es mi intento censurar acciones de tan 
gran Prelado, sino avisar a los demás quan 
mal suena en los oidos de un Rey tan ce- 
loso y qimn estrecha cuenta darán al 
Supremo los que tienen semexantc faci- 
lidad en ordenar personas indignas. 



♦«•i» 



CArÍTULO XVII 



Entra el Gobernador campeando hasta la Imperial. Coge el 
Maestro de Campo Juan Fernandez trescientas piezas. 
Ardid de Catumalo para coger algunos indios; y de otras 
buenas suertes que hicieron nuestras armas en tierras de 
el enemigo. 



Afto do 1G32. — Eligen por General a Butapichon y trata de entrar en nuestras tierras. — Sale ol Gobernador a 
opuesto. — Embia a malo(iuear a Juan Fernandez y coge 300 piezas y seis mil cabezas de ganada — Pasa el 
(j!ol)ernador a la Imperial. — Rescata muchos captivos. — Sale con mil cal>allos en busca de la junta Don 
Femando de Cea. — Tala y abrasa y no se dcxa aplacar el Gobernador de los caciques. — Ardid de Catumalo. 

— Mata veinte y coge onzo. — Cogen en una emboscada un indio fugitivo. — Que en esta guerra vale mas el 
ardid que la fuerza. — Buena suerte de el Maestro do cam[)o. — Daños que se liizieron en esta entrada. — Hace 
una 1)ucna maloca el Maestro do camjK). — Despacha gente a Puren. — Uaze buena suerte el Teniente Muela. 

— Sálele al camino el enemigo y pelea cinco vezes. — Mata ciento y cincuenta indios. — Haze otra buena suer- 
te el Maestro de campo. — Haze el Sargento Mayor una gran suerte en Puren. — Bctíranse los de Puren a la 
Imperial. 



Tubo noticia el Gobernador que mas 
obstinados los indios (que nunca el castigo 
los niexora) querian unir sus fuerzas ha- 
zicndo llamamiento general de sus provin- 
cias y remitir a la fortuna de una vez to- 
das las cosas, capitaneados de Butapichon, 
eligiéndole por general, por ser, después de 
Queupuantc, el mas opinado en industria y 
valentia y el de mas autoridad en riqueza, 
que en todas partes es la que se haze el 
primer lugar. Juntó sus fuerzas y hízoles 
un grave y fervoroso razonamiento exor- 
tandolos a morir en defensa de la patria, 
proponiéndoles sus victorias y animándo- 
los a conseguir honor y fama con sus hc- 
cho.s. Trató luego de no tener ocioso el 
officio de general y convocó todas las fuer- 
zas para hazer una entrada a las tiernis de 
los españoles y dividiendo sus quadrillas 
dar unos en los tercios y otros en las es- 
tancias y potreros. Previno Uon Francisco 



Lazo, luego que llegó a la Concepción, el 
salirle al oprosito y anticipóse a buscarlo 
con mil y ochocientos hombres españoles y 
indios amigos. Salió de el tercio de San 
Felipe y marchó hasta Curalaba, donde so 
acuarteló, y sin dilación de tiempo mandó 
que el Sargento Mayor Juan Fernandez 
Rebolledo saliesse de alli con la caballería 
a correr a Repocura, y que a viéndolo he- 
cho, se retirasse a Quillin, donde le aguar- 
daría. Exccutó el Sargento Mayor el or- 
den con singular vigilancia y acierto, y 
acabándose de aquarteW el Gobernador 
en Quillin, llegó Juan Fenflindez con tres- 
cientos captivos y seis mil cabezas de ga- 
nado. Pareció a todos los capitanes qno 
con tan buen suceso debia retii'ai'sc el 
Gobernador y no aventurar su fortuna, que 
le avia sido tan prospera, porque si el ene- 
migo venia desesperado a recuperar sus 
piezas, so pondría en alguna contingencia. 



HISTOniA DE CHILE. 



99 



Al Gobernador no le pareció dexar de 
proseguir el viagc, porque dixo que no 
venia por piezas sino a castigar y poner 
ten-or al enemigo; y que si estaba junto, 
asi le quería para pelear. Y assi marchó a 
la Imperial, y antes de alzarse el campo 
llegaron los indios y digeron que venían 
wn monsage de los indios y caciques de 
Repocura a pedir al Gobernador que ce- 
sasse de el castigo y tratasse bien a los 
captivos, que darían la paz. Y la respuesta 
fué que mientras no se redugessen de 
coi*azon y a donde el quisicsse, no avia de 
alzar la mano de su castigo, y que si las 
piezas las quisiessen, que de manifiesto 
estaban para devolvérselas a los que se re- 
dugessen, con que los despachó y marchó 
el campo por el mismo valle de Repocura. 
Este mismo dia se vinieron de paz tres 
indios con sus mu<^crcs v chusma. Y 11c- 
gando muchos de los indios rebeldes a 
hablar a Don Francisco Lazo, los rccevia 
con afabilidad, y le pedian que poblasse 
en sus tierras por no dexarlas para ir a 
vivir a otras, que alli le darian la paz. Y 
como ellos trataban de sus conveniencias, 
trató el Gobernador de las suyas. Y este 
dia hizo muchos rescates de españoles cap- 
tivos, dando en trueque muchas de las 
piezas que avia captivado. Y el dia de 
pascua de Navidad entró en la asolada 
ciudad de la Imperial, en cuyas ruinas 
lloraron su perdida muchos que la cono- 
cieron por patria y con mucho lustre y 
concurso de vecinos. Y otros celebraron el 
aplauso de volverla a pisar después de el 
alzamiento, con regocixo de carreras y 
escaramuzas, dando el parabién al Gober- 
nador. Y aviéndosc aquartclado a las mar- 
gcncs'de el rio de la Imperial, desde alli 
fueron con escoltas quemando las casas de 
los rebeldes y talándoles las sementeras, 
sin que moviesse a ponei-se en defensa al 
enemigo el ver tantos daños como le ha- 



zia el excrcito español, aunque se supo 
que estaban juntas en la otra parte de el 
rio mil y quinientas lanzas y que hazian 
tiempo para juntar mayores fuerzas. Y 
para deshazer sus intentos y salirlos a 
buscar, ordenó el Gobernador que saliesse 
el Maestro de campo Don Fernando de 
Cea con mil caballos y algunos infantes a 
la gurupa, y que fucsse en busca de el 
enemigo, el qual no se resolvió a espe- 
rarle, porque retirándose aceleradamente 
dexó el campo libre y el Maestro de cam- 
po destruyó sin oposición quanto avia por 
aquella parte. 

Y viendo que el daño pasaba tan ade- 
lante, salieron los caciques con camaricos 
y regalos de aves, corderos y frutas de la 
tierra a aplacar al Gobeniador, y como 
iba con determinación de asombrar al ene- 
migo mas con el effecto que con la fama, 
no so dcxaba aplacar, sino que proseguía 
en la tala marchando cada dia muy poco, 
por no dejar cosa por hazer, y con mucho 
concierto saliendo él el prímero y parán- 
dose a ver marchar el campo con grande 
orden, y assi proseguía sin consentir des- 
mán ni desconcierto, con que nunca tubo 
el enemigo ocasión de lograr suerte nin- 
gulia en gente desmandada, que es toda su 
guerra. Andaban diíFerentes tropas a vista 
de el excrcito con seguridad, ya en embos- 
cadas, ya en las cuchillas de los cerros, espe- 
rando algim desorden o gente dividida de el 
egcrcito para dar en ella. Y aunque de 
nuestra parte se les echaron algunas em- 
boscadas, no se pudo hazer suerte en ellos, 
que como dueños de la tierra huian con 
destreza de los lazos que les armaban. Y 
enfadado Catumalo, indio amigo y gober- 
nador de los de Arauco, tan valiente como 
ardidoso, de ver que no los avian podido 
coger cu ninguna emboscada, previno un 
ardid militar muy digno de referirse. 

Iba Catumalo con su compañía de ami- 



100 



DIEGO DE ROSALES. 



gos en la manguardia de nuestro exercito 
y avisó al gobernador que se avia de que- 
dar atrás con mañosa disimulación y avia 
de embestir muy vivamente a nuestra re- 
taguardia, y que le embistiesen a él dispa- 
rándole mucha alcabuzeria quando acome- 
tiesse, para que el enemigo, que estaba a 
la mira, no lo notasse y entendiesse que era 
alguna quadrilla de los suyos que peleaba 
con los españoles. Executóse la fingida 
escaramuza y después de aver peleado un 
buen rato y disparádole muchos arcabuza- 
zos al ayre a Catumalo y a los suyos, y 
fingido algunos que los derribaban con las 
valas, se fué huyendo hazia una quadrilla 
de enemigos que venia a la mira de nuestro 
campo como para abrigarse de ellos, y 
juzgando que eran de los suyos los que 
peleaban contra los españoles y se iban 
retirando para ellos, los salieron a defender 
y a abrigar debaxo de sus lanzas; y llegando 
cerca de ellos Catumalo con su quadrilla, 
los embistió con tal furia que mató a 
veinte y captivo a onze, y por ser la tierra 
montuosa se escaparon ocho y muchos 
muy mal heridos, como se supo de otros in- 
dios que fueron llegando de paz a nuestro 
campo. Reconocidos los presos, se halló 
eran personas de cuenta, y por rescatar 
con ellos algunos de los captivos españoles 
de los años atrás, no los ahorcaron. En 
otra emboscada que dispuso Catumalo en 
la retaguardia cogieron un indio barbado, 
llamado Blas, que había sido amigo y 
christiano y se rebeló, y entre los indios 
enemigos se hizo hechizero, y asseguran los 
indios de la reducción de Talcamavida que 
se hazia invisible y entraba en su reduc- 
ción y le veian, y en saliendo a él no le 
hallaban; murió ahorcado y confesado, ha- 
ziendo actos de christiano, y le acompa- 
ñó en la muerte otro valentón, gran cosario, 
que avia hecho muchos daños en nuestras 
tierras. Alcanzó Catumalo con su indus- 



tria lo que no se pudo conseguir con la 
fuerza de un exercito, y fué célebre su in- 
dustria, que entre estos indios la guerra 
tiene mas de maña que de fuerza. Y siem- 
pre que se puede asegurar la pérdida de 
un exercito, es mexor no aventurarla y 
valerse de el ingenio y de el ardid, como 
lo practicaba este valeroso y astuto gober- 
nador araucano Catumalo, de cuyo consexo 
se valia mucho el Gobernador Don Fran- 
cisco Lazo por ser tan acertado y de per- 
sona de tanta esperiencia. 

Supo el gobernador de los captivos que 
mientras él estaba haziendo campeada al 
enemigo la tierra adentro, se avia entrado 
el enemigo en las reducciones de Arauco 
y Carampangue y Uebádose una india vie- 
xa sola, por no aver hallado la gente en 
sus casas, que en tales ocasiones queda la 
chusma resguardada en el fuerte de Arau- 
co al abrigo de los españoles; y sabido de 
los indios amigos de Arauco, pidieron licen- 
cia al Gobernador para adelantarse y ir a 
vengar la injuria y ataxar al enemigo, 
Diósela el Gobernador, y porque no tu- 
biesen algún desorden mandó al Maestro 
de campo Don Femando de Cea los acom- 
pañasse con alguna caballería, y con aver 
sido sentido de las centinelas que tenia el 
enemigo sobre los altos de Puren, apretó 
para llegar tan presto como el aviso y lle- 
gó a tiempo, que ya se echaban al monte, 
y con todo eso llegó tan a tiempo que ma- 
tó veinte indios de los que avian entrado 
a Arauco y cogió cincuenta captivos sin 
pérdida ninguna, como ni tampoco la hubo 
en esta feliz campeada de Don Francisco 
Lazo, que se reputó por la de mayor im- 
portancia que se ha hecho, porque el nú- 
mero de los captivos fueron quinientos en 
varias partes; los muertos setenta. Cogié- 
ronse doze mil cabezas de ganado, tres- 
cientos caballos; rescatáronse siete espa- 
ñoles captivos; viniéronse cuarenta y nueve 



HISTORIA DE CHILBL 



101 



indios de los que estaban captivos, y a 
vivir con los indios amigos se vinieron se- 
senta indios con sus familias, dando la 
paz. 

Luego que cesó la xornada de la Im- 
perial y se dividieron los tercios de Arauco 
y San Felipe, y el gobernador se retiró a 
la estancia de el Rey, dispuso desde alli 
muchas cosas importantes al gobierno de 
el Reyno y el bien público. Provocaba el 
enemigo de Puren y Ilicura con amago de 
hurtar caballos en nuestras fronteras y 
picaba en ellas con gente ligera; parecia 
insuperable la dificultad de arruinar de 
todo punto estas dos provincias, las mas 
pertinaces de todo lo rebelde, y su mura- 
lla inaccesible, por lo espeso de su montaña 
y lo belicoso de sus naturales. Pero Don 
Francisco Lazo se resolvió aplicar alli los 
mayores esfuerzos, y mandó a Don Fer- 
nando que con las armas de Arauco salie- 
sse a Puren y a licura, y encontrando con 
las centinelas de el enemigo, mató ocho y 
cogió cinco, porque se escaparon algunos y 
pusieron en cuidado la tierra; pero el acci- 
dente fué dañoso por ser sentido. Hizo la 
desecha de que se volvia y aquella misma 
noche dexó trescientos amigos y cien es- 
pañoles emboscados, quedando en parte 
distinta de la avisada: mataron ochenta 
enemigos y captivaron mas de ciento y 
veinte, cogieron ciento y ochenta caballos 
y se retiraron a encorporarse con el Maes- 
tro de campo general, que sin pérdida nin- 
guna llegó al Estado de Arauco y con 
mucha ganancia. 

Uno de los prisioneros que en esta oca- 
sión traxo el Maestro de campo avisó al 
(Jobemador que en los altos de Puren avia 
unos indios que hazian vigia y daban aviso 
a la tierra y despachaban a nuestras tie- 
rras a la ligera a hurtar caballos, y ofireció 
ser amigo y reducirse a la obediencia por 
gozar con quietud de su familia, que tam- 



bién estaba captiva, y facilitó el guiar a 
nuestra gente a este parage. El Goberna- 
dor lo remitió al Maestro de campo gene- 
ral con orden que despachasse cuatrocien- 
tos amigos y ciento y cincuenta españoles 
y por cabo de ellos al Teniente Esteban 
Prado de la Muela, que le nombró por ser 
hecho particular, y a Felipe Rangel Ca- 
pitán de los amigos de Arauco, soldado 
de muchos alientos que andubo, como dirá 
el fin de este suceso, muy bizarro. Mar- 
charon sin ser sentidos hasta la misma 
ladronera de Puren, tomó lengua y supo 
como cerca de alli estaban setecientos 
enemigos juntos con ánimo de entrar en 
Arauco; pero sin embargo chocaron con la 
ladronera, y aviendo muerto setenta ene- 
migos, captivaron diez y siete y mas de 
cien indias y niños. Tocóse arma en toda 
la tierra y salieron los setecientos indios 
que estaban juntos quando ya el Teniente 
Muela se avia recogido en un cuerpo y 
con buena orden se iba retirando, pero el 
enemigo le ganó la manguardia y peleó 
cinco vezes aquel dia con los españoles, 
y por ser lluvioso se jugó poco de la arca- 
buzeria, y asi fué forzoso el medir las picas 
y lanzas con grande resolución de entram- 
bas partes, y a mochazos se defendieron 
los españoles tan valientemente que siem- 
pre llevaron la mexor parte, sin que mu- 
riese mas de un español y tres indios ami- 
gos y algunos heridos sin riesgo. Y el 
enemigo, viéndose apretado de los españo- 
les, se retiró, y el teniente Muela prosiguió 
su viage a Arauco dexando hecho un grande 
estrago en los enemigos y muerto a ciento 
y cincuenta y cinco. Fué la suerte dicho- 
sa y de gran consideración por aver sido 
en la fuerza de los rebeldes de esta guerra 
en Puren, y el teniente Muela llegó a 
Arauco sin otra pérdida y con toda la 
presa. En la fuerza de el invierno, que es 
por julio, volvió el Maestro de Campo, en- 



mST. BB CHILE. — T. UL 



102 



DIEGO DE EOSALES. 



golosinado de el buen suceso pasado, a 
einbiar a cuatrocientos indios y cincuenta 
españoles, gente ligera, a Puren, y en ca- 
torzc dias volvieron a Arauco con ochenta 
y siete personas captivas, cliicas y grandes, 
dexando muertos veinte y cinco indios va- 
lentones que pelearon con arresto y cogie- 
ron trescientos caballos y volvieron sin fal- 
ta de ninguno de los nuestros, con que por 
esta parte de Arauco cesaron la« armas 
hasta mediado Agosto, que cesaban ya 
las aguas, que viendo en silencio al ene- 
migo echó ciento y cincuenta amigos y 
cincuenta españoles a sus tieiTas, que dan- 
do en Ilicura, cogieron trece piezas, indios 
y indias, y mataron siete. 

Felizes andaban las armas de Arauco 
por la industria de su caudillo Don Fer- 
nando de Cea, y invidioso o deseoso de 
señalarse con semexantes empresas su 
emulo Juan Fernandez Rebolledo, Sar- 
gento Mayor, salió a primera de Se- 
tiembre con orden de el Gobernador para 
Puren, y pasando el rio de Biobio con 
chatas y pontones, que hizo el Gobernador 
para el fácil pasage, llegó sin ser sentido 
felizmente a la ciénega de Puren con seis- 
cientos amigos y españoles; halló a la ori- 
lla de la ciénega las valsas con que el ene- 
migo pasaba de la una a la otra parte y 



dormidas las centinelas que las guardaban: 
las cogió y toda la noche la gastó en pa- 
sar su gente con gran silencio, y poco an- 
tes de el dia dio el Santiago y hizo la 
mayor suerte que se ha hecho en Puren 
después que dura esta guerra: mató trein- 
ta y cinco indios, cogió cien piezas y que- 
mó muchos ranchos llenos de comida; co- 
gió doscientos y cincuenta caballos, pasóles 
a cuchillo mas de dos mil cabezas de ga- 
nado; cogióles armas de azero, cotas y 
arcabuzes, y estubo dos dias en la misma 
ciénega quemando muchos y haziendo da- 
ños, y se retiró sin pérdida ninguna do 
soldado ni indio. Este suceso atemorizó 
mucho a los de Pm'en, como acontecido 
dentro de el sagrado o fuerte inexpugna- 
ble de su ciénega en que vivian seguros y 
parte que conservaban como eterno trofeo 
contra las armas españolas; y con estos 
golpes tan repetidos iban ya perdiendo los 
bríos y las esperanzas los enemigos que 
habitaban en aquella ciénega. Mirábanse 
convatidos de invasiones, no se resohian 
aun con ellas a dexar sus tierras y dar la 
obediencia a su Magestad, y viéndose aco- 
sados se metian la tierra adentro y se re- 
tiraban házia la Imperial, considerando 
que ya se avia hecho usual su ruina en aque- 
lla ciénega donde se blasonaban seguros. 



«» ■ < 



•#^ 



CAPÍTULO XVIII. 



Socorre Don Francisco Lazo la provincia de el Tucuman 
en un rebelión. Campea en Puren y haze grandes daños. 
Offrecen la paz cien caciques de la Imperial y embian 
algunos captivos. Sale el Sargento Mayor en busca de el 
cosario Butapichon y deshaze sus juntas y pónele en 
huida. 



Eflcribenle el Gobernador y el Virrey con muchos agradecimientos por el buen socorro. — Afio do 1633. — Entra 
el Gobernador con los tercios en campaña. — Tala las sementeras do Puren y necessita los indios. — \ié- 
ucnse algunos de paz y entre ellos el cacique Guaiquimilla. — Echa una emlx>scada y coge veinte y mata 
algunos. — Cogen a un gran cosario. — Mándale ahorcar con otros cuatro. — Embia el Gobernador al Maestro 
de campo a Puren. - No salen de su rebeldía los de Puren y los de la Imperial le embian mensafes de paz. — 
Embian cinco ospaQolas por ganarle la voluntad. — Viénense dos indios y dan nueva de una poderosa junta 
que trabe Butapichon. — Salió a esperar al enemigo. — Embió a coger lengua a Puren y cogieron cuarenta. — 
Tubo aviso Butapichon que le aguardaba Lazo y deshizo la junta. — Haze algunas obras en Penco. — Buscó 
achaque el Gobernador para baxar otra vez a Santiago a imbernar. — Que no conviene que los Gobernadores 
frecuenten vaxar a Santiago. — Inconvenientes que se siguen de desamparar las fronteras. — Corre el Sar- 
gento Mayor las tierras de Butapichon. — Cogen algunos indios de emboscada. — Ofifrécenle la paz al Gober- 
nador cien caciques de la ImperiaL — Cédula de su Magestad. — Que embie mapas y relación de los puertos 
minas, etc. — En esta historia se halla relación de todo con curiosidad y diligencia. 



En lo mas riguroso de los cuydados con 
que el Gobernador se hallaba, aunque bien 
lucidos, le sobrevino otro de socorrer la 
provincia de Cuyo, jurisdicción de su go- 
bierno, que aviéndose alzado los indios 
Calcliaguics, de la provincia de el Tucu- 
man, liazian muchos danos. Y assi vaxó a 
Santiago con este cuydado y despachando 
algunos capitanes y soldados al corregidor 
de Cuyo Don Juan de Adán, le ordenó 
que con toda la gente que pudiesse juntar 
dicsse ayuda a Don Felipe de Albornoz, 
gobernador de el Tucuman, a quien tam- 
bién socorrió el Virrey el Conde de Chin- 
chón por la parte de Chuquisaca, y con 
estos socorros quebmntó las fuerzas de los 



Calchaguies que iban executando en aque- 
llos lugares do el Tucuman grandes cruel- 
dades y desacatos en los templos, abra- 
sándolos y robando los ornamentos y vasos 
sagrados, con muerte de muchos españoles. 
Y fué de tanta importancia el socorro de 
la gente de Chile que embió el Gobenia- 
dor Don Francisco Lazo, que agradecido 
el Gobernador de Tucuman y reconocido 
a lo muclio que le esforzó su exercito la 
gente de guerra de Chile con su valor y 
buena disciplina, le escribió con grandes 
encarecimientos y lo mismo hizo el Virrey, 
diziéndole que tendría cuenta de avisar, a 
su Magestad de el servicio tan particular 
que le avia hecho en socorrer con sus ar- 



104 



DIEGO DB EOSALES. 



mas a una necesidad tan urgente^ tan de 
su servicio y en tanto bien de aquella pro- 
vincia. 

Volvió a laa fronteras por los fines de 
Noviembre y ocupó todo Diciembre en 
prevenciones de guerra para la sucesiva 
campaña. Salió a primero de Enero de 
1633 para la campaña, y aviéndose encor- 
porado en Negrete todas las fuerzas, mar- 
charon hasta Coipu, desde donde despachó 
el Gobernador al Sargento Mayor Juan 
Fernandez Rebolledo con mil y doscientos 
caballos a correr a Curalaba y las provin- 
cias confinantes. Fué sentido, y con todo 
eso captivo diez y ocho indios y mató tre- 
ce. Estaba el enemigo retirado en los mon- 
tes y quebradas, temeroso de que con la 
campaña de este verano executasse el cam- 
po español el castigo que en otros avia 
executado en las malocas pasadas, y por 
esta causa hizo poco efi^ecto el Sargento 
Mayor: con que se retiró a Coipu, donde 
le aguardaba el Gobernador, y al dia si- 
guiente marchó a Puren, y talando de ca- 
mino toda la campaña, sin que ubiesse 
indios que saliessen a la defensa, andando 
a la mira de el exercito en tropas. Assen- 
tó su real muy despacio en Puren para 
consumir todas las sementeras y necesitar 
al enemigo, que ^s la mayor guerra el qui- 
tarles el sustento, porque en viéndose har- 
tos y abundantes de comidas todo es inten- 
tar malocas y hazer juntas para guerrear. 
Dieron algunos la paz viéndose apurados, 
y entre ellos la dio Guaiquimilla, que sig- 
nifica Lanza de oro, cacique principal y de 
opinión entre los purenes, con setenta per- 
sonas de su familia, y pocos dias después se 
entendió que él y otros tenian comunica- 
ción estrecha con el enemigo, y juzgando 
esto por fácil, según su variedad nativa, 
mandó el Goberaador recogerle a una pri- 
sión, donde acabó sus dias en breve, mu- 
riendo con demostraciones de christiano. 



A la retirada, conociendo el Goberna- 
dor la costumbre de estos indios, que 
siempre vienen siguiendo al campo por 
logi'ar algún desmán o recoger algunos 
caballos perdidos o cansados, echó unas 
dos emboscadas en el parage de Angol, 
encomendando la una al capitán Juan 
Vasquez de Arenas, soldado de opinión y 
manos, con trescientos indios y cien espa- 
ñoles, el qual captivo veinte y mató al- 
gunos, y a todos los que se cogieron los 
mandó luego ahorcar y con ellos un toqui 
de Puren. Marchó el Gobernador de reti- 
rada para nuestras fronteras y echó cien 
caballos ligeros delante a reconocer los 
pasos de Biobio para saber si con la au- 
sencia de el campo avian entrado al- 
gunos ladrones, y encontraron y cogieron 
los corredores a Curamboa, indio rebelde, 
notable cosario, cauteloso ladrón y perju- 
dicial en nuestras fronteras, mas astuto 
. que valiente, que con sus continuas entra- 
das destruyó las estancias de la ciudad de 
Chillan, por averse criado en aquellas 
fronteras. Nunca éste capitaneaba exérci- 
tos de enemigos, sino un pequeño numero 
de soldados para con mayor seguridad en- 
trarse sin ser sentido en nuestras tierras 
y estancias donde frecuentemente execu- 
taba grandes latrocinios con diabólicas es- 
tratagemas. Cogieron a este bandolero 
con otros cuatro compañeros suyos nues- 
tros caballos ligeros, y presentándoselos al 
Gobernador, que estaba en las faldas de 
Negrete, los mandó arcabuzear a todos 
por pedir todos los indios amigos que no 
viviesse un tan perjudicial cosario. 

El enemigo de Puren, viendo retirado 
a Don Francisco Lazo, juzgó que podia 
descansar por muchos dias y que no le 
iria a buscar, y salieron todos de los mon- 
tes a recoger el rebusco de la comida que 
ubiesse quedado libre de el fuego y a ree- 
dificar los ranchos abrasados por el exér- 



HISTORIA D£ CHILE. 



105 



cito. Penetró el lanze el Gobernador, y 
luego que llegó a las fronteras ordenó al 
Maestro de campo que con el tercio de 
Arauco j con doscientos hombres que 
ordenó que sacasse de el tercio de San 
Felipe, sin descansar volviesse a Puren: 
hizolo y cogiólos sobre seguro, porque co- 
mo aTian visto retirar el exército, no se 
les offireció que les pudiesse reñir tan 
presto el azote. Y en nueve dias que alli 
estubo mató quince indios soldados, cogió 
ochenta y ocho piezas, degolló mas de tres 
mil cabezas de ganado, cogió también dos- 
cientos y ochenta caballos, destnijóles 
todos los ranchos y comidas que avian 
quedado, y se retiró sin pérdida ninguna 
al Estado de Arauco. 

Estos castigos tan repetidos pudieran 
desengafiar a la nación mas indómita, pe- 
ro ninguna lo es mas que esta a mi ver, 
pues sin tener que comer ni casas en que 
riyir, alimentaba sus grandes espirítus con 
la porfia, y nunca descaecían por mas de- 
bilitados que se viessen. Solos los de la 
Imperial embiaron mensages de paz al Go- 
bernador, disculpándose que ellos bo ha- 
zian la guerra, sino los de Puren y Ilicura 
y otros que estaban en medio; que si esos 
se redugessen a la paz, ellos siempre esta- 
ban dispuestos a darla. Y para ganarle la 
voluntad le embiaron sin rescate cinco 
mugeres españolas, las tres principales, 
llamadas Doña Juana de Figueroa, Doña 
Antonia de Luna y Doña Violante Sua- 
rei, y digeron que en todo el distrito de 
la Imperial no avia español ninguno cap- 
tivo, de que se deben dar muchas gracias 
a Dios porque ayan salido de tanta mi- 
seria. Despidió el Gobernador a estos men- 
sageroB en la Estancia de el Rey, donde 
se hallaban a la sazón bien agasaxados y 
con buenas esperanzas, con que trató de 
retirarse a la Concepción. Y antes de po- 
nerlo en execucion, se vinieron a nuestro 



campo dos indios de la junta de Butapi- 
chon, amigos nuestros que se avian ido al 
enemigo años antes, y por hallarse mal se 
volvieron a su antigua morada, que al fin 
reconozen que es mexor la amistad de el 
español. Llegaron a veinte y cinco de 
Marzo avisando al Gobernador como es- 
taba junto el enemigo para venir a dar 
sobre el tercio de San Felipe de Austria, 
asolar a nuestras fronteras v alzar a los 
amigos, y que venian todos muy animados 
para degollar a todos los españoles que 
alli militan, vengando en ellos la pérdida 
de Arauco, y que el general de todos era 
Butapichon, que tenia convocado mayor 
numero que el de la batalla grande de 
Arauco. 

Prevínose Don Francisco Lazo valién- 
dose para ello de su valor y ciencia mili- 
tar, que como tenia brios generosos y gue- 
rreros, lo dispuso todo con gran desahogo 
y señorio. Juntó las fuerzas que pudo en 
aquella frontera y estubo esperando al 
enemigo. Y viendo que se pasaban dias, 
salió impaciente de aguardarle a recevirle 
a la campaña y púsose sobre el rio de la 
Laxa, y como tardasse el enemigo, se de- 
terminó a experimentar la lealtad de los 
indios que pocos meses antes se arian ve- 
nido de paz de Puren a vivir entre nues- 
tros amigos, y entreverándolos con los 
amigos antiguos que están mas prendados, 
embió hasta cuarenta y les ordenó que 
fuessen a coger lengua al mismo Puren 
con toda prestoza. Y fué tanta la que pu- 
sieron, que en siete dias volvieron sin pér- 
dida y con cuarenta y cinco captivos, de 
quienes se supo que Butapichon avia des- 
hecho su exército estando ya para salir, y 
fué la ocasión aver llegado un indio fugitivo 
de Chillan, a donde estaba la junta, y dícho- 
les cómo el Gobernador estaba sobre aviso 
reforzado de gente y armas y deseando 
que entrassen para pelear. Era ya formi- 



106 



DIEGO DE llOSALES. 



dable el nombre de Don Francisco Lazo 
a Butapiclion y a todos los rebeldes, y juz- 
gando por temeridad el ponerse a pelear 
con él y tentar su fortuna, que siempre 
la avian experimentado adversa, mudó 
Butapichon de parezer y tomándole me- 
xor deshizo la junta, que no es la menor 
valentia venzer con la opinión, y señal de 
que es grande hazerse temer y reusar el 
enemigo el venir a las manos. 

Volvió el Gobernador a la Concepción, y 
su espíritu ifunca ocioso hizo una hermosa 
sala de armas, aseguró la ciudad de el 
temor de la pólvora, que estaba mal aco- 
modada, haziendo un terraplén y bobeda, 
donde la aseguró del amago de algún fatal 
suceso. Retiró la artillería de la marina y 
púsola en plataformas, fabricó un cuerpo 
de guardia, y los vecinos fueron también 
haziendo casas, perpetuándose alli los que 
antes deseaban salir de aquella ciudad por 
mal segura. Ilallábasse el Gobernador con 
algunos achaques, y el mayor era el deseo 
de vaxar a invernar a Santiago, que como 
en aquella ciudad hallan muchas utilida- 
des los gobernadores, con pequeña causa lo 
hazen servicio del Rey, siéndolo mayor el 
estarse en las fronteras. Y para paliar el 
desampararlas con conveniencias públicas, 
solicitan del Cabildo de Santiago, y aun 
de la Real Audiencia, cartas negociadas, 
que no pueden negar al respeto, en que 
los suplican que bajen a aquella ciudad. 
Y de esas tubo Don Francisco Lazo mu- 
chas, para dar color al repetir tanto las 
invernadas en Santiago, con que fué, des- 
pués de aver repartido el situado al exér- 
cito, a tratar de sus conveniencias a San- 
tiago. Pero como de estas se puede tratar 
desde la Concepción y lo principal de un 
gobernador es ser capitán general del exér- 
cito y se lo da el Rey pai-a que consiga el 
fin de la conquista, no conviene que de- 
sampare la frontera, que es contra el ser- 



vicio de Dios y del Rey, porque de su 
ausencia se experimentan grandes incon- 
venientes, que con ella se retardan las 
disposiciones de la guerra, que a vezes 
suelen pedir pronta execucion. Por no 
asistir a la distribución de los situados, 
tienen los soldados mil sangrías en los so- 
corros, y viniendo para ellos son los que 
menos tocan, y con la ocasión de baxar 
el Gobernador a Santiago quedan las com- 
pañías descuadernadas, siguiéndole muchos 
soldados, y para la ocasión de la guerm 
se hallan los capitanes sin gente, y a la 
ciudad de Santiago se le recerzen con 
esto gastos, incomodidades, pérdidas y me- 
noscabos, porque lo común es ir tantos 
salteadores como soldados. Materia es esta 
bien sentida y mal remediada y que de- 
bían zelarla mucho los gobernadores, pam 
no incurrir en la nota en la que fué tan no- 
tado Don Francisco Lazo: que el que en la 
guerra fué tan vizarro y tan sin censura, 
en la paz tubo muchas. 

Dexó ordenado el Gobernador al Sar- 
gento Mayor que mientras iba a Santia- 
go hiziesse una entrada a las tierras de 
Butapichon, porque tubo noticias que de- 
samparando las suyas se avía ido a fabo- 
rezer a las de Antegueno y validóse de 
los muchos y espesos montes que alli ay 
para cercarse de gruessos maderos y ata- 
xar los pasos con grandes arboles cortados, 
rezeloso no le sucedicsse lo que a Queu- 
puante y que le cntrassen por caminos 
desusados. Salió el Sargento Mayor por 
el mes de Noviembre, y siendo sentido en 
el rio de Biobio se retiró por no liazer 
jornada que no tubiesse effecto y moles- 
tar la gente sin provecho, y aviendo veni- 
do treinta indios del enemigo a la vista de 
su retaguardia, se resolvieron a entrar a 
nuestras fronteras en su seguimiento, por 
si podían coger algunos caballos cansados 
o soldados desmandados. El Sargento Ma- 



HISTt)RIA DE CHILE. 



107 



yor dispuso una emboscada, en la qual co- 
giéiid(dc8 las espaUlos dieron con ellos j 
los cercaron do modo que no se pudieron 
escapar, y aunque el numero de los miestros 
era muy superior, pelearon tan valiente y 
desesperadamente que quedaron los nue- 
Te muertos y los veinte captivos, esca- 
pándose solo uno que llcbó el aviso a sus 
tierras. Hubo algunos heridos de los nues- 
tros, pero no peligró ninguno; trngéronse 
los presos y pusiéronlos en el fuerte de 
Buena Esperanza para que trabaxassen 
en la obra que alli se hazia. 

Tubo en Santiago el Gobernador la 
nueva de este buen suceso y dispuso lue- 
go el volver a la guerra y llebar consigo 
algunos vecinos, y llegando a la Concep- 
ción bailó cincuenta caciques de la Im- 
perial que vinieron a darle la paz y a pe- 
dirle que poblasse en sus tierras, porque 
temian el daño que les amenazaba aquel 



verano y trataban de reconciliarse por 
evitarle. Mas considerando el Gobernador 
que la población de la Imperial era de po- 
co fundamento, dexando tanta tierra en 
medio despoblada y muchos enemigos en 
ella, los despidió con buenas esperanzas y 
diziéndoles que pues querían ser amigos 
le ayudassen a conquistar los enemigos de 
Puren y otros que avia en medio para de- 
xar llano el paso para sus tierras, a lo 
qual se ofrecieron, pero no lo cumplieron, 
por no atreverse a hazer la guerra a sus 
confinantes sino es con ayuda de los es- 
pañoles. 

Este año de 1633 expidió su Mages- 
tad una cédula en que manda al Goberna- 
dor Don Francisco Lazo que le embie re- 
lación y mapas de el Reyno de Chile, 
avisándole de todo lo singular de él, cuyo 
tenor es el siguiente: 



EL REY. 

Don Francisco Lazo de la Vega, caballero de la Orden de Santiago, mi Gobernador y Capitán 
General de las Provincias de Chile y Presidente de mi Audiencia Real que en ellas reside, o a 
la persona o pereonas a cuyo cargo fuere su gobierno. Demás de las relaciones que tengo pedidas de los 
puertos y costas de esa tierra, deseo tener por menor descripción entera de todas esas provincias que 
caen debajo de vuestro gobierno. Y assi os mando que luego como recivais esta mi cédula dei s las 
ordenes que convengan para que se hagan luego mapas distintos y separados de cada provincia, con 
relación particular de lo que se comprende en ellas, sus temples y frutos, minas, ganados, castillos y 
fortalezas; puertos, caletas y surgideros; materiales para fábricas de navios, sus carenas y aderezes, y 
qué naturales y españoles tienen, todo con mucha distinción, claridad y brevedad, de suerte que si fuere 
posible venga en la primera ocasión, que en ello me serviréis. Fecha en Madrid a 30 de Diciembre de 
1633. — YO EL REY. — Por mandado de el Rey nuestro Señor, Don Ternando Ruiz dbContreras. 



Llegada esta cédula puso en execucion 
el Gobernador lo que en ella se le orde- 
naba y embió las relaciones de todo como 
cosa tan conveniente; pero no con la ple- 
nitud que se hallarán en esta historia ni 
con la diligencia y cuydado que yo he 
puesto en inquirir y saber todas las parti- 
cularidades que su Magostad manda en esa 
cédula, como lo podrá ver el curioso lec- 



tor en el primero y segundo libro de esta 
historia, donde verá muchas curiosidades 
al propósito, assi de todos los puertos, 
rios, temples, frutas, arboles, plantas, co- 
mo de las calidades de estos indios, de 
sus costumbres, ritos, ceremonias, usos, 
valentía, esfuerzo y modo de hazer la gue- 
rra, en que exceden a todos los de la 
América. (1) 



(1) Este ea el primer pasaje de su historia en que el padre Rosales, siempre modesto, manifiesta alguna vani- 
dad por sus trabajos. Y efectivamente, los primeros capítulos relativos a la historia natural de Chile son bastante 
notables. 



CAPÍTULO XIX. 



Sale don Francisco Lazo con los tercios a campear y tiene 
buenos sucesos. Danle algunos la paz de Puren y otras 
partes. Fineza de Curiñamon, que quiere ser amigo. Re- 
tíranse otros enemigos la tierra a dentro de temor; y las 
buenas suertes que se hizieron en ellos. 



•■> •_ 






l. 



Afio de 1634. — Sale el Gobernador a campafia. — Haze Sargento Mayor y Maestro de campo. — Pelea el itíttñ» 
de Arauco en el camino. — Maloquean los tercios y tienen buen sucesso. — Suerte de RangeL — Tala el Gober- 
nador y pidenle misericordia, y concédesela por tres dias. — Vuelve a talar las sementeras. — Dale livanca la 
paz con otros, y pidenle que pueble alli en Puren. — Entra en consexo y repugnan la población. — Falta del 
exército un yanacona. — Trábesele Curiñamon al Gobernador que le halló durmiendo. — Sabe el Goberaador 
como su padre siempre le persuadia a que fuesse enemigo de los españoles, y él siempre se ha inclinado a ser 
amigo. — Trata de las pazes, como serán firmes y da el medio — Codfcianle todos las armas, y tmécasalaa por 
otras a Don Miguel de la Lastra. — Arañas que hazen rabiar. — Retíranse a la Imperial loe de Paren aoo«a- 
dos de la guerra. — Viénense treinta de paz. — Maloquea el Maestro de campo y tiene buena suerte. — ^Viénense 
algunos de paz. — Maloquea Rangel y coge piezas. — Viénense otros de paz. — Salió el Gobernador en busca de 
Butapichon, que venia con una junta. — Captiva Mavida ocho, y mata los mas de los corredores da el «atmigo. 
— Enferma gravemente el Gobernador y va a convalezer a Santiago. 



A los primeros de Enero de 1634 salió 
Don Francisco Lazo a la campaña y se 
aloxó en las fronteras de San Felipe, 
aviendo dado orden que las. armas de 
Arauco saliessen al mismo tiempo mar- 
chando por los altos de San Gerónimo 
para encontrarse en los de Puren. Pasó el 
Gobernador a Biobio, en barcos que tenia 
hechos para el proposito, con los españoles 
y amigos, y antes de salir hizo algunas 
elecciones de capitanes y dio el puesto de 
Sargento Mayor a Alfonso de Villanueva 
Soberal, soldado de muchas obligaciones, 
muy entendido en la guerra, grande arit- 
mético y esquadronista y de buena suerte 
con el enemigo; y al Sargento Mayor, que 
era Juan Fernandez Rebolledo, le pasó 
dignissimamente al puesto de Maestro de 



Campo de el Rejoio por sus grandes ser- 
vicios, famosos hechos y prudencia mili- 
tar. Avia concertado el Gobernador v da- 
do orden que a un tiempo Uegassen los 
dos tercios a Puren para necesitar a estos 
indios de comida y ganados y quitarles 
las mugeres y los hixos, que es la mexor 
guerra y la mas sensible para ellos.^ Avia 
de correr el Maestro de Campo Juan Fer- 
nandez con las armas de Arauco en las 
faldas de Utanlcbo y las de San Felipe 
en la misma ciénega, y aviéndolo executa- 
do, se avian de incorporar en la casa viexa 
de Puren. 

Por mas cuydado que pusieron en eje- 
cutar el orden para entrar a maloquear a 
un tiempo sin ser sentidos, no pudo el 
tercio de Arauco dexar de serlo de una 



HISTORIA DE CHILE. 



109 






j^y 



4 



"V 



quadríUa de enemigos que vigilante guar- 
daba los caminos, j aviéndose encontrado 
con ella pelearon derrotando al enemigo y 
matándole algunos, j de los que se esca- 
paron llegó el aviso en las plumas de los 
▼ieiitOB a Puren, con que al llegar los ter- 
ttó6 a maloquear hallaron la tierra en 
lionia. Dañoso fué el accidente, pero inex- 
eofiable: corrieron, sin embaído, ambos ter- 
cióla cada uno en su lugar, j captiváronse 
cincuenta 7 cuatro personas 7 entre ellos 
do6 caciques de importancia, 7 mataron en 
algunas refritas que ubo con el enemigo, 
que los aguardó con las puntas de las lan- 
saSy treinta 7 cuatro indios de los mas va- 
lientes 7 arrestados. Incorporóse el Gober- 
nador con todas sus fuerzas en la casa 
Tiexa de Puren, tierra dilatada, amena en 
k hermosura, abundante de sementeras 
y copiosa de legumbres, que aquel dia 7 
el siguiente se abrasaron todas 7 se tala- 
ron, mudándose los quarteles para no de- 
xar nada que asolar. Entraban 7 salian 
mochos caciques 7 capitanexos, mugeres 7 
mflos, a ver al Gobernador 7 hablar a sus 
parientes captivos, 7 los caciques trataron 
de pases 7 dieron noticias de cómo algunos 
ladrones instaban por venir a nuestras fron- 
teras, por lo qual despachó el capitán Fe- 
lipe Rangel, que lo era de los amigos de 
Arauco, buen soldado 7 dichoso, con cien- 
to 7 cincuenta indios 7 veinte españoles, 
para que pasando por Ilicura fuesse en 
busca de ladrones que intentaban entrar 
en la frontera. Y llegando a Ilicura peleó 
con una tropa de indios, mató seis 7 cogió 
treinta 7 seis piezas 7 dos caciques entre 
ellas. 

Pedian los caciques con muchas su- 
misiones en Puren al Gobernador que 
alzasse la mano de la tala, que ellos pro- 
metían dar la paz 7 sujetarsse a su obe- 
diencia. Aceptó el Gobernador el con- 
trato 7 concedió clemencia por tres dias; 



dos pedian, pero quiso mas el Gobernador 
darle de mas que negarse a sus ruegos 7 
parecer corto en la clemencia el que se 
mostraba tan largo en el rigor. Mas viendo 
que se pasaba el tiempo en vano 7 que no 
cumplian cosa de lo que prometian ni que- 
rían dexar sus tierras, volvió otra vez a la 
tala con ma7or rigor 7 con notable terror 
de los rebeldes. Andaban estos en varias 
tropas 7 quadrilias mirando su ruina. Era 
admiración ver la amenidad 7 abundancia 
de aquella tierra, la gruesa copia de comi- 
das que en ella se iban talando, 7 parecia 
que en este año habia sido ma7or el exceso 
de la fertilidad de las sementeras que en 
otro de los pasados. Tomó la mano Livan- 
ca, un cacique el mas príncipal de Puren, 
CU70 nombre significa Cuerpo blanco, para 
reducir a los demás a la paz, 7 después de 
averies hecho varios parlamentos propo- 
niéndoles las conveniencias^ fué con ellos 
a pedir al Gobernador que poblasse en 
aquella tierra 7 pusiesse un fuerte de 
españoles en ella, que todos se le sugeta- 
rian 7 darian la paz con grande voluntad 
7 pronto ánimo, 7 que si hasta alli avian 
tenido alguna dureza, avia sido por no 
dexar sus tierras; 7 que admitiéndoles la 
paz en ellas todos estaban rendidos. Tomó 
consexo Don Francisco Lazo 7 pocos fueron 
de parezerquese poblase, 7 juzgando que 
harian con los españoles lo mismo que otras 
vezes avian hecho, asaltándolos en los fuer- 
tes que alli avian tenido, fueron los mas 
de parezer que no*se poblasse, añadiendo 
que siempre se debia mirar la permanen- 
cia 7 estabilidad de una población 7 que 
esta quedaba totalmente arresgada en me- 
dio de los enemigos, 7 no aviendo hecho 
otras poblaciones en Angol o en otras par- 
tes de el comedio, no podian tener soco- 
rro los de Puren 7 se les atreveria mas 
fácilmente el enemigo. Y assi los despidió 
a los caciques con buenas palabras 7 bue- 



lio 



DIEGO DE nOSALES. 



ñas esperanzas de que en haziendo otras 
poblaciones en el comedio poblaría a Pa- 
ren. 

Todo Enero gastó el Gobernador en las 
talas, necesitando al enemigo y quitándole 
las comidas con que haze sus borracheras, 
sus juntas y todos sus llamamientos; y a 
los principios de Febrero se dispuso la 
retirada y el dia primero de la marcha 
faltó del exército un indio christiano yana- 
cona. Creyóse le habría captivado el ene- 
migo, y al mismo tiempo que se estaba 
tratando de su falta y ecliando juicios de 
que lo avian captivado o muerto, llegó al 
cxercito Curinamon, cuyo nombre significa 
Pierna negra, cacique muy principal de 
Puren y soldado de opinión, acompañado 
de otros cuatro indios y de el indio que 
juzgaban captivo o muerto. Entró Curi- 
namon vizarro, sin encarecimiento, armado 
de todas armas, peto y espaldar, tan luci- 
das y excelentes que pusieron envidia a 
todo el exército; caballo hermosísimo y 
lanza en la mano, y él tan arrogante que 
representaba bien el valor interior que le 
animaba. Recibióle e\ Gobernador también 
a caballo, y aviéndole saludado el Curani- 
mon, le dixo: "Porque veas, Gobernador, 
mi ánimo y la inclinación que tengo a tu 
valentia, que en viéndose los valientes 
luego se cobran amor, te presento este ju- 
dio yanacona de tu exército que le hallé 
durmiendo en este monte, que aunque 
nos dexas destruidos a todos los de Puren, 
mi tierra, precio mas avei'te hecho esta 
lisonxa que puedo sentir el pesar que nos 
has dado, que como esos sentimientos los 
trae la guerra y esos males no los has 
hecho como soldado, los que lo somos es- 
tamos hechos a sufrir esos golpes y tene- 
mos prevenido el ánimo para no sentirlos; 
que lo que tú has hecho oy en mis tierras 
haré yo mañana en las tuyas." Estimó 
Don Francisco Lazo la demostración y 



holgóse de ver un indio tan vizarro y 
tan arrogante, y mucho mas gusto tu- 
bo quaudo le oyó dezir como era hi- 
xo ' de un gran cacique de Puren y el 
mayor enemigo que avian tonido los espa- 
ñoles, y que siempre le avia persuadido a 
que él también lo fuesse y les hiziesso 
cruda guerra. Pero que sentía en si una 
inclinación y amor tan grande a los espa- 
ñoles, que aunque peleaba con ellos y se 
mostraba enemigo, el amor le timba y la 
inclnacion solicitaba su pecho para darles 
la paz y irse a vivir entre ellos y ser su ami- 
go de corazón (como después lo hizo, que 
se vino a Arauco y fué fiel amigo), Y assi 
en esta ocasión persuadió al Gobernador 
que poblasse los fuertes y las ciudades 
antiguas, que toda la tierra se le rendiría 
y le daría la paz y él seria el mayor soli- 
citador, por lo que en su pecho le solicita- 
ba el amor a los españoles, quanto su pa- 
dre le procuraba imprimir el odio. Era 
este indio quanto vizarro discreto, y dis- 
putó largo rato con el Gobernador sobro 
la paz de aquella guerra y sobro el áta- 
xarla, y díxole al Gobernador que traxesse 
muchos españoles para poblar y difieren tes 
de los antiguos, que ni fuessen tan codi- 
ciosos, tan crueles con los indios y tan 
injustos en los agravios que les hazían, y la 
paz duraría y se atajaría la guerra. Final- 
mente, discurriendo sobre estas materias 
con Don Francisco Lazo, todos tenian 
puestas en él la mira por su vizarría y des- 
pexo y por la codicia de las armas tan 
lucidas que traína, por ser sin disputa las 
mexores que se avian visto en el Reyno 
de Cliile; y assi muchos trataron con él 
de trocárselas por otras, dándole demás 
amas algunas i)reseas de las que ellos 
apetecen, como paño, tafetán y otras cosas 
menudas que ellos estiman, y tubo mexor 
maña que todos el Capitán Don Miguel 
de la Lastra y Cárcamo, que oy es contn- 



HISTORIA DE CHILE. 



111 



dor y official Real y caballero del habito de 
Santiago, a quien se las dio Curíuamon. 

Viérónse en esta campaña cosas nota- 
bles, y entre otras es digno de referir el 
copioso numero de arafías venenosas, que 
en picando a los soldados los hazian rabiar 
desesperadamente tocados de su ponzoña, 
y algunos llegaban al último extremo por 
ignorarse el remedio de esta calamidad, 
que solamente en Puren afligió a loq sol- 
dados, porque no falten en aquella tierra 
basiliscos, aun en las sabandixas que se 
crian en ella, siendo dragones y leones Jos 
hombres que produze, los quales, aunque 
dezian que querían la paz, no la abrazaban 
Bino en su leonera y dando por escusa 
para salir de ella y venirse a las tierras de 
los españoles el dezir que las comodidades 
que alli tenian no las hallarian en otras 
partes. Apretados de la guerra que Don 
Francisco Lazo les hazia, ubieron de de- 
xarlas, perdiendo tierras y comodidades, y 
pudiéndose venir entre los españoles se 
fueron la tierra adentro a la Imperial. 

Continuaba el Gobernador la marcha y 
en todos los aloxamientos le salian al ca- 
mino nuevos indios que le daban la paz, 
movidos de sus hijos y mugcrcs captivas, y 
otros rendidos a los infortunios de la gue- 
rra, que por todos fueron veinte y dos los 
que dieron la obediencia. Ibanse mexo- 
rando cada dia los sucesos, que como era 
la razón de esta causa toda de Dios, con- 
tinuaba Don Francisco Lazo con celo pro- 
digioso reprimir de todo punto el orgullo 
de aquellos barbaros, peleando por la re- 
ligión y por allanar de una vez la tierra. 
Todo Febrero assistió en aquella frontera 
de San Felipe y parecíale que era mucho 
tiempo el que avia descansado el enemigo 
de la costa. Quiso inquietarle porque no 
sosegasse. Ordenósele al Maestro de cam- 
po Rebolledo que saliesse con cuatrocien- 
tos españoles infantes y caballos y qui- 



nientos indios amigos a Tirua, y halló que 
estaban con cuydado y dexóase caer sobre 
Calcoimo y Relomo, donde hizo muchos 
daños y captivo cincuenta pei'sonas, y en- 
tre ellas a Curimilla, capitán y cacique de 
mucho nombre que avia hecho gi'andes 
corredurías en nuestras fronteras con per- 
juicio de los indios amigos de San Cliris- 
tóval, a quienes por lisonxa los de Arauco 
remitieron su cabeza. 

Avia encontrado el Maestro de campo 
Rebolledo, quando salió para esta facción, 
dos tropas de enemigos en corto número 
junto a Paicabi, unos que venian a dar la 
paz y otros a mensages; examinólos maño- 
samente, y a aquellos en quienes se cono- 
ció sinceridad los Uebó consigo a la jorna- 
da, y a los que no, los remitió al fuerte 
de Lebo presos hasta su vuelta. Executó 
sus intentos en Relomo y Calcoimo y piis- 
sose sobre los altos de Puren. Retirándose 
estaban cerca de alli los ranchos de aque- 
llos indios que Uebó de Paicabi y pidieron 
escolta para ir por sus familias: eran diez 
y seis y despachó los nueve, quedándose 
con el resto, y con escolta de trescientos 
amigos y cincuenta arcabuzeros a cargo de 
el Capitán Felipe Rangel embió por sus 
familias. Recogiéronlas y retiráronse don- 
de aguardaba el Maestro de campo, que 
los recibió con mucho gusto y agasaxo por 
ver que se venian de paz a nuestras tierras. 
Con esta ocasión de aver entrado el Capi- 
tán Rangel en Puren, dio vista a unos 
ranchos que avian quedado, que hallando 
seguridad en la empresa cerró con ellos y 
captivo veinte y tres personas y un caci- 
que que con otros se le resistió, dexando 
a nueve muertos. Los otros, que dige avian 
quedado presos en el fuerte de Lebo, oye- 
ron dezir lo que el Maestro de campo avia 
hecho en sus tierras y entraron en acuer- 
do, determinando no volvere a ellas por 
temor de que los mismos de sus tierras los 



112 



DIEGO DE BOSALES. 



avian de matar por traidores, juzgando 
qué ellos avian guiado a los españoles pa- 
ra maloquearlos o dádoles aviso y traza 
para ello, y escogieron por mas seguro dar 
la paz que ponerse a peligro de ser dego- 
llados a manos de los suyos. 

Retiróse el Gobernador de la campaña 
a la Concepción por los fines de Marzo y 
entregóse todo en aquellos dias al despa- 
cho de España. Volvió a repetir los me- 
dios con que se podia dar fin a la guerra, 
refiriendo los sucesos últimos, las mexoras 
que se reconocian. Cada dia deseaba tra- 
bajar en servicio de su Rey y buscaba 
ocasiones de ellos, sin perder ninguna en 
que él se hallasse en persona, como le 
aconteció que por un aviso que tubo muy 
de vivo de que Butapichon venia marchan- 
do con una gruessa junta resuelto a pelear 
con el Gobernador, como se supo de dos 
indios que nuestras espias cogieron de la 
junta de el enemigo, salió luego a la fron- 
tera, ordenando al Sargento Mayor que 
saliesse con todos sus soldados al rio de la 
Laxa, y luego fué en su seguimiento. Pa- 
recian desiguales las fuerzas con que se 
hallaba Don Francisco Lazo a las que tra- 
hia Butapichon, pero el tiempo no daba 
lugar a traher las de Arauco. Aguardó 
algunos dias la junta de Butapichon y en 
este Ínterin un indio amigo llamado Mavi- 
da, vizarro y diestro en aquella milicia, que 
andaba a lo largo con otros veinte corre- 
dores, reconoció cerca de Biobio a los co- 
rredores de el enemigo en mayor número 
que los suyos; pidió al Gobernador que le 
diesse mas gente para embestirlos, y con 
ligereza le embió treinta amigos con los 
quales se encorporó y cerró 3on ellos con 
resolución. Eran treinta los enemigos y 
pelearon con notable valor, hasta que, 
muertos los mas, captivaron ocho y entre 
ellos un hixo de Anganamon, indio esfor- 
zado, de corazón y de consexo. Uno de los 



que se escaparon advirtió a Butapichon del 
suceso, que fué causa de que se volviesse a 
sus tierras, temiendo mayor mal. Siguióle 
los pasos el Sargento Mayor Alfonso de 
Villanueva hasta llegar a Pellaguen, de 
donde avia salido reforzado el enemigo, 
pero ya avia deshecho la junta, y al Sargen- 
to Mayor Villanueva le faltó antes tiempo 
a su valor que prosperidad a sus intentos. 
Mató treinta soldados de los enemigos, 
captivo cincuenta, y entre ellos a Pelanta- 
ro, enemigo de grande opinión y imitador 
dd antiguo Pelantaro, con que se retiró. 

Por Abril de este año enfermó el Go- 
bernador gravemente con la continuación 
de andar siempre en campaña y a{iretóle 
de suerte la enfermedad que se trataba 
ya mas de las exequias para su entierro 
que de los remedios para su salud; pero 
obró Dios con suma misericordia en el re- 
medio de la salud de este gran capitán, 
dándole salud: miróse patente el prodigio 
milagroso, según los efectos y las causas 
de la enfermedad. Passó el conflicto de 
ella los meses de Mayo y Junio, y era el 
de Agosto su convalecencia: teníala rigu- 
rosa por ser el temple de la Concepción 
contrario a su natural, y aconsexáronle los 
médicos que alli avia, por acertar en algo, 
ya que en lo demás yerran, que mudasse 
temple, y respecto de esto y de aver aquel 
año cédulas de el Rey muy apretadas pa- 
ra que pusiesse en libertad y librasse de 
el servicio personal a los indios pacíficos 
de aqueste Reyno por la rigurosa opresión 
en que los tenian sus encomenderos^ fué 
forzoso vaxar a Santiago, y aviéndolo re- 
suelto por Agosto, hizo su viage por mar 
hasta el puerto de Valparaíso. Entró en 
la ciudad de Santiago y trató en ella de 
la execucion de las cédulas para el alivio 
de aquellos indios, cuya materia tocaré a 
prisa por averia tratado en otras partee y 
ser odiosa a los vecinos y encomenderos. 



CAPÍTULO XX. 



Recive el Gobernador Don Francisco Lazo cédula de Su 
Magestad para que quite el servicio personal de los in- 
dios y haga la tassa de sus tributos. Yaxa a la ciudad de 
Santiago y haze las ordenanzas para su execucion. 



Va U Gobernador a Santiago a quitar el servicio personal. — Las dificultades y contradicciones — Lo poco que me- 
dran los encomenderos por el cargo de el servicio personal. — Suspendióse con el tiempo y luego se volvió a 
lo que antes. — Es mal que pide otro remedio. — Cédula Real de el servicio personal. — Manda quitar el servicio 
personal* — Ordenanza 1.* : quitasse el servicio personaL — Ordenanza 2.* : tributos en géneros. — Ordenanza 
3.*: tratamiento de loe indios. — Ordenanza 4.* — Ordenanza 5.*: pueden pagar el tributo en xomales. — 
Ordenanza 6 *: puede alquilarse dentro de cuatro leguas. — Ordenanza 7.*: pueden qucilarse en las estancias 
y chácaras. — Ordenanza 8.*: si quisieren se reduzcan a sus pueblos. — Ordenanza 9.*: obligación de el enco- 
mendero que tiene los indios en su estancia. — Ordenanza 10.*: que den fianzas los que sirven a los que no son 
sus encomenderos. — Ordenanza 11.*: obrage de Melipilla, se le reduzgan los indios. — Ordenanza 12.*: que se 
manifiesten los de las fronteras de guerra y se reduzgan a ellas.— Ordenanza 13.*: que no aya vagamundos. — 
Ordenanza 14.*: que los de Ck)quimbo puedan sacar oro y cobre.^Ordenanza 15.*: que no se pague ni venda 
vino a los indio?, ni 'se les rescate la ropa. — Ordenanza 16.*: alcanzes de indios sin apelación. — Ordenanza 17.* 
que visite un Oidor cada aña 



Deseaba el Gobeniador Don Francisco 
Lazo el acierto de materia tan grave para 
no faltar a la obediencia de su Magestad 
ni a la justicia debida a los indios, librán- 
doles de el servicio personal, ni contristar 
demasiado a los encomenderos, j assi usó 
de grande prudencia, sin faltar a la justi- 
cia, que lo uno y lo otro fué necesario, 
por no convenir los vecinos con la volun- 
tad de su Magestad, porque su voluntad 
era que los indios gozassen de la libertad 
que los demás vasallos de su corona goza- 
ban, que se les quitasse el servicio perso- 
nal, que se hizicssen nuevas tassas de el 
tributo que avian de pagar. Y verdadera- 
mente que ha llegado tarde el remedio de 
este daño, que desde sus principios se avia 
de aver puesto, y oy padece mil dificulta- 



des y contradicciones por averse arrai- 
gado tanto y héchose carne y sangre la 
sangre y el sudor de estos miserables; pe-' 
ro siempre es posible la execucion y e 
quitar la tirania con que se sirven de los 
indios, desnaturalizándolos de sus pueblos 
y trayéndolos a servir a sus estancias de 
sol a sol y de año a año. Y por esta causa 
muchos que christianamento discurren en 
el poco lucimiento y medro que han vis- 
to en los caudales y haziendas de los de 
este Reyno, filosofan ser la Providencia 
divina que no permite se les logre lo grue- 
so de ellas y tienen observado que nin- 
gunos de los pobladores de aquella ticiTa 
establecieron cosa que oy logren sus des- 
cendientes. Tenia orden el Gobernador de 
comunicar estas cédulas con la Real Au- 



114 



DIEGO DE ROSALES. 



diencia, cabildos y personas desinteresa- 
das, y entre todos se movieron monstruo- 
sidades de pai'eceres, y parecia se iba 
imposibilitando la execucion o embara- 
zándose la materia. Consumióse mucho 
tiempo en estas conferencias, y al cabo se 
resolvió la libertad de los indios, suspen- 
diéndose el servicio j)ersonal con ciertos 
gravámenes que se verán en la nueva tassa 



que se hizo, si bien todo ello fué de poco 
eíFecto, porque las cosas se quedaron en 
el mismo estado que antes por aver cria- 
do aquel daño raizes tan ondas que ni 
bastan cédulas ni ordenes, ni tendrá re- 
medio si no se toma otra forma, y para 
que se vea el zelo santo de su Magestad 
y la justificación con que procede, pondré 
aqui su Real cédula: 



EL REY. 

Don Francisco Lazo de la Vega, caballero de el Orden de Santiago, mi Clobernador y Capitán 
General de las Provincias de Chile y Presidente de mi Audiencia Real que en ella reside, o a la persona o 
personas a cuyo cargo fuere sn gobierno. Bien sabéis que por muchas cédulas y ordenanzas mias y de 
los Señores Reyes mis progenitores se ha mandado que los indios naturales de esas provincias tengan y 
gozen entera libertad y me sirvan como los demás vasallos libres de estos Re3mo8. Y assi mismo sabéis 
que por repugnar a esto el servicio personal, en que en algunas partes lo han tassado, en vez de tributo 
que pagan y deben pagar a su» encomenderos, está ordenado y mandado apretada y repetidamente que 
cesse y se quite de el todo el dicho servicio personal y se haga tassa de los dichos tributos, reduciéndo- 
los a dinero, trigo, maiz, gallinas, pescado, ropa, algodón, grana, miel y otros frutos de legumbres y 
e8i)ecies que ubieren y cómodamente se cogieren y pudieren pagar por los dichos indios según el 
templo, calidad y naturaleza de las tierras y lugares en que habitan, pues ninguna dexa de llebar los 
tales que puedan ser estimables y algún provecho para el uso, comercio y necesidades humanas, y por- 
que, sin embargo de esto, he sido informado que en esa provincia y en otras duran todavia los servicios 
perrsonales, con graves daños y vexaciones de los indios, pues los encomenderos con este titulo los tienen 
y tratan como a esclavos, y aun peor, y no los dexan gozor de su libertad ni acudir a sus sementeras, 
labranzas y grangerias, trayéndolos siempre ocupados en las suyas con codicia desordenada, por cuya 
causa los dichos indios se huyen, enferman y mueren, y han venido en gran disminución y se acaba- 
rán muy presto si en ello no se probee de breve y eficaz remedio. Y aviéudose visto en mi conseox 
real de las Idias muchas cartas, relaciones y memoriales que sobre esto se han escrito y presentado i>or 
personas zelosas del servicio de Dios y mió, y de el bien y conservación de dichos indios, y lo que los 
oficiales del dicho mi consexo han pedido en diferentes tiempos en esta razón, y cónsul tádoseme lo que 
ha parecido conveniente. He tenido por bien ordenar, como por la presente os ordeno y mando, qu 
luego que esta recibáis tratéis de alzar y quitar precisa y inviolablemente el dicho servicio personal en 
qualquiera parte y en qualquiera forma que estubiere y se hallare entablado en ese provincia, persua- 
diendo y dando a entender a los dichos indios y encomenderos que esto les está bien y es lo que mas 
Jes conviene, y disponiéndolo con la mayor suavidad que fuere posible. Os juntareis con el Obis- 
po, officiales reales, prelados de las Religiones y otras personas entendidas de esa provincia y pla- 
ticareis y conferiréis en qué frutos, cosas y especies se pueden tassar y estimar cómodamente los 
tributos de los dichos indios que correspondan y equivalgan al interés que justa y lejitimamente 1c<í 
pudiere importar el dicho servicio personal si no excedieren del uso, exacción y cobranza de él. Y 
hecha esta conmutación, haréis que se reparta a cada indio lo que assi ha de dar y pagar en los di- 
chos frutos, dinero y otras especias, haziendo nuevo padrón de ellos y de la dicha tassa en la forma 
que se ha referidq, y (pie tengan entendido los encomenderos que lo que esto montare y no mas 
han de pinler pedir, llevar y cobrar de los dichos indios, como se haze en el Perú y en la Nueva 
España. Y esta tassa la avels de hazer dentro de seis meses como esta .cédula reciviéredes, y ponerla 
luego en execucion, salvo si halláredes y se osoffrecieren tan graves e inexcusables inconvenientes 
[)ai*ticulares de que acá no se tenga noticia y convenga dármela primero, que la comencéis a execii- 
tar y platicar, porque solo en este caso lo podréis suspender y sobreseer, avisándome luego de ello y de 
las causas y motivos que a ello os ubieren obligado, y si sucediere causa de vacar alguna encomien- 
da de las assi tassiulas en scr\ácio personal, suspendereis el probeerla ha.sta que con effecto esté 
hecha la tassa, y el que la entrare a gozar de nuevo la reciva con ese cargo y sepa que se ha de con- 
tentar con los frutos y especies de ella, y de averio asi hecho y executado me avisareis en la primera 
ocasión y me embiareis el padrón y la relación de los dichos indios y nuevas tassas, con apercevimien- 
to que de qualquier tardanza o omisión o disimulación que en esto ubiere, me tendré por deservido y 
demás de que se os hará cargo grave de ello en la residencia que se os tomare, y correrán por el de 
vuestra conciencia los daños y menoscabos que por esta causa recibiereii los indios, y se cobrará la 
satisfacción de los vuestros bienes y haziendas. Fecha en Madrid a catorze de Abril de mil y seiscien- 
tos y treinta y tres años.— YO EL REY. — Por su mandado de el Rey Nuestro Señor, Don Fernan- 
do RUIZ D£ CONTRERAS. 



HISTORIA DE CHILE. 



115 



Y aviendo hecho las consultas v dili- 
gciicias que su Magcstad ordena en su 
Real Cédula, mandó el Gobernador que 
so exccutasse como su jMagestad lo man- 
da, y ordenó y mandó que de aquí ade- 
lante en este Rey no no'ubiesse servicio 
personal de indios y que se quitasse ex- 
presamente en todo y por todo, y según 
y como y en la forma que por dicha tassa 
en otras orden a zas se hallaba por la ne- 
cesidad de la tieiTa permitido y entablado 
en cuanto no fuere contrario a la dicha 
ultima cédula y estas ordenanzas, y que 
sus encomenderos solo tengan derecho a 
cobrar de cada uno de los dichos indios 
diez pesos de a ocho reales que les señaló 
de tributo y no mas, el qual hayan de 
pagar los dichos indios en la forma que 
irá declamdo, guardando las ordenanzas 
de la Real tassa, como su Magestad lo tie- 
ne mandado executar por tercera yusión, 
como no fueren, como dicho es, contrarias 
a la dicha Real Cédula suso incorporada 
y en lo que en su execucion y cumplimien- 
to por yia de tassas y ordenanzas, y en lo 
que mas ubiere lugar de derecho, se dis- 
pusiere, en la forma siguiente: 

"Primeramente ordeno y mando que to- 
dos los indios, assi de pueblos como los 
que conforme a la real tassa están aci- 
mentados, rancheados y naturalizados en 
las estancias, chácaras y casas de españo- 
les o en otra qualquier parte, y los yana- 
conas y veliches que al presente se Imllan 
y adelante se hallaren en este Reyno^ 
ciudades y partidos de él, gozen de la 
gracia, merced y entera libertad que su 
Magestad con su acostumbrada clemencia 
les ha concedido quitándoles el dicho ser- 
yícío personal, y que sean tratados, ávi- 
dos y tenidos y comunmente reputados 
como los demás vasallos libres que su Ma- 
gestad tiene en este Reyno y en los de 
España, sin que sus encomenderos tengan 



contra ellos mas derecho que para cobrar 
el dicho tributo en los frutos, géneros y 
especies que irán declarados. 

"Itcn ordeno y mando que los dichos 
indios paguen a sus encomenderos o quien 
su poder o orden tubiere el dicho tributo, 
en dinero, sebo, ganados mayores y me- 
nores, trigo, maiz, anis, lantejas, garban- 
zos y gallinas, a los precios que los dichog 
géneros y qualquiera de ellos valiere de 
contado al tiempo de la entriega, cuya de- 
claración de dicho precio han de hazer los 
corregidores de las ciudades y partidos, ha- 
ziendo información cada año, al tiempo de 
la45 cosechas, de el justo valor de ellas, y 
hecha esta diligencia se publicará el pre- 
cio en cada partido para que venga a no- 
ticia de todos y quede assentado el dicho 
precio, y por el que assi declararen se ha 
de estar y pasar, y la dicha paga en los 
géneros referidos han de hazer al fin de 
el mes de Marzo de cada un año, que es 
el tiempo en que se cogen las cosechas, y 
la dicha paga ha de ser en presencia de el 
Protector y Cura, tomando el Protector 
carta de pago de sus encomenderos, y en 
los pueblos en presencia de los adminis- 
tradores y curas, y no acudiendo por el 
dicho tiempo los encomenderos por la di- 
cha paga, cumplan y hayan cumplido los 
dichos indios con depositar y consignar las 
dichas especies en la cantidad que monta- 
ren los dichos tributos ante el administrar 
dor o cura de cada pueblo, y en las estan- 
cias o chácaras y ca^as de españoles, ante 
los curas de cada distrito, no se hallando 
presente el corregidor o protector, que en 
tal caso la dicha paga o consignación ha 
de ser ante qualquiera de ellos. 

"I ten ordeno y mando a todos los veci- 
nos y encomenderos de este Reyno y pro- 
vincias a él sugetas, de qualquier estado 
y condición que sean, que se sirvieren de 
indios, los traten como a vasallos de su 



116 



DIEGO DB ROSALES. 



Magestad y personas libres, assi a los in- 
dios como a las indias, sin hazerles malos 
tratamientos ni castigarlos en manera al- 
guna, pues cuando cometieren algunos de- 
litos los castigarán las justicias con cono- 
cimiento de la causa y delito que ubieren 
cometido, procurando en todo su buen tra- 
tamiento y que sean doctrinados e indus- 
triados en nuestra santa fee catholica y 
buena policia christiana, sin hazerles tra- 
baxar los domingos y fiestas, ni de noche, 
ni en las curtidurías en tiempo de imbier- 
no, pena de que serán gravemente castiga- 
dos lo contrario haziendo, y que por la pri- 
mera vez perderán el tributo de el indio por 
tres años, y la segunda de todo punto, y 
que se pueda ir libremente a servir a la 
parte donde quisiere. Y mando a las jus- 
ticias y corregidores de los partidos tengan 
cuydado de cumplir y executar en todo y 
por todo esta ordenanza, de cuyo cumpli- 
miento se les haga grave cargo en sus re- 
sidencias. 

"Iten ordeno y mando que los dichos in- 
dios, si quisieren por su mayor bien y uti- 
lidad alquilarse con qualesquiera personas 
circunvecinas a las partes donde están aci- 
mentados, lo puedan hazer con calidad de 
que sus encomenderos sean preferidos en 
el dicho servicio y alquiler por el tiempo 
necesario para pagar su tributo, y lo seña- 
lado al doctrinero por la concordia que hi- 
ze en razón de la paga de las dichas doc- 
trinas con el Seill5r Doctor Don Francisco 
de Salscdo, Obispo que fue de este Obis- 
pado, en catorze de Junio de mil y seis- 
cientos y treinta y dos, y lo mandado, 
pagar por la real tassa al corregidor y 
protector, y el terrazgo que han de pagar 
en la cantidad que irá declarado, no ha- 
biéndose pagado el dicho tributo en plata y 
las mas especies que quedan declaradas en 
la ordenanza segunda, descontando el dicho 
xornal a razón de a dos reales cada dia. 



que es el mayor precio que se les señala, y 
fraudes que de lo contrario pueden resul- 
tar por evitar pleitos, y no se pueda alqui- 
lar con otra persona alguna para eífecto 
de pagar los dichos tributos en mas canti- 
dad, y la paga de dichos tributos en jor- 
nales ha de ser a tiempo de sembrar y 
coger las cosechas y sementeras y matanzas, 
por mitad. Lo qual se permite atento a la 
gran necesidad de servicio que tiene este 
Reyno y a la conservación de las dos repú- 
blicas de españoles e indios, para que de to- 
do punto no cesen las labranzas y crianzas, 
ya que quando se ofireze necesidad de bas- 
timentos para el real exército, los prebeen 
los dichos vecinos y encomenderos, y que 
si faltassen los dichos bastimentos causará 
grandes novedades por ser tan importante 
el sustento de el Reyno. Reservando, como 
reservo, en quanto al dicho tanto, el pro- 
beer lo que mas conviniere al bien y utili- 
dad de los dichos indios, todas las vezes y 
en qualquier tiempo que me pareciere con- 
venir y quitar, alterar y añadir lo que en 
esta razón fuere mas útil a los dichos in- 
dios y vecinos. 

•'Iten ordeno y mando, atendiendo al 
bien de los dichos indios, que si ellos de su 
voluntad quisieren pagar el dicho tributo 
en jornales y no en dinero ni en los demás 
frutos qup van señalados, lo puedan hazer 
por su mayor bien y descanso, declarando 
su voluntad ante los corregidores de las 
ciudades y partidos donde residen, sobre 
que se les encarga gravemente la concien- 
cia de que no les apremien a ello por evi- 
tar fraudes; y se advierte a los dichos 
corregidores que si constare ser lo contra- 
rio, serán castigados: y ha de ser bastante 
prueba para ello la de dos indios a quienes 
haya violentado, aunque sean singulares 
cada, uno en su violencia. Y en este cslbo 
de pagar voluntariamente en jornales su 
tributo, lo hayan de hazer al precio que 



HISTORIA DE CHILE. 



117 



va declarado; y en quanto a los oficiales, 
conforme a lo que tiene dispuesto la real 
tassa. 

"Iten ordeno y mando: que aviendo los 
dichos indios pagado los tributos en dine- 
ro, frutos o jornales como va declarado, se 
puedan alquilar con sus encomenderos o 
con otras qualesquier personas que quisie- 
ren y mexor les estubieren, como no se 
alarguen mas de cuatro leguas de donde 
residen y están acimentados, y las perso- 
nas con quien se alquilaren les paguen sus 
jornales y trabaxo conforme a lo dispues- 
to y señalado por la dicha Real tassa, 
dándoles las dos tercias partes de lo que 
montaren los dichos xomales en ropa, la 
que los dichos indios pidieren y quisieren 
para su vestuario, el de su muger e hijos, 
cuya paga se ha de hazer en presencia de 
el corregidor, cufa y protector o escribano 
que de ello dé fe, y el otro tercio ha dé 
ser en plata, de la qual se ha de dar un 
patacón cada mes a cada indio si lo pidie- 
ren, y lo demás que sobrare, quitado el 
dicho patacón, se ha de entregar al pro- 
tector para que se haga cargo por cuenta 
de el indio a quien perteneciere. 

"Iten ordeno y mando: que si los dichos 
indios se quisieren quedar de su voluntad 
en las casas, estancias o chácaras de los es- 
pañoles, tenga obligación el encomendero 
a darles tierras y . aperos que cita la Real 
tassa, pagándoles su terrazgo de las dichas 
tierras y aperos, y en caso que los dichos 
indios voluntariamente paguen en jornales 
su tributo, no se les ha de llebar cosa al- 
guna de terrazgo y aperos; pero si lo pa- 
garen en plata y demás géneros declara- 
dos, pagará el terrazgo cada indio en los 
dichos géneros a razón de cuatro pataco- 
nes cada año y a dos reales cada dia de 
xomal, como va declarado, lo qual se ha 
de entender con los yanaconas y veliches 
j no con indios de pueblos, porque estos 



msT. DE cmii. — T. in. 



tales, en caso de quererse quedar con sus 
encomenderos, les probeerá el protector de 
su hazienda de comunidad de lo necesario 
para ello, y en quanto a las tierras, pues 
el encomendero gusta se queden en las 
tierras suyas, las tierras de los dichos in- 
dios de pueblos o se las ayan de dar sin 
pagar terrazgo, pues en sus pueblos tenian 
tierras proprias y sin necesidad de buscar 
las agenas a costa de su sudor; y como 
queda dicho, si el dicho indio se confor- 
mare en quedarse en la estancia de el en- 
comendero, pueda alquilarse con la perso- 
na que le pareciere, en la forma y con las 
calidades que queda declarado, como no 
se aparte mas de cuatro leguas de la dicha 
estancia y con bastante seguridad al enco- 
mendero para las pagas de los dichos tri- 
butos en las especies declaradas, y lo pro- 
prio se entienda con los indios de los 
pueblos. 

"Iten ordeno y mando: que si alguno de 
los dichos indios, assi de los pueblos como 
yanaconas y veliches, que estubieren re- 
ducidos en las estancias mudaren de pare- 
zer de un ano a otro y se quisieren reducir 
a los pueblos, no se les impida ni estorve, 
sino que quando tubieren voluntad lo ha- 
gan como personas libres, para lo qual 
serán visitados dos vezes cada año por los 
dichos corregidores, que se lo darán a en- 
tender assi, sobre que se les encarga gra- 
vemente la conciencia. 
. "Iten ordeno y mando: que por quanto 
muchos de los indios de los pueblos que 
están reducidos y naturalizados en las es- 
tancias de los encomenderos, los susodichos 
tengan expresa obhgacion de dar lo que 
fuere necesario para las facciones publicas 
y de guerra, como son recoger baccas, do- 
mar potros para la guerra, assistir en los 
rios con valsas para el pasage, aderezos de 
puentes, correos y otras obras publicas do 
las ciudades, pagándoles su trabaxo a los 

8 



118 



DIEQO DE ROSALES. 



dichos indios conforme a la real tassa y 
echando prorrata conforme a los que cada 
uno tubiere, lo qual se cometa a los co- 
rregidores de las ciudades y partidos y a 
sus tenientes, advirtiendo que en el efecto 
de la doma de los potros para el real exér- 
cito, se sobreseerá en caso que los dichos 
vecinos den a su Magestad tantos caballos 
quantos pudieren domar los indios que se 
prorrataren, siendo de dar y recevir, como 
son necesarios para la guerra, pagando a 
los indios la doma conforme t<íngo orde- 
nado y mandado por auto probchido con 
parezer de esta Real Audiencia, y si los 
dichos encomenderos dieren los dichos 
caballos se les pagará a ellos la dicha 
doma. 

"Iten ordeno y mando: que los indios de 
pueblos y en otra manera que al presente 
están sirviendo en estancias particulares 
que no son de sus encomenderos, los due- 
ños de las dichas estancias den ñanzas de 
pagar los dichos tributos de los dichos in- 
dios a sus encomenderos, haziendo matri- 
cula y padrones de los dichos indios en 
cada visita que se hiziere, y no queriendo 
dar tas dichas fianzas y seguridad de pa- 
gar el tributo les sacarán prendas por el 
valor, y en cada una le citará para el re- 
mate de ellas y hará pago de su procedido 
a los encomenderos, lo qual se ha de en- 
tender concertándose a servir el tal indio 
con el dueño de la dicha estancia, la qual 
dicha obligación ha de ser visto toner siem- 
pre, aunque después él fuessc huido o 
ausentado con otra peraona, no dándole 
luego que se le huyere noticia al dicho 
corregidor e información de ello, por evi- 
tar los fraudes que de lo contrario pueden 
resultar. 

"Iten ordeno y mando: que los indios que 
están señalados pai-a el obrage de Melipi- 
Ua, que es de su Magestad, assi de el di- 
cho pueblo como de los demás que al 



tiejnpo de la fundación de el dicho obrage 
se señalaron para el beneficio de él, se sa- 
quen de la parte y lugar donde estubic- 
rcn y se redu/can al dicho obrage para 
que en él trabagen, pagándoles conforme 
a la Real tassa, y el corregidor y adminis- 
trador de el dicho obrage, a quien para 
ello doy comisión en forma, los reduzga, 
sacándolos de la parte y lugar donde estu- 
bicren sin que por ninguna persona se lo 
impida, so las penas que les pusiere, las 
quales execute sin remisión alguna, atento 
a la importancia de el dicho obrage para 
el socorro de la guerra de este Reyno y a 
que muchas personas, de su autoridad y 
sin poderlo hazer, en gran daño de la Real 
hazienda, los han Uebado a sus estancias 
y chácaras. 

"Iten ordeno y mando: que los indios de 
las reducciones de las fronteras de guerra 
que estubieren desnaturalizados do sus 
tierras en esta ciudad y otras partes, las 
pei*sonas que los tubieren los manifiesten 
dentro de diez dias de la publicación de 
esta tassa para reduzirlos a las fronteras, 
por estar señalados para assistir en la de- 
fensa de ellas y ser de gi-ande utilidad e 
importancia al servicio de su Magestad, 
bien y conservación de este Reyno y de- 
fensa de él, con declaración de que los 
que legi ti mámente estubieren encomenda- 
dos, se les mandará pagar stis tributos a 
quiep les pertenecieren, lo qual guarden y 
cumplan, pena de doscientos pesos para la 
camni'a de su Magestad y gastos de guerra 
por mitad al que passado el dicho térmi- 
no no hiziere la dicha manifestación y de 
un año de destierro para la guen-a de este 
Reyno, en que lo contrario haziendo les 
doi por condenados. 

"I ten ordeno y mando: que ningún indio, 
de qualquiera calidad y condición que sea, 
no ande vagamundo ni ocioso, sino que to- 
dos trabagen y entiendan en sus sementé- 



HISTORIA DE CHILE. 



119 



ras y labranzas, y los que no tubieren es- 
tas comodidades, se alquilen y sirvan a 
quien se lo pagare, y a ello le apremien 
las justicias conforme a derecho. 

"I ten ordeno y mando: que en la ciudad 
de la Serena, si los indios do ella y sus ! 
términos quisieren de su voluntad, para su 
mayor bien y utilidad, sacar oro }' cobre y 
liazer fundiciones, se puedan aplicar para 
ello con assistencia del corregidor y pro- 
tector, guardando la orden y forma que 
tengo dada en seis de Mareo de este pre- 
sente año y no de otm manera, lo qual se 
permite attendiendo a que por la falta de 
agua de el cielo no tienen crianzas y la- 
branzas suficientes para su sustento ni otra 
cosa considerable en que se puedan ocupar 
los dichos indios para sus aprovechamien- 
tos y trazas que les son permitidos por 
las reales cédulas como liombres libres, 
y que si se quitasse la saca de el dicho 
oro y cobre, que es la grangeria mas 
considerable que ay en la dicha ciudad, 
no se podrían sustentar los vecinos y 
moradores de ella y seria causa de su des- 
población. 

"Iten ordeno y mando: que ningún ve- 
cino encomendero, dueño de estancia, ni 
otra persona de qualquier calidad y con- 
dición que sea, no rescaten y compren a 
los indios la ropa de su vestuario, ni de sus 
mugeres ni hixos, ni los alquilen pagán- 
doles los alquileres en vino, ni se lo den 
por plata ni por otro genero alguno, por 
los grandes daños e inconvenientes que de 
ello resultan, quedándose los indios des- 
nudos y andando de ordinario borrachos y 
cometiendo gi-andes pecaidos y abomina- 
ciones, que son notorias, lo qual cumplan, 
pena de que por la primera vez pierdan el 
tributo de el indio por dos años, y por la 
segunda quede incapaz para obtener la 
encomienda de el indio a quien se hubiere 
rescatado la ropa y dado vino, y al que no 



fuere encomendero, de doscientos pesos 
aplicados para la cámara de su Magostad 
y gastos de guerra por mitad, y de dos 
años de destierro para la guerra de este 
Reyno con el sueldo ordinario de soldado, 
y si fuere hombre impedido pam la gue- 
rra, a su costa le obligarán a que pague 
un soldado por el dicho tiempo, y si fuere 
pulpero incurra en pena de doscientos 
azotes. En que lo contrario haziendo, a los 
unos y otros doy por condenados en las 
dichas penas, sin que para ello sea nece- 
sario otro auto ni declaración alguna, y 
para ser condenado sea bastante prueba la 
declaración de qualquier indio o de dos 
testigos singulares, aunque deponga cada 
uno de difFerente acto, y las justicias lo 
executen, guarden y cumplan assi, pena 
de privación de sus officios y que se les 
haga grave cargo en sus residencias. 

"Iten ordeno y mando: que los alcanzes 
que se hizieren en las visitas de cada año, 
conforme a estas ordenanzas, a las perso- 
nas que se sirvieren o ubicren senido do 
indios, en caso que interpusieren apelacio- 
nes de los dichos alcanzes, las tales apela- 
ciones no obren mas que el effecto devo- 
lutivo y no el de suspensivo, porque no se 
dilate la cobranza de los dichos alcanzes, 
executando luego las sentencias que en la 
dicha razón se pronunciaren. 

"I ten ordeno y mando: que para el bien 
y conservación do los dichos indios y de- 
fensa de sus bienes, pueblos y comunida- 
des, para que la Real cédula suso incor- 
porada y real tassa en lo que no fuere 
contrario a estas ordenanzas se execute y 
cumpla, y para todo lo que a los dichos 
indios se debe tenga cumplida cobranza y 
entre con nueva cuenta y en lo que ubie- 
re de aver y les perteneciere, y se sepa 
como se ha hecho y executado todo lo su- 
sodiclio por los coiTcgidores, protectores y 
administradores, vecinos, encomenderos y 



120 



DIEQO DE ROSALES. 



demás moradores de este Rejno, y para 
el desagravio de los indios, en execucion 
y cumplimiento de las cédulas y capitules 
de cartas de su Magestad, salgan los seño- 



res Oidores de esta Real Audiencia cada 
aüo a la visita general de la tierra a las 
partes y lugares que por mí a sus tiempos 
se les señalare, tt 



CAPITULO XXI. 



Suplica la Ciudad de la Concepción de la tassa y prohibi- 
ción del servicio personal. Salen los dos tercios en busca 
de Butapichon. Tienen con él una sangrienta batalla: sale 
herido y quedan muchos de los suyos muertos. 



Suplican de esta tassa y ordenanzas los vecinos de la Concepción. — Súplica !.• — Ídem 2.* — ídem 3.* — ídem 4> 
IdemS.»— IdemS.*— ídem?.»— IdemS.*— Idem9.'— ídem 10.»— ídem II.*— ídem 12. •—ídem 13. •—ídem 
14.* — Salen los dos campos a las tierras de Butapichon y Antegueno. — Cogen tres corredores. — Dividen las 
quadrillas.— Suerte de el Sargento Mayor.— Suerte de el Maestro de campo y batalla con los indios. —Vuel- 
ven a pelear los indioff y mueren 50, y sale herido Butapichon.— Contenciones entre los Maestros de campo y 
Sargentos Mayores. 



Suplicaron de estas ordenanzas j tassa 
los yecinos de la ciudad y partido de la 
Concepción, representando al Gobernador 
para que suspendiesse la execucion de qui- 
tar el servicio personal, como las enco- 
miendas de su partido eran tenues y no 
como las del Perú, que se pueden los 
encomenderos sustentar con los tributos, 
porque lo ordinario son encomiendas de 
cincuenta, cuarenta, treinta, yeinte y diez 
indios. Con que no pueden dexar de va- 
lerse de ellos para la conservación de la 
República y para acudir a la guerra y al 
servicio de su Magestad, que si viera y oye- 
ra estas razones, suspendiera el quitar el ser- 
vicio personal, y que es muy diíFerente que en 
Santiago, donde sus vecinos tienen mas apro- 
vechamientos de matanzas, jarcia y otras 
utilidades que no ay en la Concepción. Lo 
s^undo^ porque los vecinos de la Concepción 
no tienen sino unas viñas y sementeras de 
que se sustentan y con que dan bastimentos 
al exército, y sin el trabaxo de los indios, ni 
ellos ni el exército se podrán sustentar, y 



que los daños de la milicia ambrienta se 
han experimentado con no pequeño daño, 
S."" Que la paga de dos reales que señala 
a los indios es excessiva, porque en esta 
tierra no la ay ni se labra. 4."^ Que la 
paga de los pastores es excesiva por el 
poco provecho que dan. 5."^ Que quite la 
prohibición de dar vino a los indios, por- 
que su mayor honra son las borracheras 
y la paga ordinaria de los indios en los 
casamientos, victorias, mortuorios, ventas 
de sus hixas y compras de mugered. Y sí 
se les quitan las borracheras, se irán al ene- 
migo, porque todos sus tratos y contratos 
los tienen reducidos a eso y por el vino 
están entre nosotros. 6.** Que sobre el re- 
ducir los indios a sus pueblos, tiene orde- 
nado su Magestad que aviendo diez años 
que están fuera de su natural se puedan 
quedar en las casas de sus encomenderos 
queriendo o en otras pagando el tributo 
al dicho encomendero. 7."* Que debe man- 
dar que los indios de las fronteras y re- 
ducciones que están en cabeza de su Ma- 



122 



DIEGO DE ROSALES. 



gestad, que de su voluntad quieren servir 
a los vecinos, lo puedan hazer sin obligar- 
los a reduzirse a sus reducciones; por 
quanto seria violentarles la voluntad y que 
no gozassen de el privilegio de libertad 
que su Magestad les concede. S."" Que los 
indios que antes de la tassa están perpe- 
tuados en dichas estancias y otros veli- 
ches, no deben ser couipelidos a salir de 
ellas, pues por cédula de su Magestad y 
tassa está mandado se conserven en di- 
chas estancias, sin que los puedan sacar de 
ellas, y obligarles a otra cosa seria en rui- 
na de dichas estancias y contra dichas or- 
denanzas. 9."* Que a la paga no se han de 
poder hallar corregidor protector y cura 
por aver mucha distancia en los corregi- 
mientos, y no pueden todos concumr a 
una, y que bastará que el indio declare si 
se le han pagado. 10.** Que si se apretasse 
por entablar esta tassa, cesaría el comer- 
cio, se turbaria el bien público y irian a 
menos las rentas reales, decimales, el cs- 
tiido eclesiástico y monasterios, pues to- 
dos se sustentan de las estancias. 11.'' Que 
estos indios es gente de betria, sin fe ni 
gobierno, y qualquiera nombre de tassa los 
altera, como se ha visto en las ciudades de 
arriba, que por eso se perdieron. 12.° Que 
es inconveniente que estos indios que sa- 
lieron de las reducciones vuelvan a ellas, 
porque como tienen parientes, ayudarán 
a los alzamientos y será dar mas fuerzas 
al enemigo y causar turbación. IS.^'Que el 
Gobernador Don Lope de Ulloa no solo no 
executó la tassa que le embió el príncipe 
de Esquilache, Virrey de el Perú, sino que 
no la quiso mostrar considerando el esta- 
do la tierra, y otros gobernadores la han 
suspendido por el alboroto que ha causa- 
do en ellos la tassa. 14.** Que los enco- 
menderos le dan treze pesos al año, los 
remiten el tributo, les dan tierras, bueyes, 
rcxas y semillas para sembrar, los curan 



en sus enfermedades, y les dan pan, vino, 
carne, agi y sal, y que con esto están ellos 
contentos y pagados. 

Todas estas suplicas hizo el Cabildo de 
la ciudad de la Concepción al Gobernador, 
pidiéndole las remitiesse a su Magestad 
para que las mirasse con su acostumbrada 
piedad, y las firmaron todos los capitula- 
res ante Luis de Castañeda, escribano de 
Cabildo. Por lo qual todo se suspendió, y 
aunque se ordenó bien no se executó nada. 

Al mismo tiempo que el Gobernador 
atendia a estas [cosas en la paz, continuava 
sus victorias en la guerra. Salieron por 
Setiembre de este afío el Maestro de cam- 
po y Sargento Mayor en campafía y em- 
peüáronsc en llegar al rio de la Imperial; 
tenia casi por- frente Butapichon el naci- 
miento de este . rio y por espalda la cor- 
dillera nevada: confinaba su assistencia con 
la de Antegueno, cacique rico y de mucho 
nombre, de quien se ha hecho mención en 
otra parte. Eran estos dos los mas pode- 
rosos enemigos por el grueso numero de 
gente que tenian y que cada dia provoca- 
ban a las armas. Marchó el exército a esta 
parte, y antes de llegar a la parte don- 
de se avia de hazer la con-eduria se cap- 
tivaron tres indios, centinelas de el enemi- 
go, que advirtieron se iban juntando a 
orden de Pichinanco, famoso soldado, mu- 
chas vezes rebelde, porque siendo nuestro 
amigo con muchas muestras de leal, se 
rebeló; este hazia liga con Antegueno y 
Butapichon y todos los de Pubinco, y el 
dia siguiente se avian de juntar en Cura- 
laba, para lo qual hazian esta misma noche 
su parlamento en Elol. 

Reconociendo el Maestro de campo que 
no eran sentidos, determinó correr en Can- 
ten, rio de la Imperial, y que el Sargento 
Mayor diesse en la misma parte donde se 
hazia el parlamento, procurando cogerlos 
en la borrachera: fué a la execucion el 



HISTOIUA DE CHILE. 



123 



Sargento Mayor, y encontrando antes de 
llegar al término con un rancho donde 
estaban treinta indios bebiendo, fué lanze 
forzoso el pelear con ellos, y defendiéndo- 
se con grande constancia hasta morir el 
mayor número de ellos, escapándose algu- 
nos que tocaron arma, con que se puso 
en duda la suerte que se espemba liazer 
en la borrachem; poro acelei-ando las co- 
iTcrias obraron las quadrillas lo mas que 
pudieron, captivando cincuenta piezas con 
algunos indios soldados. Con que el Sar- 
gento Mayor recogió sus fuerzas y se in- 
corporó con el Maestro de campo, que es- 
taba mas de dos leguas distante. Avia 
echado el Maestro de campo distintas 
quadi'illas de su gente y quedádoso con 
un trozo de infantería, y el enemigo avia 
tomado resolución do embestirle viéndole 
con tan poca gente; executólo y peleóse 
gyan rato con mengua de el enemigo y por- 
fía de ambas partes; pero ol enemigo, aun- 
que le avian muerto a muchos, sin querer 
reconocer ventaja, se retiró al mismo tiem- 
jK) que el Sargento Mayor se iba incorpo- 
rando con las fuerzas del Maestro de cam- 
po, debió de temerlo y anticipóse; pero 
viendo que las quadrillas de el Maestro 
de campo venian con la presa de piezas y 



ganados que avian. cogido, no pudiéndolo 
sufrir y viéndose mas reforzado de gente, 
volvió a embestir con los españoles, que se 
hallaban ya incorporados, y Uebó el enemi- 
go la peor parte, porque la pelea fué muy 
sangrienta y reñida; y hallándose en ella 
Butapichon, fué de los primeros que echa- 
ron a huir, mal herido, quedando muer- 
tos cincuenta de los suyos; y asegurada la 
presa de las quadrillas, que fué de ciento 
y cincuenta captivos, retiróse Butapichon 
con los que pudo recoger al monte a cu- 
rarse de las heridas, y el real exército se 
vino retirando a las frontems victorioso, 
dexando tres españoles muertos en las ba- 
tallas. Esperimentáronse en esta ocasión 
algunos inconvenientes por la poca con- 
formidad de el Sargento Mayor con el 
Maestro de campo, achaque antiguo y 
mal remediado, por no querer ninguno re- 
conocer superioridad en el otro y fomenta- 
do de la codicia de las piezas, que es la que 
atropella los respetos, quebranta las leyes 
y niega la obediencia, haziendo servicio 
de el Rey y punto de milicia lo que es 
punto de codicia; que donde esta falta, fá- 
cilmente da cada uno al otro el lugar que 
se le debe, y el rendimiento al mayor en 
puesto el que conoce por inferior el suyo. 



CAPÍTULO XXII. 



Tienen buenos sucessos con el enemigo el Maestro de cam- 
pea Juan Fernandez y el Sargento Mayor Alfonso de 
Villanueva, ya divididos, ya juntos los dos, con sus ter- 
cios; y refiérese un famoso hecho de el cacique Igaipil, 
amigo de los españoles. 



Año de 16*35. — Sale el Maestro de campo en busca ide el enemigo. — Coge sesenta piezas. — Dan los nuestros alcanae 
en Puren a unos ladrones. — Salo el Maestro de campo a Calcoimo y coge 10 indios. — Rifle el Maestro de 
campo a Igaipil porque no cuy da de los caminos y dizele que no es soldado sino chacarero. — Picasso y sale 
al camino con algunos indios. — Coge diez indios que entran por su camino y córtales las cabezas. — Llévaselas 
al Maestro de campo en un costal y dizele que aquellos son los frutos de sus sementeras. — Buena suerte del 
Maestro de campo mexorada en Chiloé. — Buena suerte de los dos tercios en Puren. — Queda Puren desierto. — 
Hurta el enemigo cincuenta caballos. — Sigúele el Maesfe^o de campo Juan Fernandez hasta su tierra, mata 
treinta y captiva ciento. — Hizo Alfonso de Villanueva una buena suerte. — Salen los dos campos. — Aguaceros 
terribles por primavera, — Dificultades de passar el río de Coipn. — Maloca y buena suerte en Pubinco. — Dan 
nombre a la Maloca de Mongon. — Aflo de 1636. — Tiene cédula del Bey Don Francisco Lazo para que pueble 
a Valdivia. — Cédula de 8 de Mayo de 1635. — Reúsalo el Virrey por no hazer gasto a la hazienda reaL--Pué> 
blase después con mas gasto. — £1 enemigo es el mexor maestro. 



El enemigo con el mal suceso antece- 
dente quedó con poca conformidad, por- 
que unos de otros trahian sospechas que 
algunos trataban de dar la paz, y originá- 
ronse entre ellos discordias no pequeñas, 
a que les ayudaba la militar estratagema 
del Maestro de campo Juan Fernandez 
Rebolledo, que tenia arte en tenerlos dis- 
conformes, y en medio destas discordias tra- 
taba el enemigo de juntarse en Pellaguen 
para venir a Arauco, y el Maestro de campo 
con esta noticia salió con presteza al mis- 
mo Pellaguen con la gente de su frontera 
y dispuso sus correrías, y captiváronse se- 
senta personas y un cacique. Dieron algu- 
nos la paz, y entre ellos Guerapil con toda 
su familia, con que el enemigo no se jun- 
tó por entonces, y el Maestro de campo 
se voItíó sin pérdida al Estado de Arauco. 



Algunos dias ubo suspensión de armas» 
sin que el enemigo diesse ocasión a tomar- 
las, sino unos ladrones de caballos que lle- 
garon a Curilemo, dos leguas de Arauco: 
desmintiendo las centinelas de los amigos^ 
consiguieron su intento Uebándosse buen 
numero de caballos: tocósse arma y salió 
gente ligera tras ellos: diéronlos alcanze 
cerca de Puren. Mataron cuatro y capti- 
yaron cinco ladrones, y quitáronles todos 
los caballos. Dieron noticias estos cinco 
ladrones que con quinientas lanzas venia 
el enemigo a tomar la reducción de Catu- 
malo, el Maestro de campo de los indios y 
gobernador de las armas araucanas, y a 
degollar los que hallasse en aquella reduc- 
ción. Volvió a salir el Maestro de campo 
Juan Fernandez a Colcoimo, y antes que 
llegasse fué sentido de las centinelas de 



HISTORIA DB CHILE. 



125 



el enemigo y no quiso executar ningunas 
correrías, sino valerse de emboscadas por 
no apartarse de sus fuerzas. Captivo doze 
indios enemigos que uniformes aseguraron 
estaban ochocientas lanzas juntas cerca de 
alU. Hallóse empeñado el Maestro de cam- 
po 7 consideró que antes de salir a lo raso 
era forzoso pasasse noche de por medio, 
en que el enemigo tendría lugar de refor- 
zarse mas, y que la fragosidad y azares de 
la tierra podrían ocasionar un mal suceso 
si dividia sus fuerzas. Resolvió no dividir- 
las, antes con buen orden trató de reti- 
rarse procurando coger el llano, y para 
asegurarse mexor de el intento de el ene- 
migo, despachó a Marínaguel, que signi- 
fica Diez tigres, indio amigo y muy valien- 
te, que poco antes dio la paz, con orden 
de que se pusiesse sobre los altos de Pu- 
ren y reconociesse si el enemigo venia en 
su seguimiento. Executólo Marinaguel y 
tomó lengua y supo de ella que el enemi- 
go se acabaría de juntar aquel mismo dia 
hasta numero de mil caballos para ir so- 
bre nuestro campo, pero fueron vanas sus 
amenazas, pues el Maestro de campo en- 
tró en Arauco sin ser acometido. 

Es digno de memoría el hecho de un 
indio de Arauco llamado Igaipil, cacique 
de la reducción de Carampague y sargen- 
to mayor de los indios, de cuyo valor y ha- 
zañas se pudiera dezir mucho, pero basta- 
rá para conocer su valentía un hecho 
famoso que hizo. Entró el enemigo a hur- 
tar algunos caballos por el camino que a 
él le tocaba resguardar, y sintiendo el 
Maestro de campo el descuido de las cen- 
tinelas, reprendió al Sargento Mayor Igai- 
pil, y entre otras palabras que le dixo para 
avivar su cuidado le dixo una que él sin- 
tió gravemente, diziéndole que ya no era 
soldado sino chacarero, ni cuydaba de los 
caminos sino de las sementeras. Y como 
él se preciaba de valiente y de soldado 



mas que de labrador, tomóse de la honra, 
y haziendo presunción de el caso, aperci- 
vió a algunos de sus soldados los mas va- 
lientes, y saliendo con ellos a cortar los 
caminos, se puso en uno por donde solian 
entrar los enemigos a hurtar caballos, y 
se estubo alli mucho tiempo emboscado sin 
querer volver a su casa hasta hazer algu- 
na suerte. Tiibola tan buena, que entran- 
do algunos indios enemigos a sus conti- 
nuas correrías cerró con ellos y mató a 
diez, y cortándoles las cabezas las metió 
en un costal, y volviéndose a su casa, fué 
el dia siguiente a ver al Maestro de cam- 
po, que estaba ignorante de que el Igaipil 
ubiesse salido a cortar los caminos ni de 
que ubiesse tenido tan buena suerte, y en 
llegando a su presencia desató el costal y 
arroxaüdo las diez cabezas de los enemi- 
gos en el suelo dixo: "Aqui verás. Maestro 
de campo, las sementeras que yo hago; 
ves aqui las papas que yo siembro," y 
saliéndose por la puerta afuera dio a en- 
tender quan en lo vivo le avian tocado las 
palabras que el Maestro de campo le avia 
dicho, que mas era labrador y chacarero 
que soldado, y mostró su valentía y la 
vanidad que tenia en ser soldado. Salió el 
Maestro de campo a la puerta de su casa, 
volvióle a entrar en ella dándole muchos 
abrazos y alabando su valor y esfuerzo y 
escusando las palabras que le avia dicho 
con el sentimiento de que el enemigo en- 
trasse por sus caminos estando él por 
guardia de ellos, que solo con su nombre 
los avia de poner miedo. Y como estos 
sentimientos eran amorosos y el indio que- 
dó tan ufano y aclamado por la acción, con 
bríndarle el Maestro de campo con una bo- 
tixa de vino se le quitó la pesadumbre. 

Hizo en este tiempo el Maestro de cam- 
po Pedro Sánchez Mexorada, Gobernador 
de las armas y provincia de Chiloé, una 
entrada a las tierras de Osomo con todos 



126 



DIEGO DE ROSALES. 



los amigos y españoles de aquella provin- 
cia, y aunque se le opuso el enemigo y 
tubieron una muy rcfiida batalla, salió vic- 
torioso, con muerte de cien indios enemi- 
gos, y se retiró sin pérdida ninguna: que 
en todas partes se hallaba victorioso Don 
Francisco Lazo; y antes que entrase el im- 
biemo, ordenó a los fines de Marzo que 
saliesse el exército a ticiTas de el enemi- 
go, y el Maestro de campo y Sargento 
Mayor dispusieron su jornada; y llegando 
a PcUaguen dispusieron sus correrías como 
capitanes de tanta prudencia. Corrieron las 
armas de Arauco en el mismo PcUaguen, 
y las de San Felipe en lltanleubu, y entre 
unas y otras captivaron numeix) de ciento 
y cincuenta pereonas, con muerte de vein- 
te enemigos. Incorporáronse en el estero 
de Lumaco y resolvieron pasar a Puren y 
reconocerle, y la ciénega, cuidadosamente 
curiosos por saber si avia en ella algunas 
reliquias de aquella sentina rebelde; pero 
en todo el valle de Puren ni en su ciéne- 
ga hallaron ni aun cenizas del antiguo 
fuego, porque todos los indios de aquella 
provincia, acosados y amedrentados de las 
armas españolas, se avian metido la tierra 
adentro desamparando la suya por mal se- 
gum, siendo antes el fuerte mas inexpug- 
nable. Cosa, sin duda, digna de notar aver 
sido la ciénega de Puren y su provincia la 
que todos los rebeldes tenian por sagrado, 
como parte que juzgaban incontrastable, y 
averia dexado desierta en tan poco tiempo 
Don Francisco Lazo, no aviéndolo podido 
conseguir los demás gobernadores desde 
el principio de su conquista; y triunfan- 
tes los indios de A muco sacaban can- 
tares en sus borracheras celebi-ando el 
aver despoblado a Puren, como una azaña 
digna de grande loa, y cantaban en su 
lengua: "Geguelaita Porenche guelli garú 
ma puam;" que quiere dezir: ««Despoblado 
hemos la tierra de Puren, que ya no ay 



gente en la ciénega; n porque em la ciénega 
de Puren el sagrado de todos los foragi- 
dos. 

Entró el imbierno con tanto rigor, que 
no dieron lugar los meses de Mayo y de 
Junio a entrar a hazer daño al enemigo 
ni aun a la gente ligera. El enemigo que 
mas vecino teniamos por la parte de la 
costa era el de Tirua, que ya toda la de- 
mas tierra avia quedado desierta y rctini- 
dose los indios la tierra adentro, apurados 
de las malocas continuas y entradas feli- 
ces de nuestras armas, y vinieron algunos 
ladrones a Arauco de Tirua, llegando hasta 
el fuerte de Culcura, que abriga los indios 
amigos de aquella reducción. Llebaron 
cincuenta caballos, y sin detención salió el 
Maestro de campo con las armas de su 
tei'cio en su seguimiento hasta el mismo 
Tirua, venciendo las inclemencias del im- 
bierno. Pasó el rio, que es con exceso cau- 
daloso en este tiempo, valiéndose de val- 
sas que hizo de paxa, y con-ió de la otra 
parte con infanteria, por ser solo a propo- 
sito la tierra para ella, y dilatóse tanto, 
que tubo tiempo el enemigo de juntarse 
hasta quhiientas lanzas; peleóse en algu- 
nos pasos estrechos con gentil resolución 
y quedaron treinta enemigos muertos, cap- 
tiváronse treze y mas de cien mugcres y 
muchachos; con que el hurto de los caba- 
llos quedó bien castigado. 

Por la parte de las fronteras de San 
Felipe, el Sargento Mayor Alfonso de 
Villanueva no descansaba ni dexaba des- 
cansar al enemigo; antes, siempre atento a 
conseguir nuevas empresas, quiso quitar el 
cstorvo de unos ranchos que arriba de Pu- 
ren tenia el enemigo en medio de los 
caminos de la cordillera, que servían de 
cortarlos y de guardaí* aquellos pasas, im- 
pidiendo los intentos de nuestras armas. 
Embió alguna gente ligem a cargo de 
un ayudante de los suyos, llebando un 



HISTORIA DE CHILE. 



127 



indio prisionero por guia, práctico en aque- 
lla parte: llegaron a los muchos y hallán- 
dolos despoblados prosiguieron adelante 
hasta la Imperial y captivaron cuarenta 
piezas y mataron veinte enemigos que sa- 
lieron a la defensa de sus tierras, con que 
se retiraron con demasiada prisa, porque 
el enemigo se iba convocando y apretán- 
dolos en la retaguardia, y llegaron a su 
tercio victoriosos y sin pérdida ninguna. 
Llegó la primavera, que es el tiempo en 
que los tercios y los gobernadores suelen 
salir a campaña, y ordenó Don Francisco 
Lazo que saliessen el Maestro de campo 
y el Sargento mayor con sus dos campos 
a dar en que entender al enemigo de la 
Lnperial, que por verse la tierra adentro 
gozaba de mas ocio y descanso. Salieron 
los dos campos, y con ser primavera, que 
las aguas no son ya tan continuas, parece 
que estubo aguardando el cielo esta salida 
y que guardó para ella todas las aguas de 
el imbierno, porque desató las nubes y los 
elementos con tan furioso Ímpetu y tem- 
pestades tan bravas, que ponian horror a 
los hombres; y con esperanzas de sereni- 
dad o bonanza, se marchó con suma fatiga 
liasta el rio de Coipu, de poco nombre y 
moderada corriente en todos tiempos, pero 
en este se acreditó para muchos años de 
caudaloso, deteniendo a su orilla muchos 
dias el real exército sin poderle pasar. 
Apretaba el tiempo por instantes con ma- 
yor fuerza, y aviendo pasado algunos po- 
cos y viendo que el querer pasar adelante 
era contrastar y pelear contra el mismo 
cielo, se determinó que se volviesen de esta 
banda los que avian pasado, y era tan di- 
ficil el valsear y esguazar al rio, que se 
detuvieron muchos dias en volver a pasar 
1 os que estaban de la otra banda, y costó 
algunas vidas el librarse de Las furiosas co- 
rrientes de el rio; pero ya empeñados los 
cabos y pasado tan insuperable trabaxo. 



quisieron logmr sus fatigas con alguna 
facción con el enemigo y que no se quedase 
gloriando de que el cielo peleaba por él, 
quando se mostraba siempre tan favora- 
ble a sus christianos. Y echando a correr 
su gente a Pubinco, captivaron ciento y 
veinte pei'sonas, mataron número de ene- 
migos y tomaron muchas armas y caba- 
llos, cotas y lanzas; murieron también cin- 
co amigos de los nuestros en las refriegas, 
que ubo muy sangrientas, y sin mas pér- 
dida y con toda esta ganancia se retii'aron 
los dos campos. Esta jornada llamaron los 
soldados la de Mongon por averse visto 
tantos dias en el rio de Coipu en pasarle, 
detenidos de los vientos y las aguas, alu- 
diendo a la detención que tienen los na- 
vios desde Paita al Callao en montar un 
cerro que llaman Mongon, donde es tanta 
la corriente de las agitas, calmas y vientos 
contrarios, que por muchos dias se hallan 
siempre sobre el parage de el cerro Mongon. 
Y de verdad fué la maloca mas trabaxosa 
que se ha hecho, por haber peleado, no solo 
con los enemigos, sino con los elementos, 
y vencídolos a todos. 

Y en este tiempo tubo Don Francisco 
Lazo cédula de su Magostad para que po- 
blasse a Valdivia, por las noticias que avia 
de que los enemigos de la corona de Espa- 
ña pretendian apoderarse de aquel puerto, 
por ser uno de los mexores de el mar del 
Sur, para desde alli infestar estas costas y 
salir al camino al tesoro que todos los 
años va de el Perú a España, y la misma 
cédula tubo el Virrey para que los dos 
confiriesscn el modo. Y aviendo ofrecido 
grandes mercedes a quien se ofreciesse a 
costear la población, no ubo ninguno que 
salicsse a ella; con que viendo que ei*a 
forzoso que hiziesse a costa de la hacienda 
real, el Conde de Chinchón, Virrey de el 
Perú, que era gmn celador y defensor de 
la hazienda real, dexó resfriar estas pláti- 



128 



DIEGO DE ROSALES. 



cas por no serle cargoso. Y al cabo vino a 
cargarlo su Magestad, porque después po- 
bló el enemigo, como se dirá en su lugar, 
y para averie de desaloxar y poblar se hi- 
zieron mayores gastos, que es muy ordi- 
nario en los que quieren ahorrar en cosas 
forzosas costarles después mas el ahorro. 
Don Fr^cisco Lazo instó siempre en las 
conveniencias de esta población, assi para 
oponerse al enemigo de el mar, como pa- 
ra apretar por dos partes al de tierra. 
Pero como de inferior a superior nunca 
ay ganancia en las contiendas y siempre 
el mas poderoso sale con victoria en su 
parezer, prevaleció el del Virrey y solo le 
acreditaron a Don Francisco Lazo sus ins- 



tancias y sus dictámenes de prudente y 
prevenido, sin i\xxe tubiesse execucion en su 
tiempo la población de Valdivia, hasta 
que el enemigo, que es el que mexor en- 
seña a ser soldacíbs, hizo que lo fuesse su 
sucesor de Lazo y el de el Conde de Chin- 
chón que pobló a Valdivia, enseñado y es- 
timulado de el enemigo, que ganó por la 
mano adelantándose a poblarla; y si el 
enemigo no les uviera enseñado y esti- 
mulado, no se ubiera poblado en la vida. 
Este año de 1636 se hizieron varias ma- 
locas, con que se vio apurado el enemigo, 
que por no aver sucedido en ellas cosa 
singular no las refiero por menudo. 



♦■•■♦ 



CAPÍTULO XXIII. 



Sale el Gobernador Lazo a castigar a Pubinco y Pillolcura. 
Refiérense dos famosas victorias de dos grandes Capita- 
nes, Moncibay y Parra, y trábense algunas cédulas reales 
en fabor de el Gobernador. 



Afio de 1637. — Sale el Gk>beT]iador a Pillolcara con deseo de acabar la guerra. — Esta gnerra mas dura por los 
medios que la quieren acabar. — Coge el enemigo uno de nuestros corredores y sabe del exército y toca arma. 
— ^Vase al enemigo un yanacona llamado Cuero y da aviso de la salida. — Retirase el Oobemador a Arauco. — 
Coge lengua el Crobemador y vuelve a salir. — Embia el (Gobernador delante a Moncibay con algunos amigos. 
— Captiva Loncodeu dos corredores de el enemigo. — Victoria de Moncibay. — Arrogancia de Clentaro. — 
Estratagema de el Cobemador. — Embia mil hombres a maloca con el Maestro de campo. — Cogen cinco 
indios reconocedores. — Dan lado a seis por no ser descubiertos. — Húyesse un negro al enemigo. — Cogen 
sesenta piezas y tres caciques. — Trata el Gobernador de adelantar las armas y poblar a AngoL — La 
conformidad que deben tener los gobernadores con el Virrey. — Sale con los tercios el Gobernador a campaQa. 
— Embia gente a reconocer los caminos y alóxase junto al enemigo sin noticia de éL — Coge el enemigo un 
indio nuestro y deshaze la jomada. — Reconoce el puesto para la población. — Vaja a Santiago a sacar gente. 
— Retírase el enemigo y dan la paz algunos. — Sale el Grobernador a Repocura y viénele gente y pertrechos 
del Perú para la población. — Vase un indio al enemigo y el Sargento mayor embia a Parra a cuidar de los 
caminos por si trahe alguna junta. — Da con la junta que trahe Naucopillan, indio valiente. — Batalla de 
Parra y captiverio de Naucopillan, con muerte de 80 indios — Insigne victoria de Parra, captivos y despoxos. 
— Trata el Gobernador con humanidad a Naucopillan. — Conversión y muerte de Naucopillan — Cédula Real 
sobre las competencias entre el Presidente y Obispo. — Haze Merced el Rey a Don Francisco Lazo de tres 
mil pesos en indios vacos, y no tiene effecto. — Concede su Magestad treinta plazas muertas. — Cédula de 15 
de Noviembre de 1634. — Cédula de 1635. — Que se haga presentación y colación de los beneficios eclesiás- 
ticos. — Cédula de 5 de Julio de 1629. — Que para los capellanes de los fuertes observe la forma de el Patro- 
nazgo real. — 17 de Noviembre de 1634. — Que castigue a los que hizieren agravios a los indios. — 25 de 
Setiembre de 1635.1 — Deroga el fuero militar en caso de resistencia a las justicias. — 3 de Junio de 1635. — 
Que la Audiencia no dé licencias. — Cédula de 2 de Enero de 1570. — Que esté el número de los soldados 
lleno. — 1.** de Abril de 1635. — Que los apercevidos para la guerra gozen de el fuero militar. — Marzo 30 de 
1635. — 2 de Diciembre de 1608. — Que el Gobernador conozca privativamente de las causas de los soldados 
de el número. — Prorroga las vidas de las encomiendas. — Abril 20 de 1634. — Que no se saquen los indios 
de Cuyo de sus tierras. — No se le concede nombrar sucesor al Gobernador. — Que el Virrey nombre en pliego 
cerrado dos que sucedan en el gobierno. — Mayo 7 de 1635. — Que el Virrey premie a los beneméritos de 
Chile y les embie las mercedes. — Diciembre 15 de 1634. — Que pueda sacar de las caxas reales el Gobernador 
lo necesario. — Que los despachos de navios tocan al Grobernador, si no es en ausencia. 



Ubo por algunos dias suspensión de ar- 
mas y en ellos se trató con calor de hazer 
una entrada a Pillolcura, provincia rebel* 
de confinante a la Imperial por la parte 
de la costa^ poco invadida por retirada. 
Que le daba no pequeño cuidado al ánimo 
superior de Don Francisco Lazo el ver que 
una gente como la de Chile^ sin cabeza ni 



reputación, permaneciesse tanto en su por- 
fía y en defensa de su patria, que ocasio- 
nasse una guerra tan prolixa y de tan 
grandes gastos a su Magestad! Y dezia 
bien un discreto en una palabra, que el 
mismo medio que se avía elegido para el 
fin de la guerra la avía perpetuado, por- 
que la guerra y las malocas que se onde- 



130 



DIEGO DE ROSALES. 



rezan a acabar la guerra son las que la 
perpetúan. Deseoso Lazo de acabarla, fre- 
cuentaba las malocas y hazia cinidamente 
la gueiTa por darla fin y con eso la alar- 
gaba mas. Salió el Gobernador para Arau- 
co y con mil y quinientos españoles y in- 
dios amigos encaminó la xornada, echando 
por delante algunas tropas de amigos a 
reconocer los caminos, y siguiéndolos, se 
aloxó en Quiapo, seis leguas de Arauco. 
Andaba el enemigo por alli con otras tro- 
pas suyas y encontró con las nuestras que 
iban delante. Cerraron unas con otras, y 
las nuestras Uebaron lo peor, porque nos 
llebaron un indio y nos mataron otros, y 
de el vivo supieron todos nuestros intentos, 
y degollándole pasaron con ligereza a to- 
car arma a toda la tienda, que también 
estaba sobre aviso por avéreele dado un 
indio yanacona llamado Cuero, cristiano, 
que huyéndose de nuesti^as fronteras dio 
nueva al enemigo de los movimientos de 
nuestro exército, y su traición causó nota- 
bles inconvenientes. Era este indio Cuero 
de natural sedicioso, altivo soldado y as- 
tuto en la guerra, y temíase, y con razón, 
que su fuga avia de ser de grande incon- 
veniente para la execucion de este pro- 
greso, y assi dudó mucho el Gobernador 
en pasar adelante, por estar el enemigo 
con estos avisos alerta y con cuydado. To- 
mó consexo y retiróse a Arauco. 

Importaba coger lengua, y consiguióse 
embiando cien amigos y treinta arcabuze- 
ros a cogerla, que en Calcoimo captivaron 
cinco indias y dos indios que dieron noti- 
cia de todo lo que convino saboree y de el 
alboroto que causaba Cuero entre el ene- 
migo. Dezian estos que estaban cuydado- 
sos pero no persuadidos a que las armas 
españolas pudiessen entrar en Pillolcura. 
Volvió a salir el Gobernador mas preve- 
nido de advertencia con los mismos solda- 
dos de la primera vez, cmbiando por de- 



lante al Teniente Bernardo de Moncibay, 
gran soldado y que capitaneaba los indios 
de Arauco de la parte que llaman Lava- 
pié, con trescientos y ochenta indios y al- 
gunos alcabuzeros españoles, para que to- 
masse todos los pasos, y el Gobernador, 
en su seguimiento, fué marchando hasta 
lo de Marinao, cerca de Paicabi, donde se 
aloxó. El Teniente Moncibay, que iba de- 
lante con los amigos, los dividió en trozos, 
y Loncodeu, hijo de Catumalo, soldado de 
muchos bríos, que llebaba uno de sesenta 
amigos, encontró cerca del estero de Juan 
Agustin, martes veinte y dos de enero a 
media ^noche, con diez enemigos. Cerró 
con ellos y captivo dos que dieron aviso 
cómo el enemigo se iba juntando en el 
puesto que llaman de el Manzano. Tubo 
el Gobernador este aviso de Loncodeu y 
de Moncibay y cómo el enemigo, con el 
aviso de los ocho que se le escaparon a 
Loncodeu, se iba retimndo; pero el Te- 
niente Moncibay, alentado y deseoso de 
hacer algún hecho de fama, le fué siguien- 
do, y dándole alcanzo en un passo angos- 
to donde se avia hecho fuerte, hizo infan- 
tería de todos los suyos, que serian hasta 
trescientos, y como hiziesse lo mismo el 
enemigo, se embistieron con valen tia los 
unos a los otros, y peleando Moncibay con 
esfuerzo y valentía mató treinta y nueve 
al enemigo y le puso en huida, cantando 
victoría con las cabezas de los nniertos, 
con que puso terror a los vivos. Vino 
Clentaro, indio de Arauco de los mas va- 
lerosos, que se halló en la refriega, y dio 
parte al Gobernador de la batalla y de el 
buen suceso de ella, y preguntándole quán- 
tos eran los muertos de el enemigo, res- 
pondió el Clentaro, arrogante, al Gober- 
nador que no se avia ocupado en contarlos 
sino en matarlos. 

El Gobernador, como tan gran soldado 
y que no sabia volver el pie atrás, hizo en 



HISTORIA DE CHILE. 



131 



esta ocasión de el que se retiraba, que- 
mando la campaña y dando a entender al 
euemigo que se volvía a Arauco; pero con 
gran secreto despachó al Maestro de cam- 
po Juan Fernandez con mil caballos es- 
pañoles y amigos y ordenóles que fuesse 
con ellos a Pillolcura, y él se quedó con 
toda la infantería en la margen del rio de 
Lobo. Comenzó a marchar el Maestro de 
campo y aquella noche se emboscó en par- 
te oculta y sitio capaz para la caballería 
y por espaldas un estero que no tenia 
nombre, pero tanta abundancia de truchas 
que dieron nombre a la emboscada y se 
llama la de las Truchas. Previno el Maes- 
tro de cAmpo desde esta emboscada des- 
pachar cien indios amigos a coger los 
caminos, y en las juntas de Relomo cap- 
tívaron cinco enemigos que solos andaban 
reconociendo aquellos pasos, y fué ventu- 
ra que no se escapasse ninguno a dar avi- 
so al enemigo, que es muy ordinario en 
estas ocasiones tener ventura alguno de 
acogerse a las montañas y dar aviso a to- 
da la tierra. Y recelosos de estos, aunque 
al dia siguiente divisaron seis indios, no 
intentaron cogerlos, porque su presa fuera 
de poco fruto, y uno que se escapara de 
mucho daño, porque pudiera dar voz a la 
guerra. Es la tierra a propósito pai-a em- 
boscadas y ocultáronse de modo que los 
seis indios no los pudiessen ver, aunque 
ellos fueron vistos de los nuestros. Salióse 
de este cuydado y sobrevino otro, que fué 
huirse un negro trompeta de el capitán 
Don Thomas de Ovalle, el qual se fué al 
enemigo, y receloso el Maestro de campo 
del aviso que podria dar, aceleró la mar- 
cha por ganarle la delantera, y aunque el 
camino era de montaña angosta, que iban 
unos tras otros, y de laxas y despeñade- 
ros, le pasaron con hgereza, dio en Pillol- 
cura y captivo sesenta piezas y tres caci- 
ques, y volvióse a Arauco sin pérdida. 



aunque el enemigo le riñó picando a la re- 
taguardia. 

Con esta ocasión se iba despoblando 
Tirua, y lo mismo iban haziendo los de 
Calcoimo y R'elomo. Acogiéronse unos y 
otros a la Imperial, y como todos los fron- 
terizos se iban retirando, se iba haziendo 
mas difícil su castigo por mas lejanos. Por 
esta causa se resolvió Don Francisco Lazo 
a írsele acercando y a adelantar las armas 
a nuevas poblaciones, ocupando la tierra 
que avia ganado al enemigo y de donde le 
avia echado apurándole con entradas y 
malocas. Parecia el rio de Coipu a propó- 
sito y para uno y otro en Angol: esta 
que sirviesse de escala y faturia de la otra. 
Empeñóse el Gobernador en la execucion, 
y conferido con los cabos y capitanes de 
el exercito, dio cuenta al Conde de Chin- 
chón, como a Virrey, que avia de asistir 
con socorros, y era esto mismo lo que el 
Conde deseaba y se lo avia escrito a Don 
Francisco varias vezes, repitiendo el gasto 
que se hazia con aquellas armas, y quanto 
convenia el ir aliviando los gastos de 
la hazienda Real. Era zeloso en esto y 
cuidadoso en asistir a Don Francisco Lazo 
con socorros y consexos, y atendía con 
christiandad y justicia a remunerar a los 
benemérítos de lagueira, sin dexar de aco- 
modar a ninguno en corregimientos y otros 
oficios conforme los sugetos y los puestos 
que cada uno avia ocupado, y para esto 
y para los despachos de los situados que 
dependen de el Virrey, procuraba este 
prudente Goberaador Don Francisco La- 
zo tener muy sazonado al Vin-ey y mos- 
trai-se en todo rendido, reconociendo la 
superíoridad de el puesto y attendiendo a 
la dependencia que Chile tiene de el Pe- 
rú, atención que deben tener todos los 
gobernadores, assi por guardar el buen or- 
den y subordinación, como la guardan las 
gerarquias en el cielo, como porque se 



132 



DIEGO DE ROSALES. 



le siguen muchos daños al Rejmo de al- 
zar un Virrey desazonado o desobligado 
la mano de su socorro. Y entre las felici- 
dades de Don Francisco Lazo, fué una > el 
aver con sus cortesias y rendimientos me- 
recido las asistencias y ganado el afiecto 
de un Virrey tan celozo de el servicio de 
su Magostad, tan f aborecedor del Reyno y 
de Chile, y tan grande en todo, que su me- 
moria se repite en el Perú con grande 
gloria y veneración de su nombre. 

Para reconozer los puestos de las po- 
blaciones que intentaba hazer, y de ca- 
mino dar cuydado al enemigo, hizo una 
jomada a tierra de guerra antes que el 
imbiemo se empefiasse en su rigor. Man- 
dó incorporar las fuerzas de Arauco y de 
San Felipe en el Nacimiento y con ellas 
marchó a Angol, donde se aloxó, ordenan- 
do que el ayudante Antonio de Novoa, sol- 
dado de exercitados brios, y el capitán 
Domingo de la Parra, que lo era de los 
amigos, saliesse delante con doscientos y 
cincuenta de ellos y algunos arcabuzeros 
para que reconociessen los caminos. Sa- 
lieron con buen orden, y aviándose aloca- 
do en el rio de Curaupe, avia hecho lo 
mismo el enemigo aquella noche en la pro- 
pria parte a tiro de vallesta, pero sin noti- 
cia unos de otros. Trataron otro dia, luego 
que amaneció, de marchar los nuestros en 
prosecución desu viage, y echaron menos un 
indio amigo que alargándose o descuidán- 
dose le captivo el enemigo, y sabido de él 
cómo el Gobernador venia, se desaloxaron 
con gran priessa, temerosos de caer en sus 
manos, y fueron con gran ligereza a dar 
aviso a toda la tierra y a tocar al arma. Es- 
te azar o descuido del indio fué causa pa- 
ra que Don Francisco Lazo, por consexo 
de sus capitanes, se volviesse, contentándo- 
se solo con aver reconocido el puesto de 
Coipu para la población que avia sido el 
principal blanco de su jornada. 



Vaxó el Gobernador a Santiago aquel 
imbiemo a consultar con la Real Audien- 
cia y su Cabildo la importancia de la po- 
blación y a pedirles que le assistiesen a 
ella con gente, pertrechos y municiones, a 
que no se negaron, reconociendo la felici- 
dad con que Don Francisco Lazo hacia la 
guerra, la seguridad con que vivian por 
su medio y las utilidades que de las po- 
blaciones se recrecen, y por Octubre, con 
la gente que lebó y con los que obligados 
de sus cortesias le siguieron, volvió a la 
Concepción. El Maestro de campo Rebo- 
lledo en este medio iba consiguiendo al- 
gunas empresas por Arauco con gente 
ligera, con que acabó de despoblar a Pe- 
llaguen, Relomo, Calcoimo y Tima, obli- 
gando a los rebeldes de estas tierras a 
meterse la tierra adentro, huyendo de su 
rigor, y a muchos, con averies captivado las 
mugeres y los hijos, a que se viniessen de 
paz, por ver que con liberalidad se los res- 
tituia a todos los que se reduelan a la 
obediencia de su Magostad. 

Avia en Repocura, tierra confinante á 
la Imperial, copia de enemigos, y el Go- 
bemador, mientras le venia el socorro de 
el Perú, trató de hazer en ellas algunas 
correrias y executólo con suma felicidad y 
notables daños de el enemigo y rescate 
de algunos españoles en trueque de algu- 
nos indios que captivo. Y llegándole el so- 
corro de los pertrechos por Noviembre y 
cien soldados, con nueva de que se queda- 
ban conduciendo mas, trató el Goberna- 
dor con calor de la población con los ca- 
bos, y estando en esto se huyó al enemigo 
un indio amigo de la reducción de San 
Christóval que poco antes avia dado la 
paz: que tan fácilmente como la dan es- 
tos barbaros la niegan. Juzgósse que este 
indio por ser soldado causaria alguna tur- 
bación y no fué vano el juicio, porque vol- 
vió sobre nuestras fronteras con una junta 



Historia de chile. 



133 



de rebeldes, y previniendo el lanze el Sar- 
gento Mayor Alonso de Villanueva, embió 
doscientos indios amigos y cincuenta espa- 
ñoles a cargo'de el Capitán Domingo de la 
Parra con orden de que reconociesse aque- 
llos pasos y caminos, y executándolo . re- 
conoció rastro de trescientos caballos que 
avian entrado a nuestras fronteras. Fuéle 
siguiendo con destreza hasta la orílla de 
Biobio, y dio con el enemigo en el parage 
que llaman la Angostura. Acababa de lle- 
gar al rio de vuelta de nuest^ras tierras 
sin aver hecho efecto ni tomado lengua, 
que era su fin principal para saber de los 
designios de el Gobernador, y eran dos- 
cientos enemigos, todos exercitados en la 
guerra y gente escogida, acaudillada de 
Naucopillan, cuyo nombre significa Rayo 
que cae en el agua, que al fuego y al rayo 
llaman Pillan, nombre de deidad. Este era 
un rayo de la guerra y un indio muy va- 
liente y de grandes ardides, cacique de 
Pubinco y capitán de mucho nombra. Re- 
conocióle el Capitán Parra a tiempo, que 
aun no avia acabado de pasar el rio, y 
gozó la ocasión de hallarlos divididos, y 
cerrando de improviso con ellos opiisosele 
Naucopillan con gallarda e increible cons- 
tancia, assistiéndole los que avian pasado 
el río, sin que ninguno de ellos dexasse de 
pelear con grande ardor, hasta que avien- 
do muerto Parra mas de ochenta y heri- 
do al Capitán Naucopillan, por mas que se 
embrabecíó como toro herido y se nombró 
diziendo: "yo soy Naucopillan, rayo de la 
guerra,*' acometiendo con nuevo esfuerzo, 
cayó de una lanzada que le dio un indio 
amigo y le sugetó, no queriendo acabarle de 
matar por trahérsele vivo al Gobernador 
y presentarle aquel valiente capitán para 
que toda valentía <;hilena se viesse rendi- 
da a su valor. 

Cogieron vivos otros veinte y tres, y los 
demás se avalanzaron unos al rio y otros 

HIST. DE CmLE. — T. IIL 



al monte, dexando los caballos y armas 
por despoxo a los españoles e indios ami- 
gos. Fué este suceso uno de los mas dicho- 
sos que tubo Don Francisco Lazo y que 
le dio grande gloria por ser este Nauco- 
pillan el enemigo mas soberbio y desva- 
necido que ha tenido la guerra y que en 
sus juntas y parlamentáis avia hablado con 
desprecio de el Gobernador y de toda la 
nación española. Diósse orden le pusiessen 
preso en el fuerte de Buena Esperanza, pa- 
ra donde se partió luego Don Francisco 
Lazo, y aviendo llegado mandó traher a 
su presencia a Naucopillan, y en este ac- 
to, aunque en mas limitada esfera, se acor- 
daron muchos de el suceso que nuestro 
glorioso Emperador Carlos V tubo con el 
Duque Federico de Saxonia quando le 
prendió y llamándole Magestad le dixo: 
"ayer Carlos de Gante y oy sacra Mages- 
tad," y al fin le hizo grandes honras. Lle- 
gó Naucopillan muy humilde, postrándose 
a los pies de el Gobernador, que le abrazó 
con grande humanidad y le dixo lo que 
trocaba la fortuna en la guerra los pensa- 
mientos, y quánto mexor era servir a su 
Rey que no serle rebelde, para no verse 
en humilde suerte, privado de sus tierras, 
hixos y mugeres, y haziéndole muchos 
agasaxos le mandó tratar en la prisión con 
toda humanidad y cortesía. Inclin abase el 
Gobernader por su natural piedad a darle 
Hbertad y que se estubiesse entre los in- 
dios amigos, esperando que de un buen 
enemigo podría hazer un buen amigo, pe- 
ro los que conocian su altivez y arrogan- 
cia se lo disuadieron. Con que pasando 
algunos dias en esta deliberación, le dio 
una enfermedad de tabardillo que humi- 
lló su sobervia, y rendido a Dios y a las 
amonestaciones de los padres de la Com- 
pañía, que siempre le asistieron, pidió el 
agua de el santo baptismo y la recivió 

con muchas lágrimas y arrepentimiento de 

9 



134 



DIEÜO DE ROSALEft. 



8U mala vida pasada, y con tal fervor que 
a todos dexó consolados y con prendas de 
su salvación, y fué su dicha el morir en 
esta tierra de christianos y la señal mas 
cierta de predestinación, porque en la su- 
ya estaba cargado de mugeres infieles, y 
tan infieles para él, que todas le negaron 
y ninguna se acordó de el ni le vino a ver en 
su captiverio ni enfermedad, sino una vieja 
que no le fué do impedimento para dis- 
ponerse a morir bien. Que al que tiene 
Dios predestinado, le guia de modo a su 
salvación que le Ueba a donde la consiga, 



aunque sea por medios al parczer adversos, 
y le quita las ocasiones de peligro. 

Este año le llegó al Gobernador Don 
Francisco Lazo una cédula de su Magos- 
tad para sosegar las diferencias que avia 
entre los gobernadores y obispos sobre las 
competencias en las ))rocesiones, en darles 
la paz, agua bendita y el misal, que me ha 
parecido ponerla original para que se sepa 
el respeto y veneración que tiene su Ma- 
gestad a la Iglesia y las cosas en que quiero 
que precedan sus prelados a los goberna- 
dores, aunque representen su real persona. 



EL REY. 

Por quanto ontre el Presidente de mi Audiencia Peni de la ciudad de Santiago, de hw provinciiw 
de Chile y el Obispo de ellas, se han (jfrecido algiuiaí* competencias sobre la i>rcccdencia en las pro- 
cesiones y lo que se ha de hazer con el dicho Presidente, y otras cosas; aviéndoso visto en mi consexo 
de las Indias lo (pie cerca de estas cosas se La probehido antes do aliora para algunas partes de law 
Indiiis y lo que se ha representado por parte de el dicho Presidente, he tenido por bien declarar y 
mandar lo siguiente: Que en lo que toca al lugar que cada uno do ellos ha de llebar, quando el Obis- 
j>o y Presidente concurrieren en procesiones y otros actos eclesiásticos, el Presidente vaya con la Au- 
diencia y el obisjx) delante con su clerecía detras de el Presidente, que fuere revestido y luego se siga 
inmediatamente el Presidente y Audiencia. Que al echar el agua bendita, antes de la misa mayor, so 
eche ])rímero al Obispo y clérigos que estubieren con él, estando juntos, y luego al Presidente y Au- 
diencia. Que en quanto assi se ha de vaxar el Evangelio al IVcsidente, quando se acaba de dezir, 
declaro que no, pon pie esto se ha de hazer con solas las personjis do los Virreyes. En el dar la paz, 
ordeno quo estando en la capilla mayor el Obis])o, so lo dé primero a él y después al Presidente; y estando 
el Obispo en el coro salgan juntas dos pazos, una pam el dicho Obis])o y otm para el Presidente; y que 
en (juanto a la pei'sona (pie la ha de llebar, se guarde lo dispuesto por el ceremonial; y en quanto si le 
han do llebar al Obispo la falda alziula, declaro: (jue en los act(»s cclesiíisticos al Obispo lo llcbon la 
falda, auiupio vaya alli el Presidente y Audiencia; mas, (pie no vaya alli sino solo el crijido (pie la lie- 
base; y (piando fuere a las casas rojiles se la llebe hasta la puerta do el ajiosento donde estubiere el 
Presidente y alli la haga soltíir. Y el Obispo ha de hazer el juramento que debe, de no tomar los dere- 
chos reales y do guardar mi })atronazgo. Y quo yendo a oir los divinos ofticios el Presidente y Oydo- 
res en fonna de Audiencia a la Iglesia (Catedral, Inuí de salir a recebirlo por lo menos dos i)revondadoH 
de la dicha iglesia. To(h) lo (pial es mi voluntad, y mando quo assi se observe, guarde, cunq)la y oxé- 
ente do a(pii adelanto sin que contra ello so vaya, ni pase en manera alguna ]K)r ninguna persona. 
Fecha en Madrid a diez de Julio de 1G36. — YO EL REY. — Por mandado de el Key Nuestro Señor, 
Don Fernando Ruiz dk Contreras. 



Otras nuichas cédulas tubo el Gobema- 
dor Don Francisco Lazo que por evitar 
molestias no las pondré al pié de la letra, 
sino la sustancia de ellas y lo que contie- 
nen; y assi mismo otras pertenecientes a 
este Gobierno de Chile. Recibió cédula de 
su Magostad Don Francisco Lazo en que 
le haze merced de tres mil ducados de ren- 
ta en indios vacos de estas provincias, fe- 
chada en Madrid 9 de Diciembre de 1635, 
la qual no tubo eflFecto por ser las encomien- 



das de Chile tan cortas, que para aver do 
sacar tres mil pesos avia menester quitar 
casi todas las encomiendas a los vecinos y 
conquistadores, y como su generosidad era 
tan gi'ande y su atención a remunerar los 
servicios, no quiso tomar para sí ninguna 
encomienda, lastimándose de no tener mu- 
cho que dar por premiar tan relevantes 
servicios a los soldados de esta guerra; y 
assi pidió a su Magostad cincuenta plazas 
I muertas para premiar beneméritos y sol* 



HISTORIA DE CHILE. 



135 



dados impedidos por viexos o valdados 
que no tienen de qué sustentarse. A que 
le responde su Magestad: "Aya treinta 
plazas: las quince de capitanes, alferezes 
y sargentos, cinco de cada puesto de estos 
y otras quince para soldados sencillos, unos 
y otros de cliristiano y honrado proceder, 
que me hayan servido en esa guerra por 
lo menos veinte años y que tengan sesen- 
ta de edad; y que a los unos y a los otros 
se les acuda con los sueldos ordinarios, 
pagándoselos de los doscientos y doze mil 
ducados de la situación de ese exórcito, 
asistiendo y residiendo en los fuertes o 
puestos donde les ordenáredes para poder 
dar sus votos en las ocasiones que se les 
offrecieren, y acudir de ordinario a indus- 
tiíar y enseñar el exercicio de las armas a 
los que lo ubieren menester, conforme las 
ordenes que les diere el que los gobernare 
en el lugar o parte donde residieren, y 
cumpliendo con estos requisitos se les pa- 
garán sus sueldos de la diclia consignación 
de los doscientos y doze mil ducados a los 
tiempos y como se pagare a la demás gente 
de ese exército, obligándoles a que dentro 
de seis años llebe ceda uno aprobación 
mia del nombramiento que le diéredes, en 
que aveis de referir las causas por que se 
le disteis y sus partes y servicios. Fecha 
en Madrid a 1 5 de Noviembre de 1634." 
En otra cédula le da forma de lo que 
se ha de observar en las provisiones de los 
beneficios eclesiásticos, en que manda que 
en vacando el beneficio, curado o simple, 
el Prelado mande poner carta edicto en la 
Iglesia Catedral con termino competente 
para que se opongan, y a viéndolos exami- 
nado de la suficiencia, elixa dos peraonas 
de las mas dignas, y la nominación de los 
assi nombrados se presente al Gobernador 
para que elixa uno de los dos, y esta elec- 
ción la remita al Prelado para que haga 
la provisión por via de encomienda y no 



en titulo perpetuo, sino mobiblc ad nuUim, 
y solo será perpetua la elección que hizie- 
re el Rey personalmente; y que el Obispo 
haga la colación si no ubiere contra él de- 
litos graves que le hagan indigno, y no 
haziéndola, pague los frutos que dexare de 
percevir, y que una vez colado no le pue- 
dan quitar sino por delitos gi-aves y de 
incorregibilidad, ni el Gobernador ni el 
Obispo. Y aunque en otra cédula se avia 
dispuesto que conformándose los dos. Obis- 
po y Presidente, pudiessen quitar el bene- 
ficio colado, esa cédula se derogó después. 
Y porque el Obispo de la Concepción Don 
Fray Luis Gerónimo de Ore dio parte a 
su Magestad cómo el antecesor de Don 
Francisco Lazo, Don Luis Fernandez de 
Córdova, ponia curas en los fuertes de Lo- 
bo y la estancia de el Rey sin guardar la 
forma arriba dicha, so color de que eran 
capellanes, poniendo clérigos y religiosos, 
mandó su Magestad que se observasse el 
estilo del patronazgo Real en el nombra- 
miento de los capellanes de los fuertes de 
la guerra de Chile; y a los Obispos ordena 
su Magestad que visiten a los curas, aun- 
que sean religiosos; pero que a estos no 
los visiten sino restrictamente en el cargo 
de curas, sin pasar a las costumbres, cuya 
visita pertenece a sus Prelados. Fecha en 
Madrid a 17 de Noviembre en 1634. 

Con el cuidado tan grande que su Ma- 
gestad tiene de el buen tratamiento de los 
indios, le despachó cédulas al Gobernador 
Don Francisco Lazo en que le encarga que 
se casíiguen las vexaciones y molestias que 
hazen los corregidores, doctrineros o otras 
qualesquicra pegonas a los indios; y en 
otra que haga relación de seis pegonas 
aptas para cada officio de las caxas de este 
Gobierno, refiriendo la hazienda, partes y 
calidad de cada uno; y que envié memoria 
jurada y autorizada, oja por oja, de to- 
dos quantos oflicios o ministerios ordi- 



136 



DIEGO DB ROSAI/ES. 



naHos y estraordinarios de todas profe- 
siones se probeen por el dicho Gobernador, 
o por ministros, o por merced de el Rey 
o facultad implicita o explícita en to- 
do el distrito de esta Audiencia de Chile; 
el salario, derechos y emolumentos que 
cada uno de ellos tiene; que haga tres o 
cuatro duplicados y los remita por diver- 
sas vias. 

En otra cédula a Don Francisco Lazo, 
sobre si los soldados deben siempre con- 
servar el fuero militar, aun en caso de re- 
sistencia a las justicias, le dize su Mages- 
tad : Que en caso de resistencia y desacato 
injurioso, se deroga a los soldados el privi- 
legio militar de su fuero, y se concede a 
las justicias ordinarias conozcan de el di- 
cho caso hasta la execucion de la senten- 
cia definitiva, sin que el capitán general 
pueda impedirselo. Madrid, 3 de Junio de 
1635. — Y a la Audiencia de Chile ordena 
su Magostad que no dé licencia a los sol- 
dados ni vecinos de Chile para salir de el 
Reyno, porque solo toca al Gobernador. 
Madrid, 3 de setiembre de 1636. — Y son 
semexantes estas cédulas a las que se des- 
pachó para el Presidente y Oydores de 
Panamá, en que se les dize assi: "Mando 
a los nuestros Oydores de la dicha Audien- 
cia que libremente os degen entender en 
las dichas cosas de gobierno y probeer y 
despachar todas las cosas tocantes a él, 
sin que se entremetan en ello ni en cosa al- 
guna de ello, y que solo se entienda en cosas 
de justicia, juntamente con vos, y en el 
administrarlas en aquellas cosas y de la 
manera que lo hazen los Oydores de nues- 
tras Audiencias reales que residen en la 
ciudad de México, de la Nueva España, y 
en la Villa de Valladoli y ciudad de Gra- 
nada destos Rey nos." 

Y al Conde de Chinchón le manda su 
Magestad, a instancias de Don Francisco 
Lazo, que socorra con gente al Gober- 



i^ador de Chile, teniéndole siempre lleno 
el numero de la que está situada, para 
que por falta de gente no dexe de em- 
prender lo que importa para vencer. Y 
respondiendo a^Don Francisco Lazo sobre 
si los vecinos apercebidos para la guerra 
deben gozar de el fuero militar, le res- 
ponde: 

"Declaro que todos los soldados aperce- 
bidos deben gozar de las preeminencias que 
dan las cédulas reales a los soldados que 
actualmente están en la expedición, como 
ellos las gozan, excepto de los casos y cau- 
sas que estubieren comenzadas antes de 
ser apercebidos, assi civiles como crimina- 
les. Madrid, 30 de Marzo de 1635." Y 
esto mismo tenia concedido otra cédula 
mas antigua para los soldados de el nume- 
ro que militan en las ciudades y los que 
van a la guerra, aunque no tengan plazas 
de soldados en el exército, y por ser tan 
favorable para los soldados y para el Go- 
bernador de Chile, la pondré aqui, que es 
como sigue: "Concédese jurisdicción pri- 
vativa para que el Gobernador de Chile, 
como Capitán General, conozca de las 
causas civiles y criminales de la gente de 
guerra que sirve a sueldo, y assi mismo 
de los capitanes de caballos e infantería, 
sus alferezes y sargentos de las compañias 
de los vecinos y moradores de las ciuda- 
des y partidos, que vulgarmente llaman 
de el numero, y que quando estas compa- 
ñias de el numero tubiessen arbolada» 
vanderas y estubieren con las armas en 
las manos haziendo guardia y esperando 
enemigos, o marchando al castigo y paci- 
ficación de ellos, gozen de los mismos pri- 
vilegios y preeminencias que los soldados 
pagados, y que de los casos críminales y 
demandas civiles que en aquellos dias 
acontecieren, privativamente conozca el 
dicho Gobernador de Chile hasta concluir- 
las, con que para mayor satisfacción de 



HISTORIA DE CHILE. 



137 



las partes, demás de su Assesor, nombre 
el dicho Gobernador uno de los oydores 
de la Real Audiencia para que con pare- 
zer de ambos determine las dichas cau- 



sas. 



» 



Vínole otra cédula a Don Francisco 
Lazo en que concede su Magostad prorro- 
gación de una vida mas, según la ley de la 
sucesión de las encomiendas, que pasan de 
ochocientos pesos, con condición que las 
que la tubieren en segunda vida sirvan de 
contado con el valor de los tres primeros 
aüos de los tributos, y los que en primera 
vida, con el valor de dos años de los tri- 
butos de los dichos indios. Que se eviten 
los agravios que se hazen a los indios enco- 
mendados de las provincias de Cuyo en sa- 
carlos con vexacion y rigor de sus patrias, 
como informó el obispo de Santiago que 
se hazia. Fecha 5 de mayo de 1629. — 
Este mismo año vino cédula para que mu- 
riendo el Gobernador entrasse a ser Go- 
bernador y capitán general el oydor mas 
antiguo. Y aviendo pedido Don Francisco 
Lazo facultad para nombrar gobernador y 
capitán general por su muerte, se le negó 
y se dispuso: Que el Virrey en pliego ce- 
rrado nombre dos personas de los Maes- 
tros de campo que han sido en esta gue- 
rra, y que por muerte de el gobernador de 
Chile suceda el uno en el gobierno; y si 
ubiere muerto el primero, entre el segundo, 
basta tanto que el Virrey nombre otro; 
►que el dicho pliego se guarde cerrado y 
con secreto. Fecha en Madrid a 7 de 
Mayo de 1635. 

En otra cédula ordena su Magostad al 
Virrey de el Perú que se entreguen los 
doscientos y doze mil ducados assignados 
en plata para el socorro de la gente de 
guerra de el exército de Chile a la perso- 



na que con poder del Gobernador de Chile 
y oficiales reales de la Concepción fueren 
por dicho situado, y que cada año haga 
merced a doze soldados beneméritos de 
esta guerra, según la relación de el Gober- 
nador de Chile, y que les embie los despa- 
chos de las mercedes a la guerra. Madrid, 
15 de Diciembre de 1634. — Esto negoció 
Don Francisco Lazo, porque como ^no te- 
nia con qué premiar en este Reyno a los 
beneméritos que avian servido en la gue- 
rra, y si los embiaba al Perú a pretender, 
pobres, no negociaban nada, alcanzó que se 
les enviassen aqui las mercedes: ojalá 
assi se hiziesse, que en estos tiempos ni 
aun yendo allá las alcanzan, porque como 
los que salen desta guerra van pobres y no 
tienen qué dar, no reciven. 

Dióle su Magostad licencia al Goberna- 
dor de Chile para que pudiesse sacar de la 
real hacienda que ubiere en las caxas de 
su distrito, lo que forzosamente fuere ne- 
cesario para la pacificación de aquellas 
provincias. Y a algunas preguntas sobre 
puntos de jurisdicción, responde su Magos- 
tad assi: Sobre si el dar licencia de saUr los 
navios de el puerto, es caso militar o no, o 
a quien toca el darla, responde: Declaro, 
que estando ausente de la ciudad de San- 
tiago el Gobernador y no constando de 
que quiere y trata de embiar sus pliegos 
por el puerto de Valparaiso, pueda salir el 
navio con orden de la Audiencia el dia que 
por ella se le ordenare. Que los desterra- 
dos a la guerra por la Audiencia, cumplido 
el tiempo de su destierro, es caso militar, y 
que el Gobernador no los detenga sin cau- 
sa urgente. Y con esto pasemos a las cosas 
de la guerra, y baste ya de cédulas, que 
por favorables a Don Francisco Lazo las 
he referido. 



CAPÍTULO- XXIV. 



Puebla a Angol Don Francisco Lazo. Pone alli el tercio de 
San Felipe y guerrea con el enemigo, con varios encuen- 
tros de entrambas partes. Refiérense los daños que hizo 
un indio amigo, llamado Cuero, que se fué al enemigo, 
y su muerte, y las traiciones de otro fugitivo, Pichipil. 



Año de 1638. — Determina el Gobenuulor con parecer de todos el i)obIar en Angol. — Ck>mienza a trabaxar y 
embia al tercio de San Felipe por el resto de la gente y por las mugeres, qno los gentiles las echaban de 
sus exércitos y mexor lo deben hazer los christianos. — Por este vicio castiga Dios a este Reyno con guerras. 
— Dan prisa a la obra. — Enferma el Gobernador y vaxa a la Concepción, y acaba la obra el Sargento mayor. — 
AbNudancia de bastimentos. — Utilidad de la población. — Hazen los tercios algunas malocas y el enemigo 
entradas a hurtar caballos. — Año de 1639. — Los daños que hazia el indio Cuero en tierras de paz. — Sal^ 
de emboscada y mata a muchos pasageros que caminan solos. — Mata a uno que. lie va unos dulces al Gober- 
nador y cómeselos. — Coge el Gobernador a Cuero y a sus compañeros y mándalos arcabucear. — Captiva 
Iparquile cinco españoles. — Sale el Gobernador a la venganza. — Huyese Pichipil al enemigo y no se haze 
nada en su quadrilla. ~ Hicieron suerte las otras quadrillas. 



Por Enero de 1688 salió el Goberna- 
dor Don Francisco Lazo de la Vega con 
todos los aparatos de la población, y en 
Ncgi'ete se le juntaron las fuerzas de 
Arauco, Aun no tenia punto fijo hasta es- 
te punto a donde avia de hazer la pobla- 
ción, sino que por mayor se trataba de 
que seria en Coipu, y el Gobernador, 
para asegurar el acierto y escoger el sitio 
mas conveniente, tomó consexo con todos 
los indios amigos y capitanexos de las 
fronteras, que uniformes y constantes sin- 
tieron mal de la población de Coipu y se 
inclinaron a que se hiziesse en Angol, dan- 
do muchas razones de conveniencia para 
ellos, laa quales reforzó el prudente con- 
sexo de el Sargento Mayor Alfonso de 
Villanueva, que fué siempre de este sen- 
tir, y con aclamaciones generales repitie- 
ron todos que se poblasse en Angol, aun- 



que después de aver dexado Don Fmn- 
cisco Lazo el gobierno, no faltaron algunos 
que le dieron a entender al sucesor, vién- 
dole poco inclinado a este progreso, que 
les avian hecho firmar por fuerza. Ordenó 
el Gobernador que se marchasse a la po- 
blación de Angol, que era una ciudad de 
las que el rebelde asoló en su general al- 
zamiento, dista veinte leguas de la Con- 
cepción, doze del quartel de San Felipe, 
dexando en medio tres rios: el de la Laxa, 
el rio Claro y Biobio. Estos estorvos di- 
ficultaban las empresas, y por estas cau- 
sas y por otras que se dirán, se miraba 
por conveniente y de toda importancia la 
población de la otra banda de estos rios. 
Aquartelóse el Gobernador con el oxér- 
cito en el sitio de Angol y se dio con gran 
calor principio a la fábrica, siendo él el 
primero en el trabaxo para animar a todos 



HISTOltlA DE CHILE. 



139 



con su exemplo, y para que el tercio do 
San Felipe so pasasse de quaxo a An- 
gol, embió por las mugeres y soldados que 
avian quedado en él con una compañia: 
que si las mugeres fueran todas legítimas 
acompañaran bien al exórcito, pero entre 
ellas avia muchas que le servian a los sol- 
dados, con titulo de liazerles la cozina, de 
hazerles la cama y de acompañarlos en 
ella, vicio que no se ha podido^desarrai- 
gar de este exército por no poner los go- 
bernadores con zelo christiano el cuidado 
y desvelo quo ponian los gobernadores 
gentiles en sus exércitos, pues Cipic^n las 
echó de su exército estando sobre Numan- 
cia, y el Senado romano alegó que los 
cónsules que iban a gobernar provincias de 
gueri'a, no llebassen mugeres, como lo re- 
fiere Tácito en el segundo de sus anales, 
y son gravissimas sus razones, y siendo 
estas tales y mucho mas graves las razo- 
nes christianas que persuaden a quitar 
esta peste de los exércitos, con razones po- 
líticas y do infernal filosophia las consien- 
ten y las apadrinan, haziendo necesidad 
el vicio y coloreando el pecado con razo- 
nes y colores que antes debieran sacar las 
colores al rostro y causar mucho temor a 
la justicia divina, que agraviada y sentida 
de ver que los christianos tienen peores 
dictamines que los gentiles y que dan tan 
mal exemplo con ellos a los infieles, cas- 
tiga a este Reyno con una guerra tan pro- 
lixa: que no es pequeño castigo el de las 
guerras, pues entre los que pone el Salva- 
dor que precederán al juicio final, que to- 
do será rigores, será el uno las guerras y 
las sediciones: predia et sedkioíies. Traba- 
xos que han seguido a este Reyno desde 
sus principios y conquista, pues nunca le 
han faltado guerras y levantamientos. Quie- 
ra Dios que abran los ojos para conocer 
sil mal, y que alze Dios la mano de el 
castigo. 



Ibasse prosiguiendo la población con 
eficacia: viéronse levantados en pocos dias 
los cuatro lienzos de la muralla, de cuatro- 
cientos pies de largo cada uno, mil y seis- 
cientos en cuadro, con sus trabeses, y mu- 
cha parte de los aloxamientos para los 
soldados, y no se adelantó mucho mas la 
obra por aver caido enfermo el Goberna- 
dor y no estar conformes los cabos de el 
exército, que la conformidad entre los que 
gobiernan exércitos es tan necesaria que 
sin ella la cantidad y el valor de los sol- 
dados es de todo punto inútil. Apretóle 
la enfermedad al Gobernador tan -rigoro- 
samente, que se ubo de baxar a la Con- 
cepción, dexando la assistencia de una 
obra tan suya y tan importante, que lo 
sentia mas que la misma enfermedad. Y 
el Maestro de campo Juan Fernandez pa- 
só a Arauco con los españoles de aquella 
frontera, y el Sargento Mayor Alfonso do 
Villanueva quedó en la de Angol prosi- 
guiendo la obra, como quien avia de tener 
aquella nueva población a su cargo con se- 
tecientos y setenta españoles infantes y 
caballos, gente toda veterana y lucida, y 
prosiguióse la obra hasta ponerla en per- 
fección, con tanta abundancia de materia- 
les y bastimentos y municiones, que se 
lució bien la prevención de Don Francis- 
co y su eficacia, pues quando solian an- 
dar ambreando los tercios y faltarles la 
comida, en estando mucho tiempo juntos, 
para esta población la tubieron tan sobra- 
da, que la carne la dexaban perder y la ha- 
rina la estimaban en tan poco por la abun- 
dancia que por cuatro reales daban una 
fanega de harina, que los vale un pan o 
una hagaza en España a tiempos, y luego 
se vinieron a los ojos las conveniencias de 
aquella población para los que no las avian 
penetrado todas, porque demás de que lo 
que a un Gobernador en Chile le competo 
para ser gobernador aplaudido y provecho- 



140 



DIEGO DB ROSALES. 



SO al Reyno, es assistir siempre en cara- 
paña campeando y hazer poblaciones pa- 

a poner freno aí eneraigo. Esta era ya 
^uerza adelantarla a este puesto, por estar 

"ya tan retirado el enemigo, que las armas 
en San Felipe eran como ociosas, y si 
avian de obrar algo era a costa de mu- 
cho cansancio y riesgo en irle a buscar 
tan lexos, y aqui le tenian cerca y pasadas 
las difficultades de los ríos. Los soldados 
estaban mas apartados de las estancias, 
donde hazian mas daño que los mismos ene- 
migos, retirados del vicio, menos dados a 
la ociosidad y mas exercitados en la guerra. 
No ubo mucha ocasión de exercitarla 
aquel imbiemo, que no fué poca dicha, 
por estar tan trabaxado el exército y tan 
bien ocupado en acabar de dar forma a 
los aloxaraientos. Acercóse la priraavera, 
y por la parte de Arauco hazia el Maes- 
tro de campo Juan Fernandez Rebolledo 
(que se hallaba desembarazado y no sa- 
bia estar ocioso, y era de parezer que 
nunca lo avian de estar los soldados) al- 
gunas empresas con buenos sucesos. Y lue- 
go que se desocupó el Sargento Mayor Al- 
fonso de Villanueva dio principio a algu- 
nas entradas con gente ligera a las tierras 
de el enemigo para que conociesse quán 
sobre sí tenia el azote, y lo experimentó 
con algunos golpes que le dio bien sensi- 
bles, captivándole mucha gente y que- 
mándoles sus ranchos y sementeras. No 
dexaba el enemigo de salir a la ven- 
ganza, echando a correr gente ligera y 
teniendo siempre espias sobre la nueva 
población para lograr alguna suerte en la 
gente que hallasse desmandada, y lográba- 
la en los caballos, que no podian estar en- 
cerrados todos y sustentados en pesebrera. 
Era el movedor de estas correrías Ipar- 
quile, cacique de Puren, que a falta de 
Naucopillan capitaneaba los indios de Pu- 
binco, que le avian elejido por su general y 



dádole la militar obediencia, y con sus 
soldados infestaba las tierras de Angol y 
obligaba a los soldados a venir con vigi- 
lancia y orden militar, que es gran maes- 
tro el enemigo de milicia, y la ronda que 
mexor haze velar las postas j mas aviva 
las centinelas. 

Era Iparquile el que tenia en continua 
arma las fronteras de la guerra; pero otro 
indio llaiüado Cuero (de quien diximos 
arriba que siendo amigo y christiano se 
avia hecho eneraigo y huídoae a las tierras 
de guerra) infestaba a lo disimulado y con 
poca gente, por no ser sentido, las tierras 
de paz, y con solos cinco indios se metia 
hasta los arrabales de la Concepción, ha- 
ziéndose salteador de los caminos, en que 
se hallaban cada dia españoles, indios y 
negros muertos, con admiración y varios 
juicios de quienes fuessen los obradores de 
tan atrozes delitos, porque no avia ma- 
yordomo de estancia seguro ni pasagero 
singular que no peligrasse, que como ellos 
eran pocos no acometían sino quando pa- 
saba uno solo, porque no se escapasse al- 
guno y los descubriesse. Era horrendo el 
escándalo y la confusión que causaban es- 
tos sucessos y muertes que cada dia se 
vian por los caminos, sin poderse descubrir 
los malhechores, aunque las justicias y mi- 
nistros de guerra, estimulados de Don 
Francisco Lazo, hazian grandes diligencias: 
que como la tierra es tan áspera y el in- 
dio Cuero era tan señor de ella, hazia ca- 
da dia tiro en los caminos, saliendo de 
emboscada, y mudaba parage y camino 
para no ser sentido. Nadie se persuadia 
que pudiessen ser indios enemigos y todos 
echaban la culpa a los indios amigos, di- 
ziendo que sin duda ellos como ladrones 
de casa, por la codicia de algún pUlage, 
cometían aquellos insultos. Muchos dias 
se continuó esta duda, y dio mas que pen- 
sar por aver cogido a uno que Uebaba de 



HISTORIA DE CHILE. 



141 



Santiago algunos botes de conserva y otros 
dulces al Gobernador para su enfermedad 
y regalo, al qual mató y se comió los dul- 
zes, como después se supo, aunque no se 
conoció el autor quando se echaron menos. 
Y como endulzado y cebado con estas pre- 
sas se atrebiesse una vez a algunos pasa- 
geros que iban en compañia, pareciéndole 
que no solo podría coger y matar a los que 
iban solos sino también a los que fuessen 
acompañados, salió de la cieneguillá cami- 
no real, dos leguas de la Concepción, a 
saltear a unos pasageros y mató a algunos 
y escapáronse otros que dieron noticia al 
Gobernador de como eran enemigos rebel- 
des los que infestaban los caminos y ha- 
zian tantos daños. Con esta luz el Gober- 
nador echó gente de guerra en aquella 
parte y en una emboscada tomaron por pri- 
sionero a uno de sus compañeros llamado 
Lupiguala, que refirió el origen de su en- 
trada y los daños que avian hecho en 
aquellos caminos los cinco indios goberna- 
dos por la industria de Cuero. Salió en 
persona a buscarle y hallóle con los demás 
que le acompañaban, para que aun con 
este vandolero se lograssen sus dichas, y 
no lo fué pequeña el verse en adelante los 
caminos libres de tan pernicioso cosario y 
salteador, que tantas muertes hizo y tanto 
horror avia causado en los caminos reales 
de la Concepción, donde fueron traidos y 
los mandó el Gobernador arcabuzear vivos 
y repartir los quartos por los caminos. 

Volvamos a Iparquile, que deseoso de 
hazer lanze en Angol continuaba sus in- 
quietudes, y finalmente le hizo en una es- 
colta de soldados que salieron de Angol a 
it al fuerte de el Nacimiento por basti- 
mentos, que separándose de ella dos ca- 
ballos ligeros, soldados de valor, pasaron 
Solos a la isla que llaman de Diego Diaz, 
que está en medio del rio Biobio y le di- 
vide por aquella parte. Apartáronse con 



ánimo de sacar de esta isla algunos caba- 
llos que en ella tenian; tardáronse mucho 
y la escolta se fué sin ellos a Angol, y 
aunque pudieron aguardar otra en el fuer- 
te de el Nacimiento, no lo hizieron, antes 
intrépidos siguieron el camino y encontra- 
ron a Iparquile de emboscada en los are- 
nales de Negrete, que los captivo y supo 
de ellos que en la isla avia otros tres sol- 
dados guardando caballos, y avalanzándose 
a ella los captivo también: con que Iparqui- 
le, triunfante con cinco españoles, se retiró 
a toda rienda, y llegando a su tierra, Pubin- 
co, los quitó a todos la vida en una borra- 
chera que hizo muy solemne para celebrar 
esta victoria, y dividiendo las cabezas por 
varías partes provocó a todos con ellas a 
tomar las armas. Este sucesso sintió gra- 
vemente el Gobernador Don Francisco 
Lazo y dezia que perder un soldado por 
descuido o desorden era para él de ma- 
yor dolor que perder muchos en una ba- 
talla. 

No quiso el Gobernador dilatar el cas- 
tigo ordenándoselo a los cabos de el exér- 
cito y saliendo él en persona a executarle. 
Iba entre los indios de San Cristóval uno 
llamado Pichipil, que se avia captivado con 
Naucopillan y le avia dado libertad el Go- 
bernador, y servia de soldado entre los ami- 
gos por aver trahido su familia y prometido 
de servir con fidelidad, y teníase deste Pi- 
chipil mucha satisfacción porque en otra 
ocasión avia mostrado grande lealtad y se 
avia nombrado y señalado con el enemigo. 
Dispusiéronse finalmente en Pubinco las co- 
rrerias, aviendo llegado hasta alli con feli- 
cidad y sin ser sentidos. Repartiéronse las 
quadrillas y cúpole una a Pichipil, pero él 
la metió en parte donde nunca pensó salir; 
iba con este mal intento por huirse, pues, 
dexando la quadrilla empeñada y perdida, 
se pasó al enemigo. Desempeñóse la gente 
sin pérdida considerable, y con la fuga y 



142 



DIEGO DE ROSALES. 



traición de Pichipil no se consiguió el 
efFecto que se esperaba: que este trabaxo 
tiene esta gueiTa, que es fuerza fiarse mu- 
chas vezes ele los amigos, que suelen ser 
enemigos disimulados y mas dañosos que 
los enemigos descubiertos; pero no se dexó 



de hazer mucho, porque las demás qua- 
drillas encontraron con muchos indios que 
se pusieron en defensa y mataron algunos 
y se captivaron cincuenta pei'sonas, con 
que quedó el enemigo castigado y se retí- 
ró a las fronteras. 



*^^^^F^^^^^^^^^^^^>^N^^ 



CAPÍTULO XXY. 



Ya Don Francisco Lazo a Pubinco a vengar la muerte de 
cinco españoles. Halla de vuelta quemado el cuartel de 
Angol y reedifícale. Tiene nueva de sucesor. Siente no 
aver acabado la conquista de este Rey no. Lo mucho que 
en él hizo, sus virtudes, famosas hazañas y su temprana 
y infausta muerte. 



Año de 1639. — Sale el Gobernador con el exército a campafia. — Echa corredores y cogen algunos indios. — Pasa 
el Gobernador a Elol y vase al enemigo ui| indio amigo. — Cogen al fugitivo Marcnllanca con otros cinco y 
mátanle. — Tala las sementeras de Pubinco. — Su vigilancia para que el enemigo no lo haga lanze. — Arroxo 
en reconocer por su persona, poco loable, aunque muestra de vigilancia. — Prosigue la tala, e^ha una embos- 
cada y coge dif z indios. — Quémase el cuartel de AngoL — Vuélvese a reedificar — Tiene nueva de sucesor 
y espérale. — Siente no haber acabado la conquista, y siento que ninguno la acabani haziendo guerra — Por 
mucho que liizo Lazo, la tierra se quedó como antes de guen'a. — Ha durado esta guerra cien años sin mexora. 
— No alcanza la honra del triunfo quien no d 3Ja llana la tierra, según los romanos. — Recive Lazo la 
Marques. — Publicase su residencia. — Házele el Marques buen pasage. — Vasse a Lima y muere en brevo, 
BefíérenHe sus virtudes. 



Mayor fué el miedo de el enemigo en 
la jornada pasada que el golpe que se le 
dio, que a no averee huido el traidor de 
Pichipil, ubiera sido mayor. No quedó el 
Gobernador Don Francisco Lazo satisfe- 
cho con este daño que hizo; tenia enconado 
el ánimo contra Iparquile y viva la sangi-e 
de los españoles que le mató en Pubinco 
a sangre fria, y con el ardor de la suya, 
que no sosegaba un punto sin inquietar al 
enemigo, ordenó se dispusiesse el exército 
para los principios de Febrero del año 
1639 y que se juntassen los dos tercios en 
Tolpan, y juntos fué marchando por sus 
jomadas hasta Curalaba, y en este aloxa- 
miento ordenó el Gobernador saliessen de- 
lante quinientos indios amigos y cien ar- 



cabuzeros españoles hasta Quillin, para 
coger lengua, y acertóse en la determina- 
ción, porque se cogieron cinco enemigos 
en el mismo rio de Quillin, de quienes se 
supo lo que avia en la tierra. Y los ami- 
gos, poco satisfechos en su codicia y en las 
noticias, pasaron dos leguas mas adelante 
con lengua que tubieron de otros ranchos 
que adelante avia, y cercándolos con gmn 
secreto dieron en ellos de improviso y cap- 
tivaron otros diez indios; pero escapáronse 
algunos que tocaron arma y pusieron en 
vela al enemigo, y sin dilación de tiempo 
salió el Maestro de campo Juan Fernan- 
dez Rebolledo con mil y quinientos caba- 
llos a correr y retiróse con poca ganancia, 
porque el enemigo, con el aviso que tubo. 



144 



DIEGO DE ROSALES. 



se avia puesto en cobro y acogídose al 
sagrado de los montes. 

Marchó Don Francisco Lazo, mal con- 
tento de no aver encontrado al enemigo, a 
las tierras de Elol y aquartelóse deseando 
tomar lengua, y sucedióle al contrario, por- 
que sin querer se la dio al enemigo, por- 
que aquella noche se huyó a tierras de 
guen*a un indio amigo que iba en nuestro 
exército llamado MurcuUanca, que iba por 
soldado en ocasión y avia dado la paz vo- 
luntariamente un año antes. Cosa notable 
es la poca estabilidad de estos indios bar- 
baros y el peligro en que los españoles 
viven con ellos, saliendo de el monte quien 
al monte quema; pero es irreparable que 
sin ellos no pueden dar paso los españoles 
y con ellos a cada paso se experimentan 
mil traiciones. Sintió el Gobernador la 
fuga de MurcuUanca por ser en la ocasión 
que era y t)uando avia de entrar a correr 
las tierras de el enemigo; pero esa logran 
es^os fugitivos por hazer servicio a su pa- 
tria con el aviso de el golpe que la ame- 
naza y ser bien rccebidos por librarla de 
tan manifiesto peligro. Y desvanecióse el 
pesar de el Gobernador con el gusto de el 
dia siguiente, que entrando él, MurcuUan- 
ca, con otros cinco enemigos a hurtar ca- 
ballos a nuestro exército, le mataron los 
españoles en una emboscada y cogieron a 
los cinco que le acompañaban, y él, Mur- 
cuUanca, teniendo por cierta la muerte por 
su delito si se daba vivo, peleó como de- 
sesperado y murió como valiente. 

Supo el Gobernador que la gente de 
Antegueno y Repocura con Butapichon se 
juntaban a orden de Chicaguala, mestizo 
al revés, hijo de un cacique muy principal 
de el enemigo y señor de Maquegua y de 
una señora española bien principal, captiva 
de las ciudades destruidas, llamada Doña 
Aldonza de Castro y Aguilera, cuñada de 
el Gobernador Alonso de Rivera, como se 



ha dicho atrás. Este mestizo Chicaguala 
trataba de mostrarse con cuerpo de gente, 
mas no por esto dexaba el exército de 
continuar las talas, que luego que llegó a 
Pubinco comenzó a hazer con grande da- 
ño de el enemigo y temor de toda la tie- 
rra, que aunque era áspera y llena de mil 
azares, el cuidado y vigilancia de Don 
Francisco Lazo lo aseguraba todo, porque 
prevenia con un desvelo incansable que el 
enemigo no hiziesse ningún daño en el exér- 
cito y ano dar ocasión a que la fortuna de 
el enemigo lograsse algún lanze por al- 
gún descuido. Assistia a todas las escoltas 
con su compañia de capitanes por donde 
el enemigo pudiera tener ocasión de em- 
bestir si alguien se desmandaba, y salia 
por las mañanas a reconocer personalmen- 
te la campaña: vizarria que, aunque era 
loable por su vigilancia, era mas digna de 
reprehensión por el riesgo en que se ponia 
un general, aventurando en su persona to- 
do un exército, como se reprehendió en 
Julio César, queriendo sitiar la isla de Bre- 
taña, que la reconociesse por su persona, 
poniéndose en peligro sin necesidad, pues 
lo podia hazer por otro, y arresgando en 
su persona a todo el exército. 

Proseguia el Gobernador en Pubinco 
con la tala y la ruina de toda la tierra, 
abrasando ranchos y degollando ganados, 
y por ser esta la mayor y mas sensible 
guerra que se le haze a este enemigo, pues 
le traspasa las entrañas y le dexa ham- 
briento para todo un año, siendo el ham- 
bre tan impaciente que ni aun un dia se 
puede sufrir, y fué pasando hasta el rio de 
Tabón, haziendo los mismos daños y echan- 
do emboscadas, y en una se captivaron 
doce indios, soldados de fama, que avisa- 
ron tenia el mestizo Chicaguala tres mil 
lanzas juntas para pelear. Detúbose el Go- 
bernador tres dias en la orilla de Tabón 
deseoso de llegar a las manos con el ene- 



HISTORIA DE CHILE. 



145 



go, y nunca salieron los indios. Y assi, 
cansado de esperarlos y conociendo que 
no querían pelear campo a campo sino 
aguardar a lograr algún descuido de gente 
desmandada, se volvió a retirar con mucho 
concierto por Lumaco, con grande conten- 
to de el exército por averse vengado de 
Iparquilc y de toda su tierra. 

Pero como todos los gustos de esta vi- 
da vienen con pensión de pesares, no qui- 
so la fortuna dexar de hazer examen en el 
valor y sufrimiento de Don Francisco La- 
zo de la Vega con una desgracia tan gran- 
de como inopinada. Quemóse la nueva 
población de Angol y abrasóse en ella la 
ropa y alaxas de los pobres soldados, sin 
que quedasse mas que las murallas: golpe 
bien sensible para el Gobernador y para 
todo el exército. Tubo esta nueva en Tor- 
nacui*a, cinco leguas de el mismo Angol, y 
otro dia llegó a él el Gobernador con gran- 
de desconsuelo y sentimiento por los in- 
convenientes que se originaban de aquella 
desdicha, y entre el vulgo de los soldados 
se comenzaba a discurrir con variedad. 
Estaba ya el imbierno a las puertas y pa- 
recia imposible la reedificación hasta la 
primavera. Ilízose averiguación de el caso, 
del origen y ocasión de aquel incendio, y 
púsose en prisión al Alférez Juan de Iz- 
quierdo que avia quedado por cabo. Ful- 
minósele causa criminal y a los demás 
culpados. Conocíasse realmente que él, Iz- 
quierdo, no tenia culpa, que como buen 
soldado no avia faltado a su obligación, 
antes avia andado valeroso, arroxáudose 
en las llamas para apagar el incendio, y 
que los demás de quien se tuvo sospecha 
y se les hizo causa no la dieron para el 
incendio, sino que fué casual. Trató luego 
el Gobernador de su reedificación sin per- 
der tiempo, y aviendo hecho a los capita- 
nes y soldados un razonamiento para ani- 
marlos al trabaxo, repartió toda la gente 



de el exército a sus faenas con notable 
asistencia, sin reservarse a sí mismo de el 
trabaxo, siendo el primero a todo, yendo 
a las escoltas de madera con la mayor par- 
te do la caballeria. Dexó el Gobernador 
esta reedificación ya casi acabada y baxó- 
se a la Concepción. 

Y por las nuevas que avia tenido de 
que le sucedia el Márquez de Baydes en 
el gobierno, le estaba esperando sin hazer 
mudanza en cosa ninguna por entregarle 
el gobierno en aquel estado feliz en que le 
tenia, sin tentar mas a la fortuna ni aven- 
turar el crédito que avia adquirido en tan- 
tas batallas y en tan continuas victorias co- 
mo avia alcanzado de el enemigo, sin averie 
venido socorro de gente de España, que 
aunque, como está diclio, fué bien assisti- 
do de el Perú, ya se sabe que los socorros 
de una guerra embiados poco a poco no 
sirven de darle fuerzas ciertas como un 
socorro grueso. Obró lo que pudo en la 
guerra con estrella feliz y quedó con do- 
lor de no aver dado fin en su tiempo a la 
conquista de Chile, como lo deseó y lo 
procuró; pero es engaño pensar que ha- 
ziendo guerra se ha de acabar esta gue- 
rra, como se ha visto en estos ciento y 
treinta años y se verá en los venideros, 
porque no es sino alargar la causa y irri- 
tar mas a los indios para que se hagan mas 
bravos y mas valientes y den cada dia 
mas en qué entender a las armas españo- 
las. Pongámonos ahora de parte de su 
Magestad: su principal fin y blanco es el 
fin de esta guerra, assi por la reputación 
de sus armas, como por establezer el santo 
EvangcUo entre los indios infieles, y escu- 
sar el gasto que haze tan grande, con esta 
detención y perpetuidad de la guerra, de 
doscientos y doze mil ducados cada año, 
avióndoselos pedido por solo tres anos pa- 
ra acabar la guerra el Gobernador Ramón, 
y se han pasado ya setenta años, que el 



146 



DIEGO DE ROSALES. 



año 603 (1) se pidió, y proseguirá el gasto 
por otros muchos mas, porque aunque des- 
pués ubo pazes, fueron interpoladas con 
guen*as, y quando no las ubiera, siempre 
es menester sustentar exército en Chile por 
los accidentes de alteraciones y levanta- 
mientos de los indios; y si el Rey no sus- 
tentíi la milicia, ella se ha de sustentar 
mal y haziendo mal a los indios y ocasio- 
nándolos a volverse a rebelar. Con que el 
gusto ha de ser siempre inexcusable, y co- 
mo se consiguiera con él la quietud de el 
Reyno y la convei*sion de los infieles, se 
alcanzará el fin principal que su Magostad 
desea, y ese, como hasta aqui no se ha 
conseguido haziendo gueri'a, no se alcanza- 
rá mientras ella durare. 

Aqui vemos al grande Don Francisco 
Lazo a los nueve ailos de vencer, teniendo 
por campo toda la tierra de guerra, y tan 
apurada con talas y campeadas, que obligó 
a los indios desampararla y a meterse la 
tierra adentro. Admiramos su vigilancia, 
cuydado, arte militar, y por blasones de su 
valor todas las empresas de su tiempo, y 
con todo eso el enemigo se queda en su 
porfía, mas bravo y mas soldado, y ense- 
ñado de tan gran maestro como Don Fran- 
cisco Lazo. El gasto se queda en pie, el 
Rey sin conveniencia, los indios sin con- 
vertirse y la tierra sin quietud, sugeta a los 
rebatos de el enemigo y a los lebantamien- 
tos de los mismos amigos. Dolor grande 
que peimanezca este encíinto en oposición 
de el mayor Rey de el mundo! y que unos 
indios descalzos y desnudos, sin armas de 
fuego, sin socorro de oti-as partes, se ayan 
mantenido un siglo de años que han pa- 
sado desde el principio de la conquista de 
el Gobernador Valdivia hasta el fin de el 
gobierno de Don Francisco Lazo, como se 



ve en esta historia, y sea necesario comen- 
zar con otro siglo otra nueva conquista. 
Dolor fué para Don Francisco Lazo el no 
averia acabado y infelicidad de sus mu- 
chas fclizidades el no aver conseguido lo 
que nos enseñan los fastos de Roma, que 
en aquel imperio no gozaba de la honra 
del triunfo el que no dexaba llana la pro- 
vincia que avia gobernado, porque no solo 
avia de vencer las batallas, pero avia de 
allanar la tierra entregándo^^ela pacífica 
a su sucesor de manera que no fuese ne- 
cesaria gente militar, gasto de el erario 
público para sustentarla, ni se oyesse mas 
el estruendo de las armas. 

A postrero de Abril se vio en el fuerte 
de la Concepción una vela y luego se co- 
noció que era el navio en que venia el 
Marques de Baides, y saliendo el Gober- 
nador Don Francisco Lazo con mucho sé 
quito y todo lo lucido de la ciudad a 
la playa, recivió al Marques alas nue- 
ve de la noche, y lo que faltaba a la 
luz natural de el dia suplió lo artificial de 
las luces con la multitud de fuegos espar- 
cidos en toda la marina, el concurso de las 
encendidas hachas, la copia de luminarias 
por las calles, bombas de fuego en las pla- 
zas, la luz de los mosquetes y el resplan- 
dor de la artillería, que hizieron dia la no- 
che, acreditando sus deseos y mostrando 
sus afectos en el agasaxo de tan superior 
huésped. Reciviéronse estos dos generales 
con la estimación y coitesias que se debian 
a sí mismos y a la amistad que avian pro- 
fesado en Flandes, donde el Marques avia 
servido desde su juventud. Acabado, pues, 
lo urbano de el recevimiento, se publicó 
la residencia de Don Francisco Lazo y 
se comenzaron a descubrir algunos ren- 
cores guardados para este tiempo, y si no 



(1) Por esta {echa se descubre que Bosales escribía esta ¡mrte de su historia en 1673| es decir, en pleno 
gobierno de don Juan Henriqncz, bajo cuya administración faUeciú. 



HISTORIA DE CHILE. 



147 



sacaban el rostro, le volvían. Mostrábanse- 
Ic antes gratos en lo aparente, mas con 
dañado intento, qne no le es posible a un 
superior en su gobierno tener contentos a 
todos: algunos ha de aver quexosos y aun 
offendidos. Odiosa es la superioridad, pero 
nunca se descubre este daño hasta que 
falta o hasta que cesa la majoria. Mostró 
el Marques de Baides en el despacho y en 
la residencia de su antecesor su generosi- 
dad y nobleza. Ibanle cada dia agravando 
los achaques a Don Francisco Lazo y salió 
pai-a la ciudad de Santiago y en ella estu- 
bo seis meses tratando de el remedio de 
su enfennedad, y viendo que no le tenia se 
embarcó para el Perú con esperanza de 
hallarle en Lima; mas, llegó a ella tan 
jwstrado, que en breves dias acabó sus dias 
de una hidropesia confirmada que sacó de 
Chile. Murió como caballero christiano, 



dia del Apóstol Santiago, su patrón y abo- 
gado, a los veinte y cinco de Julio de el 
año de 1640. Murió este gran general en 
lo florido de su edad, pues no pasaba de 
cincuenta años; pasó su carrera de caballe- 
ro igualándose a quantos celebra la fama: 
fue de ánimo grande, de aspecto feroz, de 
condición severa, de gallardo espiritu, de 
grande constancia en los tmbaxos y de va- 
liente resolución en los peligros; pronto y 
vigilante en sus acciones militares, cuy- 
dadoso en la disciplina de los soldados, 
descontento siempre de las armas por mas 
bien apercebidas que las tubiessen, solí- 
cito en probeer el exército, presuntuoso en 
el buen, tratamiento de los soldados, y do- 
tado, finalmente, de excelentisimas calida- 
des y merecedor de que su nombre quede 
eterno en la posteridad. 




LIBRO VIII. 



LAS PACES DE BAYDES, 



♦ «•■♦ 



U18T. DÉ CtílL.— t. 111. lo 



I 



LIBRO OCTAVO. 



HISTORIA GENERAL DEL REYNO DE CHILE 



Y NUEVA ESTREMADURA. 



CHILE PACIFICADO Y EN GUERRAS VARIO. 

EN QUE 8E TRATA. DE LAS PAZE8 QUE EL MARQUES DE BAYDES Y ÓTEOS GOBERNADORES ASSENTABON 

CON ESTOS INDIOS DE CHILE, 
DE LAS VARIEDADES QUE BA HABIDO KN ELLAS, ALTERNÁNDOLAS CON GUERRAS. 



CAPITULO I. 



Entró el Marques de Baydes a gobernar el Reyno de Chile 
con buenos fllos de hazer la guerra y saliendo a cam- 
paña le vinieron mensages de los caciques offreciéndole 
la paz. 

Año de 1639. — Viene a gobeniar el Marques de Boides. — Hoze otro genero de gnerra, venciendo a esto bárbaro 
con beneficios y agasaxos. — Recivesse en la Concepción con grande regocixo. — Recívcsse en Santiago de 
Presidente y vuelve a la guerra con muchos soldados. — Borda en su guión la imagen de Nuestra Señora y 
do San Francisco Javier. — Hallóse en Talpan con mil españoles y mil y cien amigos. — Llama a consexo y 
determina dar en Calacura. — Encuentra el Sargento Mayor con unos mensageros de Lancopichon. — Vienen 
a dar la paz de parte de los caciques y recivelos bien el Marques. — Embia a coger lengua para ver si la 
paz es verdadera y cogen cuatro indios. - Avisan que la tierra está descuidada de su venida. — Determina 
el Marques de entrar maloqueando y adelántasse. — Huyeseles un indio esclavo a su tierra y avisa como 
están para dar sobre ellos. — Echase la gente al monte y quando va el Marques a maloquear no halla ningu- 
no. — Escóndense los indios temerosos de ver tanto español, y qnémanles los ranchos y talan las sementeras. 



A primero de Mayo de mil y seiscien- 
tos y treinta y nueve entró a gobernar el 
Reyno de Chile fausta y felizmente el 
Marques de Baydes, conde de Pedi'osa, ca- 
ballero del hábito de Santiago y señor de 
nueve villas de los Estados de Ziiñiga, de 
cuyos servicios en la guerra de Flandes 
no refiero, ni los sangrientos estragos de 
su azero, porque los dexó bien impresos y 
cincelados con la punta de su espada en 



los arncses enemigos. Lo que refiero es 
otro genero de hazañas y otro nuevo modo 
de pelear y vencer, no den-amando sangre * 
ni quitando vidas, como los gobernadores 
pasados, sino conservándolas y venciendo 
con una christiana piedad y agasaxo, ha- 
ziendo beneficios al enemigo para ponerle 
(como dize San Pablo) carbones encendi- 
dos sobre la cabeza y abrasarle en amor 
la voluntad, rindiéndole mexor con eso 



152 



DIEGO DE ROSALES. 



que abrasándole las casas y las semente- 
His; con que le obligó a baxar la cerviz y 
venir cruzadas las manos a darle la paz y 
sugetarse a la obediencia de su Rey, do- 
mando la dureza de estos barbaros con la 
suave fuerza de sus caricias y generosa 
liberalidad, siendo no menos gloriosos los 
triunfos que se alcanzan con la fuerza del 
agasaxo que los que se consiguen con la 
punta y violencia de la espada, y gozando 
de la gloria de vencer conservando al ene- 
migo y no destruyéndole, ganando para el 
Rey vasallos y no perdiéndolos. 

Estando en el Perú ocupado en el co- 
rregimiento de Conchucos le vino la orden 
de su Magestad en que le mandaba que 
viniesse a gobernar este Reyno, por la 
gran satisfacción que tenia de su valor mi- 
litar y heredadas obligaciones, acrecenta- 
das con tan nobles servicios. Vino luego 
a la ciudad de los Reyes y levantó dos 
compaüias; echó bastón de capitán gene- 
ral y qiiiso ser capitán de una compañia, 
cuyo alférez fué Don Francisco de Otalo- 
za, y con ciento y cincuenta soldados y el 
situado de doscientos y doce mil ducados 
se embarcó para este Reyno y dio fondo 
en la Concepción a las ocho de la noche, 
donde entró dia de San Felipe y Santiago,, 
siendo su entrada en tal dia feliz presagio 
de que a imitación de los apostóles avía 
de procurar la salvación de estos indios, 
como la procuró abriendo las puertas al 
santo Evangelio por medio de la paz. Con- 
virtióse la noche en dia por las muchas lu- 
minarias, salvas y regocixo con que le reci- 
vió aquella ciudad y su Cabildo, y mien- 
tras los rios daban vado para entrar en la 
tierra de írucrra, socorrió los tercios, visitó 
los fuertes, y dispuestas las cosas de la 
milicia, vaxó a recevirse de Presidente de 
la Real Audiencia a la ciudad de Santia- 
go, donde fué recevido con la magnificen- 
cia que aquella ciudad recive a los gober- 



nadores y con la que pedia la dignidad de 
su persona y con la estimación de ser el 
primer titulo que ha gobernado este Rey- 
no. Dispuso los aprestos de bastimentos y 
municiones ordinarias, que a la vista de 
un gobernador se conducen con mas vive- 
za. Pidió a los vecinos que le acompañas- 
sen a la guerra sin apremio ni violencia, 
sino con agrado y cortesías, obligando mas 
con ese medio que con el de el rigor. Y 
con los que allí lebó y los que de su vo- 
luntad le siguieron, que fueron muchos, 
volvió a las fronteras de la guerra. 

Trató luego que entró la primavera de 
entrar en campaña a verse con el enemigo, 
y para ver qué modo tendria de sugetarle, 
pidió a los dos. Obispos, Don Fray Gaspar 
de Villarroel y Don Diego Zambrano de 
Villalobos, y a todas las Religiones, enco- 
mendassen a Dios una causa tan de el ser- 
vicio de Dios y de el Rey, esperando en 
el fabor de la Santissima Virgen, cuyo 
devoto era, y en la intercesión de los San- 
tos, tener buenos sucesos y conseguir bue- 
nos fines de sus buenos intentos. Hizo 
bordar en su guión con primor la imagen 
de Nuestra Señora a un lado y al otro la 
del Apóstol del Oriente San Francisco 
Xavier, a quien tomó por patrón de sus 
empresas, y para que alcanzasse de Dios 
la conversión destos indios occidentales, 
como procuró la de los orientales, el qual 
guión dexó en el colegio de la Compañía 
de Jesús quando acabó su feliz gobierno 
para que en aquella iglesia quedassen con 
su estandarte perpetuas memorias de sus 
triunfos. Apercivió los dos campos de 
Arauco y de Yumbel para que se juntas- 
sen en Tolpan y salió con su compañía de 
capitanes, y aviendo pasado al Nacimien- 
to se juntaron el campo de Arauco, que 
gobernaba el prudente y científico soldado 
Alfonso de Villanueva, con el de Yumbel. 
que iba a cargo del Sargento Mayor Pe- 



HISTORIA DÉ CHILE. 



153 



dro Ramírez Zavala, ministro de gran va- 
lor y experiencia. Hizo reseña en el dicho 
puesto de Tolpan y halló mil españoles y 
mil y cien amigos, sin los yanaconas, que 
iban también armados. Con que ufano el 
Marques con tan lucido exército, marchó 
la tierra adentro, hallando la campaña 
desierta, que el enemigo a la voz de tan 
numeroso exército se avia acoxido a su 
mas seguro sagrado, la aspereza de las 
montañas. 

Llamó a consexo para determinar a 
donde enderezaría la marcha, y el Sargen- 
to Mayor fué de parezer que a las tierras 
de Lincopichon, para castigar la crueldad 
con que poco antes le avian muerto cua- 
tro españoles y la osadia con que infesta- 
ban sus tierras. El Maestro de campo fué 
de parecer que la entrada fuesse a las 
tierras de Antegueno por ser mas seguro. 
El Marques, prudente, ordenó que fuessen 
a las de Culacura, para castigo de unos y 
otros, y que el Sargento Mayor Pedro 
Ramirez se adelantasse con alguna gente 
(como lo hizo), entresacando gente escogida 
de el tercio y los amigos de San Christó- 
val y Talcamavida, alegando que a ellos 
les tocaba vengar las injurias que de el 
enemigo avian recevido. Marchó con dili- 
gencia y a poco trecho avisó como avian 
salídole al encuentro algunos mensageros 
de el cacique Lincopichon, toqui general. 
Respondióle el Marques que parasse con 
los mensageros hasta que él llegasse, y 
dándose priesa el exército le halló en Coi- 
pu aloxado con ellos, que deseosos de ver 
al Marques se les hacia cada hora un siglo. 
Llegado, se postraron a sus pies y le digeron 
de parte de su toqui general Lincopichon 
cómo deseaban él y los suyos dexar las ar- 
mas y rendirlas a su Rey en manos de su 
Señoría, de cuya nobleza y agrado espe- 
raban ser recevidos con benignidad y per- 
donados de lo passado, que si les daba 



licencia vendrían en persona a gozar de 
sus fabores. El Marques, grave y afable, 
les respondió que viníesse Lincopichon a 
verle si venia de buena, y que si no, que 
se estubiesse en sus tierras que él le iria a 
ver a ellas, y con esto los despidió. 

Y para saber del designio de el enemigo 
y si eran fingidas o verdaderas las pazes 
que ofrecian, embió al Capitán Alonso 
Márquez, que lo era de a caballos, con su 
compañia, y al Capitán Bernardo Monci- 
bay, que lo era de naciones, con ciento y 
cincuenta amigos de Arauco y San Chris- 
tóval, a coger lengua. Penetraron diligen- 
tes las espesuras de las montañas deseosos 
de dar gusto a su general y noticia de lo 
que passaba en la tierra, y divisando unos 
indios los siguieron; mas ellos se echaron 
con presteza a la montaña, temerosos de 
ver a españoles, los quales fueron tan pres- 
tos en su seguimiento, que ataxándolos el 
paso, aunque no los cogieron a todos, apre- 
saron cuatro, que trahidos al Marques y 
examinados digeron que la tierra estaba 
toda descuidada de su venida y ocupada 
en su ordinario exercicio de borracheras y 
bailes. Con esta noticia entró en consexo, 
y dándosele todos de que entrasse malo- 
queando y de que lograsse la ocasión de 
hallarle descuidado, que las pazes debian 
de ser mentirosas y no estaban aun eíFec- 
tuadas, marcharon con presteza a las tie- 
rras de el cacique Antegueno, cuyo nombre 
significa Sol de el cielo, y adelantándose 
el Marques con su compañia de capitanes 
y una de a caballos de el Capitán Diego 
de Morales y la de infantería de el Capi- 
tán Gerónimo de Molina Basconcelos, ca- 
pitanes y caballeros grandes en nobleza y 
en el arte militar, se halló cerca de las 
casas de el enemigo, en tan corta distan- 
cia que se oian los tamboriles de sus bay- 
les y la algazara de sus cantares en que 
estaban embebidos, bebiendo su chicha 



154 



DIEQO DE ROSALES. 



muy descuydados del mal que les amena- 
zaba. Aloxósse allí para dar el Santiago 
al reír de el alba, y sin pensar les sucedió 
un azar, y fué que un yanacona, llcbando 
a dar de comer los caballos de su amo, so 
metió por las montañas y fué a dar aviso 
al enemigo de cómo ya estaban los espa- 
ñoles paiti dar sobre ellos al cuarto de el 
alba. Era este un indio natural de aque- 
lla tierra, donde algunos aílos antes le 
avian captivado, y como se vio tan cerca 
de los suyos y consideró el bien que les 
podia hazer en librarles de el golpe que 
les amenazaba, prefiriendo el amor de la 
patria a la fidelidad de los españoles y de- 
scoso de conseguir la libertad, ganando sus 
tierras, se fué a ellos y Uebó aquel aviso 
tam importante para los suyos. Siendo en 
esta parte mas culpable la inadvertencia 
de el amo, que traliia un esclavo a sus 
proprias tierras, que la fuga de el esclavo 
viéndose a las puertas de ellas, a quien las 
leyes de post liminio lo dan por libre en 
pisando los umbrales de sus tienas. 



Con este aviso dexaron los indios la 
chicha y los bayles; tomando sus lanzas y 
echando su gente al monte, se pusieron a 
hazer frente a nuestro exército hasta ochen- 
ta indios, y quando los españoles fueron 
marchando, pensando iiallarlos descuida- 
dos, los vieron vigilantes y en forma de 
pelea. Intentaron acometerles, pero ellos, 
viendo tantos españoles y tan lucidos de 
armas de azero y tan hermosos caballos, 
temieron su riesgo y se echaron al monte. 
Esparcióse la gente por los ranchos a ha- 
zer presa en su gente y no hallaron un 
alma, porque ya todos se avian asegurado 
en la espesura de los montes. Quemaron 
los ranchos y talaron las sementeras, co- 
giendo los ganados que alli avia, y no pu- 
dieron trasponer con la prisa, que no es el 
menor castigo de el enemigo. Los humos 
de los ranchos fueron aviso a toda la tierra, 
y los fuegos, luminarias mientras salia el 
sol, que luego que salió vino Lincopichon 
a ver al Marques, como se dirá en el capi- 
tulo siguiente. 



CAPÍTULO II. 



Entra el Marques con un lucido exército en las tierras de 
el enemigo, determinado a hazer la guerra, y comienza 
a talar las sementeras. Haze Lincopichon consulta con 
los caciques y sale a dar la paz al Marques y haze un 
elocuente razonamiento. 



]>cscripoion de los tierras de linoopichon. — Junta Lincopichon a los caciques y exórtalos a dexar la guerra y 
dar la paz. — Ijoa trabaxos que pasan con la guerra. — Los avisos que han tenido para dar la paz. — Contra- 
dize Aliante a Lincopichon. — Que sigan a sus antepasados en hazer guerra. — Que aunque les lleben sus 
mugeres y criados, mexores mugeres tienen en las españolas, y mexores criados en los captivos. — Que la 
paz es para hazerlos trabaxar, y sus antepasados les destruyeron las ciudades por eso. — Que los agüeros y 
pronósticos antes son en su fabor. — Que el Pillan les dize que no admitan christianos. — Que esta es buena 
ocasicMi de acabar a los españoles, o quemar sus ciudades y sementeras que las dejan solas. — Réplica de 
Lincopichon. — Convéncense todos con las razones de Lincopichon. — Embia Lincopichon por embaxador a 
su hixo Cheuquenocul. — Respóndele el Marques que vengan a verle los caciques si dan la paz de corazón. — 
Viene Lincopiclion con los caciques a dar la paz — Reci velos el Marques con agasaxo y ellos hazen muchas 
reverencias. — Parlamento de Lincopichon al Marques. — Que no se admire de su resistencia y guerra, 
porque lo ha hecho en defensa de su patria y libertad. — Que los animales y aves mansas se embrabecen en 
defensa de sus hijos. — Que los agravios los han embrabecido, y las opresiones los han hecho saltar como la 
cuerda muy estirada. — Que por fuerza no los sugetarán, que armas y gente les sobra. — £1 agrado causa 
amor, y el rigor odio y enoxo. — Que el Marques ha alcanzado mayor victoria con el agasaxo que pudiera 
alcanzar con las armas. — Que otros por la codicia de las piezas no han querido' admitir la paz. — Que fiados 
en su piedad se le rinden y enterrarán sus enoxos y sus armas. » Respóndeles el Marques con agrado y que 
lo consultará para recevir la paz. — Dizenle que no dude de su fee, que mucho ha que desean la paz. — 
Consulta el Marques si admitirá las pazes y todos le dizen que no, que son falsos, mudables y traidores. — 
Passó la noche sin dormir pensando en las conveniencias de la paz. — Encuéntrase por la mañana con el 
Maestro de Campo Doi Alonso de Figueroa. — Dale muchas razones para que admita la paz. — Consejo de 
el Maestro de Campo Don Alonso de Figueroa sobre que admita la paz. — Vuelve a llamar a los caciques y 
que se hablen con los indios amigos. 



Entre las tieiras de Culacura, que sig- 
nifica Tres piedras, y las de Virquen, que 
significa Tierra del frío, están las tierras de 
el cacique y toqui general Lincopiclion, al 
pie de la coixiillera nevada, en unas gran- 
des montañas y serranias que toman el 
nombre de Virquen de un rio de ese nom- 
bre que desagua y pierde el suyo en lle- 
gando al famoso rio de Canten, que es el 
que por otro nombre llamamos rio do la 
Imperial, porque pasa besando los pies de 
aquella imperial ciudad. Este cacique Lin- 



copichon, de gran nombre entre los suyos, 
deseoso de la paz y de adquirirle mayor 
entre los nuestros y ganar inmortal fama, 
siendo el primero en dar la paz al Marques 
de Baydes, desvanecido gloriosamente de 
dar principio a obm tan gloriosa, juntó a 
sus caciques y convecinos y les hizo un gra- 
ve razonamiento, convidándolos con mu- 
cha ostentación de chicha y regalos de su 
tierra, diziéndoles: "Bien sabéis, caciques 
y señores de estas tierras, quántos años 
ha que guerreamos en vano con los espa- 



156 



DIEGO DE ROSALES. 



ñoles y cuan poco avernos medrado en es- 
ta feria, pues en ella emos perdido los 
hixos, las mugeres, los parientes, y quan- 
do debiéramos ir a mas, nos vamos consu- 
miendo y acabando a gran priesa: las mu- 
geres que nos avian de parir hixos que f ue- 
ssen soldados, nos las Ueban captivas de 
ciento en ciento; los hixos que avian de 
poblar la tierra los vemos muertos y cap- 
tivos a nuestros ojos. Continuamente an- 
damos muertos de anibre, porque no ha- 
cemos sino sembrar y afanar para que el 
enemigo venga a segar y desperdiciar nues- 
tras sementeras, y como ni tenemos co- 
rrespondencia con otras naciones, ni tratos 
ni contratos por la mar, no ay quién nos 
socon-a nuestra necesidad ni tenemos re- 
curso de otra parte, y el mayor recurso es 
padecer como bestias en la campaña y sus- 
tentarnos como salvages en los montes. 
De tanta porfía en la guerra no hemos 
medrado sino nuestra destrucción. Aca- 
bemos ya de procurar nuestro bien, pues 
conocemos nuestro mal; demos la paz a 
este Gobernador, que la fama cuenta de 
él muchas cosas de su nobleza y agrado, 
y la voz de el numeroso exército que tra- 
be nos avisa de nuestros riesgos. Hartos 
avisos hemos tenido en unas águilas gran- 
des que benian a nuestras tierras de la 
parte de los españoles, qué nos dieron 
bien a entender que como aves de rapiña 
han de venir a llevamos nuestros amados 
hijos y queridas mugeres. Los hombres 
armados que vimos los dias passados en 
el aire pelear unos con otros, qué nos qui- 
sieron significar, huyendo los unos y que- 
dando vencidos, sino que al cabo, al cabo, 
ha de ser vencida nuestra porfía y que 
siempre emos de andar huyendo por los 
montes? Y assi mexor es hazer de grado lo 
que hemos de venir a hazer por fuerza." 
Lebantóse a esto el cacique Aliante, 
cuyo nombre signifíca Sol que abrasa, y 



encendido de colera y furor ataxó el razo- 
namiento al grave Lincopichon, y toman- 
do el toqui en las manos, que es señal de 
guerra, dixo echando fuego por los ojos y 
un volcan por la voca: "Quándo nuestros 
antepasados* rindieron parías a los españo- 
les? somos nosotros menos que ellos? no 
heredamos su sangre y su valor? Pues, 
por qué hemos de degenerar de su valentía? 
Qué importa que nos maten cuatro ni seis 
soldados, pues nosotros les matamos los 
españoles de cuarenta en cuarenta y de 
sesenta en sesenta? qué perdemos quando 
nos Ueben por esclavas cuatro mugeres, 
quando nos sirven las suyas y nos hazen 
chicha sus españolas, y nos paren hixos 
mas blancos y mas animosos y halentados? 
Qué falta nos hazen los indios que nos Ue- 
ban para labrar los campos, quando en 
los españoles que captivamos tenemos me- 
xores labradores? Para qué emos de dar 
la paz? para que nos hagan trabaxar en 
sacar oro? para que nos azoten y trasquilen 
en faltando algo de el peso? para que por 
hazerles sus casas y palacios dexemos per- 
der las nuestras? para que porque ellos 
tengan grangería en sus sementeras dexe- 
mos de hazer las nuestras y veamos a nues- 
tros hixos perezer de hambre? para que 
vengan a poblar y hazer ciudades en nues- 
tras tierras y repartirnos en mitas y en 
trabaxo personal? Lo que veo es que nues- 
tros antepasados no los pudieron sufrir y 
que les destruyeron y abrasaron todas sus 
ciudades, fuertes y castillos, y los echaron 
de toda la tierra de Osorno, Valdivia y 
Villarica, la Imperíal, Angol y Tucapel; 
pues, memorías que ya están tan borradas, 
para qué las emos de resucitar? Ciudades 
tan bien arruinadas de qué utilidades nos 
serán vueltas a reedifícar, sino para nues- 
tra ruina? Hagamos lo que hizieron nues- 
tros antepasados, que no somos nosotros 
ni mexores ni mas sabios que ellos; eché- 



HISTORIA DE CHILE. 



157 



moslos de la tierra, pues tantos avisos y 
tan glandes anuncios tenemos de nuestra 
felicidad. Esas águilas que se vieron en 
nuestras tierras, a qué vinieron a ellas 
sino a avisarnos que, como el águila des- 
pedaza las demás avecillas entre sus ga- 
rras, assi nosotros, que somos águilas impe- 
riales, emos de despedazar a los españoles 
entre nuestras manos (como hasta aqui lo 
hemos hecho), dando al ajre sus plumas, 
cortando tantas cabezas y comiéndoles el 
corazón? Los hombres que se vieron pe- 
lear en el aire nos avisaron que eran nues- 
tros pillanes y valientes soldados muertos, 
que aviamos de vencer como ellos a los es- 
pañoles; y eso mismo nos ha profetizado 
mi empinado cerro, centinela de estos 
montes, quando, rebentando su volcan, sa- 
lió el pillan vomitando fuego, ceniza y 
piedra azufre, dándonos a entender el eno- 
xo que tiene contra los españoles; y que, 
como él, derramando abrasada ceniza so- 
bre los ríos de Alipe y Toltcn, coció los 
pescados y los echó fuera, assi nuestro fu- 
ror y ardimiento ha de abrasar a los espa- 
ñoles y echarlos de la tierra. Por qué bra- 
ma el Pillan, sino porque queremos recevir 
en nuestras tierras gente de otra secta y re- 
ligión? Por qué arroja fuego^ sino quere- 
mos amistad con gente que nos trahe el 
fuego de la guerra y de los odios? que ajites 
que los españoles viniessen a esta tierra 
no temamos guerra y nos conservábamos 
en paz. Esta es buena ocasión de acabar 
con ellos, y sí no, degémolos entretener en 
cortar nuestras cebadas y trigos y en abra- 
sar unos ranchos de paxa, y mientras ellos 
están en eso vamos a sus ciudades, que 
están ahora sin gente, y abrasemos sus ca- 
sas y palacios, talemos sus sementeras y 
traigamos para que nos sirvan sus espa- 
ñolas." 

Replicó el prudente Lincopichon y dí- 
j(ole: '^Muy de soldado es tu consexo. 



Aliante, y bien le siguiera, a no aver visto 
por esperiencia que nos ha engañado el 
corazón a los valientes y guerreros, porque 
bien emos esperimentado a nuestra costa 
quán en vano presumimos acabar, con los 
españoles; pues es imposible acabarlos 
aunque mas matemos, que no podemos 
nosotros matar tantos en muchas batallas 
quantos les vienen en un solo .navio, y 
cada dia les vienen navios con españoles 
de ciento en ciento, y su Rey se los embia 
de millares en millares. Dónde tenemos 
nosotros ese recurso? qué nación nos ayu- 
da? quién nos embia gente? Los muertos 
se quedan muertos y no ay de dónde nos 
vengan otros a suplir sus faltas, y cada dia 
nos vamos consumiendo sin esperanzas de 
remedio. Pues si ellos crecen y nosotros 
nos acabamos, cómo queremos vanamente 
acabar con los españoles? cómo presumi- 
mos necios echarlos de la tierra? pues, 
aunque echáramos los que ahora ay, pue- 
den venir otros tantos mas; y, finalmente, 
mexor es la mala paz que la buena gue- 



rra. 



if 



Convencieron a todos estas razones de 
Lincopichon y salió determinado de el 
consexo que embiassen mensaxeros al Mar- 
ques para esperimentar lo mucho que la 
fama publicaba de su agrado, nobleza y 
apacibilidad, y que si los recibiesse (como 
de su nobleza esperaban) irían todos a 
rendirse a su dulce imperio y con eso le 
obligarian a que alzase la mano de el da- 
ño que les iba haziendo. 

Despachó Lincopichon por embaxador a 
su hixo mayor Cheuquenecul, y partióse 
Aliante enfadado para sus tierras y pu- 
blicando guerra, porque él solo en aquella 
junta fué de contrario parezer. Llegó 
Cheuquenecul a la presencia de el Mar- 
ques en un caballo arrogante, armado de 
lucientes armas, y en su gentUeza y viza- 
rro talle representaba bien ser hixo de un 



158 



DIKGO DE HOSALES. 



grande, qual lo era su padre en su tierra. 
Dio su enibaxada ofrcziendo la paz de 
parte de su padre y de todos los caciques, 
y dixo que antes volverían atiiis los ríos, 
y el sol su curso de occidente a oriente, 
que ellos faltasen a su fe. Pidióle repri- 
miesse su justo enoxo y alzasse la ma- 
no del castigo, que si daba licencia a su 
padre y a los demás caciques de venirle a 
ver,^le satisfarian y con su vista conoce- 
ría la voluntad con que le daban la paz. 

Grande fué el gusto que el Marques y 
todo el exército recivió viendo conseguida 
la mayor victoria que pudieran desear, ven- 
ciendo toda la tierra de guerra de una vez 
sin derramar gota de sangre. Respondióle 
con cariño, agasaxóle con alago y embió 
a dczir a Lincopichon y a sus caciques 
que si querían dar la paz de voluntad y 
con firmeza, que viniessen a A'erle, y si lo lia- 
zian porque no les destruyesse los sembra- 
dos, que escusassen la venida, que ya sa- 
bia su maña antigua; que por huir el golpe 
se humillaban y luego volvian a sus cmbe- 
xecidas; que fuerzas trahia para pelear y no 
admitía sus pazes por necesidad; y para 
que las viesse, hizo poner toda la gente en 
esquadron, haziendo ostentación de viza- 
rria de los dos campos. Fué con esto muy 
contento a dar la embaxada a los caciques, 
que recibieron la respuesta con grandes 
demostraciones de alegría y vistiéndose 
de gala fueron a ver al Gobernador. 

Vino Lincopichon a dar la ^az al Mar- 
ques, rodeado de muchos caciques, con ra- 
mos de canelo en las manos, señal de paz, 
y descollaba entre todos, porque aunque 
era feo de rostro, era de alta estiitura, 
muy vizarro a caballo y de grave aspecto, 
severo y seco de rostro. Entró en el quar- 
tel, y a su venida mandó el Marques que 
todo el exército se pusiesse en orden y 
como a punto de pelea, para que viessen 
los caciques que no estaba falto de fuer- 



zas, sino que tenia gente para consumirlos. 
Y echándose a los pies de el Marques con 
los demás caciques, los lebantó en sus bra- 
zos, mostrándoles el amor y gusto con que 
los recibía. Avíales dicho el Capitán Mar- 
cos Chavari, que avia estado muchos años 
entre ellos y le tenían por su oráculo, 
que si no venían de buena, no entra- 
ssen a ver al Marques; pero que si tmta- 
ban de veras la paz, que no dudassen de el 
agasaxo con que los avia de recevir; y 
que le hiziesen muchas cortesías, no le- 
bantándose de el suelo, porque el Mar- 
ques era pariente de el Rey: díxoles esto 
para mayor estimación, y que el Rey le 
embiaba para que los agasaxasse y recí- 
biesse de paz; y assi repetían una y mu- 
chas vezes las cortesías y reverencias, in- 
cándose de rodillas; hasta que el Marques 
les mandó sentar, después de muchos abra- 
zos y parabienes, y que dixcsscn a lo que 
venían, a lo qual respondió el cacique Lin- 
copichon, puesto en pié en medio de todos, 
y con su canelo en la mano hizo este gi*a- 
ve razonamiento: 

"No te admires, o gran Marques, de 
que tan porfiadamente aya hecho nuestra 
nación tan gallarda oposición a las aven ta- 
"iadas fuerzas españolas, de todas las na- 
ciones triunfantes: que el defender uno su 
tierra, sus hixos, sus mugercs y su liber- 
tad, és^ cosa tan natural que hasta las fie- 
ras lo hazen, y no digo las fieras, pero aun 
las mansas y domesticas en llegándolas a 
desnaturalizar y a quitarles sus hixos se ha- 
zen brabas, y lo que mas es, la paloma 
mas mansa y mas sin yel, en llegándola a 
quitar los hixos o a su querida consorte, 
los defiende con alazos y muestra mucha 
yel y amargura en sus gemidos. Y en su 
natural defensa cobra halientos y se haze 
feroz y brabo el animal mas manso y el 
ave mas casera. Muy caseros nos tubieron 
los españoles un tiempo, muy mansos, muy 



HISTORIA DE CHILE. 



159 



sufridos: no era nuestro natural brabo, 
no belicoso, no feroz; los agravios nos hi- 
KÍeron alentados y soberbios; el quitarnos 
las mngeres y los hixos nos hizo brabos y 
feroces para su defensa; la opresión y una 
dura servidumbre nos hizo reventar y sa- 
cudir el yugo, quebrando las coyundas. 
Qué cuerda de vigüela no salta en apre- 
tando la clavixa? Qué cordel no revienta 
en dándole muchas vueltas? Qué rio, de- 
teniéndole violentamente la corriente, no 
se Ueba por delante las presas? Hasta aqui 
hemos defendido nuestra patria y nuestm 
libertad, y aunque vuestro poder es ma- 
yor y nos avcis procurado conquistar y 
vencer con armas aventaxadas, no nos 
cmos dado por vencidos ni reconocido ven- 
taxa. Ni nos sugctará fuerza alguna, que 
flechas y macanas nos dan estos montes 
en abundancia, lanzas y toquis de sobra, 
buenos castillos y fortalezas en sus espesu- 
ras, sobmdos soldados en esas leoneras: tu 
agi'ado.tu cortesia, tu nobleza y tus grandes 
prendas nos han rendido mas lucidamente 
que tus armas, que nuestro natural bárbaro 
como no teme la muerte no estima la vida 
y desesperadamente la arriesga en los pe- 
ligros. Pero como a las fieras las sugeta mas 
el alago que el rigor, porque las caricias 
rinden al mas bruto, y el castigo y el ri- 
gor embrabecen al mas racional, assi tu 
agrado es mas poderoso para rendimos 
que lo fuera tu rigor, y con el agasaxo 
has hecho de fieras corderos, de leones 
ovexas, y dé rapantes águilas mansas pa- 
lomas. Nuestros antepasados nos pintaban 
a los españoles tan fieros y atroces (para 
causarnos odio contra ellos), que teniamos 
por mexor morir gloriosamente a sus ma- 



nos en la guerra que vivir en su compañía 
en la paz, y aviéndosela prometido a otros 
gobernadores, no nos la han querido ad- 
mitir, sino ce v« 1*80 en nuestra sangre, con 
que nos confirmábamos en que eran crue- 
les y codiciosos, y poi'que no les faltasse el 
cebo de los esclavos y el provecho del pilla- 
ge, no querían paz, quedando siempre por 
ellos y comenzando las causas de la guerra 
o por sus opresiones y malos tratamientos 
o por no admitir la paz. Pero tú, señor, que 
vienes en nombre de el Rey, que es pió y 
padre de sus vasallos y no quiere que 
mueran sino que vivan, no que en lugar 
de leche les saquen sangre, y que repre- 
sentas su persona y eres su imagen, recí- 
venos debaxo de tu amparo, perdona 
misericordioso nuestros delitos, escusa pru- 
dente nuestras rebeliones, admite agrada- 
ble nuestros obsequios, que a tus pies 
rendidos postramos nuestros corazones, 
nuestras armas y nuestros vasallos. Y des- 
de oy enterraremos nuestras flechas, lanzas 
y macanas, y nuestros sentimientos se se- 
pultarán con ellas en perpetuo olvido" (l). 
Respondió el Marques a Lincopichon y 
los demás caciques por medio de su intér- 
prete con agrado y afabilidad, agradecién- 
doles las muestras que daban de su volun- 
tad, y mandólos que se fuesen a aloxar eh 
parte cómoda mientras consultaba con los de 
su consexo y tomaba resolución en admitir 
o no las pazes que le ofrecian, que como 
tantas vezes las avian quebrado, era me- 
nester consultar muy despacio la materia. 
Que no era la primera vez que llegándo- 
les a talar las comidas avian hecho mu- 
chos ofrecimientos y sumisiones, y en re- 
tirándose los españoles a vuelta de cabeza 



( 1 ) No tomará el lector a estrafieza que el padre Bosales reproduzca con tanta ostensión i minuciosidad las 
eternas arengas de los embajadores araucanos, porque él se holló presante en todos estos parlamentos, acompa- 
fiando a su predilecto amigo el Marques de Baides, no solo como intérprete, sino como p crito de la tierra i como 
consejero. 



160 



DIEGO DE ROSALES. 



les aTÍan dado muchos golpes en ella. A 
que le respondieron que lo consultasse muy 
en buena hora, pero que no se recelasse de 
su fee, que le juraban por su corazón, por 
su cabeza y por sus entrañas (que es ju- 
ramento) que le trataban verdad, y que 
con la misma se la trataron al Gobernador 
Don Luis Fernandez de Córdova los cien- 
to y diez caciques que le fueron a dar la 
paz a la Concepción, y los desechó; que 
no hiziesse con ellos lo mismo, por conse- 
xo de sus capitanes, como el otro lo hizo 
por él mismo. 

Fueron a aloxar los caciques y el Gober- 
nador llamó a consexo, y propuesto el caso, 
si receviria o no aquellas pazes, todos 
fueron de parezer que en ninguna manera 
las admitiesse, que solo eran entretenidas 
de este astuto enemigo que no pretendia 
sino divertir las armas, y suspendiendo el 
castigo se perdía la ocasión, se malograba el 
trabaxo, se frustraba la venida y se vana- 
gloriaba el enemigo de avernos engañado 
con palabras dulces y vencido con arte a 
quien no podia con fuerza. Toda la noche 
pasó el Marques desvelado en varios pen- 
samientos, porque el valor de su ardimien- 
to le movia a seguir el parezer de los que 
halentados querían guerra y que Uebasse 
a los indios a fuego y sangre. Y la noble- 
za de su natural piedad le Uebaba al deseo 
de dar al Rey vasallos sin derramamiento 
de sangre, y le solicitaba el deseo el averie 
encargado su Magestad su buen tratamien- 
to y que los procurasse reducir a la paz y 
al Evangelio con agrado y buenas obras, y 
hacíasele duro desechar lo mismo que se 
pretende y no admitir las pazes que en 
tantas cédulas tiene mandado el Rey que 
se les admitan, y que siendo el fruto de 
la guerra la paz, cuando llega a dar el fru- 
to, se desprecie. Levantóse muy de maña- 
na por averie desvelado el cuydado, y pa- 
seándose por el quartel, se encontró con 



el Maestro de campo Don Alonso de Fi- 
gueroa, persona de mucha prudencia y de 
gran consexo, y saludándose los dos, co- 
municaron sus desvelos, porque uua mis- 
ma causa y unas mismas razones los avia 
quitado el sueño a los dos, que era consi- 
derar que de la tala de aquellas semente- 
ras se seguia poca utilidad o ninguna al 
Rey nuestro señor, y en ello no se le gran- 
geaba vasallo ninguno ni se ganaba crédi- 
to de consideración. Y que el recevirlos 
de paz era mas conforme a sus reales man- 
datos y a sus pios intentos, que son de 
conservar en paz sus vasallos, y que me- 
diante la paz se podrían poner en execu- 
cion sus deseos, que son de la salvación 
de estos infieles. Refirióle el Maestro de 
campo las desgracias, los malos sucesos 
que avian venido al Reyno después que 
el Gobernador Don Luis avia desechado a 
los caciques y dícholes que afilassen las 
lanzas; el sentimiento con que avian vuel- 
to a sus tierras y quán mal avia sentido 
todo el Reyno de esa acción; que con per- 
petuar la guerra no se ganaba palmo de 
tierra, ni con matar indios se avia de aca- 
bar, que, como ellos dezian, una vieja que 
quedasse avia de hazer guerra y dar en 
que entender a los españoles. Y ultima- 
mente, que en nosotros estaba que los in- 
dios diessen la paz y perseverassen en ella» 
porque su perseverancia depende de nues- 
tra templanza y buen tratamiento, que si 
queremos de ello mas de lo justo, y los 
queremos oprímir con trabaxos y deses- 
perar con agravios, no es mucho que ellos 
se embravezcan :que el arco estirado quiebra 
y el caballo apurado muerde el freno. 
Holgósse el Marques de oir este parezer 
tan conforme a su dictamen y tan ajusta- 
do a la razón, que era el mismo que él 
avia pensado, y mandó luego llamar a los 
caciques que avian venido a dar la paz y 
juntar a los indios amigos. Y puesto el 



HISTORIA DE CHILE. 



161 



exército en forma de pelea por la seguri- 
dad y para que los caciques viessen el 
lucimiento de las armas y el poder de los 
españoles, quiso dar cuenta de lo que se. 
trataba y pedir su parezer a los indios 



amigos como los mas esperi mentados y el 
principal nervio de el exército, y assi les 
dixo que hablassen a los caciques de gue- 
rra y les digessen su sentimiento. 



CAPÍTULO IlL 



Prosigue la misma materia de las pazes y los parlamentos 
que hizieron los indios amigos y la respuesta de los 
enemigos. 



Partes del caciqne Catumalo. — Parlamento de Catumalo a loa caciques. — Dize a Lincopichon que quisiera mas 
ver su corazón que oir sus palabras. — Que en vano pretenden acabar con los españoles, y ellos se acaban. — 
Que sus mugcres paren solo un hixo, y un naWo pare mil de una vez. — Que sean unos en la foe y religión. 
— Que aunque son de una sangre les kan hecho guerra por ver que era mexor la causa de el español. — Que 
abracen la paz si quieren \'ivir con gusto y abundancia. — Que en el Marques hallarán Padre y amigo. — 
Trahe Lincopichon una oveja de la tierra blanca. — Que en el corazón de aquella sincera oveja verá la sin- 
ceridad de su corazón. — Mata la oveja, sácala el corazón y atrabiésale con tres flechas. — Da una al 
Marques, otra a Catumalo y otra toma ól en señal de una unión de corazón y sangre. — Unta el canelo con 
la sangre de el corazón en señal de unión y de un tinte. — £1 gusto de el exército y agasaxo de el Marques a 
los caciques. — Sigueron los caciques dos jomadas al Gobernador. — Fué recevido el Marques en la Concep- 
ción con grande gusto. — Varios parezeres sobre las pazes. — Sentimiento de los soldados. — Oía los parezeres 
y sacaba de ellos prevenciones. — No por los varios parezeres mudaba del suyo, por mirar al bien común. — 
Eran de su parezer las personas mas graves y los Maestros de Campo. — Movíale que no se debe despreciar 
al rendido. — Que los indios avian recevido muchos agravios. — Que con su mal tratamiento los avian 
empeorado. — Quiere tomar el me<lio contrario, de el buen tratamiento, para rendirlos. — No se fía el Marques 
de su parezer y consulta con muchos el caso. 



Pidió licencia para hablar el cacique 
Catumalo, amigo antiguo de las reduccio- 
nes de Arauco, indio de gran valor y con- 
sexo en la guerra, y de tanta estimación, 
que a su dirección y consexo se movia el 
excrcito español, y sin su consexo no se 
hazia cosa alguna, y en todas las facciones 
de guerra era seguido su voto como el mafl 
acertado, y por valiente y de tanta esti- 
mación tenia barbas, que es cosa particu- 
lar y no usada de estos indios el dexárse- 
las crecer, y a ninguno le consienten ellos 
que las tenga, menos de que sea muy so- 
bresaliente en valentia, trazas y consexo, 
y entre todos los indios araucanos no avia 
otro que tragcsse barbas sino cm Catuma- 
lo y otro igual a él en valentia y en poder 
llamado Tgaipil. Su opinión de valiente 



con el enemigo era gmnde; el respeto que 
todos le tenian, conforme a su estimación 
y grandeza, y esta la ostentaba en tener 
gran familia y diez y ocho mugeres. Y 
aviendo clavado un canelo en el suelo y 
sentádose en rueda todos los indios ami- 
gos y los caciques que avian venido a dar 
la paz, les habló desta manera: 

"Quisiera, o noble Lincopichon, que ha- 
blara el corazón y no la lengua, y estimara 
mas ver y conocer el tuyo que aver oido tan 
elocuentes palabras como ayer digiste en 
tu razonamiento, y como ya nos conoce- 
mos los indios unos a otros, sé que mas 
debemos atender a lo que siente el cora- 
zón que a lo que habla la lengua. Muchas 
vezes avcis querido engañar a los españo- 
les con pazes fingidas y aparentes; divertir 



HISTORIA DE CHILE. 



103 



SUS armas y poder para que no abrasen 
vuestras tielTas: que de uft corazón daña- 
do no pueden salir palabras verdaderas, y 
quan dañado tengáis el vuestro bien lo he- 
mos experimentado en esta porfiada gue- 
rra. Qué aveis ganado con ella sino muer- 
tes, esclavitudes, pérdidas de liaziendas y 
destierro de vuestras tierras? Cómo podéis 
acabar, siendo unos pobres indios, el im- 
perio español que se extiende por toda la 
redondez del mundo y domina sobre todas 
las naciones, y de cuatro mil leguas que 
está el Rey de aqui, embia españoles, ar- 
mas y socorro? Pretender vosotros aca- 
barlos es pretender un imposible, como lo 
fuera el querer agotar las aguas de el mar, 
y en esa loca pretensión en lugar de irlos 
acabando a ellos os vais consumiendo vo- 
sotros. Por qué quando érades tantos que 
no cabiades en toda la tierra, y ahora 
sois tan pocos que cabéis en qualquier 
rincón, no los acabasteis? Qué socon'os te- 
neis de gente? Quién os ayuda a hazer la 
guerra? Vuestras mugcres quando mucho 
os paren un hixo y ese en muchos años 
no es soldado ni de provecho, y los espa- 
ñoles tienen los socorros tan abundantes 
que un navio les pare de una vez los qui- 
nientos y los mil hombres hechos y dere- 
chos. Nosotros los araucanos, conociendo 
esto y experimentando el buen trato de los 
españoles que nos defienden, amparan y 
favorezen, y por ellos vivimos en policia, 
justicia y urbanidad, y nos han dado a 
conocer al verdadero Dios, criador del 
cielo y la tierra, a quien debemos todos los 
hombres de el mundo creer y adorar y no 
a la vanidad de los pillanes, y no desean 
de nosotros sino que seamos unos en la 
fee y religión, y con mucho gusto les di- 
mos la paz y nunca nos hemos arrepentido, 
y viéndoos a vosotros tan protervos, tan 
apartados de la verdad, tan desviados de 
la i-azon y tan enemigos de vuestro sosie- 



go y acrecentamiento y que tan a ciegas 
segáis vuestros errores, os hemos hecho 
cruda guerra (aunque somos todos de una 
sangre), aunándonos con los españoles por 
conocer que son superiores sus fuerzas, 
mexor su partido, mas justa su causa, mas 
llegada a la razón su justicia, mas en nues- 
tro provecho su amistad y mas para nues- 
tro acrecentamiento. Por tanto, Lincopi- 
chon, si quieres hazer bien a los tuyos, 
conservar tus tierras, gozar de los dulzes 
abmzos de tus mugeres, del gusto de tus 
hixos, de la abundancia de tus sembrados, 
de tu sabrosa chicha y de los regalos de 
tu mesa, abraza de verdad la paz, dcxa 
toda ficción, desnuda la piel de raposa y 
haz lo que la culebra, que dexando entre 
Jas estrechuras de las piedras su piel anti- 
gua, sale vestida de otra nueva; dexa las 
doblezes y ficciones antiguas, y saliendo de 
la estrechura de esos montes, de las espe- 
suras de esas selvas, muda la piel de astu- 
ta culebra y vístete de la piel de amigo 
fiel y verdadero, que en el Marques halla- 
rás amparo, padre, amigo, señor y rey, que 
en su nombre viene a ampararte a tí y a 
todos tus vasallos, y nosotros, que somos 
de una sangre, seremos de un corazón en 
adelante, sirviendo a un Rey y teniendo 
una religión, que es la que une, conserva y 
acrecienta los imperios." 

Acabó aqui su prudente razonamiento 
Catumalo y levantóse Lincopichon, y tiran- 
do de una soguilla una blanca oveja de la 
tierra, que se parezen a los camellos, aun- 
que son menores, se paró con ella en me- 
dio de el cerco y dixo: "Para que veas, o 
gran Catumalo, asombro de la guerra, te- 
rror de los montes, espanto de el enemigo 
y clarín de la fama de tus hechos, como 
mi intento es acabar de una vez con la 
guerra y que mueran los odios y enemis- 
tades antiguas, con la muerte de esta ne- 
vada ovexa, que criada en esos montes y 



164 



DIEGO DE ROSALES. 



cordilleras ha bebido a la jiieve la blancu- 
ra j la sinceridad a su candor, te daré a 
entender a ti j a los españoles cómo con 
su muerte se acaban y mueren nuestros 
rencores, y si pudiera sacar mi corazón y 
mostrártele, rieras en él la firmeza de mí 
palabra y la sinceridad y lealtad con que 
me oflFrezco a ser vasallo de el Rey, amigo 
tuyo y de tus araucanos, y pues no puedo 
sacar a luz ni manifestar mi corazón para 
que le Teas, sacaré el de esta ovexa para 
que en su sinceridad conozcas la mia, y 
atravesado con tres flechas, darás al Mar- 
ques la una, tú recevirás la otra y yo me 
quedaré con la tercera para que se entien- 
da que ya quedamos todos unidos en un 
corazón y somos y participamos de una 
sangre." Y diziendo esto llegó un indio 
con una porra y dio tal golpe en la cabe- 
za a la ovexa, que luego cayó en el suelo 
aturdida, y sacándola con presteza el co- 
razón palpitante, le atravesó con tres fle- 
chas y dio la una al Marques, otra a Ca- 
tumalo y en su nombre a todos los indios 
amigos, y él se quedó con la otra en nom- 
bre de los indios enemigos, diciendo: "Con 
esta flecha con que antes, ensangrentándo- 
la en sangre de españoles, concitaba y con- 
vocaba a mis indios para hazer la guerra a 
los españoles y indios amigos, los concita- 
ré ahora y convocaré para que, rendidos 
todos, vengan a dar la paz, y ya no abrá 
entre todos nosotros sino un corazón, una 
voluntad, un parentesco y una sangre." 
Y untando con la sangre de el corazón de 
la ovexa las hojas de el canelo, a cuyo pie 
cayó muerta, dixo: "Esta sangre de el co- 
razón es señal de nuestra unión, porque 
assi como las hojas de este árbol están to- 
das unidas a una rama y todas se tiñen de 
un color vermexo, que sale de un corazón 
sincero, assi de aqui adelante todos emos 
de estar unidos y conformes y ha de ser 
uno mismo el tinte de nuestra fee sincera. 



sin que admitamos nuevos tintos ni colores 
differentes." Que aunque sus ceremonias 
son barbaras, son muy sentenciosas y sig- 
nificativas de una verdadera unión, firme 
amistad y sincero trato, y usan de sus me- 
táforas y retorica con que manifiestan sus 
conceptos. 

Grande gusto causó en todo el exérci- 
to ver las demostraciones con que daba a 
entender este bárbaro la voluntad con que 
daba la paz él y todos los demás caciques. 
Hízoles el Marques una salva general y 
dióles los brazos con muchos agradeci- 
mientos y dones, agasaxándolos por ex- 
tremo, y haziendo en particular grandes 
honras a Lincopicbon, hízoles mesa fran- 
ca y dio su mesa a Lincopicbon: con que 
rendidos a tantos agasaxos y afabilidad, no 
sabían qué hazerse ni qué dezir, sino que 
avian vivido engañados y que ciegamente 
se arrojaban a su perdición, que muy di- 
fferentes eran los españoles de lo que sus 
antepasados se los avian pintado. Marchó 
el exército dos jornadas y Lincopicbon y 
los suyos no quisieron dexar al Marques, 
que los tenia robado el alma con su agra- 
do y nobleza. Al tercer dia se despidieron 
con salva general y grande regocijo, di- 
ziendo Lincopicbon al Marques que iba a 
publicar por toda la tierra lo que le avía 
pasado y avia visto, y a ser pregonero de 
su nobleza, afabilidad y agasaxo, con que 
rendía los corazones mas duros, y que es- 
peraba rendir a sus plantas toda la tierra, 
como él y los suyos lo quedaban. Llegó 
con esto a la Concepción el Marques con 
el mas insigne lauro y victoria que alcan- 
zaron sus antecesores, pues dexó sin san- 
gre a la primera vista toda la tierra ren- 
dida a la fuerza de su agrado y al imperio 
de su afabilidad. Hiziéronse en todo el 
Rey no grandes fiestas, diéronse a Dios in- 
cesables gracias, y mandó el Marques de- 
zir muchas misas y hazer muchas oracÍQ- 



HISTORIA DE CHILE. 



165 



nes en las catedrales y conventos para 
la firmeza de las pazes. Aunque en lo co- 
mún causó mucho regocixo esta buena 
nueva, no dexó de aver diversidad de 
pareceres, assi en el exército y en la Con- 
cepción como en la ciudad de Santiago, 
que nuncí faltan censores y los que de 
mas lexos miran las cosas forman concep- 
tos mas diflFerentes; lo general era cargar 
la mano sobre la inconstancia de estos in- 
dics, sobre sus traiciones, que los soldados 
con la paz se hazen holgazanes, la milicia 
se estraga y da en viciosa y en descuida- 
da, llegando a jugar las armas y a vender 
los caballos, como cosas que ja no son 
necesarias. Los soldados sentían perder el 
pillage, que no se haria caso de ellos, ni 
luciría el buen soldado, ni S3 sabría quien 
era valiente, y los puestos se darían al que 
los comprasse o los negociasse y no al 
que con hazañas los mereciesee; que no 
aviendo guerra, les quitarían el real situa- 
do, y que ya se trataba de avisar al Vi- 
rrey que excusasse a su Magestad de un 
gasto tan excesivo como era de doscientos 
y doce mil ducados cada afio, y que fal- 
tándoles el situado andarían desnudos y 
sin premio. 

Todo esto oía el Gobernador con disi- 
mulación, y con prudencia reparaba que 
ninguno miraba al bien común sino a su 
propio interés, y le servia para poner mas 
vigilancia en la disciplina militar y que los 
soldados estubiessen a punto con sus ar- 
mas, y mayor cuydado en que vclassen 
las postas y se cuidasse de guardar los ca- 
minos, para prevenir a qualquier mal in- 
tento de el enemigo; pero estos pareceres 
tan varíos no le hazian jnudar de parezcr 
por ser éste de la paz conforme a la volun- 
tad de su Magestad y mirar al bien común 
de estos naturales y de toda la tierra, y 
a la amplificación de el Santo Evangelio 
y convei^sion de las almas, que eran moti- 

HWT. DE CHIL. — T. lU. 



vos mas altos y mas superiores. Y lo que le 
afirmaba en su proposito de admitir las pa- 
zes, era el ver que eran de su parecer no 
solo el común de lo vulgar, sino las per- 
sonas mas inteligentes en la guerra, como 
eran el Maestro de campo Alvaro Nuflez 
de Pineda, el Maestro de campo Don 
Femando de Cea, Maestro de campo 
Don Alonso de Figueroa y el Maestro de 
campo Juan Fernandez Rebolledo, per- 
sonas de gran juicio y experíencia y 
que avian gobernado con grande acierto 
esta guerra y experímentaáo quan poco 
se gana con ella y quanto deseo han te- 
nido siempre los indios de la paz, y quien 
mas la fomentaba era el estado eclesiásti- 
co y las religiones deseosas de el bien 
común. Y sobre todo esto le movia el ad- 
mitir las pazes el ver que no debe despre- 
ciarse al enemigo rendido y al que hu- 
milde pide perdón de sus yeiTOs, y que el 
enemigo que se desecha rendido da en 
desesperado y la desespeí ación haze va- 
liente al mas cobarde. Y ultimadamente 
(que ninguno se atrebia a negar tratando 
de esta materia) que estos indios padecie- 
ron muchos agravios, como ellos lo repre- 
sentaban y los tenian muy en la memoria, 
con que los obligaron a alzarse. Que aun- 
que sus naturales sean malos y inconstan- 
tes, han estado en sus tierras, y siendo 
señores de ellas los trataban como estra- 
ños y los obligaban a una dura servidum- 
bre, con apremio y extorciones; con que si 
su natural era malo y deprabado, los agra- 
vios se los empeoraron, los malos trata- 
mientos los endurecieron, y el no ver re- 
medio en tantos males les traxo a la 
ultima desesperación; y assi que queria 
ganarlos por otros medios y por los con- 
traríos por donde los otros los avian per- 
dido, que si con el mal trato los avian 
hecho ton rebeldes, ten feroces y ten alti- 
vos, con el agasaxo y con el buen trato 

11 



166 



DIEGO DE llOSALES. 



los quería hazcr pacíficos, humanos y su- 
getos y mansos. Demás de que nuestras 
fuerzas ni nuestro poder era suficiente para 
sugetarlos a todos, y si los podía rendir 
con mafia, conseguiría lo que no podia la 
fuerza. 

No quiso con todo eso el Marques ser 
tenaz en su parecer, sino que atendiendo 
a que las materias de la guerra son deli- 
cadas y sus accidentes varios, y que en 
cosas graves no basta una consulta sino 



que son necesarias muchas, para que bien 
miradas v controvertidas las razones de 
una y otm parte se acalore y acrisole la 
verdad, determinó que en consexo de 
guerra se volviessen a proponer y mirar 
todas las razones de conveniencia y des- 
conveniencia para que a la hiz de tan 
prudentes consexos se conociesse lo mas 
conveniente al servicio de Dios y de el 
Rey, y para mayor acierto consultó a la 
Real Audiencia y al Virrey de el Perú. 



♦'••♦ 



CAPÍTULO IV. 



Viene Chicaguala con treinta caciques a dar la paz y 

acompáñalos Lincopichon. 



Año de 1640. — Vienen a dar la paz treinta caciques. — Viene con los treinta caciques Chicaguala, mestizo noble. — 
Fué recevido Chicaguala con grande gusto por ser tan noble. — Razonamiento d ¡ Chicaguala. — Que ha de 
ser el primero en la paz y en las fínezas de fidelidad. — Que no le trahe el miedo, sino el amor. — Que sugetará 
toila la tierra ala obeiUencia de el Rsy. — Que loa agravio.» loa hlzieroa enemigos. — Que él y todos se suge- 
tarán a la fe. — Quj les dé Religiosos que los ensefien. — Reciviú el Marques grande gusto de oir a Don 
Antonio Chicaguala. — Acarició a todos los caciques. — Dióles bastones de General, Maestro de Campo y 
Sargento Mayor. — El Vedor general Francisco do la Fuente hazd grandes gastos con totlos los indios. — 
Haze mal a un caballo con destreza Chicaguala. — Hazcn salva con las piezas a los caciques y todos caen en 
el sucio de espanto. — Mándales el Marques que se junten todos los que dan la paz en QuUlin para Enero. 



Entre estas dudas y varios pareceres, 
confirmó el que le inclinaba al Marques 
a la piedad y a la paz la venida de trein- 
ta caciques de Maquegua y la Imperial, 
que los embió Dios paia que se viesse que 
esta era causa suya y que disponia estas 
pazes para mucho bien de el Reyno y 
para reducir las almas de estos infieles a 
su santo conocimiento y ley verdadera. Y 
envidioso el cacique Don Antonio Chica- 
guala, mestizo de gallardo talle y linda 
disposición, hijo de un gran cacique de 
Maqiiegua que tubo por miiger a Dona 
Aldonsa de Aguilera y Castro, una seño- 
ra captiva muy principal de quien tubo este 
hijo y otro llamado Don Pedro, que allá 
los baptizaron los españoles captivos en la 
tierra de guerra donde nacieron, y deseo- 
so de recebir los faborcs que Lincopichon 
avia recevido de el Marques y aun celoso 
de que le iibiesse ganado por la mano, vi- 
no con treinta caciques a dar la paz, apa- 
drinado de Liucopichou para ser mexor 
recevido. Llegaron al Nacimiento a los 



primeros de Mayo de 1G40 y luego avisó 
el Capitán al Marques de los caciques 
tan principales que alli avian llegado y 
pedían licencia y salvo conducto para ir 
a ver a su Señoria a la Concepción. Dió- 
seles franca licencia y el Marques hizo que 
toda la gente de guerra los reci viesse para 
mayor honra y para que viessen nuestras 
fuerzas y el cuidado con que ssc vivia de 
las armas. 

Llegó a la Concepción el cacique Don 
Antonio Chicaguala muy galán y osten- 
tando su gallardía y nobleza, por ser de her- 
moso talle, alto de cuerpo, blanco de ros- 
tro, bien proporcionado y de agradable sem- 
blante. Fue su venida de grande gusto por 
ser persona de tanta estimación en la tierra 
de guerra y tener tantos soldados a su lla- 
mado y los mas valientes de la tierra, que 
eran los de Maqucgua, que le obedecían por 
aver heredado de su padre Gualacan el 
ser cacique y toqui general de aquella 
provincia, inexpugnable por sus espesas 
montanas y profundos pantanos que la 



168 



DIEGO DE ROSALES. 



cercan. Quando llegó a la presencia de el 
Marques hizo una gran reverencia, y la 
misma los demás caciques sus compañeros, 
y aviéndolos receyido con grandes demos- 
traciones de agrado y benevolencia, con 
que los captivo a las primeras vistas, ha- 
bló Don Antonio Chicaguala y dixo el fin 
de su venida y de los suyos, y dixo: 

"Aunque el cacique Lincopichon fué el 
primero en la dicha de averte visto y ren- 
dídose a tus plantas, gozando en ellas de 
el cielo de tu nobleza y de las influencias 
benignas de tus fabores, y corriendo la 
voz de tu agrado, puso a todos envidias y 
alas al deseo de verte. Yo, que he llegado 
a gozar esta dicha, tengo por muy cierto 
qu? he de ser el primero en los favores y 
en las honras de tu agiado, por averio si- 
do en los deseos el primero en servirte. Y 
ninguno me llebará la primacia en las de- 
mostraciones de fiel, de leal y constan- 
te y del amor con que rindo a tus pies 
mis armas y las de mis soldados. En mí 
son mayores las obligaciones de servirte y 
de sugetarme a tu Rey, a quien confieso 
por mi señor y monarca, por quanto he- 
redé de mi padre mayor nobleza y sangre 
mas esclarecida de quantos tiene el impe- 
rio enemigo, por aver sido Toqui general, 
y de parte de mi madre, de sangre ilustre 
y de conocida nobleza entre los españoles. 
Tengo yo el primer lugar por mi nobleza, 
y por este lado puedes confiar que mi fi- 
delidad y obligaciones a ser fiel exceden 
a las de todos los demás, que siempre el 
noble obra como tal y quien supo ser buen 
enemigo sabrá ser buen amigo. Desgracia 
mia fué aver nacido y criádome entre bar- 
baros y aver sido uno de ellos en hazer 
guerra a los españoles y a mi sangre, pero 
ya que te he conocido y merecido ver, me 
tengo por dichoso, porque he llegado a 
conocer mi yerro. No me traben a tu pre- 
sencia fuerzas, violencias ni temores, sino 



el amor a mi sangre y el afi^ecto a mi na- 
ción, que aunque por pecados de mis pa- 
dres nací entre barbaros, no he perdido 
las obligaciones de mi sangre ni me falta 
presunción de conocerme por noble ni el 
estímulo de obrar como quien soy. Y por 
saber que tú, Marques, lo eres tanto, me 
rindo a ti, que solo a un noble se puede 
lendir un noble, y pues es de nobles per- 
donar al rendido y al que se humilla, per- 
dona mis yerros y los de mis vasallos, qne 
ciegos y furiosos emos hecho opposicion 
a las armas españolas tantos años, que yo 
te rendiré a la Villarica, Valdivia, Osor- 
no, la Imperial, Cuneo, Tolten y Boroa, y 
mi heredada patria Maquegua con todas sus 
armas para que unidas a las tuyas acre- 
cientes tus glorias, y sin interés te daré 
quantos captivos ay en toda la tierra de 
guerra y quantos se han cogido en las ba- 
tallas y sacos de las ciudades. Y para que 
conozcas ser estas pazes verdaderas, te 
prometo de deshazer todos los fuertes y 
murallas en que nos hemos defendido has- 
ta aqui, que son las incontrastables mon- 
tañas, saliendo todos de ellas a vivir y 
sitiamos en los llanos y abrir caminos an- 
chos por donde puedas pasar con tu exér- 
cito y pasearte por nuestras tierras como 
por las tuyas, pues desde luego lo son to- 
das las nuestras, y por tan tuyo me has 
de tener a mí y a todos los mios, que me 
han de dezir que me he hecho todo espa- 
ñol, siendo assi que soy la mitad indio. 
Pero lo que antes era entre nosotros bal- 
don el llamamos a los metizos españoles, 
ahora será para mí de grande honra y para 
ellos de envidia, pues me he recobrado a 
mi querida nación, de los indios tan abo- 
rrecida, que la mayor afrenta que nos de- 
zian a los mestizos era dezimos que éra- 
mos españoles. Y no te espantes, que las 
opresiones y agravios que los españoles 
antiguos hizieron a los indios, fueron tan- 



HISTORIA DE CHILE. 



169 



tos, que les conciliarou este odio tan gran- 
de que era afrenta dezirle a uno que era 
español y era lo mismo que dezirle que 
era un perro. Oxalá todos los gobernado- 
res y los españoles ubieran sido como tú, 
que de otra manera se ubiera conservado 
la tierra en paz y en christiandad, que 
con tu agrado nos has rendido mexor que 
los demás con las armas. Grande gloria 
alcanzarás de tu Rey por esta victoria sin 
sangre, y grande gloria de tu Dios, pues 
por tu causa se convertirán tantos infieles 
y recevirán la fee y el baptismo, obedien- 
tes a la Iglesia. Y los que niños le reci- 
vimos como yo y otros, por ser españolas 
nuestras madres, que entre los fieles con- 
servaron la religión y tubieron cuydado de 
baptizarnos niños, sin mas enseñanza se- 
remos instruidos en la ley de Dios, que 
por no aver tenido quien nos la enseñe nos 
hemos quedado como barbaros en la ce- 
guedad de los infieles: bien puedes embiar 
sacerdotes por toda la tierra, que Las puer- 
tas hallarán de par en par para la predi- 
cación, y nuestros coi-azones, como tierra 
sin agua, sedientos de la lluvia celestial." 
No pudo dexar de alegrarse ni de con- 
tener las lagrimas el piadoso Marques 
oyendo a Chicaguala y viendo sugetarse 
a su Dios y a su Rey tantos infieles y lo- 
grados los deseos de su conversión, llegán- 
dose ya el tiempo en que la Divina Ma- 
gestad abría las puertas de el Evangelio y 
las de el cielo a tantas almas como se per- 
dían en esa gentilidad. Y tomando por la 
mano al cacique Don Antonio Chicaguala, 
a quien avia oido atento y admirado de 
su elocuencia y español desenfado, le echó 
los brazos encima, agradeciéndole el aver 
venido a ver y a ofirezer de paz toda la 
tierra: lo mismo hizo con su primer amigo 
Lincopichon, reconociendo que él avia sa- 
zonado las voluntades de todos aquellos 
caciques. Abrazó con grandes caricias a 



su hixo mayor Cheuquenecul y a otro hi- 
jo menor que consigo trahia, y lo mismo 
hizo con los demás caciques, agradecién- 
doles el rendimiento que hazian de sus 
armas y el amor con que le avian venido 
a buscar solicitando su amistad; mandólos 
aloxar y regalar conforme a su magnificen- 
cia y calidad de los huespedes; y para hon- 
rarlos dio un bastón con casquillos de pla- 
ta de Gobernador y Capitán General a 
Lincopichon por aver sido el primero en 
dar la paz, y otro de Maestro de campo a 
Don Antonio Chicaguala, y otro de Sar- 
gento Mayor al hixo mayor de Lincopi- 
chon, Cheuquenejul, para que gobernasen 
sus tropas contra los que no quisiessen ad- 
mitir la paz. Mandólos vestir a lo español 
con capas y capotillos y hazer buen aga- 
saxo y reprimir la licencia de los solda- 
dos para que no les hiziessen mal ninguno 
y que reconociesen que de nuestra parte 
no se les avia de faltar a lo prometido y 
al buen tratamiento. 

El Vedor General Francisco de la Fuen- 
te Villalobos, imitador de el Marques en 
agasaxar los indios y en desear su conver- 
sión, los llebó a su casa y con grande gasto 
de su hazienda y admirable liberalidad los 
regaló y banqueteó todo el tiempo que es- 
tubieron en la Concepción, y no solo a és- 
tos, sino que sin cansarse ni enfadarse de 
sus importunidades, recebia a quantos ve- 
nían de la tierra adentro, regalándolos y 
sirviéndoseles en su casa, aunque f uessen 
muchos, como si fueran unos principes, 
y procuró con grandes veras su paz y su 
quietud, por lo qual los indios le amaban 
y dezian que era su padre. 

Pidió Chicaguala licencia al Goberna- 
dor para pasearse por la ciudad y embióle 
el Marques un hermoso caballo, y como era 
tan gentil hombre y vestido a lo español, 
representaba un vizarro Maestro de cam- 
po; no ubo mas que ver que su gentileza y 



170 



DIEGO DE ROSALES. 



la destreza con que liazia mal a un caballo. 
Apeado de ól, le recibió el Marques a su 
lado, j por hazerle a ól y a los demás ca- 
ciques una lisonja, les dixo que los queria 
mandar liazer una salva con las piezas de 
artillería que avia alli en la Concepción, 
que nunca las avian visto ni oido disparar, 
y que los prevenia porque no sospechasen 
que so les queria hazer algún mal. Dispa- 
raron la primera pieza y fuó tal la res- 
puesta y el espanto que causó a los indios, 
que todos cayeron en tierra de temor, y 
solos Chicaguala y Lincopiclion quedaron 



en pió, animándose por no mostrar co- 
bardia; los demás se levantaron luego y 
conocieron quan ventaxosas son las armas 
de el español, pues solo el eco dio con 
ellos en tierra. Mostráronles la ciudad y 
los templos, y agasaxados los embió el 
Marques a sus tierras encargándolos que 
procurassen conciliar todas las voluntades 
y que para el nrcs de enero se juntasscn 
en Quillin para hazer las capitulaciones 
de la paz y numerar los que la daban y 
apercevir las armas para hazer la guerra 
a los que f uesscn rebeldes. 



CAPÍTULO V. 



Vuelven a sus tierras los caciques y recívenlos con grande 
fiesta. Convocan muchos otros para que den la paz al 
Marques afíicionados de su agrado, y embíanle las listas 
de los que dan la paz. 



Kl gusto con que rcsiven on sui tiorras los caciques y las buena? nuevas que dan a todos. — Embian los caciquea 

al Marques lista de los que dau la paz. — Nombres do los caciques. 



Luego que llegaron los caciques a sus 
ticri'as se hizo una gi'an borraclicra, a que 
acudió toda la tierra a oir y saber cómo 
les avia ido y cómo los avia despachado el 
Gobernador, y fué grande el gusto que 
recivieron con su llegada, porque ya avian 
corrido varias palabras entre ellos y dádo- 
les malas nuevas: unos dezian que el Go- 
bernador los avia heclio ahorcar a todos; 
otros que nó sino que los tubo presos y 
luego los embió al Perú cargados de gri- 
llos y cadenas para que rcmassen en las 
galeras, y con estas y otras nuevas a este 
tono andaban todos abispados y afligidos, 
y con su vista creció el gusto quanto avian 
crecido las mentiras, y fué mayor quando 
los vieron cargados de dones y preseas y 
les oyeron dezir los fabores que el Mar- 
ques les avia hecho y liazerse lenguas en 
contar su nobleza y agasaxo: con que pu- 
sieron a todos ansias de verle y de rendir- 
se a su obediencia. Venian de todas partes 
los caciques a porfía a pedirle a Lincopi- 
chon que los faboreciesse con el Marques 
y los hiziesse sus amigos, y haziendo lista 
de los que se ofFrecian a dar la paz, se la 
embió al Marques, y a tan buen tiempo. 



que estaba haziendo despacho al ViiTey de 
el Perú y no sabia determinadamente qué 
caciques ni qué lanzas le avian dado la paz 
por esperar a numerarlas en saliendo a 
campaña en Quillin. Y vino la lista con 
toda distinción de los nombres de los ca- 
ciques, las provincias y los soldados. Las 
provincias eran diez y ocho las que nume- 
ró Lincopichon; las lanzas tres mil y tres- 
cientas y noventa, y las de Chicaguala mil 
y sesenta, que por todas hazian cuatro mil 
y cuatrocientas y cincuenta. Los caciques 
y capitanes eran sesenta y tres, que todos 
tenian por companias a cien soldados po- 
cos mas o pocos menos. Y dexando los 
nombres de las provincias y de los solda- 
dos, que fuera cosa molesta, pondré aqui 
los nombres de los caciques con la expli- 
cación de lo que cada nombre signifíca, 
que por ver la variedad de los nombres 
será gustoso al lector, y si le cansaren los 
podrá dexar y passar adelante. 

NOMBRES DE LOS CACIQUES. 

Lincopichon, que quiere dezir Pluma levan taíla. 
Chicaguala, que significa Pato dividido. 
Yaupilabinen, Ruido de la mar. 



172 



DIEGO DE ROSALES. 



Aiiteguenu, Sol de el cielo. 
Tiuaqueupu, Pedernal arrojado. 
Aliante, Sol que abrasa. 
Catupillan, Trueno partido. 
Maliguenu, Cielo golpeado. 
Butapichon, Plumage grande. 
Peuquante, Cerco de el sol. 
Tureulican, León de cristal o de piedra. 
Llancapilqui, Flecha de piedra. 
Gueichagueno, Batalla de el cielo. 
Calbu manque, Cóndor pardo. 
Cnlatureo, Tres leones. 
Calbuñamcu, AguiU real azulada. 
LlompuUi, Quebrada honda. 
Camangue, Cóndor diferente. 
Naguelgueno, Tigre de el cielo. 
Catunaguel, Tigre partido. 
Queluimanque, Cóndor colorado. 
Culacaniu, Tres plumages. 
Tanaguenu, Cielo golpeado. 
Piculai, Viento en calma. 
Caniutacum, Penacho de pedrería. 
Coipulabqnen, Gato de el mar. 
Cheuquequintui, Paxaro que mira. 
Curubilu, Culebra negra. 
Cubilante, Sol que abrasa. 
Cutileubu, Rio de arrayan. 
Nugugueno, Cielo que tiembla. 
Curaquillai, Piedra del árbol quillai, 
Catuguenu, Cielo dividido. 



Queluimanque, Cóndor colorado. 
Curanamon, Pie de piedra. 
Guatureo, Maiz de león. 
Tarucaniu, Plumage de Buarro, pajaro. 
Curuyene, Ballena negra. 
Kagumanque, Gallinazo florido. 
Praiante, Sol que sube. 
Lincotipai, Cristal que sale. 
Mariguala, Diez patos. 
Tureupillan, León que brama. 
Relmucaguin, Junta de el arco iris. 
Cayupagui, Seis leones. 
Lebuepillan, Trueno que corro. 
Culacaniu, Tres plumages. 
Catuleubu, Rio dividido. 
Curuyecu, Cuervo negro. 
Lebitureo, León ligero. 
Guenibilu, Culebra de el cielo. 
Curiquintur, Ojos negros. 
Naupacante, Sol que se pone. 
Perquinmanque, Plumage de cóndor. 
Yebilabquen, Ola de el mar. 
Ruyunmilla, Flor de oro. 

Con estas listas embió Don Antonio 
Chicaguala al Marques un hermoso page, 
mancebo español captivo, y dos españolas 
captivas, hermana una y otra sobrina del 
Capitán Juan Vasquez, sin pedir rescate. 



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CAPÍTULO VI, 



Vienen a la Concepción a dar la paz al Marques muchos 
caciques, y con ellos el gran cosario Lientur. Sálenle 
otros muchos al camino y tráhenle muchos captivos es- 
pañoles sin pedir rescate, y júntasse toda la tierra a dar 
la paz en Quillin. 



Afio de 1641. — Vienen a dar la paz al Marques lientur y otros caciques. — Viénenle a dar la paz los puelches 
y pogüenches. — Detiene el Grobemador los caciques como por prendas. — Húyesse uno llamado Catupillan. 
— Piden que se busque el fujitivo para que confíese su intento y ellos queden purgados de la sospecha. — Sá- 
lenle al camino muchos caciques y tráhenle los captivos de balde. — Aclámanle por Redentor y llora de 
contento. — Salió de captiverío Don Pedro de Soto, su mujer y hixos. — Traben otros muchos españoles 
captivos, y Chicaguala embia su madre Doña Aldonza. — Manda detener el Marques a los caciques y echa uno 
mano a un alfange para matar al Maestro de campo. — Aplácale el Sargento Mayor. — Habla prudentemente 
Clentaro y reprende el descomedimiento. — Vienen los caciques de la Imperial al camino y traben al Marques 
cartas de el Capitán Almendras. — Sale al camino a ver al Marques Gaspar Álvarez que trabaxó bj^n en las 

pazes, aunque fué fujitivo Llegan a Quillin y ay muchos abrazos de los enemigos y los nuestros. — Aló- 

janse los españoles y los indios. — Exortan los padres de la Compañia a la confesión para el buen suceso de 
- las pazee. — Júntanse todos el dia siguiente al parlamento, los españoles armados y los indios sin armas. 



Tratando estaba el Marques de preve- 
nir lo necesario para entrar a las tierras 
de Quillin^ donde todos los nuevos amigos 
se avian de juntar, j deseosos muchos de 
ganar por la mano el verle y de ofirecerse 
anticipadamente por su fieles amigos, vi- 
nieron en tropas, unos a la Concepción y 
otros a la estancia de el Rey. Entre ellos 
fué uno el cacique Lientur con otros mu- 
chos caciques y un hermano de Lincopi- 
chon, que recevidos con el agasaxo que el 
Maiques acostumbraba quedaron recono- 
cidos y obligados. Y esmeróse mas el Mar- 
ques en el agasaxo de el cacique Lientur, 
por quanto aviendo sido amigo y por agra- 
vios de averie quitado una muger con su 
hijo y ídose al enemigo con la reducción 
entera de Pailigua y después héchonos 
grandes daños, como se ha dicho en los 



gobiernos pasados, conocia el interés de 
reconciliar un tan gran cosario y que era 
de mas importancia la amistad de éste que 
la de otros muchos, y como a hijo pródi- 
go que reconocido se volvia a la casa de su 
padre, le echó los brazos y le hizo un gran 
convite y le vistió con liberalidad. Despa- 
chólos al tercio de Yumbel, donde el Sar- 
gento Mayor Don Pedro Ramirez de Za- 
bala los aloxó entre los amigos y los hizo 
regalar como a huespedes y los trató como 
de casa, poniéndolos en compañia de los 
amigos para que unos con otros se her- 
manassen y confírmassen en nuestra amis- 
tad. 

Llegados los primeros de Enero de 1641 
salió el Marques de la Concepción para la 
estancia de el Rey con su lucida compa- 
ñia de capitanes reformados y otros sol- 



174 



DIEGO DE ROSALES. 



dados. Saliólo a rcccvir el Sargento ^la- 
yor con el tercio de San Felipe y todos 
los indios amigos y los caciques que avian 
venido de la tienda adentro, que tuvieron 
harto que ver en tanto lucimiento de sol- 
dados. AHÍ en la estancia de el Rey halló 
el Marques que le estaban esperando para 
darle la paz los pegüenclies y los puelches, 
nación que la una habita en la cordillera 
nevada y la otra en la otra banda, en las 
pampas que van a Buenos Ayres, que con 
las noticias y buenas nuevas que Lincopi- 
clion les avia embiado del agrado y buen 
agasaxo de el Marques, vinieron a rendir- 
le sus personas, sus armas y su flechas, 
traspasando los montes. Vino el Toqui 
general llamado Huya acompañado de los 
caciques Antemones, Quifiemanque, Curi- 
lebi y otros, todos vestidos con sus galas 
de pellones de guanacos pintados y tigres 
de varios colores, cabellera larga, aljaba al 
hombro» una corona o cerco de lana de 
muchos colores en la cabeza y atravesadas 
muchas flechas al rededor de la cabeza, 
trage que los haze ferozcs y semexantes a 
los salvages entre quienes habitan. Ale- 
gróse en extremo el Marques de ver que 
de tan lexas tierras viniessen a darle la 
obediencia, y por amansar fieras con su 
agasaxo y que se viesse por experiencia 
que h.asta las fieras se rinden y domesti- 
can con el buen trato y el alago, los rega- 
ló y agasajó con singulares caricias. 

Mientras llegaba el campo de Arauco a 
encorporarse con el de Yumbel, confirió el 
Sargento Mayor Pedro Ramirez con el 
Marques si seria bien despachar adelante 
a los huespedes caciques para que avisas- 
sen como ya iba marchando su Señoria y 
convocassen su gente para el puesto seña- 
lado de Quillin, y aunque fuera mexor 
hazer confianza de ellos y embiarlos luego, 
porque siempre la detención les es molesta 
y sospechosa de que les quieren hazer al- 

I 



gun mal, todavía le pareció al Gobernador 
mas conveniente detenerlos en su campo 
por la cautela de que los daños no preve- 
nidos después causan arrepentimiento sin 
remedio, y dispuso que se detubiessen los 
caciques y sirviessen de prendas para que 
los nuevamente confederados, si tenian al- 
gún mal intento o pretendian hazer algún 
movimiento, se rescatassen por tener entre 
nosotros caciques de tanta importancia y 
prendas para la seguridad; pero impacien- 
te de tanta detención, se escapó el caci- 
que Catupillan, que significa Cielo dividido, 
y apartándose de los demás al disimulo 
con achaque de buscar su caballo, dexan- 
do un capotillo que le avian dado, la silla 
y freno, saltando en su caballo en pelo, se 
desapareció, dexando corridos a los caci- 
ques sus compañeros y indiciados de sos- 
pechosos y por traidores de alginia conju- 
ración o algún mal aviso. Sintiéronlo en 
extremo y dieron satisfacción de su ino- 
cencia y de la fidelidad de su trato y pe- 
dian que se buscasse con diligencia el fugi- 
tivo y con tormentos pagasse su liviandad 
y confesasse los intentos con que se huía, 
y ellos quedassen pui*gados de la sospecha. 
Salieron el Teniente Diego Jaque con 
treinta arcabuzeros y el comisario Domin- 
go de la Parra con los amigos de San 
Christóval hasta la cordillera y no pudie- 
ron dar con él, sino con el rastro que iba 
dexando. Consoló el Gobernador a los 
huespedes, dándoles a entender que tenia 
mucha satisfacción de su fidelidad, y fue 
marchando el exército con mucho concier- 
to y orden militar hasta Quillin, aumen- 
tándose el gusto de el viage a cada paso 
y asegurándose las sospechas de algunos 
por salirle a ver al Marques diff'erentes 
caciques, y lo que mas le aumentó el gus- 
to fué salirle al encuentro muchos españo- 
les y españolas captivas que trahian los 
caciques y se los offi*ecian, dándoles hbe- 



IIIBTOUIA DE CHILE. 



175 



raímente y sin pedir precio del rescate la 
libertad deseada y hazicndole redemptor 
de tantos captivos, que alegres de verse 
entre christianos llamaban al Marques su 
redemptor, su padre y su Moisés que los 
avia sacado de las tierras y poder de 
Pliaraon. No podia el Marques contener 
las lagrimas de gozo de ver tanto captivo 
redimido y tantos españoles y españolas 
en tan misero estado y desnudos, vestidos 
solo con una camiseta, descalzos de pie y 
pierna y descubiertas las cabezas, y daba 
por bien empleada su venida al Reyno y 
todos sus tmbaxos por premiados con ha- 
zer a Dios y poderle ofFrezer un servicio 
tan agi'adable como ser causa de la liber- 
tad de tantos captivos. Salieron de el cap- 
tiverio Do» Pedi-o de Soto, persona prin- 
cipal que desde pequeño le captivaron en 
Valdivia y con su muger vivió siempre en 
tierra de el enemigo, que fue una señora 
noble llamada Doña Anua de Santander, 
y como no avia cura con quien casarse, hi- 
zieron entre sí sus conciertos y matrimonio 
clandestino, de que tubieron muchos hijos 
lejitimos, blancos y rubios, sin saber la 
lengua española ni tener mas que algunas 
luces confusas de las cosas de Dios. 

Salió también a rccevir al camino al 
Marques el cacique Caniuñancu con cin- 
cuenta indios y ofFrecióles un español cap- 
tivo antiguo llamado Rodrigo de Cuevas, 
y a Doña Gerónima Carlos, a Doña Ma- 
riana de Soto y a Doña María de Santan- 
der. El cacique Cien taro, de Boroa, traxo 
también ocho españolas cai)tivas al Go- 
bernador, embiado de Chicaguala; a Don 
Lope de Inistrosa, hiyo de Don Gregorio 
de Inistrosa, de quien digimos arriba que 
le captivaron niño y después que salió de 
Captiverio fué Gobernador de el Para- 



guay; y a Doña Aldonsa de Castro y 
Aguilera, madre de Don Antonio Chica- 
guala, que niña la cai)tivaron y por ser 
persona tan noble se abian hecho muchas 
diligencias paia sacarla de captiverio, sin 
averio podido conseguir, y ahora la embió 
su hixo Cliicaguala a que viviessc entre 
los españoles y se la presentó al Aíarques 
por triunfo de sus rescates para que pudie- 
sse gloriarsse que con la paz avia alcanza- 
do lo que ningún gobernador avia podido 
conseguir con la guerra (l). 

Hizo el Marques reseña de su gente en 
el camino y halló mil y trescientos solda- 
dos españoles, y novecientos y cuarenta 
indios, que hazian todos un copioso y luci- 
do exército. Y dizióndole el Maestro de 
campo Alfonso de Villanueva Soberal, 
hombre prudente y que sabia el senti- 
miento que hazian los indios, de que los 
llevassen como presos con el campo, que 
los dexasse ir adelante a prevenir su gente 
para juntarse en Quillin y hiziesse con- 
fianza de ellos, poique se daban por muy 
sentidos, le ordenó el Marques que fuesse 
en persona y les digese a los caciques que 
ninguno se apartasse de allí, y que si que- 
rían embiar a prevenir algo, que embia- 
ssen sus soldados y indios ordinarios; y lle- 
gándoselo a notificar el Maestro de campo 
a los caciques, oyendo esto Liencum, in- 
dio altivo y mal sufrido, juzgando que se 
tenia poca confianza de él y de su buen 
trato, teniéndolo por agravio, echó mano 
a un alfange, haziendo ademan de que- 
icr matar al Maestro de campo, aunque se 
perdiese todo lo trabaxado; mas el Sar- 
gento Alayor Pedro Ramirez Zabala, con 
prudentes ríizones, le ataxó y satisfizo, di- 
ciéndole que no mandaba el Marques que 
él y los demás caciques quedasen presos 



(1) Estos entroncamientos son el orijen de los hcrmojos indios lioroauos, que existen todavía, con físonomíaa 
aguileñas i en ocasiones con ojos azules i pelo rubio. 



176 



DIEGO DE ROSALES. 



ni los detenia por desconfianzas, sino por 
valerse de su consexo y llevarlos por guias 
de su camino. Y tomando la mano el ca- 
cique Clantaro, afeó el atrebimiento al 
otro cacique y dixo que alli avian venido 
a dar la obediencia al Marques, y que pues 
estaban sugetos a su voluntad, hiziesse de 
ellos lo que gustasse; que si los detenia 
para consegeros era honra muy grande, y 
si por sospechosos mayor fabor, porque 
presto se desengañaría y estimaría mas su 
lealtad y las finezas con que le servian. 

Como llobia gente al camino a ver al 
Marques, le llegaron mensageros y caci- 
ques de la Imperial con cartas de el Ca- 
pitán Francisco de Almendras, que desde 
el alzamiento general estaba captivo y le 
cogieron mancebo en Valdivia y se crió 
entre los indios, y para buscar la vida y 
tener cabida, se dio a herrero, con que ga- 
nó mucho y tubo muchas mugeres, como 
los indios, y gran numero de hixos y nie- 
tos. Este español sabia leer y escríbir muy 
bien^ y desde la Imperial escribia siempre 
a los gobernadores dándoles muy buenos 
avisos y noticia de lo que pasaba en tie- 
rra de el enemigo con muy buen zelo y 
fidelidad; y ahora escribió al Marques có- 
mo todos los caciques de toda la tierra y 
particularmente los de la Imperial, donde 
él estaba, le iban a ver, gozosos de su veni- 
da y con deseos de hazer unas pazes fir- 
mes y estables; que no tubiesen recelo, 
que sus corazones están muy conformes y 
unidos para dar la paz y pereeverar en 
ella, que mucho ha lo deseaban, y no avia 
faltado por los indios^ sino por los espa- 
ñoles, que no se la avian querido admitir, 
causando tantas muertes y daños en la 
guerra. 

Vino también Gaspar Alvarez, español, 
que aviándose huido de el tercio de Arau- 
co, donde era soldado, siendo mozo y de 
poca esperíencia, arrepentido de su desor- 



denada fuga y infame hecho, le quiso do- 
rar con hablar a los caciques en favor de 
los christianos, aficionándolos a su amistad 
y a que diesen la paz; y como este espa- 
ñol so ubiesse aplicado a sombrerero, ofi- 
cio que no avia entre los indios y por el 
qual le estimaban mucho, y con el oficio 
ubiesse ganado hazieüda y adquirido mu- 
chas mugeres; como los indios le respeta- 
ban mucho y tenia con ellos grande autori- 
dad, y príncipalmente por saber leer y es- 
cribir, que avia sido estudiante y colegial en 
Quito, y por su medio escribian los caci- 
ques y trataban los rescates y cosas de im- * 
portancia quando eran enemigos, y en esta 
ocasión de las pazes le oyeron todos muy 
bien y él escribió varias vezes lo que se 
trataba, correspondiéndose con el Marques, 
y quando le salió a ver al camino recivió 
mucho gusto de verle y le perdonó todo lo 
pasado, agradeciéndole lo niucho que avia 
trabaxado en aficionar los indios a la paz, 
dio por nueva cómo ya venian a tropas 
a juntarse en Quillin indios y indias, has- 
ta las viexas y niños, por ver al Marques, 
y que todos tenian muy buen descorde 
estar de paz y no faltar a ella por ningún 
acontecimiento. Marchaba con esto el exér- 
cito muy contento y deseoso de ver un 
dia tan alegre como el que esperaban 
viendo a toda la tierra de paz. 

Quando llegó el exército al hermoso y 
dilatado valle de Quillin, vio coronados 
todos los montes que le rodeaban de in- 
dios que festivos y vestidos de dififerentes 
colores parecian guirnalda de los montes 
y primavera de los campos. Y con ser a 
seis de Enero y la fuer/a de el estío, 
el valle con lo florído de el exército espa- 
ñol parecia un jardin ameno. Fué dia ale- 
gre para todos, assi españoles como indios, 
que admirados de ver tanto lucimiento de 
armas, tanto numero de soldados y indios 
amigos, y que ya aquellas armas que an- 



HISTORIA DE CHILE. 



177 



tes miraban con terror y para su destruc- 
ción, ya las admiiaban con gusto para su 
amparo y defensa. No se podian conte- 
ner sin ir a dar de tropel la bien venida 
al Marques y los parabienes a los espa- 
ñoles y indios amigos, abrazándose todos 
como si ubieran sido grandes amigos toda 
la vida. Aloxóse el campo con el concier- 
to que suele y esta vez en forma de coro- 
na, dexando una gran plaza en medio para 
hazer el parlamento. Aloxáronse a los cos- 
tados los amigos antiguos con la cerca 
ordinaria de empalizada y los amigos nue- 
vos se fueron a sus aloxamientos, derra- 
mándose por aquella campaña y quebra- 
das cercanas para volver el dia siguiente, 
en que se cantó una misa con gran solem- 
nidad, pidiendo a Dios el buen suceso de 
las pazes. Confesaron y comulgaron muchos, 
que el Padre Francisco de Vargas de la 
Compañia de Jesús, confesor de el Mar- 
ques, y su compañero (1) exortaron al 
exército a obligar a Dios con oraciones, 
confesiones y buenas obras para el buen fin 
de aquellas pazes, y con el deseo de la 
conversión de aquellos infieles, como mi- 



sioneros apostólicos, confirmaban al Mar- 
ques en el buen propósito de recevirlas y 
le ayudaban mucho a agasaxar a los in- 
dios y traherlos a la paz. 

Quando fué hora de juntarse, hizieron 
señas los clarines y las caxas, y cogiendo 
las centinelas las eminencias de los mon- 
tes y la caballeria los costados, hizo la 
infantería un esquadron, assi para la segu- 
ridad como para ostentar las armas. Púso- 
se el Marques armado de punta en blanco 
en la plaza que estaba hecha en medio de el 
quartel, acompañado de los capitanes re- 
formados, y por el un costado vinieron loa 
indios que de nuevo daban la paz, en nu- 
mero de ciento y setenta caciques y mas de 
dos mil indios de lanza, todos sin armas y 
con ramos de canelo en las manos en lugar 
de lanzas, en señal de paz, y por el otro 
costado entraron los indios amigos, y salu- 
dándose los unos a los otros y abrazándo- 
se con sumo contento por verse ya amigos 
los de una sangre y que antes se la que- 
rían beber los unos a los otros, sentáron- 
se por su orden y comenzaron los parla- 
mentos. 



(I) Este compañero tan modestamente aludido es el mismo Rosales. 



CAPITULO VIL 



Razonamiento de el Marques de Baydes a los indios para 
el asiento de las pazes y los parlamentos que hizieron 
los caciques que las dieron, y Catumalo exhortándolos 
a la firmeza de ellas. 



Razonamiento de el Marques a los caciíjncs. — T^ piedad de el Rey, qne no les ha querido mal aunque han. hecho 
guerra. — Que los ha procurado rcduzir por medios suaves, y por averse empeorado ha usado del rigor. — Que 
se sugeten a Dios y a la justicia. — Que el Rey no los (juiere acabar sino conservar para que sean christianos. 
— £1 fin de las conquistas o o es oro, plata ni liazienda, sino la salvación de sus almas. — Que se tengan lás- 
tima a sí y a sus hixos y haziendas. — El gusto de todos fué grande de oir al Marques. — Offrecen sus tierras 
y sus personas. — Esta es mayor victoria rendir voluntades sin armas. — Que no les faltaba gente con que 
hazer la guerra. — Que quisiera que fueran mas para tener mas que ofrezer. — Que hasta aqui se han unido 
solo en hazer guerra, y ahora en dar la paz. — Que no oyga chismes contra ellos. — Que no son tan irracio- 
nales que no conozcan su bien. — Si todos loa Gobernadores ubieran sido nssi, otra eatubiera la tierra. — Ya 
correrán las fuentes aguas cristalinas, no ensangrentadas. — Que les dé buenos ministros y buenos curas. — 
Que los agraWos los levantaron y endurecieron. — Partes de Butapichon y su razonamiento como general de 
la guerra. — Que estime el Marques la victoria que oy alcanza sin armas. — Que no dan la paz por necesidad 
ni falta de poder. — Que muy bien les iba con el pillage de la guerra. — Qne buenos testigos tienen de la 
sangre derramada y de los cueros de españoles. — Que las Cangregeras con sus vocas publican sus victorias. — 
Que el capoton de Don Francisco Lazo y la cruz roxi dirán su valor. — Que todas estas victorias le levan- 
taron a las estrellas y quiso lev.intarse con ellas. — Que esto levanta al Marques sobre las estrellas, pues le 
pone sobre todas ellas. — Habla Llancagueno por los caciques y republicanos amigos. — Habla Catumalo por 
los soldados y responde a las arrogancias de Butapichon. — Dízcles que los ha echado de sus tierras. — Qne 
no los ha dexado a sol ni a sombra, ni dormir con sosiego ni en sus casas. — Que le soñaban que ni perros ni 
gallos tenian porque no les descubriessen. — Que agradezcan al Marques que los admitan a la paz y les dé sus 
tierras. — Que traten verdad, que bien se conocen nnos u otros las mañas. 



Quiso el Marques ser el primero £\\ dar 
la bien venida a los caciques y en hablar- 
los para afirmarlos en la fce y lealtad 
que debian a su Magestad, y assi, por me- 
dio de el capitán Miguel de Ibanzos, len- 
gua general, los habló de esta manera: 
"Caciques nobles, Toquis generales, sol- 
dados valientes, que con tanto esfuerzo y 
valor avcis sustentado tantos años la gue- 
rra, consumiendo en vano vuestras hazien- 
das, acabándoos los unos a los otros y 
menoscabando vuestras familias con porfía 
y sin fruto, huyendo de vuestro bien, ce- 
rrando los ojos a la luz de vuestras almas 



y neg«ando la obediencia a Dios y a la 
Iglesia y a vuestro Rey y Señor, que 
como a hijos y vasallos queridos os ama y 
con piedad de padre y señor os desea todo 
bien: Sabed que me ha embiado a esta 
tierra a que como ovejas perdidas os bus- 
que, como errados os endereze, y como a 
ciegos os alumbre, para que conozcáis vues- 
tro bien temporal y espiritual. Es nuestro 
Rey y vuestro tan piadoso que os perdo- 
na generalmente todos los yerros, y fácil 
y suave os condona todos los delitos que 
contra su Real Magestad aveis cometido, 
que como está en lugar de Dios, obra como 



HISTORIA DE CHILE!. 



179 



el }* tiene sus mismas eutranas, rccivien- 
do al liijo pródigo con los brazos abiertos 
y le perdona lo pasado. Enemigos aveis 
sido üxntos años y en nuestro Rey no ha 
reinado el odio, sino que siempre lian lu- 
cido en él la lástima 3' la compasión a 
vuestros desvarios y ceguedades: que si 
os lian lieclio guerra sus armas no lia sido 
con otro fin que por reduciros al camino 
verdadero y por conseguir la paz y el 
bien de vuestras almas, y como por los 
medios suaves que tantas vezes os ha pro- 
puesto os aveis hecho mas altivos y sober- 
bias, le ha sido forzoso, bien contra su 
voluntad, nsar de el rigor para sugetaros a 
su obediencia tan debida. Su deseo ha 
sido siempre vuestra conservación, vuestra 
quietud y vuestro aumento, y para esto ha 
hecho inmensos gastos, y todo lo despre- 
ciastes, sospechosos de nuestro buen trato, 
y debiendo escoger el vivir quietos en 
vuestras tierms, suíretos a Dios v su Iirle- 
sia, amparados de las armas y de la justi- 
cia Real, injustamente tomasteis las ar- 
mas y pretendisteis acabar a los españoles 
y echarlos de vuestras tierras: intento 
vano y como aveis visto sin fruto, porque 
acabar el poder tan glande de un Rey 
como el de nuestro monarca Filipo, es 
pret<índer en vano agotar las aguas de el 
mar, quando su poder se extiende por todo 
el orbe v sus excrcitos victoriosos domi- 
na'n todas las naciones. Y si el Rey ubie- 
ra querido consumiros y acabaros, ya lo 
ubiera hecho, pero no es esse su deseo, 
sino el reduciros a la paz y quietud, usan- 
do ya de medios suaves y de amor, ya de 
rigurosos y de • temor, para traheros al 
conocimiento de vuestro bien y de el ver- 
dadero Dios. 

Este es el fin de sus conquistas, este 
el deseo de su zeloso pecho, que conoz- 
cáis al Criador de el cielo y tien-a que 
crió al hombre a su imagen y semexan- 



za para que sirviéndole a el, que debe 
ser servido, v no a los dioses falsos ni al 
Pillan mentiroso, y guardando su ley, (pie 
es suave, y el camino real de el cielo, con- 
sigáis la bienaventuranza; y como nuestro 
Rey ama tanto a sus vasallos, les desea 
su mayor bien, y ninguno ay mayor que 
el que vayan a gozar de Dios después de 
esta vida. Y a vosotros, que os ama como 
a hixos y vasallos suyos, os desea el mis- 
mo bien y le solicita embiándoos sacerdo- 
tes que os enseñen y encaminen para el 
cielo, y españoles que os conserven y 
guarden en paz y en justicia. No pretende 
el Rey ni quiere vuestros hijos, vuestras 
mugeres, vuestras haziendas, vuestro oro. 
Su principal deseo y su primer motivo en 
las conquistas de las Indias y de estas 
provincias, es la salvación de vuestras al- 
mas, vuestro aumento y quietud, pues sois 
hombres racionales y conocéis el bien y 
el mal, y el discurso natural y la expe- 
riencia os le ha dado a conozer: dexad de 
veras y de todo corazón vuestra porfa, 
vuestras traiciones y dobleces. Tened lás- 
tima a vuestras almas, a vuestras vidas y 
a vuestra libertad; hazeos christianos y ten- 
gamos un corazón y una fee: que menos 
de que lo seáis no podemos tener unión ver- 
dadera, poique no ay unión entre las na- 
ciones si no es por la religión, y lo que 
las divide es la diveraidad de la creencia y 
adoi ación. Tened lástima a vuestros hixos, 
que cada dia os los quita el furor de la gue- 
rra de los pechos de sus madres; compa- 
deceos de vuestras mugeres, que os las lle- 
ban a tierras estrañas y las venden por 
esclavas; mirad por vuestros soldados, que 
muert^ en la campaña son pastos de las 
fieras y alimento de las aves. Aumentad 
vuestros ganados y no deis de comer con 
ellos al enemigo; lograd el trabaxo de las 
sementeras, que mexor que las coma quien 
con sudor las hace que no que se las coma 



180 



DIEGO DE ROSALES. 



el fuego, que las consume sin provecho: que 
en mí tendréis padre que os ama, gober- 
nador que os ampare y amigo que os aga- 
sage, y para estos offrezco mi persona, mi 
asistencia, mi vida, hazienda y estado." 
Fué tan grande el aplauso, las aclama- 
ciones y muestras de agradecimientos a 
tan suaves, discretas y efficaces razones 
que les dixo el Marques, que en las voces, 
en los ojos y en las demostraciones se vio 
quán unánimes y conformes las abrazaban 
y se offrecian todos de paz, humildes a su 
obediencia y sugetos a sus mandatos. Para 
responder al razonamiento de el Marques 
eligieron todos los caciques al toqui gene- 
ral y cacique Liencura, que por su nobleza 
y elocuencia fué preferido a todos, y con- 
firiendo los puntos de su razonamiento con 
los caciques, tomando en la mano el cane- 
lo y las flechas, ceremonia suya, habló de 
esta manera: *'Gran señor y Gobernador 
nuestro. Maestro de campo, Sargento Ma- 
yor, capitanes, soldados, lucido exército, 
caciques y toquis generales (que este es su 
modo de comenzar los razonamientos, sa- 
ludando y nombrando a todos); invictos 
españoles que con vuestra presencia enno- 
blecéis nuestras tierras: no las miréis ya co- 
mo nuestras sino como vuestras, que si has- 
ta aqui las hemos defendido con porfia, ya 
os las franqueamos con agrado; bien podéis 
entrar y salir por ellas con la seguridad 
que por vuestras casas, que ya los caminos 
y espesas montañas que hasta aqui estaban 
cerradas las hemos avierto para vuestro 
passage, y no solo os rendimos las tierras, 
sino también las armas, las personas y las 
voluntades, para que unidos con una fe y 
con una religión sirvamos todos a un Dios 
y a un' Rey. Esta victoria es tuya, Gober- 
nador, grandc'^en el nombre y en los he- 
chos,^pues con tu agrado y amor has con- 
seguido lo que no ubieras alcanzado con 
las armas y el rigor, porque aunque con 



ellas pudieras matar' algunos, fuera tam- 
bién a costa de los tuyos, y no con esas 
muertes ganaras tantas vidas como aqui 
tienes rendidas a tu obedÍ3ncia, que según 
iba reinando en nosotros la porfia, enton- 
ces quedara la tierra de paz quando no 
quedara ninguno, que una viexa sola que 
quedasse os avia de hazer mucha guerra, 
y no estábamos tan destituidos de sóida- 
dos, que aunque no tenemos como vosoiros 
los españoles soldados de fuera, nos so- 
bra gente para vosotros, que aunque sois 
muchos, no pasáis de dos o tres mil, y yo 
puedo juntar a mi obediencia veinte mil 
lanzas y flechas; pero muchas mas quisiera 
oy que fueran para tener mas que ofrezer 
a la obediencia de el Rey. Todas te las 
offrezco, o gran Gobernador, sin muchos 
mozos que no toman armas, labradores que 
cultivan la tierra y viexos que sirven de 
consegeros. No desprecies el don por pe- 
queño, que aunque lo es en mi estimación, 
lo es grande por el amor y la voluntad con 
que todos unidos nos rendimos a tu ser- 
vicio. 

Y ^no es- lo de menos estimación la 
unión de las voluntades, que siendo assi 
que no tenemos cabeza ni unión entre noso- 
tros, sino que cada uno gobierna y se go- 
bierna por su gusto, en una cosa hemos 
tenido siempre unión y conformidad, que 
es en ser contra los españoles y hazerles 
sangrienta guerra, y como nos unia antes 
el odio y la mala voluntad, oy nos une el 
amor y tu benevolencia. No des lugar a 
recelos ni oigas chismes contra nosotros, 
que siempre pasan palabras que crian ma- 
la sangre o por queremos mal o por el mal 
concepto que ya tienen de nuestra lealtad, 
y aun entre nosotros reina la envidia y la 
emulación, y el indio valadi y que no pue- 
de vengarse, levanta un testimonio, ven- 
gando con la lengua lo que no puede con 
las manos, y si te recelas de nuestra fe, 



HISTORIA DB CHILE. 



181 



fácilmente creerás al que te digere que nos 
queremos alzar, y tus españoles y indios 
amigos, que en las malocas tienen sus pro- 
vechos y en los esclavos sus intereses, por- 
que vuelva la guerra creerán luego lo que 
desean. Ten por cierto que antes el rio 
correrá fuego en vez de agua y el fuego 
enfriará como si fuera nievo, que faltemos 
a la fe prometida: que no somos tan irra- 
cionales que no conozcamos el bien que 
nos bazes y lo que ganamos en la amistad 
con los españoles quando con templanza 
se quieren servir de nosotros y con su 
acostumbrada nobleza nos tratan. Los ri- 
gores de los antiguos nos hizieron crueles; 
sus malos tratamientos nos hizieron bravos; 
su dureza nos hizo obstinados. Oh! si to- 
dos los gobernadores y todos los españoles 
ubieran sido como tú, qué floreciente estu- 
biera esta tierral qué mansos nos ubiéramos 
conservado! quánto se ubiera aumentado 
la religión y quánto ubieran aumentado 
los españoles sus caudales! Ya desde aho- 
ra con tu vista volverán a reverdecer los 
campos, a florecer los prados, a correr cris- 
talinos los arroyos y diáfanas las fuentes. 
Agostados estaban hasta aqui los campos 
con tanta sangre vertida; vermexas corrían 
las aguas y ensangrentadas las fuentes. 
Danos buenos ministros que nos gobiernen, 
no que nos opriman en trabaxos y nos su- 
geten a encomenderos y sobre la tasa y la 
tarea nos trasquilen y azoten. Embíanos 
buenos curas y doctrineros, no como los 
pasados de quienes recibimos tantos agra- 
vios y malos exemplos. No nos obligues a 
sacar oro, que él ha sido la causa de los 
malos tratamientos y por consiguiente de 
los levantamientos, que por huir de estas 
cosas nos arroxamos desesperadamente a 
los peligros, teniendo por menor mal el 
morir de una vez desesperando que pasar 
tantas muertes viviendo." 

Aviendo hablado Liencura, Toqui genc- 

HlSt; DB CtílL. — ^T. 111. 



ral, de parte de los caciques y republica- 
nos, tomó el canelo Butapichon, gran sol- 
dado, y habló de parte de la milicia como 
capitán general que era en la guerra y el 
indio de mas valor y ardides en la guerra. 
Su cuerpo era de mediana estatura, robus- 
to, moreno de rostro y feroz en su aspec- 
to, arrogante en las acciones y iracundo en 
el obrar, natural de Angol, noble por su 
ascendencia y estimado por su lanza, el 
qual habló de esta manera: "No estimes 
en poco, o grande Gobernador! el triunfo 
de oy y el sugetar tantos chilenos sin ar- 
mas quando muchas armas no han sido 
poderosas para sugetarlos, ni pienses que 
el miedo o el temor nos obliga a rendirnos 
a ti o a tus soldados, que bien saben, co- 
mo experimentados en la guerra, las vczes 
que nos hemos encontrado y cómo la for- 
tuna nos ha dado tantas victorias que nos 
pudieran animar a conseguir otras muchas. 
El amor a tu persona y el deseo de no de- 
rramar tanta sangi*e nos sugeta con mayor 
violencia. Con la guerra vive el soldado, 
con ella adquiere nombre y fama y con el 
pillage hazienda, y a los que lo somos no 
nos estubiera mal la guerra, que como tus 
soldados la han apetecido los nuestros la 
han deseado, que con ella hemos sido se- 
ñores de vuestras armas, caballos, petos, 
espaldares, morriones, espadas anchas, y 
en vuestras estancias y casas hallábamos 
los ganados, ovexas, bacas, yeguas, muías, 
hierro, plata, ropa; mugeres en las espa- 
ñolas y criados en vuestros soldados y es- 
tancieros, hartando en abundancia nuestra 
codicia y supliendo superabundantemente 
nuestra pobreza, y si nos sujetábades a 
vuestra servidumbre, al cabo del año sa- 
liamos desquitados, sirviéndonos de los que 
os captivábamos, y si derramastes mucha 
sangre nuestra, no es poca la que vuestra 
vermegca por esos campos. Montones de 
güesos están por esas quebradas blanípiean- 

12 



182 



DIEGO DE ROSALES. 



do sin sepultura; calabeitis tenemos en 
abundancia con que beber en nuestras bo- 
rracheras de gobernadores, capitanes y 
soldados valientes. Bien lo saben todos y 
bien lo pueden dezir estas plantas mudas 
de Quillin cómo se fertilizaron y corrieron 
sus aiToyos sangre de la que derramé en 
el campo español. Bien puede dezir el 
Maestro de campo Juan Fernandez Rebo- 
lledo, honor de esta guerra, cómo su dicha 
le libró de mis manos con hartas heridas. 
Bien a su costa lo experimentó el fuoite 
de el Nacimiento, que reducido a un es- 
trecho cubo deshizo en pabesas sus pabe- 
sadas. Experiencia tiene de mi lanza Qui- 
nel, pues vio asolada a mi valor y industria 
su ranchería y bodegas, y quando el campo 
español, orgulloso, quiso hazer oposición a 
mi A'alentia, teñí en sangre las aguas de el 
río de la Laxa. Vocas abren las Canc^re- 
geras hasta ahora para publicar mi fama 
y recebir sedientas la sangre de los espa- 
ñoles que las debia beber degollando mas 
de ciento. Memorias degc en Chillan, es- 
culpidas en el marmol de sus columnas, 
quando victorioso di a conocer mi valor a 
Don Christóval Osorio, y por eternidades 
dura pendiente en el templo de mi fama 
el capoton con la cruz roxa que quité al 
invicto Don Francisco Lazo, mas roxa por 
la sangre que de sus españoles derramé 
aquel dia que por la grana que la tiñe. 
Memorable es la victoria de Piculue por 
un Maestro de campo, tantos capitanes y 
soldados como alli dexé muertos para 
triunfo de mis glorias, y los demás dexé 
vivos para pregoneros de mi valor. Dexo 
otras muchas victorias que amontonadas 
unas sobre otras de suerte me lebantaron 
que me quise alzar con ese estrellado cie- 
lo. No he referido mis hazañas por jac- 
tancia propia sino por sublimar tu victoria, 
o gi-an Marques! pues oy tienes rendidos 
a tus pies los que conmigo han hecho tan 



gallarda oposición a los españoles: con que 
puedes lebantarte sobre las estrellas, pues 
tantas AÍctorias me colocaron en ellas y tú 
te levantas sobre todas. Vivas en los ecos 
de la fama, en la eternidad de los bronces 
y en la perpetuidad de los marmoles, pues 
A'enciste con tu amor y agasaxos a los que 
alcanzaron tantas victorias con las armas." 
Aviendo razonado de parte de los nue- 
vos amigos que daban la paz los dos ca- 
ciques, Liencura y Butapichon, uno de 
parte de los caciques republicanos y otro 
de parte de los generales, capitanes y sol- 
dados gueiTeros, que son las dos partes de 
que se compone este cuerpo, se lebantaron 
otros dos de parte de nuestros amigos an- 
tiguos a responderles con la misma elo- 
cuencia y no menor arrogancia. El uno fué 
el anciano cacique y toqui general de San 
Christóval, Llancagueno, fiel amigo de los 
españoles y gran republicano, que respon- 
dió a los caciques y los exortó a perseve- 
rar en la amistad de los españoles, ponde- 
rándoles con elegantes palabras quán bien 
les estaba y quán hallados estaban él y 
los suyos con su amistad, y quán bien 
les iba con su trato y comunicación, es- 
pecialmente gozando de el bien de ser 
chrístianos y tener padres que les doctri- 
nassen y baptizassen sus hixos. El segun- 
do que habló de parte de los capitanes 
y soldados amigos fué el valeroso general 
Catumalo, indio semcxante en el talle a 
Butapichon, y con barba los dos, entre 
tanta multitud que estaban sin cllas^ por- 
que solos por valientes las trahian, pero 
superior sin duda Catumalo a Butapi- 
chon en las trazas y ardides de guerra y 
que en los hechos y victorias le hazia ven- 
taxas. Y assi, respondiendo al arrogante 
razonamiento de Butapichon, le refirió las 
victorias que de él y de los suyos avian 
alcanzado los españoles por sus trazas y 
con su ayuda; cómo los avia echado de sus 



HISTORIA DE CHILE. 



183 



tierras, retirándolos a las agen as, hasta la 
Imperial, reduciéndolos a hambre y des- 
nudez, a esclavitud perpetua, y puéstolos 
en tanto aprieto que apenas vian el sol 
por escondidos en las espesuras de las 
montañas; que bien sabian que ni aun pe- 
rros se atrcbian a tener porque no les 
descubriesscn con sus ladridos, y que ya 
no consentían gallos en sus tierras porque 
por el canto del gallo no conociessen sus 
guaridas y los sacasen de ellas; que de 
dormir al agua tenian podridos los vestidos 
y los pellexos de sus camas, no teniendo 
seguridad en sus casas, y que aun metidos 
en los montes no tenian hora de sosiego, 
porque al menearse con el viento las ojas 
de los arboles se inquietaban, diziendo: 
"Catumalo viene con los españoles y a su 
venida tiemblan estos montes y se menean 
las ojas de los arboles;" que se acordassen 
quántas vezes se avian levantado del sue- 
ño sobresaltados soñando con él, y que 
para dar a entender que un perro era bra- 
vo y un toro feroz, le llamaban Catumalo. 
Y que pues se vian tan arrastrados, tan 
arrinconados y consumidos, estimassen el 



fabor de el Marques y supiessen conocer, 
y le agradeciessen a él y a sus soldados 
que los recibiessen en el numero de los 
amigos de españoles y estimasen el darles 
sus tierras, que a fuerza de armas se las 
avian quitado y echado de ellas, y que 
gozassen en hora buena de la amenidad de 
los valles, de la fertilidad de sus campos, 
de la dulzura de sus fuentes y abundancia 
de cristales de sus rios. Que mirasscn do 
aqui adelante al sol de lleno, que durmie- 
ssen sin sobresalto, que f uessen fieles a su 
palabra y no usasen de los debieses" y arti- 
ficios que hasta aqui; que bien se cono- 
cian los unos a los otros, y que mirasscn 
no tubiessen en adelante mas que un co- 
razón y una lengua; que bien sabian sus 
artes y sus mañas, y que eran hombres de 
dos corazones y de dos lenguas, que con 
una hablaban entre sí y con otra al espa- 
ñol, y siempre discordaba la lengua con lo 
que sentia el corazón; que si no eran los 
que debian, ellos los volverían a echar de 
la tierra, y como cuña de el mismo palo 
los apretarían de suerte que no volviessen 
otra vez a semexantes ficciones. 



4«»«» 



CAPÍTULO VIH. 



Propóneles el Marques las capitulaciones de las pazes y 
pídeles rehenes; dénselas, y sacrifican ovejas con sus 
acostumbradas ceremonias para jurar la paz. Dan mu- 
chos captivos sin rescate, y pasa el Marques a la Impe- 
rial y traslada los guesos de el primer Obispo de la 
Concepción. 



Condiciones de la paz. — Da un buen arbitrio Catumalo al Marques: que den reenes los caciques, porque sn 
natural es mentiroso, y danlos. — Matan ovejas a los gUespedes los señores de la tierra y una al Marques. — 
Significan con el corazón de la ovexa que todos han de ser de un corazón y que han de estar unidos como las 
ojas de el canelo a su rama. — Reparten el corazón y la ovexa entre todos a pedacitos, y los que alcapzan 
cualquier pedazo quedan obligados a hazer un cuerpo y ser de un corazón. — Dieron al Marques el corazón 
para que pasasse de mano en mano, para la unión de un corazón. — Entierran los instrumentos de guerra y. 
sobre ellos un canelo, para que la guerra muera y floresca la paz. — Danle camarico al Marques y él les da 
muchos dones. — Dales vacas el Marques y admiran el verlas matar de un valazo. — Tratan y contratan con 
gran familiaridad con los españoles. ~ Danle la paz en Cholchol los caciques de Valdivia, Osomo y la 
Imperial. — Danle sin paga ciento y siete captivos españoles y indios. — Veese cuanto mas se obraba con la 
paz que se conseguia con la guerra. — Viste el Marques a los captivos. — Sale de captiverio el capitán 
Francisco de Almendras. — Confiesa y comulga con muchas lágrimas y cásasse con una muger y dexa las 
otras. — Dizen misa en la Imperial. — Piden que pueblen en la Imperial y les dé Padres. — Baptizan un hijo 
de un cacique y es padrino el Marques. — Traslada los güesos del Obispo Don Agustin de Cisneros a la 
Concepción. 



Satisfecho el Marques y todo el exér- 
cito del buen ánimo de que daban la paz, 
y conocido su rendimiento, con aprobación 
de los amigos antiguos, con grandes mues- 
tras de amor y benevolencia de entram- 
bas partes, les mandó notificar el Marques 
por medio de el lengua general las condi- 
ciones que avian de guardar como fieles 
vasallos de su Magestad, que son las si- 
guientes: Primera, que todos los caciques 
e indios retirados han de salir de los mon- 
tes donde se hazian fuertes y poblar los 
llanos y los valles donde vivan en vida 
política y no como salvages en las selvas. 
La segunda, que todos los caciques han 



de obligar a todos los indios retirados la 
tierra adentro a que se vuelvan a sus tie- 
rras antiguas de sus padres y antepasados 
con sus familias y ganados, sin que los 
pueda detener pariente ni otra comodidad, 
y los que de sus tierras se quisieren venir 
a poblar a las de los españoles o indios ami- 
gos, se les h'a de dexar a su voluntad, con 
sus mugeres, hixos y haziendas. La tercera, 
que todos han de tomar las armas contra 
los rebeldes a las armas de su Magestad, 
siendo enemigos de sus enemigos, sin re- 
parar en sangre ni en parientes. La cuar- 
ta, que los retirados de nuestras tierras a 
las de el enemigo, se han de reduzir este 



HISTORIA DE CHILE. 



185 



año de 41 luego que ubieren cogido sus 
sementeras. La quinta, que han de ser 
obligados a entregar todos los captivos, 
hombres y mugeres, niños y viexos, assi 
españoles como indios christianos, de los 
quales, aunque injusto, se obliga el Mar- 
ques a pagar el rescate de su hazienda. 
La sesta, que han de admitir predicado- 
res j ministros de el Evangelio para que 
los prediquen y industrien en el conoci- 
miento de el verdadero Dios. Todo lo qual 
se ha de cumplir y executar con aperce- 
yimiento de que los toquis, caciques e in- 
dios nobles ni plebeyos han de reiterar los 
alzamientos ni retirarse a los enemigos, 
pena de que serán declai*ados por traido- 
res y tratados como tales. 

Oidas las capitulaciones, se lebantaron 
todos en pie y digeron que las obedecian 
y cumplirían al pie de la letra con toda 
puntualidad, agradeciendo al Marques que 
lea diesse sus tierras y sacerdotes y que 
los sacasse como a fieras de los montes. 
4^qui el astuto y prudente Gobernador de 
las reducciones de Arauco, Catumalo, dixo 
al Marques y a los nuevos amigos: 

"Señor: aunque no debemos tener des- 
confianza de caciques tan principales y que 
de su voluntad se ofrezen al servicio de su 
Magestad y al cumplimiento de lo capitu- 
lado, pero perdonadme, caciques y amigos, 
que como todos somos unos, nos conocemos 
las mañas y los tratos y somos fáciles en 
prometer y difíciles en cumplir, y por lo 
que tenemos de indios, somos inconstantes 
y dobles de corazón, quanto los españoles 
son firmes y sinceros en su trato, y por 
eso fáciles de engañar, porque juzgan que 
como ellos nunca engañan y tratan verdad, 
no ay quien los engañe en los conciertos 
ni quien les mienta, y el trato del indio 
es tal que siempre Ueba la mira a enga- 
ñar y se ríe de el español, porque le cree 
quanto dize, y para que no vamos con 



esta espina y este rezelo de que vosotros 
nos queréis engañar y que hemos sido fá- 
ciles en creer, dadnos reenes para el 
cumplimiento de estas capitulaciones y 
entregad vuestros hixos o parícntes al 
Marques, que él los tendrá con el agasaxo 
que aveis experímentado." 

Agradeció el Marques el arbitrío y los 
caciques digeron que con mucho gusto de- 
xarían sus hixos al Marques, que al buen 
pagador no le duelen prendas, y que a no 
aver de ser ellos los exccutores de sus or- 
denes, ellos se quedaran en reenes por go- 
zar del interés de los f abores y regalos de el 
Marques, y luego dio Lincopichon a su hixo 
Cheuquenecul, Chicaguala a su hermano 
Don Pedro Tangolab, Anganamon de Pai- 
cabi dio a su hixo Curimilla. De la Impe- 
rial y Tolten dieron a Llancarere y Mi- 
Uapichum, y assi de todas las parcialidades 
y caciques entregaron reenes muy a satis- 
facción, con lo qual fueron a una ramada 
capaz que estaba prevenida a ha^er los 
juramentos y ceremonias de las pazes, con- 
forme a los ritos y costumbres de los in- 
dios, que en semexantes ocasiones los se- 
ñores de las tierras y los que dan la paz 
hazen a los forasteros un axasago y ofre- 
cimiento de la cosa mas estimada que tie- 
nen, que son las ovexas que llaman de la 
tierra, mayores dos tantos que las ovexas 
de Castilla, con un cuello muy largo y 
cabeza pequeña. Y aunque esta oñ^erta 
es ceremonia y offerta de unos indios con 
otros, y nunca oflrecen ovexas de la tierra 
ni se las matan en su presencia a los es- 
pañoles sino a los indios, todavia en esta 
ocasión, por salir de lo ordinarío, ofireció 
el cacique Antegueno, que era el Señor 
de aquella tierra donde se hizo el parla- 
mento, una ovexa blanca como la nieve 
al Marques y puesta en su presencia la 
dio con un garrote en la cabeza, y cayen- 
do aturdida la sacó con presteza el cora- 



186 



DIEGO DK U0SALE3. 



zon, y untando con su sangre el canelo, 
dio al Marques el canelo y el corazón. Y 
al mismo tiempo mataron otros caciques 
treinta y dos ovexas, las dos blancas, y se 
las dieron a los * dueños de nuestras pro- 
vincias, los indios amigos de Arauco y 
San Christóval. Y en este sacrificio de ove- 
xas quieren dar a entender estos barbaros 
que assi como mueren aquellas ovexas, 
assi han de morir y acabarse sus enemis- 
tades, y que con el corazón de ellas les dan 
el suyo para que de alli adelante queden 
unidos los corazones. Y con su sangre es- 
criben en las ojas de el canelo, que siem- 
pre se conservan verdes, la fee que pro- 
meten pam que siempre se conserve en su 
verdor, y la unión de aquellas ojas con su 
rama les significa la que todos han de 
tener de alli adelante, y con ensangren- 
tarlas, que han de ser de una sangi-e. 

Aviendo muerto todas estas ovexas, las 
llevaron airastrando para dáreclas a los 
caciques amigos, y juntamente les dieron 
los corazones palpitando, los quales iban 
pasando de mano en mano por todos los 
indios de sus parcialidades y luego los 
partian en menudos pedazos, y lo mismo 
hazian de las ovexas para que cada uno 
tocasse algún pedazo, por pequeño que 
fucssc, que con eso quedaban obligados 
quantos alcanzaron algún pedazo de el co- 
razón y del cuerpo de aquella ovexa a 
hazcr un cuerpo y ser de un corazón con 
los que la offrczieron, para el servicio de 
Dios y de el Rey, con obligación tan es- 
treclui, que es como un juramento y una 
confederación; y le dizen al que ha reci- 
bido un pedazito de aquellos, que llaman 
Curucul: ''hasta la muerte no nos hemos 
de apartar; y en señal do eso recevisteis 
ese pedazo de el corazón o de la ovexa," Y 
desta suerte se convocaban antes para la 



guerra, y era ley inviolable salir a ella en 
recibiendo un pedazito; y lo mismo hizieron 
con el corazón do la ovexa que mataron al 
Marques, que se le dieron palpitando, que 
le tomasse en la mano y pasasse a la de el 
Maestro de campo, Sargento Mayor y los 
demás capitanes, para que todos fucsscD 
de un corazón con ellos. 

Hizieron después de esto un hoyo y en- 
terraron en él sus flechas, toquis y otros 
instrumentos de guerra, y lo mismo hizie- 
ron los españoles por conformarse con sus 
ceremonias, que echaron en aquel mismo 
hoyo, valas, hierros de lanza, dagas y cuer- 
da; y plantando sobre todos estos instni- 
montos de guerra un ramo de canelo con 
sus raices, simbolo de la paz, dieron a en- 
tender que ya la guerra y los instrumen- 
tos de ella quedan enterrados de entram- 
bas partes y que alli se han do pudrir y 
consumir, y sobre ellos ha de florecer aquel 
canelo y la paz dar frutos sazonados. To- 
dos estos ritos y ceremonias eran lenguas 
mudas, que significaban la unión y la pa%, 
y las esplicaban ellos con elegancia de pa- 
labras y demostraciones de sus afectos; 
que aunque los tenemos por bárbaros, ex- 
plican con eminencia sus conceptos. 

Acabadas estas ceremonias, presentaron 
al Marques tanta multitud do aves, corde- 
ros, sanchos (1) y frutas de la tierra, que 
tubo para comer el tiempo que anduvo en 
campaña y le sobraron muchas aves con que 
regalar a los amigos. Repartióles liberal- 
mente de las cosas que ellos estiman y no 
tienen en sus tierras, como chaquiras, lis- 
tones, añil para teñir azul, y otras cosas; y 
repartió bacas a los indios por parcialida- 
des para que comiessen el tiempo que alli 
se detenian, llebándoselas los soldados es- 
pañoles a sus aloxamientos y matándose- 
las con tanta destreza que no perdian vala 



V 



(1) Probablemente por c/íancAo«. 



IIISTÜRIA DE CUILB. 



ni avian monestor a()gunclo tiro para ile- 
rribar una baca, cosa que les causaba gran- 
de admiración y les liasia considerar do 
quó enemigo ae libraban, qne si de nn va- 
laso derribaban un animal tau grande, qué 
hariaii con ello3? A los caciquea maspría- 
[ cipalcs Íii/.o el Marques uu sumptuoso 
rconvite, hoiiiindoloscoa su mesa, y lade- 
I mas gente sa repartió por el quartel, co- 
mHiiicándose unos con otros con grande 
amor y agasaxo, como si fueran amigos 
muy ant!i;«oí y muy estrechos y nunca 
ubicriui sido enemigios; feriaban uuos con 
oLnís y vcniifanssc lo que avian meucster, 
y a estas ventas y trueques llamaban -con- 
chabos o conchas; con que ya quedó eji 
probcrvio para vender o comprar alguna 
cosa, el dcKir concha, y esa palabra ei-a ya 
siguificacion de qualquier ti-atoy conti-ato. 
Fueron perdiendo el miedo y vinieron tam- 
bién las mujreres a sus conchabos, y mu- 
chas trahian sus hixos a que se los bapti- 
zasscD, y los padi-es do la Compañia lo lia- 
zian dándoles noticia de los místenos de 
nuestra santa fec. 

Retirándose el campo para ftegar a Ta- 
bón, salió al encuentro al Marques el to- 
qui general de Cholchol, LemuUanca, con 
otros caciques de la Imperial, Valdivia y 
üsorno, que es lo último de la tierra, 
los qnales, por no avcr alcanzado al alo- 
xamieuto de Quillin al trato de las pa- 
res, se las offrezieron en este. Y haziendo 
las mismas ceremonias y camaricos, mata- 
ron oTcxas de la tierra y juraron la fec y 
la lealtad, recibiéndolos el Marques con 
las mismas muestras de agiiulo. Quiso 
pasar a ver la ciudad desierta y destruida 
de la Imperial, tan célebre en un tiempo, 
y por no molestar todo el campo escogió 
mit caballos ligeros, y cou ellos, acompa- 
ñados do los nuevos amigos, entró a ver las 
ruinas de aquella antigua ciudad, que no 
poca lástima y lágrimas causó a todos sus 



memorias; pero enjugólas el gozo de veinte 
y siete españoles y españolas captivas que 
los caciques offrezieron al Marques, dán- 
dolas libertad sin paga ni rescate, y assi 
mismo a mas de oclienta indios y indias 
I que arian cautivado en las guerras pasadas 
en nuestras tieiTns. Que todos causaron 
otras liígriraas de gozo y de contento por 
ver que ya se redimian los captivos de 
tantos años, de valde, no aviéndolos po- 
dido redimir antes ni con mucha hazien- 
da, y que se cogian de las pazos tau agra- 
dables frutos, como eran la redención do 
tantos captivos, de donde inferían todos 
quánto mas eficaces eran los medios do 
paz que los de guerra, pues ni con otros 
muchos aüos de guerra se ubicra conse- 
guido lo que cu un dia se alcanzaba con la 
paz, üino que antes se fueran multiplican- 
do Ins calamidades y aumentándose los es- 
clavos; y los que a cierra ojos y sin discur- 
so pedían guerra, quedaban, aunque no 
querían, convencidos do su ceguedad. 

t'só el Mar<]ues de grande liberalidad 
con tos captivos y captivas, vistiéndolos a 
todos muí cumplidamente, porque de el 
captiverio salían tan desnudos y cu carnes, 
que las españolas se avergonzaban de pa- 
recer cutre los suyos en hábito de indias 
y poco decentes. Entre estos captivos sa- 
lió el Capitán Francisco de Almendras, 
de quien di.\Ímo8 arriba que aviéndotc cap- 
tivado mozo, de poca edad, se avía apli- 
cado a herrero y ganado mucho con el ofi- 
cio, que entre ellos es el mas honroso, y 
adquirido muchas mugeres, viviendo en la 
ley de los barbaros como ellos; y aunque 
criado onti-e infieles, conservó siempre la 
piedad y el deseo do salir de entre ellos 
y confesarse, como avia escrito raucliaa ve- 
zes a los padi'es de la Compañia a la Con- 
cepción, y ahora que halló ocasión oportuna 
de salir de entre las llamas de Sodonia, sa- 
lió con muclia de su familia y liixos, dexan- 



188 



DIEGO DE ROSALES. 



do Otros que ya estaban casados y empa 
rentados que no le quisieron seguir, y él se 
confesó y comulgó con grande abundancia 
de lágrimas, causándolas a los que le vian 
como liixo pródigo volverse a casa de su 
padre tan arrepentido de los desperdicios 
de la vida pasada, la qual mudó de todo 
punto, casándose a ley de bendición con 
una de sus mugeres y dexando las demás, 
y perseveró hasta la muerte en una vida de 
mucho recogimiento, oración y lágrimas, 
que era hombre muy pió y deseoso de su 
salvación. 

Llegado a la ciudad de la Imperial, 
mandó el Marques dezir alli misa en con- 
memoración de tantos como avian muerto 
en ella, y porque el sol era de caniculares 
y la iglesia era todo ruinas, escogieron una 
güerta donde avia mucha sombra de man- 
zanos y higueras, que fué de el General 
Gregorio de Castañeda, persona noble de 
aquella ciudad y de cuya casa sacaron los 
christianos para su defensa un santo Chris- 
to que heredó su nieta Doña Clara de 
Loaisa, muger legitima de el Maestro de 
campo Don Diego Gonzales Montero, que 
se le dexó a la hora de su muerte como 
por vínculo de mayorazgo y ahora le tra- 
hia consigo y se puso en el altar, volvien- 
do a tomar posesión de su propria casa y 
triunfando con singular misterio de aque- 
llos barbaros, que admirados de ver solem- 
nizar los divinos oficios después de tantos 
años y acordándose los viexos de el tiempo 
en que gozaban de tanto bien, pidieron al 
Gobernador que volviesse a poblar aque- 
lla ciudad y les diesse padres de la Com- 
pañia que los doctrinassen y enseñassen 
las cosas de Dios, de que no recibió pe- 
queño contento por ver sus buenos deseos, 
y por no apresurar la acción les dio bue- 
nas esperanzas de que en assentándose las 
cosas y volviéndose todos a poblar sus tie- 
rras les daría padres que los doctrinassen. 



Y como hiziessen instancia porque les bap- 
tizassen sus hixos, baptizaron alli los pa- 
dres de la Compañia muchos niños que 
sus padres trahian deseosos de que fuessen 
christianos, con la esperanza de que presto 
volverian a aquella tierra a doctrinarlos y 
instruirlos en los misterios de nuestra san- 
ta fee. 

El primero que se baptizó fué un hixo 
de el cacique Caniupalun, nieto de Fran- 
cisco Gris, captivo, que tenia veinte y cin- 
co hijos abidos en la brutalidad de muchas 
mugeres que al uso dé los barbaros tenia. 
De este mf ante fué padrino el Marques por 
honrar al cacique, que estaba casado con hi- 
n^ de este español, y por afficionar a los 
indios al baptismo, y luego trató de que se 
buscasen los güesos del lUustrissimo Obis- 
po de la Imperial Don Agustín de Cisne- 
ros, de buena memoria, para trasladarlos 
a la Concepción, donde estaba su iglesia. 

Y aunque al principio estubieron confusos 
y sin noticia del lugar donde estaban, sa- 
lieron de esta confusión porque dio noticia 
de el sitio el dicho Francisco Gris, vecino 
que avia sido de aquella ciudad; y apar- 
tando las ruinas dieron. con la caxa en que 
estaban sus venerables güesos, que, trasla- 
dados como los de Joseph, se Uebaron a 
tierra de christianos, y reci viéndolos el 
Ilustrisimo Obispo Don Diego Zambrano 
de Villalobos con su clerecia, los colocó 
con la debida decencia en lugar debido a 
su santidad y grandeza. 

Volvió el Marques a donde avia dexado 
aloxado el campo, acompañado de los ca- 
ciques, que no sabian apartarse un punto 
de su lado, y halló cuarenta y cuatro ca- 
ciques con otra gran suma de caciques que 
de nuevo le avian venido a dar la paz y 
por venir de lexos no avian podido alcan- 
zar al parlamento general de Quillin. Re- 
civiólos con el amor y buenos oficios que 
a los demás, y hechos sus parlamentos, 



HISTORIA DE CHILE. 



189 



semexantes a los arriba referidos, el caci- 
que Paillaliguay hizo su razonamiento por 
todos y mataron diez ovexas de la tierra 
cx)n las mismas ceremonias que los otros, 
j con esto se volvió el Marques a la Con- 
cepción alegre y victorioso, donde fué bien 
recevido y festexado con indecibles aplau- 
sos y agradecimientos, y entrando triun- 
fante con los captivos que avia rescatado, 



en la iglesia se cantó un Te Deuin lauda- 
mus y ofireció a Dios sus triunfos, recono- 
ciendo que eran suyas todas sus victorias, 
haziendo en todo el Reyno muchas accio- 
nes de gracias a su Divina Magestad y su- 
plicándole llebasse adelante una obra de 
tanta gloria suya, de tanta importancia 
para la salvación de los infieles y de tanto 
bien para todo el Reyno. 



»■•■♦ 



CAPÍTULO IX. 



Vaxa el Marques a Santiago a imbernar y vienen a poblar 

sus tierras los indios que dieron la paz. 

Vaxa el Gobernador a Santiago a conferir las pazee con la Andieucia. — Muela el Maestro de campo Alfonso de 
Villanneva el fuerte de Lcbo a la voca de el rio. — Embia al Capitán Catalán que retire de las montafias a 
los valles a los nuevos amigos. — Viénense muchos a poblarse a sus tierras. — Llenóse toda la costa de indios 
amigos y gobiérnalos el Capitán Catalán con aceptación de todos. — Vienen los caciques de la costa a alistar 
sus soldados y hallan mil y quinientos. — Redúcense a sus tierras los de Puren y vienen los caciques a ver 
al Sargento mayor. — Despuebla a Angol el Sargento mayor Francisco Rodríguez. — Viénenle a dar la bien 
venida al Marques a la Concepción los caciques. — Fuertes y obras que hizo el Marques. 



Por ser rigurosos los irabienios en la 
Concepción y no hazei'sc cosa de conside- 
ración en la campaña ni aver ya guerra 
que hazer, vaxó el Marques a conferir las 
pazes con la Real Audiencia, donde fué 
recevido con las fiestas y aclamaciones que 
merecian sus triunfos y victorias, sin de- 
iTamar sangre y en tanto bien de el Rey- 
no. Y 'entretanto, el Maestro de campo 
Alfonso de Villanueva Soberal, con orden 
de el Marques, retiró el fuerte de Lebo a 
la boca de el rio, porque aviendo un tem- 
blor derribado algunas peñas en la boca y 
entrada de las fragatas, no las dexaba pa- 
sar al fuerte por los grandes bancos de 
arena que se liizieron, y mudando alli la 
compañia de el fuerte antiguo y haziendo 
un molino, dexó a los soldados bien aco- 
modados y fortalezidos; y fué necesario 
este fuerte por ser aquel paso por donde 
pasaban los nuevos amigos a comunicarnos. 
Y deseoso de que se vinfessen a poblar a 
sus tierras, conforme a lo capitulado, y 
que saliesscn de sus espesas montañas, em- 
bió a Ilicura al Capitán Juan Catalán, 
acompañado de sus soldados y de el Maes- 



tro de campo, de los amigos, Catumalo, de 
Clentaro, capitán de los indios de Lavapié, 
y otros, a que los hablassen y obligassen a 
venirse a poblar, lo qual bizieron luego, 
dexando sus montañas. Y porque los nue- 
vos amigos que se venian a poblar tenian 
necesidad de bastimentos y de semillas, les 
embió lo uno y lo otro en abundancia. 
Entrando en el valle de Ilicura halló el 
Capitán Catalán cincuenta caciques con 
sus familias y soldados que, dexadaa las 
montañas, se avian venido a poblar los 
valles. 

Y assimismo halló que se avia ya veni- 
do a sus tien-as el cacique Toncogueno, 
toqui general de Angolmo, y que estaba 
muy contento y agradecido de verec en 
ellas con toda su gente. Y assimismo se 
fueron poblando todas las quebradas de 
Lincoya, Cayucupil, Tucapel y Molvilla, 
que con el furor de la guerra estaban des- 
pobladas y desiertas por aver echado de 
ellas a los habitadores, apretándolos y obli- 
gándolos a meterse la tierra adentro, a vi- 
vir en tierras extrañas por huir de la muer- 
te y de las invasiones de los españoles, a 



IIISTOUI.V DE CHILE. 



191 



quienes ciaban muchas gracias porque les 
volvian las tierras que les avian ganado a 
fuerza de armas, y no cabian de contento 
por verse ja fuera de las nion tafias som- 
brías, en sus alegres tien-as, gustosos arro- 
yos y agradables fuentes. Y en fin, toda 
la costa hasta Tirua y Raculgüe se pobló 
de los indios naturales de aquellas tierras, 
que todos estaban sugetos a su Magestad 
y a sus ministros, y principalmente al Ca- 
pitán Juan Catalán, que era el capitán de 
los indios amigos de Arauco y los gober- 
naba con grande aceptación, y le encargó 
el Marques el gobierno de los nuevos ami- 
gos juntamente porque tenia particular 
gracia en agasaxar a los indios y tenerlos 
contentos y grande imperio y sefiorio sobre 
ellos. 

Como supieron los caciques de la costa, 
nuevamente reducidos, que el Maestro de 
campo Alfonso de Villanueva estaba ha- 
ziendo la población de el fuerte de Lebo 
en la boca de el rio, vinieron acompañan- 
do al Capitán Juan Catalán y a Catumalo 
para ofrezerse al Maestro de campo y que 
les ocupasse en qualquiera cosa que se 
offreciesse del servicio de el Rey, como 
era aquella de la población de aquel fuer- 
te, y que los alistasse por soldados como a 
los demás amigos y los tratasso como a 
tales. Vinieron hasta cuatrocientos indios 
de suerte, muchos de ellos caciques, toquis 
generales y capitanes, que trageron listas 
de sus indios soldados que ya so avian ve- 
nido a poblar con sus familias, y se nume- 
raron mil y quinientos indios de lanza; y 
los caciques mas principales que en esta 
ocasión alistaron su gente, fueron: Tonco- 
guenu, de Angolmo; Anganamon, de Pai- 
cabi; Colugueno, de Tucapel; Millañancu, 
de Cívyucupil; Llancapel, de Lincoya, y los 
caciques del Salado y el Sargento Mayor 
Llancalupi, de la ciénega invencible de 
Puren, hixo del anciano Lincopichon, to- 



qui general de aquella tieiTa, que tanto 
procuró las pazes en tiempo de el Gober- 
nador Don Luis Fernandez de Córdova, 
como se dixo en su gobierno. Y aviéndo 
los regalado el Maestro de campo y dado 
algunos dones de paño, tafetán y otras 
cosas que el Marques avia embiado pam 
el gasto de los indios y para su agasaxo, 
los despidió contentos. 

Por la parte de la cordillera Cuyunches 
y Purenes, avia embiiuio el Marques al 
Capitán Marcos Chabari, Juan Vasqucz y 
Pedro de Soto, que como pei*sonas que 
avian vivido entre ellos captivos, los aga- 
SHxassen y ayudassen para que viniessen a 
poblarse en sus tierras, y con el agrado 
con que hablaban a los indios y la fami- 
liaridad que con ellos tenian, obraron mu- 
cho y hizieron señalados servicios a su 
Magestad, porque deseaban grandemente 
la paz de los indios, y en orden a esto no 
perdonaron a tmbaxo ni diligencia, y en 
acabando de reducirlos fueron al tercio de 
Yumbel a dar cuenta de cómo ya estaban 
poblados donde se les avia mandado y muy 
gozosos de verse en sus proprias tierras. 
Fueron los principales caciques Curinamon, 
gran soldado, de muchos alientos, muy vi- 
vo y despexado, que vestido a lo español 
y con su espada ancha representaba bien 
su valentia y nobleza, porque era hixo do 
Loncotai, el mayor cacique de Puren; 
acompañábanle Marinaguel, que significa, 
Diez tigres, y otros, donde ya era Sargen- 
to Mayor Francisco Rodríguez de el Man- 
zano, soldado antiguo y bien afortunado y 
muy aquercnciador de ios indios, el qual 
los recibió con mucho amor y los regaló 
con liberalidad. Estriba haziendo por or- 
den de el Marques la población de aquel 
tercio con titulo de Nuestra Señora de los 
Remedios, donde retiró el tercio de An- 
gol por conveniencias que ubo, dexando 
en Angol un fuerte de ochenta soldados a 



192 



DIEGO DE ROSALES. 



cargo de el Capitán Pedro Vique. Reci- 
viólos con salva y acompañamiento de la 
caballería, y dándole ra^on de cómo ya se 
venian en tropas muchos caciques con sus 
familias a poblar a nuestras tierras^ embió 
al Capitán Pedro de Soto, que lo era de 
naciones, a 22 de Noviembre de 1641, 
que les saliesse al camino y los acariciasse 
y aloxasse en sus proprias tierras. Y assi 
se poblaron el grande Butapichon y Llan- 
carere con sus familias en las tierras de 
Molchen y Liencura, dos leguas de Angol. 
Los cuidados de la Concepción hizieron 
volver presto al Marques de Santiago y 
luego le vinieron a ver a la Concepción sus 
grandes amigos y faborecidos, Lincopi- 
chon, Liencura, Antegueno y Butapichon, 
dándole la bienvenida y las buenas nuevas 
de cómo ya estaba toda la tierra poblada 
de los nuevos amigos, como lo avia manda- 
do en las capitulaciones de la paz. Aga- 
saxólos con sus acostumbradas caricias y 
dio el bastón de capitán de los indios de 
Puren a Curinamon, que estaba quexoso 
y celoso de que a Llancapel se le ubiesse 
dado el de Sargento Mayor y dexádole a 
él, que le excedia en valor y arte militar: 
con que quedó contento. Trató luego el 
Marques de hazer algunos fuertes necesa- 
rios para el abrigo de los nuevos amigos 
que se avian venido debaxo de las armas 
de los españoles, y hizo un fuerte en San- 
ia Juana y otro en Santa Fe, con sus igle- 



sias donde se doctrinasen los indios, fatu- 
rias y lo necesario; hizo cubrir de texa el 
fuerte de Talcamavida que estaba de paxa 
y lo mismo hizo en el Nacimiento. Ree- 
dificó de nuevo a San Rosendo y parte de 
la estancia de el Rey. Hizo un fuerte en 
Paicabi para abrigo de los amigos nuevos 
de la costa, que llamó Santo Domingo, 
donde puso al Capitán Juan Catalán con 
una compañia de soldados escogidos de 
todas las compañias y dispuso una semen- 
tera para el exército por ser las tierras 
muy fértiles. Avíase perdido una fragata, 
Uebando bastimentos al tercio de Arauco, 
que dio al trabes el Tubul, y hizo otra y 
un barco para San Pedro, y otro para el 
Nacimiento, y otro para la Concepción, pa- 
ra los avisos que se offreciessen. Compró 
muchas armas y puso cuidado en que los 
soldados en la paz viviessen mas vigilantes, 
y como buen gobernador atendía a todas 
las necesidades y fortificaciones de el Rey- 
no y a la conservación de los nuevos ami- 
gos, que cada dia le venian a ver y a dar 
la paz muchos que no se avian podido ha- 
llar en Quillin o no avian tenido entonces 
voluntad, y como ya vian que todos esta- 
ban de paz, se humillaban y seguían el 
común, y entre otros vinieron los indios 
de la isla de la Mocha con su cacique 
Llancagueque, que en nombre de todos se 
ofiVeció por amigo y obediente vasallo de 
su Magestad. 



♦«•«» 



CAPITULO X. 



Comienzan las revueltas y envidias entre los indios, y acusa 
Machacan a Lincopichon, Chicaguala y Pichiñancu de 
que tratan una conjuración, y la alteración que causó 
Pichipil en los indios con sus mentiras. 



Encargan los caciques que no se crean fácilmente los cuentos. — Huyesele a un indio su muger y yendo a buscarla 
a Maquegua oye dezir que se quieren alzar lincopichon y Chicaguala. — Que el demonio perturba las pazes 
y se vale de embusteros. — Mata Machacan a su hermano y en la prisión cuenta lo que oyó en Maquegua. — 
Embustes de Pichipil para revolver a los nuevos amigos de lo que oyó o inventó. — Que oyó decir a Parra 
que los querían quemar a todos en una casa de sebo y pólvora. — Que a los soldados los querían echar al Perú 
y llevarse las mugeres y nifios — Que por eso los sacan de las fortalezas de los montes. — Que miren por si con 
tiempo, pues incautos lo revelaron. — Ay grande sentimiento y alborótasse toda la tierra. - Echanse a los 
montes y Butapichon enoxado publica guerra. — Tiémplalos lientur y vuelve por los españoles. — Dizeles 
que no se aconsexen porque después no se arrepientan. — Que no den fácilmente crédito, pues digeron al 
Marques que no le diesse a chismes. — Va a saber lo que pasa a Angol y desengáñase como es mentira. — Va 
con gente armada Butapichon y registra el fuerte de Angol. — Ve polvo de el campo y entra en mas cuidado. 
—Sabe que viene a solo aderezar las casas de los indios y vuélvese satisfecha — Avisa Maríllanca al Capitán 
de Angol de el alboroto que ha causado PichipiL — Embia el Sargento mayor a Guaiquillanca que los sosiegue. 
— Habla con Butapichon. — Trátale de poco firme y que estos temores son de mugeres. — Reconócesse 
Butapichon y van otros caciques a AngoL — Muéstranse firmes los de Santa Fe. — Ay- grande alboroto en la 
Concepción y U^^ caciques a dar cuenta de lo que passa y que no es tanto. — Embia el Marques a Juan 
Vazqnes que los quiete. — Van a satisfacer al Marques los caciques de Puren y la costa. — Embia Lincopichon 
sus mensageros diziendo como él no ha creido nada. — Pide Butapichon perdón y dásele el Marques y que se 
venga la tierra mas acá. — Házese proceso contra el Comisarío Parra y sale honrado y mas acreditado. 



Lo principal que pidieron al Marques 
los nuevos amigos, fué que no diesse oí- 
dos a chismes y mentiras, ni se moviesse 
fácilmente por cuentos, porque conocian 
el natural de los indios, que son fáciles en 
levantarse testimonios y dar por hecho lo 
que imaginan, y si se les cree fácilmente, 
no habrá amistad firme ni lealtad en que 
no pongan dolo. Y ya por invidias, ya por 
otras particulares pasiones, son fáciles en 
levantar quimeras contra otros, y como 
en las materias de lealtad qualquiera sos- 
pecha se debe temer y qualquiera recelo 
cautelar, comenzaron las sospechas y los 



recelos por cuentos ocasionados de los 
mismos indios, como diré. 

Tenia una muger hermosa y de buen 
parecer el cacique Machacan, de Talcama- 
vida, y aficionado de ella un hermano 
suyo llamado Melipillan, la traxo a su vo- 
luntad y se huyó con ella, sin guardar los 
fueros de la hermandad y de la naturale- 
za. Agraviado Machacan, fué a buscarle a 
las tierras de Chicaguala, donde presumió 
que se avia ido a faborecer de un tio suyo 
llamado Relmucao, natural de Talcamavi- 
da, que en tiempos pasados se avia ido 
fugitivo a vivir a Maquegua, tierra de el 



194 



DIEGO DE ROSALES. 



enemigo. Disimuló el intento que llebaba 
de matar al hermano y a la adúltera mu- 
ger y el intento a que iba, y entre otras 
averiguaciones de su particular oyó dezir 
que Lincopichon avia embiado una flecha 
a Chicaguala y a otros caciques, avisán- 
doles que tuviesscn las armas a punto por- 
que esperaba que para un parlamento 
avian de venir el Sargento Mayor, los ca- 
pitanes, el comisario Domingo de la Parra, 
el lengua general Miguel de Ibanzos y los 
amigos de San Christóval y Talcamavida; 
y que aquella era buena ocasión para 
matarlos y alzar la tierra. Cuidadoso con 
esto, deseaba saber en qué paraba y dixo 
que después supo de Negüeñanen, cacique 
de Maquegua, y de Reuquente y de Cayu- 
leubu, que el Marques avia embiado al Ca- 
pitán Marcos Chabari, Juan Vasquez y 
Pedro de Soto, y que por ser pocos no se 
avian querido ensangrentar en ellos, sino 
dexarlo para mexor ocasión. 

La verdad que esto tubo. Dios lo sabe, 
porque aunque se puede pensar qualquier 
traición de los indios, no tubo esta funda- 
mento ni ocasión ninguna, y si se quisieran 
levantar, no ubieran dcsabrigádose de tan- 
tos soldados ni dexádolos venir a nues- 
ti"as fronteras, y conociendo quan bien les 
estaba la paz y aviéndola deseado y ofre- 
cido desde el gobierno de don Luis Fer- 
nandez de Córdova, y mucho antes, desde 
el Padre Luis de Valdivia, no la avian 
ahora de quebrantar tan fácilmente y sin 
ocasión; pero como siempre ha ávido re- 
volvedores, y el demonio envidioiso ha to- 
mado varios instrumentos para perturbar 
este bien y estorbar la salvación de estas 
almas, le tomó ahora este indio por medio 
para revolverlos, y quizá era de los que 
no querían pazes, sino el interés de las ma- 
locas, y porque volviesse la guerra le- 
vantó esta quimera. Finalmente, el indio 
Machacan supo que su hermano avia pa- 



recido en Talcamavida con su muger, y 
revolviendo halló al traidor hermano y lo 
dio de puñaladas, y embiándole preso a 
la Concepción, estando en casa del Vedor 
general por cárcel, contó estas historias y 
llebó estos chismes de alzamiento, mal<- 
quistando a los caciques, y quizá por ganar 
gracias para que le soltassen de la prisión 
levantó este testimonio a los caciques que 
acababan de dar la paz con tantas mues- 
tras de amor y fidelidad. La misma des- 
confianza que los españoles tenemos de el 
trato de los indios, tienen ellos de el nues- 
tro, que siempre se rezelan que los que- 
remos hazer algunos males, oprimirlos en 
nuestra servidumbre y quitarles las mu- 
geres y los hixos, como lo han experi- 
mentado y como de allá traxo Machacan 
el chisme de rebelión con que puso en 
cuidado a los españoles. 

Llebó de acá otro chisme a los indios 
nuevamente reducidos un indio llamado 
Pichipil, sedicioso y embustero, con que 
los alborotó y puso en gran cuidado, por- 
que este Pichipillan, que significa Diablo 
pequeño, invidioso como un demonio de 
los fabores que el Marques hazia a otros 
indios o porque el demonio le incitaba y 
le movia a revueltas, sino fué porque oyes- 
se algunas razones mal entendidas que los 
soldados en sus fogones suelen desfogar 
contra los indios, y dezir: a estos indios no 
ay cosa como pegarles fuego a todos o 
acabarlos y echarlos al Perú, que jamas 
han de ser buenos si no se consumen, y 
otras cosas que dizen al ayre y por pasar 
el tiempo, de que sin duda oyó algo esto 
indio o lo inventó y dixo avérselo oido 
al comisario Parra, porque huyéndose de 
nuestras tierras de Rugaico se entró por 
las de Liencura la tierra adentro y hazien- 
do juntar a los caciques Butapichon, Lc- 
buepillan y otros, les dixo: "Vengo a li- 
bertar la patria, a salvar vengo vuestras 



HISTORIA DE CHILE. 



195 



vidas y a que abráis los ojos y reparéis 
vuestros daños. Vengo a avisaros, amigos 
mios, como el comisario Domingo de la 
Parra, de quien me hize grande amigo y 
quien sabe todo lo interior de los españo- 
les, me ha revelado sus traiciones y cómo 
su intento es liazer una entrada con todo 
el exército y cogernos descuidados y sobre 
seguro, y quando vamos sin anuas a ha- 
zerles la venia y ofrecerles camaricos, 
cogemos a todos y prendernos, y en unas 
casas que tienen muy gitindes para el 
effecto llenas de sebo y pólvora, pegamos 
H^uego y convertirnos en ceniza a todos los 
caciques, y a los mozos y soldados llcbar- 
los al Perú presos en los navios, y que sa- 
quen azogue y plata de sus minas, porque 
allá se les van acabando los indios, y lue- 
go cargar con todas las mugeres y niños 
y Ucbárselos para su servicio, y assi aca- 
barnos y consumirnos de una vez a todos, 
para hazerse señores de nuestras tierras y 
que no aya quien les haga gueiTa. Todos los 
alagos de el Marques son fíngidos, todos 
sus dones son anzuelos, y todas sus cari- 
cias, cañas de pescar. No veis cómo van 
haziendo su negocio y hazicndonos la cama 
para su traición? Tanta prisa y tanto cuy- 
dado por sacamos de los montes y de 
nuestras fortalezas, áloxándonos en los va- 
lles, ¿a qué se endereza sino a cogemos en 
escampado y sin defensa para hazei Imexor 
su hecho? Y pues incautos me revelaron 
el secreto, no logi'en su mal intento, mi- 
rad por vuestras vidas y por vuestra li- 
bertad, mugeres y hixos, que la codicia 
del español es como la fragua que nunca 
se ve harta y mientras mas se ceba mas 
crece su llama, y hasta consumimos no 
han de parar. El peligro amenaza ya y el 
riesgo se acerca, porque viene marchando 
el campo y quando menos penséis estará 
sobre vosotros el exército de los españo- ' ' 
les." 



Absortos quedaron los caciques oyendo 
esta nueva, y como fáciles en creer y que 
lo malo se haze mas persuasible, y los 
exemplares de algimos agi-avios que anti- 
guamente avian recevido de los españoles 
les inclinaban a creer que era assi, tra- 
taron luego de prevenirse para el peligio 
que imaginaban, y assi se volvieron unos a 
sus antiguas madrigueras de los montes, 
otros se metieron la tierra adentro, y em- 
biando mensages a los circunvecinos se 
alborotó toda la tierra y se puso en gran- 
de confusión, temiendo, que ya vcnian so- 
bre ellos los españoles, las atrocidades 
que Pichipil les avia referido. El furio- 
so y valiente Butapichon, ardiendo en 
saña, se tiraba las barbas y esforzaba a 
todos a una sangrienta guerra y a vender 
las vidas a costa de muchos españoles; 
mas el prudente Lientur con mas reporta- 
ción dixo: "Yo he vivido muchos años 
entre los españoles y he conocido su 
trato y sus intentos, y nunca he oido tra- 
tar traición semexante; sí les he oido 
tratar nmcho de la guerra y dar trazas 
para ella, que todas las comunicaban con- 
migo, y yo les ayudaba a ellas. Pero trai- 
ciones ni querer coger sobre seguro a los 
indios, jamas se lo oí tratar, porque esti- 
man mucho y azen gran presunción de no 
faltar a la palabra de el Rey y al buen 
trato: no por esto los abono, que todo cabe 
en su codicia, pero no es bien que nos 
determinemos luego a nada, que quien 
presto se determina, presto se an-epientc. 
Embiemos a ver, a saber lo que ay; y si 
queréis, yo iré a Angol disimuladamente 
y me infonnaré de lo que ay, y conforme 
eso determinaremos con mas sosiego lo 
que nos conviene, que la cólera, como 
ciega, nunca dio buen consexo. Y bien 
sabéis que lo primero que diximos al 
Marques fué que no diesse oídos a chis- 
mes ni a cuentos y que nos guardasse el 



196 



DIEGO DE HOSALES. 



un oido quando le llebassen alguno, que 
entre nosotros ay muchos envidiosos y 
embusteros, y nosotros prometimos de ha- 
zer lo mismo y no creer fácilmente lo 
que nos digesen, y no será bien que par- 
tamos con la primera nueva y demos con- 
sexos a los españoles y no los tomemos 
nosotros." 

Pareció a todos bien, y fué Lientur a 
Angol, halló a los soldados descuydados, 
habló con el Capitán Pedro Vique y de- 
claróse con él, refiriéndole lo que les 
avia dicho Pichipil: estraiió el Capitán un 
embuste tan sin fundamento y díjole que 
no creyesse semexantes disparates, que 
la palabra real era mas firme que la tierra 
y que los españoles no hazian semejan- 
tes traiciones; que el Marques los quería 
y deseaba su bien, su aumento y su des- 
canso mas que el suyo propio; y que se 
certificasse con ver que ni el campo es- 
pañol marchaba a sus tierras ni aun esta- 
ba apercevido para ello, con que se vol- 
vió satisfecho. Pero Butapichon, despe- 
chado y colérico, no sosegó, y juntando 
algunos de sus soldados, fué por otro ca- 
mino a ver si hallaba señas de lo que avia 
dicho Pichipil; llegó al fuerte de Angol 
con gran desenfado y altivez y dixo al 
capitán que queria ver el fuerte: franquée- 
sele todo y registróle, dando muestras de 
su mohina, por ver si hallaba almacenes 
de sebo y pólvora, y no vio nada, y aun- 
que el capitán le convidó a comer, ni reci- 
vió el agasaxo ni quiso declararse; pero 
como el capitán estaba en el caso, disimu- 
ló, aunque conoció su mohina, por no exas- 
perarle mas. Aloxóse aquella noche en 
campaña desvelado con el cuydado y el 
furor, y levantándose muy de mañana vio 
polvo y que venia el campo, con que se 
acrecentó su cuidado y se confinnaron sus 
rezelos. Y fué el casso que a viendo roba- 
do el rio la paxa de los ranchos de los 



nuevos amigos de Santa Fe, el Sargento 
Mayor Francisco Rodríguez, cuidadoso de 
su comodidad fué a repararle las casas, y 
sin duda supo Pichipil de esta salida y 
assi les dixo que el campo vendria al dia 
siguiente sobre ellos, siendo assi que no 
passó de Santa Fe ni se apercibió por otra 
parte, como lo vio por sus ojos Butapi- 
chon, que estaba hecho un Argos para ver 
a donde marchaba el campo, el qual, vien- 
do que no pasaba de Santa Fe ni salia a 
otro intento que a ayudar a hazer las ca- 
sas a los nuevos amigos, se volvió desen- 
gañado a los suyos; pero otros pasaron voz 
de que venia el campo y se echaron al 
monté, y todo era turbación, voces y con- 
fusión, y pasando la voz a Puren ubo el 
mismo alboroto y los purenes fueron a 
Repocura a dar parte a Curinamon y Ma- 
riñao, los quales los sosegaron y digeron 
que no creyessen cuentos. 

Avisó Marillanca al fuerte de Angol, al 
Capitán Pedro Vique, de la alteración y 
mal que avia causado Pichipil con sus 
mentiras y el aver salido el campo en 
aquella ocasión, y el capitán Pedro Vique 
avisó al Sargento Mayor que estaba mui 
descuidado reparando los ranchos de los 
indios. Y para quietar a los nuevos ami- 
gos embió a Guaiquillanca, indio práctico 
de la tierra adentro, que niño le captiva- 
ron y dándole libertad avia sido fiel ami- 
go en San Christóval. Llegó a Rugaico y 
halló las casas solas, la gente en el monte, 
los fuegos acabados de hazer y todas las 
alaxas en los ranchos y echó de ver cómo 
de temor todos se avian escondido. Pasó 
a Molchen y con poca diligencia encontró 
con Butapichon y su hermano Millatureo, 
León de oro, con sus lanzas y muy demu- 
dados. Paróse .Guaiquillanca y clavó su 
lanza en el suelo, y habl^pdo con Buta- 
pichon, le dixo: '^Quéesesto, Butapichon? 
Quando entendí que eras un árbol con on*- 



HISTORIA DE CHILK 



197 



das raices, robusto y valiente, que ningún 
viento le mueve, hallo que como una caña 
seca al menor soplo andas meneándote de 
una parte a otra, y a los embustes de un 
Pichipil, indio valadi y embustero, te has 
ausentado de tus tierras y consentido que 
todos se echen al monte, llevándote tras ti 
la gente vulgar? Estos temores son de mu- 
geres: que ellas se alteren y huyan no me 
admiro; pero que los hombres de tanto 
peso como tú, tan fácilmente se muevan, 
eso culpo. No son los españoles como los 
indios, que nosotros somos fáciles, muda- 
bles y inconstantes; pero ellos de mucho 
peso, de gran constancia, y la firmeza de su 
palabra quando empeñan la de el Rey 
mas firme que el firmamento, y antes se 
volverá el cielo lo de arriba abaxo y los 
ríos correrán házia a su nacimiento que el 
Marques falte a lo prometido." 

Llegó Maríllanca a tiempo que oyó todo 
el razonamiento del mensaxero y como 
hombre prudente aprobó quanto dixo, y 
Butapichon echó la culpa a Pichipil, y co- 
nociendo que se avia movido de ligero y 
dexádose llevar del furor, le rogó que le 
excusasse con el Sargento mayor y el Ca- 
pitán Vique. Y volviéndose Quaiquillanca, 
le acompañaron los caciques Maríllanca, 
Ulillanca, Pilquiante y Curípil, fieles ami- 
gos, los quales, al ruido de Pichipil, en 
lugar de irse al monte con los demás, se 
fueron a favorecer de los españoles al fuer- 
te de Angol. 

Avisó el Capitán Vique al Sargento 
Mayor de todas las revueltas de Pichipil 
y envióle los caciques que de la tierra 
adentro avian venido, y juntando a los 
nuevos amigos reducidos en Santa Fe dió- 
les parte de lo que pasaba y de la libian- 
dad de Butapichon, a lo qual respondie- 
ron que ellos m avian venido con mucho 
gusto de paz debaxo de las armas de los 
españoles y no dependian de Butapichon; 



msT. Ds crnuB. — t. ul 



que si él se alzaba, ahi estaban ellos que 
le harían la guerra. Pasó la nueva al Mar- 
ques y la voz a la Concepción con tales 
ecos y sonidos, que ya los hazian rebela- 
dos, ya caminando con una junta a nues- 
tras tierras, ya maloqueando las estancias. 
Unos los condenaban de traidores, otros 
de fáciles y todos de inconstantes. En este 
tiempo llegaron a la Concepción Ulillanca 
y Maríllanca con otros caciques de la tierra 
adentro, diciendo que no estaba todo per- 
dido como pensaban, ni los indios alzados, 
ni haziendo junta, sino alborotados y me- 
drosos con los temores que les fué a poner 
Pichipil, diziéndoles que ya los iban a ma- 
loquear y que les tenian casas llenas de 
pólvora y sebo para quemarlos vivos, y que 
como gente tímida y ignorante se avian 
sobresaltado y echádose muchos al monte 
con la prímera nueva, pero que ya se 
avian quietado todos los caciques y cono- 
cido que era todo mentira, y que la ida 
de el campo no avia sido a sus tierras, si- 
no a favorezer a los amigos de Santa Fe. 
Determinó el marques que fuese con 
Maríllanca el Capitán Juan Y asquez a so- 
segarlos, como lo hizo, y los de Puren, pe- 
sarosos de averse creido de ligero alguna 
gente fácil, vinieron a satisfacer por sí los 
caciques mas príncipales de Paicabi, como 
fueron: Llancalupi, Curinaraon y Mariñao, 
y pasando a Arauco con otros muchos ca- 
ciques de Tucapel, pidieron a Catumalo y 
a Ygaipil que los acompañassen para dis- 
culparlos con el Marques, a quien fueron 
a ver a la Concepción y le digerou que 
les avian embíado tres recados, diziéndo- 
les que si no querían verse quemados vi- 
vos que se pusiesen con tiempo en cobro; 
pero que reconociendo quán embusteros 
son los indios y invidiosos de su proprío 
bien, cayeron luego en la cuenta y cono- 
cieron que era el demonio el que sembra- 
ba aquella zizaña y los procuraba pertur- 

13 



198 



DIEGO DE UOSALES. 



bar; pero que ellos estaban muy firmes y 
constantes en lo que una vez avian prome- 
tido. Llegaron con esto caciques de Lin- 
copiclion, que embió a su hijo Cheuquene- 
cul, y de Antegueno y otros caciques, que 
entrando en presencia de el Marques con 
los caciques de Purcn y la costa que se 
hallaron presentes, digcron de parte de 
los caciques cómo no les avia alterado la 
nueva falsa de Pichipil ni avian dado en- 
trada en sus tierras a ninguno de los que 
se quisieron retirar a ellas. Embió tam- 
bién Butapichon un hixo suyo con otros, 
excusando su acción y pidiendo perdón, y 
viendo la ocasión que avian tenido fueron 
excusados y perdonados de el Marques be- 
nignamente. Pero mandó el Marques a 
Butapichon que se viniese a Molchen a 
poblar a Cunileubu, entre Biobio y la La- 
xa, por asegurarle. Ilízosse información a 
petición de los caciques de la culpa que 
el comisario Parra avia tenido en el em- 
buste que le prohixó Pichipil, diziendo 



que él le habia descubierto este secreto, y 
cometido al auditor general don Juan del 
Pozo y Silva, le prendió y examinó, y aun- 
que hizo todas las diligencias posibles no 
halló contra él cosa alguna, porque es un 
hombre de mucha verdad, de buena in- 
tención, buen christiano y de mucha esti- 
ma. Y no ubo mas de que aviéndole dicho 
el Pichipil que se quería venir entre nues- 
tros amigos porque entre los suyos le que- 
rían mal, porque aviendo sido captivo 
guió una maloca a sus tierras, le dixo Pa- 
rra que se viniese y que no anduviesse en 
doblezes, que el marques era para todos 
muy afable y benigno, pero que si sentia 
traición y doblez en alguno le avia de que- 
mar; con que le dieron por libre, que sus 
servicios, méritos y buen proceder, mere- 
cen mucho galardón, y que no se piense de 
él cosas ninguna en su desdoro, como no 
se pudo ninguno persuadir a ello por el 
buen crédito que con todos ha merecido 
con su honrado proceder. 



/ 



CAPÍTULO Xl. 



De la prisión de los caciques mas principales (Jue dieron 
la paz, por cuentos, sospechas y dichos de otros indios 
de que se querían rebelar. Varios parezeres que hubo 
sobre el caso y la poca claridad que hubo de su delito. 

Año de 1642. — Vieno Butapichon con otros caciques a ver y satisfacer al Marques. — Mándalos detener y prender 
a Butapichon porque habló con dos indios de Arauco. — Juzgan todos y el Capitán Arenas que no ay causa 
para prenderle. — Mal consexo que se siguió. — Prenden a los caciques y tómanle la confesión. — No se halla 
nada contra ellos y confírmase quan de paz están por traer Catalán 45 captivos sin rescate. — Acusaciones 
contra los indios nuevas, glosando todas sus acciones. — Creímos tan fácilmente como los indios y calmos en 
lo que les culpábamos. — Los recelos do todas las acciones de los indios. — Vienen descuidados los mayores 
caciques a ver al Marques por el afficion que le tienen. — Mándalos prender y traher de el Nacimiento 
divididos. — Házenles la causa y la acusación y dizen que es todo mentira y hazen gran sentimiento de su 
prisión. — Haze el Manpes juntas y todos dizen que los castiguen según la acusación. — Consulta el Marques 
si les quitará la vida y hará la guerra. — Son muchos de parecer que si, que se les haga la guerra. — Acrimi- 
nan sus traiciones y mal natural. — £1 parecer de los doctos fué contraría — Que se debia esperar mas 
clarídad por no estar suficientemente probado el delito. —Que el miedo les excusa por haber sido tan grave. — 
Que se les trate en la prisión bien, como a gente principaL — Que las demostraciones que han hecho en estas 
pazes tan singulares es prueba de su inocencia. — Que el hazer la guerra será para hazerlos mas obstinados 
y para perder el fruto que se va cogiendo. — No se ganó tanto con la guerra como ahora con la paz. — 
Bebemos persuadimos a que hazemos pazes con gente fácil y mudable. — Solo Dios sabe la verdad de su 
mudanza, que no se prueba, y sin razón evidente no se les puede hazer guerra. — Déseles a entender lo que 
se dize de ellos para que se corrijan, y esperemos con paciencia que se arraiguen en la fe. — Que no ay que 
hazer caso de lo que diz^n en estando borrachos, — En volviendo en si no se acuerdan de lo que digeron. — 
Que no porque matasen a los Padres se les ha de dexar do predicar y procurar su salvación. — Que se estén 
presos hasta que se aclare su culpa o su inocencia. — Que no hemos de ser fáciles en creer como los indios, — 
Que los hagamos buenos con el buen tratamiento. 



No se contentó Butapichon con embiar 
su hixo a dar disculpa del sobresalto que 
avian recevido él y muchos con las men- 
tiras de Picliipil, sino que fué él en per- 
sona con otros caciques a la Concepción 
a ver al Marques, el cual los hizo detener 
en la Concepción, regalándolos mucho 
en casa de el Vedor general, y aunque 
andaban sueltos, trahian una y dos pos- 
tas sobre sí que miraba por ellos al des- 
cuido y con ^cuydado. Salió un dia a 
la playa Butapichon, y encontrándose 
con dos indios de Arauco que trahian 



cada uno un caballo de reata, se hablaron 
con mucha familiaridad, y los indios se 
apearon a abrazarle y a conversar con él. 
Y sospechando la posta mal, dio parte 
imaginando que se queria huir y que le 
trahian caballos para el efecto, y por esta 
sospecha mándale el Marques prender 
y los soldados Uébanle a la guardia, tra- 
tándole de traidor y diziéndole algunas 
razones pessadas. Entró en consexo el Go- 
bernador, y no hallándose delito cierto 
contra él ni prueba ningima, mas de una 
malicia de la posta, le pesó de averie pre- 



200 



DIEGO DE ROSALES. 



SO y puesto en afrenta, y en el consexo dixo 
el Capitán Juan Vasquez de Arenas que 
la prisión le parecia sin causa, porque si 
los indios con quienes habló fueran de su 
tierra, fuera con fundamento la sospecha 
de que le trahian caballos para huirse, 
pero que siendo de tierra tan diferente 
como Arauco, no avia fundamento ningu- 
no. Y si le trageran caballos no avia de 
ser tan a lo descubierto, ni el traer aque- 
llos indios caballos de reata era ocasión 
de sospecha, que qualquiera indio buen 
soldado los trahe, y el hablarse amigable- 
mente y abrazarse quando se encuentran, 
y mas con un forastero, es muy ordinario, 
y que juzgaba que sin fundamento le avian 
preso; y juzgó bien y con aprobación de 
muchos. 

Pero añadió: "ya que está hecho el yerro, 
porque no se vaya y oflFendido cause algún 
alboroto, estésse preso y préndase los de- 
mas," cousexo que todos siguieron, como 
si un yerro no fuera mexor dorarle que 
remacharle. Y como si no fuera mas justo 
al inocente darle por libre y desagraviar 
al agraviado que agravarle las prisiones 
mas y acrecentarle la afrenta, y pudién- 
dole después de preso acallar con buenos 
medios y con alguna dádiva, que estos 
indios fácilmente se satisfacen, le iiTitaron 
mas por tratarle como reo, y el que se 
siente sin culpa concive mayor enoxo y cria 
un bolean de ardores en el pecho. Prenden 
a Reuquante y a los demás caciques, téman- 
les la confesión, y ellos inocentes dizen que 
no saben nada, y Butapichon que acaso en- 
contró aquellos dos indios y los saludó y 
habló por cortesia, y que ni se metió en 
preguntarles para qué trahian aquellos 
caballos de reata, por ser ordinario en los 
indios el traherlos para remudar y no 
apurar mucho un caballo. Arrimáronles 
la causa de la fuga al monto y respon- 
dieron que la culpa avia tenido Pichipil, 



que les fué a meter tal miedo y a darles 
tanta prisa que se pusiessen luego en cobro, 
que ya venia el campo sobre ellos, que las 
mugeres, como mas medrosas, mirando 
por sí, que es derecho natural, se echaron 
al monte, pero que los hombres cuerdos 
examinaron la mentira y conociendo que 
lo era las hizieron volver a sus ranchos y 
venian a ver al Marques y satisfacerle y 
a rogarle que castigasse semexantes albo- 
rotadores, porque otros no se atrebiessen a 
causar inquietudes. Dieseles entero crédito 
por entonces, no hallándose contra ellos., 
delito, y confirmáronse en quan firmes 
estaban en la paz los de la tierra adentro 
por averie dado al Capitán Juan Catalán 
en esta ocasión los indios de la Imperial 
cuarenta y cinco captivos que allá tenían, 
sin pedirle paga ni rescate por ninguno 
de ellos, que si estubieran de guerra o la 
intentaran hazer, no dieran sus captivos, 
como no los daban quando la hazian y si 
daban alguno era por muy buen rescate. 
Con esto juzgaban los presos que sal- 
drían libres, purgados ya de toda calum- 
nia, pero como es ordinario ser todos con- 
tra el caido y rempuxarle para que se 
acabe de despeñar, assi les aconteció a 
estos desdichados caciques, que luego ubo 
contra ellos difi'erentes indios que los acu- 
saron de traidores, atestiguando que avian 
visto y oido tratar en sus juntas secretas 
de matar a los españoles, a Lincopichon, 
Butapichon, Chicagualá, Lebuepillan, Ya- 
pilabquen y otros caciques de la cordille- 
ra, y que las pazes de Quillin avian sido 
de cumplimiento y por asegurar a los 
españoles para coger algún trozo de dos- 
cientos o trescientos y degollarlos. Y que 
lo que mas encargaban a sus soldados, era 
que se rehiziessen de armas, de caballos, 
de espadas y cosas de yerro que ellos no 
tenían, y que para esto estaban confede- 
rados con los de Osorno y de Cuneo para 



HISTOBIA DE CHILE, 



201 



juntar sus fuerzas y acabar con los espa- 
ñoles, a quienes aborrecían como a enemi- 
gos. Y de alguna palabra que les ubiessen 
oido a otro intento, alzaban figura y la 
glossaban a su propósito, y de verlos mi- 
rar con curiosidad las cosas y las casas de 
la Concepción, que nunca avian visto y las 
miraban como nuevas, formaban mysterios 
y sospechas y dezian que no venian sino 
a espiar. Y estas cosas y otras fueron cre- 
ciendo y haziéndose tan creibles que lo 
que nosotros culpábamos en los indios 
que fácilmente creian y se movían, veni- 
mos a cometer por demasiado recelosos, 
creyendo quanto dezian los indios o em- 
bidiosos o noveleros y amigos de congra- 
ciarse y de dezir al gusto del que los 
pregunta. 

Y como el imaginativo o celozo todo 
quanto ve y oye lo tuerze a su proposito 
y de el que se tiene mal concepto se cree 
todo lo malo, porque ya es como assenta- 
do el hazer muchos cestos quien hizo uno, 
assi todo se creia de estos y todo quanto 
hazian se.torcia a mal intento. Si se ve- 
nian a nuestras tierras cumpliendo lo ca- 
pitulado y lo que se les avia ordenado, 
dezian que era traición y que se nos acer- 
caban para armarnos niexor el lazo. Si 
ayunos, por estar allá emparentados, tar- 
daban en venir, dezian que era no querer 
desabrigarse de las armas y trazar el tiro 
desde lejos. Si venian a nuestras tierras, 
que eran espias; si no venian, que tenian 
mal corazón y no nos podian ver. Si com- 
praban, que iban juntando con que hazer- 
nos -guerra. Si vendían, que iban haziendo 
su negocio. Y, en fin, no ponian en parte 
el pie o la mano que no se clavassen en 
espinas, donde no imaginassen riesgos y 
recelassen traición. 

Bien descuidados de lo que les avia de 
suceder y de las calumnias que contra ellos 
se iban fabricando, vinieron los caciques 



de quien se dezian estas cosas y que hazian 
parlamento, y como vivían descuidados y 
fiados en su buen proceder, vinieron lla- 
namente a ver al Gobernador los princi- 
pales fautores de las pazes y las cabezas 
de toda la tierra, Lincopichon, Chicaguala, 
Liencura, Reuquante, Mancan, Lebuepi- 
llan y Abpilabquen, porque avian cobrado 
tanta afficion y querencia a los agasajos y 
afabilidad de el Marques, que sin reparar 
en caminos venían a verle a la Concepción, 
a mostrar el amor que le tenian y darle 
parte de quan buena estaba toda la tierra 
y quan gustosos todos con la paz. Y a es- 
tos, sus mayores amigos y aficionados, pa- 
reciéndole que como mariposa se venian a 
abrasar a la llama para que su propría 
afficion les sirviesse de túmulo, los mandó 
prender a todos en el Nacimiento, a don- 
de llegaron, y que los tragessen a la Con- 
cepción divididos unos de otros. No se 
puede fácilmente significar el sentimiento 
de estos caciques que se preciaban de tan 
fieles y leales, que se procuraban mostrar 
tan finos, ganando a otros y concitando 
las voluntades de todos, quando se vieron 
presos y aerroxados por lo mismo que es- 
peraban ser faborecidos y honrados, y mas 
quando se Jes hizo causa y le leyeron las 
acusaciones, de que hizieron burla y se 
riyeron, admirándose de que los españoles 
se moviessen tan de ligero y ubiessen he- 
cho con ellos una demostración tan fea y 
afrentosa y dizíendo que no se hallaban 
culpados en cosa ninguna de las que les 
acusaban, que eran mentiras y invidias de 
indios. 

Hizo el Marques varias juntas y conse- 
xos y llamó a ellos a los amigos antiguos 
de Arauco y Talcamavida, San Christóval 
y Santa Fe: propuestas las acusaciones, 
según ellas todos los condenaban por dig- 
nos de muerte y que en materia de fideli- 
dad hasta los pensamientos se avian de 



202 



DIEGO DE ROSALES. 



castigar. Y como no ubiesse quien digesse 
nada contra Antegiieno y su hixo, juzga- 
ron que se debian soltar, y assi se hizo, y 
a los demás caciques los embiaron presos, 
repartiéndoles en difFerentes fuertes. A 
Lincopichon y a su hijo, a Angol, donde 
estubo con una corma pesadissima (1) con 
toda su gravedad y sus canas, y a Chicagua- 
la y Lebuepillan, al Nacimiento; a Buta- 
pichon y a Renqueante, a San Christóval; 
a Liencura, a Buena Esperanza, para que 
sirviessen a los demás de escarmiento. Y 
consultando el Marques si los quitaría la 
vida por lo que de ellos avian depuesto 
otros indios, se dividió el consexo en varios 
pareceres, y muchos fueron de parezer que 
les quitasse la vida y se hiziesse la guen-a 
a sangre y fuego, alegando experiencias 
de sus traiciones y que nunca daban la paz 
sino C(.n doblez y dos corazones y espe- 
rando la ocasión de un descuido para lo- 
grarle en las ocasiones, y que seria bien 
debilitarlos antes que se rehiziessen de ar- 
mas y caballos; que ya avian mostrado su 
mal comzon creyendo a Pichipil, huyén- 
dose a las montañas a fortificarse y con- 
vocando a otros, y que presos ya estos, en 
soltándolos no servirían sino de levantar 
banderas, lastimados, y hazer gente contra 
nosotros; que estos son hijos de el rigor, 
barbaros y inconstantes, y que no guardan 
fe, y a quien no la guarda no se le debe 
guardar; y que el Padre Valdivia les trató 
medios de paz en nombre de su Magestad, 
muy a proposito para ellos y de mucha 
utilidad, ofFreciéndoles sus tierras, y la re- 
ci vieron fingidamente y mataron tres pa- 
dres que les fueron a predicar, y lo mismo 
quieren hazer ahora y para eso los piden, 
usando de ficciones y no queriendo apro- 
vecharse de la benignidad de su Magestad 
sino para sus traiciones, y para eso es me- 



xor ganar por la mano y asentái^sela muy 
bien antes que ellos hagan de las suyas. 

Este fué el parezer de muchos experi- 
mentados y ardientes soldados, pero otros 
de igual calidad y el Reverendo Padre 
Simón de Ogeda, Provincial de la Com- 
pañia de Jesús, el Padre Bartholomé Na- 
varro, persona de gran religión y consexo, 
el Padre Francisco de Vargas, confesor de 
el Marques, y otros, que por theologos y 
espcrimentados, llamó el Gobernador a su 
consexo, digeron que por los indicios tan 
vehementes estaban bien presos y que no 
se podia aver hecho otra cosa para averi- 
guar la verdad y certificai'se de el delito; 
pero que pues ellos le negaban y solos 
eran los acusadores indios siempre sospe- 
chosos, siempre tenidos por falsos y invi- 
diosos, y que muchos no hazen un testigo 
ábil, se debia esperar a mayor certidum- 
bre, y que aviendo ellos dado por disculpa 
de su fuga y convocación los miedos quo 
les puso Piclüpil con sus mentiras, bas- 
tantes a poner n^iedo y recelo a un hom- 
bre muy constante, que los recelos que 
tenemos nosotros de su inconstancia tienen 
ellos de nuestra fee, se les debian admitir 
y no debian ser castigados por esa fuga, 
pues era de miedo, que el derecho llama 
cadem in virum constaiitem, y que al mas 
firme y constante le hiziem vambolear, y 
que no es muclio que se recelen ellos de 
nosotros y que den la paz con dos mii*as 
y intentos, que son: si nos trataren bien, 
perseveraremos de paz; si mal, tomaremos 
las anmis. Que el remedio para que per- 
severen en nuestra fee es guai'dársela y 
tratarlos bien; que si no, siempre han de 
procurar repeler sus males y han de usar 
del derecho natural que enseña a repeler 
la fuerza con fuerza y salir al encuentro a 
sus males. Y llegando el aviso tan vivo de 



(1) Corma está empleada aqaí por cepo. 



HISTORIA DE CHILE. 



203 



que iba el campo a prenderlos y a que- 
marlos, y viéndole marchar por sus oxos, 
excusa tienen de su recelo. Que el no re- 
celare es poca cordura, aunque el alterar- 
se sea poca fidelidad; y esto nos enseña a 
nosotros a vivir con recelo y con cuidado 
con las armas y a no descuidarnos por la 
paz. Y pues los presos son caciques prin- 
cipales y los promotores de las pazes, será 
justo que se les trate como a gente noble, 
con toda cortesia, para que purgado el 
delito, quando vuelvan a sus tien-as, no 
vuelvan agraviados, aunque vuelvan sen- 
tidos de la prisión, que el sentimiento es 
natuml y no se podrá remediar; pero po- 
dnlselcs templar con darles a entender la 
ocasión que para ello ha movido. Y avién- 
dosenos entrado por nuestras puertas y dc- 
vaxo de la palabra real venido a disculpar 
su libiandad, han dado a entender que no 
se ven culpados, que el delito retrahe y 
acobarda; y las demostraciones que han 
hecho y van hazicndo dan a entender que 
proceden con buen deseo de la paz, por- 
que aunque otras vezes han dado pazes, 
nunca han heclio las finezas que ahora, 
que han sido: dexar las montañas, poblarse 
en los valles, vcnií'se tantos debaxo de 
nuestras aiinas, convenir universalmente 
todos en la paz y dar tantos captivos sin 
rescates; cosas son estas que en muchos 
años no las consiguiéramos con la gueiTa, y 
8Í la guerra vuelve, todo esto se ha de per- 
der y con ello la esperanza de sacar los 
demás captivos, los amigos que de nuevo 
se nos han agregado. La guerra será para 
hazerlos mas obstinados, para perder tan- 
tos bienes y finitos como se van cogiendo, 
para estorvar el bien y la conversión de 
sus almas y los baptismos de los que 
están pidiendo y el deseo de su Mages- 
tad. No nos víamos tan sobrados de sol- 
dados y armas que no tubiéscmos por 
gran conveniencia que ellos nos ofirecies- 



sen la paz. No nos vimos con tantos bue- 
nos sucesos, quando en tiempo de Don 
Luis Feniandez de Córdova se les dixo 
que tomassen laa armas y afilassen las lan- 
zas, que bien aporreados nos trageron y 
bien lastimados de desgracias. Las utilida- 
des que quando se admitieron las pazes se 
reconocieron, todavia están en pié. No so 
ha ganado tanto con el derramamiento de 
sangre en setenta o ochenta años como se 
ha ganado sin ella estos dias. Quando 
les admitimos la paz, bien sabiamos que 
haziamos amistades con gente fácil, incons- 
tante y que desea lograr un descuido; no- 
sotros tendremos la culpa si le lograren 
por descuidamos; y si por fáciles y in- 
constantes nunca les hemos de admitir la 
paz, es imposibilitar su conquista, su con- 
versión y su reconocimiento a su Rey, por- 
que el natural es imposible quitái'scle si- 
no consumiéndolos y en eso no se sirve a 
Dios ni al Rey, y para averíos de consu- 
mir nos he^nos de consumir todos los que 
estamos en el Reyno y otros muchos que 
después vendrán; mas fácil es moderarles 
el natural con el buen trato, pues vemos 
por esperiencia quánto ha obrado el aga- 
saxo en tan poco tiempo y que ha conse- 
guido lo que no han podido acabar en mu- 
chos años los rigores. 

La verdad de sus tratos dobles y jun- 
tas que se les imponen que han heclio 
para matar a los españoles, que es lo que 
ha movido a la prisión, la sabe Dios, que 
las pruebas no son tan claras ni tan evi- 
dentes como la luz del dia. Y para con- 
denar a imo a muerte o para mover gue- 
rra, no bastan razones probables como 
quiera, sino que son menester que sean 
evidentes y mas claras que la luz de el dia. 
Y si de verdad no han tenido trato doble, 
sin causa les haremos la guerra, y siendo 
sin causa será injusta y iuiqua y los alza- 
remos quando los deseamos conseiTar en 



204 



DIEQO DE ROSALES. 



paz. A los principios se cura fácilmente 
el mal, y antes que la llaga se encone se 
le applica con provecho el remedio. Dé- 
seles a entender que emos alcanzado a 
saber sus intentos; sepan que conocemos 
sus pensamientos, que estamos mas ade- 
lante de sus traiciones, que si las han in- 
tentado se retraherán; y si no, quedaremos 
gustosos de no aver procedido a medios 
rigurosos y a cauterios de fuego no avien- 
do cáncer: ¿y no nos pesará después de 
aver cortado el pie y el brazo, pudiéndo- 
le aver sanado sin cortarle ni perderle? que 
las enfermedades se han de curar con pa- 
ciencia y no con apresuracion, y el que 
siembra ha de esperar con paciencia a 
que la semilla se arraige, a que crezca y a 
que dé fruto. 

Ayer sembramos la semilla de la paz: 
¿qué mucho que aun no haya echado 
raizes? esperemos con paciencia a que 
arraigue y a que crezca y cogeremos el 
fruto. No son tan barbaros que no co- 
nozcan el bien que tienen en la paz, y assi 
la han solicitado y pedido. Que alguna vez 
quando están bebiendo y borrachos digan 
alguna palabra y calientes echen algunas 
valentias, no ha de ser causa para darlos 
por traidores, que ellos son de esa calidad, 
que en estando borrachos dizen mil dis- 
parates y en volviendo en sí no se acuer- 
dan de lo que digeron. Bien puede ser que 
esos indios que les acusan les hayan oido 
dezir algunos disparates y echar arrogan- 
cias y valentías en tales ocasiones, y di- 
chos de indios borrachos no nos han de 
mover a tenerlos por ellos por traidores y 
a hazerles la guerra, pues vemos que en 
volviendo en sí hablan con estima de la 
paz, y a vozes dizen el bien que les ha he- 
cho el Marques y le publican por padre y 
desean ser christianos. Y el aver muerto 
Anganamon a los padres no ha de ser 
causa para que se les dege de predicar el 



evangelio, pues entonces ubo la ocasión 
que se sabe de las mugeres que se le vi- 
nieron y no convino dárselas. Y los pa- 
dres fueron dichosos en morir por irles a 
predicar y por causa tan gloriosa. Y en la 
China y en el Japón matan cada dia a los 
padres y no por eso dexan de entrar con 
santo zelo una y otra vez a predicarles, 
y en nuestra España murieron a manos 
de tiranos todos los primeros compañeros 
del apóstol Santiago y no por eso de- 
xaron otros varones apostólicos de entrar 
a predicarles, y han hecho con esa san- 
ta porfía el fruto que vemos y la mas 
floreciente christiandad de el orbe de una 
nación tan barbara como esta en sus prin- 
cipios. 

Sea, pues, la conclusión que se estén 
presos hasta ver si se aclara mas su delito 
o su inocencia, y que los dos campos en 
tren en campaña y el señor Gobernador 
con todas las fuerzas para reconocer quá- 
les son los fieles amigos y si ay algunos 
que quieran ser enemigos, que la ocasión 
dará lo que se ha de hazer; que el 
publicarles luego la guerra, sin eviden- 
cia de su traición, fuera ponerse a peli- 
gro de castigar al que no es culpado y 
ocasión de que padeciessen muchos ino- 
centes, y de que siéndolo, todos los alze- 
mos por nuestra apresuracion quando los 
debemos conservar, y evitaremos en eso 
que los indios no nos culpen y digan que 
somos mas fáciles que ellos en creer cuen- 
tos y chismes y en movernos de ligero y 
partir con la primera nueva; que siempre 
que ay pazes ay estos cuentos y rezólos 
de unas partes y de otras, y si se abre la 
puerta a ellos y somos demasiado recelo- 
sos, habrá mil inquietudes y desasosiegos, 
como los tiene un zeloso con su muger, 
que quanto ve y oye todo le inquieta. 
Hagámoslos buenos con el buen trato y 
no fáciles en moverse con serlo nosotros. 



HISTORIA DE CHILE. 



205 



que assi serán buenos amigos, y los que oy 
lo son en nuestras fronteras de Arauco y 
San Christóval comenzaron assi con una 
amistad dudosa, y con el buen tratamien- 
to se han confirmado y fortalecido en 
nuestra amistad. 



Contentó este parezer a todos, y assi 
trató el Marques de que se quedassen 
presos y encargó su buen tratamiento y 
dispuso lo necesario para la campeada, 
convocando gente de todas partes para 
engrosar el exército. 



CAPÍTULO XIL 



Cómo se conservaron los nuevos amigos de la costa en paz 
y sin prisiones, aunque hubo entre ellos también mu- 
chos cuentos, por la astucia y buena maña de el Capitán 
Catalán; y cómo los de Arauco y Puren hizieron Boqui- 
buyes para conservar la paz. 

• 

• 

Loe do la costa se conservaron en paz por el buen trato y prudencia del Capitán Catalán. — También habia cuentos 
y chismes, y Catalán los divertía. — Careaba a los acusadores con los acusados. — Avia mil cuentos y iba 
donde los indios estaban y averiguaba las mentiras. — Que en viendo y hablando a los indios se descubría la 
mentira. — Que si dezian algo, confesaban quo indios borrachos hablaban con la chicha disparates. — Que 
cuando tratan los caciques alguna cosa de importancia la tratan antes de beber. — Que todos son unos loa 
indios, y estos de la costa se conservan con haber cuentos. — Los Araucanos para afirmar las pazes se hazen 
Boquibuyes. — Qué son Boquibuyes y sus ceremonias. — Convidan los do Aranco a los de Puren a hazerse 
Boquibuyes para afirmar la paz. — Son como sacerdotes y escogen los nobles para esa dignidad. — £1 recogi- 
miento que tienen y el trage. — Van los Boquibuyes de Arauco a ver a los de Puren. — El recevimiento que 
se hizieron los unos a los otros. — Cantan a dos coros. — Matan ovexas de la tierra los de Puren a los de 
Aiauco. — Danles los corazones y repártenlos en sefíal de que tienen un corazón. — Lleban a los gUespcdes 
al Convento, doude nadie entra, y alli guardan castidad. — Por fabor dejan entrar al Maestro do campo y yo 
no entré por haber supersticiones. — Los buenos effectos do las pazes. — Tmtan con familiarídad con los 
españoles. — Haze un parlamento Cien taro a los de Puren. Exhórtalos a la paz y que sean christianos. — 
Quan mal hizieron en matar a los Padres. — Dízcles bien de los Padres de la Compañia. — Que desde niño le 
enseñaron a rezar y los trae para que les enseñen. — Reza Clentaro y dízelcs que aprendan de el Padre como 
él, y rezan todos. 



En el tiempo que anclaban estas re- 
vueltas y prisiones entre los indios de la 
parte de la cordillera y los cuyunches, se 
conservaban en grande paz y quietud 
los que se avian venido a poblar a la cos- 
ta de la mar y estaban en Pilmaiquen, 
Lincoya, Cayucupil, Paicabi, Tucapel, An- 
golmo, Elidirá, Calcoimo y Relomo, y 
assiraismo los de Puren, que hazian un 
cuerpo con estos de la costa, porque el 
Capitán Juan Catalán, que los gobernaba 
con su prudencia y buen arte, los tenia 
tan ganados y conformes que hazia de ellos 
quanto queria y no avia quien se moviesse 
a cosa que no fuesse de el servicio de el 
Rey; visitábalos a menudo, animábalos, 



componía sus diferencias, repartíales las 
tierras y acallaba a los mal contentos, con 
que todos venian a estar conformes y gus- 
tosos; pero no dexaba de aver cuentos y 
chismes, que son fruta de esta nación; mas 
con sagacidad los oía el Capitán Cata- 
lán, y examinando el fondo y mirando las 
causas de donde procedían, venia a averi- 
guar que eran mentiras y que ellas se caian 
de maduras, y viendo que emn cuentos los 
dexaba pasar, dando vado a los chismes, 
que si se quiere uno meter mucho en sus 
profundidades le ahogaran sin hallar pie. 
Y quando hallaba que el chisme tenia 
akun viso de verdad los careaba a los 
acusadores, qué este es el mexor modo de 



HISTOIMA DE CHILE. 



207 



averiguar entre estos indios los pleitos y 
las acusaciones y el que ellos usan para 
descubrir la verdad, no nuestras pniebas 
de testigos, que no las usan ni las aprue- 
ban. Y en careándose se aclaraba la ver- 
dad y se deshazian los nublados, y si le 
dezian que en una provincia hazian junta 
contra él o en alguna borrachera hablaban 
y trataban de matarle a él y a sus solda- 
dos, no se apresuraba ni lo daba luego por 
hecho, porque de estos cuentos y avisos 
tenia cada dia una machina de ellos, y co- 
mo ya les conocia la flor no les daba cré- 
dito sino que, para dcshazer los nublados 
y satisfacerse a sí mismo y a los que le 
Uebaban semexantes delaciones, se iba a 
las provincias acusadas y a las borracheras 
donde estaban bebiendo, y entrando de 
repente, quando lo salian a recevir con 
los brazos abiertos, les dezia: "Qué me ve- 
nis a abrazai* si me han dicho que tratáis 
de matarme? Aqui vengo; veamos quién 
me quiere mal o por qué." Y preguntán- 
dole admimdos quién se lo avia dicho, les 
respondía que tenia un Guecubu (como si 
digera un familiar) que le revelaba los se- 
cretos. Y si no avia pasado nada le dezian: 
"No creas, Capitán, a embusteros ni a in- 
yidiosos que no tendremos jamas paz, y 
pues conoces nuestro natural y que ay mu- 
chos que por congraciarse contigo, porque 
les des algo y los tengas por tus fieles con- 
fidente, te irán con mil mentiras, no los 
creas, sino óyenos a nosotros, que si ubiere 
algo te lo diremos claro." Y assi le acon- 
teció muchas vezes, que entrando assi don- 
de estaban bebiendo y diziéndoles que sa- 
bia cómo hablaban contra él y contra sus 
españoles y que los querian matar, le de- 
zian: "No hagas caso. Capitán, de lo que 
algimos dizen estando bon-achos, que a un 
borracho no le podemos los caciques tapar 
la voca, y en estando caliente con la chi- 
cha dizen disparates y echan valentias, y 



en durmiendo la zon'a, no se acuerdan de 
lo que digeron quando despiertan. No ma- 
ta a nadie el indio borracho que dize que 
hará y acontecerá, y no tratamos los alza- 
mientos con semexante gente, que como 
conocemos nuestro natural, los caciques, 
quando hemos de tratar una cosa de im- 
portancia, la tratamos antes de beber y 
muy en juicio. Y assi no hagáis, los espa- 
ñoles, caso de dichos indios borrachos, que 
son dichos que se los lleba el ayre, y no 
dimos la paz para alzamos luego ni hemos 
venido a gozar de el bien que tenemos en 
nuestras propias tierras donde nacimos 
para perderle, y mas no dándonos tú oca- 
sión ni tus españoles." Que ordinariamen- 
te estos cuentos, que de una y otra parte 
ay, averiguados bien, no tienen sustancia, 
y si caen en manos de una peraona crimi- 
nal o espantadiza le inquietarán grande- 
mente y inquietai-á a los indios. Los mis- 
mos eran estos de la costa que los de la 
cordillera, y estos se conservaban en paz, 
con muchos mas cuentos, por las diligen- 
cias y cordura de el Capitán Catalán, y los 
de la cordillera eran solo los malos y los 
aprisionados, siendo todos unos. 

Los indios de Arauco y amigos antiguos, 
viendo las inquietudes que podian causar 
estos cuentos y deseosos de hacer de su 
parte alguna diligencia por conservar en 
nuestra amistad los indios de Puren y de 
la costa, trazaron de hazer una invención 
que solo de tarde en tarde la hazen y es 
entre ellos un gran sacramento y medio 
eflicaz para conservar las pazes, que es ha- 
zer Boquibuyes, que es un genero de sacer- 
dotes, que assi lo explican ellos, los quales 
tratan de la paz y visten hábito dififerente, 
abitan en una montf.ña que tienen para 
este proposito que llaman Regué y es 
como su convento, donde se recogen, y no 
comunican con sus mugeres el tiempo que 
alli están, y solo unos muchachos que Ha- 



208 



DIEQO DE ROSALES. 



man Comallues, que son como sus mona- 
zillos o legos, les Ueban de comer, y el 
tiempo que son religiosos no puede ningu- 
no tomar las armas de sus soldados ni ayer 
guerra. Y porque de sus ceremonias, tra- 
go y costumbres, traté largo en el libro 
primero, capitulo séptimo, no lo repito 
aqui: alli lo puede ver el lector, que es 
gustoso el saber sus ceremonias. Lo que 
al presente haze para el intento es que los 
araucanos convidaron a los de Puren, que 
nunca avian estado de paz sino quando 
mas veinte y cuatro horas y ahora la avian 
abrazado con veras, y para que perseve- 
rassen en ella algún tiempo y se fuessen 
aflBcionando, les digeron que hiziessen Bo- 
quibuyes, que ellos también los harían, y 
concertándose eligieron los caciques mas 
principales de una y otra provincia, que 
para el officio sacerdotal no admite esta 
gente personas plebeyas, que con ser bar- 
baros y su sacerdocio de burla y por tiem- 
po, no juzgan por decente que suba a él 
persona valadi y de pocas obligaciones (ad- 
vertencia que debian tener los christianos 
para no levantar al officio sacerdotal del 
sumo Dios personas tan vaxas y de tan 
pocas obligaciones como las de algunos que 
se ordenan). 

Estubieron recogidos estos Boquibuyes 
en sus conventos todo aquel año, los de 
Puren en el suyo y los de Arauco en el 
de Arauco, sin salir de él ni quitarse el 
hábito ni los bonetes colorados que traben 
ni para dormir, que es modo de peniten- 
cia no quitarse el hábito, o ceremonia suya 
supersticiosa, y al tiempo que ubo de salir 
la campeada que el Gobernador tenia 
apercebida, salieron de su convento los 
vanos sacerdotes y Boquibuyes de Arauco 
y fueron marchando con el campo, hazien- 
do comunidad aparte, y quando llegaron 
a Puren salieron de su convento en co- 
munidad los Boquibuyes de Puren a rece- 



virios. Y fué de ver el recevimiento, a que 
me hallé presente por ir por capellán de 
el exército y misionero de los indios de 
Arauco, porque se pusieron en orden to- 
dos los Boquibuyes de Puren, haziendo 
una frente vistosa, todos con sus ramos de 
canelo en las manos, sus vestidos particu- 
lares de aquella religión o sacerdocio, ca- 
belleras largas de cochayuyos de la mar, 
laminas de plata en la frente, y muy gra- 
ves y mesurados estubieron aguardando a 
que llegassen los Boquibuyes de Arauco, 
los qualcs se pusieron a distancia de trein- 
ta pasos, parados y en orden, enfrente 
los unos de los otros, y sin hablarse palabra 
comenzó el coro de los Boquibuyes de 
Arauco a cantar un romance particular y 
usado solo de los Boquibuyes, y tan sin- 
gular, que quando ubieron de hazerse los 
Boquibuyes no avia quien le supiesse, que 
ya se avia perdido de la memoria, por aver 
muchos aüos que con la guerra no avia 
Boquibuyes, y solo se halló un indio muy 
viexo que le avia conservado. Acabado de 
cantar su romance los araucanos, callaron, 
y cantó el coro de los Boquibuyes de Pu- 
ren el mismo romance, estando todos los 
indios y los españoles de el exército mi- 
rando una novedad como aquella. Fué- 
ronse acercando con mucha pausfi y me- 
sura los de un coro al otro, y luego que se 
juntaron salieron ocho indios de Puren 
con ocho ovexas de la tierra y las mataron 
alli y se las sacrificaron a los Boquibuyes 
de Arauco en señal de paz y confedera- 
ción, y sacando los corazones palpitando, 
untaron con su sangre los canelos, y par- 
tiendo el corazón en pedacitos los repartió 
cada Boquibui a los de su mando para que 
quedasen unidos los corazones de los arau- 
canos con los de Puren, con quienes avian 
guerreado tantos años. 

Con esto Uebaron los religiosos Boqui- 
buyes de Puren a su convento a los Boqui- 



HISTORIA DE CHILE. 



209 



buyes de Arauco para hospedarlos en él y 
regalarlos: que el tiempo que están encer- 
rados en el convento les trahen de toda la 
tierra quantos regalos se hallan de pesca- 
do, aves y otras cosas, y sus mugeres les 
embian los guisadoa, sin entrar dentro mu- 
ger ninguna, que fuera gran sacrilegio, que 
aunque sacerdotes vanos guardan castidad 
todo el tiempo que lo son, y no solo mu- 
geres, ni otros indios ni españoles consien- 
ten que entren en su convento por ninguna 
manera, y en esta ocasión solo al Maestro 
de campo general de el exército y a mí 
dieron licencia para entrar dentro, y el 
Maestro de campo entró, pero yo no quise, 
por no cooperar ni entremeterme en cere- 
monias que tienen mucho de superstición 
y que en todo son gentilicas, y aunque su 
fin era bueno de la paz de una provincia 
con otra y de todas las demás circunvcci- 
ñas, pero el demonio, que es mona (1) de 
Dios, les persuade a los gentiles otro 
modo de sacerdocio y de religión que en 
algunas cosas se quiere parecer para enga- 
ñarlos, y en todo se diferencia. El campo 
se fué a aloxar al valle de Puren y yo con 
él, y los Boquibuyes se quedaron en el 
convento todo el tiempo que duró la cam- 
peada, de que tratará el capitulo siguien- 
te, mientras los dexamos a los Boquibuyes 
tratando de las pazes y comiendo y be- 
biendo y bailando a sus solas, que ese es 
el exercicio de esta gentil religión. 

Los buenos elFcctos de estas pazes y 
reconciliación de los de Arauco y los de 
Puren se vieron en la voluntad y promp- 
titud con que todos los indios de lanza vi- 
nieron a offrecersse al Maestro de campo 
para irle siguiendo a aquella campeada y 
en el afiecto con que toda la tierra, indios 
y indias, niños y viexos, se juntaron en el 



valle a ofFrezer camaricos de los frutos de 
la tierra al Maestro de campo y a los es- 
pañoles, cosa que admiró grandemente por 
aver sido aquel valle el campo de tantas 
batallas, enemistades, odios y mueii;es en- 
tre indios y españoles, que ya se trataban 
con tanta familiaridad como si fuessen 
hermanos de un vientre. Y estando todos 
juntos, hombres y mugeres, les hizo un ra- 
zonamiento el comisario de los indios do 
Arauco llamado Clentaro, indio de grande 
estatura, muy afamado en valentia y en 
ardides de guerra, diziéndoles el gusto 
que todos teuian de ver que los que eran 
antes tan enemigos, estubiessen ya tan 
conformes y unidos y que fuessen firmes 
en la paz que avian dado, como lo avian 
sido tantos años en hazer la guerra; y que 
supiessen que la unión de los corazones 
consistia en la unión de las religiones y 
que lo que el Rey deseaba de ellos era 
que fuessen christianos, y para eso les em- 
bió los años pasados padres de la Compa- 
ñia y los mataron, quitándose a sí mismos 
la vida de sus almas, que es lo mas princi- 
pal. Y que él y los de Arauco estimaban 
mucho y querían grandemente a los padres 
de la Compañia, porque no eran como los 
otros curas antiguos, sino que los trataban 
bien y con amor y los defendian y ampa- 
raban como padres, y no les quitaban ni 
inquietaban sus mugeres ni sus hijas, y los 
enseñaban las cosas de Dios y las oraciones 
en que se contienen los articulos de la fee 
y mandamientos de Dios. Vosotros teméis 
estas cosas y os receláis de rezar y oir la 
palabra divina: no temáis, que no son cosas 
de españoles, que tanto teméis y os causan 
recelo, sino cosas del cielo; no palabras 
de hombres, sino de Dios: yo desde niño 
las aprendí con los padres, y para quitaros 



(1) Esta palabra bastante vulgar existe en el oríjinal i está empleada por hnifndor o copunta^ condición qne se 
Atribuye a los monos* 



210 



DIEGO DE ROSALES. 



el miedo he de rezar aqui en vuestra pre- 
sencia y dezir las oraciones para que no 
tengáis miedo al padre ni recelo en el re- 
zar, y persinándose en voz alta y diziendo 
las oraciones, les dixo: "Oid ahora al padre 
y rezad con él y agi'adecedmo mucho que 
os traiga aqui a mi padre y a mi Maestro 
para que os ensene a vosotros." 

Movióles de tal suerte Clcntaro con 
estas cosas y quitóles de modo el miedo, 
que todos rezaron conmigo en voz alta, 
y les enseñé los misterios de nuestra santa 
fee y las preguntas del catecismo, a que 



respondieron con gi*ande gusto y admi- 
ración de los españoles, que no pensa- 
ron ver jamas en gente tan rebelde y tan 
enemiga tales demostraciones de averse re- 
ducido de veras a nuestra amistad y tales 
deseos de recevir la fee; y después los die- 
ron mayores, haziendo iglesia en su tierra, 
donde acudian con grande puntualidad a 
la doctrina christiana y se baptizaron mu- 
chos, de que se dirá en otro lugar, y esto 
baste para el intento presente, que es dar 
a entender quán de veras recivieron la paz 
todos los de la costa y los de Puren. 



■>i< 



♦*■ 



CAPÍTULO XII L 



Sale el Marques con el exército a campaña. Publica la 
guerra a los indios de la Cordillera y declara por fieles 
a los de la Imperial y la costa; haze algunas malocas a 
los que declara por enemigos y ellos no se dan por 
tales. 



A fio de 1643. — Salen los campos con el Marques a la campeada y júntanse en Curaupe. — Embia Antegneno nn 
mensage y respóndelo el Marqnes que venga a dar satisfacción de si. — Va por el camino hazieudo averigua- 
ción -y no halla prueba cierta. — Prende a Tinaqneupu y a otros caciques. — Haze consexo el Marqnes, y unos 
dizen que haga la guerra y otros que no. — Que no han tomado las armas, que no saben de fidelidad y se nos 
entran por las puertas. — Vando en que se publica la guerra contra los rebeldes. — Danse por de paz los do 
la costa. — Traben camaticos y ovexas que matar y no se lo consienten hasta echar el bando. — Quitan el 
bastón al hijo de Lincopichon y échanle a él y a Tinaqneupu por traidores. — Lloran de sentimiento porque 
dezian que no tenian culpa. — Agradeze la fidelidad a los que no se conspiraron. — Dizeme el Marques que 
predique alli a los que den la paz. — Prediquéles y oyéronlo con gusto y pidieron padres. — Hazen instancia 
porque nos degen en la Imperial a mí y al Padre Vargas. — Dize el Marques a los caciques que nos dexará con 
ellos y reciven gusto, y mayor nosotros, aunque algunos nos daban el pésame; mas no merecimos tanta dicha. 
— Pareció al consexo que no qnedassen los Padres en la Imperial por aversc publicado la guerra. — Sienten 
loe de la Imperial que se publique la guerra por su dafio. — Como no tenian abrigo ni montañas, daba al 
enemigo en ellos en venganza d¿ los españoles. — Matan ovexas de la tierra y no dejan que los de Pubinco 
maten la suya por comprehendidos. — Matan diez y nueve ovejas con sus ceremonias. — Embia jente el 
Marqnes a maloquear a GuilipeL — Retirase el Marques y tala en Pubinco. — Viene Guilipel a ver al 
Gobernador y dar satisfacción. — Despidele el Gobernador sin quererle ver. — Prudente determinación de 
Guilipel de no hazer guerra. — Buenos consejos a su gente para que no hagan verdad lo que de ellos se dezia. 
— Quedaron todos temiendo a Guilipel. — Recogió el Marques ^las reducciones. — Muestran los de Pnren su 
fidelidad quebrando los to(|UÍs. — Maloquean a Lincopichon. — Maloca del Sargento mayor a tierras du 
Lincopichon. — Mensage de Antegneno al Marques que toda la tierra deseaba la paz. — Nuevas que pasaban 
la tierra adentro. 



Para la campeada que avia publicado 
el Marques iba marchando el Maestro de 
campo Don Alonso de Figueroa, que poco 
antes le avia vuelto a elegir para el pues- 
to, y marchaba un lucido exército de ca- 
ballería y infantería cspaüola y mas de 
novecientos amigos, los quinientos de Arau- 
co y los cuatrocientos de Purcu y la 
costa, que salian bien armados y animados 
a pelear con los que se mostrassen contra- 
ríos a las pa¿es, y por falta de caballos no 
salieron otros muchos. Quando llegó el 
Maestro de campo a Curaupe, que era el 



puesto donde se avian de juntar los dos 
campos, ya halló alli al Marques aloxado 
con el cam[)0 de Yumbel y los capitanes re- 
formados, y todos se alegi'aron de ver al 
Maestro de campo acompañado de tantos 
indios amigos, repartidos en compaüias 
delante los que de nuevo avian dado la 
paz, y en la retaguardia los de Arauco. 
Estando el Marques en este aloxamiento, 
le vino un mensage del cacique Antegne- 
no el mozo, que embió con Talcalab, indio 
práctico, suplicándole que mandasse a los 
soldados no le hiziessen daño a sus se- 



212 



DIEGO DB HOSALES. 



mcntcras; y cmbiólo el Marques a dezir 
que viniesse en persona a purgarse del 
delito que se le imputaba de traidor en 
la fuga y revueltas pasadas^ y que si le 
ballasse sin culpa le perdonaría a él y a 
sus sementeras^ y si le bailaba culpado a 
él le cortaría la cabeza y a quantas espi- 
gas tenian sus sementeras. • 

Como iba marcliando el exército, con el 
concierto que la ocasión pedia, iban sa- 
liendo caciques al camino a dar la bien 
venida al Marques para mostrar el gusto 
que tenian de verle en sus tierras, y de 
camino iba averiguando la traición de los 
presos y de otros caciques, hallando la 
misma varíedad de dichos que en la Con- 
cepción avia hallado, y que unos los cuL 
paban y otros dezian que era todo mentira 
y que no tenian culpa ninguna, sino que 
todos estaban con buen corazón, como las 
demostraciones que avian hecho lo confir- 
maban. Y aviéndole venido a ver y dar la 
obediencia muchos caciques y entre ellos 
Tinaqueupu, que era indio de mucha es- 
tima y de gran valor, le detuvo a él y a 
ellos como presos en el campo mientras 
tomaba resolución de lo que convenia ha- 
zer. Juntó a consexo de guerra a los maes- 
tros de campo, aipitanes y caciques ami- 
gos, y propuesto el caso de las pruebas 
que avia contra los presos y las provin- 
cias de la cordillera, fueron de parezer los 
mas que se publicasse contra ellos la gue- 
rra y que se les maloqueasse sus tierras 
p«ra castigo y escarmiento de los (lemas, 
y que a los que se avian mostrado fieles 
amigos les hiziesse su Señoría los alagos 
y caricias que acostumbraba. Otros fueron 
de parezer que no se hiziesse la guerra, 
assi por no estar aclarado el delito ni te- 
ner la evidencia que era necesaria para 
una cosa tan grave como era hazer la gue- 
rra, como por las razones que se alegaron 
sobre lo mismo en la Concepción y se 



pusieron en el capitulo décimo, y que 
aunque el delito se probasse, se les debia 
condonar y usar con ellos de piedad y di- 
simulación y vivir con cuydado, porque 
este alzamiento no avia sido como otros 
en los quales avian tomado las armas, 
sino que solo se avia quedado el hablar- 
lo, sin saber si lo avian tratado estando 
borrachos o en su juicio. Y que como a 
barbaros era necesarío darles a entender lo 
que era la fidelidad y la palabra dada al 
Rey para en adelante, que como gente 
ignorante no hazen el peso que nosotros, y 
assi que pues se nos entraban por las puer- 
tas y avia venido el cacique mas princi- 
pal de la cordillera y el mas valiente, que 
era Tinaqueupu, gue muestras eran de que 
estaban de buena o arrepentidos de qual- 
quier mal pensamiento. Y que castigar a 
una gente nueva y que no sabe de fideli- 
dad, pensamientos solos, era mucho rígor. 
No prevaleció este parezer, y sabe Dios 
si era el mexor y el mas ajustado a la 
conciencia. Pero por entonces pareció me- 
xor el otro de que se rompiesse la guerra, 
y assi hizo luego el Marques un bando 
para publicarla contra los rebeldes, que 
como se quiso mostrar afable con los que 
eran fieles, quiso también mostrarse rígu- 
roso contra los rebeldes. Lo que contenia 
el bando era que daba por rebeldes a los 
caciques presos y publicaba la guerra 
contra ellos y sus vasallos y contra los 
demás rebeldes de la cordillera y sus pro- 
vincias, que son: Pubinco, Tomuco, Maque- 
gua, Regué y Uicura, en que habitan el 
Pichi Antcgueno, Lincopichon, Chicagua-^ 
la, Abpilabquen y otros, y las tierras de 
Aliante, Guilipel, Moliregue, Tabul, Au- 
pen, y las tierras del cacique Pailabquen, 
hasta la Villaríca, llamada Mallolabquen, 
y las de los puelches comprendidos en 
esta conjuración, quedando por de paz 
todas las de la costa, y el cacique Ante- 



HISTORIA DE CHILE. 



213 



guenu y su gente, por no aver constado 
contra ellos culpa alguna, con tal que no 
admitan en sus tierras a ninguno de los 
rebeldes ni les den fabor ni ayuda, con- 
forme lo capitulado, y que dentro de tres 
dias de la publicación de este bando se 
les ha de hazer la guerra a fuego y a san- 
gre. Esto fué lo que contenia el bando 
fecho en el rio de Curaupe ano de 1643. 
Aria ya concurrido de la Imperial, 
Tolten y toda la costa gran multitud de 
caciques y indios, y assi mismo de los de 
la cordillera, a dar la obediencia al Mar- 
ques y a hazerle camaricos de aves, corde- 
ros y fnitas. Y trahián sin esto muchas 
OTexas de la tierra que matar, y antes de 
U^ar a esta ceremonia y a hazer los par- 
lamentos acostumbrados, se tocaron las 
caxas y trompetas, y estando juntos, assi 
españoles como indios, se publicó el ban- 
do en que se rompia la guerra y se les 
dio a entender a los indios en su lengua, 
mandando a todos los comprehcndidos y 
dados por traidores que saliessen de alli 
y se fuessen a sus tierras y tomassen las 
armas. Quitaron el bastón a Cheuquene- 
cul, hijo de Lincopichon, que quedó hecho 
una noche y llorando de pena. Diósele a 
entender a Tinaqueupu cómo era compre- 
hendido en el bando de enemigo y de trai- 
dor y a otros caciques que estaban alli de- 
tenidos y que se fuessen de alli como 
enemigos. Y no es creible el sentimiento 
que hizieron: yo me hallé alli y tí llorar 
a Tinaqueupu, con ser indio valiente y 
duro en la guerra, y assi mismo a los 
otros caciques, que sentian el ver que dan- 
do ellos la paz con tanta voluntad, los 
desechassen por chismes sin fundamento y 
los obligassen a que volviessen a tomar las 
armas que tan de veras avian dexado. 

Dio el Gobernador a entender por me- 
dio del lengua general a los caciques y in- 
dios que avian sido fíeles y no se avian 

HI8T DE CHIL. — T. -JII. 



conspirado contra los españoles, lo que 
agradecia su fidelidad y como le assisti- 
ria siempre para todas sus necesidades, 
assistiéndoles con su exército para defen- 
derlos de los rebeldes; que se esforzassen 
contra ellos y fuesen leales a Dios y al 
Rey, y diziéndome a mí que les hizicsse 
un sermón a todos los que de nuevo avian 
dado la paz, predicándoles el Santo Evan- 
gelio, se le hize, dándoles a entender lo 
que su Magestad deseaba de ellos, que era 
que fuessen christianos y la obligación que 
tenian a recevir la fee de Jesucliristo, 
pues sola ella nos puede salvar, y assi 
mismo todos los misterios de nuestra san- 
ta fee que debian creer y lo que debían 
guardar en obediencia de el Dios verda- 
dero, criador de el cielo y tierra, que nos 
hizo a todos a su imagen y semejanza, 
para que gozássemos de su bienaventuran- 
za mediante la fee y las buenas obras. 
Oyéronlo con grande gusto y atención, y 
como los indios de Tolten y la Imperial 
avian sido christianos antiguamente, pi- 
dieron con grande instancia al Marques 
que les diesse padres que los enseüassen 
los mysterios divinos y los baptizasse sus 
hijos; que se acordaban con ternura de 
cuando tenian iglesias, oian missa, reza- 
ban y vivían como christianos, todo lo 
qual con la guerra se avia borrado, que 
aun la memoria no avia quedado; solo en 
los viexos avía algunos rastros. Y pidié- 
ronle que nos dexasse alli en la Imperial al 
Padre Francisco de Vargas y a mí, pro- 
metiendo de trabemos en palmas y fran- 
queamos sus tierras para que predicásse- 
mos el Evangelio y de damos sus hijos 
para que los cnseñássemos y lavássemos sus 
almas con el agua de el santo baptismo. 
Prometióles el Marques, viendo su buen 
affecto y la instancia con que nos pcdian, 
de dexaraos allí en la Imperial, de que re- 
civieron grande gusto los caciques, y el 



214 



DIEGO DE Rí>SALE3. 



padre y yo mucho mayor por hazcr ese 
semcio a nuestro Señor de conTcrtirle 
aquellas alm<ns y procurar sacar los capti- 
vos que quedaban. Y estando muy con- 
tentas, recibiendo parabienes de unos y 
(icsames de otros, que dezian que nos 
arian de matar luego como a los padres 
que mataron en Ilicura, cosa que nos daba 
muy poco cuydado, y de sus pésames no 
receviamos mas de su buena voluntad, por- 
que no era causa de pesar sino de mucho 
contento, que quando nos cupiera tan d¡- 
cliosa suerte fuera felicidad muy grande 
y no pesar, pues morir por causa tan glo- 
riosa es dicha que no la alcanzan todos, 
sino el que Dios escoge pam ella. Final- 
mente, como el Marques embió cumplidos 
los tres días a hazer la guerra y maloquear 
las tierras de Guilipel, que era indio muy 
afamado de valiente y el que gobernaba la 
guerra por su bjiena suerte y trazas, pa- 
reció al consexo de guerra que no era sazón 
ni tiempo a propósito para que quedá- 
ssemos los dos padres en la Imperial por 
tener tan cercano el enemigo y quedar los 
indios de la cordillera lastimados v malo- 
queados, con que era forzoso que se avian 
de vengar en los de la Imperial que queda- 
ban por amigos, y si hallaran alli padres 
harian con ellos lo mismo que hizo Anga- 
namon en Ilicura, porque quedaba la gue- 
rra dentro de casa, como se vio después, 
porque Guilipel lastimado maloqueó des- 
pués la Imperial y les hizo gi'andes daños. 
Y recelosos de estas guerras intestinas, 
sintieron en estremo todos los caciques de 
la Imperial y la costa la publicación de 
la guciTa contra los de la cordillem, assi 
porque juzgaban que eran testimonios, 
cuentos y mentiras a que no debia dar oi- 
dos el Gobernador y creer tan fácilmente, 
como se lo digcron, sino vivir con cuyda- 
do y prevención y esperar que se airaiga- 
sscn en la fee v amistad a vista de su buen 



I 



I 



agasaxo, como porque les dexaba la gue- 
ri'a dentro de casa v sin defensa de las 
armas españolas, porque luego se retiraron 
a sus tercios. Y como ellos se habian sa- 
lido a vivir a los llanos en nimplimiento 
de la capitulaciones y la tierra de la Im- ' 
penal es abierta y sin montaña, los cogian 
los de la cordillera sin defensa de los 
montes, que son sus fortalezas, y por ami- 
gos de los españoles los avian de acosar y 
pagar ellos todos los daños y malocas que 
les hiziessen los españoles, dando en ellos 
como en los mas cercanos y mas desabri- 
gados, como sucedió que los maloqueó 
Guilipel sin que los españoles los pudie- 
sscn faborezcr por estar distantes cuarenta 
leguas y el enemigo medio dia de camino. 
Finalmente, se publicó la guerra con 
dolor de los que se dieron por enemigos y 
con sentimiento igual de los amigos, que 
demás de temer su daño, sentian que iK>r 
cuentos y chismes se volviesen las cosas a 
lo que antes. Y aunque con dolor, acaba- 
dos estos razonamientos hizieron el sacri - 
ficio de las ovexas de la tierra que trahiau 
para offrecer a los indios amigos de Arauco 
y San Cristóval, y llegando los de Pubinco 
con su ovexa a quererla matar, les manda 
ron que se fuessen con ella, sin quererla 
recevir los amigos por dezir que eran de 
los comprehendidos; con que avergonzados 
y tristes loS echaron del parlamento, agra- 
deciéndoles el Marques a los amigos esta 
fineza. Y el cacique Curagueno, amigo, les 
hizo un razonamiento afeándoles su in- 
gratitud a tantos favores como avian rece- 
vido de el Marques y que no conocian el 
bien que les hazia, y a los nuevos amigos 
los animó a proseguir con su buen propó- 
sito. Mataron diez y nueve ovexas de la 
tierra con las ceremonias ya dichas en el 
capitulo pasado, y luego se trató de que 
el comisario Domingo de la Parra y el 
Capitán Juan Catalán fuessen a la costa a 



HISTORIA DE CHILE. 



215 



retirar a los que aun no se avian venido a 
sus tierras, conforme a lo capitulado^ y ha- 
zerlos escolta, y trageron seiscientas al- 
mas; y se trató de que diessen los captivos 
que todavía quedaban, de que trageron 
diez y nueve. 

Aloxóse el campo en Curalaba, y los 
indios amigos, para que el Gobernador 
viesse su lealtad y que se volvian contra 
los de su nación que se avian rebelado y 
sido ingmtos a sus beneficios, le pidieron 
licencia para irlos a maloquear, y el Mar- 
ques, cumplidos los tres dias, tmtó luego 
de eso y les dio al teniente Diego Mon- 
tero con algunos arcabuzeros, con quienes 
salieron quinientos amigos deseosos de 
nombmi'se y dar a entender que eran finos 
amigos, pue« se volvian contra los de su 
sangre. Fueron a las tierras de tíuilipel a 
castigarle, y como él era tan valiente y 
animoso se resistió valientemente a los 
acometimientos de los nuestros y peleó 
como un Cid; matáronle dos soldados y 
cogiéronle tres vivos y una muger y tres 
criatui-as, y él hirió a ocho de los nuestros, 
y por estar tan bien fortificado con tres 
estacadas no le pudieron hazer mas daño, 
con que se volvió nuestra gente, aviéndose 
nombrado los de Puren y los demás ami- 
gos nuevos de Santa Fe para hacer osten- 
tación de su lealtad. 

Hallóse el Gobernador con mas de seis- 
cientos amigos y que se le avian venido 
muchos captivos y mas de otros cuatro- 
cientos amigos que tenia en las fronteras, 
y cuidadoso de que Guilipel, que era indio 
muy afamado y valeroso, no diesse en ellos 
offendido de la maloca, y mas cuidadoso 
de que mienti'as el exército estaba en 
campaña fuese a infestar nuestras fronte- 
ras con el seguro, trató de retirarse, y de 
camino hizo cortar las comidas de Pubin- 
co y Glol y que les queniíissen las casas a 
los rebeldes y les matassen todos sus ga- 



nados, porque la gente se am echado al 
monte viendo encaminar el exército a sus 
tierras. Despidió a los caciques de la Im- 
perial y a todos los demás amigos fieles, 
repartiéndoles algunos dones y dándoles 
consexos saludables y prudentes para que 
peraoverassen en la paz, 

A la retirada vino Guilipel con diez 
indios sin armas a hablar al Marques y dar 
razón de sí y cómo él era fiel amigo y no 
avia hecho ni dicho cosa ninguna para que 
le ubiesse tratado como a enemigo y em- 
biádole a maloquear, y que se avia defen- 
dido porque la defensa es permitida y no 
se avia de dexar matar, y que el estaba 
con deseo de servirle y de ser amigo y lo 
ern, y entendiendo que algunos malos in- 
fonnes o invidiosos le avian querido des- 
componer quando él estaba mas quieto y 
mas deseoso de la paz, venia a dar su sa- 
tisfacción y a volver por su buen nombre. 
Avisaron las postas al Marques de su lle- 
gada y de cómo pedia licencia para entrar 
a hablarle, y el Marques, euoxado, no le 
quiso ver ni dexar entrar a su presencia, 
antes le embió a dezir que pues era ene- 
migo y le avia intentado matar, que afi- 
lasse las armas, que le avia de hazer cruda 
guerra. Volvióse con este desprecio Gui- 
lipel pensativo y avergonzado, y aunque 
le causó gran despecho y enoxo, pero 
quanto tenia de valiente tenia de cuerdo 
y reportado, y volviendo a los suyos les 
dixo: "No os admiréis de lo que el Mar- 
ques ha hecho con nosotros, que los em- 
bustes que le han dicho contra nosotros y 
los cuentos que le han llebado son tales 
que no me admiro, que según a uno le ha- 
blan tal corazón le ponen. El está enoxado 
y ha obrado apresuradamente; pasarássele 
el enoxo y templará la colera. Desenga- 
fiai-ásse con el tiempo y conocerá nuestra 
inocencia y fidelidad. Yo, aunque mi ofen- 
sa y mi enoxo me arrebata el pecho y me 



216 



DIEGO DE ROSALES. 



incita a usar de mi furor, no quiero dexar- 
me Uebar de él sino templar mi ira y ven- 
cer mi saña. No quiero que por mí se 
abra la guerra, y assi ninguno tome las 
armas para ofFcnder a español ni indio 
amigo, aunque nos han ofFcndido; ninguno 
se me desmande a hurtarles caballos ni 
entrar a infestar sus tierras. Justifiquemos 
nuestra causa, condonémosles este agravio 
y perdonémosles esta injuria, que el enoxo 
ha obrado y no la razón, y el sentimiento 
y la colera les ha cegado. Dexémoslos vol- 
ver en sí, que si nos han dado esta ocasión 
para que nos desbarranquemos y tomemos 
las armas, tomándolas confirmarán su jui- 
cio temerario y dirán los embusteros que 
nos han levantado este testimonio: "Bien 
deziamos que estábamos conjurados." No 
ha de comenzar por nosotros la guerra; 
comienze por ellos, que el brazo nos que- 
da libre y la mano sana, y siempre soy yo 
Guilipel para darme a conocer y a temer." 
Assi lo hizieron y assi lo observaron co- 
mo se lo mandó su general Guilipel, sin 
que nos hiziessen hostilidad ninguna ni 
saliessen a vengar su agravio, sino que es- 
tuvieron esperando a ver si las cosas se 
quietaban, y en nuestras fronteras todo 
era soñar en Guilipel y tratar de que en- 
traba a vengar su agravio, ya por esta 
parte, ya por la otra. Y considerando el 
Marques, quando llegó al fuerte de Angol, 
que las reducciones de Rugaico, Angol el 
viexo y Molchen quedaban expuestas a los 
gplpes y injurias de Guilipel, trató de que 
se vinicssen al abrigo de nuestras armas y 
se pasassen a aloxar a Santa Fee, y para 
la execucion embió cuatro compafiias de a 
caballos, que lo cxecutaron con diligencia 
y los* trageron con sus ganados y chusma 
y los aloxaron entre Biobio y la Laxa. 
Los de Puren, al retirarse el tercio de 
Arauco por sus tierras, para mostrar su 
fidelidad hizieron una grande junta y par- 



lamento y en él quebraron sus toquis de 
piedra, que son las mas célebres insignias 
de guerra que antiguamente untaban con 
sangre de españoles y las sacaban para los 
alzamientos, dándolas a beber sangre de 
enemigos, según ellos significaban en sus 
ceremonias, y ahora los untaron con la 
sangre de algunas ovexas de la tierra que 
mataron a los amigos de Arauco, y luego 
los enterraron quebrados todos los toquis 
y pusieron encima un canelo para que 
arraigasse la paz sobre la guerra. 

Contentos estaban los soldados y los 
amigos de ver publicada la guerra contm 
los de la cordillera y que ubiesse algunos 
donde hazerla y no fuesse todo paz, por- 
que el soldado vive con la guerra y con 
ella estimado y tiene los provechos del 
pillage, y deseosos de él salieron con el 
Capitán Juan Catalán, Uebando en su com- 
pañia los indios araucanos y algunos de los 
nuevos amigos de la costa, de Paicabi y 
Puren, y fueron a maloquear a las tierras 
de el cacique Lincopichon, que antes era el 
faborecido del Marques y el privado, y ya 
avia caido de la gracia y estaba preso en 
Angol. Y aviendo quemado ranchos y ta- 
lado comidas desde las seis de la mañana 
hasta la tarde, mataron ocho indios y co- 
gieron cuarenta y cinco esclavos con mu- 
cho ganado, y ochenta indios que estaban 
detenidos y eran de acá de nuestras tie- 
rras los retiraron. Cogieron en Coipu dos 
mensageros de Culatur: Uebaron el uno, 
que se llamaba Antelipe y era indio de 
cuenta, para matarle a su usanza y provo- 
car con su cabeza a los demás. 

Hizo otra entrada el Sargento Mayor 
Pedro Ramircz Zabala a tierras de Tina- 
qucupu, desmintiendo caminos, porque sa- 
biendo de su ida se los ceiTaron con arboles 
que derribaron. Matóles mucho ganado, 
cogióles veinte piezas y estubieron dos 
dias quemando ranchos y talando semen- 



HISTORIA DE CHILE. 



217 



teras, y retiraron ciento y cincuenta piezas 
de indios naturales de nuestras tierras que 
no se avian retirado. Vinieron a la Con- 
cepción Talcalab y Calliguala. El primero 
era indio muy práctico, que muchas vezes 
avia entrado con mensages, y juzgando o 
recelándose de algún engaño los hizo pren- 
der el Marques y examinar a cada uno de 
por sí, que venian de diflFerentes partes y 
encontrádose en el camino. Y llegados a 
examinar aparte, confoimaron en todo y 
se sosegaron los recelos y fueron de mu- 
cho gusto al Marques, porque Talcalab 
vino con mensage de Antegueno y otros 
machos caciques pidiéndole licencia para 
entrarle a ver antes que an'eciassen las 
aguas y pedirle que soltasse a los caciques 
presos, Chicaguala, Lincopichon y los de- 
mas, y se acabassen cuentos y chismes, 
que no tenian culpa ninguna aquellos ca- 
ciques, que le amaban y deseaban ser sus 
amigos, y que si algunos yerros se avian 
hecho por ignorancia, los perdonasse con 



su natural nobleza, que toda la tierra que- 
ría estar de paz y sentian verle enojado 
y que sin causa los maloqueasse quando 
todos querían y amaban la quietud. El 
otro mensagero, CuUiguala, dixo que venia 
de parte de las mugeres de Chicaguala y 
de Yabpilabquen a saber si estaban vivos 
y traherles algo que comer en su prisión; 
que llorosas, no tenian dia de contento 
por faltarles sus maridos y porque cada 
dia las Uebaban unas nuevas peores que 
otras, diziéndolas que el Marques los avia 
desterrado a Lima a las galeras, que los 
avia ahorcado, que los avia frito en sarte- 
nes de pez y de resina, que los avia que- 
mado vivos en hornos encendidos, y assi 
otras nuevas con que affligian a todos y 
amedrentaban a la gente flaca, y lo mismo 
confirmó Talcalab. Oyólos el Marques con 
piedad, y después de algunos dias los des- 
pachó con buenas esperanzas de que les 
daria a los caciques presos. 



>* 



CAPITULO XIV. 



Entran cuatro navios de ingleses por el Estrecho de Ma- 
gallanes y dan fondo en Chiloé y passan a poblar a 
Valdivia. 

Kntran en Chiloé por el Estrecho cuatro navios holandeses . — Echan las velas y jarcia en tierra y pícanselu los 
españoles. — Echa el ingles emboscadas y coge un indio. — Cógeles el Alférez Meló un ingles y mata a dos 
en otra endK>8cada, y cogen lengua de todo. — Toman lengua de todo y llaman a consejo los ingleses. — Salta 
el ingles en la playa de Carelmapu y marcha con 200 mow^uoteros. — No quiso ol General Herrera t«>niar 
consexo fíado en su ánimo. — Sale con los suyos a la deshilada y el ingles le mata de la primera rociada 
algunos y desvarata a los demás. — Matan los ingleses al General Andrés de Herrera y a otros. — Quedan 
por señores de ol cam¡)o y alóxanse en la iglesia y hazen muchos sacrilegios. — Cogen lengua do un español y 
van a la ciudad do Castro. — Eligeu por Gobernador a Don Femando de Alvar&do, que recogió la gente y se 
fué con toda ella a la ciudad de Castro. — Dispuso centinelas y habló a los indios de Calbuco, que siempre 
han sido fíeles. — Va el ingles a la ciudad do Castro con 300 soldados. — £1 general Don Fernando de 
Alvarado, por tener poca gente, no le acomete y está a la mira. — Desafíalos el ingles y pone un rótulo en la 
pared do la Iglesia. — Victorean a Inglaterra. — Eml)orrúchan8e y pudiendo dar en ellos borrachos, no lo 
hizo el General. — Malocjucan las islas y llévanse muchos ganados. — ('ogen una española vicxa y examinanl». 
— Motexaban de valiente pero mal soldado al General Herrera, y a su sucesor do que ni era valiente ni 
soldado. — Vanse al Guafo y roban ganados. — Embian de Chiloé un vareo para dar aviso. — Pasa por el Goafo 
con riesgo de dar en manos de el pirata y mayor do las tempestades. — Ilecive el .Marques el aviso y previó- 
nese para la defensa. — Que los indios estiin a la mira para ayudarse de los piratas. — Examen y confesión 
de el ingles. - De dónde salieron y el viage. — Gente y pertrechos. — Tormentas do el Estrecho. — Abren 
el pliego y tienen gran sentimiento porque les ordenan que pueblen a Valdivia. — Prosigue la declaración 
del ingles. — Da aviso el Mangues al Virrey con uu barco y cmbíalo el ingles. — Haze otro aviso por tierra. 



Estando cu estos cuidados de la pacifica- 
ción de los indios, sobrevino otro al Mar- 
ques y a todo el Ilejno que no dio poco 
cujdado, y fuó que a los dos de Mayo de 
1643 se vieron cuatro velas en Cliiloe, y 
las postas que estubieron con cuydado, 
siguiéndolas siempre, vieron que eran tres 
navios grandes y un patache ligero que 
venia sondando y reconociendo todas las 
caletas, y como si vinieran a uno de sus 
puertos se entraron en el puerto que lla- 
man de el Ingles, tres leguas de Carelma- 
pu: liizieron diligencias por coger lengua, 
y como ya toda la tierra estaba puesta en 
arma, no hallaron indio ninguno en los 
ranchos. Aviendo tenido un gran norte, 



desarbolaron la capitana y echaron en 
tierra las velas, xarcia y arboles, lo qual, 
visto por nuestras postas, fueron y troza- 
ron los arboles, picaron la xarcia y velas 
y deshicieron una barca. Echó el enemigo 
tres emboscadas, picado de ver que le 
avian picado las velas y las xarcias, y 
yendo dos indios nuestros a mudar las 
centinelas c^ivó uno en una emboscada do 
los ingleses y el otro se escapó, y fué ven- 
tura que solo él cayesse, porque iba el 
alférez Luis Gómez Meló con doze arca- 
buceros a echarles a ellos una emboscada, 
y con la algazara que hizieron y las voces 
que dieron al coger el indio, conoció el 
alférez Alelo el peligro y se emboscó con 



HISTORIA DE CHILE. 



219 



SU gente, hasta que después, viniendo una 
lancha a tieira, saltaron en ella tres ingle- 
ses, V dándoles el alférez Meló un Santia- 
go, cogió vivo el uno y mató los dos, de 
quien supieron por mayor, aunque no le 
pudieron examinar bien por no aver quien 
supiesse la lengua: que el geneml se lla- 
maba Enrique Braut; que vinieron con 
cinco naos, y la una se avia apartado y 
después se s\\\>o como se avia perdido y 
era la de mas importancia, porque trahia 
las municiones y pertrechos para poblar; 
que tmhian cuatrocientos y doze hombres 
de guerra, doscientos marineros, treinta y 
cuatro piezas de artíUeria, la capitana y 
las demás a veinte y cuatro, cantidad de 
pólvora y valas. Con la lengua que cogie- 
ron se juntaron los ingleses a consexo y 
luego se fueron al puerto de Carelmapu, 
donde entró el Patache con vandera blan- 
ca y azul y otra roxa y echando pave- 
sadas. 

Hizo señal de batalla, pero nuestra gen- 
te y aiballeria no les dio lugar a saltar en 
tierra. Y reconociendo la resistencia que por 
alli avia, se fueron a la punta que llaman 
déla Arena, que haze una playa mansa, y 
alli desembarcó doscientos ingleses (1), ar- 
cabuzeros y mosqueteros, y marchando el 
general con ellos con mucho concierto, 
echó treinta arcabuzeros que iban rocian- 
do la montaña, limpiando el camino y as- 
segiu*ando la marcha. Los nuestros avian 
sacado toda la hazienda y alaxas que te- 
nian en el fuerte Carelmapu, la comida, vi- 
no, ropa y otros géneros, y escondídolos en 
la montaña con toda la chusma de mugeres 
y niños. Y dándoles los españoles parecer 
al general Andrés de Herrera, gobernador 
de Chiloé, de que pegasse fuego al fuerte 
y en emboscadas aguardasse al enemigo. 



y que pusiesse una pieza de artilleria en 
un paso que avia forzoso y muy estrecho 
con que pudiera hazer muclio daño al ene- 
migo, nada de esto hizo, fiado demasiada- 
mente de su valor y engañado de su áni- 
mo. Y aunque el Padre Juan López Ruiz, 
de la Compañía de Jesús, misionero de 
aquella provincia, religioso de mucha vir- 
tud y experiencia, le procuró reduzir a 
que usasse de ardid contra la fuerza por 
ser menores las suyas y porque en muchas 
ocasiones avian tenido buenos sucesos con 
este enemigo en emboscadas, no quiso 
creer a nadie sino a su errada y poco es- 
perimentada valentia, y salió con su poca 
gente y mal armada, que no llegaban a cua- 
renta, al encuentro de el enemigo a la des- 
hilada. El ingles venia caminando con buen 
orden al fuerte y tenia parte de su gente 
emboscada, y a la primera rociada que 
dio su mosqueteria mató al Capitán Juan 
López de Barrotea, que hazia oficio de 
teniente de Veedor general, al Capitán 
Don Juan de Albarado, al alférez Carrillo 
y a otros, y hirieron a algunos, con que la 
gente española se esparció y puso en hui- 
da sin aver hecho effecto ninguno, y los 
ingleses entraron como señores del campo 
en el fuerte de Carelmapu, San Antonio 
de la Rivera, y en la plaza de armas hi- 
zieron esquadrou y echaron emboscadas 
al monte donde esüiba la ropa y basti- 
mentos, y se encabalgaron en algunos ca- 
ballos que nos quitaron. 

Salió segunda vez el general Andrés de 
Herrera de el monte con su gente a aco- 
meter a una emboscada - de ingleses y a 
los que avian subido en los caballos que 
avian cogido, y diziendo el Capitán Don 
Pedro Gallegos: "Cinco son no mas los que 
vienen a caballo por la montaña; demos 



(1) £1 aator sabia demasiado bien que la espedicion de Brower era holandesa, pero entonces era lo mi^mo 
decir en la América española ingleses i holandeses. La denominación mas comprensiva era la de luteranos. 



220 



DIEGO DE ROSALES. 



en ellos," los acomctió'con valor el General. 
Y en esta ocasión le dieron un valaso en 
la cabeza, de que cajó luego muerto, y fué 
tal la rociada de los ingleses que estaban 
emboscados (fuera de los cinco de a caba- 
llo, que también pelearon con esfuerzo) 
que mataron y hirieron a muchos de los 
españoles, y los demás, viéndose sin cabe- 
za y con malas armas, se echaron al mon- 
te y se escaparon huyendo, dexando al 
enemigo por señor de el campo. Ilizieron 
los ingleses cuerpo de guardia en la igle- 
sia, haziendo pedazos como hereges las 
imágenes y las cruces, y después la abra- 
zaron con la iglesia de la Compañia de 
Jesús, que era muy hermosa, toda de ta- 
blazón, y assimismo la ranchería de Ca- 
relmapu. 

Cogieron un español y este les dio no- 
ticia de todo y los guió a la ciudad de 
Castro y a todas las partes donde pudie- 
ron hazer daño, que fué la destrucción 
de la provincia. Por muerte de el Gene- 
ral Andrés de Herrera, eligieron al general 
Don Fernando de Alvarado, que luego 
recogió la gente que andaba descarriada, 
ambrienta, moxada de las lluvias, asom- 
brada de la desgraciada muerte de el Ge- 
neral y de los demás, y passando mil tra- 
baxos por aquellos montes y caminos pan- 
tanosos. Y con toda la gente se encaminó 
a la ciudad de Castro, disponiendo el de- 
xar en Carelmapu y otras partes centine- 
las que le avisassen de los movimientos 
de el pirata, y algunos soldados en las 
bahias para las avenidas de los indios ene- 
migos de las tierras de los aucaes con 
quienes tenian guerra. Passó por Calbuco, 
animó a los indios que habitan en aque- 
llas islas que siempre han sido fieles y an 
ayudado a los españoles contra los enemi- 
gos de tierra, los aucaes, y contra los ene- 
migos de mar que alli han aportado. Dí- 
xoles que mostrasscn en esta ocasión su 



amor y fidelidad al Rey, y prometieron 
de hazerlo como tan leales. 

£1 ingles se encaminó a la ciudad de 
Castro con un navio y dos lanchas, con 
mas de trescientos soldados, y sabida su 
venida por los de la ciudad, destecha- 
ron las casas y iglesias, por ser las cubier- 
tas de paxa, porque no las abrasasse o se 
hiziesse fuerte en ellas, y la iglesia de la 
Compañia de Jesús, que sola era de texa 
y era preciosa en aquella tierra y abia 
costado mucho de hazer por ser las Uu- 
bias tan continuas que no la dexan ha- 
zer bino dentro de casa, la destecharon 
y quitaron toda la texa. Y el General Don 
Fernando de Albarado, hallándose con 
poca gente, que aun no tenia ciento de 
a caballo, estubo a la mira con su gente 
para si se desmandaba el enemigo; mas 
ellos con mucho concierto escudriñaron 
los montes por ver si en ellos avian escon- 
dido la hazienda como en Carelmapu que 
la cogieron toda. Y a los indios y espa- 
ñoles que avian apresado les hazian dar 
vozes y que llamassen a los vecinos y les 
dixessen que ya se avian ido, y en lengua 
portuguesa, latina y castellana los desafia- 
ban, los dezian valdones y preguntaban 
por las mugeres y les arroxaban algunas 
gallinas, motexándoles de cobardes y que 
no eran hombres para pelear con ellos, si- 
no mugeres o gallinas. Saquearon quanto 
hallaron en la ciudad, profanando las igle- 
sias y haziendo pedazos las cruces y la 
texa de la Compañia de Jesús, donde de- 
xaron escrito un rótulo en latín, en val- 
don de los españoles de Chilóé, que dize de 
esta suerte: 

Illustrisshni D. D. Iberia hauis dvMum 
vestra Faina rechindat ad aures vestri Re- 
gis, vestronmiqiie contrariorum; quoniam 
no7i sicut CarehnapenscSj quorum pars^ lU 
milites morilla est: vos autem fecistis, uti 
nequam, mortein metuentes fugam dedis- 



HISTORIA DE CHILE. 



221 



tis. Y mas abajo: Dabum hcec inimici ves- 
tri olandii, que vuelto en romanze quiere 
dezir: "Ilustrissimos señores españoles: no 
aj duda sino que vuestra fama llegará a 
los oídos de vuestro Rey y de vuestros 
enemigos, porque no como los de Carel- 
mapu, que murió parte de ellos como sol- 
dados, lo aveis hecho vosotros, sino que 
aveis andado y lo aveis hecho como infa- 
mes, huyendo como medrosos de la muer- 
te. Esto escribieron vuestros enemigos los 
ingleses." Y luego pusieron: "Victor Ingla- 
terra, cola España." Que siempre el ene- 
migo publica con soberbia sus victorias, y 
no fué esta muy grande siendo ellos tantos 
y tan bien armados y la gente de Chiloé 
tan poca y tan mal armada. El General 
Don Fernando andubo prudente, que no 
es valentía sino temeridad acometer al 
enemigo reconociendo con tanto exceso 
de fuerzas su exército y con tan pocas el 
suyo. 

Pero después pudo averie dado un al- 
bazo, porque con el vino que hallaron en 
la ciudad se emborracharon todos, y si 
. entonces da en ellos, como se lo aconsexa- 
ron algunos, ubiera hecho una gran suerte: 
que a esta gente en emboscadas se les ha 
de aguardar y dar el Santiago o quando es- 
tán borrachos, como lo han hecho en otras 
partes, particularmente teniendo los nues- 
tros pocas fuerzas como aquí en Chiloé, 
donde la maña avia de venzer a la fuerza. 
Retiróse el ingles a la isla de Lacui y sal- 
taron en tierra cuatrocientos hombres y 
quemaron las casas de los indios, las cru- 
zes, iglesias y imágenes, y allí en Quin- 
chao cogieron mucho ganado de cerda y 
ovexas de los padres de la Compañía y 
de otros vecinos. Cogieron una española 
Uamada Doña Luisa Pizarro, de setenta 
años, a quien hizieron varias preguntas y 



si sabria el Gobernador de Chile de su 
venida, a quienes dixo que por tierra le 
avian avisado. Dixeron que no venían a 
aquella provincia de Chiloé, que los tem- 
porales los avian echado a ella, ni su in- 
tención avía sido de hazerles mal. Que 
picados de que les picaron las velas y xar- 
cias y de averies hecho pedazos los arboles, 
avian salido a la venganza y a quemar la 
provincia. Preguntáronla por Valdivia y 
quánto distaba la ciudad de el puerto y 
también por la isla de Santa María, si 
avía españoles por la Villarrica, la Con- 
cepción y todos los demás puertos y ciu- 
dades de que trahian mapas y muchas no- 
ticias. Y hazíéndola todo buen agasaxo, la 
echaron en tierra juntamente con un indio 
y una india que avian cogido. Y en sus 
conversaciones, todo era motexar a los 
españoles de aquella provincia de cobar- 
des y mugeres, y dezir de el General An- 
drés de Errera que avía sido animoso pero 
mal soldado, y de el que le sucedió que 
ni animoso ni soldado avia sido, pues no 
avia salido a pelear con ellos; y si supie- 
ran quán poca gente era la que tenia, 
ellos mismos le escusaran. Quemaron el 
navio llamado Sa7ito Domingo que estaba 
en aquel puerto y hiziéronse a la vela y 
fuéronse al Guafo, otro puerto que está 
cuarenta leguas a varlovento, donde salta- 
ron en tierra y hizieron daño en los gana- 
dos. Acabaron allí dos lanchas, con que 
reconocían todas las islas y caletas, y un 
viexo español que trahian les daba cuenta 
de todos los derroteros y hazia mapas de 
ellos. 

Para dar aviso de todo esto que pasaba 
al Gobernador el Marques de Baydes, ade- 
rezó el General Don Femando Albarado 
un barco y en una caleta escondida, que no 
supo de él el enemigo, le echaron falcas (1) 



(1) Falcas por cufias. 



222 



DIEGO DE KOSALES. 



y le aprestaron con asistencia y gasto de 
el Capitán Martin do IJribe, que sirvió a 
su Magostad con mucha solicitud y empe- 
ño en esta diligencia. Aviáronle de lo nece- 
sario y salió a cargo de el Capitán Domingo 
Lorenzo con algunos soldados por la voca 
de el Guafo, por parecer a todos que por 
alli se ocultaría mexor de el enemigo. Fué 
en el barco, pam consuelo y ánimo de los 
soldados, el Padre Domingo Lázaro, de la 
Compañia de Jesús, mallorquín, gran- 
de misionero y que trabaxó mucho en la 
convexión de los indios; y con ánimo de- 
nodado esforzó a todos a emprender un 
viage tan peligroso por el riesgo de dar en 
manos de el pirata, y mas arresgado por 
atrabesar mares tan tempestuosas en un 
varquillo tan débil y en lo riguroso de el 
imbierno, que nunca se navegan aquellos 
mares por semexante tiempo. Y el pirata, 
temiendo la furia de aquellos mares y el 
rigor de los temporales, se acogió al abrigo 
de hi cordillera para pasar el imbierno. 
Llegó el varquillo con bien a la playa de 
Arauco, y con admiración por llegar el 
mes de agosto, tiempo en que no se via 
por aquellos mares navegar embarcación 
ninguna; trahian algunos soldados vone ti- 
lles colorados con que los de tierra se al- 
borotaron, juzgando que fuesen enemigos 
piratas, pero luego se desengañaron vien- 
do saltar en tierm a los españoles y al pa- 
dre de la Compañia, los quales trahian al 
ingles que cogieron en Chiloé para que le 
examinasse el Gobernador con alguno que 
supiesse su lengua (1). 

Reci vieron los Padres de Arauco al 
Padre Domingo Lázaro con increible gus- 
to, assi por ver que venia a traher tan 
importante aviso como por verle a él y a 



sus compañeros libres de los peligros de el 
mar, y luego despachó el Maestro de cam- 
po al capitán de el vareo y al ingles para 
que diesse las imevas de lo que pasaba al 
Gobernadoi*. Sintió el Marques los traba- 
xos que le avian sucedido a la provincia 
de Chiloé, y recelando los que podrían 
sobrevenir a la Concepción, mandó luego 
prevenir lo necesario para su defensa, asis- 
tiendo a todo con gríinde vigilancia. Hizo 
trincheras, cestones, cortaduras y medias 
lunas en la playa de la Concepción, desdo 
el cerrillo verde hasta Andalien, y en la 
voca del rio hizo un f uertccillo para de- 
fender su entrada; encabalgaron las piezas 
y hizieron planchadas, y avisó a los tercios 
que estubiessen a punto para acudir a 
donde la necessidad lo pidiesse y que a los 
amigos los avisassen para defender, como 
leales vasallos, sus tierras de el pimta, co- 
mo en otras ocasiones lo avian hecho, aun- 
que no tubo poco recelo de que ubiesse 
entre los nuevos amigos y aun entro los 
antiguos alguna mudanza, que no ay quien 
no quiera mudar de dueño y probar si se 
mexora su fortuna con differente nación; 
y como saben que los ingleses son nuestros 
enemigos, si pueden valerse de ellos con- 
tra nosotros, no perderán la ocasión como 
tampoco la pierden de dar en ellos y ma- 
tarlos, si la hallan, como lo han hecho 
otras veces y lo hizieron en Lavapié y en 
la Mocha, que fingiéndose muy amigos de 
unos ingleses que saltaron en tienn, les 
hizieron camaricos y los trageron muchos 
i-egalos y chicha, con que los emborracha- 
ron, y viéndolos borrachos los mataron a 
todos y hizieron pedazos la lancha. 

Luego que a la primera nueva hizo el 
Marques estas y otras prevenciones, como 



(J) En 1S70 encontramos en París en nna librería de los Malecones un pequeño cuadernito impreso en Lima 
en el siglo XV^II i que contenia la relación del viaje del padre Lázaro desde Chiloé a Lima, escrita por c*l mismo. 
Todo su contenido habría cabido en dos pajinas como la presente; i)cro el librero pedia 200 francos por el cuaderno 
como ejemplar único» 



HISTORIA DK CHILK. 



223 



tan gvhix soldado, trató de examinar al in- 
gles prisionero pam tomar lengua de los 
designios de el enemigo y despacharle al 
Virrey de el Perú para que allá se previ- 
niesse y embiasse a Chile los socorros ne- 
cesarios. Estaba en la Concepción el Pa- 
dre Fi-ancisco de Vargas, de la Compañía 
de Jesús, confesor de el Marques, flamen- 
co de nación, gran religioso y muy noti- 
cioso de lenguas y práctico en todas ma- 
terias, y solo él se halló que entendiesse 
la de el prisionero, que examinado dixo 
que se llamaba Jodo Calamuerto, que em 
natural de Enden, en Alemania la vaxa, 
do la secta luterana, de edad de veinte 
años, y que avia servido seis años de gru- 
mete y marinero al de Orangc y venia en 
un navio llamado Abstenían; que avian 
salido de Absterdan, puerto de Holanda, 
debaxo de el gobierno de Enrique Braut; 
que abrá diez meses que salió de el puerto 
y en mes y medio llegó con otra nao a 
Pernambuco y de alli con otros capitanes 
de su cargo vinieron a estas partes con 
cinco naos, muchos pertrechos pai-a poblar, 
de palas, achas, azadones, fraguas, carpin- 
toro'5, :i íM jjiics, seiscientos soldados, 
i\.ciu de oficiales y gente de mar, y que 
venian con orden de poblar házia estas 
partes de Chile en el puerto de Valdivia, 
y en el Estrecho avian pasado recias tor- 
mentas: subieron setenta grados, donde 
tubieron los dias de tres horas y llueve y 
graniza continuamente, y las borrascas y 
tempestades son furiosas, y que con una 
tormenta se dividieron las cinco naves y 
que trahian orden de juntarse en una isla 
de Chiloé; que alli dieron fondo en Lacui, 
donde estubieron diez y ocho dias descan- 
sando y abrió el general el pliego en que 
venia orden que poblasse a Valdivia, lo 
qual sintieron todos en extremo, porque 
les avian dicho a la partida que era viage 
de seis meses y que luego se avian de vol- 



ver, y fué mayor el sentimiento quando 
les digeron que trahian tres mil lanzas y 
alfanges con otras armas para armar a los 
nidios y pelear con los españoles. 

Que después de la capitana llegó a Chi- 
loé su nave, y que la capitana tenia treinta 
y cuatro piezas de artillería, las veinte y 
dos de yerro y las demás de bronce, y las 
otras naves a veinte y cuatro, y que des- 
pués llegaron las otras dos naves, la una 
llamada Yagath y la otra Dable, nao de 
Gelanda, y aviendo tomado todas cuatro 
naves puerto, echaron gente en tierra pa- 
ra coger lengua y él se avia alargado con 
otros a beber agua en un rio, y alli salie- 
ron unos españoles de emboscada y le co- 
gieron; y que la tierra les avia parecido 
muy bien y luego embiaron un navio a 
dar aviso para que les embiassen socorro 
de gente y comida de el Brasil; que solo 
sacaron comida para catorce meses, de 
abas, garbanzos, cezinas y viscochos, y que 
todos son extrangeros, sacado un portugués 
marinero que sabe bien su lengua y mal 
la castellana; que de pesadumbre murió el 
General Enrique Braut en Lacui y mandó 
que le Uebassen a enterrar a Valdivia pa- 
ra tomar posesión muerto ya que no la 
avia podido tomar vivo, y en su lugar eli- 
gieron por general o almirante (que de este 
titulo usan ellos) a Elias Erquemans, su 
sobrino, mozo de poca experiencia pero de 
muchos bríos, el qual venia señalado para 
la población de Valdivia. 

Con estos avisos despachó el Marques 
un vareo al Perú, a cargo de el Capitán 
Don Alonso de Moxica, y en él al ingles 
y al Padre Domingo Lázaro, de la Com- 
pañia, para que, como testigo de vista y 
pei*sona de tanta autoridad, informasse al 
Virrey el Marques de Mansera de el peli- 
gro de este Reyno, de los socorros nece- 
sarios y de los daños que amenazaba a 
todas las Indias esta población de el ene- 



224 



DIEGO DE SOSALES. 



migo, qiio venia a infestarlas y a coger el 
tesoro que va todos los años a España. 
Hizo sin esto otro despacho por tierra al 
Virrey, a quien escribió la Real Audien- 
cia, los llustrissimos Obispos y personas 
de autoridad, y el general Don Tomas 
Calderón, corregidor de Santiago, le des- 



pachó a la ligera; y con su gran zelo de el 
servicio de su Magostad, con su buena dis- 
posición y actividad, previno toda la gente 
de guerra, y haziendo compañias también 
de mulatos y de naciones, los armó a to- 
dos y animó para la ocasión. 



CAPITULO XV. 



Tiene el Marques diferentes avisos de la tierra adentro de 
cómo el ingles pobló en Valdivia y se habia confederado 
con los indios, y otro aviso en que obligado del hambre 
se habia ido a piratear al Perú. 



Embia el Marques al Alférez Juan Vazques a saber del ingles. — Avisa desde Maquegua como está fortificado en 
Valdivia el ingles. — Aviso mas particular del cacique Guenchuftanco: que tratan los ingleses de venir 
junto con los indios a consumir a los españoles. — Pide los presos en pago del aviso. — Que es conveniencia 
de los españoles dar libertad a los presos. — Danle otros avisos al Marques. — Aviso de el Capitán Almendras 
de que está el ingles en Valdivia. — Da Manqueante al ingles un papel de el Marques en que le recive por 
amigo y préndele. — Fíngesse su amigo por librarse . — Kescátasse con vacas, cameros y oro, y danle la paz 
los de Osomo y Cuneo. — Traxo de Chiloé el ingles trescientos indios para su ayuda a Valdivia. — \'a el 
Capitán Catalán a coger lengua, es sentido, y trabe solo a Francisco de Almendras, que dio nueva del ingles. — 
Aviso del fiel amigo Caniutaro: que aguardan ocasión para matar a los ingleses. — Carta del ingles al cacique 
Manqueante despidiéndose de éL — Dize que se van por la bambre. — Encárgale que mate a los que se ban 
buido a los indios. — Que no se pueden sustentar ni sembrar en Valdivia. — Vanse do Valdivia a piratear y 
dexan catorce buidos. — Despacba el Marques al Perú. — Da libertad a los caciques presos. — Dexa algunos 
de los presos para que baya comunicación y que los suyos no se bagan de parte de el ingles. — Despacba al 
Perú al Maestro de campo Alfonso do Villanueva. 



No perdonaba ^1 Marques a diligencia 
ninguna por saber los designios de el ene- 
migo, y donde se avia poblado, y juzgan- 
do que^por tierra se podia saber yendo a 
Valdivia, ofFreció una gineta al alférez 
Juan Vasquez, que avia estado captivo en- 
tre los indios y tenia mucha cabida con 
ellos, y ningimo con mas seguridad y re- 
cato podia penetrar toda la tierra de los 
nuevos amigos y de los enemigos y traher 
razón de lo que se deseaba. Fué a hazer 
la diligencia y llegó a Maquegua, donde 
supo de cierto que el ingles estaba forti- 
ficado en Valdivia, y avisó por carta de 
ello y quepasaban grande hambre y se le 
huían los soldados a los indios para bus- 
car que comer, y aburridos de verse en 
aquella población y que los indios esta- 



ban a la mira para darles una encamisada 
en descuidándose. También supo de Gas- 
par Alvarez, español, que vivia entre los 
indios en Tolten, como el cacique Guen- 
chuñanco le avia llamado en gran secreto 
y llebádole al monte a dezirle que nego- 
ciasse con el Marques que sóltasse de la 
prisión a Chicaguala, Lincopichon y los 
demás caciques, y que los soltasse en abri- 
cias de una nueva que le embiaba muy 
importante, y era que estaban poblados 
en Valdivia los ingleses y que se avian 
confederado con todos los indios de Val- 
divia, Mariquina, Osomo y la Villarica. 
Que les avian prometido de echar de 
todo el Rejmo de Chile a sus enemigos 
los españoles, que tantos males y gue- 
rras les avian hecho, y que eran mu- 



226 



DIEGO DE 1U)SALES. 



chos los ingleses, muy poderosos y bien 
armados y venian victoriosos 'de Cbiloé; 
r^ne avian muerto a muchos españoles y 
hecho huir a los demás por los montes, 
quemándoles las casas y robándoles las 
haziendas y ganados, y que en acabando 
su población avian do ir a hazer lo mismo 
a todas las ciudades de los españoles y 
vengar a los indios, que para eso venian 
por el amor que los tenian y por la lástima 
que les c-ausaban los males que les hazian, 
y que estaban determinados y tenian tra- 
tado con los indios de venir por tierra en 
compañia de los indios a matar a los es- 
pañoles de Arauco y de Yumbel. Y que 
ha venido flecha de los caciques de Val- 
divia a la Imperial, Tolten y otras partes, 
y a los que de nuevo avian dado la paz, y 
que todos andaban vacilando y dudosos a 
que lado se avian de arrimar, a los espa- 
ñoles o a los ingleses que dizen que los 
vienen a vengar, y que con esto renuevan 
los indios todos los odios y enemistades 
antiguas. Y que lo primero que se mandó a 
todos, so pena de la vida, fué que no dies- 
sen cuenta de nada de esto a los españo- 
les para cogerlos descuidados por mar y 
por tierra con una junta en que avian de 
ir ingleses con vocas do fuego, y avian de 
dar también muchas a los indios para pe- 
lear con ellas. 

Todo estodixo el cacique Guenchuñan- 
co a Gaspar Alvarez, añadiéndole: ''esto 
secreto te he descubierto para que se lo 
escribas al Marques y para que conozca 
mi fidelidad y el amor que le tengo, y fio 
de el Marques que en pago de este aviso 
me dará los presos que le pido, y dile 
también que en su negocio hará en soltar- 
los para tener contentos y de su parte a 
los indios, poríjiie teniéndolos disgustados 
por la prisión de sus caciques, es cierto 
que se han de hazer de parte de el ingles, que 
ninguno pelea por quien le tiene offendido, 



ni defiende a quien no ama." Este aviso tan 
importante que dio este fiel cacique le llebó 
a la Concepción Don Pedro Tagolab, her- 
mano de Cliicaguala, y escribieron al alfé- 
rez Juan Vasquez y Gaspar Alvarez al 
Marques lo que importaba dar aquellos 
presos para tener ganada la voluntad de los 
nuevos amigos, porque Guilipel y Tina- 
queupu, con las malocas que les avian 
hecho, estaban juntando gente pam la 
venganza y amenazando al fiel amigo Quel- 
vilemo, cacique de Cholchol, y la Imperial 
y a los españoles, y con la nueva do que 
tenian en su ayuda las armas inglesas, se 
prometian gi'andcs victorias y que avian 
de echar de toda la tierm a los españo- 
les. Y assi que su Señoria despachasso 
con brevedad aquel mensagero, que do de- 
tener a los que iban con mensages, se se- 
guian grandes daños pam los avisos que 
le podian dar y para la comunicación, por- 
que temerosos de que los detenían, ningu- 
no queria ir. 

Al mismo tiempo le llegó al Marques 
otra carta de Francisco de Almendras, que 
por conveniencias le avia mandado que 
se quedasse entre los indios en la Impe- 
rial, el qual avisó cómo avian llegado a 
Valdivia cuatro navios y los dos se avian 
quedado en el puerto por ser muy grandes 
y los otros dos subido a la ciudad rio arriba, \ 
y que el cacique Manqueante, Toqui general 
de la Mariquina, juzgando que eran na- 
vios de españoles, avia ido con una canoa 
cargada de fnita para llebarles algún re- 
fresco y dádosela al general, y para que 
supiesse como él estaba de paz le avia da- 
do un papel que le dio quando ofreció la 
paz en que le recevia por su amigo y man- 
daba que todos le respetassen y tubiessen 
por tal, como a fiel vasallo do su Mages- 
tad, y que el General se avia indignado 
de ver este papel y que se blasonasse en su 
presencia por amigo de los españoles sus 



HISTORIA DE CHILE. 



227 



enemigos y le avia mandado prender. 
Y que reconociendo Manqueante que no 
eran españoles, cómo avia pensado, sino 
ingleses (a quienes llaman moros guineas), 
avia Txielto la oxa, o ya porque se cacomo- 
dó al tiempo o por engañarlos, y dícholo 
que cómo le prcndia viniendo a darle la 
paz para con su ayuda destruir a los es- 
pañoles sus enemigos, a quienes a mas no 
poder avia dicho fingidamente que seria 
su amigo, poro que conociendo quanto 
mexor le estaba ser amigo de señor tan 
grande y tan poderoso como el ingles, des- 
de luego le prometia sus tierras, su gente 
y sus armas, sus minas de oro ricas, sus 
mugeres y quanto tenia, con que le avia 
dado libei*tad, aunque a costa de mucha 
comida, vacas, carneros y una barretilla 
de oro y dexando en reenes un hijo suyo. 
Que todos los caciques de Cuneo y Osor- 
no avian ido a rendir vasallage al ingles 
y Uevádole muchos camaricos de carneros, 
gallinas, comidas y frutas de la tien*a, 
y de ellos avian recevido muchos dones 
de ai*mas, alfanges y lanzas pai*a confede- 
rarse contra los españoles. Y que como 
los vian poblados en Valdivia con tanta 
gente, artillería y armas, se prometían 
grandes victorias, y avisó como el ingles 
ana trahido de Chiloé trescientos mdios 
con sus familias que le dieron allí la paz 
y los tenia poblados en Valdivia pai-a ayu- 
darse 4p ellos para hazer la gueiTa a los 
españoles y a los demás indios que se le 
quisiessen sugetar. 

Mucho cuydado dieron al Marques es- 
tas nuevas, y por tenerlas mas ciertíis pa- 
ra avisar al Virrey embió al Capitán Cata- 
lán con cuatrocientos amigos a coger lengua, 
y prometió dar libertad a los caciques pre- 
sos si sus mensageros le trahian nueva 
cierta de los designios de el ingles. Y pa- 
ra eso mandó soltar a Talcalab, Manque- 
lab y otro, que prometieron traherle nue- 



va cierta dentro de catorce dias, deseosos 
de libertar sus caciques. Salió el capitán 
Catalán a la maloca y fué sentido y solo 
traxo a Franci.<co de Almendras, que es- 
taba en la Imperial, y a siete hixos suyos, 
porque deseaba salir ya de entre los in- 
dios y se vino con mucho gusto entre los 
christiauos, el qual certificó de como el 
ingles estaba fortificado en Valdivia y 
tenia hecha alianza con todos los caciques 
y les daba armas y les prometía librarlos 
de la servidumbre de los españoles, y que 
Guilipel andaba muy orgidloso con los 
alientos que le dívban los nuevos aliados. 
Dióle el Marques tierras donde estubiesse 
en Andalien y entabló su vida como chris- 
tiano verdadero, y con la ida de Talcalab y 
Manquelab embió el cacique Caniutaro 
de Maquegua, que fué siempre fiel amigo, 
un mensagero al Marques dándole cuenta 
de cómo el ingles estaba poblado en Val- 
divia, y diziéndole que no le diesse cuyda- 
do, que era una gente tan vil como los in- 
dios, porque se emborrachaban como ellos, 
y que los iban assegurando para en riéndo- 
los borrachos dar en ellos y matarlos, y 
que si Manqueante y los otros caciques 
se les avian hecho amigos y Uebádoles 
que comer al principio, era por desvelar- 
los y dexarlos descuidar para dar en ellos, 
y que estaban pereciendo de hambre y 
muchos se les huian a los indios por no 
poderla sufrir, y los caciques, aviendo re- 
conocido su necesidad, se retiraban ya de 
venderles comida de la tierra y cameros 
pai-a que el hambre los echasse si no los 
mataban ellos antes. Llegó poco después 
Talcalab con noticias ciertas y cartas de 
Gaspar Alvarez, y la principal fué una 
carta que el general ingles escribió al 
cacique Manqueante despidiéndose de él 
y diziéndole como se iba de Valdivia y las 
causas, que dize assi: 



228 



DIEGO DE ROSALES. 



Al muy valeroso tenor ManquearUe^ cacique de la Mariquina, y avaxoy el general de la armada 

inglesa de Valdivia. 

Señor: con gusto y deseo avernos recevido el Mensage que V. M. con los tres hombres nos ha 
embiada, a que no respondemos ahora. Como nosotros estamos aquí muy apretados de manteni- 
mientas que nos prometen de la tierra aqui cada dia, pero nada se pone por obra, y considerando 
que aqui abremos de perezer de hambre, avemos hallado bien a nuestro consexo de partimos de 
aqui con nuestros navios y aver si pudiéramos alcanzar algo sobre nuestro enemigo el español, o a Santa 
María o a la Concepción. La poquedad de comida en mantenimientos nos echa, y que de nuestros solda- 
dos algunos se han huido, aunque hasta agora no han padecido hambre, y si por ventura algunos de 
ellos vinieren a sus tierras de V. M., no les dé pasage, queríéndonos hacer merced de matar a todos 
quantos se hallaren por el campo, y no solamente Vuesa merced lo haga, mas embiar a todos los caci- 
ques circunvecinos a dezir que hagan lo mismo, porque ellos irán a la Concepción (sin duda) a avisar 
al español de nuestro estado, como V. M. y otros caciques han tratado con nosotros, y por esto enco- 
mendamos otra vez de no dexar a ninguno de ellos a vida, quien quiera que fuere, porque nosotros no 
embiamos a ninguno sin que yo mismo vaya o el fiscal. Todo lo demás hemos dicho verbalmente a los 
tres mensageros, y con esto deseamos a V. M. salud y buena vida. Fecha en Valdivia a catorze de 
Octubre de 1643. Amigo de V. M. — Elias Erqüemans, general. 



Mucho alegró esta nueva por saber que 
se avia desaloxado el enemigo y ídose de 
Valdivia apretado de el ambre, y es cier- 
to que ni en Valdivia ni en Chiloé ni en 
estos puertos se pueden sustentar por ser 
la tierra tan áspera. Y pensar que los 
indios los pueden sustentar, es en vano, 
que si un dia los Ueban un camarico, es 
tan corto que en él se le comen. Y no 
sembrando es imposible el sustentarse, y 
el sembrar les es mas imposible por la 
fragosidad de la tierra y el cuydado de los 
enemigos, asi españoles como indios, los 
quales se la avian de pegar si no ubieran 
tan presto alzado anclas, y esperar que de 
sus tierras les venga es a riesgo de que se 
pierda un navio en el Estrecho y a contin- 
gencia de que no llegue a tiempo y el am- 
bre, que es enemigo domestico, los acabe. 
Y assi aviendo muerto el general Braut, 
su sobrino que pobló a Valdivia la despo- 
bló a los dos o tres meses por temor de 
que no se le muriesse de ambre toda la 
gente o se le huyesse al enemigo y por 
ver que alli no avia modo para sembrar, 
que los españoles quando tubieron pobla- 
da aquella ciudad sembraban en los lla- 
nos de Valdivia que están de alli ocho 
leguas, y assi dexando huidos catorze se 
determinó de ir a piratear y buscar la 
plata por el mar de el sur. 



Pero como estas nuevas no eran tan 
ciertas que no pudiesse la carta ser fingi- 
da y estar todavia el ingles en Valdivia, 
apresuró el Marques el despacho al Perú 
para pedir socorro al Virrey de gente 
para desaloxar al enemigo, creyendo que 
sin duda estaba alli y que desde Valdivia 
despachaba navios a piratear y coger la 
plata. Dio libertad a los caciques presos, 
dexando solamente a Lincopichon, Chica- 
guala y Yabpilabquen, a quienes hizo qui- 
tar las prisiones y dio palabra de despa- 
charlos presto a sus tierras, diziéndeles 
que se detubiessen algún tiempo en las 
nuestras sin ausentai*se, que convenia assi 
al servicio de el Rey, con ánimo de hazer 
prenda de ellos para que no hiziessen al- 
gún movimiento en contrario sus soldados 
y para tener avisos de lo que allá passaba 
con ocasión de venir a verlos, y asqimismo 
para que los suyos con la esperanza de 
verlos en sus tierras se mostrasscn amigos. 
Y de todas estas disposiciones y nuevas 
que avia tenido el Marques dio aviso al 
Virrey, despachando en un barco al Maes- 
tro de campo Alfonso de Villanueva Sobe- 
ral, persona muy capaz y entendida y 
exercitado en esta guerra con mucho lu- 
cimiento y buenos sucesos, para que in- 
formasse de todo lo necesario para el so- 
corro de este Reyno. 



CAPÍTULO XVI. 



Viene segundo aviso de Chiloé y embian otro ingles que 
después cogieron, y dan aviso de como los indios se 
alzaron en Chiíoé; y embia el Marques un barco y des- 
pués una fragata a Valdivia y hallan que se ha ido el 
ingles. 

Afio de 1644. — Embian de Chiloé segniido barco y nn ingles qne cogieron despnes. — Avisan cómo los indios se 
abaron. — Hartan la ropa de los espafioles. — Cogen los indios de Lacui una lancha y matan seis ingleses y 
cogen ano vivo. — Pide el ingles el captivo y respóndele qne le embiaron al Marques. — Pareze el navio 
ioglee perdido en Chiloé y vaélvese por el Estrecho. — Embia el Marques al Virrey al ingles Antonio. — 
Embia el Virrey socorro con un navio y aviso que vendrá armada por enero. — Ordena que vaya el exército 
por tierra y con la armada cojan en medio al ingles. — Imposibilidades de ir el exército por tierra. — No 
puede el exército sitiar al ingles porque dexa desamparada la tierra y el enemigo de tierra hará gran daño. — 
Embia el Marques un barco a reconocer a Valdivia con el Capitán Don Juan de Acevedo. — Toca en la Mocha 
y no halla noticia de que se hayan ido. — Passa a Valdivia. — Reconoce el puerto y la ciudad de Valdivia y 
no halla navios ni ingleses. — Sabe de los indios como se fueron los ingleses y quedaron de volver luego. — 
No quiso saltar en tierra recelándose de alguna traición y oyó una voz que dixot pelearán. — Va Don Alonso 
Moxica con una fragata y reconoce el sitio y salta en tierra y quema el cuerpo del General Braut. — Danle 
cuatro franceses y alemanes. — Viénese a él un cacique de Chiloé que llevó por fuerza el ingles. — Noticias 
que tubieron de los ingleses. — Quería traher negros para sacar oro. — Armar a los indios para con ellos dar 
por tierra y por mar en los españoles. — Que al principio les dieron comida los indios y luego se retiraron. — 
Qne hizo barracas y un fuerte en el sitio de San Francisco. — Que por el hambre se determinó a irse. — Que 
se le amotinó la gente y ahorcó cinco y se le fueron al enemigo cincuenta. — Que a la partida dio muchos 
dones y papeles a los indios diziéndoles que había de volver. — Dio Manqueante estos papeles a Moxica y 
pídele que vengan a poblar los espafioles. — Da garrote el Capitán Moxica a un indio traidor. — Córtasse trcg 
veces el cordel, por ser «i el sitio de San Francisco, y perdónale. — Recivese la nueva con gusto. — Embia 
el Marques a Moxica al Virrey con los cuatro de la armada inglesa. 



Después de aver embiado el general de 
Chiloé Don Fernando de Albarado el pri- 
mer aviso de la llegada a aquella provin- 
cia de los cuatro navios ingleses, j aver 
embiado el primero que cogieron en una 
emboscada, abiendo cogido después otro 
llamado Antonio, que era católico, hizo se- 
gundo despacho con un barco al Marques, 
en que embió al dicho Antonio para que 
se informasse de él, y avisó cómo los in- 
dios de aquella provincia de Chiloé se 
avian levantado j héchose de parte de el 
ingles, embiando mensages la tierra aden- 

HI8T. DE CHIL.— T. IIL 



tro de Cuneo, Osonio y la Villarica pam 
que todos se confedcrassen con el ingles y 
echassen de Chiloé a los españoles, que- 
xándose de ellos que los hazian trabaxar 
en hazerles sus sementeras y en cortarles 
tablas y acarrearlas de la cordillera sobre 
sus espaldas, de que tenian hechas mata- 
dui-as. El que fué la causa de el alzamiento 
de los indios fué un mestizo que el gene- 
ral dexó de posta en Carelmapu con ocho 
hombres y en guardia de la ropa que 
avian escondido en el monte, el qual hurtó 

parte y dio motivo a los indios para que 

15 



230 



mmo i>E n^rtALKfl. 



h¡zic«inon lo mÍHmo, y aviendo cl general 
castigado porcí^to a un soldado, índnxo a 
los indio» a qtie nc alzamen, y ellos, qnc 
también temieron el cantigo de el hurto y 
avían menester poco para Iiazerse de parte 
de el ingles, se fueron a ¿I y le pidieron 
ayuda contra los e«p?ifioles, y de é.itos tra- 
xo tnescicntos qiiando se vino a Valdivia. 
Procnniron estos indios alzados liazer 
de 811 parte a los indios de T^acni y nbíc- 
ranlo liecho sí no se les ubiera perdido 
una lanclia a los ingleses con siete hom- 
bres, qnc iba cargada de sal para hazer 
cezina de las vacas que estos indios re- 
belados mataban de los eí*pafiolcs; y avíen- 
do cogido los indios de Ijacui esta lancha, 
mataron los seis ingleses y cogieron uno 
vivo, que fué este Antonio, y deshizieron la 
lanclia: con que, declarados contra el ingles, 
no se hizieron de su paUc. Y assí mismo 
avisó el General Don Femando cómo cl 
ingles le avia escrito una carta que cmbíó 
con una muger española y cuatro hijos a 
quienes dio libertad de gracia, en que le 
pedia el primer ingles marinero que le cap- 
tivaron, offrecícndo otro español en true- 
que, a que le respondió cómo se le avía 
embiado al ^[arques de Baydes y que i>or 
esa causa no se le cmbiaba. Avisó mas; 
cómo después de avcrae hecho a la vela 
los cuatro naos, llegó a Chiloé una barca 
con velas tendidas, muy ligera, y saltando 
en tieiTa el capitán con su espada ancha 
desnuda, habló con unos soldados que es- 
taban de centinela y preguntó por la ar- 
mada inglesa, y como no le respondíessen, 
se volvió a embarcar y se enmaró házia el 
Ustrcclio. Y aunque no le vio cl ingles 
^Xntonio, quaudo le dieron las señas di- 
ziéndülc que era un hombre pequeño, 
gnu»«(^ moreno de rostro y un ojo ti*asmí- 
llado, dixo: '*Esc os el capitán do el navio 
(|ue fallaba y traína todos los pertrechos 
de la ])oblacion, y de tanta importancia, 



I 



que juzgando todos qne se aria perdido, 
murió de pena el Genenil Eoríque Bniut. 
Mas ¿1 vino en busca de lo6 compeúeros, y 
como no los ha hallado, se ha vuelto al 
Brasil." 

Llegado qne fué a la Concei>cion este 
segimdo Imrco de Chiloé y el segundo pri- 
sionero Antonio, le examinó el ^Inrques y 
luego se le embió al Virrey en un barco a 
cargo de el Capitán Pedro Navarro para 
que pusiese el remedio, como le puso lue- 
go como tan celoso de el servicio de su 
Magostad y tan presto en las disposiciones. 
Y assí por principio embió un navio con 
socorro para Chiloé y la Concei>cion a 
cargo de el Capitán Don Alonso de Mo- 
xica, soldado antígflo de Chile y muy di- 
ligente y atento en el servicio de su Ma- 
gostad, y con el aviso como para Enero 
embiaría una gruesa armada pai-a dcsalo- 
xar al enemigo y poblar en Valdivia, la 
qual él había querido traher, pero por dar 
asistencia a los negocios se quedaba y 
embiaba a su hijo Don Antonio; y embió 
a dezir que para ese tiempo f uesse el exér- 
cíto de Chile por tierra a Valdivia para 
que dando la armada por la mar y el exér- 
cito por tierra sobre el enemigo, le obli- 
gassen a desaloxar. Este arbitrio de que 
el exército fucsse por tierra desde la Con- 
cepción a Valdivia, que ay sesenta leguas, 
le dieron algunos que miraban las cosas 
de lexos y no advierten en la distancia, 
los inconvenientes y los imposibles, no es- 
tando la tierra muy de paz y muy assen- 
tada. Pero los experimentados lo tubic- 
ron por un imposible por no estar la tierra 
(que ay en esta tan gi*an distancia de se- 
senta leguas) toda de paz, sino que ay 
muchos enemigos que impidan o estorven 
el paso. Dexo los ríos, montañas, pasos 
angostos y pantanosos, que todo eso se 
vencici-a fácilmente y se vencía después 
estando la tierra do paz en el gobierno si- 



HISTORIA DE CHILE. 



231 



gtiiciitc: la dificultad era avcr de contras- 
tar con tanto enemigo, y caso que se ven- 
ciesse y se llegasse a Valdivia, eso ei*a lo 
que el enemigo se quería, porque pasando 
allá el exército quedaban las ciudades y 
las estancias sin gente y sin abrigo y se 
hazia señor de todo. Y como para aver 
de pelear con el ingles, que estaba bien 
fortificado, era menester sitiarle mucho 
tiempo, todo eso tenian los indios para co- 
rrer nuestras tien-as y destruirlas, con que 
se perdia todo lo ganado y no era de eíFec- 
to ninguno su cerco, porque por la fragosi- 
dad de la tien-a no se podian llevar piezas 
de artilleria; y a un enemigo que tenia 
tantas y estaba tan bien fortiíiaido, ¿cómo 
le podian combatir sin ellas? 

Andaban varios los informes sobre la 
ida de el ingles o su asistencia en Valdivia, 
porque unos venian con nuevas que toda- 
Tia estaban en la fortaleza que anan he- 
cho y que los navios los avian embiado a 
piratear; otros que no, sino que de hecho 
80 avian ido todos y desamparado la for- 
taleza. Y para certificai*se el Marques 
despachó un barco a primero de Mayo de 
1644, por salir de una vez de dudas y por 
avisar al Virrey lo cierto, para que confor- 
me a la nueva dispusiesse el embio de la 
annada para poblar aquella plaza de Val- 
divia y sus puertos y entradas, con los cas- 
tillos necesarios para estorvar al enemigo 
que volviosse a proseguir el intento. Llebó 
a su cargo esta diligencia el Capitán Juan 
de Acebedo, pei'sona de ánimo y industria: 
dióle el Marques los soldados necesarios y 
algunas cosas que dar a los indios; tocó en 
la isla de la Mocha, que está cerca de el 
puerto de Valdivia, y habló con los caci- 
ques Antellanca y Cheuquemilla, encar- 
gándoles la fidelidad que avian prometido 
al Marques y que no tubiesscn comunica- 
ción con el ingles ni le dicssen comida, 
que sería faltar a la fee prometida, pues 



los debían mirar como a enemigos. Pro- 
metieron de hazcrloassi, y preguntándoles 
si sabian de los navios ingleses, respon- 
dieron que solo sabian que estaban po- 
blados en Valdivia, y no mas, ponjue ellos 
no salian de su isla ni comunicaban con 
otra gente. Con que animándose el Capi- 
tán Acebedo y exponiéndose a todo peli- 
gro con valor, pasó adelante a ver con sus 
oxos los navios y las fortificaciones, o el 
desengaño de aversc hecho a la vela. 

Entraron en el puerto y no hallaron en 
el navio ninguno ni fortaleza hecha en la 
voca, que fue buena señal, y con eso pa- 
rece que podian volvei-sey traher esa bue- 
na nueva; pero como la ciudad de Valdi- 
via está rio arriba seis leguas y podia ser 
que estubiesse en pie la población de la 
ciudad y que tubiessen alli alguna embar- 
cación, no le pareció que avia hecho nada 
ni míe Uebaba el desengaño que se prc- 
tendia si no llegaba a la misma ciudad y 
se aventuraba a encontrar alli con el ene- 
migo, aunque con tan débil embarcación y 
tan poca gente; pero animado de sus obli- 
gaciones subió rio arriba hasta la ciu- 
dad y no halló embarcación ninguna ni 
ingleses en la fortaleza, sino que la avian 
desamparado. Subió cuatro leguas mas 
adelante, por no dexar diligencia por ha- 
zer, y tampoco halló embarcación ninguna. 
Volvió a la ciudad y disparó algunos mos- 
quetazos para que los indios viniessen al 
ruido, y llegados hablaron con ellos y su- 
pieron cómo se avian ido los cuatro navios 
siete meses avia, y que avian estado alli 
tres meses y les prometieron a la partida 
de volver antes que entrasse el imbiemo, 
y les avian dexado algunos de sus solda- 
dos, de los quales tenia unos Manqueante 
y otros andaban házia la cordillera, y que 
sus caciques siempre estubieron a la mira 
para matarlos porque querían tener amis- 
tad con los españoles y no con los ingleses. 



232 



DIEGO DE BOSALES. 



Rogaron al capitán que saltasse en tie- 
rra, j recelándose de alguna traición de las 
que suelen hazer los indios, les dixo que 
no tenia orden para ello y que iba a avi- 
sar a la armada española de el Perú que 
yenia a poblar aquellas tierras, y estando 
en esto saltó una voz, que debia de ser de 
algún ingles, que dixo en español "Pelea- 
rán." Con esto se despidiiJ de ellos sin 
saltar en tierra y llegó a la Concepción 
con las buenas nuevas, que recivieron to- 
dos con grande gusto. Y no contento con 
esto el Marques, embió a Don Alonso de 
Moxica con su fragata para que recono- 
ciesse todos los puestos de Valdivia y lle- 
basse entera razón de todo al Virrey, y de 
camino vigiasse la armada inglesa para 
ver si volvia, como dezian los indios que 
les avian prometido. Vio el puerto y subió 
rio arriba a la ciudad, y saltó en tierra y 
vio la fortaleza que avian hecho los ingle- 
ses y el entierro de el General Enrique 
Braut, y por ser herege le quemó. Habló 
con el cacique Manqueante y hízole ami- 
go, el qual le dio un francés que tenia 
consigo, llamado Pedro de la Palma, na- 
tural de París, catholico romano, y otro 
francés llamado Juan Flon, natural de 
Rúan, y dos alemanes, y un cacique de 
Chiloé con su muger que por fuerza avia 
llebado a Valdivia el ingles, y deseoso de 
volverse a su tierra se vino a faborecer 
del Capitán Moxica para que le tragesse a 
la Concepción, de quienes supo todo lo 
que avia en Valdivia y lo sucedido en la 
población de la armada inglesa, porque 
aunque no ubo quien entendiesse a los 
alemanes, a los franceses los habló el Ca- 
pitán Hércules de la Villa, que sabia su 
lengua y era soldado antiguo de Flandes 
y de Chile. Y las noticias que dieron y 
las que traxo el Capitán Moxica de el ca- 
cique Manqueante, nuestro fiel amigo, con- 
vinieron todas en que luego que llegó la 



armada inglesa a Valdivia pidió el Gene- 
ral a los caciques que le vendiessen tierras 
donde hazer una población, porque venia 
a defenderlos de las tiranías y opresiones 
de los españoles sus enemigos y para que 
no fuessen mas esclavos ni los obligassen a 
trabaxar; que él no los obligaría a ningún 
trabaxo; que para sacar oro de las minas 
trahería negros, y si algún indio quisiesse 
de su voluntad trabaxar, se lo pagaría muy 
bien, y que les trahería lanzas, arcabuces, 
espadas, petos y espaldares para que se 
armassen contra los españoles, y él con su 
gente los ayudaría a echarlos de toda la 
tierra, y que ellos caminarían por tierra 
acompañados de sus ingleses y él iría por 
mar y echarían de Arauco ^y de la Con- 
cepción todos los españoles. Lo qual oido, 
se confederaron con ellos todos los indios 
de Valdivia, la Maríquina, Osomo y la 
Villarica, y les llevaron mucha comida a 
los príncipios, bacas, carneros y puercos, 
y que después los indios se retiraron luego 
que conocieron que tenian hambre los in- 
gleses, y no les llebaban nada: con que el 
general acortó la ración y daba dos libras 
y media de carne a la semana a cada uno, 
y hizo sesenta y dos barracas y un fuerte 
capaz en el sitio de el convento del Señor 
San Francisco con cuatro caballeros. Pero 
que hallándose disgustado en aquella tie- 
rra el General, con pocos bastimentos y 
pertrechos, a causa de el un navio que no 
parecia y juzgaban que se avia perdido, 
trató con los capitanes de volverse a Ho- 
landa, y diziéndole que era contra su pre- 
sunción y contra el orden que trahia, y 
que no era bien dexar tierra de tanto oro 
y de tantas comodidades y donde avia 
tantas maderas para hazer embarcaciones, 
no le pareció quedarse alli por no perder 
toda la gente, porque se via con mucha 
falta de bastimentos y se le avia amotina- 
do la gente, aburrída de verse en aquella 



HISTORIA DE CHILE. 



233 



tierra^ lo qual fué causa de avcr ahorcado 
a cinco y de avérsele ido al enemigo algu- 
nos cincuenta: con que se determinó de 
volverse a Inglaterra para volver con mas 
gente y mas bastimentos y pertrechos. Y 
se fué, y a la despedida dio a los caciques 
muchos dones y papeles, diziéndoles que 
los guardassen hasta que él volviesse, los 
quales papeles tenian y guardaban los ca- 
ciques con grande estima y a duras penas 
se los sacó Manqueante y se los entregó 
todos al Capitán Don Alonso de Moxica, 
dizi¿ndole que encargasse al Virrey y al 
Gobernador de Chile que embiasse con 
presteza españoles a poblar aquella tierra 
para que quando viniesse el ingles la ha- 
llasse ya poblada; que él siempre avia te- 
nido su corazón con los españoles, que eran 
christianos, y que tenia muchos mestizos y 
mas de mil indios para servir a los espa- 
ñoles. 

Aqui le sucedió en Valdivia al Capitán 
Don Alonso de Moxica un caso bien par- 
ticular de un indio tmidor que se le hizo 
amigo con doblez para entregarle a los in- 
dios enemigos/ y conocida su traición le 
mandó dar garrote, y poniéndolo en exe- 
cucion, fué cosa rara que se cortó tres 
vezes el cordel y no se le pudieron dar, y 
reconociendo la causa, hallaron que el lu- 



gar donde le querían ajusticiar era el ce- 
menterio de San Francisco. Que no quiso 
Dios que en lugar tan sagrado se ajusti- 
ciasse a ninguno, y assi le dio la vida y se 
volvió con su fragata y todas estas buenas 
nuevas a Chile, que fueron para el Mar- 
ques y para todos muy gustosas por verse 
libres de los assaltos de aquel pirata y de 
las inquietudes que causaba en los indios, 
que con la novedad y el deseo de mudar de 
gobierno y de señor ya se le iban todos arri- • 
mando, pero siempre Uebando la mira de 
lograr algún descuido y dar en ellos, que 
a ninguno tienen amor verdadero y a mas 
no poder se hazen amigos de los españoles 
o de otras naciones por la superioridad de 
armas que ven en unos y en otros, pero a 
todos quisieran ellos verlos muy lexos de 
sus tierras, y en fin, se arriman al que mas 
pueden. Con esta nueva despachó el Mar- 
ques al Capitán Don Alonso de Moxica 
con los cuatro fugitivos de la armada in- 
glesa al Virrey para que enterado de los 
intentos de el enemigo pirata y sabiendo 
de cierto cómo avia desamparado la po- 
blación, se dicsse prisa a embiar gente y 
lo necesario para poblar a Valdivia, por 
ser de tanta importancia su población, an- 
tes que el enemigo intentasse volver a 
ella. 



♦■•'» 



CAPÍTULO XVII. 



Trata el Virrey de despoblar la Provincia de Chiloé y de 
pasar toda la gente a Valdivia, y disuádele el intento el 
General Dionisio de Rueda. 



rulen ím <1e Onhfé »] Vírroy í|tio hm miirle % OffinimUt o lea pon:^ faerzaa par» defenderse.— CoosiilU el Virrey 
al Morquen de Hoydes U i\v*\»f/hlsu:íou de Chil^^é. — Krobíale el Marr|aes al General I>ianisio de Rueda qne le 
ínfomic* — i^tw llevar loü iivWim ths rhil^fé a Valdivia era aumentar laa fnerzas de el enemigo. — Qno lo^ 
treM:iefitg« qne llcv/i el íngloii «e liízieron a nna con l'n C'nnoos encniigc**. — Qne no pncdc baLcr vecinos en 
Valdivia, sino mAu «oliUul'rfi, por efttar cercarU^ de tntmig<^%. — Que h-t indir-s do tendrán tierras donde 
seni tirar.— Que loe que llev«V el ingles están clamando i»ot volverse a Cliili^.— Qce el Rey no podría sustentar 
tanta gente do comi<la y vestido. — Qne mexor era ¡M>ner 1.X) houdTcs en Chiloé, y de mas reputación, que 
no des|>r>blarle. — 0;nvenci/fse el Virrey y llevó ¡«ara \itA>\w a Val<livia. — Querían traher los ingleses cinco 
mil honilircs de el Brasil a Valdivia. — VoIví/mc p^ir el Kntrecho la anuaria inglesa a tu tiena — Quo ca 
Inglaterra corti:on la cal>ezs al genjral y a loi qne fjrmarr)u la d*;fipobUciou de Vxddivia. 



Con los primeros ahogos de la.s desgra- 
cias que en CIiíIoíí sucedieron y con los 
estragos que hizo el pirata ingles, escribie- 
ron los de l'i provincia de Chiloé al Virrey 
que desj)ol)las8e aípiolla tierra o les pu- 
siessc guaniicion suficiente con que poder- 
se defender de seinexantcs avenidas de 
el enemigo, que estaban alli a la salida del 
Estrecho y en la frente y siempre avia de 
topar con ellos, y siendo tan pocos era im- 
l)osiblo defenderse y descrédito de las ar- 
mas españolas que el enemigo los maltra- 
tasse como lo avia hecho otras veyx\s fuera 
de esta. Y que en Coí^uimbo se i)odria po- 
blar toda aquella gente española y los in- 
dios, que era tierra donde ya no avia sino 
muy pocos indios y avia muclias tierras va- 
cas (pie podria darles su Magestad a los 
vecinos y a los indios, con que lo pasarían 
con mas comodidad y menos riesgo. 

Oida esta petición y la de el Marques 
de Baydes de que pedia mil hombres para 



las fortificaciones de Valdivia, juzgando el 
Virrey por difficil el poderlos conducir, le 
dieron i)or arbitrio que despoblasse a Chi- 
loé y que entre españoles y mestizos tcn- 
dria (piinientos liond)res y mas de tres 
mil indios con que podria poblar a Valdi- 
via; y pareciéndole bien este arbitrio estu- 
bo en hazerlo v sobre el caso escribió al 
Marques de Baydes, el qual le embió al 
General Dionisio de Ruedas, que acababa 
de llegar con i)odcres de Chiloé para pe- 
dir soldados para fortificar la ciudad do 
Castro y el fuerte de Carelmapu, que avia 
ganado y quemado el enemigo, para que lo 
informassc de loa inconvenientes que avia 
en despoblar a Chiloé y con esa gente po- 
blar a Valdivia. El qual, llegado a la pre- 
sencia de el V¡n*ey, como hombre tan pni- 
dente y esperimentado y como defensor 
de la patria y que miraba por el bien de 
todo el Rey no, desengañó al Vin'ey para 
que no prosigu'esse con el intento, porque 



HISTORIA DE CHILE. 



235 



ya tenia navios apcrcevidos para pasar la 
jente de Cliiloó a Valdivia, lo qual se de- 
xó de executar por las ]*azones que alegó 
el Qeuei-al Dionisio de Rueda, que fueron 
las siguientes: 

*'Quo el pasar la gente do Chiloó a Val- 
divia no era dar fueraas a aquella fortifi- 
cicion, sino aumentar las de el eneuiigo 
de tierra, porque los cuneas y los de Osor- 
no, que siempre han sido enemigos de los 
españoles y gueiTeado con ellos sin ren- 
direc a tanta porfía, cobrarían mayores 
fuerzas y ánimo entibándoles tres mil in- 
dios que luego so avian de bazer todos de 
su banda, como se bizieron luego los tres- 
cientos que Uebó el ingles, que por estar 
cerai de Valdivia hvs tierras de Cuneo se 
fueron a ellas a vivir con los de su san- 
gi'c, y aunque eran antes enemigos y fácil- 
mente se hermanaron y siempre se unirian 
contra el español y se fortalecerían en las 
tierras de Cuneo, que por ser tan aspe- 
ras de montañas y pantanos son fortissi- 
mas y casi incontrastables, y en teniendo 
tres mil indios mas de los que tienen se 
harían del todo invencibles. Y los vecinos 
de Chiloé y los hombres ancianos, que ya 
no son para la guen*a ni cuydan sino de 
sus estancias, en Valdivia avian de pere- 
zer, porque no ay tierras donde tener es- 
tancias a causa de estar cercados de ene- 
migos, que alli los españoles que han de 
estar han de ser solamente soldados que 
estén en sus fuertes y con las armas en 
las manos cuydando solo de su defen- 
sa; y que los indios tampoco tendrían 
ticntis donde sembrar porque los enemi- 
gos no se las darían, y mas a tantos, que 
con ser menos los que llebó el ingles lo 
pasan con grande incomodidad y están 
clamando por volverse a sus tieri-as y ape- 
sarados de averse ido con él, que huyendo 
de el fuego dieron en las brasas, que allá 
jio se las dan y los tratan como a foraste- 



ros, con desprecio y quitándoles las muge- 
res hennosas y las hixas de buen parezer. 
Y sin esto echan mucho menos la abun- 
dancia de las islas de Chiloé, donde tienen 
tanta multitud de marisco que quando 
les falta la comida de la tierm les sustenta 
con sobrada abundancia la mar, y muchos 
han pedido salvo conducto para volverse. 
Pues dezir que los sustentara el Rey es otro 
imposible, poique para aver de sustentar 
y vestir el Rey tanta gente eran necesa- 
rios muchos navios que continuamente lle- 
vassen de comer y gastar mucha hazienda, 
que no se avia de poder sobrellebar. Y no 
pudiendo llebar en los navios sus ganados, 
de cuya lana se visten, era fuerza que car- 
gasse sobre su Magestad lo uno y lo otro. 

"Que lo mexor y mas fácil para su Ma- 
gestad era poner en Chiloé ciento y cin- 
cuenta hombres mas, y mas conforme a su 
reputación, porque no se digese que el 
enemigo le avia obligado a despoblar una 
provincia como la de Chiloé y darle esa 
gloria de que jactasse que avia despoblado 
una provincia que sirve de atalaya y de 
mucho provecho para los avisos." 

Con cuyas razones, satisfecho el Virrey, 
desistió de el intento de despoblar a Chi- 
loé para poblar a Valdivia, y puso todo 
el esfuerzo en hazcr levas por todo el Perú 
para su población. Dexémosles en estos 
apercevimientos y volvamos a la guena 
que el Marques publicó a los indios, y 
vayanse muy en buena hora los ingleses 
que tanto cuydado dieron a Chile y al Pe- 
ni con su población de Valdivia, que por- 
que no vuelvan mas se lo podremos perdo- 
nar; que mayor le ubieran dado si no 
ubieran desamparado la población, que 
como después se supo, avia cinco mil in- 
gleses en el Brasil esperando la nueva de 
la población pam venir a Valdivia, y tan- 
ta gente mucho cuydado dieran a los es- 
pañoles de Chile, que aunque se junta- 



236 



DIEGO DE ROSALES. 



ran todos los que están esparcidos por to- 
do el Reyno no se pudieran encorporar 
dos mil y quinientos y esos sin prevencio- 
nes ni armas, porque los mas son vecinos 
y estancieros que no tratan de la guerra 
sino de las labranzas y que después de 
aver servido en ella se hai;i retirado a pa- 
sar la vejez con algún descanso. En fin, la 
armada inglesa por el hambre que en 
Valdivia pasaba no fué a piratear como 
avia echado voz que quería ir, sino que 
tomando la derrota por el camino que avia 
trahido, volvió a desembocar por el Estre- 
cho de Magallanes, y según escriben hom- 
bres curiosos y verídicos de España, llega- 
ron todos los navios a Inglaterra, donde 



procesaron contra el General Arquemans» 
y a él y a los que firmaron que desampa- 
rassen a Valdivia los cortaron las cabezas, 
bien merecido castigo por aver perdido 
una tan buena ocasión de gozar de el me- 
xor puerto de las Indias Occidentales y 
que ya no les será posible volverla a lograr 
por averie poblado los españoles con tan- 
tos fuertes en la entrada, con tan valiente 
artilleria en la voca, que es imposible en- 
trar navio sin que le hagan pedazos y 
echen a pique, de cuya población diremos 
después en aviendo tratado de las malocas 
y guerras que el Marques hizo a los indios 
rebeldes mientras se aprestaba la armada 
del Perú que vino a poblar. 



i »n <«>O »»i < i 



CAPÍTULO XVIII. 



Prosigue la guerra el Marques con sentimiento de los indios, 
en que hubo varios^sucesos de una y otra parte. 



Qae los indios deseaban la paz y no hazian daño ni malocas. — Los indios deseosos de la paz no hazen hostilidad 
ninguna aunque les hazen guerra. — Trazó el Maestro de campo Don Alonso de Figueroa hazer una maloca. 
— Jnnta los indios de la costa y la Imperial. — Propone el Maestro de campo las conveniencias que hay de 
hazer una maloca a los declarados por enemigos. — Razonamiento del Toqui general de la Imperial, A laman. 
— Que es echar a perder la tierra, porque no se tienen por enemigos ni lo quieren ser los de la Cordillera. — 
Que esperan que se desenoge el Marques. — Que sufren y no se han querido vengar porque quieren la paz. 
— Que no hablan de hazer guerra ni de vengarse, sino de sufrir por la paz. — Que no les faltan fuerzas ni 
poder a los dos rayos de la guerra, Guilipel y Tinaqneupu. — Que quieren paz y la compran a costado 
sufrimiento. — Que si rebienta su volcan todos lo han de pagar por estar cerca y no les han de favorecer los 
españoles. — Que luego los han de maloquear a ellos y levantar que tratan con el enemigo. — Rechazó las 
razones el Maestro de campo y no respondió a ellas. — Habíales Catumalo, echado del Capitán Catalán, y dize 
que los tendrá por traidores si no hazen la guerra. — Lloran de sentimiento los caciques por ver que se 
perturba la paz. — Sale a la maloca Catalán y pelea en las tierras Quilipel, que se defendió con valor y coge 
cincuenta piezas. — En campaña se hizieron las procesiones y confesiones de Semana Santa. — Prediqué a los 
indios y consoló a los caciques que estaban llorosos. — Salen de si de enojo Guilipel y Tinaqueupu. — Convocan 
gente y tiémplalos el cacique Antegueno. — Haze que suspendan las armas mientras él media con el Marques. 
— ^Va Antegueno con otros caciques a desenojar al Marques. — Que no desprecie lo que en otros tie mpos 
desearon, que era verlos de paz. — Pide por los caciques presos. — Respóndeles que le traigan las cabezas de 
loe reb ciados. — Salieron mui tristes por pedirles una cosa a ellos dura y imposible. 



Dexamos a Guilipel, antes que viniessen 
los ingleses, maloqueado y declarado por 
traidor, y por enemigos de los españoles a 
él y a todos los de la cordillera, con gene- 
rivl aentimiento suyo y de los demás in- 
dios^ que todos deseaban la paz y sentían 
que por chismes y mentiras los ubiessen 
malquistado y enemistado con los españo- 
les, y pensando volver a su gracia no ha- 
zian movimiento ninguno ni daño en nues- 
tras tierras. Ni este tiempo en que estubo 
el ingles en Valdivia ubo indio algu- 
no del enemigo que moviesse guerra ni 
entrasse a hurtar un caballo, que pareze 
que con las alas de el ingles pudieran 
averse avalentonado y hecho a su sombra 
alguna hostilidad. Mas no se prueba que 



hiziessen una tan sola, que es gran señal 
de que querían estar de paz y dar a en- 
tender, conteniéndose en hazer guerra, 
que no tenian voluntad ninguna de hazerla. 
Que quando ellos han estado de ese pare- 
zer, no les han faltado manos ni diligen- 
cias, que son unos rayos eñ el obrar. 

Pero el Maestro de campo Don Alonso 
de Figueroa y el Capitán Juan Catalán, 
con titulo de castigar al enemigo con or- 
den de el Marques y con deseo de piezas 
y de los aprovechamientos de la guerra, 
tan mal aprovechados y tan poco logrados 
en este Rejrno, que ninguno con ellos se 
ha hecho rico ni logrado lo adquirido con 
sangre de indios, trazaron hazer una ma- 
loca a las tierras de Guilipel y la cordille- 



238 



DIEGO DE ROSALES. 



ra, y para cnipeílar a todos los nuevos 
amigos do la costa hasta la Imperial, que 
avian quedado por de paz y declarados por 
fieles amigos en la campeada pasada, fue- 
ron con todo el campo de A rauco a Tuca- 
pel, llebando consigo a los indios amigos 
de Arauco y a su gobernador Catumalo 
y su Maestro de campo Don Juan Igaipil 
y comisario Agustin Clentaro. Y aviendo 
embiado a llamar a todos los caciques y 
soldados de Paicabi, Tima, Ricura y la 
costa hasta la Imperial, con los de Puren, 
juntos todos trataron de la entrada y les 
propuso el Maestro de campo, por medio 
de el Capitán Juan CaUílan, que era giban- 
do lenguaraz, las conveniencias que avia 
en hazer una maloca a la cordillera y en 
castigar a los rebeldes publicados por ene- 



migos. 



A que respondieron todos los ciiciques 
unánimes y conformes y el Toqui gci}eral 
de la Imperial, Alaman, que tomó la ma- 
no por todos y habló de esta manera: 
**Qu6 es lo que quieres hazer, Maestro de 
campo? Cómo quieres echar a perder toda 
la tierra quando toda ella está do paz? 
No se sirve a Dios ni al Rey en hazer esta 
maloca. Ni tienes que dezir que es nece- 
sario castigar al enemigo, porque no ay 
enemigo ninguno a quien castigar. Y eso 
no es sino gana de piezas y de alterar la 
tierra y echar a perder lo que se ha tra- 
baxado y irritar a los indios, que quieren 
estar de paz, para que tomen las armas. 
No es enemigo de los espafioles Guilipel 
ni ninguno de la cordillera, que aunque en 
el bando de Quillin los publicaron por 
traidores y enemigos, no se tienen ellos 
por tales, sino por amigos y vasallos de su 
Magostad. Y aunque los maloquearon una 
y otra vez, no se han dado por entendidos 
y han pasado su dolor con valor y sufri- 
miento, sin darse por sentidos ni por agi-a- 
viados, sino que están esperando que se le 



pase el enojo al Marques y que con el 
tiempo y con su sufrimiento conozca su 
voluntad y el deseo que tienen de estar en 
paz, y aguardan ocasión para entráraeles 
por las puertas y que se desengañe de los 
chismes que contra ellos le han dicho sin 
mzon ni fundamento, para que conozca su 
buen corazón, y que offendidos y acome- 
tidos no se han querido vengar ni hazer 
hostilidad ninguna, ni consentido que in- 
dio alguno entre a hurtar un caballo tan 
solo: que no es pequeOa prueba para gen- 
te tan vengativa, tan bulliciosa, tan sobcr- 
via y tan mal sufrida. No son sus platicas 
de hazer guerra, ni tratan de entrar a ma- 
locas ni de venir a hurtar, sino de estarae 
quietos y pacificos y de dar muesti'as de 
su fidelidad y de desenojar al Marques, 
que mal infonnado les ha publicado la 
guerra. Sus platicas son: '*No comenzemos 
nosotros la guerra, no quebrantemos la 
paz, no hagamos algo por donde se confir- 
men los que nos levantaron que nos que- 
riamos levantar, no nos movamos a nada, 
comiencen los españoles, que entonces so 
verá que la paz se quebranta por ellos y 
no por nosotros y podremos dezir que ellos 
son los traidores, los inconstantes, los fá- 
ciles, los faltos de fce, los de mal corazón 
y todo lo que ellos dizen de nosotros." 
Buena prueba de esto es no averse venga- 
do Guilipel, no aver vuelto por sí, noaver 
resarcido sus daños, no porque le falten 
brios ni corage, no porque no tenga gente, 
que la mas belicosa de el Rey no es la su- 
ya y la de su compañero en armas Tina- 
queupo, que los dos son dos rayos de la 
guerra en el obrar, dos volcanes encendi- 
dos en el enoxo, dos pares de Chile, que 
pueden competir con los de Francia; pero 
como no quieren guerra, sino paz, repri- 
men el fuego de actividad, detienen, para 
que no reviente, el volcan de su enoxo, 
tiemplan la furia de sus valerosos corazo- 



HISTORIA DE CHILE. 



289 



ncs. Paz quieren y paz buscan, y esta la 
quieren comprar a precio de sufrimientos, 
de repulsas y desdenes. No los hagamos 
dcsespei*ar, que espei-an y piden el perdón 
de la oíFensa que no han hecho, y si re- 
bien ta el volcan de su enoxo y suellun la 
represa de su sentimiento tan justo, toílos 
lo emos de pagar, y mas que ningunos los 
de hx costa y la Imperial, porque vivimos 
cerca unos de otros, y como estamos tan 
lexos de los españoles, no podemos fabore- 
zernos de sus armas ni vosotros nos podéis 
ayudar con ellas. Y lo que con esta ma- 
loca pretendéis es que ellos queden ofFen- 
didos y nosotros destruidos, porque ellos 
nos han de offender a lo seguro por ser 
mas y estar nosotros en campaña rasa, y 
lo que de esto pretendéis es, sin duda, que 
todos seamos enemigos, y si no lo deseáis, 
lia de venir a paiar en eso, porque en ma- 
loqueándolos a. ellos aveis de dar ti'as no- 
sotros y no ha de {altar achaque o testi- 
monio pai-a hazer con nosotros lo que con 
ellos, porque como vivimos todos tan cer- 
ca, mañana nos levantarán que hablamos 
con los enemigos, que nos conformamos, 
que todos somos unos. Buena es. Maestro 
de campo, la paz, y pues todos la quieren 
y la piden, no tjstorves los grandes bienes 
que de ella se siguen por cuatro piezas 
que nunca se logran y es moneda de duen- 
des que se vuelve en carbón." 

Estas razones tan fuertes y tan pruden- 
tes no pudo desvanecer el Maestro de 
campo ni deshazerlas, y solo las varaxó 
con dezirles: "Aqui estoy yo que os .de- 
fenderé", a que respondieron ellos: ''Cómo 
nos has de defender, si tú te estás en 
Arauco, cuarenta leguas de nuestias tie- 
iTas, y nosotros quedamos expuestos a los 
golpes de el enemigo ventaxoso?" En esto 
salió el Gobernador de los indios de Arau- 
co Catumalo, que estaba industriado de el 
Capitán Juan Catalán de lo que avia de 



dezir pai*a que sin réplica se hiziesse la 
maloca, y dixo a los caciques: "No es 
amigo de el Rey quien no es enemigo 
de los traidores sus enemigos, y vosotros 
sin duda queréis ser como ellos, pues vol- 
véis por ellos. lia maloca se ha de hazer y 
todos aveis de dar vuestros soldados, y 
si no, entenderemos que también sois tni- 
dores." Con esto callaron y se pusieron 
tristes y llorosos, y los vi llorar de senti- 
miento y hazer grandes demostraciones de 
dolor diziendo: "por la codicia de las pie- 
zas quieren estos españoles echar a per- 
der la tierra, que nunca se ha visto en tan 
buen estado." Y aunque con tantA repug- 
nancia de los caciques, se dispuso la malo- 
ca y detubieron a los caciques de la Im- 
perial, mientras iban y volvían los soldados, 
porque no diessen algún aviso y por em- 
peñarlos en la enemistad de los de la 
cordillera. 

Quedóse el Maestro de campo en Tu- 
capel con los caciques y algunos soldados 
y indios amigos de Arauco, y el capitán 
Juan Catiilan fué a hazer la maloca con al- 
agunes arcabuzeros y los indios amigos de 
Arauco y de la costa. Dio en las tierras 
de Guilipel, el qual viéndose acometido 
se defendió valerosamente, y se peleó de 
entrambas partes con grande poiüa y te- 
son. Cogieron los españoles cincuenta pie- 
zas, quemaron muchos ranchos y hizieron 
el daño que pudieron en los ganados. 
Mientras Catalán fué a la maloca, quedó 
parte de el tercio aloxado debaxo de es- 
tacada en Tucapel y alli los indios ami- 
gos y caciques de la Imperial y la costa. 
Y por ser semana santa, aunque estábamos 
en campaña, ordené que se hiziessen las 
procesiones que se suelen hazer en el tor- 
ció de Arauco y les prediqué y confesé 
para que cumpliessen con la Iglesia los 
soldados, que a todo acudieron con mucha 
piedad y devoción. Y juntamente doctri- 



240 



DIKOO DE BOSALKS. 



T\6 a lo8 indioH nuevamente reducidos a la 
paz, dándoles a conocer los mysteríos de 
nuestra Santa Fe, y consolé a los caciques 
de la costa y la Imperial, que estaban 
tristísimos de ver abierta la guerra, teme- 
rosos de que todo avia de llover sobre 
ellos, como sucedió y veremos adelante*. 

Como el valiente Guilipel y Tinaqucu- 
pu se vieron provocados con una y otra 
entrada a sus tierras, no pudiendo sufrir 
mas, soltaron la represa a su enoxo, y 
ardiendo en saila el volcan de su pecho 
reventó con furia. Y como les sobraban 
brios, gente y manos, trataron de juntar 
su gente y de provocarlos a la venganza y 
a la defensa de sus tierras, liixos, mugcres 
y ganados, y deseando templarlos el caci 
que Antegueno y desenoxar al Goberna- 
dor, hazicndo officio de medianero con su 
autoridad, canas y prudencia, fué en bus- 
ca de Guilipel y de Tinaqucupu y los 
persuadió con buenas razones a que tem- 
plassen su enoxo y suspendiessen el tomar 
las armas hasta dexarle ir a la Concep- 
ción con otros caciques a pedir al Gober- 
nador que se desenoxasse y usando de su 
clemencia y natural nobleza reciviesse las 
excusas y satisfacciones que le daban los 
de la cordillera, que aunque ubiessen sido 
muy culpados debiera bastar el castigo he- 
cho para su satisfacción y escarmiento de 
los demás. Y a ruego de este cacique se 
contubicron, y haziendo fuerza a su natu- 
ral altivo y reprimiendo el dolor de verse 
maloqueados, suspendieron las armas y no 
se movieron a hazer hostilidad ninguna. 

Fué el cacique Antegucno a la Concep- 
ción, acompañado de otros Toquis y in- 
dios principales, y díxole al Marques có- 
mo toda la tierra estaba a su obediencia 



y deseosa de conservarse en paz, y que 
los caciques de la cordillera, aunque pro- 
bocados y ofendidos con las malocas que 
que les avia mandado hazer, no avian salido 
a la venganza ni querían hacer hostilidad 
ninguna para acreditar su fee y amor a la 
paz con su mucha paciencia y tolerancia. 
Y assi que no permitiesse que sus solda- 
dos prosiguiessen en hazer la guerra, y no 
provocasse mas a los que con tanta vo- 
luntad se le rendian, que en otro tiempo 
avian rogado los españoles con la paz y 
no la avian querido los indios, y se ubic- 
ran holgado de averíos hallado tan rendi- 
dos, tan suffridos y deseosos de su quie- 
tud, y que ahora que los indios rogaban 
no era justo desecharlos ni despreciar su 
humildad y tolerancia. Pidió también al 
Marques por los caciques presos, rogán- 
dole que les diesse libertad y alegrasse 
con esa liberalidad a toda • la tierra, que 
con eso los obligaria a« todos a servirle con 
mas voluntad y rendimiento. 

Respondióle a esto el Marques que si 
él y los suyos dezian que eran verdaderos 
amigos, que le tragessen las cabezas de los 
rebelados, nombrando a algunas y dándole 
termino de veinte dias, y que si no, que no 
creia en sus pazes, que no le avian de en- 
gañar cada dia: con que los despidió des- 
consolados, y como les pidió las cabezas 
de sus vecinos, a quienes ellos no tenían 
poder para quitárselas y quando le tu- 
bicran era cosa muy agria, porque era 
meter la guerra dentro de sus casas y 
quedar sin el fabor de los españoles, ex- 
puestos a las invasiones de los oífendidos, 
juzgando por dura la condición que les 
pedia, no trataron mas de mediar. 



CAPÍTULO XIX. 



Prosigue la misma materia y comienza el valiente y sufrido 
soldado Guilipel a hazer la guerra, después de provo- 
cado muchas vezes, y haze muchos daños. 



Gomo no pudo mediar Antegneno, comenzó a hazer guerra GailipeL — Haze gran dafio en Paren y mata al grande 
Mariftao. — Valdona a loe de Paren y pregúntales por los españoles, qne los defiendan. — Maloqnea Guilipel 
la Imperial y haze grandes daños. — Pide Alaman socorro al Maestro de campo y a Catalán. — Maloquea 
la gente de A rauco a loe de la Imperial en lugar de irlos a socorrer. — Pelean con ellos y matan al trompeta 
de el Capitán Catalán. — Cogen trescientas piezas de paz y trábenlas por esclavas. — Ay grande llanto en la 
Imperial por verse maloqueados de Guilipel y de los españoles. — Vienen nueve caciques al aloxamiento a 
pedir a Catalán que les vuelva sus mugeres, pues son amigos. — Quexa amorosa de los caciques de la Imperial 
a Catalán. — Que por ser amigos de los españoles les habia maloqueado Guilipel. — Que pidieron socorro a los 
españoles y el socorro fué maloquearlos. — Que no saben dónde irse y que mire tantos llantos. — Que vea el 
escándalo que causará a los amigos y el gusto que tendrán los enemigos — Respóndeles Catalán enoxado que 
son unos traidores y que le mataron su trompeta. — Satisfacen los caciques con buenas razones a su fidelidad 
y que en defensa de sus mugeres le mataron. — Mata cruel y bárbaramente el Capitán Catalán a todos los 
caciques y prisioneros atados y a sangre f ria. — £1 grave sentimiento de la gente de la ImperiaL — Todas las 
personas de buen zeln lo sintieron. — £1 Maestro de campo Don Alonso de Figueroa lo sintió y dixo que 
cómo habia maloqueado a gente de paz. — Haze el Capitán Catalán dos malocas a Cholchol estando de paz. — 
Van los caciques de Cholchol a pedir su justicia al Marques, — Siente el caso y no se remedia nada. — Alzanse 
los indios de Cholchol y la ImperiaL — Júntanse con Guilipel y hazen grandes daños en los amigos de las 
reducciones. — Vanse muchos al enemigo. 



Volvió Antegueno muj desconsolado y 
triste por no ayer podido mediar para que 
no pasasse adelante la guerra^ y quando 
dio la respuesta de el Marques a Guilipel^ 
dixo: "Nora buena; que pues los españo- 
les quieren guerra, yo les hartaré de ella." 
Y desplegando su enoxo, juntó su gente y 
dio luego sobre Puren, porque avian sido 
de los que le avian maloqueado, y dio un 
repente a Curanimon y a Mariuao y a los 
demás que se preciaban de muy amigos de 
los españoles y los avian guiado para ma- 
loquearle; y cogiéndolos descuydados hizo 
un gran destrozo en ellos y mató a Mari- 
nao, gran soldado y de mucha estimación, 
cuya muerte causó grande sentimiento, y 
sin él mató otros seis indios que en la pe- 



lea se le resistieron valientemente; cogió 
diez y seis esclavos, y con la cabeza de el 
valiente Mariñao cantó victoria y hizo 
grande fiesta en su tierra, y valdonaba a 
los de Puren diziéndoles: '^¿qué es de los 
españoles vuestros amigos? cómo no vienen 
a ayudaros y defenderos como os lo pro- 
meten? Ahora veréis quán poco os valen 
sus armas y como toda su amistad es men- 
tira y embuste: que os empeñan y dexan 
en el peligro, y mientras les dais piezas 

* 

os acompañan y en faltando el interés os 
dexan." Muy corridos quedaron los de Pu- 
ren y muy sentidos por la muerte de Ma- 
riñao, a quien estimaban y uerian por ser 
tan gran soldado y hermano en armas de 
Curinamon. 



242 



Um^O DE U^^ALEsi. 



Con la calx'za de Maríiíao hizo una '¿rün- 
tic borraclicra y convocó muclia gente pa- 
ra la guerra, y con una iKMlcroi»a Junta 
(lió ffolire la Inii>eríal y maloqueó al caci- 
que Alatnan, tocjui general, y a todo» loá 
auiigOM de lo« eí*pafiole,«, y le» hizo grandes 
dafiOK en »iw ganado?*, cíisi.s y sementeras, 
capti vándolcs muchas niugeres, con que 
puso gi'an terror a todo» los nuevos ami- 
gos, que desabrigados de las anuas espa- 
ñolas V viviendo en los valles no tenian 
defensa y por ser menos no podian rcsis- 
tira su furor. El cacique Alaman, quando 
supo que Guilipel hazia junta contra el y 
los de h Imperial, avisó a las voladas al 
Maestro de campo Don Alonso de P^igue- 
roa, al tercio de Arauco, para que le em- 
biasse alguna gente de guarnición, y al 
Capitán Juan Catalán, que estaba mas cer- 
ca, en Paicabi,embióarogarque le fucsse 
a ayudar, y como el socorro estaba lexps, 
primero que fué el mensage y se dispuso 
el socorro ya los avia maloqueado Guili- 
pel y los de la cordillera. 

Fué el Capitán Juan Catalán con in- 
dios de Arauco y de la costa al socoito de 
los de la Imperial que se le avian pedido 
contra Guilipel, y el socorro fué quedarse 
el Capitán Juan Catalán con la remuda y 
echar los indios con algunos españoles a 
maloquear los ranchos de la Imperial, y 
como so vieron maloquear, entendiendo 
que eran indios de Guilipel que asegunda- 
ban la maloca, pusiéronse en defensa y 
pelearon con ellos, y aunque en la jKílea 
conocieron que eran indios de Arauco y 
de la costa y los que avian llamado en su 
defensa, como vieron que no les iban a 
defender como amigos, sino a offender co- 
mo los mas enemigos, defendiéronse de 
olios y pelearon en su justa defensa, y en- 
tre la refriega mataron un trompeta de el 
Capitán Juan Catalán. Retiróse la gente 
do Arauco después de aver maloqueado 



I 



muy a su gusto y cogido trescientas pie- 
zas, nmchas de ellas mestizas, bijas de es- 
Imanólas captiva-s, y catorce indios que tra- 
geron en collera, y como por aquella parte 
no esperaban al enemigo, sino el socorro 
de los amigos, que fué éste, hallaron la 
gente descuy<lada y cogieron qnantas pie- 
zas quisieron muy a su salvo; con que se 
retiraron victoriosos y cargados de escla- 
vos, de gente que estaba de paz y espera- 
ba su socorro, y que no huyeron de los 
españoles confiados de que iban a socorrer 
V no a offender. 

Fueron gi-andes las lástimas y los llan- 
tos de la gente de la Imperial viéndose 
maloqueados por una parte de Guilipel 
l)or ser amigo de los españoles y por otra 
de los mismos españoles y amigos a quie- 
nes avian llamado en su defensa, y viendo 
que les llevaban sus hijos y mugeres y sa- 
biendo que el Capitán Juan Catalán se avia 
quedado en la remuda, una jornada de 
allí, fueron nueve caciques, los mas princi- 
pales de la Imperial, y entre ellos el señor 
de toda aquella tierra, Coñueman, a ver 
al Capitán Juan Catalán y saber por qué 
les avia hecho aquel agravio tan grande sin 
dar ellos ocasión ninguna, esperando que 
les volveria las piezas y les guardaria justi- 
cia si los indios y soldados desordenada- 
mente avian hecho aquel desmán tan gran- 
de. Alcanzáronle en el primer aloxamien- 
to donde estaba con todas las piezas; y el 
cacique Coñueman, que cm un indio muy 
grave y venerable, padre de el mestizo Pai- 
Uacheo, de gentil arte y disposición y que 
heredó de su padre el ser amigo de españo- 
les, tomando la mano y en nombre de los 
demás caciques dio al Capitán Catalán una 
quexa amorosa, con palabras muy humildes 
y corteses, y le dixo: que cómo siendo sus 
amigos y aviendo dado la paz con todos 
y^ publicádolos el Marques en Quillin con 
trompetas y atabales por fieles y leales ami- 



ÜISTORIA D13 CHILE. 



243 



gm* los avia ido a maloquear y destruir, sin 
aver l)echo ellos hostilidad ninguna a los 
españoles j sido siempre de su parte, dan- 
do sus soldados para liazer guerra a sus 
enemigos? porque Guilipel les acababa de 
maloquear y llevar sus mugeres, hijos y 
ganados por su causa y por ser amigos de 
los españoles, y ahora que les avian pedido 
socoiTo y embiado al Maestro de campo "a 
que les cumpliesse la palabra que les avia 
dado en Tucapcl, de embiarles gente de 
guarnición para su defensa, la que les em- 
biaba avia sido para su mayor offensa y 
destrucción; con que venian a padecer mas 
de los amigos que de los enemigos y ya no 
sabian qué hazerae ni a dónde irse, porque 
por una parte los amigos y por otra los 
enemigos los pretendian acabar y consu- 
mir. Que mirasse que no le avian ofendido 
en nada y tubiese lástima de tantos llan- 
tos, horfandad y pena en que dexaba a las 
madres por los hijos y a los maridos por 
sus mugeres, y a la nota y perturbación 
que avia de causar en toda la tierra el ver 
que a sus propríos amigos maloqueaban 
los españoles, con que ninguno lo quema 
ser; y el gusto y jactancia que avian de 
tener los enemigos viendo que sus enemi- 
gos les ayudaban a vengarse de nosotros, y 
que los españoles por cuya causa ellos nos 
hazian la guerra, eran los que con mas fu- 
ror nos la hazian y de quien receviamos 
mayores daños. 

Respondióles el capitán Catalán muy 
enojado que eran unos traydores que le 
avian llamado con engaño y le avian muer- 
to su trompeta. A que digcron que no avian 
sido traidores ni le avian llamado con do- 
blez ni engaño, sino por verse maloqueados 
de Guilipel, que coneffccto les hizo grandes 
daños solo por ser amigos de los españoles y 
por darles gente para la guerra, y que los 
avian hallado los españoles descuidados en 
sus casas y sin prevención ninguna. Y si vi- 



vieran con engaño, de otra suerte estuvieran 
y no con tanto descuido, que antes quan- 
do oyeron sus trompetas salieron alegres 
a recevirlcs hombres y mugeres, y como 
el recevimiento fué maloquearlos y pren- 
der mugeres y niños, una quadrilla de 
mozetones que estaba a caballo se puso 
en defensa de otra que maloqueaba, y en 
la refriega mataron al trompeta, defen- 
diendo sus casas de los que les acometian 
injustamente por ser la defensa permitida. 
A esto, violando el derecho que a los 
embaxadores se debe y la palabra real con 
que entraron a hablarle, los mandó atar 
a los nueve caciques en la collera donde 
tenia los otros indios captivos y a todos 
los hizo alli matar inhumanamente a cu- 
chilladas y lanzadas y a sangre fria, cap- 
tivos y caciques; acción que puso horror a 
todos quantos la vieron y causó amargas 
lágrimas y grandes alaridos en las demás 
piezas captivas, mugeres y niños. Y el ma- 
yor sentimiento y lágrimas fueron las de 
la gente de la Imperial quando supieron 
esta crueldad, y que quando esperaban 
que sus caciques negociarían bien con los 
españoles y les volverian sus mugeres y 
hijos, les mataron inhumanamente a sus 
padres, sus caciques y señores, dexando la 
tierra sin cabezas, sin consexo, sin los pa- 
dres de la patria, sin las columnas que la 
sustentaban y los gobernadores que la 
regían. Y fué este dolor tan grande, que 
todos los de la Imperial le tubieron im- 
preso en el alma por toda su vida sin po- 
derle olvidar, y repetían esta inhumani- 
dad en el siguiente gobierno en que dieron 
la paz, y se le oí muchas vezes con harta 
pena y sentimiento, y este mismo tubie- 
ron todas las personas pías y de buen zelo 
y en particular el Vedor general Francis- 
co de Villalobos, que con extremo agasa- 
xaba a los indios y con justicia los defen- 
día, procurando con grande afecto la con- 



244 



DIEGO DE ROSALES. 



scnracíoD de las pazes, que hazia extre- 
mos de sentimiento, y todo se disimuló, j 
la pressa de las trescientas piezas pasó y se 
vendieron por esclaras, aunque por don- 
de quiera que iban, clamaban y dezian a 
Tozes cómo eran de paz y estando des- 
cuidadas y quietas en sus casas, sin reze- 
larse de los españoles por ser amigos, 
las avian maloqueado, y quando el Maes- 
tro de campo supo la nueva de la maloca 
y donde se avia hecho, dixo, oyéndolo yo: 
''Cómo se ha hecho esa maloca a gente de 
paz?'' dando muestras de grande sentimien- 
to por una cosa tan mal hecha, pero des- 
pués hallaron razones para dorarla y para 
darla por bien hecha. Allá se verán donde 
se juzgue sin pasión ni afficion al interés. 

Lo que desta maloca tan mal hecha 
resultó fué que todos los de la Imperial 
se ubieron de alzar y ponerse en arma 
irritados del agravio y de la muerte de 
sus caciques; pero los de Cholchol estu- 
bieron mas descuidados, confiados en que 
eran de paz, y no miraban los caminos ni 
tenian centinelas, ni vivian en los montes, 
sino con grande confianza y seguridad en 
sus casas. Y como ya avia el capitán Juan 
Catalán quebrado con los de la Imperial, 
quebró también con los de Cliolchol, que 
están vecinos a ellos, y cogiéndolos des- 
cuidados los hizo dos malocas, captiván- 
dolos en la una ciento y cincuenta piezas, 
y en la otra pocas menos, con gravissimo 
sentimiento de toda aquella provincia, que 
estaba de paz y no avia hecho hostilidad 
ninguna, ni héchosclc causa ni averigua- 



ción en contrarío de la paz que dienm eil 
Quillin. 

Fueron luego los caciques de Cholchol 
a pedir su justicia, no a Catalán, porque 
no la hiziesse en ellos como en los otros 
caciques, sino al Marques a la Concep- 
ción, alegando que avian dado la paz con 
los demás, y dádoles por buenos amigos 
con caxas y trompetas, y conservádose 
como tales, sin que se les ubiesse probado 
hostilidad ni deslealtad ninguna ni decía- 
rádolos por enemigos. Y oidos de el Mar- 
ques, sintió mucho el desorden y ubo so- 
bre el caso demandas y respuestas, pero 
ellos se quedaron maloqueados y sin sus 
piezas, que se vendieron por esclavas, sabe 
Dios cómo. Con esto los indios de Cholchol 
se akaron, y juntándose con los de la Im- 
perial unieron sus armas con Guilipel y 
Tinaqueupu; y los dos caciques de la Im- 
perial que quedaron gobernando después 
de los muertos, que fueron Guenchuquir- 
que y Ampallante, que eran hombres va- 
lerosos y de grande ánimo, convocaron 
toda su gente y dieron diversas vezes en 
nuestros amigos de la costa y en las nue- 
vas reducciones de Angol, Nacimiento y 
Santa Fee; y como los hallaban desabri- 
gados de los tercios y de los soldados es- 
pañoles, les hazian grandissimos daños y 
muchos se iban al enemigo, con que per- 
dimos los amigos de la Imperial y Chol- 
chol y íbamos perdiendo los demás. Y para 
que no se acabassen de perder, se ubieron 
de recoger al abrigo de los tercios y do 
los fuertes. 



CAPÍTULO XX. 



Hazen los enemigos algunas entradas y daños en los indios 
amigos; pelean con ellos los españoles, y refiérense varios 
sucesos de ambas partes. 



Salen loe dos tercioe a maloca. — Cógense algunas piezas, y por ser parientas de los amigos se las dio el Mangues. 
— Dan los puelches • en la remuda y Uévanse muchos caballos. — Maloquea el enemigo a los amigos de la 
Costa. — Entra Guilipel con una junta de dos mil indios en nuestras tierras. — Cogen los enemigos 150 
piezas. — Salen los de la Costa al atajo al enemigo, quitanle parte de la presa y mátanle cincuenta. — Entran 
treinta indios de Guilipel a los potreros de Arauco. — Dan en ellos las centinelas de Arauco durmiendo, cogen 
seis y matan cuatro. — Matan un indio los de Arauco a su usanza y embian al Capitán a Paicabi para que se 
animen con su cabeza. — Exhorté a que se baptizasse a este capitán que habia de morir en Paicabi y a otros 
indios presos. — Llevan también a un indio viexo que habia deseado mucho el baptisma — Dóxale medio 
muerto un caballo cuando le llevan. — Cúmplele Dios su deseo y baptizasse y muere. — Júntase toda la Costa 
a la fiesta de matar al capitán. — Echa mano a la espada de un Capitán y haze riza con extraño valor. — 
Levántanle en las lanzas y cortándole la cabeza le sacan el corazón. — Llévase Tinaqueupu las postas en 
Biobio. — Sale el Sargento mayor en su seguimiento con todo el tercio. — Llega tarde a Biobio: haze que se 
retira y embia treinta indios en su seguimiento. — Hallan al enemigo durmiendo y fingen que es el tercio y 
dan sobre ellos. — Fingen ser todo el tercio. Quitanles la presa, hieren a muchos y échanse todos al monte. — 
Dan nueva las postas de cómo Guilipel y Metegua van con 350 indios a Ilicura. — Sáleles al paso el Sargento 
mayor. — Ambre y sufrimiento de los soldados y quitan al enemigo 400 caballos. — Divide Guilipel su gente 
en tres tropas. — Haze lo mismo el Sargento mayor. — Pelea Guilipel con los nuestros cuatro horas con gran 
valor. — Matan al Capitán Don Pedro Solorzano peleando como valeroso. — Llueve sangre sobre Don Pedro 
Solorzano antes de salir a la batalla. — Acometen Don Pedro Flores y Parra a Guilipel y házenle huir y 
matan 20 indios. — Viene Pichipil con la presa y pelean con él. — Coge el Sargento mayor a Pichipil por las 
espaldas, — Quitan los españoles la presa y captiN'an a Pichipil. 



Salieron los dos tercios por orden de el 
Marques para reprimir el furor de el ene- 
migo, y juntándose marcharon para las 
tierras de Antegueno y Maquegua. Fue- 
ron sentidos y pelearon en todas partes 
valientemente. En Maquegua nos mataron 
al sargento Mondón, un buen soldado, y 
ubo muchos heridos de todas partes. Ví- 
nose de el enemigo un soldado llamado 
Antonio de Araya, que avia anos que es- 
taba captivo, cogiéronse algunas piezas a 
costa de lanzadas y halláronse que las mas 
eran parientas de los indios amigos nueva- 
mente reducidos, y úboselas de dar el Mar- 



HI8T. DE CHILE. — T. in. 



ques por tenerlos contentos. Los puelches 
y pegüenches, sabiendo que el exército 
avia entrado la tierra adentro, vinieron a 
la remuda, y dando en ella, se llebaron 
buena cantidad de caballos; y fué esta 
pérdida considerable por ser muchos y tan 
importantes para hazer la guerra. Los in- 
dios enemigos, que con facilidad se juntan 
y con ligereza, sin tantos embarazos como 
los españoles hazen sus jomadas, se con- 
vocaron y pasaron la flecha Guilipel y Ti- 
naqueupu, de la cordillera y de la Impe- 
rial, los vahentes Guenchuquirque y Em- 
paliante y otro de no menor fama llamado 

16 



24G 



DIEGO DE UOSALE.S. 



Caniunianquc, para coger dcscnydados a 
los do Tima, Calcoimo y Reloino, amigos 
nuevos de los españoles que estaban al 
abrigo de el fuerte de Paicabi, donde asis- 
tía el Ca])itan Juan Catalán con una com- 
pañía de caballos, pero algunas leguas dis- 
tante de estas reducciones. 

Entraron con una junUí de dos mil in- 
dios y el astuto üuílipcl puso doze indios 
de posta en los llanos de Negrete para que 
expiassen el campo español de Yumbel y 
dar en Santa Fee. Tubo el Sargento Ma- 
yor noticia de esta junta y salió con su 
tercio a reparar las nuevas reducciones de 
Santa Fee, y visto por Guilipel, volvió a 
poner su gente en cobro, rczelándose no 
diesse en ella; pero Guenchuquirque y Ca- 
niumanque, faborecidos de la espesura de 
las montanas, prosiguieron su viage y die- 
ron en Tirua, Calcoimo y Relomo, hazien- 
do grandes daños en los nuevos amigos, 
y cogieron ciento y cincuenta piezas. Los 
do Tirua, lastimados, convocaron a los de 
la costa y desmintiendo el camino salie- 
ron al ataxo a Guenchuquirque, y dando 
con ellos pelearon de entrambas partes 
valentissimamente y mataron al cnemiüro 
cincuenta indios y le quitaron parte de la 
pressa, y entre los que mataron fue uno 
el valiente Caniumanque, y de parte de 
los amigos murieron diez y quedaron mu- 
chos heridos, porque fue muy sangrienta 
la batalla de unos indios con otros, y los 
que poco ha estaban muy amigos y her- 
manados ya se procuraban beber la san- 
gre los unos a los otros, y con los prisio- 
neros que de una y otra parte se cogian 
cantaban victoria y liazian fiesta matándo- 
los en sus borracheras, y ensangrentando 
las Hechas y dando de beber a sus lanzas, 
como ellos dizen, la sangre de los muertos, 
so animal)an jnira nuevas batallas, rela- 
miéndose en la sangre de sus propios her- 
manos. 



El valeroso Guilipel, ya que por el cam- 
po de Yumbel no avia podido executar su 
sana por aver sido sentido, embió treinta 
y dos indios escogidos y animosos que 
penetrando por los montes diessen un asal- 
to a los potreros de A rauco y se tragessen 
todos los caballos que pudiessen. Mas, los 
araucanos vigilantes cortaban los caminos 
muy a lo largo y divisaron en otra loma, 
házia los pinares, gente por camino nunca 
cursado, y conociendo que no podia ser 
otro sino enemigo, se emboscaron y le fue- 
ron siguiendo el rastro y antes de amane- 
cer dieron en ellos quando mas donnidos 
estaban y mas descuidados por estar tan 
fuera de camino y en unos montes donde 
jamas andaba hombre ninguno. Emn los 
indios araucanos ocho no mas y los enemi- 
gos treinta y dos, pero como los cogieron 
tan de improviso y descuydados, les dienm 
tal repente que sin que pudiessen coger 
sus lanzas mataron cuatro y cogieron seis 
vivos, y entre ellos al capitán, que era uu 
indio de mucha fama, y los demás se es- 
caparon en el monte, echando a huir des- 
nudos, dexándoles por despoxo el ato, las 
lanzas y quanto Uebaban. 

Victoriosos con este famoso hecho los 
araucanos, trageron al Maestro de campo 
los prisioneros y pidieron uno para matar- 
le a su usanza, cortándole la cabeza y sa- 
cándole el corazón en una grande fiesta y 
borrachera, y al capitán le embiaron a los 
indios de Paicabi para que todos los de la 
costa hiziessen con él la misma fiesta y 
sacrificio, ensangrentando sus flechas, y 
animados, se exercitassen con su cabeza a 
la venganza de Guilipel y Guenchuquirque. 
Y sabiendo yo el dia antes que le avian de 
llebar la triste sentencia que en secreto se 
avia dado contra el miserable, porque no 
muriesse sin baptismo le enseñé a él y a 
otros los mysterios de nuestra santa Fe, 
exortáudolotí al baptismo, y tollos lo rcci- 



HISTORIA DE CHILE, 



247 



vieron con grande aflfeeto y pidieron el 
agua de el santo baptismo, especialmente 
un viexo que tenia Dios predestinado, que 
con mayores ansias pidió ser baptizado y 
hizo grandes actos de contrición de sus pe- 
cados. Peix) como todos estaban presos en 
la guardia y no coma prisa su baptismo, 
sino el de aquel capitán que anan de ma- 
tar el dia siguiente, no baptizó entonces a 
ninguno de los otros sino solo al capitán, 
diziendo a los demás que después los bap- 
tizaría y que por ser su capitán baptizaba 
primero a aquel, sin darle a entender que 
el dia siguiente le avian de matar a su 
usanza, que esa mala nueva no quise yo 
dársela sino que se la diessen los soldados, 
como se la dieron el dia siguiente, subién- 
dole en un caballo y llebándole atadas las 
manos y los pies a la barriga de el caballo, 
y alli de repente se determinó que llcbas- 
sen también al viexo que con tantas veras 
avia pedido el baptismo, y por no aver 
sabido esta repentina determinación le lle- 
bai-on sin él; pero quiso Dios que se salvas- 
se por un medio singular, y fué que avien- 
do salido de el quartel, el caballo en que 
le Rebaban era arisco y potrón y comenzó 
a dar tantos corcobos y saltos que derribó 
en el suelo al pobre viexo, y como iba 
atado de pies y manos y los pies los Re- 
baba atados por debaxo de la barriga de 
el caballo, le dio tantas patadas y coces 
que le dexó medio muerto. Los soldados 
que iban con ellos de guardia, compadeci- 
dos de él y viendo que se moria, le dige- 
ron que si quería baptizarse y ser christia- 
no, y él, que el dia antes me lo avia pedido 
con tantas veras, lo pidió ahora con ma- 
yores ansias, y trayendo agua en un som- 
brero de un arroyuelo que estaba alli cer- 
ca, le baptizaron, y acabado de reccvir con 
grande affecto el agua de el santo baptis- 
mo expiró y se fué al cielo, según confio, 
por la grande voluntad con que recivió la 



fee y pidió ser baptizado, y allá en Pai- 
cabi no hallaría quien le cumpliesse su 
deseo, y permitió Dios que aquel caballo 
le derribasso y acoccasse para salvarle por 
aquel medio tun singular. 

Prosiguieron los soldados el viage a Pai- 
cabi con el capitán para cntrcg-ai-scle a los 
indios de la costa, que para su rccevimien- 
to y para la fiesta que con él avian de ha- 
zer se juntaron mas de dos mil lanzas y 
todas las indias, sin que quedasse viexa ni 
niño que no acudiesse a ver aquel valen- 
tón y a relamei'se en su sangic. Pusiéron- 
le en medio de toda la gente y digéronle 
que contasse los valientes de su tierra y 
en un hoyo echasse palitos y los enterras- 
se. Y mirando a un lado y a otro con 
grande señorío y altivez, viendo alli cerca 
un capitán español llamado Baltazar Qui- 
jada, acometió a él a quitarle una espada 
ancha que cenia, y en lugar de enterrar 
los muertos de su tierra, fué tan grande 
su valor y ánimo que intentó matar y ente- 
rrar a quantos alli estaban, y según se 
desenvolvió y hizo campo, parece que lo 
hiziera; pero como era uno y las lanzas 
eran dos mil, allí le acrebiUaron a lanzadas 
y le levantaron en las lanzas, gallardeán- 
dose de morir como bueno y peleando y con 
tan grande intento, como fué el parezerle 
que los podia matar y enterrar a todos, 
y cortándole la cabeza y sacándole el co- 
razón, cantaron con ella puesta en im 
palo y untaron los toquis y las flechas 
con él, repartiéndole en menudos pedazos 
para que le comiesscn los mas principales. 

Y he contado esto para que se vea el va 
lor y animosidad de estos indios, que no ay 
romanos ni numancios como ellos, y para 
que ningún gobernador ni capitán los des- 
precie por dezir que son unos indios y 
que qué valentia puede ser la suya, pues 
con tener armas desiguales dan tanto en 
que entender, que si tuvieran bocas do 



248 



DIEGO DK ROSALES. 



fuego ccliaran a los españoles de sus tie- 
rras, que a grandes capitanes de Flandes, 
quando los lian visto pelear, les an causa- 
do admiración y hecho t<ímbhir las corazas, 
como le sucedió a un capitán muy alen- 
tado en esta ocasión, que de puro confia- 
do y por hazer poco caso de los indios le 
mataron como se dirá. 

Mientras los unos indios fueron a malo- 
quear a la costa, fué Tinaqueupu, que era 
gran cosario, con doscientos indios y cogió 
las postas que tenian los españoles en Bio- 
bio y se las llebó captivas. Llegó la nueva 
al Sargento Mayor Francisco Rodríguez y 
salió al punto con toda la infantería y ca- 
ballería del tercio de Yumbel, cuyos capi- 
tanes de a caballos eran Don Pedro de So- 
lorzano, Don Francisco de Otalora, Don 
Pedro Flores y Don Diego Gil Negrete, 
todos personas de obligaciones y de muchos 
brios, con cuatro compañias de amigos a 
cargo de el comisario Domingo de la Parra. 
Y aviendo llegado al anochecer a Biobio, 
receloso de alguna emboscada y por ser ya 
tarde, hizo que se retiraba y por consexo 
de los capitanes embió al valiente Mari- 
pagui, que significa Diez leones, indio de 
San Christóval, con treinta indios, y por 
su compañero al esforzado y brioso Lcu- 
bolican de el Nacimiento. Marcharon de 
noche y encontrando al enemigo en Ma- 
lloco durmiendo unos de esta banda de el 
estero y otros de la otra, que juzgando 
que los españoles se avian retirado se 
echaron a dormir descuidados y sin postas, 
y pareciéndüles buena la ocasión, se de- 
terminaron a darles un Santiago y assi lo 
hizieron. Y dio Maripanguí con solo quin- 
ce de a caballo sobre los de la otra banda 
de el rio, y Leubulican con quince de a 
pie sobre los de la otra, liaziendo grande 
algazara y fingiendo que era todo el exér- 
cito español, llamando unas compañias por 
una liarte y otras por otra y diziendo que 



acometiesesen, que todos eran suyos, y con 
el repente y la turbación creyó el enemi- 
go que estaban sobre ellos todos los espa- 
ñoles y indios y amigos, y no supo que 
eran tan pocos. Con que les salió tan bien 
el arroxo y la valiente determinación y 
buena traza, que le quitaron al enemigo 
las centinelas que avia cap ti vado y con el 
repente de averíos cogido durmiendo hi- 
rieron a muchos y todos se echaron al 
monte huyendo, juzgando que estaba sobre 
ellos el mundo entero. Y dexaron un gran . 
despoxo de armas, frenos, ropa y comida, 
y recogiéndolo todo con presteza, se vol- 
vieron victoriosos antes que el enemigo 
reconociesse quan pocos eran y rehazién- 
dose los siguiesse. 

Llegaron con este buen suceso a donde 
estaba aloxado el Sargento Mayor con 
todo el tercio y fueron recevidos con gran- 
de gusto, alabando todos su valentía. Las 
postas que avia llebado el enemigo y se vie- 
ron captivos, supieron cómo Metegua, indio 
belicoso y atrebido, y el reboltoso y em- 
bustero Pichipil, avian ido con una qua- 
drilla de trescientos y cincuenta indios 
suyos y con Guilipel házia Uicura y Ti- 
ma a infestar los nuevos amigos, nueva 
que ya avia tenido el Sargento Mayor 
por otra parte de el capitán Juan Catalán, 
y como estas centinelas la confirmaron, pa- 
recióle buena ocasión para salirlos a ata- 
xar al paso con sus valientes capitanes. 
Caminó tres dias y emboscóse con gran 
silencio entre Purcn y Niñingo, y esperó 
cuatro dias al enemigo con grandissima 
hambre de los soldados, que a la voz del ar- 
ma de que se Uebaba Tinaqueupu las postas 
salieron sin prevención ni comida alguna, 
pero su valor y sufrimiento era tan grande 
y el deseo de coger en aquel paso a aque- 
llos barbaros, que les olvidaba el comer y 
se acomodaban con yerbas, látigos y adar- 
gas, que son el maná de los sufridos soldados 



HISTORIA DE CHILE. 



249 



de Chile. Reconocieron házia Puren que 
el enemigo avia dexado alli la remuda de 
cuatrocientos caballos, y la primera suerte 
y la mexor fué lograrlos y quitarlos todos. 
Venia el enemigo vaxando por una loma, 
y avisándole sus postas que avian oido 
ruido de cabaUos, rezeloso no fuessen es- 
pañoles, dindió la gente el astuto y va- 
liente Guilipel en tres tropas, y echó por 
una parte una tropa con mas de sesenta 
piezas que avia maloqueado a los ami- 
gos de la costa a cargo de Guaiquimilla, 
y por otra parte echó otra quadrilla a 
cargo de Metegua y Pichipil y él Uebó la 
otra, y previniéndose para la pelea mar- 
charon con gran concierto y con no menor 
cuidado. El Sargento Mayor, viendo divi- 
dido al enemigo en quadrillas, dividió su 
gente también en tres quadrillas. Llebó 
él una, encargó la otra a los capitanes de 
a caballos Don Pedro Flores y Don Pedro 
Solorzano, y la otra al comisario de la 
caballería indiana Domingo de la Parra 
con dos compañías de naciones, y puestos a 
guisa de pelea acometió el comisario Parra 
con Metegua y le hirió malamente y des- 
barató a su gente, y aviéndose escapado 
entre los demás Metegua, le vio Tanami- 
lla, sobrino de Llancagueno de San Chris- 
tóval, y le siguió, y dándole tres lanzadas 
le derribó de el caballo, y queriéndose es- 
conder en unas matas llegó el cacique 
Quintequeupu y le acabó de matar y le 
cortó la cabeza, la qual trageron por gran- 
de triunfo y cantaron con ella victoria. 
Quedaron muchos muertos y heridos en la 
pelea de los enemigos, y a los que huye- 
ron siguieron el capitán Don Pedro Flo- 
res y Don Pedro Solorzano y se entraron 
en la retaguardia de el enemigo, que Re- 
baba el valeroso Guilipel, el qual, gozoso 
de hallar tan buena ocasión en que mos- 
trar sus bríos y pelear con los españoles, 
paró y ordenando su gente y haziéudoles 



un breve y eficaz razonamiento, acometió 
como un león, y loa españoles a él y los 
amigos como unos rayos, y se trabó una 
valentissima batalla que duró mucho tiem- 
po peleando con gallardía de entrambas 
partes. El capitán Don Pedro Soloiv.ano, 
que avía peleado valentissímamontc y de- 
rribado muchos indios, Uebado de su ani- 
mosidad y valor se apartó a pelear con 
unos indios, pareciéndole que él bastaba 
para todos según era de alentado, y como 
todo andaba turbado no ubo soldados que 
le acompañasscn, con que puesto en este 
empeño, aunque peleó conforme sus mu- 
chas obligaciones, era uno y los indios 
muchos y no pudo prevalecer contra tan- 
tos, con que quedó alli muerto, con senti- 
miento de todos por ser un caballero tan 
noble, tan vizarro y valeroso. Pero murió 
para que viviesse su fama y añadiesse lus- 
tre nuevo al de sus ilustres ascendientes, 
muriendo en servicio de su Rey y pelean- 
do con tanto valeroso capitán, cuya muer- 
te se dixo averie anunciado un caso bien 
singular, y fué que estando jugando a los 
naipes en el tercio de Yumbcl antes de 
salir a este alcanze de el enemigo, llobie- 
ron algunas gotas de sangre sobre él, ca- 
yéndole en la valona y en el vestido, con 
reparo de todos, aunque no conocieron lo 
que significaban. 

Viendo el capitán Don Pedro Flores y 
el comisarío Parra muerto al capitán Don 
Pedro Solorzano, a quien no avian podido 
moderar en sus empeños que hizo solo, 
arremetieron con sus soldados al enemigo 
y dieron sobre Guilipel con gran corage y 
valor, y fué tal el esfuerzo, que pusieron 
en huida a Guilipel y a los suyos, con 
muerte de veinte indios valerosos que pe- 
learon porfiadamente hasta morír. Apenas 
avian puesto en huida a Guilipel quando 
llegó la quadrilla de Pichipil y Guaiqui- 
milla, que trahian la pressa y las piezas 



250 



J)lE(i<> I)K K<)8AIiB.S. 



que ajelan cogido on Paicabi y en la costa, 
qiiando crecíeiulo el corage de el Capitán 
Don Pedro Flores al igual de su nobleza 
y como si entonces comenzara a pelear, se 
avalanzó a rendir a Pichipil, que sobervio 
no hazia caso de él ni de ningún español, 
porque viniendo una gran tropa detras de 
él, juzgando que era de los suyos, peleaba 
con tanto ánimo y amenazaba con el soco- 
rro de los compailerog que ya venian, que 
le parccia avia do alcanzar una gran vic- 
toria; mas la tropa que tras él venia no 
era como él pensó de los suyos, sino la 
quadrilla del Sargento Mayor Francisco 
Rodríguez, que aviéndolc ganado las es- 
paldas le estrechó entre su gente y la del 
Capitán Don Pedro Flores, con que le qui- 
taron la pressa y a él le cogieron vivo: 



! que quisiera mas que fuesse muerto por 
no parezer en juicio de tantos enredos, 
marañas y embustes como avia inventado 
y sembrado en toda la tierra, alterando 
los ánimos de los indios contra los espa- 
ñoles (como se dixo ati*as). Hizo harto 
porque le matassen y peleó desesperada- 
mente sin quererse rendir, i'csistiendo el 
dar las armas porque alli le acabassen la 
vida, temiendo la infamia y los desprecios 
con que se la avian de quitar después, co- 
mo lo hizieron, pidiéndole los indios para 
matarle a la usanza y que les digesse qué 
motivo avia tenido para akarse y ir a re- 
volver y alzar a los nuevos amigos con 
mentiras y embustes, siendo causa de tan- 
tos daños v «guerras. 



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CArÍTULO XXI. 



Hazen los españoles una maloca en la Imperial y hay 
muchas lanzadas. Matan unas indias al Sargento Atecas, 
y los indios al valiente Moncibay. Entran en Chillan 
Guilipel y Tinaqueupu por la cordillera y hazen grandes 
daños y captiverios de españoles. 

Afío de lG4o. — Salcu los de Arauco a una maloca a la Imperial. — Da el Alférez Plaza en una borrachera de 
cuatrocientos indios. — Pelean los indios bonaclios cerno unos leones. — Trahcn a mal traher a los cs|)afiolc8 
y amigos y socórrelos Diego Montero. — Ponen en huida al enemigo y cogen muchos indios y despojos. — 
Coge muchos ganados y piezas la cuadrilla de Moncibay. — Siente Moncibay no haber peleado. — !Matan a 
palos unas indias al sargento Atecas. — Da Catalán a Moncibay la retaguardia porque tiene deseo de pelear 
porque el enemigo ha de venir a quitar la presa. - Viene Guenchuquirque en seguimiento y pelea Moncibay 
con valentia y derrótalos. — Al saltar un zanjón se ladeó su caballo y le dieron un macanazo y le mataron. — 
Quedó el enemigo mui glorioso do haber muerto a Moncibay. — No habia indio que no se alabase de haberlo 
muerto. — Los soldados vendían a los indios el caballo de espadas diziendo que era Moncibay. — Convoca 
gente para su venganza Guenchuquirque. — Desmienten el camino por la cordillera Guilipel y Tinaqueupu. 
— Dan en las estancias de Chillan y captivan la muger y toda la gente de el Capitán Acevedo. — Destruyen 
la estancia de Don Miguel de la I^astra. — Matan y captivan cuantos hallan en las demás estancias. — Coge 
el enemigo todos los caballos de los potreros y vase victorioso. — Sale el Sargento mayor al ataxo de el 
enemigo y desmiente el paso, y vase por otro camino. — Piden una muger y el Capitán Acevedo gente al 
Marques, aquella para quitar al enemigo su marido y éste su muger. — Recobró la muger su marido porque 
se huyó de el captiverio. — No puede libertar Acevedo su muger, y hasta rescatarla no se quila la barba ni 
come pan a manteles. 



Viendo el Marques el orgullo de el ene- 
migo y los daños que liazia en las reduccio- 
nes de los amigos, volvió al puesto de Maes- 
tro de campo a Juan Fernandez Rebolledo 
por ser soldado de tanta opinión, y hizo al- 
gunas mercedes de capitanes y otros oficia- 
les, y ordenóles que saliesscn los indios 
amigos de Arauco y la costa con algunos 
arcabuzeros al castigo de los de la Imperial, 
y en esa conformidad despachó al Capitán 
Juan Catalán con cien arcabuzeros y mil 
y doscientos indios amigos de Ai*auco y de 
la costa a que maloqueassen en las tiendas 
de Guenchuquirque, gran cosario y cacique 
de la Imperial, miff f^f^madode valiente, 
y en las de Ampallanto* su compaiiero en 



armas y igual en el valor. Marcharon sin 
ser sentidos de el enemigo, repartieron las 
quadrillas, y la que llevó el Alférez Juan 
de la Plaza dio en una borrachera de cua- 
trocientos indios que hazia Guenchuquir- 
que y como buen soldado tenia su gen- 
te armada para qualquicr acontecimiento. 
Bien pensó el Alférez Plaza hazer un gran- 
de lanze, y la ocasión era como se podia 
desear para coger muchos en la red donde 
avia tanto cardumen, y se avian juntado 
demás de los cuatrocientos indios una gran 
multitud de indias y muchachos, que a es- 
tas fiestas no queda viexa ni viexo, muger 
ni niño, que no concurra. Pero como los 
indios estaban armados por de fuera con 



252 



DIEGO DE ROSALES. 



SUS coseletes y lanzas y por de dentro con 
el calor y ardimiento de la chicha pelea- 
ron como unos leones furiosos, con arroxo 
y desesperación, que en estando borrachos 
no ay furias como ellos. Y ya le pesaba 
al Alférez Plaza de aver hallado tan buena 
ocasión y de averse puesto en tanto empe- 
ño, porque le acrebillaban a lanzadas a él 
y a su gente, y a no aver llegado a soco- 
iTcrlos el Teniente Diego Montero con sus 
indios de la costa, viendo tan sangrienta la 
pelea, le costara caro el aver querido pie- 
zas; que mientras los indios peleaban, to- 
das las mugcres y niños se echaron al mon- 
te y solo quedó la fuerza de los indios 
peleando, de suerte que llevaban de venci- 
da a los españoles y indios amigos. Mas 
el valor de el Teniente Diego Montero, 
que era soldado de mucha fama y entre 
ellos muy conocido, los puso en huida, con 
muerte y prisión de muchos que traxo cap- 
tivos por triunfo de su victoria. Quebraron 
a los indios todas las tinaxas de chicha 
que tenian, que es lo que mas sienten, y 
traxeron muchos despoxos de ropa, sillas, 
frenos y otras cosas, que con la prisa con 
que huyeron no pudieron llebar. 

Las otras quadrillas cogieron mucha su- 
ma de ganado mayor y menor, quemaron 
muchos ranchos y cogieron mas de dos- 
cientas y cincuenta piezas por la buena in- 
dustria de el Capitán Bernardo de Monci- 
bay, gran soldado, mas amigo de pelear 
que de pillar y que en todas las ocasiones 
avia probado su intención y mostrado gran- 
de esfuerzo y valentia en chocar con el 
enemigo, de quien era muy temido y era 
tenido por otro Bernardo el Carpió. En 
esta ocasión, aviendo tocado la trompeta 
a recoger el Capitán Juan Catalán, se 
juntaron todas las quadrillas, y aunque la 
de el Capitán Bernardo de Moncibay ve- 
nia mas rica de piezas y de despoxos, vino 
el Capitán Moncibay pesaroso de no aver 



peleado con su quadrilla y invidioso de la 
suerte de las otras que avian peleado, co- 
mo lo dixo, que quisiera mas averse halla- 
do en ellas por aver tenido ocasión de ten- 
der su lanza y de teñirla en la sangre do 
el enemigo, porque en su quadrilla no ha- 
lló resistencia ni quien peleasse, sino solo 
unas indias que pelearon como varoniles y 
hizieron un hecho famoso con el Sargento 
Atecas. Era este soldado de bríos y entró 
en un rancho a maloquear y coger piezas 
y halló las que pudiera desear y con que 
hartar su codicia, porque am algunas ocho 
indias, las quales cargaron todas sobre él 
y con los palos con que texen, con las ollas 
y con lo q\ie amano topaban, se defendie- 
ron de él y le dieron tantos palos que le 
molieron y tuvo a dicha el escaparse de 
las indias, pero tan molido que a los dos 
dias murió en el camino. 

A la retirada de esta maloca dixo el 
Capitán Juan Catalán a Bernardo de Mon- 
cibay que pues tenia tantos deseos de 
pelear que él le pondria en ocasión donde 
los pudiesse satisfacer. Y assi, que toma- 
sse la retaguardia, que el enemigo los avia 
de seguir sin falta ninguna para recobrar 
sus mugcres y hijos, y que mirasse bien 
por la presa y la defendiesse como tan 
gran soldado, que a él solo podia fiársela. 
Y assi sucedió como el prudente y experi- 
mentado Juan Catalán lo previno, porque 
Gucnchuquirque, corrido de aver huido en 
la refriega y picado de que le llevassen 
tantas piezas y ganados, animó a los suyos 
para seguir el alcance, y picando a la reta- 
guardia donde iba el Capitán Bernardo 
Moncibay, revolvió el valiente Bernardo 
y solo él en un paso detubo a toda la jun- 
ta, peleando esforzadamente; y nombrán- 
dose y diziendo: "Yo soi Moncibay/' hizo 
retirar al enemigo. Pasó el enemigo huyen- 
do un gi-ande zanxon que allí avia, y aun- 
que le dixeron los suyos a Moncibay que no 



HISTORIA DE CHILB. 



253 



los sigiiiesse y que los dexassc huir, que 
harto avia hecho en ponerles en huida, cie- 
go de cólera y furor no atendió a nada y 
esforzó su caballo, picándole fuertemente 
para que salvasse el zanxon, y aunque el 
bruto, obediente y animado de la espuela 
de el amo, hizo quanto pudo por salvarle, 
faltóle de la otra banda el un pie que le 
assentó en baxo, con que se ladió y no sa- 
lió tan presto de el zanxon que no fuesse 
el enemigo mas presto a darle un macanazo 
al Capitán Moncibay viéndole medio cai- 
tío, con que le aturdieron, y cargando sobre 
él todos le mataron y despoxaron en un 
momento por llevar cada uno alguna cosa 
suya por gran triunfo: que fué tan afama- 
do el Capitán Moncibay, insigne criollo de 
Chile, y tan grande la gloria y jactancia 
que tubieron de averie muerto, que no 
avia indio, assi entonces como después que 
dieron la paz, que no se alabasse de que 
él era el que avia muerto a Moncibay. Y 
era de suerte que por curiosidad y para 
hazer experiencia de su desvanecimiento, 
después que estubieron de paz los de la 
Imperial les pregunté muchas vezes a di- 
ferentes indios: Quién mató a Moncibay? 
y no hallaba indio que no se gloriase de 
averie muerto y no dixesse: yo maté a 
Moncibay. Y les acontecia a los soldados, 
después que los indios dieron la paz, lle- 
garles a vender a los indios de la Impe- 
rial un caballo de espada o de bastos de 
la baraxa, y como ellos no conocen los 
naipes, les dezian los soldados: este es Mon- 
cibay, dadme por él una gallina o otras co- 
sas de las que vendian; y por tener la 
imagen de el que pensaban que era Mon- 
cibay, les daban quanto pedian. Final- 
mente, quanto el enemigo se alegró con la 
muerte de este gran capitán, tanto los es- 
pañoles se entristecieron y irritados aco- 
metieron con tal furor al enemigo, que le 
pusieron en huida y no los siguió mas, con 



que llegaron al Estado de Arauco con los 
ganados, despoxos y prisioneros, y enterra- 
ron al Capitán Moncibay en el monte por 
la prisa de el enemigo y después le trage- 
ron a enterrar en sagrado. Y no fué poco 
que los soldados le librassen de que el ene- 
migo no le cortasse la cabeza, porque hi- 
zieran con ella grande fiestas y la guarda- 
ran para beber en ella y convocar juntas 
como cabeza de un capitán de tan gmnde 
fama; pero sin ella hizieron grandes fiestas 
en su tierra por su muerte, y Guenchu- 
quirque hizo llamamiento y gastó mucha 
chicha y ganado con los indios soldados 
de todas las provincias para que le ayuda- 
ssen a restaurar la pérdida y ir a malo- 
quear a los indios de la costa y vengarse 
de el teniente Montero que los gobernaba 
como su teniente, animando a todos con 
la muerte de Moncibay. 

Los indios de la cordillera, Guilipel y 
Tinaqueupu, que tienen obedientes a-su 
llamado a los pegüenches y a los puelches, 
llamaron a Ruya, Guiliguru y los de Po- 
con, y repartiendo la flecha se concertaron 
de dar en la ciudad de Chillan y sus es- 
tancias, donde viven capitanes nobles y 
hazendados con sus familias, y determina- 
ron hazer paso por las cordilleras por des- 
mentir las centinelas de el paso de Alico 
y el paso de la Laxa, donde los pudiera 
ataxar el Sargento Mayor con su tercio. 
Y salióles tan bien, que sin ser sentidos 
dieron en Chillan y sus estancias, hacien- 
do el mayor estrago que se ha visto, por- 
que entrando en la estancia de el Capitán 
Juan de Azebedo le captivaron a su niu- 
ger Doña Leonor de Lagos, señora muy 
hermosa, honesta y principal, y a su sue- 
gra Doña Maria de Escobar, un hixo, dos 
mozos españoles y quince indios y indias 
de su servicio, y saqueando la casa roba- 
ron quanto en ella avia, y quitándole a 
Doña Leonor un hixo que tenia a los pe- 



254 



DIEGO DE R0SALK8. 



chos, le estrellaron ¡nhumaiiamente contra 
una pared. Pasaron a la estancia de el 
Capitán Don Miguel de la Lastra, caballe- 
ro del orden de Santiago y contador y Ofi- 
cial Real de la Concepción, pei'sona de 
muchas prendas y estimación, y le capti- 
varon el mayordomo español con su muger 
y otros tres españoles y muclios indios y 
indias que tenia en su servicio, haziendo el 
mismo saco en la liazienda. Lo mismo hi- 
zieron en las estancias de Don Salvador 
Manrique, Alférez Campos y otros, capti- 
vando, hiriendo y matando a quantos se 
ponian en resistencia. Y aunque fueron 
muchos los captivos, ubieran sido mas si 
no sucede el fracaso en dia de pascua, que 
por serlo avian ido muchos a la ciudad de 
Chillan, y por eso se escaparon del fuego 
abrasador de el enemigo, que no dexó cosa 
que no consumiesse. 

Hizo el cnenn'go otra quadrilla que dio 
cirios potreros de la ciudad y se llebó to- 
dos los caballos, con que ni los soldados 
ni los vecinos pudieron seguir el alcanzo 
de el enemigo, que como astuto, el primer 
lanze en que pone la mira es en coger los 
caballos a los españoles para cortarles los 
pies y quitarles las principales fuerzas y 
imposibilitarlos a seguirlos: con que se fué 
el enemigo muy contento y jactancioso a 
sus tierras, cargado de despoxos y de 
captivos. Y todas estas desgracias y ma- 
las suertes se lloraban y experimentaron 
por no aver querido admitir de paz a 
Guilipel y a Tinaqueupu quando rogaban 
con ella y sufrieron tantos golpes por ver 
si con su sufrimiento podian obligar al 
Marques. 



Salió el Sargento Mayor Francisco Ro- 
dríguez en seguimiento de el enemigo y a 
cortarle el paso de la cordillem por la si- 
lla de Velluga; mas, el astuto Guilipel le 
desmintieron y tomaron otro camino de- 
susado y se fueron riyendo de los españo- 
les. En el camino se les huyó Fmncisco 
Enriquez, un español que llevaban capti- 
vo, y quando llegó halló que su muger avia 
pedido, como varonil, veinte hombres al 
Marques para ir ella en seguimiento de el 
enemigo y quitarle a su marido: que tan 
alentadas como esto son las mugeres chile- 
nas. Fué también en esta ocasión el Ca- 
pitán Azebcdo al Marques a pedirle gente 
para dar alcanzo al enemigo y quitarle a 
su muger, y compadecido de sus lagrimas 
y admirado de el valor de la muger les dio 
algunos soldados a cargo de el Capitán 
Jaque; pero como el enemigo les llebaba 
tanta ventaxa, no sirvió su haliento mas 
que de mostrarse tiernos amantes y duros 
soldados. Pero la valerosa muger, llamada 
Maria de Toro, enjugó mas presto las la- 
grimas que el Capitán Azebcdo, porque 
luego vio a su marido y amante Francisco 
Enriquez libre de el «iptiverio por su in- 
dustria y valiente determinación de huií-se 
de en medio de los enemigos. Mas, el do- 
lor y lagrimas de el Capitán Juan de Aze- 
bcdo duraron mucho tiempo, por amar 
tiernamente a su esposa y ser tan digna de 
sus finezas a causa de valerle las repetidas 
diligencias que hazia para rescatarla, y 
como/amante y honrado no se quiso quitar 
la barba ni comer pan a manteles, guar- 
dando estas y otras leyes de los libros de 
caballería, hasta recobrar su esposa. 



CAPITULO XXIL 



Sale el Marques con su exército a encontrar por tierra 
a Valdivia la armada que el Virrey embia por mar a 
poblar el puerto y ciudad de Valdivia. 



Ordena el Virrey al Marqnca que vaya por tierra a Valdivia] a encontrarse con la armada. — Trata Guilipel do 
echar gente a maloquear las tierras de los españoles mientras van a Valdivia. — Captivan a un cacique de 
importacia y sab^in que no ha llegado la armada. — Vuélvese el exército porque el enemigo intenta dar en 
las estancias. — Cogen en una emboscada y matan muchos indios. — Viene un indio de la Mocha a dar aviso 
de la armada. — Vino un barco de la armada a la Mocha por aves y cameros. — Embia el Mar(¿uc8 los dos 
campos a coger lengua para certiüearse. — Dizen todos los captivos que vino la armada a Valdivia. — Vuelven 
a hazer otra maloca para certificarse. — Viénenso algunos captivos y Francisco Fris. — Hú^'ense de Lima 
seis indios por Ja cordillera. — Mueren los cinco de ambre y trabaxos. — Viene el imo a su tierra, la de 
Tinaquoupu. — Indácele a que vaya a malo(|uear a Mendoza. — Maloquea Catalán a Levipangui; pelea con 
valor y vencen los españoles. — Embian los indios de la costa los indios presos a los de Yumbel para provo- 
carlos* — Apurados loí de la Imperial con los malocas, se iban la tierra adentro. — Cogen cuatro ladrones y 
házenloB cuartos. 



Facilitaron tanto al ViiTej, los que mi- 
raban de lexos las cosas, el poder ir el 
exército de Chile por ticri-a a Valdivia pa- 
ra juntai-se con el que determinaba embiar 
por mar para poblar aquella antigua ciu- 
dad y fortificar la entrada del puerto, que 
hubo de escribir al Marques de Bajdes 
que sin falta ninguna y sin replicar en eso, 
saliese a encontrai*se con la armada que 
iba a poblar por la mar, 'caminando él con 
su exército por tierra, y acudiessc en es- 
to al desempeño de sus obligaciones y a 
un servicio de el Rey de tanta importan- 
cia; y aunque el Marques reconocia las 
dificultades y los imposibles, obedeció pro- 
curando vencerlos y llegó con su exército 
hasta Quepe, rio de Boroa, que está me- 
dia legua mas allá de el río de la Imperial. 

Y aunque Guilipel avia repartido su 
gente en cinco quadríllas para acometer 
al eampo y encalcado a Tinaqueupu que 



diesse en las estancias de los españoles 
mientras estaban en campaña, que las lia- 
Uaria sin guarnición ni defensa, el buen 
concierto con que marchaba siempre el 
exército y se aloxaba no le dio blanco ni 
lugar al enemigo para lograr sus intentos, 
que siempre va a la mira de algún desor- 
den pai-a hazer su hecho; antes en Boroa 
cogieron los españoles algunas piezas y 
' cap ti varón a un cacique de mucha estima- 
ción a quien todos daban la mano para 
hablar en los parlamentos por su grande 
elocuencia y retórica, el qual tenia una 
española de muy buen parezer, de las cap- 
tivas de las ciudades antiguas, por muger, 
en quien tenia algunos hixos: Uamábasse 
este cacique Buchamalal, y de él y de los 
captivos que cogieron supo el Marques que 
no avian venido navios ningunos a Valdi- 
via y que Guilipel y Tinaqueupu, sabiendo 
el intento de los españoles y que se ale- 



256 



DIEGO DE ROSALES. 



xaba tanto el cxército y iba a Valdivia, 
logrando la ocasión que pudieran desear 
de hallar laa estancias y las ciudades de los 
españoles sin defensa ni sin gente, echaban 
la suya a destiniirlo todo y como señores 
de el campo no dexar estancia ni ciudad 
en pie. Y assi, aviendo aguardado el exér- 
cito alli cuatro dias para ver si avia otra 
nueva, se volvió a retirar después de aver- 
íos gastado en talar las sementeras, que- 
mar ranchos y coger ganados. Y aunque 
estubieron cuatro mil indios juntos para 
embestir al exército y otros a las escolt^uí, 
quando se determinaron a ello ya el cam- 
po avia levantado el Real y comenzado a 
marchar. Mandó el Marques echar una 
emboscada en el camino, a cargo de el Ca- 
pitán Don Pedro Flores y Francisco Xil 
Negrete, y se ocultaron tan bien, que en- 
trando en ella cincuenta, indios coííieron a 
nniclios y mataron a otros que se pusieron 
en resistencia y pelearon arrestadamente; 
y entre los que ai)resaron fué uno un bi- 
zan-o indio, nieto del grande Angan^mon 
de l^uren, que en la gentileza y en el va- 
lor con que peleó dio bien a entender 
quién era y el esfuerzo que de tan grande 
general avia lieredado. 

Dos meses después de retirado el Go- 
bernador de la campeada, vino un indio 
de la isla de la Mocha, embiado de los ca- 
ciques de ella, a avisíir al Marques como 
avian llegado a Valdivia navios de espa- 
ñoles y que un vareo de la armada avia 
ido a la isla a comprar gallinas y corderos, 
de quien supieron cómo venia el hixo de 
el Virrey a i)oblar aquella plaza. Fué nue- 
va de mucho gusto por ver reparada una 
ciudad y puerto que era la defensa de es- 
tas Indias Occidentales, porque con eso se 
le estorvaba al enemigo marítimo el hazer 
l)ie en el mcxor puerto deste mar del sur 
y que ümto ha apetecido y intentado po- 
blar; y fué para este Keyno de Chile el 



único bien y reparo, porque con esa pobla- 
ción los indios que andaban Taños j se 
querían arrimar al ingles para hazer goe* 
rra a los españoles, se hallaron sin arrimo 
y cayó toda su esperanza. 

Para certificarse mcxor de la venida de 
la armada de el Perú j no creerse solo de 
el dicho de un indio, ordenó el Marques 
que cada uno de los • campos saliesse por 
su camino diferente con todos los amigos 
a coger lengua y a castigar al enemigo, y 
que supiesse que por dos partes teiüan ya 
españoles que los acosassen y reprímiessen 
su altivez. El campo de Arauco corriólas 
tierras de la Imperial y por ser sentido no 
hizo suerte de consideración, j el campo 
de Yumbel, aviendo echado treinta indios 
a cortar los caminos, dieron con unos indios 
que tenia Quilipel para hazer una entrada 
a los potreros de los españoles a hartar 
caballos y captivaron seis y pusieron a los 
demás en huida; y de éstos supieron cómo 
no avia otra cosa en toda la tierra, mno 
que avia llegado la armada a Valdivia, j 
' por asegurarse mas y tener nueras mas 
ciertas, si ya no f uessc por la golocina de 
las piezas, que siempre se palió* con algan 
color, mandó despachar en lo riguroso de 
el imbierno novecientos indios de Arauoo 
y la costa con cien arcabuzeros españoles 
a la Imperial pam coger lengua, donde, 
hallando a los indios sobre anso j puestos 
en arma, pelearon valientemente de una 
y otra parte, cogiéronse algunas piezas que 
dieron la misma noticia de la armada, vi- 
niéronse de paz algunos y entre ellos Fran- 
cisco Fris, español de los captivos de las 
ciudades antiguas, con muchos hixos, mu- 
geres y parientes, que a la usanza de los 
barbaros (como criado entre ellos) tenia 
muchas mugeres. Sacóse de este viage 
gran fruto en reducir a este hombre per- 
dido al gremio de la Santa Iglesia, que se 
casó (según ella ordena) con una y dcxó 



HISTORIA DE CHILE. 



257 



las demás mugeres, y sin esto se baptiza- 
ron algunas cuarenta personas que convir- 
tió el Padre Juan Moscoso, de la Com- 
pañia de Jesús, misionero fervoroso y 
apostólico. 

En esta misma ocasión se huyó de tie- 
rras de el enemigo un captivo llamado Pu- 
ñalcbi, indio muy amigo de españoles, el 
qual refirió que en las tierras do Tina- 
queupu avia visto un indio que aviéndole 
llevado a vender a Lima por esclavo con 
otros seis, se huyeron todos de Lima y 
marcando la cordillera se volvieron a su 
tierra, caminando muchas leguas y pasan- 
do cordilleras nevadas con tan inmenso 
trabaxo y ambre, que con ser tan alenta- 
dos estos indios para el trabaxo murieron 
los cinco y este solo quedó vivo y vino a 
salir a San Juan, en la provincia de Men- 
doza, y volviendo a pasar la cordillera fuá 
caminando hasta llegar a su tierra, que es 
Culacura, donde habita el valiente Tina- 
queupu, al qual solicitaba este indio para 
que fuesse a hazer una entrada a la pro- 
vincia de Mendoza, facilitándose, ofrecién- 
dose a guiar y aficionándole con el interés 
tan grande que alli tendria de ganados y 
haáenda sin resistencia ninguna, porque 
alli vivian los españoles muy descuydados 
de la guerra, sin armas y sin prevención, 
y que estubo en ello Tinaqueupu, que si 
la intenta destruye aquella provincia, por- 
que los españoles son pocos, divididos y 
desarmados. Lo qual, sabido por el Mar- 
ques, previno como soldado el daño, y por- 
que donde ay pillage no les acobarda a 
estps indios dificultad ninguna de cami- 
no ni peligro, embió el Marques cien sol- 
dados arcabuzeros, con que reparó el daño 
de la ciudad de San Juan y de Mendoza. 
Dentro de pocos dias volvió a hazer 
otra entrada el Capitán Juan Catalán a la 
Imperial a las tierras de el cacique Levi- 
paogui, qne significa León ligero. Ern este 



un indio de estatura agigantada, muy va- 
liente y animoso y que lo mostró bien en 
la resistencia que hizo en esta ocasión a los 
españoles, porque peleó valentissimamente 
y duró mucho tiempo la batalla, con mu- 
cho derramamiento de sangre de entram- 
bas partes; pero al fin pudo mas la porfia 
y el valor de los españoles y de los nuevos 
amigos de la costa, que eran mas. Murie- 
ron algunos de una y otra parte y cogié- 
ronse muchas piezas y ganados, y como los 
indios de la costa eran los continuos en 
las malocas y en hazer la guerra en favor 
de los españoles de el tercio de Arauco, y 
los amigos pertenecientes al tercio de Yum- 
bel hiziesen pocos empeños, para obligar- 
los a empeñarse y para avergonzarlos con 
la emulación y hazer ostentación de sus 
victorias embiaron los indios de la costa 
dos indios do los gue avian captivado pa- 
ra que a su usanza los matassen y que les 
pagasen la ofrenda en la misma moneda, 
embiándoles ellos otros de los que cogie- 
ssen. Con estos asaltos y malocas que el 
Capitán Catalán hazia a los indios de la 
Imperial con los nuevos amigos de Paicabi 
y la costa, no sabian dónde meterse y an- 
daban todos sobresaltados y temerosos, 
soñando en Catalán, y por huir de su rigor 
se iban metiendo la tierra adentro, desam- 
parando las tierras fértiles y hermosas de 
la Imperial y metiéndose en las de Tol- 
ten, estériles y pedregosas. Y con el cui- 
dado de tener los nuevos amigos sus cen- 
tinelas a lo largo y los caminos cogidos, 
no les entraba indio de el enemigo que no 
lo pagasse, como les aconteció a cuatro 
indios que entraron a hurtar caballos en 
nuestros potreros, que cogiéndolos el rastro 
los indios amigos los fueron por él bus- 
cando por los montes, y dando con ellos 
los cogieron a todos, y llebados al Marques 
los mandó hazer cuartos y ponerlos en los 
caminos para escarmiento de los demás. 



CAPÍTULO XXI IJ. 



Captiva el Comisario Domingo de la Parra al gran cosario 
y valiente Tinaqueupu, y cómo fué su prisión por ser 
indio de tanta importancia; principio de las felicidades 
y de las pazes. Refiérense las diligencias que hizo para 
poner de paz todas las provincias y cómo rescató la 
muger de Acevedo. 

Salen los dos campos a guerrear. — Pelea el Teniente Montero con los corredores del enemigo y cógcnle tin indio. 
— Punoso el enemigo en cobro con la lengua que cogió. — Maloquean los dos campos y pelean. — Ay mnertot 
y heridos do entrambas partes. — Pelea el Comisario Paira con Tinaqueupu y ríndele. — Desnúdanle los 
indios y vístele Parra quitándose una manta. — Pidenle los indios con grande instancia para matarle y cantar 
victoria con su cabeza. — Defiéndele Parra y no ee le da por esperar de su vida muchas conveniencias. — 
Encarga Parra al Sargento mayor que honre a Tinaqueupu por ctperar mucho do él. — Vístele el Sargento 
mayor, trátalo como librOi siOntAle a su mesa y házelo grandes honras. — Hállasso tan obligado y agradecido, 
que todo es cuidar de el desempefto. — Házelo el Marques muchas honras y agasaxo. — I^omete agradecido 
poner de paz toda la tierra. — Son unos de iiarccer que son promesas de captivos, y sienten los que le 
conocen que lo pu^de hazcr. — Vienen mensa gcros a ver a Tinaqueupu y a significar el sentimiento de sn 
tierra por su captiverio. — Admiran verle en tanta honra y estimación. — Dízeles cómo en sa desdicha ha 
estado su ventura y quo digan a toilos que den la paz. — Pide el Capitán Juan de Acevedo el rescate de sn 
muger por medio de Tinaqueupu. — Offrece Tinaqueupu el trahcrla sin falta. — Piden que le degen ir a su 
tierra, que importará mucho su ida y el verle honrado para poner la tierra de paz. — Juzga el Consexo de 
guerra que so lo dó libertad y quo vaya a su tierra. — Que mas se gana con el agasoxo y el agrado que con 
el rigor de la guerra. — Solicita Ayllacuricho la poz por rescatar a su heimano. — Llegado Tinaqueupu puso 
grande esfuerzo en que todos dojassen les armas y dieesen la paz. — Quita Ayllacuriche la muger de Acevedo 
al indio «¿ue la tiene. — Trahe al Nacimiento Tinaqueupu la captiva. — Agradezen todos a Tinaqueupn el 
haberla trahido y el haber puesto la tierra de paz con su hermano. 



Es grande ardid y maestría en la gue- 
rra acosar al enemigo, sin dejarle cobrar 
fuer/as, y fatigarle de continuo en sus tie- 
rras para que no tenga bríos ni lugar de 
venir a las nuestras; y assi, como tan sol- 
dado el Marques, ordenó que los dos cam- 
pos saliessen con todos los indios amigos 
de Arauco, San Ghristóval y los nueva- 
mente reducidos en la costa y Santa Fee, 
y executado con diligencia, juntaron en 
Puren sus fuerzas el Sargento Mayor 
Francisco Rodriguez y el Maestro de cam- 
po Juan Feniandez, que prevenido embió 
al Teniente Diego Montero a coger los pa- 



sos con cuatrocientos indios de los de su 
cargo de Paicabi, y encontrando sus reco- 
noccdores con los de el enemigo, que todos 
andaban vigilantes y solícitos en hazer en- 
tradas, pelearon unos con otros y nos co- 
gieron dos indios reconoccdores, de quie* 
nes supo el enemigo cómo los dos canipos 
salian en su demanda, y aunque no les 
supieron dezir a donde enderezaban la 
marcha, porque lo tenian secreto el Maes- 
tro de campo y el Sargento Mayor, por 
estas contingencias, y conforme los acci- 
dentes mudan de ordinario las determina- 
ciones, retirái'oube los enemigos con los dos 



HISTOUIA DE CHILE. 



259 



prisioneros a guardar sus tieri-as y a poner 
en cobro su gente y sus ganados. Dio 
aviso de lo sucedido el Teniente Montero 
al Maestro de campo y al Sargento Ma- 
yor, juntándose en Puren con el resto de 
el exército, y entrando en consexo se de- 
terminó que salicssen luego trescientos sol- 
dados españoles ligeros, a dos caballos 
cada uno, y mil indios amigos, divididos 
en dos quadrillas. Llebó la una el comi- 
sario Domingo de la Parra con los espa- 
ñoles y los indios de Yumbel, y el Capitán 
Juan Catalán la otra con los de Arauco, 
y dando la una quadrilla sobre Culacura 
y la otra en Maquegua, maloquearon en- 
ti*ambaS; cogiendo muchas piezas y gana- 
dos, y pelearon igualmente, porque en una 
y oti*a pai'te hallaron valiente resistencia y 
indios muy valerasos y arrestados que pe- 
learon con gallardia. Matáronnos tres in- 
dios amigos y salieron muchos heridos, y 
assimismo hirieron a muchos españoles que 
pelearon con arresto y valen tia, Pero de 
la parte de el enemigo fueron mas los 
muertos y los heridos, porque la victoria 
quedó por de los españoles y los enemigos 
huyeron viéndose apurados y en peligro 
de quedar todos muertos. 

La batalla mas dichosa fué la que tubo 
el comisario Domingo de la Parra con 
treinta indios que regia y animaba el va- 
leroso Tinaqueupu, que aviendo salido a 
cortar los pasos y cuydar de los caminos 
dio de manos a voca con los nuestros y 
peleó con tanta vizarria que dio bien en 
que entender a los nuestros; pero el comi- 
sario Parra los apretó de suerte que ma- 
tando a ocho indios y hiriendo a muchos, los 
obligó a poner en huida a los demás, y a 
Tinaqueupu, despue.^ do aver peleado con 
grande valor y arresto, le sugetó a su bra- 
zo, porque aunque le pudo quitar la vida, 
como le conoció por nombrarse 61 y sabia 
que ei*a indio do tanUí importancia, assi 



por ser tan noble como valiente, peleó con 
él hasta rendirle y obligarle a darse. Fué 
grande el gusto de todos con tan buena 
suerte, y los indios amigos, acometiendo a 
Tinaqueupu, le dcspoxaron luego, quitán- 
dole las armas y los vestidos, porque cada 
uno quería llebar algún despoxo de tan 
gran capitán, y como son codiciosos le de- 
xaron tan en carnes y poco decente, que 
compadeciéndose de él el comisario PaiTa 
y haziendo como valiente, que siempre los 
que lo son se compadecen de el rendido, 
le echó encima una manta, quitándosela 
de su abrigo, do que quedó notablemente 
agradecido, y mucho mas porque le defen- 
dió de los indios amigos, que son grandes 
carnizeros y crueles unos con otros y le que- 
rian luego matar alli a su usanza y cantar 
victoria con su cabeza: que en captivando 
un indio valiente o de importancia, es su 
mayor triunfo el quitarle la cabeza y sa 
carie el corazón para comérsele. Y reco- 
nociendo Parra que este indio podia ser. 
de mas importancia vivo que de gusto a 
los indios amigos muerto, le defendió de su 
saña, y aunque por todo el camino le iban 
pidiendo y importunando porque se les 
diesse pai*a teñir en su sangre sus flechas 
y sus lanzas y animar a sus soldados con 
su cabeza, se tubo firme en defenderle y 
en no dársele, esperando de su vida mu- 
chas conveniencias, y por todo el camino 
le trató con mucha honra y buen agasaxo, 
tratando con él de los rescates de los es- 
pañoles y españolas captivas y de la paz 
univei-sal de toda la tien-a, que para estos 
effectos no avia en toda ella indio mas no- 
ble, de mas autoridad ni mas temido. 

Y assi, llegado que fué al tercio de 
Yumbel a la presencia de el Sargento Ma- 
yor Francisco Rodriguez, se le presentó di- 
ziéndole la calidad de la persona y lo 
mucho que importaba no tratarle como a 
captivo, sino obligarle con agasaxos y hou- 



i 



260 



DIEGO DE ROSALES. 



ras, de que se dan por muy agradecidos 
estos indios, y que las esperanzas que en 
este cacique avia, eran muy grandes para 
muchos y buenos efectos de el bien publi- 
co. Y liízolo tan bien el Sargento Mayor, 
que luego le vistió muy galán y le sentó 
a su mesa, haziéndole tratar a todos con 
grande respeto y diziéndole a él que no 
tubiesse pena por estar fuera do su tierra, 
que en su casa tendría quantas comodida- 
des pudiesse desear, ni se mirasse como 
captivo, que 61 no le tenia sino como libre 
y compañero suyo en las armas, para dis- 
poner las cosas de la guerra y de la paz 

• 

con su autoridad y consexo, y que como 
libre se paseasse por donde tubiesse gusto, 
y le dexaba ir donde quería solo con una 
posta a la mira porque no se huycsse. Y 
quando el Tinaqueupu pensó hallar la 
muerte y muchos ultrages, por las guerras 
y los daños que avia hecho, halló tantas 
caricias, tan buen tratamiento y tantas 
.honras, que jamas las tubo semexantes en 
su tierra ni entre los suyos, y como noble 
lo agradecia y estimaba tanto, que estaba 
desvanecido de dichoso quando pensó ver- 
se abatido como esclavo; y como noble 
y que sabia estimar las honras, todo su 
cuydado era desempeñarse de tantas obli- 
gaciones y mirar qué podia hazer en ser- 
vicio de el Rey y de los españoles, que 
aviéndoselos pintado el enemigo tan malos, 
los hallaba por la experiencia tan buenos. 
Quiso el Marques ver a Tinaqueupu, 
que le conocia mucho de quando dio la 
paz y quando le detubo en su toldo como 
preso a él y otros caciques al romper las 
pazes y publicar la guerra y le despidió 
diziéndole que fucsse a tomar las armas 
porque dentro de tres dias le avia de ha- 
zer la guerra, cosa que sintió harto Tina- 
queupu, porque deseaba mucho estar de 
paz; y ahora, con su noble condición y 
aguasa xo, le acarició y consoló mucho en 



su captiverio, diziéndole que no se tubies- 
se por captivo, que a persona de su no- 
bleza, y de sus prendas no se le avía do 
tratar sino con el amor y respeto que ex- 
perimentaria y que presto se vería en su 
tierra y en su libertad, que el tiempo lo 
iría todo acomodando, y que no tubiesse 
pena de estar entre los españoles, que no 
le trataría ninguno como a enemigo sino 
como a muy amigo: él le tendría por tal. 
Agradeció el bárbaro los favores de el 
Marques y estaba tan vanagloríese y con- 
tento de las honras que todos los españo- 
les le hazian, que confesaba que toda su 
dicha avia estado en su mayor desdicha, 
que no ay mal que no venga por bien y 
que le avian de invidiar todos los caciques 
de su tierra su felicidad, quando le juz- 
gaban por infeliz, y que él haria de mo- 
do que el Marques y todos los españo- 
les conociessen quién era Tinaqueupu y 
que sabia ser agradecido, y cómo con su 
buen tratamiento avian ganado mas que 
podrían adquirir y sugetar con las armas; 
que si con ellas pudieran sugetar a algu- 
nos, él se los avia de rendir a todos, y 
que con el buen tratamiento de un cap- 
tivo avian de ganar a todo el Reyno, 
porque él haría que toda la tierra diesse 
la paz. Y aunque parecian a muchos pro- 
mesas de captivo, que por verse libres pro- 
meten mucho y en viéndose en su liber- 
tad no cumplen nada, diziendo que pro- 
metieron sin libertad y por conseguir, y 
que no les obliga la palabra no siendo libre 
y espontanea, pero los que le conocian 
eran de parecer que lo podia hazer me- 
xor que dezirlo, y que obligado con cari* 
cias lo haria, porque demás de que él te- 
nia grande autoridad y era muy temido» 
tenia dos hermanos muy poderosos, el uno 
llamado Ayllacuriche, que significa Nueve 
negros, y el otro Guaiquimilla, que quiere 
dezir Ijanza de oro, que sí tomaban la ma- 



HISTOKIA DE CHILE. 



261 



no pondrían toda la tierra de paz por 
libertar a su hermano. 

Vinieron luego caciques y mcnsageros 
de las tierras de Aliante y Culacura pi- 
diento salvo-conducto para entrar a hablar 
a Tinaqucupu y ver si estaba vivo o muer- 
to, porque en su tierra era grande el llan- 
to de sus mugeres, hijos y vasallos por él, 
y mayor la pena con que estaban sus dos 
hermanos, Ayllacuriclie y Guaiquimilla. 
Concedióseles y hablaron muy despacio 
con él y admiraron el verlo en tan dife- 
rente trage y estado, porque quando espe- 
raban verle en una prisión, desnudo y am- 
briento, en una cadena y con unos grillos, 
metido en una masmorra, le hallaron galán 
y bien vestido a lo español, gordo, lucido 
y bien tratado, honrado de todos y aga- 
saxado de el Marques, paseándose libre 
por las calles y honrándole todos los espa- 
ñoles con mas estimación y honra que él 
tenia ni pudiera tener en su tierra, y él 
les dixo, desvanecido y estimando el bien 
que tenia, que no se acordaba de su tierra 
ni echaba menos lo que en ella tenia, por- 
que avia hallado entre los españoles mucho 
mas y su suerte avia sido su captiverio y 
su mayor ventura su desdicha, y que di- 
gesseu a sus hermanos y a todos los de su 
tierra que para qué porfiaban contra su 
fortuna y buscaban su muerte en la gue- 
rra, pudiendo vivir con gusto en la paz y 
amistad de los españoles; que si a él, sien- 
do su enemigo y su esclavo, le han hecho 
tantas honras y agasaxos, que el MarqueJ 
le sienta a su mesa y le trata como libre 
y llena de dones, quando por su obstina- 
ción merecia muchos baldones y castigos, 
no ay duda sino que les hará las mismas 
honras a loa que fueren de corazón sus 
amigos. 

Quiso lograr esta buena ocasión el Ca- 
pitán Juan de Azebedo, que ni dormia ni 
comia, ni tenia hora de gustó, por ver cap- 

WST. DE JHIL. — T. UL 



t 



tiva a SU querida esposa, y sabiendo de los 
cmbaxadores cómo a su muger la tenian 
unos pcgüenches con quienes tenia comu- 
nicación y mando Tinaqucupu y su her- 
mano Ayllacuriche, pidió al Marques que 
por su medio intentasse la libertad y res- 
cate de su muger. Tráteselo el Marques a 
Tinaqucupu, diziéndole el gusto que ten- 
dria y que se daria por bien servido en 
que embiasse a su hermano Ayllacuriche a 
encargar que le tragesse aquella señora, a 
qiife respondió Tinaqucupu: "Eso, señor, 
délo Vuesoseñoria por hecho, que para 
cosas de mas importancia guardo yo el 
mostrar mi agradecimiento, mi poder y mi 
voluntad. El indio que tiene captiva a esa 
señora es mi vasallo y me la dará luego o 
se la quitaré, que en mi tierra no hay quien 
resista a mi querer ni estorve el cumpli- 
miento de mi voluntad. Déxeme Vuese- 
ñoria ir allá, que yo dexaré aqui reenes 
sufficieutes; suspéndanse las armas por al- 
gunos dias con algunas treguas, que aun- 
que yo vaya, acá quedo preso y mas atado 
con los fabores que he recebido que con 
las cadenas que me pudieran aver puesto, 
que yo traheré en persona a esa señora, y 
importará mi ida para que sea pregonero 
de los fabores que he recevido de los es- 
pañoles y para dar a entender a toda la 
tierra quan bien les está su amistad y obli- 
garlos a que degen las armas y den la paz, 
que poder tengo para ello, como se verá 
por la experiencia. Mucho importará que 
me vean vivo quando me lloraban por 
muerto, faborecido y honrado quando me 
juzgaban aherrojado y despreciado. Sabrán 
que Tinaqucupu es tan grande que no solo 
entre ellos es obedecido y estimado, sino 
honrado y faborecido entre los españoles, 
y que ni las desdichas le abaten ni le hu- 
millan las fortunas, sino que antes le su- 
bliman y le engrandecen." 

Pareció al consexo de guenva que se le 

17 



262 



DIEGO DE ROSALES. 



dicssc libertad y que se fiasse el Marques 
de el, porque en un indio se aventui'aba 
poco y liazicndo confianz i de él se podia 
ganar niuclio, demás de que em indio de 
tanta importancia que liaria mas délo que 
prometia y por su medio se podian espe- 
rar muy buenos sucesos. El Vedor general 
Francisco do la Fuente, (pie le liizo gran- 
des regalos y agasaxos, fomentaba con 
grandes veras lo mismo, y assi otras per- 
sonas de cuenta: con que le embió a su 
tierra el Marques cargado de dones y muy 
agradecido, y luego vio por experiencia que 
como se le comenzó a llenar la tierra y ren- 
dir toda a sus alagos y caricias y que con 
ellas ganó mas que otros con la guerra, 
pues traxo tantos de paz, assi ahora la 
volvió a pacificar y rendir, mas con los 
beneficios y agrados que con los rigores de 
la guerra y con los ceños de ella, porque 
desde que publicó la guerra no ganó pal- 
mo de tierra, sino que antes tubo muchas 
pérdidas y malos sucesos, y si tubo algu- 
nas ganancias en malocas y muertes de 
indios, no se pueden computar por ganan- 
cias, porque no es ganancia perder el Rey 
vasallos quando se los pueden conservar, 
que aunque muchos son de parezer que 
estos indios ton hijos de el rigor y que 
con él obran, también son racionales y se 
sugetan mas a un agasaxo y a un alago 
que a un desvio, que el desvio aparta y el 
agasaxo atrahe; pero como lo uno y lo otro 
es menester, a vezes la guerra es medio 
cierto para la paz, porque el encnn'go bien 
castigado la estima después mas con el es- 
carmiento de los daños que la guerra le 
causan, y a nosotros nos acontece lo mis- 
mo, que muchas vezes desj)rcc1amos las* 
pazos que nos oíIVecen los indios y nos haze- 
mos de pencas (1) y de rogar en viéndonos 



un poco voyantes y faborecidos do la for- 
tuna, y en dándonos los indios algunas 
manotadas y que nos apuran las desgracias 
y nos siguen los malos sucesos, deseamos 
pazes con los indios y las recevimos con 
gusto, como aconteció en esta ocasión. 
► Quando llegó Tinaqueupu a su tierra, 
ya su hermano Ayllacuriche, deseoso de 
agradar a los españoles y agradecido de 
las honras que a su hermano avian hecho 
y por ganar la voluntad al Marques pai-a 
que le diesse libertad, avia hecho grandes 
diligencias por toda la tieri'a, hablando a 
los caciques enemigos para que dexassen 
las armas y de corazón diessen la paz y no 
provocassen mas al Marques. Y con la 
llegada de Tinaqueupu y las cosas que di- 
xo a todos los caciques en los parlamentos 
y en las fiestas que hizieron a su recevi- 
miento, ablandó los ánimos endurecidos y 
los movió a la paz. Fué luego su hermano 
Ayllacuriche a sacarle de el empeño cu 
que venia de llevarle al Gobernador la es- 
pañola, muger de el Capitán Juan de Azc- 
bedo, y al indio que la tenia por esclava 
se la quitó con señorío, y a los catorce 
dias que avia pedido de término volvió 
puntual Tinaqueupu, y avisando en el Na- 
cimiento de su llegada al capitán de aquel 
fuerte, fué una compañia de a caballos a 
recivirle y el Capitán Juan de Azebedo, 
vestido de luto y con la barba hasta el 
{)echo, mostrando el sentimiento que tenia 
de el captiverio de su dulce y principal 
esposa, que llegó vestida en hábito de in- 
dia, confusa y avergonzada de verse en eso 
trage delante de los españoles; niña de 
veinte años, hermosa y bien dispuesta, que 
vestida luego decentemente y conforme a 
su calidad con las galas que su marido la 
Uebaba, pareció a los indios una reyna la 



(1) Aunque esta espre^ion parece chocante, eatii })ien empleada, i el iliccii>nario la csplica así : "No consentir 
fíicilm ;iite en lo qiu su pidr, aun cuando lo disee tíl que lo lia de conceder." 



HISTORIA DE CHILE. 



263 



qnc poco antes liizo el i^apcl de esclava. 
El contento de el marido fué extraordina- 
rio. Quitóse la barba, vistióse de gala y 
celebró su diclia v la libertad de su mu<rer 
con aplauso y contento de los demás espa- 
ñoles V el aírradecimiento debido a Tina- 
queupu i)or su buena correspondencia; y^ 
mayor el agradecimiento y honras que le 
hizo el Alarques por venir tan puntual y 
por embaxador de todos los caciques que 



a su persuacion le offrecian la paz y avian 
dexado Las armas, llevándose Tinaqueupu 
y su hermano los aplausos de primeros 
motores de la paz, porque los dos sazona- 
ron a todos los caciques y los rindieron 
con su autoridad v sus buenas razones a 
que se pusiessen a los pies de el Marques 
y le diesse la paz toda la tierra: gran fe- 
licidad de su gobierno y gi*an victoria de 
agasaxo! 



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CAPÍTULO XXIV. 



Tiene aviso el Marques de el hijo de el Virrey de cómo 
ha venido con una armada a poblar a Valdivia. Hazen 
una maloca en que se cogió al que los indios tenian por 
el Dios de las Aguas, y haze otra el enemigo en que 
mató al Teniente Diego Montero y otros españoles. 

Año <lo 1G45. — Llega a Valdivia la armada do ol Peni a poblar y da aviso al Mangues. — Entrü los tratos de i>az 
hazen algunas malocas los indios amigos. — Llegan a malo<[ueara Budi y Tolten, donde nunca habian llcga<lo. 
— Cogen muchas piezas. — Captiran al Dios de las aguas. — Fué grande el sentimiento do toda la tierra i>or 
parezerles quo ya no habia do llover. — Invenciones y mentiras de el Dios de las aguas para hazcr llover. — 
Lluvia cuando Dios qucria y atribuíalo a su poder. — Cuando llovia mucho usaba de otras piedras para dar 
a entender que él hazia quo no llovioso. — Confiesa que todo os embuste y conviórtoso. — Ketíranso 
amedrentados do Catalán a Tolten. — Estratagema do Oucnchuquirque para malo<|uear a los indias do la 
costa. — Dcscúidanso los españoles por dezirles quo a los quince dará el enemigo. — Hazen gran suerte en 
los amigos. — Matan a todos los soldados por hallarlos dormidos. — Escápasso uno que dormia en el monte. 
Pelea valientemento Diego Montero y mátanlo. — Valentia de Juan Garcia Tenorio. — Llegó Ononchuquirqne 
a pelear con Tenorio y queda muerto a sus pies. — Desguarnécesele la ospada y captívanlo. — Danlo la vitla 
IHiT ser tan valiente. — Cuentan los quo les han muerto y hallan que es uno de ellos su general Guenchuqiiir- 
quo y tienen gran sentiniiento. — Matan a Tenorio por haber sabido (]ue él mató polcando a (tuonchuqnin|uo. 
— Captiva el enemigo a un hixo do Tenorio; húycsso do el captivcrio y viénoso a Santiago y házcnlo indio 
do encomienda. — Estaba ausento Catalán cuando sucedió esta maloca. — El Sargento Villarrool acaudilló 
los amigos y ígnito gran parto de la presa y mató muchos indios. 



Viniéronle al Marques de Baydes despa- 
chos de Don Antonio de Toledo, hixo de 
el Virrey del Peni, en que le avisaba cómo 
avia llegado con su armada a Valdivia a 
seis de Febrero del año de 1645, y porque 
de su población he de tratar después, bas- 
te ahora dezir que le vinieron juntas las 
felicidades al Marques para dexar el Rey- 
no fortificado y puesto de paz, que en es- 
te tiempo le vino nueva de sucesor en el 
gobierno y que su Magestad gustaba de que 
fuesse a gozar de sus estados. Y aunque 
mientras venia el sucesor se trataba de pa- 
zes, no avia cosa assentada de todo punto 
ni entera suspensión de armas, porque los 
sentimientos en algunos estaban vivos y 
los deseos de venganza en los indios de la 



costa ardian todavia, y el apetito de las 
piezas en los españoles solicitando siem- 
pre mayores hambres, que no quisieran 
los soldados pazes sino piezas. Y assi los 
indios de Puren y Paicabi con el Capitán 
Catalán y el Teniente Montero, que los re- 
gian, hicieron un viagc, juntando todos loa 
indios araucanos y los amigos de la costa, 
hasta Tirua, y divididos en quadrillas ma- 
loquearon las tierras de la Imperial, dando 
en las rancherias de Lebipangui y de Ciucn- 
diuquirque, y pasando a la Imperial, lle- 
garon maloqueando a las islas de Budi y a 
las margenes de el rio de Tolten, donde 
jamas avia llegado el español desde el al- 
zamiento general de el Gobernador Le- 
yóla. 



»^ 



HISTORIA DE CHILE. 



265 



Fué gi-ande el sobresalto y el asombro 
que causó en los indios su inopinada en- 
trada. Cogieron muchas piezas y ganados, 
quemaron muchos ranchos llenos de comi- 
da, quitaron al enemigo muchos ganados, 
sacaron veinte naturales de captiverio y 
un español; tragerón muchos indios captiv 
TOS, y entre ellos al cacique Cheuqucgueno, 
que causó gran sentimiento en toda la tie- 
rra por ser entre ellos un cacique de gran- 
dissima estimación, por tenerle todos por 
el dios de las aguas y el señor de las llu- 
vias, persuadidos a que él las embiaba y 
hazia llover quando queria, y quando no, 
cerraba los cielos para que no lloviesse. Y 
assi lloraban su pérdida como uno de los 
mayores trabaxos y la mayor infelicidad 
que les pudiera aver sucedido, diziendo que 
ya no llovería mas ni podrían sembrar; y 
nuestros amigos se gloriaban y vanaban 
de contento por averies quitado su reme- 
dio; y quando estaban en su tierra concu- 
rrían de todas partes a él llebándole do- 
nes y presentes y rogándole que hiziesse 
llober, y si les parecia que estaba enojado, 
le aplacaban con llevarle chicha, ovexas y 
hazerle pai'lamentos y rogativas; y como 
en aquella tierra no ay riego sino el de 
el cielo, les parecia que todos dependian 
de él, porque con sus embustes y artes 
diabólicas los tenia persuadidos a que era 
el señor y dueño de las nubes y que a su 
voluntad llovían y dexaban de llober. 

Quando le iban a pedir agua, se hazia 
prímero muy de el rogar, vendiéndoles el 
beneficio y pagándosele de antemano. Y 
para hazer llover o fingir que mandaba a 
las nubes que lloviessen, aguardaba a tiem 
pos en que hubiesse nublados o corriese el 
viento norte, que en esta tierra es lluvioso, 
y entonces sacaba un cántaro donde tenia 
unas piedras redondas que avia cogido a 
la orílla del mar, haziendo grandes miste- 
rios de que eran piedras milagrosas y de 



gran virtud para atraher el agua. Ponía- 
las junto al fuego y rociábalas, haziendo- 
las sudar al fuego; tomaba tabaco y incen- 
sábalas con él y luego echaba bocanadas do 
tabaco házia las subes, haziendo sus invo- 
caciones y ceremonias, con que tenia a to- 
dos suspensos y esperando la Ilubia; y des- 
pués de aver hecho todos estos embustes, 
llobia quando Dios queria. Y si acaso, des- 
pués de aver hecho sus invocaciones, llo- 
bia, aunque fuesse algo después, blasonaba 
su poder y encarecia el beneficio, y todos 
le rendían grandes agi*adecimientos y ala- 
banzas, y si no llovia so hazia de el eno- 
xado y les echaba la culpa a ellos, y si 
acaso las aguas eran muchas, porque como 
estaban en la costa de el mar suelen con- 
tinuarse por muchos dias y ser dañosas a 
los sembrados o estorvar para sembrar, le 
iban a pedir que no les hiziesse tanto mal 
y que se compadeciesse de ellos mandan- 
do cesar las aguas, llevándole siempre sus 
dones, porque vivia de el oficio, y para 
que las aguas cesasen y fingir que él lo ha- 
zia con su poder y con el poder y virtud 
de sus piedras, sacaba otras difi^erentes 
que tenia en otro cántaro y las calentaba 
al fuego, sin echarlas aguas; incensábalas 
con tabaco y hazia sus invenciones, dan- 
do a entender que la sequedad de aquellas 
piedras expelia la humedad de las nubes 
y las ahuyentaba para que aclarasse el 
tiempo y cesasen las Ilubias, y quando 
Dios no queria no llobia. Pero estos cie- 
gos barbaros estaban tan engañados de es- 
te embustero, que no creian ni se pereua- 
dian que hubiesse otra causa de las Ilu- 
bias sino su imperio y voluntad; mas, él 
bien conocia que todo era embuste y por 
el interés fingia que hazia llover, como me 
dixo a mí, predicándole y exortándolc a que 
dcxasse sus errores y se baptizasse, como 
lo hizo y se dirá en su lugar, quando se 
trate de las conversiones de los indios. 



26(5 



DIEGO DE Ki>SAL£S. 



Salieron de bí los de Li Imperial con 
esta» ¡Mírdidas, y huvendo de el rigor con 
que le» apretaban, se fueron retirando la 
tierm adentro hasta Tolten, temiendo a 
Catalán y a »ub indios, que eran su azote. 
M¿i»el valiente Guenclmquirque Io:á animó 
a tomar venganza. Hizo para e.sto un grande 
llamamiento pai*a dar en I03 nuevos ami- 
gos de Paicabi y Kauculgue, que eáüiban 
a cargo de el Capití.n Juan Catalán y de 
el teniente Diego Montero, y usó de una 
grande entratiígema para cogerlos descui- 
dados, que fué embiar cuatro indios a esas 
reducciones que ungiesen que se iban de 
paz a vivir entre ellos y (pie digcsscn co- 
mo tíuenchuquirque trataba de liaz;r una 
junta y hazia grande gasto para convocar 
toda la tierra y venirlos a malocjuear, y que 
esperaba gente de lo mas retirado de Osor- 
no, Valdivia y la Villarica, que a su pa- 
rezer llegarían todos y se juntarían para 
la luna siguiente, que era de alli a quince 
dias; con que desvelados de que no darian 
tan presto se descuidarían y no se pondrían 
en arma hasta el tiempo señalado, y ellos 
les darían un albazo el día siguiente y los 
cogerían de improviso y sin i)revcncion. Y 
como lo trazó, assi lo executó, con grande 
acierto, porque fiados los españoles en 
que avia tiempo para cortar los caminos, 
poner centinelas y ai)restar las armas para 
esi)erar al enemigo, no previnieron nada 
de esto y se echaron a dormir muy des- 
cuidados. Barbaridad que pagaron des- 
pués con las vidas, ))or vivir con tan poca 
cautela en frontera de el enemigo. 

Estando durmiendo y muy descuidados, 
llegó üuenchuquírquc al cuarto de el alba, 
y repartiendo sus quadrillas, y animándo- 
las con una breve y eficaz exortacion echa- 
ron el miedo fuera sin ruido ninguno y como 
leones desatados acometieron a los nuevos 
amigos, y hallándolos durmiendo hizieron 
un gran destrozo en ellos, hiriendo, matívn- 



! do y captivando a muclios. Y la mayor 
¡ suerte fué que estaba el teniente Diego 
Montero con diez soldados españoles para 
la defensa de aquella» reducciones, y co- 
giéndole a él y a los suyos dormido», los 
embistió la junta y mató a todos los sol- 
diuloá, escepto uno, que aquella noche dixo 
al teniente ^lontero que era demasiado 
confiado, que cómo dormían alli sin un 
malar, ni fuerte ni postas; que aquello no 
era estar como soldados sino como barba- 
ros, y (pie no quería dormir alli sino irse 
a dormir al monte: v valióle la adverten- 
cía y rezelo para no perezer con los demás 
y para (pie ubiesse quien traxesse la nue- 
va, como la traxo, a la Concepción al Go- 
bernador y se Li dio primero al Maestro 
de campo en Arauco. El teniente Diego 
Montero, aviéndole pegado fuego a su 
rancho, que era de paxa, pam quemarlo 
dentro, tomando su lanza, que em hombre 
valeroso y muy temido de el enemigo, sa- 
lió con ella en camisa y peleó valen tis- 
simamcntc, hiriendo a unos y matando a 
otros, pei'o como cargaron tantos sobre él 
y era de noclic, (jue no podía ver las pun- 
tiis que le tiraban, y todos apuntaban al 
blanco, le cosieron a lanzadas y murió a 
costa de muchas vidas. 

Estaba con él Juan García Tenorio, 
lengua que avia sido muchos años en di- 
íFerentes reducciones de Arauco, natural 
de San Luciir de Varrameda y gran sol- 
dado, que en esta ocasión mostró su va- 
lor peleando con una espada ancha con 
grande esfuerzo, hiriendo y matando mu- 
chos indios, y como no le podían entre 
todos sugetar ni venzer, llegó el valiente 
cacique Guenchuquirque a probar su va- 
lor con él imra sugetarle o quitarle la vida, 
y aunque llegó con grande arrogancia dizieu- 
do: qué hazeis aqui tcantos que no acabáis 
con este español? quando llegó él a medir 
su lanza con él, se la cortó con tal destrc 



HISTORIA DE CHILE. 



267 



za y le (lió tal cuchillada, que partiéndole 
la cabeza derribó a sus pies la soberbia de 
este bárbaro. Merecía vivir tan valiente sol- 
dado, y los mismos enemigos, que se pa- 
gan de un hombre valiente, lo juzgaron assi 
y le dieron la vida, en ocasión en que le i)u- 
dieron matar por tener consigo un hombre 
tan valiente, y fue por desgracia que es- 
tando peleando y haziendo plaz-a, sin que 
indio ninguno le pudiesse herir por ser t^an 
presto en matar y cortar lanzas, $e le desar- 
mó la espada ancha con que peleaba, con 
que reconociendo el enenn'go que le falta- 
ban las armas, le dixo que se diesse, que a 
tan buen soldado no querian matarle sino 
tenerle consigo para su ayuda y compa- 
ñero en armas, y Uebarle por triunfo de 
su victoria, como le llebaron a él y una 
india que le servia, prometiéndole de dar- 
le la vida y faboreccrle, que ya por su 
nombre le conocian como avia tantos años 
que gobernaba los indios amigos y se nom- 
braba en las batallas, que era el^ mexor ar- 
cabuzero que avia en el tercio de Arauco, 
y para todas las ocasiones de aprieto lue- 
go llaman a Tenorio; que al indio a quien 
él apuntaba era cierto el derribarle, y en 
ocasiones de aprieto hizo tiros afamados. 
Mas aunque le dieron la vida y le lle- 
baban muy contentos a su tierra, aviéndo- 
se aloxado con la pressa de las piezas y 
ganados que Uebaban, hizieron cómputo 
de la gente que les avia faltado en la reñida 
pelea: hallaron ser muchos muertos y que 
les avian muerto a su general Guenchu- 
quií'quc. Fué grande el sentimiento que 
tubteron por averies faltado su cabeza, y 
ni la suerte buena que avian tenido ni las 
piezas y ganados, reputaban por pressa ni 
victoria, ni juzgaron aver ganado nada por 
aver perdido a su caudillo y a un tan gran 
soldado y que su buena traza y valiente 
disposición les avia dado aquella victoria, 
y diziendo uno que aquel captivo Tenorio 



I 



I 



le avia muerto peleando con él, fué tal la 
saña y el enoxo que todos cobraron contra 
éh, que digeron a vozes: ¡muera, muera! Y 
aunque se levantó esta voz, algunos le 
defendieron diziendo que nó merecia mo- 
rir, pues avia muerto a su general como 
soldado y peleando; que la guerra trae eso, 
y que con aver muerto a un hombre tan 
valiente se avia acreditado y se haria te- 
mer en las batallas, y vivo les podría ser 
mas provechoso, y muerto no les era de 
ningún provecho ni era valentia matar a 
un rendido. !Mas nada de esto pudo con- 
tener a la furia de los mas, que arreme- 
tiendo a él le levantaron en las lanzas y 
cortándole la cabeza y sacándole el corazón 
se le comieron a vocados. 

Assi acabó este valiente soldado, y jioco 
antes, en la maloe<a en que mataron a Mon- 
cibay, le cap ti varón un hijo, que también 
era soldado juntamente con su padre en 
el fuerte de Paicabi, el qual, aviendo co- 
gido una pieza y retirándose con su qua- 
drilla, cayó en manos de una tropa de ene- 
migos que le hirieron y llebaron captivo. 
Y al cabo de dos años se huyó de el capti- 
verio, y viniéndose házia Santiago, como 
salió de tierra del enemigo, en hábito de 
indio, se andubo assi algunos años por en- 
cubrirse que era soldado y que no le lle- 
bassen otra vez a la guerra. Y viéndole 
en ese trage no faltó quien digesse que era 
indio de su encomienda, y con ser español 
y soldado de el Rey, por la codicia de el ser- 
vicio personal le hizieron indio de encomien- 
da, sin que le valiesse el pleitear después y 
traher muchos testigos que le conocieron 
siendo soldado, ni el testimonio de su cura 
y vicario de el fuerte de Paicabi, que le 
conoció, confesó y juró que era él. Que 
por servil-se de él y de sus hijos hallaron 
pruebas para condenarle a perpetua servi- 
dumbre, con que abun*ido, viendo que 
no valia su justicia, se valió de sus pies y 



268 



DIEGO DE ROSALES. 



de SU diligencia y se fué por esc mundo 
adelante. 

No estaba el Capitán Juan Catalán en 
el fuerte de Paicabi quando vino esta jun- 
ta de Guenchuquirque a maloquear a los 
amigos que estaban a su cargo, que avia 
ido a Arauco, y liizo harta falta en esta 
ocasión, que como tan gran capitán ubie- 
ra prevenido el lanzo y salido al alcanzo 
de el enemigo. Pero suplió su ausencia el 



Sargento Juan de Villarroel, lengua de 
la reducción de Ranculgue, que acaudi- 
llando los indios amigos, salió con ellos al 
ataxo del enemigo y peleando con él ma- 
tó muchos indios y les quitó gran parte 
de la presa, y los demás derrotados se 
metieron en los montes y se esparció de 
suerte que ya no llebaba cuerpo ni era 
posible seguirle por ser tan grande la es- 
pesura de las montunas. 



CAPÍTULO XXV. 



Puebla a Valdivia el Marques de Mansera, Virrey de el 
Perú, gobernando a Chile el Marques de Baydes. Trá- 
tasse de la importancia de esta población y lo sucedido 
en ella. 



Descripción de Valdivia. — Pretenden las otras naciones poblar a Valdivia — Su Iblagestad ka mandado varías 
vezes que se fortifique Valdivia. — SI Conde de Chinchón tubo cédula particular y hizo algunas diligencias, 
y resfriáronse. — Que son tardos los socorros de España y llegan después de sucedido el daño. — Aviváronse 
las diligencias después que el holandés pobló a Valdivia. — Previene el remedio el Virrey, Martines de 
Mansera. — Embia el Virrey su hixo con la armada. — Contradicen muchos la población de Valdivia. — 
Parecer para que se pueble; que después de poblado el enemigo, será mas difícil echarle. — Cédulas que 
lo mandan. — Resuélvese la población. — Año de 1645. — Toma posesión de Valdivia Don Antonio de Toledo 
a 6 de Febrero. — Pertrechos para la población en abundancia. — Bastimentos. — Los Padres de la Compañia 
van a la población por capellanes y misioneros. — El provincial de el Perú dio al principio Padres de la 
Compañia. — Después los dio el Provincial de Chile — Pueblan en la isla de Constantino frailes de Son 
Francisco. — Van cuatro Padres de San Juan de Dios para un hospital. 



Fué en un tiempo la ciudad de Valdi- 
via el capitolio de los trofeos de los espa- 
ñoles y el horario de sus riquezas. Poblóla 
el Gobernador Don Pedro de Valdivia, de 
quien tomó el nombre, y duró cuarenta y 
cinco años en su prosperidad, hasta que 
los indios quitaron la vida al Gobernador 
Martin Oñez de Loyola, y con este mal 
sucesso de los españoles y bueno de el 
enemigo se rebelaron todos y destruyeron 
una de las mas ricas y opulentas ciudades 
que avia en las Indias, de gran tmto por 
los muchos navios que a ella concurrían a 
la fama del oro riquissimo, abundante y 
de muchos quilates que daban sus minas, 
tablas, madera, ropa y cosechas, y por la 
comodidad de el puerto y surgidero de los 
navios, que llegaban por el rio hasta la 
misma ciudad, por ser tan sondable, y con 
una tabla que echaban a tierra saltaban 
de el navio a la ciudad. Llegaron las no- 



ticias de las riquezas de esta ciudad y co- 
modidades de su puei*to, tan a proposito 
para fortificarse en él, a los oidos de las 
otras naciones de Europa enemigas de la 
monarquia de España, y que en ninguna 
parte de las Indias podian tener mas co- 
modidades juntas para hazer pie y paso 
para robar el tesoro que va de el Perú. 
Y assi han tratado muchas vezes de venir- 
la a poblar y pasar de el Brasil a Chile 
por el Estrecho de Magallanes para ense- 
ñorearse de sus costas. 

Para cuyo reparo ha despachado su Ma- 
gostad difFerentes cédulas, encargando a 
los Virreyes de el Perú la fortificación de 
Valdivia, y al Conde de Chinchón, Virrey 
de el Perú, le despachó una en diez y ocho 
de Mayo de 1635 en que lo dize que 
aviéndose reconocido de mucho tiempo 
antes quán importante era fortificar el 
puerto de Valdivia, de el Reyno de Chile, 



270 . 



DIKÜO DK HOSALES. 



y aviéiulose ti*ataclo de ello en esa sazón 
con ocasión de la población que los holan- 
deses pretendian hazer en las costos de el 
Brasil, y juzgándose que seria posible que 
a vueltas de ello intentíissen apoderarse de 
dicho puerto, con notable daño y perjui- 
cio de todas las provincias, que fortificase 
dicho puerto, y con esta ocasión mandó 
ver quanto se hallaba escrito en esta ma- 
teria, y confiriendo la importancia de el 
caso, embió a Don íVancisco de Quiros, 
cosmógrafo ma}or y capitán de fortifica- 
ciones, para que sondassc y reconociessc 
los puestos donde se podian hazer fuertes 
en el dicho puerto. Y estas y otras dili- 
gencias que en otros tiempos se han he- 
cho, se resfi'iaron, por ser muy ordinario 
no embiar el socorro hasta que la misma 
' necesidad obligue, ni reparar la casa hasta 
que ya se cae i)or alguna parte y abriendo 
vocas pide su remedio: que este es el acha- 
que de el socorro de España, que siempre 
ll(»ga desj)ues de sucedido el daño, y las 
otras naciones le IhxwmuJ u.Kilium Hispa- 
nicum^ notándonos de tardos en los soco- 
rros. Y assi aconteció en Valdivia, que todo 
se avia ido en buenos deseos y en trazas 
y arbitrios hasta que el enemigo holandés 
se nos metió en el puerto y le ocupó con 
no pequeño cuydado nuestro. Y con esta 
ocasión se avivaron las diligencijus y so 
allanaron las diíficultades, que jamas se 
avia hallado ramo de que asirse, aunque 
vian el ahogo, ni de donde sacar los gas- 
tos ni gente suficiente, si no es que vinies- 
se de España, ni persona que tomassc a su 
cargo la población, aunque se avian pro- 
metido grandes premios de parte de su 
Magostad a quien se quisiesse encargar de 
ella. 

Todo lo facilitó el grande ánimo de el 
Excelenti^simo Marques de Mansera, Vi- 
rrey de el Perú, que sintiendo no se nbies- 
se prevenido antes el daño, luego que supo 



cómo el ingles avia poblado el puerto y 
ciudad de Valdivia, hizo las prevenciones 
que pedia tan grande mal y riesgo como 
el que amenazaba a todo el Perú si el ene- 
migo ingles hazia pie en estas costas, y 
previno con brevedad una armada de dozc 
navios con tres mil hombres, ciento ochen- 
ta y ocho piezas de artillería y los basti- 
mentos y armas necesarias para el exér- 
cito. Nombró por Capitán General a su 
hixo primogénito Don Antonio de Toledo, 
y su ardor tubo hartos impulsos de venir 
en persona, y ya que las ocupaciones no 
le dieron lugar, no qniso que ocupasse el 
suyo sino su hixo. Por Almirante nomln'ó 
a Don Francisco de üuzman y Toledo, y 
eligió capitanes de valor y experiencia, 
dando a todos las instrucciones necesarias. 
Destinóse a los principios esta armada 
para desaloxar al enemigo y si le hallasscn 
en la nnir pelear con el; pero teniendo 
nueva, aunque confusa, porque no se sabia 
si avia salido a robar o buscar bastimen- 
tos por las costas de el Perú para prose- 
guir con la población comenzada o si avia 
dado la vuelta por el Estrecho de Maga- 
llanes, hizo juntas sobre si convendría po- 
blar la ciudad de Valdivia y fortificar su 
puerto, sobre que ubo varios parezcres: 
que los zelosos de la hazienda real dezian 
que se le acrecentaba a su Magestad un 
nuevo gasto de mas de ciento y cincuenta 
mil pesos cada año que eran necesarios 
para sustentar y conservar la gente de gue- 
rra para (pie aquel i)uerto estubiesse bien 
fortificado, sin mas fruto que de una con- 
tingencia, i)orque el ingles no se avia po- 
dido sustentar alli y se avia desengañado 
del poco fruto que tenia de aquella pobla- 
ción y que no volvería mas; que la gente 
de guerra que alli se pusiesse avia de pc- 
rezer también de ambre y verso obligada 
a retirarse, como lo hizo el ingles, y que 
estaba a riesgo de que el enemigo de tic- 



HISTORIA DE CHILE. 



271 



rra cou emboscadas los fiicssc acabando, 
y no siendo posible unirse las armas de 
Chile con las de Valdivia (como dezia el 
Gobernador de Chile) por aver tantos ene- 
migos en medio, no se consegnia ningún 
fruto. 

Mexor discurrieron los que fueron de 
parezcr que se poblasse Valdivia, funda- 
dos en que si al ingles le faltaron los bas- 
timentos y pertrechos, fué por avérseles 
perdido el principal navio que los trahia, 
según pensaron por no aver parecido y 
vueltose al Brasil, y que teniendo la mira 
los holandeses y los ingleses a poblar ese 
puerto, por las noticias que tienen de su 
fortaleza y de la riqueza de oro de sus 
minas, y que llebándolas ahora con la ex 
])eriencia de los puestos tan a proposito 
I)ara hazer fuertes en la entrada y imposi- 
bilitar que les entre un navio tan solo, y 
las comodidades que vieron de tanta ma- 
dera para las fábricas de navios y del 
amor con que los indios les dieron la })az 
y les ofFrecieron sus minas y pelear en su 
compañia contra los españoles, no se pue- 
de dudar sino que han de volver a inten- 
tarlo con mayores fuerzas y mexores pre- 
venciones, y que una vez poblados avia de 
ser dificultosissímo el echarlos y quiza im- 
posible, y si eso aconteciesse, después sen- 
tiríamos sin remedio el no aver poblado 
anticipadamente, y que si entonces no se 
reparara en gastos, aunque se hiziesscn 
mucho mayores que no se debia reparar 
ahoi*a en ellos, pues era mas fácil y a me- 
nos costa poblar nosotros que echar al 
enemigo bien fortalczido y poblar, como 
se ha visto en Pernambuco y otras partes, 
ea cuyas expugnaciones se ha gastado gen- 
te, armas y dinero en abundancia y sin 
fruto; que el estar apartados de Holanda 
ni la falta de bastimentos los obliíja a de- 
sistir; que fácil les seria el sembrar en tra- 
yendo gente harta, y harta podían traher 



! 



de el Brasil y otras partes, y en otras pro- 
vincias de la India oriental, bien distante 
de sus tierras, no les falta modo para sus- 
tentarse, como en las ^lolucas y otras pro- 
vincias donde permanecen inexpugnables 
al poder de España, aunque por Goa y 
Filipinas se ha intenti\do su expulsión mu- 
chas vezes, y que para acabar con la gue- 
n-a de Chile era importantissima la pobla- 
ción de Valdivia, porque demás de que 
avia ofFrecido mil indios de paz el cacique 
Manqueante, puestos alli los españoles 
avian de §ugetar a todos los circunvecinos 
y con ellos coger en medio a los de la Im- 
perial y Tolten, con que se ayudarían las 
armas de Chile y las de Valdivia y aca- 
barían con el enemigo de tierra y se ayu- 
darían quaiido viniesse el enemigo de la 
mar. Y últimamente, que su Magestad ha 
mandado repetidamente por muclias cédu- 
las que se fortifique Valdivia a costa de 
su real hazienda si no hubiere otro modo 
ni persona que haga la población a su cos- 
ta con la esperanza de los })remios y mer- 
cedes prometidas, y desde que fue ViiTcy 
el Principe de Esquiladle hcosta ahora 
todos los virreves avian tratado de hazer- 
lo y ninguno lo avia conseguido, y que ya 
que su Excelencia, con el gran zelo de el 
servicio de su Alagestad y con su extraña 
solicitud, avia juntado una tan grande ar- 
mada, que no era justo malograr tan bue- 
na ocasión y que su Magestad sentiría el 
verla perdida, y mas aviendo visto pobla- 
do ya alli el enemigo: que no ay mexor 
maestro de milicia ni quien mexor enseñe 
lo que se ha de hazer, que el mismo ene- 
migo, pues él enseña a prevenir los lanzes 
y a cubrir la parte por donde ai)unta la 
herida. Todos aprobaron este discui*so y 
parezer, que al punto se puso en execu- 
cion, y se dieron las ordenes para hacer 
las forti ficaciones de el puerto de Val- 
divia, 



272 



DIEGO DE K0SALE8. 



Salió a la cxccucion Don Antonio de 
Toledo y Leiba de el puerto de el Callao 
a treinta y uno de Diciembre de mil y seis 
cientos y cuarenta y cuatro, y con feliz 
navegación surgió en el puerto de el Co- 
rral a seis de Febrero de cuarenta y cinco, 
después de treinta y seis dias de navega- 
ción. Comoiizó luego a executar puntual- 
mente las instrucciones de el Virrey, su 
padre, el Marques de Mansera. Subió a 
la ciudad do Valdivia, tomó posesión de 
ella en nombre de su Magestad, hizo la 
forma y planta de las fortificaciones, puso 
en el llano de la isla de Constantino nove- 
cientos hombros, y por su cabo con titulo 
de Gobernador al Maestro de campo Al- 
fonso de Villanueva Sobcral, despachado 
por el Virrey para este gobierno por ser 
persona de tanto valor y espcriencia y sol- 
dado de gran prudencia y arte militar, na- 
tural de Madrid, que sirvió muchos años en 
la guerra de Chile con grande estimación 
en diíFerentes puestos y en el de Maes- 
tro de campo general; y como tenia tan 
grande experiencia, le fué al Virrey de 
mucho alivio su consexo y dirección para 
prevenir todo lo necesario para la pobla- 
ción con grande abundancia, dándole al 
Virrey memoria de todo y los arbitrios 
necesarios para que se hiziesse una po- 
blación bien prevenida, como se hizo, 
porque embió el Marques de Mansera 
para ella cuarenta y cinco piezas de arti- 
llería para que se repartiesseu en los fuer- 
tes que se avian de hazer en la voca de el 
puerto para impedir la entrada de el ene- 
migo, con tan buena disposición ordena- 
das que se alcanzan unas a otras; treinta 
y cuatro mil valas de todas vitolas, rasas^ 
encadenadas y de punta de diamante; to- 
das las cureñas necesarias y de respeto; 
dos mil seiscientos y veinte y siete cartu- 
chos, cuarenta y nueve mil cuatrocientas 
y catorze libras de pólvora en novecientas 



y ocho botixas. Quedaron, demás de las ar- 
mas con que cada soldado servia, ciento y 
sesenta y ocho arcabuzes, doscientos y se- 
senta y ocho mosquetes, cien garabinas, 
cincuenta yerros de picas, doscientas has- 
tas, cuarenta y nueve orquillas, cien espa- 
das y dagas, quinientos moldes de valas, 
doscientos y treinta quintales de cuerda, 
cuatrocientos pares de alpargates de cáña- 
mo para marchar los soldados por las mon- 
tañas y andar por las peñas, quinientas 
mochilas de lona, seis mil tablas de alerce 
para las casas y almacenes, veinte y seis 
mil ladrillos, dos mil novecientas y ochenta 
fanegas de cal, doscientas ollas de cobre 
de media arroba de agua, ciento y cin- 
cuenta carretoncillos de parigüela con po- 
zo y pila, sesenta y dos sillas bridas para 
hazer caballería, cuarenta y cuatro botixas 
de alquitrán, dos piedras de molino con 
todos sus hierros necesarios, gran copia de 
palas de hierro, zapas, achas, barretas, aza- 
dones, azuelas de una mano, picos de dos 
puntas, almadanetas, picamartillos, cuñas, 
ojas, azero, fierro, machetes de desmontar, 
todo en abundancia; tres fraguas con todos 
sus adherentcs, maestros y oficiales, una ca- 
dena de vigas gruesas, unidas con argoUonea 
de hierro, para cerrar el puerto; dos barcos 
biene quipados y materiales para fabricar 
otros tres. Dexó vetas, guindalesas, xarcia 
de cáñamo y cabuya, rezones y anclotes, 
campanas para las iglesias y las guar- 
dias. 

No fué menos próbido en los bastimen- 
tos que en los pertrechos, que como iban 
a quedarse en- una tierra desierta y que 
no tenia recurso por otra parte, fué ne- 
cesario prevenirlos de modo que no les 
faltassc nada. Para esto embió tres navios 
marchantes al puerto de Valparaiso y pire- 
vino a la ciudad de Santiago que condu- 
gcsse bastimentos para embarcarlos, y en- 
tre tanto les dio tres mil y doscientos y 



HISTORIA DE CHILE. 



273 



diez y seis quintales de viscocho, inmensa 
cantidad de cecina de vaca, pescado sala- 
do, harina, garbanzos, lantexas, arroz, vi- 
no, aceite, miel, vinagre, tabaco y redes de 
pescar. Proveyó las oficinas de gente suíR- 
ciente de albafíiles, carpinteros, herreros, 
galafates, armeros, artilleros y marineros; 
todos con sus sueldos señalados y raciones. 
Para el gobierno espiritual de el exér- 
cito, fueron por capellanes cuatro sacerdo- 
tes de la Compaflia de Jesús y para misio- 
neros juntamente de los indios que diessen 
la paz, porque tubiessen quien les predi- 
casse el Santo Evangelio padres de la Com- 
pañia, conforme a su deseo, de los qualcs 
el uno fué el Padre Pedro de la Concha, 
antiguo y fevoroso misionero, que fué por 
superior de los demás y con la autoridad 
espiritual de capellán mayor y vicario ge- 
neral comunicada por el Arzobispo de la 
ciudad de los Reyes. El otro, el Padre 
Domingo Lázaro de Las-Casas, natural de 
Mallorca, de zelo y cspiritu apostólico, que 
con singular fervor y exemplo le empleó 
por muchos años en las misiones de Bue- 
na Esperanza, Arauco y Chiloó, donde hi- 
zo mas de veinte viages, y el de mayor 
riesgo y servicio de Dios y de el Rey el 
que hizo trayendo la nueva de el ingles en 
un barquillo, en lo riguroso de el imbierno. 
El otro, el Padre Antonio Muñis, sugeto 
de buenos talentos y conocida virtud y for- 
taleza en los trabaxos. Y el último, que 
entre muchos es el primero, el Padre 
Francisco de el Castillo, varón de relijiosa 
perfección, zclo incansable y apostólico es- 
piritu, a quien estos años celebra el Peni 
y publica la fama por su predicación tan 
'divina, por las conversiones tan continuas, 
por las admirables trazas para ganar las al- 
mas y adelantarlas en la perfección, arras- 
trándose tras sí todo el Peni y admirando 
con su ardiente zelo lo que trabaxa con in- 
cansable tesón en la conversión de las ahnas. 



Estos tan grandes varones embió para 
piedras fundamentales de el edificio es- 
piritual el Padre Provincial de el Perú 
Bartolomé Recalde, a petición de el Vi- 
rrey, que los señaló una buena limosna 
anual para su sustento, como a los demás 
misioneros se la da su Magostad, por estar 
en tiendas donde no le pueden tener por 
otra via, porque entre los indios no hai 
limosna ni los soldados la pueden dar, 
que siempre andan las cosas tan escasas, 
que antes es menester dársela a ellos, como 
lo hazen los padres, partiendo con ellos de 
un pan en las necesidades. Después tocó 
el cuydado de embiar padres a Valdivia al 
Provincial de Chile por estar Valdivia en 
su provincia. Y assi, los primeros como los 
que después se han seguido, han sido el 
único consuelo y el alivio de los soldados, 
animándolos en sus trabaxos, asistiéndolos 
en sus enfermedades, administrándolos los 
sacramentos, reconciliándolos en sus ene- 
mistades y acompañándolos en sus descon- 
suelos y penas. Y para la reducción y 
pacificación de los indios han sido utilissi- 
mos, atrayéndolos con su agrado, convir- 
tiéndolos con su predicación y ganándolos 
para el cielo, siendo causa de la conversión 
de muchos infieles, de que se tratará en 
el libro de la conquista espiritual mas lar- 
gamente. 

Para residir en el castillo principal que 
se avia de levantar en el puerto y en la 
isla de Constantino para defender la voca 
y entrada de los navios, que de medio a 
medio se opone a la entrada de qualquier 
navio, por estar en medio de la bahia como 
un gigante que la guarda, fueron dos reli- 
giosos sacerdotes descalzos de el Seráfico 
Padre San Francisco, muy observantes y 
excmplarcs. Fray Juan Ximenes y Fnay 
José Tamayo, que causaron singular edifi- 
cación con el rigor de su observancia y 
I grandes virtudes. Andaban sicmi)re los 



274 



DIKUÜ DE KOSALES. 



pies descalzos, aun sin las saiulaliíus, por 
lo fragoso de aquella tierra comenzada 
a desmontar, que a cada paso se las- 
timaban en los raigones o se clavaban 
en las espinas; con poco abiigo en medio 
de las inclemencias de el imbierno, en los 
rigores de los yelos y las furias de los 
vientos y Ilubias que en aquel desemboca- 
dero de el mar son en competencia •furio- 
sas. Fabricaron para su aloxamiento mas 
sepulturas que celdas, i)orque su estrechu- 
ra mas era funda de humano cuerpo que 
habitación de hombre. Quanto llegaba a sus 
manos pasaba como por fiel arcaduz a la de 
los pobres. Después se fuei'on mudando; y 
la provincia de Chile de la Santissima Tri- 
nidad fué end)iando frailes semexantes en 
el espiritu y rehgion, que como esta es una 
en todas partes, todos son cortados a la 
medida de un espiritu de pobreza, oración 



y santidad, y amoldados en el molde de 
aquel Seráfico y celestial Padre, que es 
molde de crucifixos, imagen de Christo y 
original de quien todos copian perfecciones. 
Formó también un hospital, adminis- 
trado de tres religiosos de San Juan de 
Dios de mucha virtud, caridad y espiritu 
de humildad, que se llamaban Fray Tho- 
mas de Mendoza, Prior, Fmy Juan Enri- 
quez, Fray Antonio de Cardona, y por su 
capellán un sacerdote de su misma religión 
llamado Fray Francisco Catero, que de 
cleriíTO secular v í^raduado en artes en la 
ciudad de los Reyes, se recogió con gran- 
de exemplo de humildad a esta santa reli- 
gión, dexando todas sus esperanzas y po- 
niéndolas en lo Eterno. Pusieron muchas 
y muy bien aderezadas camas, una abun- 
dantissima votica, médicos y cirujanos do 
experiencia, y todos con señahulos sueldos. 



CAPÍTULO XXVJ. 



Provee con liberalidad el Virrey las Iglesias de ornamen- 
tos y da al Gobernador de Chile el cargo de Valdivia; 
y cogen los indios por engaño cuatro soldados de un 
barco. 



Devoción y p¡cila<l de los exércitos de Chile. — Disposición militar. — Oñioios de Vcdor y Fator. — Da el Virrey 
el gobierno de Valdivia al Gobernador de Chile. — Avócale a sí el Conde de Alba de Liste. — Derecho de 
loB gobernadores de Chile a él. — Sube a la ciudad de Valdivia Don Antonio de Toledo. — Qucxa de Man- 
queante por haberles maloqueado el Capitán Dionisio de Rueda. - Traza de los indios para coger un barco. — 
Piden los indios comitla fingiendo necesiiLid. — Llevan orden los de el barco de no saltar en tierra. — Ceban 
a los soldados con fruta en tierra. — Cogen los indios cuatro soldados con traición y matan los tres. — 
Castillo de Constantino y sus piezas. >- Castillo de San Pedro de Mansera. — Castillo de San Francisco do 
Baydes. — Castillo de San Sebastian. 



No fue menor la liberalidad de el Vi- 
rrey eu prevenir para las iglesias excelen- 
tes imágenes de pincel y talla, ricos vasos 
de plata sobredorados y preciosos orna- 
mentos de seda de todos colores, conforme 
los tiempos y las festividades. Por su 
orden se entabló desde entonces una gran- 
de devoción a la Virgen Nuestra Señora 
de rezarla todos los dias el rosario a coros 
en los cuerpos de guardia. Esta devoción 
passó de Valdivia a todo el Reyno de Chi- 
le y la observan en los tercios y fuertes 
toda la milicia con grande edificación, y 
es de singular consuelo ver oir todos los 
dias misa a los soldados en campaña, y íil 
comenzar a marchar en cada compañía oir ' 
cantar a coros las letanías, dczir el itinera- 
rio, y en llegando a aloxai'se, por cansados 
que vayan, no dexan su devoción de el 
rosario a coros. Y dos dias antes que en- 
tiben a maloquear y correr la tierra de el » 
enemigo les haze un sacerdote una platica, i 
y a mí me ha cabido muclias vozos, exor- 



tándolos a la confession y comunión y a 
liazer actos de contrición y confianza en 
Dios, que les dará buen suceso, esperán- 
doles mas de estas diligencias que de sus 
desvelos y vaJentia: que las victorias contra 
los enemigos de la fe, mas es obra de 
Dios que de nuestras manos. Y muchos 
confiesan y comulgan; con que fortalecidos 
y animados acometen al enemigo con mas 
valor y sin el temor que a un christiano 
le causa la mala conciencia para ponerse 
en el peligi'o de la muerte, y por esta cau- 
sa muchos y grandes generales han procu- 
rado llebar en los exércitos religiosos de 
santo zelo y fervor que exorten a los sol- 
dados a limpiar sus conciencias pam que 
sin el temor de sus culpas y de su con- 
denación peleen mas esforzadamente sin 
temor de morir. 

Alistóse la gente de guerra de la nue- 
va población de Valdivia devaxo de cua- 
tro compañias: una de el Gobernador de 
la plaza, otra do el Sargento Mayor, que 



276 



DIEGO DE K0SALE8. 



lo fué Hernando de Rivera, otra de el 
General de la Artillería Don Manuel de 
Tobar, caballero de la orden de Santiago, 
y la otra el castellano Bernardo de Quiros. 
Diósele autoridad al Gobernador por or- 
den del Virrey para reformar los ayudan- 
tes, alferezes y sargentos quando le pare- 
ciesse conveniente, y depositar las vande- 
ras y alabardas en otros, a quienes confir- 
maba el Virrey y enviaba los titules. Y esta 
postcstad se continuó algún tiempo en los 
sucesores de este gobierno, y después ubo 
variedad, porque los virreyes la cometie- 
ron a los gobernadores de Chile y la abo- 
caron a sí quando les pareció. Cuatro ofi- 
cios instituyó de phima que los sirven 
solos dos hombres: el uno de Vedor y 
contador con preminencias señaladas de 
* honor, pues en los actos públicos en las 
iglesias y fuera de ellas se sienta én silla 
al lado de el Gobernador y precede al 
Sargento Mayor, castellanos y capitanes: 
dánle la paz en las misas solemnes es- 
tando alli el Gobernador, mas si assiste él 
solo no se la dan. Esta preminencia ha ga- 
nado, vencida en contradictorio juicio con 
el Sargento Mayor, que pretendia la ante- 
lación, no solo por su oficio sino porque 
goza de las sustituciones en ausencia de 
el Gobemador. Los otros oíTicios son de 
Fator y tenedor de bastimentos y junta- 
mente pagador de el exército. A este se 
le entregan los bastimentos, municiones, 
armas, pertrechos, plata y ropa, y quanto 
pertenece a la real hazienda. Tienen los 
dos cada uno su Uabe, y aunque se puso 
orden que el Gobernador tubiesse sobre- 
llave, ninguno lo ha querido admitir por 
no verse obligado a dar cuentas. Paga el 
fator con libranza de el Gobernador y Ve- 
dor, el qual assiste a los pagamentos, pero 
no se hazc cargo de cosa ninguna sino solo 
el Fator. 

Esta milicia en los primeros años no 



reconoció otro capitán general que al Vi- 
rrey, y como él la fundó, no le dio el go- 
bierno por entero al Marques de Baydes, 
Gobernador de Chile, o no se concertó a 
los principios aunque estaba en su juris- 
dicción, hasta que el año siguiente vino 
al gobierno de Chile el Maestro de cam- 
po Don Martin de Moxica, y en Lima Ic 
informó el Virrey de todo lo que avia dis- 
puesto en Valdivia y le entregó el gobier- 
no y superintendencia de aquella plaza, 
que por estar cerca y poderla fomentar 
con el exército de Chile y socorrerla con 
gente y bastimentos, se juzgó acertada- 
mente sugetar a su jurisdicción y mandó 
una i)laza que está en su Reyno, en su 
gobierno, en su obispado y que antigua- 
mente fué siempre sugeta a los goberna- 
dores de Chile, y assi permaneció hasta 
que el Conde de Alba de Liste, Virrey de 
el Peni, embió por Gobernador a Chile a 
Don Pedro Porter Casanate, que por he- 
chura y criado suyo y por tener mas offi- 
cios que dar, le quitó la potestad de re- 
partir los puestos, avocándola a sí, y passó 
por ello sin hazer contradicción ni repli- 
car por conservarse y no disgustar a su 
dueño. Y assi probee el Virrey todos los 
puestos de castellanos. Sargento Mayor, 
capitanes y demás officiales, y aunque por 
la dependencia no hizo instancia, escribió 
a su Magestad las conveniencias que avia 
en que el Gobernador de Chile tubiesse el 
gobierno de Valdivia debaxo de su juris- 
dicción y el derecho que a él tenia, que 
si bien el Virrey embia gente de socorro 
para suplir la que muere, cien mil pesos 
para el })agamento de los soldados, y las 
municiones y plata para los bastimentos 
que de Santiago de Chile se le lleban to- 
dos los años, el inmediato gobierno ha sido 
siempre de los gobernadores de Chile. 

Mientras se comenzaba la fábrica de 
los castillos de el puerto de Valdivia, su- 



HISTORIA BE CHILE. 



277 



bió el general Don Antonio de Toledo y 
Leiva a reconocer el sitio de la ciudad de 
Valdivia, rio arriba, y llegó hasta la Ma- 
riquina, donde Don Alonso de Moxica 
procuró ver al cacique Manqueante, con 
quien avia trabado amistad y dexado con- 
sertado de que vendría con la armada es- 
pañola a poblar aquella tierra y ayudarlos. 
Y aunque le halló muy gustoso y de su 
parte cuando fué a reconocer aquel puerto, 
y le regaló mucho y dio algunos dones 
con que le dexó obligado, le halló ahora 
tan trocado y adverso que extrañándolo 
le preguntó la causa, y él le dixo que 
quando entendia que los españoles avian 
de venir a su tierra a faborezerlos y ayu- 
darlos,como se lo avia prometido, avia visto 
lo contrarío, porque poco después que él 
se avia ido con su navio, avia llegado alli 
el Capitán Dionisio de Rueda con un var- 
eo y maloqueádolos y Uebádose capti- 
vos dos caciques y algunas mugeres y ni- 
ños; que si para esto eran las pazes y la 
amistad, que para qué venian a poblar. 
Dio parte Moxica de esto al general Don 
Antonio de Toledo y Leiva y del senti- 
miento tan justo de aquel cacique y de 
la causa, que lo sintió en es tremo, y des- 
pués dio la quexa al Virrey y le hizieron 
causa sobre el caso al Capitán Dionisio de 
Rueda, de que dio sus descargos, que fue- 
ron la mala intención de los indios y que 
siempre con palabras alagüeñas nos procu- 
ran armar una celada y engaño. 

Mientras esto pasaba, el Gobernador 
Alfonso de Villanueva trabaxaba con gran- 
de solicitud, cuidado y asistencia en la 
población, y estando en ella le embiaron 
los indios un mensage muy amigable y ala- 
güeño, significándole la necesidad con que 
estaban de comida, y que pues tenia tanto 
bastimento y venia a socorrerlos en sus 
necesidades, los faborezicsse en la presen- 
te, que ya eran amigos muy de corazón, y 



ellos harían lo mismo quando los soldados 
se viessen con necesidad con quanto tu- 
biessen. Pareció al Gobernador no negarse 
a tan justa demanda y de tanta caridad, 
y holgósse de que se offreciesse ocasión de 
mostrar con ellos el deseo que tenia de 
regalarlos y faborezerlos en sus necesida- 
des y que experímentassen la caridad 
cristiana y la largueza de nuestro Rey en 
faborezer a sus vasallos en las necesidades, 
y luego les embió un vareo de comida, con 
apercevimiento y orden a los que iban en 
él que ninguno saltasse en tierra por mas 
que los indios se lo rogassen; que como 
prudente y experimentado, ordenó lo que 
debian hazer entre gente que aun no cono- 
cian su trato ni avian hecho experiencia de 
su fidelidad. Mas los soldados, poco ad- 
vertidos y menos obedientes, luego que 
llegaron a donde estaban los indios con el 
vareo cargado de bastimentos, les digeron 
que viniessen por ellos, que no avian de 
saltar en tierra; pero los indios les tubie- 
ron mucha fruta a la orilla de el agua por 
señuelo y los convidaron con ella, dizién- 
doles que cómo se extrañabaa de ellos, 
pues todos eran amigos y de un corazón, 
que saltassen en tierra, que en sus proprías 
tierras estaban, y se refrescassen comiendo 
de aquella fruta; y como a Eva con la 
manzana, los engañaron con las manzanas, 
de que ay grande abundancia en aquella 
tierra de las que Uebaron alli los españo- 
les antiguos, porque saltando en tierra 
cuatro soldados, mientras estaban embe- 
becidos en coger la fruta y en beber chi- 
cha con que los bríndaban, salió una junta 
de indios que estaban emboscados en la 
montaña y matando alli luego a los tres 
se Uebaron al otro captivo. Quisieron aco- 
meter al vareo y a los que dentro de ^ 
quedaban; mas la posta, que estaba miran- 
do quanto pasaba, avisó y dispararon una 

pieza de artillería al montón de los indios 

18 



278 



DIEGO DE K08ALES. 



traidores desde el castillo de Mansera, con 
que se pusieron en huida y el vareo se li- 
bró. Quando vino Don Antonio de Toledo 
y supo el caso, sintió mucho el desorden 
de los soldados y su pérdida y alabó el 
orden y cautelosa prevención de el Gober- 
nador; pero dixo que si él se ubiera halla" 
do alli, no ubiera consentido ir el vareo 
con las noticias que avia adquirido de el 
disgusto con que estaban los indios por la 
maloca de el Capitán Dionisio de Rueda. 
Comenzáronse luego a hazer las fortifi- 
caciones y levantaron un fuerte o castillo 
en la isla de Constantino, que guarda la 
voca y entrada de el puerto. Está funda- 
do sobre peña, con dos valuartes a la parte 
de la muralla de piedra, ceñida de un pro- 
fundo foso, y a dos quadras de la puerta 
un perpetuo manantial de agua que la 
pueden encaminar al mismo castillo. Aló- 
xanse en él dos compañias de infantería, 
ay quince piezas de artillería en dos plan- 
chadas, la una que mira al Nonieste con 
diez piezas, que son: dos culebrinas de 
bronce de veinte libras de vala, una me- 
dia culebrina de diez y seis, cuatro medias 
culebrinas de a doze libras, un medio 
cañón de a veinte libras, dos tercios caño- 
nes de a quince; y la otra planchada, que 
mira al Oeste, a donde demora el puerto 
de el Corral, están tres piezas medias cule- 
brínas, dos tercios de cañones y un sacre. 
En la muralla que mira a la parte de tie- 



rra ay dos valuartes, en cada uno un sacre. 
Llámasse este castillo San Pedro de Man- 
sera, a contemplación do el Marques de 
Mansera. En la misma ay otro fuerte pe- 
queño nombrado San Francisco de Bay- 
des, én honra de el Marques de Baydes, 
todo peinado en su circunferencia. Entras- 
se por puente levadiza, tiene un medio 
cañón de veinte libras de vala, tres tercios 
de cañones de quinze, un medio cafion 
pedrero de veinte libras de vala de pie- 
di-as. Está en una punta de la isla que de- 
mora al Sudueste, que mira a la parte de 
tierra firme y guarda las entradas de el 
tomo de los galeones y la ensenada de San 
Juan; tiene de guarnición treinta infantes. 
El castillo de San Sebastian de la Cruz, 
que guarda el surgidero de el puerto del 
Corral, se fundó sobre la peña viva en una 
punta arqueada; está amurallado de cau- 
teria y dividido de tierra firme con un an- 
cho y profundo foso. En un ancón que 
hace al pie de la fábrica se dexa caer un 
arroyuelo de linda agua, y otro manantial 
se despeña al foso. Ay en dos plancha- 
das sobre la ñiar una media culebrina de 
diez y seis libras de vala, dos medios ca- 
ñones de a veinte libras, cuatro tercios de 
cañones de a veinte libras, y en un va- 
luarte que está en la muralla de la parte 
de tierra, un pedrero de a seis libras de 
vala. Su guarnición es una compañía de 
infantería. 



CAPITULO XXVII. 



De los fuertes que se poblaron en Valdivia, los pertrechos 
y bastimentos de aquella población. Úíiense las armas 
de Chile con las de Valdivia, embia gente el Marques 
de Baydes y mueren muchos de una peste. 

Población de la ciudad de Valdivia.— Fuerte de las Cruzea.— Fuerte de San Joseph, que se mudó a la Maríquina. 
— Embia el Marques de Baydes 105 infantes por tierra a Valdivia. — Sueldos de la gente de guerra de 
Valdivia. — Bastimentos. — Muralla , de Valdivia. — Castillo de los Amargos. — Úñense las armas de Chile 
y Valdivia y Uévanles por tierra los víveres. — Peste de Valdivia. — Ordena el Virrey al Gobernador de 
Valdivia qué pueble la ciudad. — Pide el /Gobernador mil hombres para poblar la ciudad de Valdivia. — 
No puede poblar la ciudad por la peste, que a él y a muchos quitó la veda. — Buenas partes del €k>bernador 
Alfonso de Villanueva. — JjO mucho que hizo el Marques de Baydes. — No se gobernó por su muger ni hubo 
quien le capitulase. — Pide al Rey mil hombres para pacificar a Chile. — Quísolos embiar y embarazólo el 
rebelión de Portugal y Cataluña. . 



El aloxamiento de la ciudad está forti- 
ficado de piedra con cuatro cubos, y en 
ellos diez piezas de artillería, un medio 
pedrero de a veinte libras de bala, un sacre 
de a ocho libras, tres falconetes de a 
tres libras, otros dos falconetes de a dos 
libras, tres pedreros de a seis libras. 
Aqni está la plaza de armas de todo el 
presidio y la mayor gruessa de la gente, 
el Gobernador, Vedor, Sargento Mayor, 
Capitanes de infantería, los padres cape- 
llanes y misioneros de la Compañia de Je- 
8118, y el hospital, caxas y almacenes rea- 
les. Siete leguas mas arriba de la ciudad, 
en la frout^jra de los indios rebeldes, ay 
otro fuerte con una compañia de infante- 
ría sobre la barmnca de el río de la Ma- 
ríquina, a donde se va en vareos por el 
río. Llámase el fuerte de las Cruzes por 
las muchas que enarbolaron los soldados: 
tiene dos pedreros de bronce de a cuatro 
libras, y otras cuatro piezas de madera de 



a seis libras. Estos cánones de madera es- 
tán aforrados en cuero de baca v cefli- 
dos de cintas de hierro y cordeles; han 
sido de mucha utilidad para los españoles 
y de miedo para el bárbaro enemigo, por- 
que son ligeros y se Ueban con facilidad 
a campaña sobre un caballo, y disparan 
seis y ocho tiros continuados sin reventar 
y alcanzan a distancia de dos cuadras. La 
muralla de este fuerte se compone de dos 
estacadas de gruesos maderos, que en Chi- 
le se llama malar y contra malar. 

Tres leguas mas la tierra adentro, rio 
arriba, se fundó otro fuerte que se llamó 
de San Joseph, y por averie inundado el 
rio se desamparó, aunque abrigaba seis- 
cientos indios de paz, y se pasó mas ade- 
lante, a la 3Iariquina. Para guarnecer 
estas fortificaciones y porque tubiessen 
alguna gente veterana, embió el Marques 
de Baydes, gobernador del Reyno de Clii- 
le, una compañia de ciento y cinco iufan- 



280 



DIEGO DE ROSALES. 



tes de las fronteras de la Concepción, que 
atrabesaron con seguridad toda la tierra 
para llegar a Valdivia. Y de los novecien- 
tos hombres formaron otras siete compa- 
ñias, y últimamente entresacaron los me- 
xores soldados y montaron la compañia de 
a caballos de garabinas para el fuerte de 
San Joseph de la Mariquina. Con que cons- 
taba todo el prisidio de nueve compañias, 
sin los artilleros, que tienen un capitán y 
los officiales necesarios. 

Los sueldos que se pagan a toda esta gen- 
te son en la forma siguiente: al Goberna- 
dor de la plaza se le dan dos mil setecien- 
tos y cincuenta pesos cada año, el Vedor 
y contador tienen de sueldo mil y cuatro- 
cientos y tres pesos y dos reales, el Fator 
mil y cincuenta pesos; a siete capitanes de 
infantería, en que se cuentan Sargento 
Mayor y castellanos, a razón de a cincuen- 
ta ducados al mes, se les pagan cada año 
cinco mil setecientos y setenta y cinco 
pesos; a ocho alf erezes a veinte y cinco du- 
cados al mes a cada uno, que montan tres 
mil y trescientos pesos cada año; a ocho 
sargentos, a quinze ducados cada mes, que 
montan mil novecientos y ochenta pesos 
al año; a un Capitán de a caballos nove- 
cientos y setenta y dos pesos y cuatro 
reales; a un teniente y dos ayudantes, 
veinte y cinco ducados al mes, mil dos- 
cientos y treinta y siete pesos y medio al 
año; a seiscientos y ochenta soldados in- 
fantes a razón de doce pesos cada mes, 
que importan en un año noventa y siete 
mil novecientos y veinte pesos; a ochenta 
soldados de a caballo, a razón de a quince 
pesos al mes, monta catorze mil cuatro- 
cientos pesos; a veinte y siete cabos de es- 
quadra se les añade sobre el sueldo ordi- 
nario dos pesos cada mes, que montan al 
año seiscientos y cuarenta y ocho pesos; 
a un oñcial mayor de la Veduria, quinien- 
tos y treinta y un pesos cada año; a un 



cirujano mayor, que juntamente es médico, 
quinientos y noventa y cinco pesos; a siete 
capellanes, a sesenta pesos y siete reales 
cada mes a cada uno, que son cada año 
cinco mil ciento y diez y ocho pesos y seis 
reales; a tres Religiosos de San Juan de 
Dios, que sirven el hospital, a treinta pe- 
sos al mes a cada uno, mil y ochenta pesos 
al año; a treinta artilleros, un carpintero, 
un herrero y un galafate, a razón de a 
treinta pesos al mes cada uno, que mon- 
tan once mil ochocientos y ochenta pesos. 
Que todos los dichos sueldos montan al 
año ciento y cincuenta mil seiscientos y 
sesenta y un pesos de a ocho reales, los 
quales se pagan de las reales caxas de la 
ciudad de Lima. 

Ademas de esta cantidad se gasta otra 
•que no se incluye en el cómputo de los 
sueldos, sino que es gasto aparte para los 
bastimentos: danse cada mes novecien- 
tas y noventa y tres raciones de media 
fanega de harína y treinta libras de zesina 
de vaca cada una, que montan cinco mil 
ciento y sesenta y tres fanegas y media 
cada año, y Ta carne salada tres mil y qui- 
nientos y setenta y cuatro quintales y tres 
arrobas. A esto se allegan miniestras, que 
son: quesos, mais y agí. Al gobernador le 
tocan seis i-aciones; al Vedor, capitán y 
otras plazas mayores, a cuatro; a los alfe- 
rezes y ayudantes, tres; a los sargentos, una 
y media; a los capellanes, dos, y a los demás 
una, y a las mugeres casadas, media. El 
precio de estas vituallas no es siempre 
igual. Gástasse también a costa de el Rey 
pólvora, cuerda, municiones y fletes de 
navio para su conducción. 

La primera fábrica de los castillos la 
hizo labrar el Gobernador de largas fagi- 
nas bien atadas y incorporadas de mucha 
tierra, y fué traza de el Gobernador Fran- 
cisco Xil Negrete, que sucedió a Alfonso 
de Villaatteva^ como en su lugar se dirá. 



HISTORIA DB CHILE. 



á8i 



A esta fagina Uamaron salchichas y sal* 
chichones^ vocablo aprendido de la milicia 
de Flandes^ que el año de 1601 inventa- 
ron en el memorable cerco de Ostende. 
Esta traza de terraplenes y defensas es 
para resistir la vatería de pocos dias, y en 
esta tierra no era durable^ porque cQmo 
son tan grandes los aguaceros luego con- 
sumía los terraplenes. Y assi acudió al re- 
paro de ellos el Gobernador Don Diego 
Gonzalos Montero, que le sucedió, de quien 
después se hará mención, que reparó esta 
guarnición y presidio y le fortificó con 
una muralla de piedra, obra insigne y por 
singular en Chile admirable y digna de 
inmortal memoria. 

Erigió de nuevo otro castillo después de 
algunos afios el Gobernador Don Fernando 
de Bustamante Villegas, caballero de la or- 
den de Calatrava, natural de el valle de To- 
ranzo en el distrito de Santander, en las 
montañas de Burgos, y le fundó en una 
punta que sale a la voca de el puerto, a la 
parte austral, que Uaman de los Amar- 
gos por las manzanas que ay alli muy 
amargan Fundóse por orden* de el Conde 
de Alba de Liste, Virrey de el Perú, y a 
BU contemplación se intituló San Luis de 
Alba. Es la Uabe principal de el puerto y 
obra de las mas inexpugnables que ay en 
el mar de el sur, toda de peña viva, cor- 
tada de tal arte que de ella se haze inex- 
pugnable muralla, y en el güeco se arman 
los aloxamientos de los soldados, rodeado 
con un foso abierto en la misma peña viva. 
Con que aquel castillo es todo de una pie- 
za y un incontrastable monte; no puede 
entrar vagel ninguno, por pequeño que sea, 
sin que le vatan sus tiros y le predominen, 
porque a la parte septentrional es peligro- 
sa la barra por los vagios y arrecifes, y 
assi forzosamente se ha de arrimar qual- 
quier vagel al castillo, y si por alguna con- 
tingencia escapa de sus culebrinas, le re- 



civen luego los otros tres- castillos que 
cierran el recóncabo de la Bahia. Con es- 
tas fortificaciones y guarnición queda inex- 
pugnable aquel puerto a las mas atrebidas 
fuerzas de los extrangeros. 

Los indios rebeldes, aunque al principio 
intentaron hazer de las suyas, viendo las 
fuerzas de los españoles y las fortificacio- 
nes tan valientes que avian hecho, rindie- 
ron la indómita cerviz y Manqueante con 
los demás dieron la obediencia al Rey de 
España, y para tenerlos sugetos y conser- 
varlos en obediencia se fundó el fuerte de 
San Joseph de la Mariquina, que domina 
los indios, con que vimos en breve abier- 
tos los caminos desde la Concepción a Val- 
divia y unidas las armas de entrambos 
exércitos y que por tierra se comunicaban 
con la misma seguridad que en las otras 
provincias de paz; y quando se padecía 
alguna necesidad de víveres se traginaban 
por tierra, y finalmente, todo el Reyno, 
desde Copiapó hasta Chiloé, puso en silen- 
cio el estruendo de las armas por algunos 
años, escepto la provincia de Cuneo, cer- 
cana a Osomo, que estubo pocos dias so- 
segada y fué la braza que volvió a encen- 
der nuevas rebeliones, y por diversos lan- 
zes de la guerra se volvieron a levantar 
todos los pacificados el año de 1655, como 
se verá en su lugar. Pero los infantes de 
el presidio de Valdivia han guerreado con 
tanto valor contra sus confinantes, que han 
despoblado muchas parcialidades y causa- 
do estupendo terror al enemigo. Y con el 
trabaxo y continua assistencia de el Go- 
bernador Alfonso de Villanueva a la po- 
blación de los fuertes, enfermó de suerte 
que vino a morir dentro de poco tiempo y 
ubo de embiar el Virrey sucesión a aque- 
lla plaza. Y a un mismo tiempo vinieron 
gobernador para Valdivia y para Chile al 
Marques de Baydes. 

No hizo poco en el poco tiempo que 



282 



UIEOO DB B09ALES. 



T 



gobeiiió Alfonso do Villanucva Soberal, 
que como fué su gobierno a los principios 
j estos son siempre cercados do dificulta- 
des j estorvos^ con su grandeza de ánimo, 
pnidencia y gran disposición, todo lo alla- 
naba, siendo el primero al trabaxo y el 
mas assistento a él; sin reparar en aguas, 
frios y recios tempoi-ales, siempre superior 
a los trabaxos; y en el que mostró su for- 
taleza y admirable valor, fué en el de la 
peste que luego que se fué el General Don 
Antonio de Toledo y Leiba al Perú co- 
menzó a cargar sobre toda la gente, dán- 
dole con igual fuerza al Gobernador Al- 
fonso de Villanueva, y fué de unas secas 
que le salian en los muslos y una inchazon 
de las encias tan penosa y molesta, que no 
les dexaba comer sino cosas liquidas por 
modo de bebida, y todo el dia estaban ba- 
beando, la Toca indiada y con un tormento 
grande. Y enfermo como estaba, anima- 
ba a los soldados a trabaxar, assistiéndo- 
les continuamente para que acabassen los 
fuciles arriba dichos de la voca de el 
puerto; que en su tiempo no pudo hazer 
mas, y no hizo poco teniendo la gente toda 
enferma, y por esta causa, aunque tenia 
orden de poblar en la ciudad, no pudo ha- 
zer él la población; y aunque el Virrey le 
embió segundo orden para que pasasse con 
parte de la gente a poblar la ciudad anti- 
gua y estubo con ese intento, no le dio 
lugar la muerte, y no lo puso luego en 
execucion por juzgar que tenia poca gente 
para dexar bien guarnecidos los tres fuer- 
tes que avia hecho en la voca de el puerto 
y para llevar a la ciudad, porque, como 
propuso al Virrey, para aver do poblar la 
ciudad que está en la frontera de el ene- 
migo avia menester mil hombres para sa- 
lir a campaña a pelear con el enemigo y 
dexar gente que guardase la ciudad y pre- 
sidio; que allí se podían juntar cinco y seis 
mil indios a pelear con él, y con tan po- 



ca gente, y toda infantería a los principios, 
se ponia mas a perder que a ganar. Y assi 
hizo grande instancia para que el Virrey le 
Qumpliesse el numero de mil o de ocho- 
cientos hombres para la población de la 
ciudad, y esperando respuesta suspendió 
por entonces la población. 

Y lo que mas lo obligó a no dar paso 
adelante fué el verse con toda la gente 
apestada y imposibilitada para nueva po- 
blación, y tan .caidos todos que apenas po- 
dia acabar los fuertes comenzados, ani- 
mando a los que tenian algún aliento para 
trabaxar, y muñéndosele cada dia ya unos 
ya otros; hasta que el mismo Gobernador, 
aunque mas se animaba y andaba en pie 
por esforzar a los domas, ubo de caer do 
puro rendido y apretado de la peste y dai* 
el alma al Señor. Fué indecible el senti- 
miento de todos, por el amor que le t<)nian 
y por tener en él padre, maestro y ami- 
go, compañero en los trabaxos y alibio en 
sus necesidades; porque el Gobernador Al- 
fonso de Villanueva Soberal, natuml de 
Madrid, fué un caballero muy discreto, en- 
tendido, cortes, afable, muy christiano y 
temeroso de conciencia, siempre de una 
vida ajustada y concertada; frecuentaba a 
menudo los sacramentos, era charitativo y 
limosnero, compadcciasse de los trabaxos 
de los soldados como quien los avia pasa- 
do en la guerra de Chile; fué grande ma- 
temático, muy entendido y estudioso en el 
arte de la milicia y grande esquadronista, 
y assi exercitaba y tenia muy disciplinados 
a los soldados; no consentia hurtos, jura- 
mentos ni vicios, que afeminan a los 
soldados, y gobeniaba con grande entere- 
za, prudencia y justicia. Perdió aquella 
plaza el primer gobernador, primero en 
todo V el ultimo en tanta colección de 
buenas partes de valor, experiencia mili- 
tar, prudencia, magnanimidad y zelo de el 
servicio do Dios y de el Rey. 



HISTORIA DE CHILE. 



283 



Perdió también Chile, por venirle a su- 
ceder el Maestro de Campo Don Martin 
de Moxica al Gobernador Don Francisco 
de Zúñiga, Marques do Baydes y conde 
de Pedroza, que dexó en Chile inmor- 
tal renombre, ya con el rigor, ya con la 
blandura, usando como buen médico de 
el olio y de el vino para curar la llaga de 
las traiciones de los indios, que requiere 
lo picante que castre, y lo suave que tiem- 
ple y regale; porque fueron muchos los 
indios que reduxo a la obediencia de su 
Magostad en toda la costa, desde Lebo 
hasta Titcapel, Paicabi, Calcoimo y Relo- 
mo, y en las reducciones de Santa Fee, 
Santa Juana, el Nacimiento y Angol, for- 
tificándolos en la fidelidad a la obediencia 
de su Magostad y quitándolos el aborreci- 
miento que tenian a los españoles con su 
buen tratamiento y la facilidad en tmmar 
alabamientos con los castigos, agasaxando 
con el un brazo a los buenos y castigando 
con el otro a los malos. Fueron muchos 
indios y españoles que sacó de captiverio, 
grandes los agasaxos y limosnas que los 
hizo; fué temido de los enemigos y amado 
de los amigos; liberal en regalarlos, mani- 
roto en los gastos que con ellos hizo, parte 
de la hazienda real que pam esos gastos 
tiene señalado ramo y parte de la suya. 
Con los vecinos fué liberal, con los solda- 
dos afable, pió para las cosas de Dios, y de 
buen exemplo, porque en materia de ho- 
nestidad no tubo que zelarle su esposa la 
Marquesa, que en la buena vida, en el 
exemplo y piedad, fueron • en todo seme- 
xantes. 

Gobernábase por sí y por buenos con- 
scxeros, no por su muger, que suele ser 
dañoso en los Gobiernos el dexarse go- 
bernar de las mugeres. Nadie tubo que 



capitularle en materia de agravios ni inte- 
rés, porque aunque sacó buena plata de el 
gobierno, traxo mucha, y con poner tien- 
das en varias partes por medio de admi- 
nistradores, buscó muy bien, sin quitar 
nada a nadie, pues a cada uno le era li- 
bre el comprar de ellas o no sacar nada. 
De las pieeas y esclavos tubo algún apro- 
vechamiento; mas la experiencia ha mos- 
trado que es tan mal empleo que ninguno 
le ha logi'ado, quizá porque Dios no so 
agi'ada de él. Deseó mucho la pacificación 
de los indios, assi j>or dar a Dios fieles, 
como por ganarle al Rey vasallos, de que 
cogió en el tiempo de su gobierno crecidas 
cosechas; y deseoso de reducirlos todos y 
asegurarlos en nuestra amistad y obedien- 
cia a Dios y al Rey, pidió a su Magostad 
mil hombres para volver a poblar las ciu- 
dades perdidas, porque este y no otro lo 
pareció el medio eficaz para concluir con 
la conquista de este Reyno, porque con 
estos hombres y una buena cantidad de 
mugeres que se podian sacar de la ciudad 
de Santiago, sin que hiziesen falta por 
aver muchas de sobra y que no hallan mo- 
do para remediai-se, se podian poblar las 
ciudades y aumentándose las asseguraban 
y crecerían mas aprisa que otras por el 
gmn fundamento que tienen para ello por 
la fertilidad de la tien-a y ricas minas, 
que por falta de gente no se cultivan. Y 
aviendo reconocido el Rey nuestro señor 
y su consexo la importancia de este medio, 
estubo en embiar este socorro de gente a 
Chile por ser tan importante al servicio 
de Dios y suyo; mas estorvái'onlo los 
rebeliones de Portugal y Cataluña, que 
por acudir a lo que está mas cerca se 
desvaneció el socorro de lo que está mas 
lexos. 




•-^^ 



LIBRO IX. 



EL TERREMOTO DE 1647. 



4'»»» 



LIBRO NOVENO. 






HISTORIA GENERAL DEL REYNO DE CHILE 



Y NUEVA ESTREMADURA. 



EN QUE SE TRATA DE LAS PACES GENERALES QUE EL GOBERNADOR DON MARTIN DE MOGIOA 

AS8ENTÓ CON LAS PROVINCIAS DE GUERRA, 
Y DE LOS FUERTES Y POBLACIONES QUE HIZO EN SUS TIERRAS. 



CAPITULO I. 



Entra a gobernar el Reyno Don Martin de Mogica y da 
muestras de su grande christiandad, zelo y justicia, 
reformando la libertad de los vicios. 



Afio de 1646. — Entra a gobernar Don Martin de Moxica. — En Lima comunica el Virrey con Don Martin y con 
Gil Negrete lo necesario para la población de Valdivia. — Sugeta la plaza de Valdivia el Virrey al Gobernador 
de Chile. - Salen de Lima casi a un tiempo los dos gobernadores. — El gusto de su venida por las esperanzas 
que habia de su buen gobierno. — Sus talentos de prudencia y justicia. — Vase haciendo el primer afio capaz 
de las disposiciones de esta guerra. — Muestra su gran zelo y justicia en reprimir los vicios — Cómo era gala 
la picardia y el hurto, y desprecio la virtud. — Reprime los amansebamieutos. — Quita las pendencias y 
desatios. — Los hurtos que hazen los soldados con capa de ir a pertrecharse a Santiago. Quitaban las capas 
y mantellinas. — A un clérigo derribaron con un lazo de la muía por quitársela. • — Los oficiales iban a la 
parte y no embiaban a pertrecharse sino a los mexores ladrones. -^ Caso gracioso. — Cómo defendió su capa 
un viejo de un soldado valiente. — Quita el Gobernador que vayan los soldados a pertrecharse y a robar. — 
Quítale la compañía a un gran capitán que lo pide licencia para que sus soldados vayan a pertrecharse. 
— Cómo hizo guardar el bando de los hurtos. — Agradécenlo el haber quitado los hurtos. — Sus limosnas. — 
Su respeto a la Iglesia. — Su temor a las descomuniones y guarda de la inmunidad de la Iglesia. — Muéstrase 
celoso del culto divino visitando los altares y reprehendiendo el desalifio de ellos. — Encárgale su Magestad 
la conversión de los infieles y la enseñanza de los indios y procúrala. — Llénanso las Iglesias de indios a la 
doctrina por su solicitud. — Sentía ver a los indios amigos tan x)oco medrados en la doctrina. — Conoció quo 
la falta estaba en ellos y no en los Ministros, y estimó el trabajo que la Compañía ponia en su enseñanza.— 
Holgábase de ver indios que supiesen la doctrina y premiábalos. 



A los prinieros de Mayo de rail y seis- 
cientos y cuarenta y seis llegó a la barra 
de la ciudad de la Concepción el Maestro 
de campo Don Martin de Mogica, caba- 
llero del Orden de Santiago, natural de 
Villafranca en la Provincia de Guipuscoa, 
de muy noble y calificado linage de la casa 
solariega de los Mogicas, que avia servido 



a su Magestad en Flandes y Italia y ocu- 
pado los puestos de capitán, sargento ma- 
yor y Maestro de campo en aquella guerra, 
donde se señaló tanto que adquirió gran* 
de fama de soldado y hizo hechos hazaño- 
sos que le merecieron muchos aplausos y 
ocasionaron a que su Magestad le hiziesso 
merced de un hábito de Santiago, y que 



S88 



DIEGO DE BOSÁLES. 



le eligiesse entre muchos para gobernador 
y capitán general de este Reyno de Chile 
y presidente de su Real Audiencia que en 
él reside; el qual, en cumplimiento del 
orden de su Magestad, se embarcó luego, 
y aviendo llegado a la ciudad de los Re- 
yes, le hizo el Virrey, Marques de Manse- 
ra, muchas honras y le enteró de todo lo 
que avia pasado en razón de la fortifica- 
ción del puerto de Valdivia y lo que para 
la población de la ciudad y su conserva- 
ción convenia, y que era necesario para 
eso que se comunicassen las armas de Chi- 
le con las de la ciudad y fortificaciones de 
Valdivia, y para disponer lo mas conve- 
niente hizo el Virrey que se careassen Don 
Martin de Mogica y el Maestro de campo 
Francisco Gil Negrete, a quien tenia nom- 
brado el Virrey por Gobernador.de Val- 
divia por aver entendido se hallaba muy 
impedido y enfermo el Maestro de cam- 
po Alfonso de Villauueva que avia que- 
dado por gobernador de aquella plaza, y 
aunque ya era muerto no se sabia en el 
Perú de su muerte, para que unánimes y 
conformes exercitassen las órdenes que es- 
taban dadas para la comunicación de las 
armas del exército de Chile y de el de 
Valdivia, y le dio al Gobernador Don Mar- 
tin de Mogica la superintendencia del go- 
bierno de Valdivia por estar debajo de su 
jurisdicción y quererle hazer esa honra y 
lisonja, que después no han querido hazer 
los virreyes a ningún gobernador de Chi- 
le, reservando para sí la superintendencia 
de la plaza de Valdivia y el poner de su 
mano castellanos y capitanes, por aver si- 
do la población de Valdivia hechura de los 
virreyes; y el motivo principal de darle la 
superintendencia de Valdivia, fué para 
que con sus armas y fabor fomentasse las 
fuerzas de aquella nueva población de 
tanta importancia. Y casi a un mismo 
tiempo despachó el Virrey dos navios con 



dos situados, uno por Febrero en que se 
embarcó el Gobernador de Valdivia Fran- 
cisco Gil Negrete, y otro en que se embarcó 
el Gobernador Don Martin de Mogica por 
abril y llegó a la Concepción, como dixi- 
mos, por Mayo, con mucho acompafiamien- 
to de criados muy lucidos y nobles que 
después ocuparon los mexores puestos de 
la milicia de sargentos mayores y maestros 
de campo. 

Llegado el Gobernador Don Martin de 
Mogica a la ciudad de la Concepción^ fué 
grande el regocixo de todos por las gran- 
des esperanzas que avian concebido de la 
felicidad de su gobierno, fundadas en lo 
que la fama venia publicando de sus gran- 
des prendas, arte militar, prudencia, agu- 
do entendimiento y zelo de la justicia, 
que es una de las prendas mas necesarias 
para el gobierno, y singularmente en estas 
partes tan remotas, donde por estar tan 
lejos se quebranta mas fácilmente, y con 
hazerla guardar con exacción ganó inmor- 
tal renombre y dejó tan grandes memo- 
rias que nunca se borrarán, por averias 
impreso en los corazones de todos. Red- 
vióle el Marques de Baydes con grandes 
cortesias, dignas de tan gran caballero, 
la ciudad con muchas demostraciones, el 
pueblo con singular regocijo, las iglesias 
con repiques de campanas y la milicia con 
repetidas salvas. Acreditó luego las espe- 
ranzas que todos tenian de su mucha pru- 
dencia y gran gobierno con decir al Maes- 
tro de campo general, Juan Fernandez 
Rebolledo, que por el primer año gober- 
nasse la guerra y hiziesse y ordenasse 
todas las disposiciones necesarias, dándole 
parte de ellas; que de su grande capacidad 
las fiaba .con mucha seguridad y se pro- 
metía muy felizes aciertos, y que el se- 
gundo año él gobemaria y dispondria lo 
conveniente en aviendo adquirido la expe- 
riencia necesaria de esta guerra. Y assi el 



HISTORIA DB CHILS. 



289 



primer año le dio toda la mano al dicho 
Maestro de campo, y él con su gran capa- 
cidad se iba haziendo señor de todas las 
disposiciones de paz y guerra; que aunque 
en Flandes hizo proezas tan azañosas en 
que mostró bien al descubierto los gran- 
des talentos de su gobierno y arte militar, 
en esta de Chile, reconociendo que era en 
todo tan differente, no quiso desde luego 
disponer por sí, discretamente, por no errar 
por presumido, como algunos hazen, hasta 
assegurar los aciertos experimentados. 

No solo se mostró prudente en lo mili- 
tar, sino sapientissimo y ajustado en lo 
politico, quitando desórdenes, reprimiendo 
vicios y enfrenando la libertad de los sol- 
dados y de los estancieros a la sombra de 
los soldados en los hurtos, robos y aman- 
sebamientos; porque los soldados, sin te- 
mor de Dios, vivian de puertas adentro con 
sus mansebas y tenian por gala la picardia, 
por donaire la libertad y por bizarría el 
hurto; y el soldado que mas caballos, bue- 
yes, muías y indios hurtaba, era el mas vi- 
¿arro; el compuesto y contenido era el ma- 
yor mandria, el mas despreciado y el mas 
para poco. Y considerando estos desórde- 
nes tan introducidos y tan acreditados en 
Chile, convertidos ya en naturaleza y assen- 
tados por costumbre, en tanto grado que 
se tenia por virtud el pecado y se alaba- 
ba la maldad como acción honesta; y vien- 
do que le dezian que era imposible quitar 
los hurtos, los amansebamientos, los de- 
si^denes, los desaños y la libertad de la 
vida, puso tan grande eficacia en refrenar 
la libertad y se hizo temer de suerte que 
de todo punto venció este imposible; y 
aunque del todo no quitó los amanseba- 
mientos, puso mucho freno, y del todo 
quitó los desafios y la demasia en las pen- 
dencias entre los soldados, sin que se osa- 
ase ya binguno a sacar la espada en los 
quartelés, porque tuvo para degollar a dos 



personas principales por el caso, y por ser 
la primera usó de benignidad y bastó pa- 
ra que todos en adelante se contubiessen. 
Lo que con mayor admiración quitó y con 
mas eficacia, fué los hurtos. De suerte que 
no aviendo antes seguro en la campaña ca- 
ballo, buey, muía, cordero ni ternera, y 
haziendo la libertad de los soldados comu- 
nes los bienes, con ofiension y agravio de 
los dueños, en pocos dias reprimió de suer- 
te esta libertad que no avia quien se atre- 
viesse a tomar caballo ageno, ni a hurtar 
buey, muía, cordero ni ternera. 

Mas en ondo entraban los hurtos y a 
mas llegaba la licencia y desemboltura de 
los soldados, porque todos los imbiernos 
pedían licencia para irse a ' pertrechar y 
abiar a la ciudad de Santiago y por las es- 
tancias de los vecinos, ya los doscientos, 
ya los trescientos soldados, y partian en 
quadrillas, hechos quadrilleros, no de la 
santa hermandad, sino quadrilleros de la 
iniqua libertad, que robaban quanto ha- 
llaban, no solo en los caminos sino en la 
ciudad, y con capa de pertrecharse quita; 
ban a los hombres las capas y a las mu- 
geres las mantellinas; hurtaban de ciento 
en ciento los caballos, derribando las pa- 
redes para sacar los caballos regalados 
de las caballerizas, hurtando los muchachos 
indios y indias que servian en las ciudades, 
sin que ubiesse cosa segura de su libertad 
y desemboltura, ni aun lo sagrado y ecle- 
siástico, pues aconteció, por quitarle entre 
dos a un clérigo la muía en que iba, echarle 
uno un lazo y derribarle de ella, y el otro, 
mientras se safaba de el lazo, subir en la 
muía y Uebársela; y assi hazian otras pi- 
cardías y hurtos que los celebraban entre 
los mismos soldados y los contaban por 
gracia y por bizarría, haziendo gala del hur- 
to y donaire de la maldad, y teniendo por 
hombre para poco al que era temeroso de 
Dios y no quería hurtar, y los oficiales 



290 



DIEGO DE ROSALES. 



que iban a la parte en los hurtos no em- 
biaban a pcrtrecliarse a los semexantes 
por dezir que eran unos maniacos y para 
nada, sino a los mas desgarrados y que se 
daban mexor maña a hurtar y capear. Y 
fuó caso gracioso el que le sucedió a uno 
de éstos, que era de los bravos de Potosí, 
que repartía cédulas de vida y a todos se 
las do xa va de merced, valiente de boato y 
sepulturero de amenaza. Pidió licencia pa- 
ra irse a pertrechar a Santiago, y como 
vio que el pertrechar en los demás era 
hurtar y capear, quitó no sé qué mantelli- 
nas a algunas mugeros, con tanta braveza 
de su parte como humildad y poca resis- 
tencia de las pobres mugercs; y engolosi- 
nado llegó a un hombre mayor de edad 
y viexo en las canas y con mucha crudeza 
le pidió la capa. El viexo, con madureza y 
reportación, le dixo: **La capa, señor sol- 
dado? poco es: aquí traigo en la faltricpie- 
ra algunos reales y los llevará vucsa mer- 
ced también." Y quitándose la capa y 
doblándola con mucho desenfado, la puso 
.en el suelo y echando mano a la bolsa, 
puso sobre la capa la plata que llevaba en 
ella, y sacando con valiente determinación 
la espada, dixo con grande madurez y re- 
portación al crudo valiente: '*Llebe aora la 
capa y la plata, si puede, valentón de boa- 
to; veamos si lo es de manos." Y cerran- 
do con él a estocadas, le llcbó el viexo la 
calle abaxo, tirándoselas tan espesas que 
no sabia por donde huir. Súpose el caso 
en Arauco, donde era soldado el bravo, y 
amansáronle dándole vaya sobre él. 

Pues como el Gobernador Don Martin 
de Mogica supo los hurtos y robos que los 
soldados hazian con color de irse a pertre- 
char para servir al Rey, y que destruian 
las estancias y asolaban la ciudad de San- 
tiago, que ha sido siempre la tributaria de 
esta guen*a y la que con donativos, servi- 
cios y pertrechos la ha sustentado, quitó 



de todo punto las licencias do ir los sol- 
dados con tanta libertad a pertrecharse y 
ordenó a los cabos y capitanes que no die- 
ssen ninguna, so pena de caer en su dos- 
gracia; y guardóse con tanta puntualidad, 
que no avia soldado que se atreviesse a ir a 
pertrecharse ni cabo ni capitán que les dic- 
sse licencia, porque temian su gobernador y 
recelaban caer en desgracia de un caballero 
tan celozo de la justicia. Y por desgracia 
suya le embió desde Arauco a la Concep- 
ción el capitán Francisco de HeiTcra, quo 
lo era de a caballos, persona de muchos 
servicios, muchas canas que le avian sali- 
do en la guerra, suplicándole que le diesse 
licencia para embiar imo o dos soldados 
de su compañia a pertrecharse, que esta- 
ban desabiados, y apenas le leyó quando 
mandó que le quitassen luego la compañía 
y se la diesen a otro; y proponiéndole algu- 
nos sus servicios, sus canas y su buena inten- 
ción, que no era de que fuessen a hazer mal 
sino a buscar buenamente lo que pudie- 
ssen, no ubo remedio que le doxasse la 
compañia, diciendo: ''Capitán que me pi- 
de que dé licencia para que los soldados 
vayan a hurtar, no me conoce ni quiero que 
sea capitán." Con que a todo el mundo lo 
tembló la barba desde entonces, y no avia 
soldado que se desmandasse ni oficial que 
diesse licencia ni condescendiesse con él, 
y quitó con facilidad los hurtos y dema- 
sias de los soldados: exemplo grande para 
los venideros y que no tendrán excusa en 
el tribunal de Dios los gobernadores y ofi- 
ciales que pudiendo con tanta facilidad, 
como lo hizo este Gobernador, estorbar los 
pecados, la libertad de los soldados y sus 
demasias, no las estorbaban debiendo ha- 
zerlo de ofiicio* 

Muchos han echado bandos amenassan- 
do con rigurosas penas a los soldados que 
se licenciaren en hurtos de caballos .y en 
otras cosas, pero ningimo ha hecho cum- 



HISTORIA DE CHILE, 



291 



plir el bando que echó como el Gobenia- 
I dor Don Martin de Mogica, y sin dema- 
siado rígor ni castigar sino aquel o aquel, 
que no pasaron de dos por hurtos, hizo 
temblar la tierra y puso freno a la desen- 
voltura^ de modo que siendo antes flor de 
los soldados y gala de la milicia en viendo 
un caballo en la campaila, un buey o una 
muía, Uebársela como si fuera suya, con 
ver su entereza y la severidad con que 
prohibió el hurtar, no avia ninguno que se 
osasse allegar a caballo ni muía agena, y 
donde quiera que uno la dexaba la volvia 
a hallar, cosa que admiraba, y que agrade- 
cieron notablemente los indios y los es- 
tancieros, porque ni tenian cabalgadura ni 
ganado seguro, y lo que peor era ni aun 
las hijas. Y assi, quando baxó a Santiago 
le sallan a recevir a bandadas por los ca- 
minos y agradecerle el bien que les avia 
hecho a ellos y a todo el Reyno, dicién- 
dole que a la sombra de su christiandad 
y al ampai*o de su exacta justicia y zelo 
del bien comim tenian seguras sus hijas, 
sus mugeres, sus cabalgaduras y sus ga- 
nados. 

Mostró sin esto su grande amor a la 
limosna y a las obras de piedad, no dejan- 
do iglesia ni obra pia a que no ayudasse 
con sus Umosnas; daba muchas secretas y 
faboreció grandemente la f<ábrica del con- 
vento y iglesia del Doctor de la Iglesia 
San Agustín, y cjn su ayuda se acabó en 
breve. Kespetaba mucho los eclesiásticos, 
y como tan christiano temia las censuras 
de la Iglesia, no dejándose Uebar de la li- 
bertad de los soldados, que les parece que 
no ablan con ellos ni les obligan las des- 
comuniones; y assi nunca hizo sacar preso 
ninguno ni delincuente que se acogiesse a 
la Iglesia, templando con admirable dis- 
creción el zelo de la justicia, y aunque era 
tan entero en hazerla, no queria, como 
justo, hazerla contra justicia ni privar a la 



Iglesia de su inmunidad, y oyendo exco- 
munión temblaba, y por enojado que es- 
tubiesse se reprimia y obedecia humilde; 
y fué caso de grande excinplo y de rara 
prudencia y templanza el que le sucedió 
en la Concepción, que leyéndose en la 
iglesia catedral unos edictos en que a él 
le lastimaban, sentido se levantó de el 
asiento y se Uebó tras sí al cabildo y de- 
mas personas principales, y viendo desde 
su silla el Obispo la determinación, mandó 
desde el coro que ninguno saliesse do la 
iglesia, so pena de excomunión, y al punto 
que lo oyó, con grande humildad y rendi- 
miento, obedeció, diciendo a todos: "vol- 
vamos, señores, y obedezcamos a nuestro 
Prelado." Exemplo grande de reportación 
y obediencia en un caballero soldado y 
que causó a todos grande admiración, y 
mucho mas lo que después hizo, porque 
acabado de publicar el edicto, fué y se 
echó a los pies del Obispo, mostrando 
quan rendido estaba a la Iglesia y a sus 
mandatos: con que enseñó a todos el res- 
peto y obediencia que se debe a los pre- 
lados. 

Con ser tan venerador de los eclesiás- 
ticos y tan zeloso del culto divino, se gran- 
geó grande estimación, y mas viendo que 
no avia altar pobre que no le mandasse 
hazer ornamentos a su costa, ni iglesia fal- 
ta de calizos o vasos sagrados que no la 
proveyese de lo necesario de su casa. Vile 
una vez, enojado rigurosamente con un 
cura, reñirle con celoso comedimiento, en- 
trando en su iglesiiv, viendo el altar con 
indecente desaliño, y sin faltar al respeto, 
tomando el oflScio de prelado, afear el des- 
cuido de la veneración de lo sagrado y 
enseñar al descuidado eclesiástico el esme- 
ro que debia tener en lo divino con pala- 
bras tan bien medidas y tan bien sentidas 
que descubrían bien salir de un pecho en- 
teramente zeloso y zelosamente entero, 



292 



blEOO DE B08ALBS. 



piadosamente grave y gravemente piadoso. 
De esta piedad tan connatural suya y de 
averie encargado su Magestad a la despe- 
dida, con su gran zelo y chrístiandad, que 
le procurasse mucho la conversión de los 
infieles y la christiandad de los indios 
(palabras que se le imprimieron altamente 
en el corazón), se engendró en su pecho 
un zelo tan ardiente de la conversión de 
los indios, que admiraba el ver las veras 
con que lo solicitaba, y mas parecía un 
prelado apostólico que un gobernador be- 
licoso. Excitaba a los curas a la enseñanza 
de lo» indios y facilitaba los medios y po- 
nia eficacia en los remedios. No acudian 
a la doctrina de la Compañia de Jesús los 
domingos los indios, o por irse a beber o 
jugar a la chueca, o por tenerlos ocupa- 
dos sus amos, y las señoras a las indias, 
sin que tubiessen efi^ecto las diligencias 
que los padres hazian por juntarlos y atra- 
herlos, predicando en desierto y haziendo 
la doctrina como en seco a qual o qual, y 
al punto puso con eficacia el remedio, 
mandando que todos los indios y indias de 
la ciudad de Santiago y de la Concepción 
acudiessen a la doctrina, poniéndoles pena 
a ellos y pena a los amos que no los em- 
biassen y un alférez reformado que cui- 
dasse de los que no acudian y de ejecutar 
las penas, y con esto y con ir en persona 
a hallarse en la doctrina se llenaban las 
iglesias de indios y de indias, con grande 
fruto de sus almas y aprovechamiento de 
su enseñanza. 

Holgábase de ver aprovechar a los in- 
dios yanaconas en el conocimiento de los 
misterios de nuestra santa fee, y sintió ver 
tan desaprovechados a los indios amigos 
que están al abrigo de los tercios y hazer 
la guerra a los rebeldes en compatlia de 
los españoles, que como son de la misma 
masa de los de guerra tienen poca aplica- 
ción a aprender las cosas de nuestra santa 



fee, y ni les entran las oraciones ni entran 
en costumbres chrístianas, conservando las « 
muchas mugeres y ocupándose en borra- 
cheras. Y juzgando que era falta de doc- 
trina o descuido de los padres misioneros 
de la Compañia, dio su sentimiento luego 
que llegó; pero satisfecho de la dureza de 
los indios , de su poca aplicación a las co- 
sas de Dios, de su mucha repugnancia a 
acudir a oirías y de lo mucho que los Pa- 
dres de su parte solicitaban su conversión 
y enseñanza, conoció que la falta está en 
la dureza y soberbia de los indios y que 
ni se les podia sugetar ni apretar, porque 
con facilidad se rebelaban y ibin a la tie- 
rra de guerra. Y estimó después y agra- 
deció lo que la Compañia trabajaba en la 
doctrina de los indios y decia que le die- 
ssen un indio convertido, que con verle 
daría por bien empleado el trabajo de aver 
venido de lejas tierras; y quando le daban 
cuenta de los que se convertían no sabia 
qué hazerse de contento, ni cómo agrade- 
cer a los ministros del Evangelio su tra- 
bajo y diligencia, y embiándole el Padre 
Juan del Pozo dos muchachos fiscales 
que sabian bien las oraciones y la doctrina 
chrístiana, porque deseaba ver algunos que 
la supiessen, lo estimó sumamente y los 
vistió de gala, y por lisonja a los Padres bo- 
iTÓ la plaza a un soldado que deseaba en- 
trar en la Compañia y le dio grata licen- 
cia para que dejada la milicia temporal 
asentasse plaza en la espiritual. Y assi, 
llevado de este zelo de la conversión de los 
infieles y doctrina de los indios, procuró 
su pacificación, como veremos, y embió 
religiosos de la Compañia de Jesús y de 
San Francisco después a predicar a las tie- 
rras de los infieles; porque demás del zelo 
que tenia de que los indios se convirtie- 
ssen, Uebó muy encargado de el Virrey el 
procurar que las armas de Valdivia se jun- 
tassen con las de Chile; el dnico remedio 



tííSÍORlA DE CHltiÉ. 



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eran las pazes y para asentarlas se le ofre- 
ció luego la mexor ocasión y coyuntura 
que pudiera desear. La Divina Magostad, 
que lo trazaba, le tubo unos mensageros 



prevenidos para quando Uegasse, y los 
caciques de la tierm de guerra que se 
la ofrecicssen, como dirá el capitulo si- 



guiente. 



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Hlsl DE JHÍL.— t. lií, 



19 



CAPITULO 11. 



Como los indios de guerra, deseosos de la paz, vinieron a 
ofrecérsela al nuevo Gobernador. Da libertad a los caci- 
ques presos y captivos para que vayan a concertarla a 
sus tierras, y las diligencias que hizieron. 



Deseo que los iiulios tenían ile la i)az por los trabajos que i)a8aban con la guerra. — Kl mal pasagc que loa indias 
amigos hazian a los embajaílores. — Como descollaba el Maríjues a los que venían a dar la paz. — Venida del 
embajador Talcabal. — Tiénele oculto el Vedor dos meses hasta que venga Don Martín. — Dale audiencia 
Don Martin y dízcle (¡ue vuelva a tratar de las pazes con los suyos. — Vuelve a la Concepción con los caciques 
de guerra a dar la paz. — Da libertad el Gobernador a todos los caciques presos y captivos. — Concurre toda 
la tierra a la novedad do ver libres todos sus caciques. — Convienen todos en dar la juiz y ombian mensageroa 
a la Concopcion. — Vienen caciques de la tierra do guerra a dar la paz do parto do todas las provincias, — 
Llama el Ciobernador a consejo a los cabos y caciijues amigos. — Resuelve el Gobcrnatlor el admitir las iKizes 
con el parecer de los mas. — Ofrécese a ir a concertar las pazos ol Vedor general Francisco do la Fuente 
Villalobos. — l,,as personas que lleva consigo. 



Descoso el enemigo rebelado de dcar al- 
guna quietud a sus tierras, descanso a sus 
armas y reposo a sus mugeres en s